Escrito en inglés por Friedrich Engels a mediados de febrero de 1859 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 5575, del 4 de marzo de 1859. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 13 (Berlín, 1961, pp. 195-201), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Se corrigen erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Cuando el general Bonaparte bajó de los Alpes Marítimos en 1796, le bastó la gran semana de Dego, Millesimo, Montenotte y Mondovì para conquistar todo el Piamonte y Lombardía. Sus columnas avanzaron sin resistencia hasta el Mincio. Pero allí cambiaron las tornas. Los muros de Mantua lo detuvieron, y el mayor general de su tiempo necesitó nueve meses para vencer ese obstáculo. Toda la segunda parte de la primera campaña de Italia giró en torno a la conquista de Mantua. Rivoli, Castiglione, Arcole y la marcha por el valle del Brenta, todo sirvió para alcanzar ese gran objetivo. Dos veces fue detenido Napoleón por una fortaleza: la primera, en Mantua; la segunda, en Danzig. Napoleón sabía muy bien que Mantua era la llave de Italia. Una vez tomada, no se separó de ella hasta que se separó de su corona, y hasta entonces su dominio sobre Italia nunca estuvo seriamente amenazado.

La configuración geográfica de Italia explica que domine toda Italia la potencia que tiene en sus manos la parte septentrional, la Galia Cisalpina de los romanos. La cuenca del Po ha sido siempre el campo de batalla en el que se ha decidido el destino de la península. De Marignano y Pavía, pasando por Turín, Arcole, Rivoli, Novi y Marengo, hasta Custoza y Novara,1 todas las batallas decisivas por el dominio de Italia se han librado aquí. Es muy natural. Francés o alemán, quien expulse a su adversario del valle del Po lo aísla de la alargada península y aísla a la península de sus aliados. Reducida a sus propios recursos, esa península, la parte menos poblada y civilizada de Italia, queda pronto sometida. En esa cuenca del Po, Mantua es a su vez la posición más central. Está a la misma distancia del Adriático que del Mediterráneo, a unas 70 millas de ambos; de ese modo, defendida por un ejército en campaña, cierra eficazmente todo acceso a la península. A ello se añade la inmensa ventaja táctica de su situación: en medio de un lago, con tres cabezas de puente para desembocar, rodeada por todas partes de un terreno surcado de ríos, es capaz de aislar entre sí las distintas partes de un ejército sitiador; no es de extrañar que exista un dicho tradicional: quien posee Mantua es dueño de Italia.

Estas pocas consideraciones bastarán para mostrar que no será fácil expulsar a los austriacos de Italia, aunque no tuvieran más que Mantua. Lo que al primer capitán de su tiempo le costó nueve meses no lo conseguirá en menos tiempo un antiguo capitán de la artillería suiza.2 Pero la situación militar de Lombardía ha cambiado mucho desde 1796, e incluso desde 1848. La campaña de 1848 es en cierto modo la contrapartida de la de 1796. Si 1796 mostró lo que puede hacer Mantua a la defensiva, 1848 mostró lo que pueden hacer juntos Mantua, Peschiera, Legnago y Verona en una guerra ofensiva; y desde entonces esa espléndida posición, que se cuenta entre las mejores de Europa, se ha perfeccionado y reforzado de todas las maneras posibles, y con un cuidado, una pericia y un ensemble [conjunto] que hacen el mayor honor al estado mayor austriaco y a sus ingenieros.

Miren ustedes el mapa. Del lago de Garda al Po corre el Mincio, un río no muy considerable, en verano vadeable en muchos puntos, pero en conjunto no inadecuado para una posición defensiva. La longitud de la línea, que hay que medir desde Peschiera hasta Borgoforte, aunque este último esté al otro lado del río, es de unas 30 millas, de modo que un ejército situado en su centro puede alcanzar cualquiera de sus extremos en un día de marcha. Esta corta línea de 30 millas, flanqueada a la derecha (al norte) por el lago y los Alpes tiroleses y a la izquierda por el Po, es la primera posición defensiva que encuentra un ejército austriaco frente a un enemigo que viene del oeste. Pero no es esa su única ventaja. Casi paralelo al lago, al Mincio y al Po, de diez a treinta millas por detrás, corre el Adigio, que forma una segunda línea de defensa mucho más fuerte, un obstáculo que en cualquier estación solo puede salvarse con puentes. Esta doble línea, como muestra una ojeada al mapa, redondea de modo natural el Tirol y las provincias austriacas contiguas en un todo sólido. Es, militarmente hablando, su complemento necesario; en eso se basa el principio político de Austria de que la línea del Mincio es necesaria para la defensa de Alemania y de que el Rin hay que defenderlo en el Po.

