Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 7 de septiembre de 1858 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 5436, del 23 de septiembre de 1858. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 557-564), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Se corrigen unas pocas erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Londres, 7 de septiembre de 1858
Hace algunos meses les envié una serie de documentos relativos a la tentativa de traición a los circasianos por Mehmed Bey, alias coronel Bangya.1 Desde entonces se ha añadido un nuevo capítulo a este extraño episodio de la guerra de Circasia; declaraciones y contradeclaraciones de las diversas partes implicadas han dado lugar primero a serias disputas entre los emigrados húngaros y polacos de Constantinopla, y luego a enconados debates en los cuarteles generales londinenses del exilio europeo sobre si ciertas personalidades destacadas eran supuestamente cómplices de Bangya. Plenamente consciente del interés que la emigración revolucionaria de todos los matices y de todas las nacionalidades pone en lo que publica la Tribune, me abstuve deliberadamente de repetir mis acusaciones mientras no se me mostraran los originales de algunas cartas publicadas en periódicos de Constantinopla, cuya autenticidad, sin embargo, se había negado al principio, y mientras no hubiera aclarado todas las cuestiones en litigio. Pero consideraría una falta a mi deber no salir al paso de esas cobardes maniobras que pretenden ahogar toda investigación ulterior y echar un velo de misterio sobre todo el asunto. Si existe un círculo de emigrados revolucionarios que considera acertado conspirar con el gabinete ruso y mezclarse incluso con espías profesionales como Bangya, que se adelanten y confiesen sus opiniones.
Recordarán ustedes que fue el teniente Stock, de la tropa de voluntarios polacos de Circasia, quien, como portador de los despachos del coronel Lapinski,2 su jefe, y miembro de la comisión militar que había juzgado a Bangya, llevó a Constantinopla la confesión de Bangya y los demás documentos relativos al caso. El teniente Stock se quedó cuatro meses en Constantinopla para poder declarar como testigo, si se llegaba a un juicio, de la veracidad de la acusación de traición que Lapinski había formulado contra Bangya. En su confesión, Bangya había identificado a Kossuth,3 al general Stein, al coronel Türr4 y a la parte de la emigración húngara dirigida por Kossuth con sus propias intrigas en Circasia. Los polacos de Constantinopla, cuando tuvieron conocimiento de las noticias y los documentos que traía el teniente Stock, no dieron ciegamente por ciertas las acusaciones de Bangya contra sus compatriotas, sino que, desconfiando de su autenticidad, decidieron conservar los documentos en su poder. Mientras esperaban nuevas noticias de Circasia, se limitaron a publicar en La Presse d'Orient5 una breve nota sobre la traición y la condena de Mehmed Bey, alias Bangya. Tras la aparición de esta nota recibieron la visita de varios húngaros, entre ellos el coronel Türr, que declaró la nota una ofensa a su persona, como húngaro, y a toda la emigración. Pero después de leer los documentos llegados de Circasia y de intentar negar, de forma muy poco satisfactoria, las acusaciones de Bangya sobre su propia complicidad, Türr exclamó que Bangya merecía ser ahorcado y pidió que se enviara un emisario a Sefer Bajá6 para instarle a confirmar y ejecutar la sentencia de la comisión. Los polacos le permitieron entonces llevarse una carta de Bangya en la que este exhortaba a sus compatriotas a abstenerse de toda intromisión en Circasia y de toda intriga contra los polacos.
«En cuanto a nuestros planes», dice Bangya en esa carta, «están frustrados para siempre, y dependo de la gracia de Lapinski.»
