Escrito por Karl Marx en Londres entre agosto de 1858 y enero de 1859. Publicado por primera vez como Zur Kritik der Politischen Oekonomie. Erstes Heft (Contribución a la crítica de la economía política. Cuaderno primero), Berlín, Franz Duncker (W. Besser), junio de 1859. Traducido de Marx-Engels-Werke, t. 13 (Berlín, 1961), pp. 15-160, y cotejado con la primera edición de Berlín, Duncker, 1859 (libre en archive.org), por la Escuela de marxismo, 2026. Las citas en otras lenguas que la MEW da en alemán vuelven en el original a su lengua, como en 1859; aquí las damos en español, y entre corchetes traducimos las palabras y frases extranjeras que Marx intercala y añadimos alguna aclaración breve. Las notas que Marx añadió en su ejemplar de trabajo van incluidas y marcadas como tales. El prólogo se publica aparte: Prólogo. Las notas de Marx van señaladas como tales; las demás son nuestras. Texto original en alemán.

Libro primero. Del capital. Primera sección. El capital en general

Capítulo primero. La mercancía

A primera vista, la riqueza burguesa aparece como un inmenso cúmulo de mercancías, y la mercancía singular como su existencia elemental. Pero cada mercancía se presenta bajo el doble punto de vista de valor de uso y valor de cambio.1

La mercancía es, ante todo, en el lenguaje de los economistas ingleses, «una cosa cualquiera, necesaria, útil o agradable para la vida», objeto de necesidades humanas, medio de vida en el sentido más amplio de la palabra. Esta existencia de la mercancía como valor de uso coincide con su existencia natural y palpable. El trigo, por ejemplo, es un valor de uso particular, distinto de los valores de uso algodón, vidrio, papel, etc. El valor de uso solo tiene valor para el uso y solo se realiza en el proceso del consumo. Un mismo valor de uso puede emplearse de maneras diversas. Pero la suma de sus aplicaciones posibles está compendiada en su existencia como cosa dotada de propiedades determinadas. Además, no solo está determinado cualitativamente, sino también cuantitativamente. Según su peculiaridad natural, los distintos valores de uso tienen medidas distintas, por ejemplo, la fanega de trigo, la mano de papel, la vara de lienzo, etc.

Sea cual sea la forma social de la riqueza, los valores de uso constituyen siempre su contenido, en principio indiferente a esa forma. Por el sabor del trigo no se sabe quién lo ha cultivado, si un siervo ruso, un campesino parcelario francés o un capitalista inglés. Aunque objeto de necesidades sociales y, por tanto, inserto en un nexo social, el valor de uso no expresa ninguna relación social de producción. Pongamos que esta mercancía, como valor de uso, es un diamante. En el diamante no se percibe que sea mercancía. Allí donde sirve como valor de uso, estética o mecánicamente, en el pecho de la lorette2 o en la mano del pulidor de vidrio, es diamante y no mercancía. Ser valor de uso parece un presupuesto necesario de la mercancía, pero ser mercancía parece una determinación indiferente para el valor de uso. El valor de uso en esta indiferencia hacia la determinación formal económica, es decir, el valor de uso como valor de uso, queda fuera del campo de estudio de la economía política.3 Solo entra en él allí donde él mismo es determinación formal. De modo inmediato, es la base material en que se presenta una relación económica determinada: el valor de cambio.

El valor de cambio aparece, en primer lugar, como relación cuantitativa en la que unos valores de uso son intercambiables por otros. En esa relación forman la misma magnitud de cambio. Así, un tomo de Propercio y ocho onzas de rapé pueden ser el mismo valor de cambio, a pesar de lo dispares que son los valores de uso del tabaco y de la elegía. Como valor de cambio, un valor de uso vale exactamente lo mismo que otro, con tal de que esté presente en la proporción adecuada. El valor de cambio de un palacio puede expresarse en un número determinado de latas de betún. A la inversa, los fabricantes londinenses de betún han expresado en palacios el valor de cambio de sus latas multiplicadas. Del todo indiferentes, pues, a su modo natural de existencia, y sin consideración a la naturaleza específica de la necesidad para la que son valores de uso, las mercancías se cubren unas a otras en cantidades determinadas, se sustituyen unas a otras en el intercambio, cuentan como equivalentes y representan así, pese a su abigarrada apariencia, la misma unidad.

Los valores de uso son inmediatamente medios de vida. Pero, a la inversa, estos medios de vida son ellos mismos productos de la vida social, resultado de fuerza vital humana gastada, trabajo objetivado. Como materialización del trabajo social, todas las mercancías son cristalizaciones de la misma unidad. Lo que hay que examinar ahora es el carácter determinado de esta unidad, es decir, del trabajo que se presenta en el valor de cambio.

Supongamos que una onza de oro, una tonelada de hierro, un quarter de trigo y veinte varas de seda son valores de cambio de igual magnitud. Como tales equivalentes, en los que la diferencia cualitativa de sus valores de uso está borrada, representan un volumen igual del mismo trabajo. El trabajo que se objetiva por igual en ellos tiene que ser él mismo un trabajo uniforme, indiferenciado, simple, al que le es tan indiferente aparecer en oro, hierro, trigo o seda como al oxígeno encontrarse en la herrumbre del hierro, en la atmósfera, en el jugo de la uva o en la sangre del hombre. Pero extraer oro, sacar hierro de la mina, cultivar trigo y tejer seda son clases de trabajo cualitativamente distintas entre sí. De hecho, lo que objetivamente aparece como diversidad de los valores de uso aparece, en su proceso, como diversidad de la actividad que produce los valores de uso. Por ser indiferente a la materia particular de los valores de uso, el trabajo que pone valor de cambio4 es indiferente también a la forma particular del trabajo mismo. Los distintos valores de uso son, además, productos de la actividad de individuos distintos, resultado, por tanto, de trabajos individualmente distintos. Pero como valores de cambio representan un trabajo igual, indiferenciado, es decir, un trabajo en el que la individualidad de los que trabajan está borrada. El trabajo que pone valor de cambio es, por tanto, trabajo abstractamente general.

Si una onza de oro, una tonelada de hierro, un quarter de trigo y veinte varas de seda son valores de cambio de igual magnitud, o equivalentes, una onza de oro, media tonelada de hierro, tres bushels de trigo y cinco varas de seda son valores de cambio de magnitud enteramente distinta, y esta diferencia cuantitativa es la única diferencia de la que, como valores de cambio, son siquiera susceptibles. Como valores de cambio de distinta magnitud, representan un más o un menos, cantidades mayores o menores de aquel trabajo simple, uniforme, abstractamente general, que constituye la sustancia del valor de cambio. La pregunta es cómo medir esas cantidades. O, más bien, la pregunta es cuál es la existencia cuantitativa de ese mismo trabajo, puesto que las diferencias de magnitud de las mercancías como valores de cambio no son más que diferencias de magnitud del trabajo objetivado en ellas. Así como la existencia cuantitativa del movimiento es el tiempo, la existencia cuantitativa del trabajo es el tiempo de trabajo. La diversidad de su propia duración es la única diferencia de la que es susceptible, dada por supuesta su cualidad. Como tiempo de trabajo, recibe su patrón de las medidas naturales del tiempo: hora, día, semana, etc. El tiempo de trabajo es la existencia viva del trabajo, indiferente a su forma, a su contenido, a su individualidad; es su existencia viva como existencia cuantitativa, junto con su medida inmanente. El tiempo de trabajo objetivado en los valores de uso de las mercancías es tanto la sustancia que hace de ellos valores de cambio, y por tanto mercancías, como lo que mide su magnitud de valor determinada. Las cantidades correlativas de los distintos valores de uso en las que se objetiva el mismo tiempo de trabajo son equivalentes; o bien, todos los valores de uso son equivalentes en las proporciones en que contienen, gastado y objetivado, el mismo tiempo de trabajo. Como valores de cambio, todas las mercancías no son más que medidas determinadas de tiempo de trabajo coagulado.

Para comprender la determinación del valor de cambio por el tiempo de trabajo hay que retener los siguientes puntos de vista principales: la reducción del trabajo a trabajo simple, sin cualidad, por así decirlo; el modo específico en que el trabajo que pone valor de cambio, y por tanto produce mercancías, es trabajo social; por último, la diferencia entre el trabajo en cuanto resulta en valores de uso y el trabajo en cuanto resulta en valores de cambio.

Para medir los valores de cambio de las mercancías por el tiempo de trabajo contenido en ellas, los distintos trabajos tienen que estar reducidos a trabajo indiferenciado, uniforme, simple; en una palabra, a trabajo cualitativamente idéntico y que, por tanto, solo se distingue cuantitativamente.

Esta reducción aparece como una abstracción, pero es una abstracción que se lleva a cabo a diario en el proceso social de producción. La resolución de todas las mercancías en tiempo de trabajo no es una abstracción mayor, pero tampoco menos real, que la de todos los cuerpos orgánicos en aire. El trabajo así medido por el tiempo no aparece, en efecto, como trabajo de sujetos distintos, sino que, más bien, los distintos individuos que trabajan aparecen como simples órganos del trabajo. O bien, el trabajo tal como se presenta en los valores de cambio podría expresarse como trabajo humano general. Esta abstracción del trabajo humano general existe en el trabajo medio que puede realizar cualquier individuo medio de una sociedad dada, un gasto productivo determinado de músculo, nervio, cerebro, etc., humanos. Es trabajo simple,5 para el que puede adiestrarse a cualquier individuo medio y que este tiene que realizar bajo una u otra forma. El carácter de este trabajo medio es distinto en países distintos y en distintas épocas de la civilización, pero aparece como dado en una sociedad existente. El trabajo simple constituye, con mucho, la mayor parte de todo el trabajo de la sociedad burguesa, como puede comprobarse en cualquier estadística. Que A produzca hierro durante seis horas y lienzo durante seis horas, y B también hierro durante seis horas y lienzo durante seis horas, o que A produzca hierro durante doce horas y B lienzo durante doce horas, aparece a simple vista como una mera aplicación distinta del mismo tiempo de trabajo. Pero ¿qué ocurre con el trabajo complejo, que se eleva por encima del nivel medio como trabajo de mayor intensidad, de mayor peso específico? Este tipo de trabajo se resuelve en trabajo simple compuesto, trabajo simple elevado a una potencia superior, de modo que, por ejemplo, una jornada de trabajo complejo equivale a tres jornadas de trabajo simple. Las leyes que regulan esta reducción no corresponden todavía a este lugar. Pero que la reducción tiene lugar está claro, pues, como valor de cambio, el producto del trabajo más complejo es, en una proporción determinada, equivalente del producto del trabajo medio simple, y está por tanto igualado a una cantidad determinada de este trabajo simple.

La determinación del valor de cambio por el tiempo de trabajo supone además que en una mercancía determinada, por ejemplo una tonelada de hierro, está objetivada la misma cantidad de trabajo, sea trabajo de A o de B, o que individuos distintos emplean un tiempo de trabajo de igual magnitud en la producción del mismo valor de uso, determinado cualitativa y cuantitativamente. En otras palabras, se supone que el tiempo de trabajo contenido en una mercancía es el tiempo de trabajo necesario para su producción, es decir, el tiempo de trabajo que se requiere para producir, en unas condiciones generales de producción dadas, un nuevo ejemplar de la misma mercancía.

Las condiciones del trabajo que pone valor de cambio, tal como se desprenden del análisis del valor de cambio, son determinaciones sociales del trabajo o determinaciones del trabajo social, pero social no sin más, sino de un modo particular. Es un tipo específico de socialidad. En primer lugar, la simplicidad indiferenciada del trabajo es igualdad de los trabajos de distintos individuos, relación recíproca de sus trabajos entre sí como iguales, y ello mediante la reducción efectiva de todos los trabajos a trabajo de la misma clase. El trabajo de cada individuo, en la medida en que se presenta en valores de cambio, posee este carácter social de la igualdad, y solo se presenta en el valor de cambio en la medida en que está referido como igual al trabajo de todos los demás individuos.

Además, en el valor de cambio el tiempo de trabajo del individuo singular aparece inmediatamente como tiempo de trabajo general, y este carácter general del trabajo aislado, como su carácter social. El tiempo de trabajo representado en el valor de cambio es tiempo de trabajo del individuo singular, pero del individuo singular sin diferencia respecto de otro individuo singular, de todos los individuos singulares en cuanto realizan un trabajo igual; de ahí que el tiempo de trabajo requerido por uno para la producción de una mercancía determinada sea el tiempo de trabajo necesario que cualquier otro emplearía para producir la misma mercancía. Es el tiempo de trabajo del individuo, su tiempo de trabajo, pero solo como tiempo de trabajo común a todos, para el que es, por tanto, indiferente de qué individuo sea el tiempo de trabajo. Como tiempo de trabajo general, se presenta en un producto general, en un equivalente general, en una cantidad determinada de tiempo de trabajo objetivado que, indiferente a la forma determinada del valor de uso en que aparece inmediatamente como producto de uno, puede traducirse a voluntad en cualquier otra forma de valor de uso en la que se presente como producto de cualquier otro. Solo como esa magnitud general es magnitud social. Para resultar en valor de cambio, el trabajo del individuo tiene que resultar en un equivalente general, es decir, en la representación del tiempo de trabajo del individuo como tiempo de trabajo general o en la representación del tiempo de trabajo general como tiempo de trabajo del individuo. Es como si los distintos individuos hubieran puesto en común su tiempo de trabajo y hubieran representado en distintos valores de uso distintas cantidades del tiempo de trabajo del que disponen en común. El tiempo de trabajo del individuo es así, de hecho, el tiempo de trabajo que la sociedad necesita para producir un valor de uso determinado, es decir, para satisfacer una necesidad determinada. Pero aquí solo se trata de la forma específica en que el trabajo adquiere carácter social. Un tiempo de trabajo determinado del hilandero se objetiva, por ejemplo, en cien libras de hilo de lino. Cien varas de lienzo, el producto del tejedor, han de representar la misma cantidad de tiempo de trabajo. En la medida en que estos dos productos representan una cantidad de igual magnitud de tiempo de trabajo general y son, por tanto, equivalentes de cualquier valor de uso que contenga el mismo tiempo de trabajo, son equivalentes uno del otro. Solo porque el tiempo de trabajo del hilandero y el tiempo de trabajo del tejedor se presentan como tiempo de trabajo general, y sus productos, por tanto, como equivalentes generales, el trabajo del tejedor llega a existir aquí para el hilandero y el del hilandero para el tejedor, el trabajo del uno para el trabajo del otro; es decir, se produce la existencia social de sus trabajos para ambos. En cambio, en la industria rural patriarcal, donde el hilandero y el tejedor vivían bajo el mismo techo, la parte femenina de la familia hilaba y la masculina tejía, digamos para las necesidades propias de la familia, el hilo y el lienzo eran productos sociales, y el hilar y el tejer, trabajos sociales dentro de los límites de la familia. Pero su carácter social no consistía en que el hilo, como equivalente general, se intercambiara por el lienzo, como equivalente general, o en que ambos se intercambiaran entre sí como expresiones de igual validez y de igual valor del mismo tiempo de trabajo general. Era más bien el nexo familiar, con su división del trabajo nacida de forma natural, lo que imprimía al producto del trabajo su peculiar sello social. O tomemos los servicios y las entregas en especie de la Edad Media. Los trabajos determinados de los individuos en su forma natural, la particularidad y no la generalidad del trabajo, constituyen aquí el vínculo social. O tomemos, por último, el trabajo común en su forma natural y espontánea, tal como lo encontramos en el umbral de la historia de todos los pueblos civilizados.6 Aquí el carácter social del trabajo no está mediado, evidentemente, por el hecho de que el trabajo del individuo adopte la forma abstracta de la generalidad, o su producto la forma de un equivalente general. Es la comunidad presupuesta a la producción la que impide que el trabajo del individuo sea trabajo privado y su producto, producto privado, y la que hace aparecer, por el contrario, el trabajo singular inmediatamente como función de un miembro del organismo social. El trabajo que se presenta en el valor de cambio está presupuesto como trabajo del individuo aislado. Se vuelve social porque adopta la forma de su contrario inmediato, la forma de la generalidad abstracta.