Esta posición, fuerte por naturaleza, se ha reforzado además artificialmente. La línea del Mincio queda dividida en dos por Mantua. Esta fortaleza está tan cerca de la desembocadura del río que el tramo inferior puede dejarse por completo fuera del cálculo. Así la línea se acorta otras siete u ocho millas, y su extremo meridional queda reforzado por una fortaleza de primer orden que forma cabezas de puente a ambos lados del río. El otro extremo, donde el río sale del lago, lo defiende la pequeña fortaleza de Peschiera. Esta fortaleza no es desde luego muy fuerte y la tomaron los piamonteses en 1848, pero basta para resistir un ataque irregular y puede, por tanto, mantenerse mientras los austriacos dominen el campo; al mismo tiempo les permite desembocar en la orilla occidental del Mincio.

La línea del Adigio se descuidó hasta 1815. De 1797 a 1809 formó la frontera entre Austria e Italia; pero desde 1815 Austria posee las dos orillas del río. Detrás de Mantua, a unas 25 millas, está sobre el Adigio la pequeña fortaleza de Legnago; pero la ciudad más próxima detrás de Peschiera, Verona, no estaba fortificada. Los austriacos, sin embargo, no tardaron en darse cuenta de que había que fortificar Verona para que la posición pudiera cumplir por completo su función. Y así se hizo. Pero, por la habitual indolencia de la antediluviana Austria, la ejecución se descuidó tanto que en 1848, cuando estalló la revolución, solo estaba aceptablemente fortificada la orilla izquierda u oriental del río, la que mira hacia Austria, mientras que el lado vuelto hacia el enemigo seguía relativamente desprotegido.

Radetzky y sus jefes de estado mayor, Hess y Schönhals,3 en cuanto la revolución los echó de Milán, se pusieron enseguida manos a la obra para corregir ese error. Las alturas que rodean Verona por el oeste se coronaron de trincheras, y con ellas se protegieron las murallas de la ciudad del fuego rasante. Esa fue la suerte de Austria. Hubo que abandonar la línea del Mincio. Los piamonteses sitiaron Peschiera y llegaron incluso hasta los parapetos de los reductos. Pero allí los detuvieron. La jornada de Santa Lucia (6 de mayo de 1848) les mostró que todo nuevo avance sobre la posición de Verona era inútil.

Pese a todo, toda la Italia septentrional seguía en manos del ejército revolucionario. Radetzky solo conservaba sus cuatro fortalezas y utilizaba Verona como campo atrincherado para su ejército. Su frente, sus flancos y casi toda su retaguardia estaban en manos del enemigo; hasta sus comunicaciones con el Tirol estaban amenazadas y a ratos cortadas. Aun así, una división al mando del general Nugent4 consiguió abrirse paso a través del Véneto sublevado y reunirse con él hacia finales de mayo. Entonces mostró Radetzky lo que podía conseguirse con la espléndida posición que acababa de crearse. Incapaz de permanecer más tiempo en los alrededores de Verona, ya esquilmados de forraje, y demasiado débil para mantener el campo en una batalla decisiva, llevó su ejército a Mantua por Legnago con una marcha de flanco audaz y hábil. Y antes de que el adversario hubiera comprendido bien lo que ocurría, Radetzky avanzó desde Mantua para atacarlo en la orilla occidental del Mincio. Penetró en la línea de cerco enemiga y obligó al grueso del ejército piamontés a retirarse de su posición ante Verona. No pudo impedir, sin embargo, la caída de Peschiera, y después de haber conseguido con su marcha a Mantua todo lo que podía conseguirse, volvió a reunir sus tropas, marchó por Legnago contra Vicenza y arrebató esa ciudad a los italianos, con lo que sometió toda la tierra firme véneta, recuperó sus comunicaciones y se aseguró a la espalda los recursos de un territorio grande y rico; después se retiró de nuevo a su base de Verona, y los piamonteses estaban tan completamente desconcertados sobre el modo de echarlo de allí que perdieron un mes entero sin hacer nada. Entretanto, sin embargo, habían llegado tres fuertes brigadas austriacas, y entonces cambiaron las tornas. En tres días Radetzky expulsó a los piamonteses de las alturas entre el Adigio y el Mincio, envolvió al mismo tiempo su flanco derecho cerca de Mantua y les dio tal lección que no volvieron a presentar combate hasta haber dejado atrás el Tesino.5

