Escrito en inglés por Friedrich Engels hacia el 25 de octubre de 1858 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 5484, del 18 de noviembre de 1858, como editorial. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 621-625), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El artículo apareció sin título; el que lleva es de la MEW. Se corrigen erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
La partida de revancha que Rusia debía a Francia y a Inglaterra por sus derrotas militares ante Sebastopol acaba de jugarse. Las batallas, tenaces y prolongadas, libradas en la península Heraclea1 humillaron, ciertamente, el orgullo nacional de Rusia y le arrebataron una pequeña franja de territorio,2 pero le dejaron al terminar la guerra una ventaja evidente. El estado del «enfermo»3 ha empeorado considerablemente; la población cristiana de la Turquía europea, tanto griegos como eslavos, arde más que nunca en deseos de sacudirse el yugo turco y mira más que nunca a Rusia como su único protector. No cabe duda de que en todas las insurrecciones y conspiraciones que hoy están en marcha en Bosnia, Serbia, Montenegro y Candía4 tienen la mano metida agentes rusos; pero ya el solo agotamiento e impotencia extremos de Turquía, puestos de manifiesto en la guerra y agravados por las obligaciones que la paz ha impuesto a ese país, bastan para explicar esta efervescencia general entre los súbditos cristianos del sultán. De este modo, a pesar del abandono temporal de una estrecha franja de tierra —está del todo claro que la recuperará a la primera ocasión—, Rusia se ha acercado un buen trecho a la realización de sus planes respecto a Turquía. Decadencia acelerada de Turquía y protectorado sobre sus súbditos cristianos: tales eran los fines que perseguía Rusia cuando empezó la guerra; pero ¿puede alguien negar que hoy Rusia ejerce más que nunca semejante protectorado?
Así pues, incluso en esta desgraciada guerra Rusia es la única ganadora. Aun así debía una partida de revancha, y ha elegido para este juego un terreno en el que no tiene rival: el de la diplomacia. Mientras Inglaterra y Francia emprendían la costosa lucha con China, Rusia se mantuvo neutral y solo intervino al final. Y el resultado es que Inglaterra y Francia han hecho la guerra a China en beneficio exclusivo de Rusia. La posición de Rusia era, en efecto, la más favorable posible. China, uno de esos tambaleantes imperios asiáticos que han ido cayendo uno tras otro como presa del espíritu emprendedor de la raza europea, estaba tan débil, tan hundida, que ni siquiera tenía fuerzas para pasar por la crisis de una revolución popular, de modo que hasta una sublevación aguda se ha convertido en un mal crónico y al parecer incurable;5 un imperio tan carcomido que casi en ninguna parte era capaz de gobernar a su propio pueblo ni de resistir a la agresión extranjera. Mientras los británicos reñían en Cantón con funcionarios chinos subalternos y discutían entre sí la importante cuestión de si el comisario Ye6 había actuado o no realmente según la voluntad del emperador, los rusos tomaron posesión del país al norte del Amur y, al sur, de la mayor parte de la costa manchú; se fortificaron allí, empezaron a medir el terreno para una línea de ferrocarril y trazaron los planos de ciudades y puertos. Cuando por fin Inglaterra se decidió a llevar la guerra hacia Pekín, y Francia se le unió con la esperanza de sacar algo para sí, Rusia logró dar la impresión de ser el protector desinteresado de los débiles chinos y presentarse al concluirse la paz casi en el papel de mediador, aunque precisamente en ese momento despojaba a China de un territorio tan grande como Francia y Alemania juntas y de un río de la longitud del Danubio; si comparamos los distintos tratados concluidos en aquella ocasión, no podemos menos de comprobar que para todo el mundo resulta evidente que la guerra no ha beneficiado a Francia ni a Inglaterra, sino a Rusia.