Por último, lo característico del trabajo que pone valor de cambio es que la relación social entre las personas se presenta, por así decirlo, invertida, a saber, como relación social entre las cosas. Solo en la medida en que un valor de uso se refiere a otro como valor de cambio quedan referidos los trabajos de las distintas personas unos a otros como iguales y generales. Por eso, si es correcto decir que el valor de cambio es una relación entre personas,7 hay que añadir, sin embargo: una relación escondida bajo una envoltura de cosa. Así como una libra de hierro y una libra de oro, pese a sus distintas propiedades físicas y químicas, representan la misma cantidad de peso, así dos valores de uso de mercancías en los que está contenido el mismo tiempo de trabajo representan el mismo valor de cambio. El valor de cambio aparece de este modo como una determinación natural social de los valores de uso, como una determinación que les corresponde en cuanto cosas y en virtud de la cual se sustituyen en el proceso de intercambio en proporciones cuantitativas determinadas y forman equivalentes, del mismo modo que los cuerpos químicos simples se combinan en proporciones cuantitativas determinadas y forman equivalentes químicos. Solo la costumbre de la vida diaria hace que parezca trivial, que parezca evidente, que una relación social de producción adopte la forma de un objeto, de modo que la relación entre las personas en su trabajo se presenta más bien como una relación en la que las cosas se comportan entre sí y con las personas. En la mercancía, esta mistificación es todavía muy simple. Todos intuyen más o menos que la relación de las mercancías como valores de cambio es más bien la relación de las personas con su actividad productiva recíproca. En relaciones de producción más elevadas desaparece esta apariencia de simplicidad. Todas las ilusiones del sistema monetario provienen de que en el dinero no se ve que representa una relación social de producción, aunque en la forma de una cosa natural de propiedades determinadas. En los economistas modernos, que miran con sorna las ilusiones del sistema monetario, la misma ilusión se delata en cuanto manejan categorías económicas más elevadas, por ejemplo, el capital. Aflora en la confesión de un ingenuo asombro cuando lo que acababan de creer tener burdamente atrapado como cosa aparece de pronto como relación social, y luego, de nuevo, se burla de ellos como cosa lo que apenas habían fijado como relación social.

Puesto que el valor de cambio de las mercancías no es, de hecho, más que la relación de los trabajos de los individuos entre sí como iguales y generales, nada más que la expresión objetiva de una forma específicamente social del trabajo, es una tautología decir que el trabajo es la única fuente del valor de cambio y, por tanto, de la riqueza, en la medida en que esta consiste en valores de cambio. Es la misma tautología decir que la materia natural como tal no contiene valor de cambio,8 porque no contiene trabajo, y que el valor de cambio como tal no contiene materia natural. Pero cuando William Petty llama «al trabajo padre y a la tierra madre de la riqueza», o el obispo Berkeley pregunta «si los cuatro elementos y el trabajo del hombre en ellos no son la verdadera fuente de la riqueza»,9 o cuando el norteamericano Th. Cooper explica de manera popular: «Quitad a una hogaza de pan el trabajo empleado en ella, el trabajo del panadero, del molinero, del arrendatario, etc., ¿y qué queda? Unos cuantos granos de hierba, silvestres e inútiles para cualquier uso humano»,10 en todas estas concepciones no se trata del trabajo abstracto, en cuanto fuente del valor de cambio, sino del trabajo concreto como una fuente de riqueza material; en una palabra, del trabajo en cuanto produce valores de uso. Al estar presupuesto el valor de uso de la mercancía, está presupuesta la utilidad particular, la finalidad determinada del trabajo consumido en ella; pero con ello, desde el punto de vista de la mercancía, queda agotada a la vez toda consideración del trabajo como trabajo útil. En el pan como valor de uso nos interesan sus propiedades como alimento, en modo alguno los trabajos del arrendatario, del molinero, del panadero, etc. Si gracias a algún invento desaparecieran diecinueve vigésimas partes de esos trabajos, la hogaza prestaría el mismo servicio que antes. Si cayera hecha del cielo, no perdería ni un átomo de su valor de uso. Mientras el trabajo que pone valor de cambio se realiza en la igualdad de las mercancías como equivalentes generales, el trabajo como actividad productiva orientada a un fin se realiza en la infinita variedad de sus valores de uso. Mientras el trabajo que pone valor de cambio es trabajo abstractamente general e igual, el trabajo que pone valor de uso es trabajo concreto y particular, que se divide, según su forma y su materia, en una infinidad de modos de trabajo distintos.

Del trabajo, en cuanto produce valores de uso, es falso decir que sea la única fuente de la riqueza que produce, es decir, de la riqueza material. Como es la actividad de apropiarse lo material para tal o cual fin, necesita la materia como presupuesto. En los distintos valores de uso la proporción entre trabajo y materia natural es muy diversa, pero el valor de uso contiene siempre un sustrato natural. Como actividad orientada a un fin para la apropiación de lo natural bajo una u otra forma, el trabajo es condición natural de la existencia humana, una condición del metabolismo entre el hombre y la naturaleza11 independiente de todas las formas sociales. El trabajo que pone valor de cambio, en cambio, es una forma específicamente social del trabajo. El trabajo del sastre, por ejemplo, en su determinación material como actividad productiva particular, produce la levita, pero no el valor de cambio de la levita. Este último no lo produce como trabajo de sastre, sino como trabajo abstractamente general, y este pertenece a un nexo social que el sastre no ha hilvanado. Así, en la industria doméstica antigua, las mujeres producían la levita sin producir el valor de cambio de la levita. El trabajo como una fuente de riqueza material le era tan conocido al legislador Moisés como al funcionario de aduanas Adam Smith12.13

Consideremos ahora algunas determinaciones más precisas que se desprenden de la reducción del valor de cambio a tiempo de trabajo.

Como valor de uso, la mercancía actúa causalmente. El trigo, por ejemplo, actúa como alimento. Una máquina sustituye trabajo en proporciones determinadas. Este efecto de la mercancía, que es lo único que la hace valor de uso, objeto de consumo, puede llamarse su servicio, el servicio que presta como valor de uso. Pero como valor de cambio, la mercancía solo se considera siempre desde el punto de vista del resultado. No se trata del servicio que presta, sino del servicio14 que se le ha prestado a ella misma en su producción. Así, por ejemplo, el valor de cambio de una máquina no está determinado por la cantidad de tiempo de trabajo que ella sustituye, sino por la cantidad de tiempo de trabajo gastada en ella misma y que, por tanto, se requiere para producir una nueva máquina de la misma clase.

Si la cantidad de trabajo requerida para producir las mercancías permaneciera constante, su valor de cambio sería invariable. Pero la facilidad y la dificultad de la producción cambian continuamente. Si aumenta la fuerza productiva del trabajo, este produce el mismo valor de uso en menos tiempo. Si disminuye la fuerza productiva del trabajo, se requiere más tiempo para producir el mismo valor de uso. La magnitud del tiempo de trabajo contenido en una mercancía, y por tanto su valor de cambio, es, pues, variable: sube o baja en proporción inversa a la subida o la bajada de la fuerza productiva del trabajo. La fuerza productiva del trabajo, que en la industria manufacturera se aplica en un grado determinado de antemano, en la agricultura y en la industria extractiva está condicionada a la vez por circunstancias naturales incontrolables. El mismo trabajo dará un rendimiento mayor o menor de distintos metales según que estos se encuentren en la corteza terrestre con relativa rareza o abundancia. El mismo trabajo puede objetivarse, con una estación favorable, en dos bushels de trigo y, con una desfavorable, quizá solo en uno. La escasez o la abundancia, como circunstancias naturales, parecen determinar aquí el valor de cambio de las mercancías porque determinan la fuerza productiva, ligada a circunstancias naturales, de un trabajo real particular.

Distintos valores de uso contienen en volúmenes desiguales el mismo tiempo de trabajo o el mismo valor de cambio. Cuanto menor sea el volumen de su valor de uso, comparado con los demás valores de uso, en que una mercancía contiene una cantidad determinada de tiempo de trabajo, tanto mayor será su valor de cambio específico. Si encontramos que en épocas de la civilización distintas y muy alejadas entre sí ciertos valores de uso forman entre ellos una serie de valores de cambio específicos que, si no exactamente la misma relación numérica, sí conservan la relación general de supraordenación y subordinación de unos respecto de otros, como, por ejemplo, el oro, la plata, el cobre y el hierro, o el trigo, el centeno, la cebada y la avena, de ello solo se sigue que el desarrollo progresivo de las fuerzas productivas sociales influye de manera uniforme, o aproximadamente uniforme, en el tiempo de trabajo requerido para producir esas distintas mercancías.

El valor de cambio de una mercancía no se manifiesta en su propio valor de uso. Sin embargo, como objetivación del tiempo de trabajo social general, el valor de uso de una mercancía está puesto en relación con los valores de uso de otras mercancías. El valor de cambio de una mercancía se manifiesta así en los valores de uso de las otras. El equivalente es, de hecho, el valor de cambio de una mercancía expresado en el valor de uso de otra. Si digo, por ejemplo, que una vara de lienzo vale dos libras de café, el valor de cambio del lienzo está expresado en el valor de uso café, y más precisamente en una cantidad determinada de este valor de uso. Dada esta proporción, puedo expresar en café el valor de cualquier cantidad de lienzo. Es claro que el valor de cambio de una mercancía, por ejemplo del lienzo, no se agota en la proporción en que otra mercancía particular, por ejemplo el café, constituye su equivalente. La cantidad de tiempo de trabajo general que representa la vara de lienzo está realizada a la vez en volúmenes infinitamente distintos de valores de uso de todas las demás mercancías. En la proporción en que el valor de uso de cualquier otra mercancía representa un tiempo de trabajo de igual magnitud, constituye un equivalente de la vara de lienzo. Por eso el valor de cambio de esta mercancía singular solo se expresa exhaustivamente en las infinitas ecuaciones en que los valores de uso de todas las demás mercancías constituyen su equivalente. Solo en la suma de estas ecuaciones, o en el conjunto de las distintas proporciones en que una mercancía es intercambiable por cualquier otra, queda expresada exhaustivamente como equivalente general. Por ejemplo, la serie de ecuaciones

1 vara de lienzo = ½ libra de té,
1 vara de lienzo = 2 libras de café,
1 vara de lienzo = 8 libras de pan,
1 vara de lienzo = 6 varas de percal,

puede representarse como

1 vara de lienzo = ⅛ de libra de té + ½ libra de café + 2 libras de pan + 1½ varas de percal.

Por tanto, si tuviéramos ante nosotros la suma entera de las ecuaciones en que se expresa exhaustivamente el valor de una vara de lienzo, podríamos representar su valor de cambio en la forma de una serie. De hecho, esta serie es infinita, porque el círculo de las mercancías nunca está definitivamente cerrado, sino que se amplía sin cesar. Pero mientras una mercancía mide así su valor de cambio en los valores de uso de todas las demás, los valores de cambio de todas las demás mercancías se miden, a la inversa, en el valor de uso de esta mercancía única que se mide en ellas.15 Si el valor de cambio de una vara de lienzo se expresa en ½ libra de té, o en 2 libras de café, o en 6 varas de percal, o en 8 libras de pan, etc., se sigue que el café, el té, el percal, el pan, etc., son iguales entre sí en la proporción en que son iguales a un tercero, el lienzo, y que el lienzo sirve, por tanto, como medida común de sus valores de cambio. Cada mercancía, como tiempo de trabajo general objetivado, es decir, como cantidad determinada de tiempo de trabajo general, expresa sucesivamente su valor de cambio en cantidades determinadas de los valores de uso de todas las demás mercancías, y los valores de cambio de todas las demás mercancías se miden, a la inversa, en el valor de uso de esta única mercancía exclusiva. Pero como valor de cambio cada mercancía es tanto la mercancía única y exclusiva que sirve de medida común de los valores de cambio de todas las demás como, por otra parte, solo una de las muchas mercancías en cuyo círculo completo cada una de las demás representa inmediatamente su valor de cambio.

La magnitud de valor de una mercancía no se ve afectada por el hecho de que existan, además de ella, pocas o muchas mercancías de otra clase. Pero que la serie de ecuaciones en que se realiza su valor de cambio sea mayor o menor depende de la mayor o menor variedad de otras mercancías. La serie de ecuaciones en que se representa, por ejemplo, el valor del café expresa la esfera de su intercambiabilidad, los límites dentro de los cuales funciona como valor de cambio. Al valor de cambio de una mercancía como objetivación del tiempo de trabajo social general le corresponde la expresión de su equivalencia en valores de uso infinitamente distintos.