Los polacos no se contentaron con comunicar a Türr y a otros húngaros el contenido de esos documentos, que la Tribune publicó más tarde; dieron además otra prueba inequívoca de su escrupulosidad. Para ganarse, tras su condena a muerte, el favor de sus jueces y probarles que quería confesar con el corazón limpio todo lo que sabía, Bangya había revelado a Lapinski, presidente del consejo de guerra, toda la historia de los preparativos de sus compatriotas contra Austria. Le comunicó la naturaleza de sus recursos, las ciudades en las que habían establecido depósitos de armas y los nombres de las personas a las que se habían confiado esos depósitos. Los polacos informaron en el acto a los húngaros del peligro que los amenazaba, les mostraron todos los documentos que habían recibido sobre el asunto, que nunca se han publicado, y, para darles la certeza de que esos documentos quedarían siempre en secreto, les propusieron cerrarlos en su presencia con sus propios sellos. Esos documentos existen todavía, con los sellos intactos. Entre las personas que pusieron esos sellos estaban Türr, Tukony (Selim Agá), Thalmayr (Emin Agá) y otros jefes de la emigración de Constantinopla dirigida por Kalmar, que más tarde firmaron manifiestos en defensa de Bangya.
Poco después de la entrevista de Türr con los polacos apareció en la correspondencia litografiada de Havas,7 en París, una comunicación telegráfica del tenor siguiente:
«Una carta del coronel Türr llegada a Marsella desmiente las afirmaciones de La Presse d'Orient sobre la traición y la condena del coronel Mehmed Bey.»
La mayor parte de la prensa europea reprodujo este párrafo. Al mismo tiempo, algunos húngaros presentaron en la oficina de La Presse d'Orient cartas de Circasia en las que se afirmaba que Mehmed Bey estaba libre y seguía en relación con Sefer Bajá. Se presentó a Bangya al público como un mártir de la causa de la libertad; se acusó al coronel Lapinski de falsificación y de otros delitos, y se hizo pasar a los polacos de Constantinopla por sus cómplices. Hasta se hicieron ridículos intentos de intimidar a los polacos. Solo entonces publicaron los polacos la confesión de Bangya y los documentos relacionados con ella en la Tribune y en la Free Press8 de Londres. Entretanto, Bangya llegó a Constantinopla y se presentó en la oficina de La Presse d'Orient. Los directores de este periódico le comunicaron que habían publicado las noticias que le concernían porque no habían tenido el menor motivo para dudar de su veracidad, pero que estaban dispuestos a rectificarlas si él era capaz de aportar pruebas irrefutables de su falsedad. Bangya se limitó a responder que todo era falso, que era víctima de una intriga, y contó luego un montón de detalles sobre los sucesos de Circasia que nadie le había preguntado. A la pregunta de cómo había podido él, oficial turco y comandante en jefe circasiano, escribir una carta destinada evidentemente al general ruso Filipson,9 una carta que bastaba para probar todas las acusaciones formuladas contra él, consiguió escabullirse de ese terreno peligroso respondiendo con displicencia que estaba preparando una respuesta a la confesión que falsamente se le atribuía. Terminó la entrevista prometiendo responder en el periódico a las acusaciones formuladas contra él, propuesta que se aceptó con la condición de que su carta no contuviera ataques personales. Un oficial francés, un sacerdote francés y un publicista armenio estuvieron presentes en este encuentro y se declaran dispuestos a dar testimonio de ello ante cualquier tribunal. En una segunda entrevista, el 25 de abril, Bangya entregó a los directores de La Presse d'Orient su carta, en la que, contra lo convenido, se injuriaba al coronel Lapinski y a Ibrahim Bey; en cambio, se evitaba cuidadosamente el nombre del teniente Stock, que para disgusto de Bangya seguía en Constantinopla. Tras introducir algunos cambios a petición de los directores, la carta apareció en La Presse d'Orient. Sus puntos esenciales son los siguientes:
«He sido víctima de una vil intriga de Ibrahim Bey y del señor Lapinski. Fue el 31 de diciembre del año pasado, al anochecer, cuando Ibrahim Bey me mandó llamar a su casa para una conversación privada. Fui desarmado. Apenas había entrado en la habitación de Ibrahim Bey, donde encontré reunidos a mis enemigos, fui detenido y trasladado esa misma noche a Aderbi. Como estaba en poder de mis enemigos, mi vida y la de toda mi familia corrían el mayor peligro; de no haber sido por la actitud amenazadora de los circasianos, me habrían asesinado. Pero al fin, en marzo,10 los jefes de los circasianos me pusieron en libertad, y les tocó a Lapinski, a Ibrahim Bey y al propio Sefer Bajá tener miedo y pedirme perdón por todo el mal que me habían hecho. Una palabra mía habría bastado para hacer rodar sus cabezas por el polvo... En cuanto a la incautación de documentos que debían probar una traición, o a un consejo de guerra de jefes circasianos y oficiales europeos, o a cualquier condena, de la clase que sea,... todas esas lindezas son invenciones del corresponsal, agente y compinche del señor Lapinski... El supuesto relato verídico cuya copia tienen ustedes en sus manos es un cuento fabricado en parte en Constantinopla por el señor T... y revisado por el señor Lapinski. Es una intriga preparada desde hace mucho y urdida después de mi partida para Circasia. Ese documento está destinado a comprometer a una conocida personalidad y a sacar dinero a una gran potencia.»