Las ventajas concedidas a los participantes en la guerra, de las que gozan también Rusia y los Estados Unidos, son de carácter puramente comercial y, como hemos demostrado en ocasiones anteriores, en su mayor parte ilusorias. En las circunstancias actuales, el comercio con China, salvo el opio y algo de algodón de la India oriental, seguirá consistiendo principalmente en la exportación de mercancías chinas, té y seda; y ese comercio de exportación depende más de la demanda extranjera que de las mayores o menores facilidades que conceda el gobierno chino. Todo el mundo podía obtener té y seda ya antes del Tratado de Nankín; pero, tras la conclusión de ese tratado, la apertura de los cinco puertos tuvo por resultado que una parte del comercio pasara a Shanghái. Los demás puertos no tienen apenas comercio, y de hecho Swatow,7 el único que tiene al menos cierta importancia, no figura entre esos cinco. En cuanto a la apertura del comercio por el Yangtsé, se ha aplazado prudentemente hasta el momento en que Su Majestad Imperial haya recuperado el pleno dominio sobre el país sublevado a ambas orillas del río, momento que coincide con las calendas griegas. Pero han surgido además otras dudas sobre el valor de este nuevo tratado. Hay quien sostiene que los derechos de tránsito de que se habla en el artículo XXVIII del tratado anglo-chino son pura imaginación. Se supuso la existencia de esos derechos solo porque los chinos querían muy pocas mercancías inglesas y, en consecuencia, los productos ingleses no podían penetrar en absoluto hasta el interior del país; pero al mismo tiempo cierta clase de paño ruso, que respondía a las necesidades de los chinos y llegaba por Kiajta o por el Tíbet, se abría camino incluso hasta la costa. Se había olvidado que tales derechos, de existir, afectarían a las mercancías rusas exactamente igual que a las inglesas. Lo cierto es que el señor Wingrove Cooke,8 enviado al interior con ese fin, no pudo dar con esos supuestos «derechos de tránsito»; y, interrogado públicamente sobre el asunto, tuvo que admitir que había llegado a la «vergonzosa convicción de que nuestro desconocimiento de China es una ignorancia que tiene consecuencias palpables». Por otra parte, el señor J. W. Henley,9 presidente de la Junta de Comercio (Board of Trade) británica, responde con bastante franqueza en una carta publicada a la pregunta de «si hay alguna prueba de que existan tales derechos interiores»: «No estoy en condiciones de darle la información que desea sobre la existencia de aduanas interiores en China». Así pues, además de la convicción bastante desagradable de que lord Elgin10 ha estipulado una indemnización sin fijar un plazo de pago y de que solo ha llevado la guerra de Cantón a la capital para concluir un tratado que devolverá a las fuerzas británicas de la capital a Cantón a combatir, se ha apoderado de John Bull la oscura sospecha de que la indemnización estipulada podrá pagarla de su propio bolsillo, puesto que el artículo XXVIII resultará un fuerte incentivo para que las autoridades chinas impongan a las manufacturas británicas derechos de tránsito del 7½ por ciento, convertibles a petición en un derecho de importación del 2½ por ciento. Para distraer a John Bull de examinar más de cerca su propio tratado, el Times de Londres ha creído oportuno fingir una gran cólera contra el embajador estadounidense11 y atacarlo con violencia por haberlo echado todo a perder, cuando en realidad este tenía tanto que ver con el fiasco de la segunda guerra anglo-china como el hombre de la luna.