Hemos visto que el valor de cambio de una mercancía varía con la cantidad de tiempo de trabajo contenida inmediatamente en ella misma. Su valor de cambio realizado, es decir, expresado en los valores de uso de otras mercancías, tiene que depender igualmente de la proporción en que varíe el tiempo de trabajo empleado en la producción de todas las demás mercancías. Si, por ejemplo, el tiempo de trabajo requerido para producir una fanega de trigo siguiera siendo el mismo, mientras que el tiempo de trabajo requerido para producir todas las demás mercancías se duplicara, el valor de cambio de la fanega de trigo, expresado en sus equivalentes, habría bajado a la mitad. El resultado sería prácticamente el mismo que si el tiempo de trabajo requerido para producir la fanega de trigo se hubiera reducido a la mitad y el requerido para producir todas las demás mercancías no hubiera variado. El valor de las mercancías está determinado por la proporción en que pueden producirse en el mismo tiempo de trabajo. Para ver a qué cambios posibles está expuesta esta proporción, supongamos dos mercancías, A y B. Primero: el tiempo de trabajo requerido para producir B no varía. En este caso, el valor de cambio de A, expresado en B, baja o sube directamente a medida que baja o sube el tiempo de trabajo requerido para producir A. Segundo: el tiempo de trabajo requerido para producir A no varía. El valor de cambio de A, expresado en B, baja o sube en proporción inversa a la bajada o la subida del tiempo de trabajo requerido para producir B. Tercero: el tiempo de trabajo requerido para producir A y B baja o sube en la misma proporción. La expresión de la equivalencia de A en B permanece entonces invariable. Si por cualquier circunstancia la fuerza productiva de todos los trabajos disminuyera en la misma medida, de modo que todas las mercancías requirieran en igual proporción más tiempo de trabajo para su producción, el valor de todas las mercancías habría subido, la expresión real de su valor de cambio habría permanecido invariable y la riqueza efectiva de la sociedad habría disminuido, puesto que necesitaría más tiempo de trabajo para crear la misma masa de valores de uso. Cuarto: el tiempo de trabajo requerido para producir A y B puede subir o bajar para ambas, pero en grado desigual, o el tiempo de trabajo requerido para A puede subir mientras el requerido para B baja, o a la inversa. Todos estos casos pueden reducirse sencillamente a que el tiempo de trabajo requerido para producir una mercancía permanece invariable mientras el de la otra sube o baja.

El valor de cambio de cada mercancía se expresa en el valor de uso de cualquier otra, ya sea en magnitudes enteras o en fracciones de ese valor de uso. Como valor de cambio, cada mercancía es tan divisible como el tiempo de trabajo mismo que está objetivado en ella. La equivalencia de las mercancías es tan independiente de su divisibilidad física como valores de uso como la suma de los valores de cambio de las mercancías es indiferente al cambio real de forma que los valores de uso de esas mercancías sufren al refundirse en una mercancía nueva.

Hasta aquí hemos considerado la mercancía bajo un doble punto de vista, como valor de uso y como valor de cambio, cada vez de modo unilateral. Pero, como mercancía, es inmediatamente unidad de valor de uso y valor de cambio; al mismo tiempo, solo es mercancía en relación con las demás mercancías. La relación real de las mercancías entre sí es su proceso de intercambio. Es este un proceso social en el que entran los individuos independientes unos de otros, pero solo entran en él como poseedores de mercancías; su existencia recíproca de unos para otros es la existencia de sus mercancías, y así aparecen, de hecho, solo como portadores conscientes del proceso de intercambio.

La mercancía es valor de uso, trigo, lienzo, diamante, máquina, etc., pero como mercancía, al mismo tiempo, no es valor de uso. Si fuera valor de uso para su poseedor, es decir, medio inmediato para satisfacer sus propias necesidades, no sería mercancía. Para él es más bien no-valor de uso, a saber, mero portador material del valor de cambio, o mero medio de cambio; como portador activo del valor de cambio, el valor de uso se convierte en medio de cambio. Para él solo es ya valor de uso en cuanto valor de cambio.16 Por tanto, aún tiene que llegar a ser valor de uso, en primer lugar para otros. Puesto que no es valor de uso para su propio poseedor, es valor de uso para poseedores de otra mercancía. Si no lo fuera, su trabajo habría sido un trabajo inútil y su resultado, por tanto, no sería mercancía. Por otra parte, tiene que llegar a ser valor de uso para él mismo, porque sus medios de vida existen fuera de ella, en los valores de uso de mercancías ajenas. Para llegar a ser valor de uso, la mercancía tiene que encontrarse frente a la necesidad particular de la que es objeto de satisfacción. Los valores de uso de las mercancías llegan a ser, pues, valores de uso cambiando de lugar en todas direcciones, pasando de la mano en que son medio de cambio a la mano en que son objetos de uso. Solo mediante esta enajenación general de las mercancías el trabajo contenido en ellas se convierte en trabajo útil. En esta relación procesual de las mercancías entre sí como valores de uso no adquieren ninguna nueva determinación formal económica. Desaparece, más bien, la determinación formal que las caracterizaba como mercancías. El pan, por ejemplo, al pasar de la mano del panadero a la mano del consumidor, no cambia su existencia como pan. Al contrario, solo el consumidor se relaciona con él como valor de uso, como este alimento determinado, mientras que en la mano del panadero era portador de una relación económica, una cosa sensorialmente suprasensible. El único cambio de forma que sufren las mercancías al llegar a ser valores de uso es, por tanto, la supresión de su existencia formal, en la que eran no-valor de uso para su poseedor y valor de uso para quien no las poseía. El llegar a ser valores de uso de las mercancías supone su enajenación general, su entrada en el proceso de intercambio; pero su existencia para el intercambio es su existencia como valores de cambio. Por eso, para realizarse como valores de uso, tienen que realizarse como valores de cambio.

Si, desde el punto de vista del valor de uso, la mercancía singular aparecía en un principio como cosa autónoma, como valor de cambio, en cambio, se la consideraba desde el primer momento en relación con todas las demás mercancías. Pero esta relación era solo teórica, pensada. Solo se pone en práctica en el proceso de intercambio. Por otra parte, la mercancía es ciertamente valor de cambio en la medida en que en ella se ha gastado una cantidad determinada de tiempo de trabajo y es, por tanto, tiempo de trabajo objetivado. Pero tal como es inmediatamente, solo es tiempo de trabajo individual objetivado, de un contenido particular, no tiempo de trabajo general. Por eso no es inmediatamente valor de cambio, sino que tiene que llegar a serlo. En primer lugar, solo puede ser objetivación del tiempo de trabajo general en la medida en que representa tiempo de trabajo en una aplicación útil determinada, es decir, en un valor de uso. Esta era la condición material bajo la cual únicamente se suponía que el tiempo de trabajo contenido en las mercancías era tiempo de trabajo general, social. Por eso, si la mercancía solo puede llegar a ser valor de uso realizándose como valor de cambio, por otra parte solo puede realizarse como valor de cambio acreditándose como valor de uso en su enajenación. Una mercancía solo puede alienarse como valor de uso a aquel para quien es valor de uso, es decir, objeto de una necesidad particular. Por otra parte, solo se aliena a cambio de otra mercancía; o, si nos ponemos del lado del poseedor de la otra mercancía, también él solo puede alienar su mercancía, es decir, realizarla, poniéndola en contacto con la necesidad particular de la que es objeto. En la enajenación general de las mercancías como valores de uso, por tanto, estas se relacionan entre sí según su diversidad material como cosas particulares que, por sus propiedades específicas, satisfacen necesidades particulares. Pero como meros valores de uso son existencias indiferentes unas para otras, y más bien carentes de relación. Como valores de uso solo pueden intercambiarse en relación con necesidades particulares. Pero solo son intercambiables como equivalentes, y solo son equivalentes como cantidades iguales de tiempo de trabajo objetivado, de modo que queda borrada toda consideración de sus propiedades naturales como valores de uso y, por tanto, de la relación de las mercancías con necesidades particulares. Una mercancía se acredita más bien como valor de cambio sustituyendo como equivalente una cantidad determinada cualquiera de cualquier otra mercancía, sea o no valor de uso para el poseedor de la otra mercancía. Pero para el poseedor de la otra mercancía solo se convierte en mercancía en la medida en que es valor de uso para él, y para su propio poseedor solo se convierte en valor de cambio en la medida en que es mercancía para el otro. Una misma relación, pues, ha de ser relación de las mercancías como magnitudes esencialmente iguales, solo cuantitativamente distintas; ha de ser su equiparación como materialización del tiempo de trabajo general, y ha de ser a la vez su relación como cosas cualitativamente distintas, como valores de uso particulares para necesidades particulares; en una palabra, una relación que las distinga como valores de uso reales. Pero esta equiparación y esta desigualación se excluyen recíprocamente. Así se presenta no solo un círculo vicioso de problemas, en el que la solución de uno supone la solución del otro, sino un conjunto de exigencias contradictorias, en el que el cumplimiento de una condición está ligado inmediatamente al cumplimiento de su contraria.

El proceso de intercambio de las mercancías tiene que ser a la vez el despliegue y la solución de estas contradicciones, que, sin embargo, no pueden presentarse en él de este modo simple. Hasta ahora solo hemos visto cómo las mercancías mismas se relacionan recíprocamente como valores de uso, es decir, cómo las mercancías aparecen como valores de uso dentro del proceso de intercambio. El valor de cambio, en cambio, tal como lo hemos considerado hasta ahora, solo existía en nuestra abstracción o, si se quiere, en la abstracción del poseedor individual de mercancías, que tiene la mercancía como valor de uso en el almacén y como valor de cambio sobre la conciencia.17 Pero las mercancías mismas tienen que existir unas para otras dentro del proceso de intercambio no solo como valores de uso, sino como valores de cambio, y esta existencia suya tiene que aparecer como su propia relación recíproca. La dificultad en la que primero nos atascamos era que, para presentarse como valor de cambio, como trabajo objetivado, la mercancía tiene que haber sido enajenada antes como valor de uso, tiene que haber encontrado comprador, mientras que, a la inversa, su enajenación como valor de uso presupone su existencia como valor de cambio. Pero supongamos que esta dificultad está resuelta. Supongamos que la mercancía se ha despojado de su valor de uso particular y, mediante su enajenación, ha cumplido la condición material de ser trabajo socialmente útil, en lugar de trabajo particular del individuo para sí mismo. Entonces, en el proceso de intercambio, tiene que convertirse para las demás mercancías en valor de cambio, en equivalente general, en tiempo de trabajo general objetivado, y adquirir así, no ya el efecto limitado de un valor de uso particular, sino la capacidad inmediata de representarse en todos los valores de uso como sus equivalentes. Pero cada mercancía es la mercancía que, mediante la enajenación de su valor de uso particular, tiene que aparecer así como materialización directa del tiempo de trabajo general. Por otra parte, en el proceso de intercambio solo se enfrentan mercancías particulares, trabajos de individuos privados encarnados en valores de uso particulares. El tiempo de trabajo general mismo es una abstracción que, como tal, no existe para las mercancías.

Consideremos la suma de ecuaciones en que el valor de cambio de una mercancía encuentra su expresión real, por ejemplo:

1 vara de lienzo = 2 libras de café,
1 vara de lienzo = ½ libra de té,
1 vara de lienzo = 8 libras de pan, etc.;

estas ecuaciones solo dicen, ciertamente, que en una vara de lienzo, dos libras de café, media libra de té, etc., se objetiva un tiempo de trabajo general, social, de igual magnitud. Pero, de hecho, los trabajos individuales que se representan en estos valores de uso particulares solo se convierten en trabajo general, y en esta forma en trabajo social, intercambiándose efectivamente unos por otros en proporción a la duración del trabajo contenido en ellos. El tiempo de trabajo social solo existe en estas mercancías, por así decirlo, en estado latente, y solo se revela en su proceso de intercambio. No se parte del trabajo de los individuos como trabajo común, sino, a la inversa, de trabajos particulares de individuos privados, trabajos que solo en el proceso de intercambio, por la superación de su carácter originario, se acreditan como trabajo social general. El trabajo social general no es, por tanto, un presupuesto acabado, sino un resultado que está llegando a ser. Y así surge la nueva dificultad de que las mercancías, por un lado, tienen que entrar en el proceso de intercambio como tiempo de trabajo general objetivado, y, por otro, la objetivación del tiempo de trabajo de los individuos como tiempo de trabajo general es ella misma solo producto del proceso de intercambio.

Cada mercancía ha de adquirir, mediante la enajenación de su valor de uso, es decir, de su existencia originaria, su existencia correspondiente como valor de cambio. Por eso la mercancía tiene que duplicar su existencia en el proceso de intercambio. Por otra parte, su segunda existencia como valor de cambio solo puede ser a su vez otra mercancía, porque en el proceso de intercambio solo se enfrentan mercancías. ¿Cómo presentar inmediatamente una mercancía particular como tiempo de trabajo general objetivado, o, lo que es lo mismo, cómo dar inmediatamente el carácter de la generalidad al tiempo de trabajo individual objetivado en una mercancía particular? La expresión real del valor de cambio de una mercancía, es decir, de cada mercancía como equivalente general, se presenta en una suma infinita de ecuaciones como estas:

1 vara de lienzo = 2 libras de café,
1 vara de lienzo = ½ libra de té,
1 vara de lienzo = 8 libras de pan,
1 vara de lienzo = 6 varas de percal,
1 vara de lienzo = etc.

Esta representación era teórica, en la medida en que la mercancía solo estaba pensada como cantidad determinada de tiempo de trabajo general objetivado. La existencia de una mercancía particular como equivalente general pasa de ser mera abstracción a ser resultado social del propio proceso de intercambio por la simple inversión de la serie de ecuaciones anterior. Así, por ejemplo:

2 libras de café = 1 vara de lienzo,
½ libra de té = 1 vara de lienzo,
8 libras de pan = 1 vara de lienzo,
6 varas de percal = 1 vara de lienzo.

