Escrito en inglés por Karl Marx (correspondencia fechada en París el 4 de abril de 1858) y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 5309, del 27 de abril de 1858. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 425-433), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Dos párrafos del autor que la edición digital de la MEW compone como cita se dan como texto, y se corrigen algunas erratas. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

París, 4 de abril de 1858

Cuando Victor Hugo llamó al sobrino Napoleón el Pequeño, reconoció al tío como Napoleón el Grande. El título de su célebre folleto1 era una antítesis y rendía en cierta medida homenaje a ese mismo culto a Napoleón sobre el que el hijo de Hortensia de Beauharnais supo levantar el edificio, chorreante de sangre, de su fortuna. A la generación actual le sería más útil que se le grabara en la mente que Napoleón el Pequeño encarna realmente la pequeñez de Napoleón el Grande. La ilustración más acertada de ello la ofrecen los recientes «dolorosos malentendidos» entre Inglaterra y Francia y los procesos penales contra emigrados e impresores a que esos «malentendidos» han llevado al gobierno inglés.2 Una breve ojeada histórica probará que, a lo largo de todo este miserable melodrama, Napoleón el Pequeño no ha hecho más que repetir con penosa exactitud el papel mezquino que antes había ideado y representado Napoleón el Grande.

Solo en el breve intervalo entre la paz de Amiens (25 de marzo de 1802) y la nueva declaración de guerra de Gran Bretaña (18 de mayo de 1803) pudo Napoleón ceder a su deseo de inmiscuirse en los asuntos interiores de Gran Bretaña. No perdió el tiempo. Todavía estaban en curso las negociaciones de paz y ya escupía el Moniteur veneno y bilis contra todos los periódicos de Londres que se atrevían a poner en duda «las intenciones moderadas y sinceras de Bonaparte», e insinuaba de manera apenas velada que «a la duda podría seguirle pronto el castigo». Pero el cónsul no se limitó a censurar el lenguaje y las opiniones de la prensa británica. El Moniteur insultó a lord Grenville y al señor Windham3 por la posición que adoptaron en el debate sobre las negociaciones de paz. El diputado señor Elliot fue llamado a capítulo en la Cámara de los Comunes por el fiscal general Perceval por haber manifestado sus dudas sobre las intenciones de Bonaparte. Lord Castlereagh y el mismo Pitt dieron el tono de la sumisión insistiendo con toda energía, cosa que nunca había ocurrido en ocasiones anteriores, en que se evitara todo lenguaje polémico al hablar del cónsul de Francia. Habían pasado unas seis semanas desde la conclusión de la paz cuando, el 3 de junio de 1802, Talleyrand comunicó al señor Merry, plenipotenciario británico en París, que Bonaparte, por consideración a Inglaterra, había decidido sustituir al señor Otto, plenipotenciario francés en Londres, por un verdadero embajador en la persona del general Andréossi; pero que era deseo sincero del primer cónsul que, antes de la llegada de tan alto personaje,

«se hubieran eliminado los obstáculos que se oponían demasiado a la completa reconciliación de ambos países y de sus gobiernos».

Lo que exigía era sencillamente que se expulsara de los dominios británicos a

«todos los príncipes franceses y sus allegados, junto con los obispos franceses y otros franceses cuyos principios políticos y cuya conducta han de suscitar inevitablemente gran desconfianza en el gobierno francés... La protección y el favor que todas esas personas siguen encontrando en un país tan vecino de Francia han de considerarse ya de por sí siempre como un estímulo para los descontentos de aquí, aunque esas personas no sean culpables de ningún acto encaminado a provocar nuevos disturbios en este país; pero el gobierno de aquí tendría pruebas de que esa gente abusaba ahora de la protección que disfrutaba en Inglaterra y de la ventaja que sacaba de su proximidad a Francia, pues se habían interceptado hace poco varios impresos que, según se sabía, esa gente había enviado y hecho difundir en Francia con el propósito de crear una oposición al gobierno».