Unos días después de publicarse esta carta en La Presse d'Orient, Bangya, por razones que él sabrá mejor que nadie, declaró en el Journal de Constantinople, con la desfachatez característica de este hombre, que el director de La Presse d'Orient había desfigurado su carta hasta el punto de que no podía reconocer su autenticidad. Pues bien, yo he visto la carta original, conozco la letra de Bangya y puedo atestiguar que todos los cambios objetados consisten simplemente en haber puesto las iniciales en lugar de los nombres y en haber añadido unas líneas de introducción en las que se elogia a los directores de La Presse d'Orient por la exactitud de sus informaciones. Lo único que Bangya quería era sembrar dudas en la opinión pública. Incapaz de añadir nada más, decidió, como re bene gesta,11 envolverse en el obstinado silencio de la virtud perseguida. Entretanto aparecieron en periódicos de Londres dos documentos, uno firmado por los jefes de la emigración húngara de Constantinopla y el otro por el coronel Türr. En el primero, los mismos hombres que habían estampado sus sellos en los papeles que prueban la culpa de Bangya expresan su convicción de que «Bangya será capaz de justificarse»; aparentan «considerar el asunto de Mehmed Bey como una cuestión personal» y «desprovista de todo carácter internacional», mientras tachan a los amigos del coronel Lapinski de «demonios cuyo fin es sembrar la discordia entre los dos grupos de emigrados». Türr, que entretanto se ha transformado en Ahmed Kiamil Bey, declara en su carta:
«En cuanto supe de la llegada de Mehmed Bey a Constantinopla fui a verle, acompañado por el capitán Kabat (un polaco), y le pregunté categóricamente si las confesiones contenidas en la memoria publicada en los periódicos eran ciertas. Respondió que había sido detenido a traición y llevado ante una comisión compuesta de polacos, pero que, tras dos sesiones de esa comisión, el señor Lapinski, jefe de ochenta y dos polacos en Circasia, había ido a verle a su prisión y le había declarado que todas sus confesiones ante la comisión eran inútiles, que, para servir a sus planes (los de Lapinski), era necesario que él (Mehmed Bey) escribiera de su puño y letra una memoria ya redactada y arreglada por Lapinski. Él (Mehmed Bey) se negó a copiar la primera memoria que se le presentó; era la que habían publicado los periódicos. Lapinski la modificó entonces y preparó una segunda, que él (Mehmed Bey), bajo la amenaza de ser fusilado, copió y firmó, para conservar la posibilidad de defenderse de las acusaciones con que Lapinski sin duda habría manchado su memoria después de su muerte. El original de ese documento no se ha presentado nunca hasta ahora.
»Tras esta declaración de Mehmed Bey, no estoy en condiciones de reconocer cuál de los dos es el canalla.»
Vemos, pues, que Türr afirma que Bangya firmó su confesión solo bajo coacción y a consecuencia de las amenazas de Lapinski, mientras que el propio Bangya declara al mismo tiempo que su confesión se fabricó en Constantinopla, e incluso antes de su partida para Circasia.