Al expresar el café, el té, el pan, el percal, en una palabra, todas las mercancías, en lienzo el tiempo de trabajo contenido en ellas mismas, el valor de cambio del lienzo se despliega, a la inversa, en todas las demás mercancías como sus equivalentes, y el tiempo de trabajo objetivado en el propio lienzo se convierte inmediatamente en el tiempo de trabajo general, que se presenta por igual en distintos volúmenes de todas las demás mercancías. El lienzo se convierte aquí en equivalente general por la acción conjunta de todas las demás mercancías sobre él. Como valor de cambio, cada mercancía se convertía en medida de los valores de todas las demás. Aquí, a la inversa, al medir todas las mercancías su valor de cambio en una mercancía particular, la mercancía excluida se convierte en la existencia adecuada del valor de cambio, en su existencia como equivalente general. En cambio, la serie infinita, o las infinitas ecuaciones en que se presentaba el valor de cambio de cada mercancía, se contraen en una sola ecuación de solo dos términos. «2 libras de café = 1 vara de lienzo» es ahora la expresión exhaustiva del valor de cambio del café, porque en esta expresión aparece inmediatamente como equivalente de una cantidad determinada de cualquier otra mercancía. Dentro del proceso de intercambio, pues, las mercancías existen ahora unas para otras, o se aparecen unas a otras, como valores de cambio en la forma lienzo. Que todas las mercancías estén referidas unas a otras como valores de cambio, como cantidades solo distintas de tiempo de trabajo general objetivado, aparece ahora de modo que, como valores de cambio, solo representan cantidades distintas del mismo objeto, el lienzo. Por eso el tiempo de trabajo general se presenta, por su parte, como una cosa particular, como una mercancía junto a todas las demás y fuera de ellas. Pero al mismo tiempo la ecuación en que una mercancía se presenta como valor de cambio para otra, por ejemplo «2 libras de café = 1 vara de lienzo», es una equiparación que aún está por realizar. Solo mediante su alienación como valor de uso, que depende de que se acredite como objeto de una necesidad en el proceso de intercambio, la mercancía se transforma efectivamente de su existencia como café en su existencia como lienzo, adopta así la forma del equivalente general y se convierte efectivamente en valor de cambio para todas las demás mercancías. A la inversa, al transformarse todas las mercancías en lienzo mediante su enajenación como valores de uso, el lienzo se convierte en la existencia transformada de todas las demás mercancías y, solo como resultado de esta transformación de todas las demás mercancías en él, en objetivación inmediata del tiempo de trabajo general, es decir, en producto de la enajenación general, en superación de los trabajos individuales. Si las mercancías duplican así su existencia para aparecer unas a otras como valores de cambio, la mercancía excluida como equivalente general duplica su valor de uso. Además de su valor de uso particular como mercancía particular, adquiere un valor de uso general. Este valor de uso suyo es él mismo una determinación formal, es decir, surge del papel específico que desempeña en el proceso de intercambio por la acción conjunta de las demás mercancías sobre ella. El valor de uso de cada mercancía como objeto de una necesidad particular tiene un valor distinto en manos distintas; por ejemplo, un valor distinto en manos de quien la aliena que en manos de quien se la apropia. La mercancía excluida como equivalente general es ahora objeto de una necesidad general que nace del propio proceso de intercambio, y tiene para todos el mismo valor de uso: ser portadora del valor de cambio, medio general de cambio. Así queda resuelta en una sola mercancía la contradicción que encierra la mercancía como tal: ser, como valor de uso particular, a la vez equivalente general y, por tanto, valor de uso para cualquiera, valor de uso general. Mientras que, pues, todas las demás mercancías presentan ahora su valor de cambio, en primer lugar, como una ecuación ideal con la mercancía exclusiva, que aún hay que realizar, en esta mercancía exclusiva su valor de uso, aunque real, aparece en el proceso mismo como mera existencia formal, que solo ha de realizarse mediante su transformación en valores de uso efectivos. Originariamente, la mercancía se presentaba como mercancía en general, tiempo de trabajo general objetivado en un valor de uso particular. En el proceso de intercambio todas las mercancías se relacionan con la mercancía exclusiva como mercancía en general, como la mercancía, existencia del tiempo de trabajo general en un valor de uso particular. Como mercancías particulares, se comportan por ello en oposición a una mercancía particular como la mercancía general.18 Así pues, que los poseedores de mercancías se relacionen recíprocamente con sus trabajos como trabajo social general se presenta de este modo: se relacionan con sus mercancías como valores de cambio; la relación recíproca de las mercancías entre sí como valores de cambio en el proceso de intercambio se presenta como su relación general con una mercancía particular como expresión adecuada de su valor de cambio, lo que a su vez aparece, a la inversa, como relación específica de esta mercancía particular con todas las demás y, por ello, como carácter social determinado, por así decirlo natural, de una cosa. La mercancía particular que representa así la existencia adecuada del valor de cambio de todas las mercancías, o el valor de cambio de las mercancías como una mercancía particular, exclusiva, es… el dinero. Es una cristalización del valor de cambio de las mercancías que estas forman en el propio proceso de intercambio. Por eso, mientras dentro del proceso de intercambio las mercancías llegan a ser valores de uso unas para otras despojándose de toda determinación formal y relacionándose entre sí en su figura material inmediata, para aparecer unas a otras como valores de cambio tienen que adoptar una nueva determinación formal, avanzar hacia la formación del dinero. El dinero no es un símbolo, como tampoco es un símbolo la existencia de un valor de uso como mercancía. Que una relación social de producción se presente como un objeto existente fuera de los individuos, y las relaciones determinadas que estos contraen en el proceso de producción de su vida social, como propiedades específicas de una cosa, esta inversión y mistificación, no imaginaria, sino prosaicamente real, caracteriza todas las formas sociales del trabajo que pone valor de cambio. En el dinero solo aparece de manera más llamativa que en la mercancía.

Las propiedades físicas necesarias de la mercancía particular en que ha de cristalizar el ser dinero de todas las mercancías, en la medida en que se desprenden inmediatamente de la naturaleza del valor de cambio, son la divisibilidad a voluntad, la uniformidad de las partes y la indistinción de todos los ejemplares de esa mercancía. Como materialización del tiempo de trabajo general, tiene que ser una materialización homogénea y capaz de representar diferencias meramente cuantitativas. La otra propiedad necesaria es la durabilidad de su valor de uso, ya que tiene que perdurar dentro del proceso de intercambio. Los metales preciosos poseen estas propiedades en grado eminente. Como el dinero no es producto de la reflexión ni del acuerdo, sino que se forma de manera instintiva en el proceso de intercambio, mercancías muy distintas, más o menos inadecuadas, han desempeñado alternativamente la función de dinero. La necesidad, en cierto grado de desarrollo del proceso de intercambio, de repartir polarmente entre las mercancías las determinaciones de valor de cambio y valor de uso, de modo que una mercancía, por ejemplo, figure como medio de cambio mientras la otra se aliena como valor de uso, hace que en todas partes la mercancía, o también varias mercancías, de valor de uso más general desempeñen al principio, de manera fortuita, el papel del dinero. Si no son objeto de una necesidad presente de modo inmediato, su existencia como el elemento materialmente más importante de la riqueza les asegura un carácter más general que el de los demás valores de uso.

El trueque inmediato, la forma natural del proceso de intercambio, representa más bien la incipiente transformación de los valores de uso en mercancías que la de las mercancías en dinero. El valor de cambio no adquiere una figura libre, sino que sigue ligado de modo inmediato al valor de uso. Esto se muestra de dos maneras. La producción misma, en toda su construcción, está orientada al valor de uso, no al valor de cambio, y por eso solo por su excedente sobre la medida en que se requieren para el consumo dejan aquí los valores de uso de ser valores de uso y se convierten en medios de intercambio, en mercancía. Por otra parte, solo se convierten en mercancías dentro de los límites del valor de uso inmediato, aunque repartidos polarmente, de modo que las mercancías que han de intercambiar sus poseedores tienen que ser valores de uso para ambos, pero cada una valor de uso para quien no la posee. De hecho, el proceso de intercambio de mercancías no aparece originariamente en el seno de las comunidades naturales,19 sino allí donde estas terminan, en sus fronteras, en los pocos puntos en que entran en contacto con otras comunidades. Aquí empieza el trueque, y desde aquí repercute en el interior de la comunidad, sobre la que actúa disolviéndola. Los valores de uso particulares que se convierten en mercancías en el trueque entre distintas comunidades, como el esclavo, el ganado, los metales, forman por eso casi siempre el primer dinero dentro de las propias comunidades. Hemos visto que el valor de cambio de una mercancía se presenta como valor de cambio en un grado tanto mayor cuanto más larga es la serie de sus equivalentes o cuanto mayor es la esfera del intercambio para la mercancía. La ampliación paulatina del trueque, el aumento de los intercambios y la multiplicación de las mercancías que entran en el trueque desarrollan por eso la mercancía como valor de cambio, empujan hacia la formación del dinero y actúan así disolviendo el trueque inmediato. Los economistas suelen derivar el dinero de las dificultades exteriores con que tropieza el trueque ampliado, pero olvidan que esas dificultades nacen del desarrollo del valor de cambio y, por tanto, del trabajo social como trabajo general. Por ejemplo: las mercancías, como valores de uso, no son divisibles a voluntad, cosa que como valores de cambio deberían ser. O la mercancía de A puede ser valor de uso para B, mientras que la mercancía de B no es valor de uso para A. O los poseedores de mercancías pueden necesitar las mercancías indivisibles que han de intercambiar en proporciones de valor desiguales. En otras palabras, con el pretexto de examinar el trueque simple, los economistas ilustran ciertos aspectos de la contradicción que encierra la existencia de la mercancía como unidad inmediata de valor de uso y valor de cambio. Por otra parte, se aferran luego consecuentemente al trueque como forma adecuada del proceso de intercambio de las mercancías, que solo estaría ligado a ciertos inconvenientes técnicos, para los que el dinero sería un remedio astutamente ideado. Desde este punto de vista completamente superficial, un ingenioso economista inglés ha afirmado, por eso, con razón, que el dinero es un instrumento meramente material, como un barco o una máquina de vapor, pero no la representación de una relación social de producción y, por consiguiente, no una categoría económica. Por eso, solo de manera abusiva se trataría de él en la economía política, que en realidad nada tiene en común con la tecnología.20

En el mundo de las mercancías se presupone una división del trabajo desarrollada, o, más bien, esta se presenta inmediatamente en la variedad de los valores de uso que se enfrentan como mercancías particulares y en los que se encierran modos de trabajo igualmente variados. La división del trabajo, como totalidad de todas las ocupaciones productivas particulares, es la figura de conjunto del trabajo social en su aspecto material, considerado como trabajo que produce valores de uso. Pero como tal, desde el punto de vista de las mercancías y dentro del proceso de intercambio, solo existe en su resultado, en la particularización de las propias mercancías.

El intercambio de las mercancías es el proceso en el que el metabolismo social, es decir, el intercambio de los productos particulares de los individuos privados, es a la vez creación de relaciones sociales de producción determinadas, que los individuos contraen en este metabolismo. Las relaciones procesuales de las mercancías entre sí cristalizan como determinaciones distintas del equivalente general, y así el proceso de intercambio es a la vez proceso de formación del dinero. El conjunto de este proceso, que se presenta como un desarrollo de distintos procesos, es la circulación.

A. Para la historia del análisis de la mercancía

El análisis de la mercancía en trabajo bajo una doble forma, del valor de uso en trabajo real o actividad productiva orientada a un fin, del valor de cambio en tiempo de trabajo o trabajo social igual, es el resultado crítico final de más de siglo y medio de investigaciones de la economía política clásica, que comienza en Inglaterra con William Petty y en Francia con Boisguillebert,21 y termina en Inglaterra con Ricardo y en Francia con Sismondi.

Petty resuelve el valor de uso en trabajo sin engañarse sobre el condicionamiento natural de su fuerza creadora. Concibe enseguida el trabajo real en su figura social de conjunto, como división del trabajo.22 Esta concepción de la fuente de la riqueza material no se queda más o menos estéril, como en su contemporáneo Hobbes, sino que le lleva a la aritmética política, la primera forma en que la economía política se separa como ciencia autónoma. Pero el valor de cambio lo toma tal como aparece en el proceso de intercambio de las mercancías, como dinero, y el dinero mismo como mercancía existente, como oro y plata. Preso en las representaciones del sistema monetario, declara que el tipo particular de trabajo real con el que se obtienen el oro y la plata es trabajo que pone valor de cambio. Opina, en efecto, que el trabajo burgués no tiene que producir un valor de uso inmediato, sino mercancía, un valor de uso capaz de presentarse, mediante su enajenación en el proceso de intercambio, como oro y plata, es decir, como dinero, es decir, como valor de cambio, es decir, como trabajo general objetivado. Su ejemplo muestra, sin embargo, de manera concluyente, que reconocer el trabajo como fuente de la riqueza material no excluye en modo alguno desconocer la forma social determinada en que el trabajo es fuente del valor de cambio.

Boisguillebert, por su parte, resuelve, si no conscientemente, sí de hecho, el valor de cambio de la mercancía en tiempo de trabajo, al determinar el «valor verdadero» (la juste valeur) por la proporción correcta en que el tiempo de trabajo de los individuos se reparte entre las distintas ramas de la industria, y al presentar la libre competencia como el proceso social que crearía esa proporción correcta. Pero al mismo tiempo, y en contraste con Petty, combate con fanatismo el dinero, que con su intromisión perturbaría el equilibrio natural o la armonía del intercambio de mercancías y que, como un Moloch fantástico, exigiría en sacrificio toda la riqueza natural. Si, por un lado, esta polémica contra el dinero está ligada a circunstancias históricas determinadas, en cuanto Boisguillebert combate la codicia de oro ciegamente destructora de la corte de un Luis XIV, de sus arrendadores de impuestos y de su nobleza,23 mientras que Petty celebra en la codicia de oro el impulso enérgico que aguijonea a un pueblo hacia el desarrollo industrial y la conquista del mercado mundial, aquí salta a la vista, sin embargo, al mismo tiempo, la oposición de principio más profunda que se repite como contraste constante entre la economía genuinamente inglesa y la genuinamente francesa.24 Boisguillebert, en efecto, solo atiende al contenido material de la riqueza, al valor de uso, al disfrute,25 y considera la forma burguesa del trabajo, la producción de los valores de uso como mercancías y el proceso de intercambio de las mercancías, como la forma social natural en que el trabajo individual alcanzaría aquel fin. Por eso, allí donde se encuentra con el carácter específico de la riqueza burguesa, como en el dinero, cree en la intrusión de elementos extraños usurpadores y se indigna contra el trabajo burgués bajo una de sus formas, mientras lo transfigura utópicamente bajo la otra.26 Boisguillebert nos da la prueba de que se puede tratar el tiempo de trabajo como medida de la magnitud de valor de las mercancías aunque se confunda el trabajo objetivado en el valor de cambio de las mercancías y medido por el tiempo con la actividad natural inmediata de los individuos.