Había entonces en Inglaterra una ley de extranjería, pero proyectada exclusivamente para proteger al gobierno británico. En respuesta a la exigencia de Talleyrand, el entonces ministro de Asuntos Exteriores, lord Hawkesbury,4 contestó:

«Su majestad el rey espera con toda seguridad que todos los extranjeros a los que se permite residir en sus dominios no solo lleven una vida conforme a las leyes del país, sino que se abstengan también de todo acto dirigido contra el gobierno de cualquier país con el que su majestad desee mantener relaciones pacíficas. Pero mientras se conduzcan conforme a estos principios, su majestad consideraría incompatible con su dignidad, con su honor y con las leyes generales de la hospitalidad privarlos de una protección que las personas residentes en sus dominios solo pueden perder por su propia mala conducta. La mayor parte de las personas mencionadas en la conversación del señor Talleyrand vive retirada».

Al transmitir a Talleyrand el despacho de lord Hawkesbury, el señor Merry no escatimó seguridades destinadas a «aplacar, tranquilizar y satisfacer al primer cónsul»; pero Talleyrand insistió en su libra de carne5 y sostuvo que el primer cónsul no había pedido más de lo que el propio gobierno británico había exigido a Luis XIV cuando el Pretendiente6 residía en Francia; que no podía ver humillación alguna en la medida propuesta y que debía repetir «que su aceptación sería sumamente grata y satisfactoria para el primer cónsul», el cual la consideraría «la prueba más convincente del deseo de su majestad de ver establecido un buen entendimiento cordial entre ambos países». El 25 de julio de 1802, el señor Otto envió desde su residencia de Portman Square una carta a lord Hawkesbury en la que exigía, de forma muy categórica, nada menos que la supresión de la libertad de la prensa inglesa en lo que se refería a Bonaparte y a su gobierno.

«Hace algún tiempo», decía, «transmití al señor Hammond un número de la revista de Peltier7 que contenía las calumnias más groseras contra el gobierno francés y contra toda la nación, y observé que probablemente recibiría el encargo de pedir el castigo de semejante abuso de la prensa. Ese encargo ha llegado en efecto, y no puedo ocultarle, señor, que los insultos reiterados de un pequeño número de extranjeros reunidos en Londres para conspirar contra el gobierno francés han tenido las peores consecuencias para las buenas relaciones de ambas naciones... Debo llamar la atención del gobierno de su majestad no solo sobre Peltier, sino también sobre el redactor del Courrier Français de Londres (Regnier), sobre Cobbett8 y sobre otros escritores de esta especie... La falta de leyes expresas contra esta clase de ofensas no puede excusar la violación del derecho de gentes, según el cual la paz debería poner fin a toda clase de hostilidades; y sin duda los que ofenden el honor y la reputación de un gobierno y cuyas miras se dirigen a encender la revuelta en el pueblo cuyos intereses están confiados a ese gobierno son los más apropiados para mermar las ventajas de la paz y alimentar los resentimientos nacionales».

En lugar de responder a estos primeros reproches, que caracterizan la injerencia bonapartista en los asuntos de la prensa, con una contestación firme y digna, lord Hawkesbury presentó, en una carta al señor Otto del 28 de julio, una lastimosa disculpa por la existencia de la libertad de prensa. Dice en ella que

«al gobierno de su majestad le es imposible examinar el artículo de Peltier sin sentir el mayor desagrado y el vivo deseo de que quien lo ha publicado sufra el castigo que merece».

Luego, tras lamentarse de las «molestias» de los procesos por libelo y de la «dificultad» de obtener la condena de los calumniadores, concluye declarando que ha remitido el asunto al fiscal general del rey «para conocer su opinión sobre si se trata o no de un libelo».

Mientras el gobierno británico preparaba así una cruzada contra la libertad de prensa para calmar la susceptibilidad de su grande y nuevo aliado, el 9 de agosto apareció de repente en el Moniteur un artículo amenazador que no solo acusaba a Inglaterra de acoger a bandidos y asesinos franceses, de albergarlos en Jersey y de enviarlos a hacer correrías por las costas de Francia, sino que presentaba al mismo rey de Inglaterra como remunerador e instigador de asesinatos.

