Escrito en inglés por Karl Marx el 11 de junio de 1858 y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 5359, del 24 de junio de 1858. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 503-506), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título lo pusieron los editores de la MEW. Se corrigen tres erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Inglaterra ofrece en este momento el extraño espectáculo de una descomposición que aparece en las cumbres del Estado mientras en la base de la sociedad todo parece inconmovible. No se oye agitación alguna entre las masas, pero sí se ve un cambio en sus gobernantes. ¿Hemos de suponer que las capas superiores se descomponen mientras las inferiores permanecen en el mismo sopor embotado? No aludimos, por supuesto, a los cínicos intentos de Palmerston y sus compinches de «saquear» el Tesoro. Los choques entre el partido gobernante y la oposición son en la historia parlamentaria de Inglaterra un rasgo tan permanente como las luchas entre proscritos y proscriptores en los anales medievales de las ciudades italianas. Ahí tenemos ahora al jefe de los tories,1 que termina su discurso en la Cámara de los Comunes con la ominosa declaración de que
«hay un lazo de concordia entre nosotros» (los radicales y los tories) «en esta Cámara y en este país, a saber, que no seremos más los instrumentos ni las víctimas de una oligarquía caduca».
Ahí está la Cámara de los Lores, que acepta un punto de la Carta del Pueblo:2 la abolición del censo de propiedad para los miembros de la Cámara de los Comunes; ahí tenemos a lord Grey,3 descendiente del reformador whig, que advierte a sus nobles primos de que van derechos a una «revolución total en todo el sistema de su modo de gobernar y en el carácter de su Constitución»; ahí está el duque de Rutland,4 fuera de sí de miedo ante la perspectiva de tener que tragarse «los cinco puntos enteros de la Carta, y aún más». Y luego, un día, el Times de Londres exhorta en tono sombrío a la burguesía a guardarse de Disraeli y de Bulwer,5 que no desean nada bueno a esa clase y que, para dominarla, pueden aliarse con la plebe; y al día siguiente advierte a la aristocracia terrateniente de que va a aplastarla la shopocracy, la tenderocracia, que supuestamente llegará al poder gracias a la ley de Locke King,6 que acaba de aprobarse en segunda lectura en la Cámara de los Comunes, porque esa ley, al rebajar el censo electoral a 10 libras, extiende el derecho de voto en los condados.
Es un hecho que los dos partidos oligárquicos dominantes de Inglaterra se han convertido hace tiempo en meras agrupaciones sin principios propios de ninguna clase. Tras los vanos intentos, primero con una coalición y luego con una dictadura,7 han llegado ahora al punto en que cada uno de ellos solo puede pensar en cómo obtener un plazo de gracia entregando sus intereses comunes a su enemigo común, el partido radical de la burguesía, que tiene en la Cámara de los Comunes un poderoso representante en John Bright.8 Hasta ahora los tories han sido aristócratas que gobernaban en nombre de la aristocracia, y los whigs aristócratas que gobernaban en nombre de la burguesía; pero, como la burguesía reclama gobernar en su propio nombre, el negocio de los whigs se ha acabado. Para mantener a los whigs fuera del gobierno, los tories cederán a la presión del partido de la burguesía hasta que hayan agotado la paciencia de los whigs y convencido a esos oligarcas de que, para conservar sus intereses de casta, tienen que fundirse en las filas conservadoras y renunciar a sus pretensiones tradicionales de representar los intereses liberales o de formar un poder propio. La fusión de la fracción whig con la fracción tory y su transformación conjunta en el partido de la aristocracia, frente al nuevo partido de la burguesía, que se presenta con su propia dirección, bajo su propia bandera y con sus propias consignas: ese es el proceso que estamos viviendo hoy en Inglaterra.