El primer análisis consciente, casi trivialmente claro, del valor de cambio en tiempo de trabajo se encuentra en un hombre del Nuevo Mundo, donde las relaciones burguesas de producción, importadas al mismo tiempo que sus portadores, brotaron rápidamente en un suelo que compensaba su falta de tradición histórica con una sobreabundancia de humus. Este hombre es Benjamin Franklin, que en un trabajo de juventud, escrito en 1729 y llevado a la imprenta en 1731, formuló la ley fundamental de la economía política moderna.27 Declara necesario buscar otra medida de los valores que los metales preciosos. Esa medida sería el trabajo.

«Por el trabajo puede medirse el valor de la plata tan bien como el de todas las demás cosas. Supón, por ejemplo, que un hombre se ocupa en producir grano, mientras otro extrae y refina plata. Al cabo del año, o de cualquier otro período determinado, el producto completo de grano y el de plata son los precios naturales el uno del otro, y si el uno es de veinte bushels y el otro de veinte onzas, entonces una onza de plata vale el trabajo empleado en producir un bushel de grano. Pero si, gracias al descubrimiento de minas más cercanas, más accesibles y más ricas, un hombre puede producir ahora cuarenta onzas de plata con la misma facilidad que antes veinte, y para producir veinte bushels de grano sigue haciendo falta el mismo trabajo que antes, entonces dos onzas de plata no valdrán más que el mismo trabajo empleado en producir un bushel de grano, y el bushel que antes valía una onza valdrá ahora dos, caeteris paribus [en igualdad de condiciones]. Así, la riqueza de un país ha de estimarse por la cantidad de trabajo que sus habitantes son capaces de comprar.»28

En Franklin, el tiempo de trabajo se presenta enseguida, con la unilateralidad del economista, como medida de los valores. La transformación de los productos reales en valores de cambio se sobrentiende, y por eso solo se trata de encontrar una medida para su magnitud de valor.

«Puesto que el comercio en general», dice, «no es otra cosa que el intercambio de trabajo por trabajo, el valor de todas las cosas se estima con más exactitud por el trabajo.»29

Si aquí se pone el trabajo real en lugar de la palabra trabajo, se descubre enseguida la confusión del trabajo bajo una forma con el trabajo bajo otra forma. Puesto que el comercio consiste, por ejemplo, en el intercambio de trabajo de zapatero, trabajo de mina, trabajo de hilado, trabajo de pintor, etc., ¿el valor de las botas se estimará con más exactitud en trabajo de pintor? Franklin opinaba, al contrario, que el valor de las botas, de los productos de la mina, del hilado, de los cuadros, etc., está determinado por un trabajo abstracto, que no posee ninguna cualidad particular y que, por tanto, puede medirse por la mera cantidad.30 Pero como no desarrolla el trabajo contenido en el valor de cambio como el trabajo social abstractamente general que nace de la enajenación general de los trabajos individuales, desconoce necesariamente el dinero como la forma inmediata de existencia de este trabajo enajenado. Por eso, para él, el dinero y el trabajo que pone valor de cambio no guardan ninguna conexión interna; el dinero es más bien un instrumento introducido desde fuera en el intercambio por comodidad técnica.31 El análisis del valor de cambio de Franklin no tuvo una influencia inmediata en la marcha general de la ciencia, porque solo trató cuestiones sueltas de la economía política con ocasión de determinados problemas prácticos.

La oposición entre el trabajo útil real y el trabajo que pone valor de cambio agitó a Europa durante el siglo XVIII bajo la forma del problema de qué tipo particular de trabajo real era la fuente de la riqueza burguesa. Con ello se suponía que no todo trabajo que se realiza en valores de uso o que proporciona productos crea ya, por eso, inmediatamente riqueza. Para los fisiócratas, sin embargo, como para sus adversarios, la candente cuestión en disputa no es tanto qué trabajo crea el valor como qué trabajo crea la plusvalía. Tratan, pues, el problema en forma complicada antes de haberlo resuelto en su forma elemental, del mismo modo que la marcha histórica de todas las ciencias solo llega a sus verdaderos puntos de partida a través de multitud de rodeos y caminos cruzados. A diferencia de otros arquitectos, la ciencia no solo dibuja castillos en el aire, sino que levanta algunos pisos habitables del edificio antes de poner su primera piedra. Sin detenernos más aquí en los fisiócratas, y pasando por alto toda una serie de economistas italianos que, con ocurrencias más o menos atinadas, rozan el análisis correcto de la mercancía,32 pasamos enseguida al primer británico que elaboró el sistema completo de la economía burguesa, sir James Steuart.33 Así como en él las categorías abstractas de la economía política aparecen todavía en proceso de separarse de su contenido material, y por tanto difusas y vacilantes, así ocurre también con la del valor de cambio. En un pasaje determina el valor real por el tiempo de trabajo (what a workman can perform in a day [lo que un obrero puede hacer en un día]), aunque junto a él figuran, de manera confusa, el salario y la materia prima.34 En otro pasaje, la lucha con el contenido material resalta de modo aún más llamativo. Llama al material natural contenido en una mercancía, por ejemplo la plata en un trenzado de plata, su valor intrínseco (intrinsic worth), mientras que al tiempo de trabajo contenido en ella lo llama su valor de uso (useful value).

«El primero», dice, «es algo real en sí mismo…; el valor de uso, en cambio, ha de estimarse por el trabajo que ha costado producirlo. El trabajo empleado en la modificación de la materia representa una porción del tiempo de un hombre, etc.»35

Lo que distingue a Steuart de sus predecesores y sucesores es la nítida distinción entre el trabajo específicamente social, que se presenta en el valor de cambio, y el trabajo real, que obtiene valores de uso.

«El trabajo», dice, «que mediante su enajenación (alienation) crea un equivalente general (universal equivalent), lo llamo industria.»

El trabajo como industria no solo lo distingue del trabajo real, sino también de otras formas sociales del trabajo. Para él es la forma burguesa del trabajo, en oposición a sus formas antiguas y medievales. Le interesa sobre todo la oposición entre el trabajo burgués y el feudal, que había observado en la fase de su decadencia tanto en la propia Escocia como en sus largos viajes por el continente. Steuart sabía, naturalmente, muy bien que también en épocas preburguesas el producto adopta la forma de mercancía y la mercancía la forma de dinero, pero demuestra con detalle que la mercancía como forma fundamental elemental de la riqueza y la enajenación como forma dominante de la apropiación solo pertenecen al período burgués de la producción y que, por tanto, el carácter del trabajo que pone valor de cambio es específicamente burgués.36

Después de que las formas particulares del trabajo real, como la agricultura, la manufactura, la navegación, el comercio, etc., hubieran sido proclamadas una tras otra verdaderas fuentes de la riqueza, Adam Smith proclamó el trabajo en general, y precisamente en su figura social de conjunto, como división del trabajo, única fuente de la riqueza material o de los valores de uso. Mientras aquí pasa por alto por completo el elemento natural, este lo persigue hasta la esfera de la riqueza puramente social, del valor de cambio. Adam determina, ciertamente, el valor de la mercancía por el tiempo de trabajo contenido en ella, pero luego vuelve a desplazar la realidad de esta determinación del valor a los tiempos preadamitas. En otras palabras, lo que le parece verdadero desde el punto de vista de la mercancía simple se le vuelve oscuro en cuanto ocupan su lugar las formas más elevadas y complejas del capital, el trabajo asalariado, la renta de la tierra, etc. Lo expresa diciendo que el valor de las mercancías se medía por el tiempo de trabajo contenido en ellas en el paradise lost [paraíso perdido] de la burguesía, donde los hombres aún no se enfrentaban como capitalistas, asalariados, terratenientes, arrendatarios, usureros, etc., sino solo como simples productores e intercambiadores de mercancías. Confunde constantemente la determinación del valor de las mercancías por el tiempo de trabajo contenido en ellas con la determinación de sus valores por el valor del trabajo, vacila en todas partes al desarrollar los detalles y confunde la ecuación objetiva que el proceso social establece por la fuerza entre los trabajos desiguales con la igualdad subjetiva de derechos de los trabajos individuales.37 El paso del trabajo real al trabajo que pone valor de cambio, es decir, al trabajo burgués en su forma fundamental, intenta llevarlo a cabo mediante la división del trabajo. Ahora bien, tan cierto como que el intercambio privado supone la división del trabajo es falso que la división del trabajo suponga el intercambio privado. Entre los peruanos, por ejemplo, el trabajo estaba extraordinariamente dividido, aunque no existía intercambio privado, intercambio de los productos como mercancías.

En oposición a Adam Smith, David Ricardo depuró la determinación del valor de la mercancía por el tiempo de trabajo y mostró que esta ley rige también las relaciones burguesas de producción que en apariencia más la contradicen. Las investigaciones de Ricardo se limitan exclusivamente a la magnitud de valor, y respecto de esta presiente al menos que la realización de la ley depende de determinados presupuestos históricos. Dice, en efecto, que la determinación de la magnitud de valor por el tiempo de trabajo solo vale para las mercancías

«que pueden multiplicarse a voluntad por la industria y cuya producción está regida por una competencia sin restricciones».38

Esto solo quiere decir, en realidad, que la ley del valor, para desarrollarse plenamente, presupone la sociedad de la gran producción industrial y de la libre competencia, es decir, la moderna sociedad burguesa. Por lo demás, Ricardo considera la forma burguesa del trabajo como la forma natural eterna del trabajo social. Al pescador primitivo y al cazador primitivo los hace intercambiar enseguida, como poseedores de mercancías, el pescado y la caza en proporción al tiempo de trabajo objetivado en estos valores de cambio. En esta ocasión cae en el anacronismo de que el pescador primitivo y el cazador primitivo consulten, para calcular sus instrumentos de trabajo, las tablas de anualidades corrientes en la Bolsa de Londres en 1817. Los «paralelogramos del señor Owen»39 parecen la única forma de sociedad que conocía aparte de la burguesa. Aunque encerrado en este horizonte burgués, Ricardo descompone la economía burguesa, que en el fondo tiene un aspecto muy distinto del que ofrece en la superficie, con tal agudeza teórica que lord Brougham pudo decir de él:

«El señor Ricardo parecía haber caído de otro planeta.»

En polémica directa con Ricardo, Sismondi subrayó tanto el carácter específicamente social del trabajo que pone valor de cambio40 como lo que él llama el «carácter de nuestro progreso económico»: reducir la magnitud de valor a tiempo de trabajo necesario, a

«la relación entre la necesidad de toda la sociedad y la cantidad de trabajo que basta para satisfacer esa necesidad».41

Sismondi ya no está preso de la idea de Boisguillebert de que el dinero falsea el trabajo que pone valor de cambio, pero, como Boisguillebert el dinero, él denuncia el gran capital industrial. Si en Ricardo la economía política saca sin miramientos su última consecuencia y con ello concluye, Sismondi completa esta conclusión representando la duda de la economía política sobre sí misma.

Como Ricardo, en cuanto consumador de la economía política clásica, formuló y desarrolló con la mayor pureza la determinación del valor de cambio por el tiempo de trabajo, en él se concentra naturalmente la polémica levantada desde el campo económico. Si se despoja a esta polémica de su forma, en gran parte pueril,42 se resume en los puntos siguientes:

Primero: el trabajo mismo tiene valor de cambio, y trabajos distintos tienen distinto valor de cambio. Es un círculo vicioso hacer del valor de cambio la medida del valor de cambio, ya que el valor de cambio que mide necesita a su vez una medida. Esta objeción se resuelve en el problema siguiente: dado el tiempo de trabajo como medida inmanente del valor de cambio, desarrollar sobre esta base el salario. La teoría del trabajo asalariado da la respuesta.

Segundo: si el valor de cambio de un producto es igual al tiempo de trabajo contenido en él, el valor de cambio de una jornada de trabajo es igual a su producto. O bien: el salario tiene que ser igual al producto del trabajo.43 Ahora bien, ocurre lo contrario. Ergo… Esta objeción se resuelve en el problema siguiente: ¿cómo lleva la producción sobre la base del valor de cambio determinado por el mero tiempo de trabajo al resultado de que el valor de cambio del trabajo sea menor que el valor de cambio de su producto? Este problema lo resolvemos al examinar el capital.

Tercero: el precio de mercado de las mercancías cae por debajo o sube por encima de su valor de cambio con la relación cambiante entre la demanda y la oferta. El valor de cambio de las mercancías está, por tanto, determinado por la relación entre la demanda y la oferta y no por el tiempo de trabajo contenido en ellas. En realidad, en esta extraña conclusión solo se plantea la pregunta de cómo, sobre la base del valor de cambio, se desarrolla un precio de mercado distinto de él, o, más exactamente, cómo la ley del valor de cambio solo se realiza en su propio contrario. Este problema se resuelve en la teoría de la competencia.

Cuarto: la última contradicción, y en apariencia la más contundente, si no se presenta, como suele, en forma de ejemplos estrafalarios: si el valor de cambio no es más que el tiempo de trabajo contenido en una mercancía, ¿cómo pueden tener valor de cambio mercancías que no contienen trabajo, o, en otras palabras, de dónde procede el valor de cambio de las meras fuerzas naturales? Este problema se resuelve en la teoría de la renta de la tierra.

Capítulo segundo. El dinero o la circulación simple

En un debate parlamentario sobre la ley bancaria de sir Robert Peel de 1844 y 1845,44 observó Gladstone que ni siquiera el amor había vuelto locos a más hombres que las cavilaciones sobre la esencia del dinero. Hablaba de británico a británico. Los holandeses, en cambio, gente que, a despecho de las dudas de Petty, siempre poseyó un «ingenio celestial» para especular con el dinero, nunca han perdido el ingenio especulando sobre el dinero.