«El Times, que se dice controlado por el gobierno, está lleno de incesantes invectivas contra Francia. Dos de sus cuatro páginas se dedican día tras día a difundir las calumnias más groseras. Todo lo que la imaginación puede concebir de infame, vil y bajo, este miserable periódico lo atribuye al gobierno francés. ¿Qué fin persigue? ¿Quién lo paga? ¿Qué pretende conseguir? Pero aun al Times lo supera un periódico francés editado por unos cuantos emigrados miserables, residuo de lo más impuro, vil escoria sin patria, sin honor, manchada de crímenes que ninguna amnistía puede lavar». «Once obispos, rebeldes contra su país y contra la Iglesia, se han reunido en Londres bajo la presidencia del abominable obispo de Arras. Imprimen libelos contra los obispos y el clero franceses». «La isla de Jersey está llena de bandidos que, después de la paz, fueron detenidos por asesinato, robo e incendio y condenados a muerte por los tribunales. Georges9 lleva públicamente en Londres su cinta roja como recompensa por la máquina infernal que destruyó una parte de París y mató a treinta mujeres, niños y ciudadanos pacíficos. Esta protección particular autoriza a suponer que, con más suerte, se le habría concedido la Orden de la Jarretera». «O bien el gobierno inglés aprueba y tolera estos crímenes públicos y privados, y entonces no puede decirse que tal conducta sea compatible con la magnanimidad, la civilización y el honor británicos, o bien el gobierno no puede impedirlos, y entonces no merece el nombre de gobierno, sobre todo si no posee los medios de reprimir el asesinato y la calumnia y de proteger el orden social».

Cuando el amenazador Moniteur llegó a Londres a altas horas de la noche, provocó tal indignación que el True Briton, el periódico del gobierno, se vio obligado a declarar: «Este artículo no pudo llegar al Moniteur con conocimiento o consentimiento del gobierno francés». En la Cámara de los Comunes, el doctor Laurence10 pidió al señor Addington (luego lord Sidmouth) que se pronunciara sobre las calumnias francesas contra su majestad. El ministro respondió que «desearía poder mostrar al docto caballero las satisfactorias explicaciones que se han dado sobre esta cuestión». Se le replicó que el gobierno británico hacía un asunto de Estado de una burla sobre Bonaparte y su mujer y llevaba al señor Peltier ante el Tribunal Superior y lo acusaba como a un criminal por sus bromas sobre esa gente, mientras que en el otro caso, en el que la nación británica y su real señor eran insultados en el periódico oficial de Francia y presentados como remuneradores de asesinos, quería despachar el asunto con una «explicación», y encima tan secreta que no se podía comunicar al Parlamento. Alentado por la evidente inconstancia del gobierno inglés, Otto se presentó el 17 de agosto de 1802 ante lord Hawkesbury con una nota sumamente insolente en la que se exigía lisa y llanamente que se tomaran medidas eficaces para suprimir todas las publicaciones inconvenientes y sediciosas de los periódicos ingleses, expulsar de Jersey a determinadas personas, expulsar a los obispos franceses, llevar a Georges y a los suyos al Canadá y enviar a los príncipes franceses a Varsovia. Invocando la ley de extranjería, el señor Otto insiste en que el gobierno ha de poseer «poderes legales y suficientes» «para tener a raya a los extranjeros, aun sin recurrir a los tribunales», y añade:

«El gobierno francés, que ofrece en este punto plena reciprocidad, da una nueva prueba de sus intenciones pacíficas al pedir que se aleje a esas personas, cuyas maquinaciones se dirigen unánimemente a sembrar la discordia entre las dos naciones».

Lord Hawkesbury respondió el 28 de agosto con un despacho al plenipotenciario inglés en París. Durante la reciente disputa con Bonaparte III, la prensa de Londres ha calificado esta respuesta de modelo de dignidad de estadista; pero hay que reconocer que, pese a los términos de indignación moral en que está redactada, contiene promesas de sacrificar a los emigrados franceses a los recelos del primer cónsul.

A comienzos de 1803 Napoleón se propuso reglamentar los procedimientos del Parlamento y limitar la libertad de palabra de sus miembros. Sobre los antiguos ministros Windham, lord Grenville y lord Minto declaró textualmente en su Moniteur:

«Sería una ley patriótica y sabia la que dispusiera que los ministros destituidos no pudieran sentarse en el Parlamento inglés durante los siete primeros años después de su cese. Otra ley no menos sabia sería que todo miembro que ofendiera a un pueblo o a una potencia amigos fuera condenado a dos años de silencio. Si la lengua ofende, la lengua ha de ser castigada».