Si consideramos esta situación interior de Inglaterra y la unimos al hecho de que la guerra de la India sigue devorando hombres y dinero, podemos decir con seguridad que Inglaterra no estará en condiciones de estorbar la revolución europea, que se acerca a ojos vistas, como ocurrió en 1848. Hay otra gran potencia que hace diez años detuvo por la fuerza la corriente revolucionaria. Nos referimos a Rusia. Esta vez se ha acumulado bajo sus propios pies una materia inflamable a la que una fuerte ráfaga de viento del Oeste puede prender fuego de golpe. Los síntomas de una guerra de siervos son tan patentes en el interior de Rusia que los gobernadores de provincia no saben explicar la insólita agitación sino acusando a Austria de difundir por todo el país, mediante emisarios secretos, doctrinas socialistas y revolucionarias. ¡Imagínese: Austria no solo es sospechosa, sino que se la acusa públicamente de actuar como emisaria de la revolución! Las matanzas de Galitzia9 han probado de sobra al mundo, en efecto, que el gabinete de Viena sabe, en caso de necesidad, enseñar a los siervos un socialismo de su propia cosecha. Pero Austria rechaza indignada la acusación y declara que agentes paneslavistas rusos invaden y envenenan sus provincias orientales, mientras sus súbditos italianos sufren la influencia de las maquinaciones conjuntas de Bonaparte y del zar. Prusia, por último, siente con claridad los peligros de la situación; pero tiene atados los pies y las manos, y se le impide moverse en cualquier dirección. El poder real está de hecho quebrantado por la enajenación mental del rey y la falta de plenos poderes del regente.10 La discordia entre la camarilla del rey, que se niega a abdicar, y la camarilla del príncipe, que no se atreve a gobernar, ha abierto las compuertas al movimiento popular.
Así pues, todo depende de Francia; y allí la crisis del comercio y de la agricultura, el golpe de Estado financiero y el establecimiento del gobierno del ejército en lugar del gobierno por medio del ejército aceleran la explosión. Hasta la prensa francesa admite por fin que por ahora hay que abandonar toda esperanza de que vuelva la prosperidad. «Creemos que sería necio atormentar al público con la quimérica esperanza de una reacción inmediata», dice el Constitutionnel. «El estancamiento continúa y, pese a los elementos favorables que existen, no podemos esperar ningún cambio inmediato», dice La Patrie. En las columnas de L'Union y de L'Univers resuenan las mismas quejas.11 «Se admite generalmente que desde la revolución de 1848 no se ha conocido en París una crisis comercial como la de ahora», dice el corresponsal en París del Times de Londres. Y las acciones del Crédit Mobilier han caído a unos 550 francos, es decir, por debajo del precio nominal al que se habían vendido al gran público. Por otra parte, el vacío de la caja imperial obliga a Napoleón a insistir en su plan de confiscación.12 «Lo único que hay que preguntar», dice un periódico clerical que se publica en Anjou, «es si se respetará la propiedad o no.» ¡La propiedad, en verdad! Lo único que hay que preguntar en este momento, responde Bonaparte, es cómo asegurarse el ejército, y resuelve esa cuestión a su manera habitual. Hay que volver a comprar el ejército entero. Ha ordenado un aumento general de su paga. Entretanto, Inglaterra está alarmada y Austria aterrada. En todas partes se cree que la guerra es inminente. Luis Napoleón no tiene otro medio de escapar a una pronta ruina. El principio del fin está cerca.
Benjamin Disraeli (1804-1881), jefe de los conservadores en la Cámara de los Comunes y canciller del Exchequer en el gobierno de Derby (1858-1859). ↩
La Carta del Pueblo (People's Charter, 1838), programa del cartismo en seis puntos: sufragio universal masculino, voto secreto, distritos electorales iguales, dietas para los diputados, Parlamentos anuales y abolición del censo de propiedad para los diputados. Este último punto se convirtió en ley en junio de 1858. ↩
Henry George Grey, tercer conde Grey (1802-1894), político whig, hijo del primer ministro de la reforma electoral de 1832. ↩
Charles Manners, sexto duque de Rutland (1815-1888), par tory. ↩
Edward Bulwer-Lytton (1803-1873), novelista y político conservador, ministro de las Colonias en el gobierno de Derby (1858-1859). ↩
Peter John Locke King (1811-1885), diputado radical, que presentó varias veces proyectos de ley para rebajar a 10 libras de renta el censo electoral en los condados. ↩
El gobierno de coalición de Aberdeen (1852-1855) y el gobierno de Palmerston (1855-1858). ↩
John Bright (1811-1889), industrial algodonero y diputado radical, jefe con Richard Cobden de la Escuela de Manchester librecambista. ↩
En la sublevación polaca de 1846, las autoridades austriacas azuzaron a los campesinos de Galitzia contra la nobleza polaca insurrecta, que fue víctima de matanzas. ↩
Federico Guillermo IV de Prusia (1795-1861), incapacitado por una enfermedad mental desde 1857; su hermano Guillermo (el futuro Guillermo I) lo representaba desde octubre de 1857, con poderes limitados, y asumió la regencia en octubre de 1858. ↩
Le Constitutionnel y La Patrie, diarios bonapartistas de París; L'Union, diario legitimista; L'Univers, diario católico ultramontano. ↩
El plan de convertir los bienes raíces de los establecimientos de beneficencia en títulos de la deuda pública, del que Marx trata en su crónica del 27 de mayo de 1858. ↩