La dificultad principal en el análisis del dinero está superada en cuanto se ha comprendido que su origen está en la propia mercancía. Con este presupuesto, solo se trata ya de captar en su pureza las determinaciones formales que le son propias, lo que resulta algo más difícil porque todas las relaciones burguesas, doradas o plateadas, aparecen como relaciones de dinero, y por eso la forma dinero parece poseer un contenido infinitamente variado que le es ajeno.

En la investigación que sigue hay que tener presente que solo se trata de las formas del dinero que brotan inmediatamente del intercambio de las mercancías, no de sus formas propias de una fase superior del proceso de producción, como, por ejemplo, el dinero de crédito. Para simplificar, se supone siempre que el oro es la mercancía dineraria.

1. Medida de los valores

El primer proceso de la circulación es, por así decirlo, un proceso teórico, preparatorio de la circulación real. Las mercancías, que existen como valor de uso, se dan en primer lugar la forma en que aparecen unas a otras idealmente como valor de cambio, como cantidades determinadas de tiempo de trabajo general objetivado. El primer acto necesario de este proceso es, como vimos, que las mercancías excluyan una mercancía específica, digamos el oro, como materialización inmediata del tiempo de trabajo general o equivalente general. Volvamos un momento a la forma en que las mercancías transforman el oro en dinero.

1 tonelada de hierro = 2 onzas de oro,
1 quarter de trigo = 1 onza de oro,
1 quintal de café moca = ¼ de onza de oro,
1 quintal de potasa = ½ onza de oro,
1 tonelada de palo brasil = 1½ onzas de oro,
Y mercancía = X onzas de oro.

En esta serie de ecuaciones, el hierro, el trigo, el café, la potasa, etc., aparecen unos a otros como materialización de un trabajo uniforme, a saber, del trabajo materializado en oro, en el que está completamente borrada toda particularidad de los trabajos reales representados en sus distintos valores de uso. Como valor son idénticos, materialización del mismo trabajo o la misma materialización del trabajo: oro. Como materialización uniforme del mismo trabajo, solo muestran una diferencia, cuantitativa, o aparecen como magnitudes de valor distintas, porque en sus valores de uso está contenido un tiempo de trabajo desigual. Como estas mercancías singulares, se comportan a la vez entre sí como objetivación del tiempo de trabajo general, al comportarse con el tiempo de trabajo general mismo como con una mercancía excluida, el oro. La misma relación procesual por la que se presentan unas a otras como valores de cambio presenta el tiempo de trabajo contenido en el oro como el tiempo de trabajo general, del que una cantidad dada se expresa en distintas cantidades de hierro, trigo, café, etc., en una palabra, en los valores de uso de todas las mercancías, o se despliega inmediatamente en la serie infinita de los equivalentes en mercancías. Al expresar las mercancías en todas direcciones sus valores de cambio en oro, el oro expresa inmediatamente su valor de cambio en todas las mercancías. Al darse las mercancías a sí mismas, unas para otras, la forma del valor de cambio, dan al oro la forma del equivalente general o del dinero.

Porque todas las mercancías miden sus valores de cambio en oro, en la proporción en que una cantidad determinada de oro y una cantidad determinada de mercancía contienen el mismo tiempo de trabajo, el oro se convierte en medida de los valores; y es en un primer momento solo por esta determinación como medida de los valores, en la que su propio valor se mide inmediatamente en el círculo completo de los equivalentes en mercancías, como se convierte en equivalente general o dinero. Por otra parte, el valor de cambio de todas las mercancías se expresa ahora en oro. En esta expresión hay que distinguir un momento cualitativo y uno cuantitativo. El valor de cambio de la mercancía existe como materialización del mismo tiempo de trabajo uniforme; la magnitud de valor de la mercancía está representada exhaustivamente, porque en la proporción en que las mercancías están igualadas al oro están igualadas entre sí. Por un lado aparece el carácter general del tiempo de trabajo contenido en ellas; por otro, su cantidad, en su equivalente en oro. El valor de cambio de las mercancías, expresado así como equivalencia general y a la vez como grado de esta equivalencia en una mercancía específica, o en una única ecuación de las mercancías con una mercancía específica, es el precio. El precio es la forma transformada en que el valor de cambio de las mercancías aparece dentro del proceso de circulación.

Así pues, por el mismo proceso por el que las mercancías presentan sus valores como precios en oro, presentan el oro como medida de los valores y, por tanto, como dinero. Si midieran todas sus valores en plata, en trigo o en cobre, y los presentaran por tanto como precios en plata, en trigo o en cobre, la plata, el trigo o el cobre se convertirían en medida de los valores y, con ello, en equivalente general. Para aparecer en la circulación como precios, la circulación presupone las mercancías como valores de cambio. El oro solo se convierte en medida de los valores porque todas las mercancías estiman en él su valor de cambio. Pero la generalidad de esta relación procesual, de la que únicamente nace su carácter de medida, presupone que cada mercancía singular se mide en oro en la proporción del tiempo de trabajo contenido en ambos, es decir, que la medida real entre la mercancía y el oro es el trabajo mismo, o que la mercancía y el oro se igualan entre sí como valores de cambio mediante el trueque inmediato. Cómo se produce prácticamente esta equiparación no puede examinarse en la esfera de la circulación simple. Pero es evidente que en los países productores de oro y plata un tiempo de trabajo determinado se incorpora inmediatamente en una cantidad determinada de oro y plata, mientras que en los países que no producen oro ni plata el mismo resultado se alcanza dando un rodeo, mediante el intercambio directo o indirecto de las mercancías del país, es decir, de una porción determinada del trabajo medio nacional, por una cantidad determinada del tiempo de trabajo materializado en oro y plata de los países poseedores de minas. Para poder servir de medida de los valores, el oro tiene que ser, en potencia, un valor variable, porque solo como materialización del tiempo de trabajo puede convertirse en equivalente de otras mercancías, pero el mismo tiempo de trabajo, con el cambio de las fuerzas productivas del trabajo real, se realiza en volúmenes desiguales de los mismos valores de uso. Igual que en la representación del valor de cambio de cada mercancía en el valor de uso de otra, en la estimación de todas las mercancías en oro solo se presupone que el oro representa, en un momento dado, una cantidad dada de tiempo de trabajo. Respecto de su cambio de valor rige la ley de los valores de cambio desarrollada antes. Si el valor de cambio de las mercancías no varía, una subida general de sus precios en dinero solo es posible si baja el valor de cambio del oro. Si el valor de cambio del oro no varía, una subida general de los precios en oro solo es posible si suben los valores de cambio de todas las mercancías. A la inversa en el caso de una bajada general de los precios de las mercancías. Si el valor de una onza de oro baja o sube a consecuencia de un cambio en el tiempo de trabajo requerido para producirla, baja o sube por igual para todas las demás mercancías, y sigue representando, por tanto, frente a todas ellas, un tiempo de trabajo de magnitud dada. Los mismos valores de cambio se estiman ahora en cantidades de oro mayores o menores que antes, pero se estiman en proporción a sus magnitudes de valor y conservan, por tanto, la misma relación de valor entre sí. La relación 2:4:8 sigue siendo la misma que 1:2:4 o 4:8:16. La cantidad alterada de oro en que se estiman los valores de cambio cuando cambia el valor del oro impide la función del oro como medida de los valores tan poco como el valor quince veces menor de la plata respecto del oro impide que este la desplace de esa función. Como el tiempo de trabajo es la medida entre el oro y la mercancía, y el oro solo se convierte en medida de los valores en la medida en que todas las mercancías se miden en él, es mera apariencia del proceso de circulación que el dinero haga conmensurables las mercancías.45 Es más bien solo la conmensurabilidad de las mercancías como tiempo de trabajo objetivado lo que hace del oro dinero.

La figura real en que las mercancías entran en el proceso de intercambio es la de sus valores de uso. Solo han de convertirse en equivalente general real mediante su enajenación. La determinación de su precio es solo su transformación ideal en el equivalente general, una ecuación con el oro que aún está por realizar. Pero como en sus precios las mercancías solo están transformadas idealmente en oro, o en oro solo representado, como su ser dinero todavía no está realmente separado de su ser real, el oro solo está transformado todavía en dinero ideal, es todavía solo medida de los valores, y determinadas cantidades de oro funcionan en realidad todavía solo como nombres de determinadas cantidades de tiempo de trabajo. De la manera determinada en que las mercancías representan unas para otras su propio valor de cambio depende en cada caso la determinación formal en que el oro cristaliza como dinero.

Las mercancías se enfrentan ahora como existencias dobles: realmente, como valores de uso; idealmente, como valores de cambio. La forma doble del trabajo contenido en ellas la presentan ahora unas para otras: el trabajo real particular está realmente presente como su valor de uso, mientras que el tiempo de trabajo abstracto general recibe en su precio una existencia representada, en la que ellas son materialización uniforme y solo cuantitativamente distinta de la misma sustancia del valor.

La diferencia entre el valor de cambio y el precio aparece, por un lado, como una diferencia meramente nominal, como cuando Adam Smith dice que el trabajo es el precio real y el dinero el precio nominal de las mercancías. En lugar de estimar un quarter de trigo en treinta jornadas de trabajo, se lo estima ahora en una onza de oro, si una onza de oro es el producto de treinta jornadas de trabajo. Por otro lado, la diferencia es tan poco una mera diferencia de nombre que en ella se concentran más bien todas las tormentas que amenazan a la mercancía en el proceso real de circulación. En el quarter de trigo están contenidas treinta jornadas de trabajo, y por eso no hace falta representarlo antes en tiempo de trabajo. Pero el oro es una mercancía distinta del trigo, y solo en la circulación puede comprobarse si el quarter de trigo se convierte realmente en la onza de oro, como se anticipa en su precio. Esto depende de si se acredita o no como valor de uso, de si la cantidad de tiempo de trabajo contenida en él se acredita o no como la cantidad de tiempo de trabajo que la sociedad necesita forzosamente para producir un quarter de trigo. La mercancía como tal es valor de cambio, tiene un precio. En esta diferencia entre valor de cambio y precio aparece que el trabajo individual particular contenido en la mercancía solo tiene que presentarse, mediante el proceso de la enajenación, como su contrario, como trabajo sin individualidad, abstractamente general y, solo en esta forma, social, es decir, como dinero. Parece fortuito que sea capaz o no de esta representación. Por eso, aunque en el precio el valor de cambio de la mercancía solo recibe una existencia idealmente distinta de ella y la existencia doble del trabajo contenido en ella solo existe ya como un modo de expresión distinto, y aunque, por otra parte, la materialización del tiempo de trabajo general, el oro, solo se enfrenta ya a la mercancía real como medida de los valores representada, en la existencia del valor de cambio como precio, o del oro como medida de los valores, está contenida en estado latente la necesidad de la enajenación de la mercancía por oro contante y sonante, la posibilidad de que no llegue a alienarse; en una palabra, toda la contradicción que nace de que el producto sea mercancía, o de que el trabajo particular del individuo privado, para tener efecto social, tenga que presentarse como su contrario inmediato, como trabajo abstractamente general. Por eso los utopistas, que quieren la mercancía pero no el dinero, la producción basada en el intercambio privado sin las condiciones necesarias de esta producción, son consecuentes cuando «aniquilan» el dinero no solo en su forma tangible, sino ya en su forma gaseosa, tejida en el cerebro, como medida de los valores. En la invisible medida de los valores acecha el dinero contante.

Presupuesto el proceso por el que el oro se ha convertido en medida de los valores y el valor de cambio en precio, todas las mercancías, en sus precios, ya no son más que cantidades representadas de oro de distinta magnitud. Como tales cantidades distintas de la misma cosa, el oro, se igualan, se comparan y se miden entre sí, y así se desarrolla técnicamente la necesidad de referirlas a una cantidad determinada de oro como unidad de medida, unidad de medida que se desarrolla hasta convertirse en patrón al dividirse en partes alícuotas y estas, a su vez, en partes alícuotas.46 Pero las cantidades de oro como tales se miden por el peso. El patrón se encuentra ya hecho, por tanto, en las medidas generales de peso de los metales, que por eso, en toda circulación metálica, sirven también originariamente de patrón de los precios. Al referirse las mercancías unas a otras no ya como valores de cambio que han de medirse por el tiempo de trabajo, sino como magnitudes de la misma denominación medidas en oro, el oro se transforma de medida de los valores en patrón de los precios. La comparación de los precios de las mercancías entre sí como cantidades distintas de oro cristaliza así en las figuras que se inscriben en una cantidad de oro pensada y la representan como patrón de partes alícuotas. El oro como medida de los valores y como patrón de los precios posee una determinación formal completamente distinta, y la confusión de una con otra ha dado lugar a las teorías más disparatadas. Medida de los valores es el oro como tiempo de trabajo objetivado; patrón de los precios lo es como un peso de metal determinado. El oro se convierte en medida de los valores al estar referido como valor de cambio a las mercancías como valor de cambio; en el patrón de los precios, una cantidad determinada de oro sirve de unidad a otras cantidades de oro. El oro es medida de los valores porque su valor es variable; es patrón de los precios porque se fija como unidad de peso invariable. Aquí, como en todas las determinaciones de medida de magnitudes de la misma denominación, la fijeza y la determinación de las relaciones de medida son decisivas. La necesidad de fijar una cantidad de oro como unidad de medida y partes alícuotas como subdivisiones de esta unidad ha engendrado la idea de que una cantidad de oro determinada, que naturalmente tiene un valor variable, se pondría en una relación de valor fija con los valores de cambio de las mercancías; con lo que solo se pasaba por alto que los valores de cambio de las mercancías están transformados en precios, en cantidades de oro, antes de que el oro se desarrolle como patrón de los precios. Cambie como cambie el valor del oro, distintas cantidades de oro representan siempre entre sí la misma relación de valor. Si el valor del oro cayera un 1.000 %, doce onzas de oro seguirían teniendo un valor doce veces mayor que una onza de oro, y en los precios solo se trata de la relación de distintas cantidades de oro entre sí. Como, por otra parte, una onza de oro no cambia en absoluto su peso al bajar o subir su valor, tampoco cambia el de sus partes alícuotas, y así el oro, como patrón fijo de los precios, presta siempre el mismo servicio, cambie como cambie su valor.47

Un proceso histórico, que más adelante explicaremos a partir de la naturaleza de la circulación metálica, hizo que se conservara el mismo nombre de peso para un peso de metales preciosos, en su función de patrón de los precios, cada vez distinto y cada vez menor. Así, la libra inglesa designa menos de un tercio de su peso originario; la libra escocesa antes de la Unión, solo 1/36; la livre francesa, 1/74; el maravedí español, menos de 1/1.000; el real portugués, una proporción mucho menor todavía. Así se separaron históricamente los nombres monetarios de los pesos de metal de sus nombres generales de peso.48 Como la determinación de la unidad de medida, de sus partes alícuotas y de sus nombres es, por un lado, puramente convencional y, por otro, ha de tener dentro de la circulación el carácter de la generalidad y la necesidad, tuvo que convertirse en determinación legal. La operación puramente formal recayó, pues, en los gobiernos.49 El metal determinado que servía de material del dinero venía dado socialmente. En distintos países el patrón legal de los precios es, naturalmente, distinto. En Inglaterra, por ejemplo, la onza como peso de metal se divide en pennyweights, grains y quilates troy, pero la onza de oro como unidad de medida del dinero se divide en 3⅞ soberanos, el soberano en veinte chelines y el chelín en doce peniques, de modo que cien libras de oro de 22 quilates (1.200 onzas) equivalen a 4.672 soberanos y 10 chelines. Pero en el mercado mundial, donde desaparecen las fronteras nacionales, estos caracteres nacionales de las medidas del dinero vuelven a desaparecer y ceden ante las medidas generales de peso de los metales.