Al mismo tiempo, el general Andréossi, que entretanto había llegado a Londres, se quejaba en una nota a lord Hawkesbury de que los abominables plumíferos y difamadores de la prensa británica

«se veían constantemente apoyados en sus comentarios insolentes por frases sueltas que tomaban de los discursos de algunos destacados miembros del Parlamento». De estos discursos se afirma que «todo inglés sensato tiene que sentirse rebajado por semejante libertinaje inaudito».

En nombre del primer cónsul expresa el deseo de

«que se tomen medidas para impedir en adelante que se mencionen siquiera los acontecimientos de Francia, tanto en las discusiones oficiales como en los escritos polémicos de Inglaterra, y que del mismo modo no se mencionen los acontecimientos de Inglaterra en las discusiones oficiales y los escritos polémicos franceses».

Mientras Bonaparte se dirigía bajo mano al gobierno británico en este tono, en el que la hipocresía se mezclaba con la arrogancia, el Moniteur rebosaba de insultos al pueblo británico y publicaba además un informe oficial del coronel Sébastiani11 que contenía las acusaciones más ofensivas contra el ejército británico en Egipto. El 5 de febrero de 1803, el commissaire de relations commerciales francés en Jersey, aunque no estaba reconocido con carácter oficial alguno, tuvo la insolencia de presentar una queja contra unos impresores por haber citado algunos párrafos contra Bonaparte de los periódicos de Londres, y amenazó con que, si no se castigaba esa práctica, Bonaparte se vengaría sin duda de Jersey. La amenaza surtió el efecto deseado. Dos impresores fueron llevados ante el tribunal real y se les impuso la prohibición expresa de publicar nada contra Francia, aunque procediera de los periódicos de Londres. El 20 de febrero de 1803, un día antes del proceso Peltier, el embajador inglés en París, lord Whitworth, fue citado ante el gran hombre en persona. Al recibirlo en su gabinete, se invitó a Whitworth a tomar asiento, después de que Bonaparte se hubiera sentado al otro lado de la mesa. Este enumeró las diversas provocaciones que, según él, había sufrido de Inglaterra.

«Señaló los insultos que contra él se difundían en los impresos ingleses, pero dijo que no les prestaba tanta atención como a lo que aparecía en los periódicos franceses publicados en Londres. Esto lo consideraba mucho más dañino, porque tenía por objeto sublevar a su país contra él y contra su gobierno. Se quejó de la protección concedida a Georges y a sus semejantes; reconoció que su indignación contra Inglaterra crecía de día en día, porque cada viento que soplaba de Inglaterra no le traía más que enemistad y odio... Como prueba de su deseo de mantener la paz, quería saber qué podía ganar con una guerra contra Inglaterra. Un desembarco sería el único medio de ataque que poseía, y estaba decidido a intentar un desembarco poniéndose él mismo al frente de la expedición. Reconocía que las probabilidades estaban cien contra una en su contra, pero aun así estaba decidido a intentarlo si la guerra fuera la consecuencia de la disputa actual, y la disposición de las tropas era tal que un ejército tras otro estaría dispuesto para la empresa... Para que se mantuviera la paz habría que cumplir el tratado de Amiens; los insultos de los impresos públicos habrían de reprimirse, si no por completo, al menos mantenerse dentro de unos límites y limitarse a los periódicos ingleses; y habría que retirar la protección concedida tan abiertamente a sus más encarnizados enemigos».

El 21 de febrero, Peltier compareció ante lord Ellenborough12 y un jurado especial por difamación de Bonaparte y por la «intención de incitar al pueblo de Francia a asesinar a su gobernante». Lord Ellenborough tuvo la bajeza de terminar su alocución al jurado con estas palabras:

«Señores, confío en que su veredicto fortalecerá los lazos con que los intereses de este país están unidos a los intereses de Francia, y en que ilustrará y justificará en todos los rincones del mundo la convicción, larga y generalmente mantenida, de la pureza inmaculada de la administración de justicia británica».