Así, en lo que toca al comercio inglés, el tratado de paz da por resultado un nuevo derecho de importación y una serie de estipulaciones que o carecen de todo valor práctico o no serán cumplidas por los chinos y pueden servir en cualquier momento de pretexto para una nueva guerra. Inglaterra no ha obtenido ninguna ganancia territorial; no podía reclamarla sin permitir a Francia hacer otro tanto, y al fin y al cabo una guerra dirigida por Inglaterra que tuviera como consecuencia el nacimiento de posesiones francesas en la costa china sería del todo desventajosa para Inglaterra. Con Rusia el caso es muy distinto. Aparte de participar en todas las ventajas manifiestas —sean las que fueren— concedidas a Francia y a Inglaterra, Rusia se ha asegurado todo el país del Amur, del que se había apoderado sin ruido. No contenta con ello, ha conseguido que se forme una comisión ruso-china para fijar las fronteras. Ahora bien, todos sabemos lo que es una comisión así en manos de Rusia. Hemos visto trabajar comisiones de ese tipo en las fronteras asiáticas de Turquía, donde durante más de veinte años fueron recortando sin cesar a ese país pedazo a pedazo, hasta que la última guerra las interrumpió y ahora hay que hacer de nuevo el trabajo. Está además el artículo que regula el servicio de correos entre Kiajta y Pekín. Lo que antes era una vía de comunicación irregular y meramente tolerada quedará ahora organizado con regularidad y fijado en derecho: entre los dos lugares se establecerá un correo mensual, con un viaje de unas 1.000 millas que durará 15 días; además, cada tres meses una caravana hará el mismo camino. Ahora bien, es evidente que los chinos descuidarán este servicio o no estarán en condiciones de prestarlo; y como la comunicación está ahora jurídicamente asegurada a Rusia, el resultado será que irá cayendo poco a poco en sus manos. Hemos visto cómo los rusos adelantaron sus líneas de puestos a través de las estepas kirguises; no podemos dudar de que en pocos años se establecerá una línea semejante a través del desierto de Gobi. Entonces podrá decirse adiós a todos los sueños de supremacía británica en China, porque un ejército ruso podrá marchar sobre Pekín en cualquier momento.
Es fácil imaginar las consecuencias que tendrá el establecimiento de embajadas permanentes en Pekín. ¡Mirad a Constantinopla o a Teherán! Dondequiera que la diplomacia rusa se encuentra con la inglesa o la francesa, sale invariablemente victoriosa. ¿Quién puede dudar de que un embajador ruso que tiene la perspectiva de disponer en pocos años en Kiajta —a un mes de marcha de Pekín— de un ejército a la altura de cualquier tarea, y de un camino preparado en toda su longitud para su avance, de que un embajador ruso así será omnipotente en Pekín?
Es un hecho que Rusia será pronto la primera potencia asiática y eclipsará muy rápidamente a Inglaterra en este continente. La conquista de Asia central y la anexión de Manchuria aumentan sus posesiones en un territorio del tamaño de toda Europa sin el Imperio ruso y la sacan de la Siberia nevada para llevarla a la zona templada. En poco tiempo los valles de los ríos de Asia central y del Amur estarán poblados por colonos rusos. Las posiciones estratégicas así ganadas son tan importantes para Asia como las de Polonia para Europa. La posesión del Turán amenaza a la India; la de Manchuria amenaza a China. Y China y la India, con sus 450.000.000 de habitantes, son hoy los países decisivos de Asia.
La península Heraclea o Quersoneso Heracleótico, extremo sudoccidental de Crimea, donde se encuentra Sebastopol. ↩
Por el Tratado de París de 1856 Rusia cedió a Moldavia el sur de Besarabia, junto a la desembocadura del Danubio. ↩
Así llamó el zar Nicolás I al Imperio otomano en sus conversaciones de 1853 con el embajador británico Seymour. ↩
Nombre que se daba entonces a Creta. ↩
La insurrección de los taiping, en curso desde 1850-1851. ↩
Ye Mingchen (1807-1859), virrey de Liangguang y comisario imperial para los asuntos con los extranjeros en Cantón; capturado por los británicos al tomar la ciudad, murió prisionero en Calcuta. ↩
Swatow, hoy Shantou, en la provincia de Guangdong. ↩
George Wingrove Cooke (1814-1865), corresponsal del Times en China en 1857-1858. ↩
Joseph Warner Henley (1793-1884), político conservador, presidente de la Junta de Comercio en el gobierno de Derby. ↩
James Bruce, conde de Elgin (1811-1863), plenipotenciario británico en China, que negoció el Tratado de Tianjin. ↩
William B. Reed (1806-1876), ministro plenipotenciario de los Estados Unidos en China, que firmó el tratado estadounidense de Tianjin. ↩