El precio de una mercancía, o la cantidad de oro en que se ha transformado idealmente, se expresa ahora, pues, en los nombres monetarios del patrón oro. Así, en lugar de decir que el quarter de trigo es igual a una onza de oro, en Inglaterra se diría que es igual a 3 £ 17 s. 10½ d. Todos los precios se expresan así con la misma denominación. La forma peculiar que las mercancías dan a su valor de cambio se ha transformado en nombres monetarios, en los que se dicen unas a otras lo que valen. El dinero, por su parte, se convierte en dinero de cuenta.50

La transformación de la mercancía en dinero de cuenta, en la cabeza, sobre el papel, en el lenguaje, se produce siempre que cualquier clase de riqueza se fija desde el punto de vista del valor de cambio.51 Para esta transformación hace falta el material del oro, pero solo como representado. Para estimar el valor de mil balas de algodón en un número determinado de onzas de oro, y expresar a su vez este número de onzas en los nombres de cuenta de la onza, en £, s., d., no hace falta ni un átomo de oro real. Así, en Escocia, antes de la ley bancaria de sir Robert Peel de 1845, no circulaba ni una onza de oro, aunque la onza de oro, y precisamente expresada como patrón de cuenta inglés en 3 £ 17 s. 10½ d., servía de medida legal de los precios. Así, la plata sirve de medida de los precios en el intercambio de mercancías entre Siberia y China, aunque el comercio sea, de hecho, puro trueque. Para el oro como dinero de cuenta es indiferente, por tanto, que esté o no realmente acuñado, ya sea su unidad de medida misma o sus fracciones. En Inglaterra, en tiempos de Guillermo el Conquistador, la libra esterlina, entonces una libra de plata pura, y el chelín, 1/20 de libra, solo existían como dinero de cuenta, mientras que el penique, 1/240 de libra de plata, era la mayor moneda de plata existente. A la inversa, en la Inglaterra de hoy no existen chelines ni peniques, aunque son nombres de cuenta legales para partes determinadas de una onza de oro.52 El dinero como dinero de cuenta puede, en general, existir solo idealmente, mientras que el dinero que existe realmente está acuñado según un patrón completamente distinto. Así, en muchas colonias inglesas de Norteamérica, el dinero circulante consistió hasta bien entrado el siglo XVIII en monedas españolas y portuguesas, mientras que el dinero de cuenta era en todas partes el mismo que en Inglaterra.53

Como el oro, en cuanto patrón de los precios, aparece con los mismos nombres de cuenta que los precios de las mercancías, y por ejemplo una onza de oro, igual que una tonelada de hierro, se expresa en 3 £ 17 s. 10½ d., a estos nombres de cuenta suyos se les ha llamado su precio de acuñación. De ahí surgió la extraña idea de que el oro se estimaría en su propio material y, a diferencia de todas las demás mercancías, recibiría del Estado un precio fijo. Se tomó la fijación de nombres de cuenta para determinados pesos de oro por la fijación del valor de esos pesos.54 Allí donde sirve de elemento de la determinación de los precios y, por tanto, de dinero de cuenta, el oro no solo no tiene un precio fijo, sino que no tiene ningún precio. Para tener un precio, es decir, para expresarse en una mercancía específica como equivalente general, esa otra mercancía tendría que desempeñar en el proceso de circulación el mismo papel exclusivo que el oro. Pero dos mercancías que excluyen a todas las demás se excluyen recíprocamente. Por eso, allí donde la plata y el oro existen legalmente uno junto a otro como dinero, es decir, como medida de los valores, siempre se ha hecho el vano intento de tratarlos como una y la misma materia. Si se supone que el mismo tiempo de trabajo se objetiva invariablemente en la misma proporción de plata y de oro, se supone de hecho que la plata y el oro son la misma materia, y que la plata, el metal de menor valor, es una fracción invariable del oro. Desde el reinado de Eduardo III hasta la época de Jorge II, la historia del sistema monetario inglés se pierde en una serie ininterrumpida de perturbaciones, resultantes de la colisión entre la fijación legal de la relación de valor entre el oro y la plata y sus fluctuaciones reales de valor. Unas veces el oro estaba sobrevalorado, otras la plata. El metal infravalorado se retiraba de la circulación, se fundía y se exportaba. La relación de valor entre ambos metales se modificaba entonces de nuevo por ley, pero el nuevo valor nominal entraba pronto en el mismo conflicto con la relación de valor real que el antiguo. En nuestros propios días, la bajada, muy débil y pasajera, del valor del oro respecto de la plata, a consecuencia de la demanda de plata de la India y China, ha producido en Francia el mismo fenómeno a la mayor escala: exportación de la plata y su expulsión de la circulación por el oro. Durante los años 1855, 1856 y 1857, el excedente de la importación de oro en Francia sobre la exportación de oro de Francia ascendió a 41.580.000 £, mientras que el excedente de la exportación de plata sobre la importación de plata ascendió a 34.704.000 £. En efecto, en países como Francia, donde ambos metales son legalmente medida de los valores y ambos han de aceptarse en pago, pero cada cual puede pagar a voluntad en uno u otro, el metal que sube de valor lleva un agio y, como cualquier otra mercancía, mide su precio en el metal sobrevalorado, mientras que este último es el único que sirve de medida de los valores. Toda la experiencia histórica en este terreno se reduce sencillamente a que, allí donde legalmente dos mercancías desempeñan la función de medida de los valores, de hecho solo una de ellas mantiene esa posición.55

B. Teorías sobre la unidad de medida del dinero

El hecho de que las mercancías, como precios, solo estén transformadas idealmente en oro, y el oro, por tanto, solo idealmente en dinero, dio pie a la teoría de la unidad de medida ideal del dinero. Como en la determinación de los precios solo funcionan oro o plata representados, como el oro y la plata solo funcionan como dinero de cuenta, se afirmó que los nombres libra, chelín, penique, tálero, franco, etc., en lugar de designar fracciones de peso de oro o de plata, o trabajo objetivado de un modo u otro, designaban más bien átomos ideales de valor. Así, si subiera, por ejemplo, el valor de una onza de plata, esta contendría más átomos de ese tipo y, por tanto, tendría que calcularse y acuñarse en más chelines. Esta doctrina, que se hizo valer de nuevo durante la última crisis comercial en Inglaterra e incluso se defendió en el Parlamento en dos informes particulares anexos al informe de la comisión bancaria reunida en 1858, data de finales del siglo XVII. Al subir al trono Guillermo III, el precio de acuñación inglés de una onza de plata era de 5 s. 2 d., o sea, 1/62 de onza de plata se llamaba penique y doce de estos peniques se llamaban chelín. Conforme a este patrón, un peso de plata de, por ejemplo, seis onzas se acuñaba en treinta y una piezas con el nombre de chelín. Pero el precio de mercado de la onza de plata subió por encima de su precio de acuñación, de 5 s. 2 d. a 6 s. 3 d.; es decir, para comprar una onza de plata en bruto había que poner en la balanza 6 s. 3 d. ¿Cómo podía subir el precio de mercado de una onza de plata por encima de su precio de acuñación, si el precio de acuñación no era más que nombres de cuenta para partes alícuotas de una onza de plata? El enigma tenía una solución sencilla. De las 5.600.000 £ en moneda de plata que circulaban entonces, cuatro millones estaban gastados, recortados y limados. En una prueba resultó que 57.200 £ en plata, que debían pesar 220.000 onzas, solo pesaban 141.000. La Casa de la Moneda acuñaba siempre según el mismo patrón, pero los chelines ligeros que circulaban realmente representaban partes alícuotas de la onza menores de lo que pretendía su nombre. En consecuencia, había que pagar en el mercado por la onza de plata en bruto una cantidad mayor de estos chelines empequeñecidos. Cuando, a consecuencia de la perturbación así originada, se decidió una reacuñación general, Lowndes, el secretary to the treasury [secretario del Tesoro], afirmó que el valor de la onza de plata había subido y que, por tanto, en adelante había que acuñarla en 6 s. 3 d. en lugar de en 5 s. 2 d. como hasta entonces. Afirmaba, pues, de hecho, que, como el valor de la onza había subido, el valor de sus partes alícuotas había bajado. Pero su falsa teoría no era más que el disfraz de un fin práctico acertado. Las deudas del Estado se habían contraído en chelines ligeros: ¿había que devolverlas en chelines pesados? En lugar de decir: devolved cuatro onzas de plata donde habéis recibido nominalmente cinco, pero en realidad solo cuatro, dijo a la inversa: devolved nominalmente cinco onzas, pero reducidlas en su contenido de metal a cuatro y llamad chelín a lo que hasta ahora llamabais 4/5 de chelín. Lowndes se atenía, pues, de hecho, al contenido de metal, mientras en la teoría se atenía al nombre de cuenta. Sus adversarios, que se atenían solo al nombre de cuenta y declaraban por tanto idéntico a un chelín de peso cabal un chelín entre un 25 y un 50 % más ligero, afirmaban a la inversa que se atenían solo al contenido de metal. John Locke, que representaba a la nueva burguesía en todas sus formas, a los industriales contra las clases trabajadoras y los pobres, a los comerciantes contra los usureros a la antigua, a los aristócratas de las finanzas contra los deudores del Estado, y que en una obra propia llegó a demostrar que el entendimiento burgués es el entendimiento humano normal,56 recogió también el guante contra Lowndes. John Locke venció, y el dinero prestado a 10 o 14 chelines la guinea se devolvió en guineas de 20 chelines.57 Sir James Steuart resume irónicamente toda la transacción así:

«El Gobierno ganó considerablemente en impuestos, los acreedores en capital e intereses, y la nación, la única estafada, estaba encantada porque su standard» (el patrón de su propio valor) «no había sido rebajado.»58

Steuart creía que, con un mayor desarrollo comercial, la nación se mostraría más avispada. Se equivocaba. Unos ciento veinte años después se repitió el mismo quid pro quo.

Era lógico que el obispo Berkeley, representante de un idealismo místico en la filosofía inglesa, diera a la teoría de la unidad de medida ideal del dinero un giro teórico, cosa que el práctico «secretario del Tesoro» había descuidado. Pregunta:

«¿No hay que considerar los nombres livre, libra esterlina, corona, etc., como meros nombres de relación?» (a saber, de relación del valor abstracto como tal). «¿Son el oro, la plata o el papel algo más que meros billetes o fichas para calcular, registrar y transferir esa relación?» (la relación de valor). «¿No es riqueza el poder de disponer de la industria de otros?» (el trabajo social). «¿Y es el dinero, de hecho, otra cosa que una ficha o un signo para transferir o registrar ese poder, y tiene mucha importancia de qué material estén hechas esas fichas?»59

Aquí se encuentra la confusión, por un lado, entre la medida de los valores y el patrón de los precios y, por otro, entre el oro o la plata como medida y como medio de circulación. Como en el acto de la circulación los metales preciosos pueden sustituirse por fichas, Berkeley concluye que esas fichas, a su vez, no representan nada, a saber, el concepto abstracto de valor.

La teoría de la unidad de medida ideal del dinero está tan completamente desarrollada en sir James Steuart que sus sucesores (sucesores inconscientes, puesto que no lo conocen) no encuentran ni un giro nuevo ni siquiera un ejemplo nuevo.