El jurado, sin retirarse siquiera, dio en el acto el veredicto: culpable. Sin embargo, a consecuencia de la ruptura posterior entre ambos países, no se citó al señor Peltier para oír la sentencia, y así terminó la acusación. Después de empujar al gobierno británico a esta persecución de la prensa y de arrancarle la condena de Peltier, el honrado y valiente Moniteur publicó el 3 de marzo de 1803 el siguiente comentario:

«Un tal Peltier ha sido declarado culpable por un tribunal de Londres de haber impreso y publicado unos viles libelos contra el primer cónsul. Lo que no está del todo claro es por qué el gobierno inglés procura hacer de ello un asunto sensacional. Como en los periódicos ingleses se ha afirmado que el proceso se inició a petición del gobierno francés y que el embajador francés estaba incluso en la sala cuando el jurado dio su veredicto, estamos autorizados a declarar que nunca ha ocurrido nada semejante. El primer cónsul ni siquiera sabía de la existencia de los libelos de Peltier hasta que llegaron a su conocimiento por las actas oficiales del proceso. Hay que reconocer, sin embargo, que este procedimiento judicial, por inútil que sea en otros aspectos, ha dado a los jueces que lo presidieron ocasión de demostrar con su sabiduría y su imparcialidad que son verdaderamente dignos de administrar justicia a un pueblo tan ilustrado y estimable en tantos aspectos».

Mientras el Moniteur subrayaba en ese mismo artículo que a todas las «naciones civilizadas de Europa» les incumbía el deber de reprimir, cada una en favor de las demás, a los bárbaros de la prensa, el plenipotenciario francés en Hamburgo, el señor Reinhard,13 hacía reunirse al Senado de Hamburgo para deliberar sobre la exigencia del primer cónsul de que el Hamburgischer Correspondent insertara un artículo sumamente ofensivo para el gobierno británico. El Senado deseaba que se le permitiera al menos omitir o suavizar los pasajes más ofensivos. Pero el señor Reinhard dijo que sus órdenes eran de insertar el artículo entero, completo y exacto. En consecuencia, el artículo apareció con su aspereza original. El ministro francés deseaba que se publicara también en los periódicos de Altona. Pero las autoridades danesas dijeron que les era imposible permitirlo sin una orden expresa de su gobierno. A raíz de esta negativa, el embajador francés en Copenhague, el señor d'Aguesseau, recibió de su colega de Hamburgo un ejemplar del artículo con el ruego de que procurara su publicación en los periódicos daneses. Cuando lord Whitworth protestó ante el señor Talleyrand por este libelo, este declaró que

«los ministros británicos no debían estar más sorprendidos de lo que lo había estado el primer cónsul al ver un artículo así, autorizado oficialmente; que se había pedido al señor Reinhard una explicación inmediata, etc.».

Así era Napoleón el Grande.

  1. Victor Hugo, Napoléon le Petit (Londres, 1852). ↩

  2. Tras el atentado de Orsini, el gobierno británico procesó en Londres al médico francés Simon Bernard, acusado de complicidad, y a los editores Edward Truelove y Stanisław Tchorzewski por publicar o vender folletos que defendían el tiranicidio. ↩

  3. William Grenville (1759-1834) y William Windham (1750-1810), adversarios de la paz de Amiens. La versión alemana de la MEW escribe aquí «Granville» y más abajo «Cranville». ↩

  4. Robert Banks Jenkinson, lord Hawkesbury, más tarde conde de Liverpool (1770-1828), ministro de Asuntos Exteriores de 1801 a 1804. ↩

  5. Alusión a Shylock en El mercader de Venecia, de Shakespeare. ↩

  6. Jacobo Francisco Estuardo (1688-1766), pretendiente jacobita al trono británico, acogido en Francia por Luis XIV. ↩

  7. Jean-Gabriel Peltier (1760-1825), periodista realista emigrado, editor en Londres de L'Ambigu. ↩

  8. William Cobbett (1763-1835), publicista radical inglés, entonces editor del Political Register. Regnier editaba el Courrier de Londres. ↩

  9. Georges Cadoudal (1771-1804), jefe chuan; el atentado de la calle Saint-Nicaise (24 de diciembre de 1800) se atribuyó a sus partidarios. ↩

  10. French Laurence (1757-1809), jurista y diputado whig; Henry Addington (1757-1844), primer ministro de 1801 a 1804. ↩

  11. Horace Sébastiani (1772-1851), cuyo informe sobre su misión en Oriente apareció en el Moniteur del 30 de enero de 1803. ↩

  12. Edward Law, lord Ellenborough (1750-1818), presidente del Tribunal del Banco del Rey, padre del ministro de 1858. ↩

  13. Charles-Frédéric Reinhard (1761-1837), diplomático francés. ↩