Esta campaña de Radetzky demuestra lo que puede hacer un general con un ejército numéricamente inferior si se apoya en un sistema de líneas fluviales bien fortificado. Dondequiera que estuvieran los piamonteses o como quiera que intentaran hacer frente, no podían atacar a los austriacos; los tanteos a ciegas a los que se redujeron todas sus operaciones militares en las últimas cinco semanas antes de su derrota definitiva muestran claramente cuán atascados e impotentes estaban. ¿En qué consistía, pues, la fuerza de la posición de Radetzky? Simplemente en que las fortalezas no solo lo protegían de un ataque, sino que obligaban al enemigo a dividir sus fuerzas, mientras que Radetzky, al amparo de ellas, podía operar en cualquier punto con todas sus fuerzas contra la parte del enemigo con la que se topara. Peschiera inmovilizaba muchas tropas; mientras Radetzky estaba en Verona, Mantua inmovilizaba otras, y en cuanto se fue a Mantua, Verona obligó a los piamonteses a dejar allí un cuerpo de observación. Más aún: los italianos tenían que operar con cuerpos separados a ambos lados de los ríos, sin que ninguno pudiera apoyar rápidamente al otro, mientras que Radetzky, apoyado en sus fortalezas y cabezas de puente, podía lanzar a voluntad todas sus fuerzas de una orilla a la otra. Vicenza y la tierra firme véneta nunca habrían caído si los piamonteses hubieran podido socorrerlas. Pero tal como estaban las cosas, Radetzky se apoderó de ambas mientras las guarniciones de Verona y Mantua tenían en jaque a los piamonteses.

Cuando los franceses tienen que marchar en columna por territorio hostil en Argelia, forman cuatro cuadros de infantería y los colocan en los cuatro vértices de un rombo, con la caballería y la artillería en el centro. Cuando atacan los árabes, se los rechaza con el fuego sostenido de la infantería, y en cuanto se ha quebrado su ataque, la caballería carga contra ellos y la artillería se desengancha para enviarles sus balas. Si la caballería es rechazada, encuentra refugio seguro detrás de los cuadros de infantería. Lo que la infantería sólida hace frente a esas masas irregulares, lo hace un sistema de fortalezas por un ejército de campaña inferior, sobre todo cuando esas fortalezas están situadas sobre una red de ríos. Verona, Mantua, Peschiera y Legnago forman los cuatro vértices de un cuadrilátero, y mientras no se hayan tomado al menos tres de ellas, ni siquiera un ejército inferior puede ser obligado a abandonar la posición. Pero ¿cómo tomarlas? Peschiera, es verdad, caerá siempre fácilmente si los austriacos no pueden mantener el campo. Pero a Mantua, en 1848, ni siquiera se intentó cercarla por todos los lados, y mucho menos sitiarla. Para cercar Mantua hacen falta tres ejércitos: uno en la orilla occidental y otro en la oriental del Mincio para el asedio, y otro para cubrir el asedio frente a los austriacos de Verona. Con hábiles maniobras entre los ríos y las fortalezas, los austriacos pueden atacar ad libitum [a voluntad] a cada uno de esos tres ejércitos con la totalidad de sus fuerzas. ¿Cómo mantener un asedio en esas circunstancias? Si el general Bonaparte necesitó nueve meses para rendir por hambre a Mantua sola, ¿qué fuerza tendrá cuando la apoye un ejército que se sostiene en Verona, Legnago y Peschiera, que es capaz de maniobrar con todas sus fuerzas reunidas en ambas orillas del Mincio o del Adigio y cuya retirada nunca puede cortarse, porque tiene dos líneas de comunicación, una por el Tirol y otra por el Véneto? No vacilamos en afirmar que esta posición es una de las más fuertes de Europa, y como los austriacos no solo la tienen completamente preparada, sino que la entienden con toda exactitud, creemos que 150.000 austriacos no tienen por qué temer aquí a un enemigo dos veces más numeroso.