A todas estas maniobras puso fin por último la llegada de cartas de Sefer Bajá y de un gran número de circasianos. Una delegación de estos se presentó al director de La Presse d'Orient, confirmó todos los detalles publicados sobre la traición de Bangya y se declaró dispuesta a atestiguar la verdad de sus afirmaciones bajo juramento sobre el Corán ante el propio Bangya y ante cualquier número de testigos. Pero ni Bangya se atrevió a presentarse ante ese tribunal de honor, ni Türr, Tukony, Kalmar, Verres y sus demás protectores le obligaron a comparecer y probar su inocencia.
Ya durante la guerra contra Rusia, el señor Thouvenel,12 embajador francés, había escrito a París para pedir informes sobre Bangya; se enteró de que Bangya era un espía que entraba al servicio de cualquiera que le pagase. El señor Thouvenel procuró apartarlo de Anapa, pero Bangya se defendió con certificados que le había extendido Kossuth. Al llamamiento a la fraternidad de las naciones del manifiesto húngaro al que nos hemos referido, los polacos habían respondido con toda razón lo siguiente:
«Nos habláis de la fraternidad de las naciones; nosotros os mostramos ejemplos de esa fraternidad en los desfiladeros de los Cárpatos, en todos los caminos de Transilvania, en las llanuras del Tisza y del Danubio. El pueblo húngaro no lo ha olvidado, como lo han olvidado esos constitucionalistas que en 1848 votaron millones de florines y miles de soldados contra Italia, como lo han olvidado esos republicanos que en 1849 pidieron un rey a Rusia, como lo han olvidado esos jefes de Estado que, en medio de una guerra por la independencia y la libertad, exigían a gritos que se expulsara del territorio húngaro a toda la población valaca, como lo han olvidado esos charlatanes que hoy peregrinan por América. ¿Les dijo al menos a los americanos que le pagaban, como se paga a una Lola Montes o a una Jenny Lind,13 les dijo que él, el orador, fue el primero en abandonar su país moribundo, y que el último en abandonar ese país desangrado y entregado a la aflicción fue un viejo general, un héroe y un polaco: Bem?»14
Para completar nuestro relato, añadimos la siguiente carta del coronel Lapinski:
El coronel Lapinski a ... Bajá (extracto)
Aderbi, Circasia ...
Muy señor mío:
Hace ya casi dos años que llegué aquí, atendiendo a su ruego y confiando en su palabra. No necesito recordar a Vuestra Excelencia cómo se ha cumplido esta última. Se me ha dejado sin armas, sin ropa, sin dinero y hasta sin víveres suficientes..
Todo esto, creo, no ha de atribuirse a mala voluntad por parte de Vuestra Excelencia, sino a otras causas, y en especial a su desdichada relación con gentes a las que son ajenos los intereses de su país. Durante todo un año se me impuso a uno de los espías rusos más astutos. Con la ayuda de Dios desbaraté sus intrigas, le mostré que lo había calado y ahora lo tengo en mi poder. Ruego encarecidamente a Vuestra Excelencia que rompa toda relación con los húngaros; evite sobre todo a Stein y a Türr: son espías rusos. Los demás húngaros sirven a los rusos en parte sin saberlo. No se deje engañar por proyectos de fábricas, minas y comercio en gran escala. Cada céntimo invertido así sería dinero tirado a la calle, y eso es precisamente a lo que van todos los esfuerzos del señor Türr, que solo desea que su dinero se gaste de tal modo que no pueda reportar ningún provecho a su país ni ningún daño a los rusos. Lo que aquí necesitamos es: una fábrica de pólvora, una máquina de acuñar moneda, una pequeña imprenta, un molino de grano y armas, que aquí no solo son malas, sino el doble de caras que en Constantinopla; hasta las malas sillas de montar de este país cuestan el doble que las sillas militares francesas. En cuanto a las minas, es cosa de niños pensar en ellas. Aquí hay que gastar cada céntimo en la defensa del país y no emplearlo en especulaciones. Emplee todos sus medios en instruir tropas, y no solo contribuirá al bien de su país, sino que obtendrá también influencia personal para usted mismo. No malgaste sus medios intentando ganarse a uno u otro de los partidos. El estado del país parece tranquilo por ahora, pero en realidad es funesto. Sefer Bajá y el naib15 no se han reconciliado todavía, y es porque los espías rusos lo impiden. No lamente el dinero que invierta aquí en la instrucción de las tropas. Es el único dinero bien invertido. No piense en cañones. Como sirvo en la artillería desde joven, conozco bien su valor. Lo que predije antes de partir se ha cumplido. Al principio a los rusos les sorprendió el tronar de los cañones; ahora se ríen de él. Donde yo pongo dos cañones, ellos ponen veinte; y como no tengo tropas regulares para defender mis cañones, los rusos se apoderarán de ellos, porque los circasianos no saben defenderlos, y nosotros mismos podemos caer prisioneros.
Una última palabra. Mi gente y yo estamos dispuestos, Bajá, a consagrarnos a la defensa de su país, y dentro de ocho meses, contando desde ahora, habré elevado mi destacamento a 600 cazadores, 260 jinetes y 260 artilleros, si me envía el equipo y el armamento necesarios.
Si dentro de dos meses no recibo nada, me embarcaré y volveré a Turquía, y toda la culpa recaerá sobre usted y no sobre mí ni sobre los polacos. No pretendo abusar de los circasianos ni engañarlos. Si no puedo servir como es debido a su causa y a la mía, los dejaré.
He enviado a Stock a Constantinopla. Más le valdría darle todo lo que esté en su mano y enviarlo de vuelta cuanto antes. ¡Que Dios lo tenga bajo su protección! No deje nada para mañana, se lo ruego encarecidamente. No pierda un instante, porque el tiempo perdido le saldría caro.
Lapinski
János Bangya (1817-1868), oficial húngaro de 1848-1849 y luego espía al servicio de la policía de varios países; como Mehmed Bey sirvió en el ejército turco y en 1857 fue con la expedición polaca a Circasia, donde un consejo de guerra lo condenó a muerte por traición en favor de Rusia; la sentencia no se ejecutó. ↩
Teofil Łapiński (1827-1886), oficial polaco, jefe de la legión de voluntarios polacos que combatió contra Rusia en Circasia de 1857 a 1859. ↩
Lajos Kossuth (1802-1894), jefe de la revolución húngara de 1848-1849, luego en el exilio. ↩
Maximilian Stein (1811-1860), oficial austriaco que había luchado con los húngaros y servía en el ejército turco como Ferhad Bajá; István Türr (1825-1908), emigrado húngaro, oficial al servicio turco durante la guerra de Crimea. ↩
La Presse d'Orient, periódico francés de Constantinopla. ↩
Sefer Bey Zanuqo (m. 1859), jefe circasiano al servicio de Turquía. ↩
La agencia de noticias de Charles-Louis Havas, en París. ↩
The Free Press, periódico de David Urquhart, enemigo declarado de Rusia y de Palmerston, que se publicaba en Londres. ↩
Grigori Filipson (1809-1883), general ruso, jefe de las tropas del flanco derecho de la línea del Cáucaso. ↩
La MEW dice «am März», sin día. ↩
Como quien ha obrado bien. ↩
Édouard Thouvenel (1818-1866), embajador de Francia en Constantinopla de 1855 a 1860. ↩
Lola Montes (1821-1861), bailarina y aventurera; Jenny Lind (1820-1887), soprano sueca, que hizo una gira triunfal por los Estados Unidos en 1850-1852. Kossuth había recorrido los Estados Unidos en 1851-1852 recaudando fondos. ↩
Józef Bem (1794-1850), general polaco, jefe del ejército húngaro de Transilvania en 1848-1849. ↩
Muhammad Amin, lugarteniente (naib) de Shamil entre los circasianos. ↩