Pero supongamos que, pese a todo, los expulsan de esta posición. Supongamos que pierden Mantua y Peschiera y Legnago. Mientras conserven Verona y no sean completamente derrotados en campo abierto, pueden poner en grave peligro la marcha de cualquier ejército francés sobre Trieste y Viena. Si conservan Verona como puesto avanzado, pueden retirarse al Tirol, reunir sus fuerzas y obligar de nuevo al enemigo a dividir las suyas. Una parte tiene que sitiar Verona y otra defender el valle del Adigio; ¿quedará entonces bastante para marchar sobre Viena? Si es así, el ejército del Tirol puede caerle encima en el valle del Brenta, cuya importancia estratégica enseñó a los austriacos el general Bonaparte en 1796 con una lección bastante dolorosa. Semejante experimento sería, sin embargo, un error decisivo, a menos que se dispusiera de otro ejército para defender el camino directo hacia Alemania; porque si el grueso de los austriacos se lanzara a los Alpes tiroleses, el enemigo podría pasar de largo y llegar a Viena antes de que los austriacos hubieran salido de las montañas. Pero si suponemos que Viena está fortificada (creemos que se está haciendo ahora), esa consideración pierde su valor. El ejército llegaría a tiempo para socorrerla y podría limitar la defensa de la frontera de Carintia a hostigar constantemente desde los Alpes el flanco izquierdo del invasor y a amenazar con caerle encima en Bassano o en Conegliano, o con apoderarse de sus comunicaciones en cuanto hubiera pasado.

Esta defensa indirecta de la frontera meridional alemana es, por lo demás, la mejor respuesta al argumento con que Austria defiende su ocupación de Italia, a saber, que la línea del Mincio es la frontera natural de Alemania por el sur. Si así fuera, el Rin sería la frontera natural de Francia. Todo argumento que valga para un caso es igualmente aplicable al otro. Pero por suerte Francia no necesita el Rin, ni Alemania el Po y el Mincio. Quien envuelve es a su vez envuelto. Si el territorio véneto envuelve el Tirol, el Tirol envuelve toda Italia. El paso de Bormio lleva directamente a Milán y puede servir para preparar un Marengo a un enemigo que ataque Trieste y Gradisca, igual que el Gran San Bernardo sirvió contra Melas cuando este atacaba la línea del Var.6 En la guerra acaba ganando con seguridad quien mantiene el campo más tiempo y mejor. Que Alemania sostenga el Tirol con mano firme, y bien podrá permitirse dejar a los italianos hacer su voluntad en la llanura. Mientras sus ejércitos sean capaces de mantener el campo, poco importa que la tierra firme véneta le pertenezca políticamente. Militarmente, su frontera alpina domina ese territorio, y eso debería bastar.

Esto, por supuesto, es una cuestión que solo concierne a Italia y a Alemania. En cuanto interviene Francia, las cosas cambian; si Francia arroja todo su peso en la balanza, es natural que cada uno de los dos contendientes asegure su posición todo lo posible. Alemania puede permitirse renunciar a la línea del Mincio y también a la del Adigio, pero solo en favor de Italia y no de otra nación.

Hasta ahora solo hemos considerado las perspectivas de una guerra defensiva por parte de los austriacos. Pero si llega la guerra, su situación les impondrá imperiosamente un plan de campaña ofensivo, aunque de eso hablaremos más adelante.

  1. Batallas de Marignano (1515), Pavía (1525), Turín (1706), Arcole y Rivoli (1796-1797), Novi y Marengo (1799-1800), Custoza (1848) y Novara (1849). ↩

  2. Luis Napoleón, que en 1834 obtuvo el grado de capitán de artillería en el cantón suizo de Berna y publicó un Manual de artillería (1836). ↩

  3. Heinrich von Hess (1788-1870) y Karl von Schönhals (1788-1857), generales austriacos. ↩

  4. Laval Nugent von Westmeath (1777-1862), general austriaco de origen irlandés. ↩

  5. Batalla de Custoza, del 23 al 25 de julio de 1848. ↩

  6. En la campaña de 1800 el general austriaco Michael von Melas (1729-1806) avanzaba por la Riviera hacia la línea del Var mientras Bonaparte cruzaba el Gran San Bernardo y caía sobre su retaguardia; la campaña terminó con la victoria francesa de Marengo. ↩