«El dinero de cuenta», dice, «no es más que un patrón arbitrario de partes iguales, inventado para medir el valor relativo de las cosas vendibles. El dinero de cuenta es muy distinto de la moneda (money coin), que es precio,60 y podría existir aunque no hubiera en el mundo ninguna sustancia que fuera un equivalente proporcional de todas las mercancías. El dinero de cuenta presta al valor de las cosas el mismo servicio que los grados, minutos, segundos, etc., a los ángulos, o que las escalas a los mapas geográficos, etc. En todas estas invenciones se toma siempre la misma denominación como unidad. Así como la utilidad de todos estos procedimientos se limita sencillamente a indicar una proporción, así también la de la unidad monetaria. Por eso no puede tener una proporción invariablemente determinada con ninguna parte del valor, es decir, no puede estar fijada a ninguna cantidad determinada de oro, de plata o de cualquier otra mercancía. Dada una vez la unidad, se puede ascender por multiplicación hasta el valor más grande. Como el valor de las mercancías depende de una confluencia general de circunstancias que actúan sobre ellas y de los caprichos de los hombres, su valor solo debería considerarse variable en su relación recíproca. Todo lo que perturbe y confunda la verificación del cambio de proporción por medio de un patrón general, determinado e invariable, tiene que actuar perjudicialmente sobre el comercio. El dinero es solo un patrón ideal de partes iguales. Si se pregunta cuál ha de ser la unidad de medida del valor de una parte, respondo con otra pregunta: ¿cuál es la magnitud normal de un grado, de un minuto, de un segundo? No la tienen, pero en cuanto se determina una parte, todo el resto tiene que seguir proporcionalmente, según la naturaleza de un patrón. Ejemplos de este dinero ideal son el dinero de banco de Ámsterdam y el dinero de Angola de la costa africana.»61

Steuart se atiene sencillamente a la apariencia del dinero en la circulación como patrón de los precios y como dinero de cuenta. Si distintas mercancías figuran en la lista de precios a 15 s., 20 s. y 36 s. respectivamente, para comparar su magnitud de valor no me interesa, en efecto, ni el contenido de plata ni el nombre del chelín. Las relaciones numéricas 15, 20, 36 lo dicen ahora todo, y el número 1 se ha convertido en la única unidad de medida. Expresión puramente abstracta de una proporción solo lo es, en general, la proporción numérica abstracta misma. Para ser consecuente, Steuart tenía que abandonar, por tanto, no solo el oro y la plata, sino también sus nombres de pila legales. Como no entiende la transformación de la medida de los valores en patrón de los precios, cree naturalmente que la cantidad determinada de oro que sirve de unidad de medida está referida como medida, no a otras cantidades de oro, sino a valores como tales. Como las mercancías, por la transformación de sus valores de cambio en precios, aparecen como magnitudes de la misma denominación, niega la cualidad de la medida que las hace de la misma denominación; y como en esta comparación de distintas cantidades de oro la magnitud de la cantidad de oro que sirve de unidad de medida es convencional, niega que haya que fijarla en absoluto. En lugar de llamar grado a la 1/360 parte de un círculo, puede llamar grado a la 1/180 parte; el ángulo recto se mediría entonces por 45 grados en lugar de por 90, y los ángulos agudos y obtusos en consonancia. No por ello dejaría la medida de los ángulos de ser, en primer lugar, una figura matemática cualitativamente determinada, el círculo, y, en segundo lugar, un segmento de círculo cuantitativamente determinado. En cuanto a los ejemplos económicos de Steuart, con uno se refuta a sí mismo y con el otro no demuestra nada. El dinero de banco de Ámsterdam no era, de hecho, más que el nombre de cuenta de doblones españoles que conservaban su grasa de peso cabal reposando perezosamente en el sótano del banco, mientras que la laboriosa moneda corriente había adelgazado en su duro roce con el mundo exterior. En cuanto a los idealistas africanos, tendremos que dejarlos a su suerte hasta que viajeros críticos nos den noticias más precisas sobre ellos.62 Como dinero aproximadamente ideal en el sentido de Steuart podría designarse el asignado francés: «Bienes nacionales. Asignado de 100 francos.» Aquí estaba especificado, ciertamente, el valor de uso que el asignado había de representar, a saber, la tierra confiscada, pero se había olvidado la determinación cuantitativa de la unidad de medida, y «franco» era por eso una palabra sin sentido. Cuánta tierra representaba un franco de asignado dependía, en efecto, del resultado de las subastas públicas. Sin embargo, en la práctica el franco de asignado circulaba como signo de valor de la moneda de plata, y en este patrón de plata se medía, por tanto, su depreciación.

La época de la suspensión de los pagos en efectivo del Banco de Inglaterra63 apenas fue más fecunda en partes de guerra que en teorías monetarias. La depreciación de los billetes de banco y la subida del precio de mercado del oro por encima de su precio de acuñación despertaron de nuevo en algunos defensores del Banco la doctrina de la medida ideal del dinero. La expresión clásicamente confusa de esta confusa opinión la encontró lord Castlereagh, al designar la unidad de medida del dinero como «a sense of value in reference to currency as compared with commodities» [un sentido del valor referido a la moneda en comparación con las mercancías]. Cuando, unos años después de la paz de París, las circunstancias permitieron reanudar los pagos en efectivo, se planteó, en forma apenas alterada, la misma cuestión que Lowndes había suscitado bajo Guillermo III. Una enorme deuda del Estado y una masa de deudas privadas, obligaciones fijas, etc., acumulada durante más de veinte años, se habían contraído en billetes de banco depreciados. ¿Había que devolverlas en billetes de banco de los que 4.672 £ 10 s., no por su nombre, sino en la realidad, representaban cien libras de oro de 22 quilates? Thomas Attwood, un banquero de Birmingham, apareció como un Lowndes redivivus. Los acreedores habían de recibir nominalmente tantos chelines como se habían contratado nominalmente; pero si, según la antigua ley de la moneda, se llamaba chelín, digamos, a 1/78 de onza de oro, ahora había que bautizar como chelín, digamos, 1/90 de onza. Los partidarios de Attwood son conocidos como la escuela de Birmingham de los «little shilling men» [hombres del chelín pequeño]. La disputa sobre la medida ideal del dinero, que empezó en 1819, seguía en 1845 entre sir Robert Peel y Attwood, cuya propia sabiduría, en lo que respecta a la función del dinero como medida, está resumida exhaustivamente en la cita siguiente:

«Sir Robert Peel, en su polémica con la Cámara de Comercio de Birmingham, pregunta: ¿qué representará vuestro billete de una libra? ¿Qué es una libra? … ¿Qué hay que entender entonces, a la inversa, por la actual unidad de medida del valor? … 3 £ 17 s. 10½ d., ¿significan una onza de oro o su valor? Si significan la onza misma, ¿por qué no llamar a las cosas por su nombre y decir, en lugar de £, s., d., onza, pennyweight y grano? Entonces volveremos al sistema del trueque inmediato… ¿O significan el valor? Si una onza = 3 £ 17 s. 10½ d., ¿por qué valía en distintas épocas unas veces 5 £ 4 s. y otras 3 £ 17 s. 9 d.? … La expresión libra (£) se refiere al valor, pero no al valor fijado en una fracción de peso de oro invariable. La libra es una unidad ideal… El trabajo es la sustancia en que se resuelven los costes de producción, y da al oro su valor relativo, igual que al hierro. Sea cual sea, pues, el nombre de cuenta particular que se emplee para designar el trabajo de un día o de una semana de un hombre, ese nombre expresa el valor de la mercancía producida.»64

En las últimas palabras se disipa la nebulosa idea de la medida ideal del dinero y asoma su verdadero contenido de pensamiento. Los nombres de cuenta del oro, £, s., etc., han de ser nombres de cantidades determinadas de tiempo de trabajo. Como el tiempo de trabajo es la sustancia y la medida inmanente de los valores, esos nombres representarían así, de hecho, las proporciones de valor mismas. En otras palabras, se sostiene que el tiempo de trabajo es la verdadera unidad de medida del dinero. Con esto salimos de la escuela de Birmingham, pero observemos todavía de pasada que la doctrina de la medida ideal del dinero cobró nueva importancia en la controversia sobre la convertibilidad o inconvertibilidad de los billetes de banco. Si el papel recibe su denominación del oro o de la plata, la convertibilidad del billete, es decir, su cambiabilidad por oro o plata, sigue siendo ley económica, diga lo que diga la ley jurídica. Así, un tálero prusiano de papel, aunque legalmente inconvertible, quedaría depreciado en el acto si en el intercambio ordinario valiera menos que un tálero de plata, es decir, si no fuera convertible en la práctica. Por eso los representantes consecuentes del papel moneda inconvertible en Inglaterra se refugiaron en la medida ideal del dinero. Si los nombres de cuenta del dinero, £, s., etc., son nombres de una suma determinada de átomos de valor que una mercancía absorbe o cede, unas veces más y otras menos, en el intercambio con otras mercancías, un billete inglés de cinco libras, por ejemplo, es tan independiente de su relación con el oro como de su relación con el hierro y el algodón. Como su título habría dejado de igualarlo teóricamente a una cantidad determinada de oro o de cualquier otra mercancía, la exigencia de su convertibilidad, es decir, de su ecuación práctica con una cantidad determinada de una cosa especificada, quedaría excluida por su propio concepto.

La teoría del tiempo de trabajo como unidad de medida inmediata del dinero fue desarrollada sistemáticamente por primera vez por John Gray.65 Este hace que un banco central nacional, por medio de sus sucursales, compruebe el tiempo de trabajo consumido en la producción de las distintas mercancías. A cambio de la mercancía, el productor recibe un certificado oficial del valor, es decir, un recibo por tanto tiempo de trabajo como contiene su mercancía,66 y estos billetes de banco de una semana de trabajo, un día de trabajo, una hora de trabajo, etc., sirven a la vez de libranza sobre un equivalente en todas las demás mercancías almacenadas en los depósitos del banco.67 Este es el principio fundamental, minuciosamente desarrollado en sus detalles y apoyado en todo momento en instituciones inglesas existentes. Con este sistema, dice Gray,

«sería en todo momento tan fácil vender por dinero como ahora es comprar con dinero; la producción sería la fuente uniforme y nunca agotada de la demanda».68

Los metales preciosos perderían su «privilegio» frente a las demás mercancías y

«ocuparían el lugar que les corresponde en el mercado, junto a la mantequilla y los huevos y el paño y el percal, y su valor no nos interesaría más que el de los diamantes».69

«¿Hemos de conservar nuestra medida imaginaria de los valores, el oro, y encadenar así las fuerzas productivas del país, o hemos de volvernos hacia la medida natural de los valores, el trabajo, y liberar las fuerzas productivas del país?»70

Si el tiempo de trabajo es la medida inmanente de los valores, ¿por qué, junto a ella, otra medida exterior? ¿Por qué el valor de cambio se desarrolla hasta convertirse en precio? ¿Por qué todas las mercancías estiman su valor en una mercancía exclusiva, que se transforma así en la existencia adecuada del valor de cambio, en dinero? Este era el problema que Gray tenía que resolver. En lugar de resolverlo, se imagina que las mercancías podrían referirse unas a otras inmediatamente como productos del trabajo social. Pero solo pueden referirse unas a otras como lo que son. Las mercancías son inmediatamente productos de trabajos privados aislados e independientes, que tienen que acreditarse como trabajo social general mediante su enajenación en el proceso del intercambio privado; o bien: el trabajo, sobre la base de la producción de mercancías, solo se convierte en trabajo social mediante la enajenación general de los trabajos individuales. Pero si Gray supone que el tiempo de trabajo contenido en las mercancías es inmediatamente social, lo supone como tiempo de trabajo común o como tiempo de trabajo de individuos directamente asociados. Entonces, en efecto, una mercancía específica, como el oro y la plata, no podría enfrentarse a las demás mercancías como encarnación del trabajo general, el valor de cambio no se convertiría en precio; pero tampoco el valor de uso se convertiría en valor de cambio, el producto no se convertiría en mercancía, y quedaría así abolida la base misma de la producción burguesa. Pero esa no es en absoluto la opinión de Gray. Los productos han de producirse como mercancías, pero no intercambiarse como mercancías. Gray encomienda a un banco nacional la ejecución de este piadoso deseo. Por un lado, la sociedad, en la forma del banco, hace a los individuos independientes de las condiciones del intercambio privado y, por otro, les deja seguir produciendo sobre la base del intercambio privado. Pero la lógica interna empuja a Gray a negar una tras otra las condiciones burguesas de la producción, aunque él solo quiere «reformar» el dinero que nace del intercambio de mercancías. Así, transforma el capital en capital nacional71 y la propiedad de la tierra en propiedad nacional,72 y si se mira de cerca su banco, resulta que no solo recibe mercancías con una mano y entrega con la otra certificados de trabajo realizado, sino que regula la producción misma. En su último escrito, Lectures on money, en el que Gray intenta con temor presentar su dinero-trabajo como una reforma puramente burguesa, se enreda en un contrasentido todavía más clamoroso.

Toda mercancía es inmediatamente dinero. Esta era la teoría de Gray, derivada de su análisis incompleto, y por tanto falso, de la mercancía. La construcción «orgánica» de «dinero-trabajo», «banco nacional» y «depósitos de mercancías» no es más que una quimera en la que el dogma se hace pasar por ley que gobierna el mundo. El dogma de que la mercancía es inmediatamente dinero, o de que el trabajo particular del individuo privado contenido en ella es inmediatamente trabajo social, no se vuelve verdadero, naturalmente, porque un banco crea en él y opere de acuerdo con él. La bancarrota se encargaría más bien, en ese caso, del papel de la crítica práctica. Lo que en Gray permanece escondido, y sobre todo oculto a él mismo, a saber, que el dinero-trabajo es una frase de sonido económico para el piadoso deseo de librarse del dinero, con el dinero del valor de cambio, con el valor de cambio de la mercancía y con la mercancía de la forma burguesa de la producción, lo dicen sin rodeos algunos socialistas ingleses que escribieron en parte antes y en parte después de Gray.73 Pero al señor Proudhon y a su escuela les estaba reservado predicar seriamente la degradación del dinero y la ascensión a los cielos de la mercancía como núcleo del socialismo, y disolver así el socialismo en un malentendido elemental sobre la conexión necesaria entre la mercancía y el dinero.74

2. Medio de circulación

Una vez que la mercancía ha recibido en el proceso de fijación de precios su forma apta para circular, y el oro su carácter de dinero, la circulación expondrá y a la vez resolverá las contradicciones que encerraba el proceso de intercambio de las mercancías. El intercambio real de las mercancías, es decir, el metabolismo social, se lleva a cabo en un cambio de forma en el que se despliega la doble naturaleza de la mercancía como valor de uso y valor de cambio, pero en el que su propio cambio de forma cristaliza a la vez en determinadas formas del dinero. Exponer este cambio de forma es exponer la circulación. Así como vimos que la mercancía solo es valor de cambio desarrollado cuando se presupone un mundo de mercancías y, con él, una división del trabajo efectivamente desarrollada, la circulación presupone actos de intercambio por todas partes y el flujo constante de su renovación. El segundo presupuesto es que las mercancías entren en el proceso de intercambio como mercancías de precio determinado, o que dentro de él aparezcan unas para otras como existencias dobles: realmente, como valores de uso; idealmente, en el precio, como valores de cambio.

En las calles más concurridas de Londres se apiñan tienda tras tienda, y tras sus ojos huecos de cristal resplandecen todas las riquezas del mundo: chales indios, revólveres americanos, porcelana china, corsés de París, pieles rusas y especias tropicales; pero todas estas cosas tan mundanas llevan en la frente unas fatales etiquetas blanquecinas de papel, en las que hay grabadas cifras arábigas con los lacónicos caracteres £, s., d. Esa es la imagen de la mercancía tal como aparece en la circulación.

a) La metamorfosis de las mercancías

Mirado más de cerca, el proceso de circulación muestra dos formas distintas de ciclo. Si llamamos W a la mercancía y G al dinero,75 podemos expresar esas dos formas así:

W-G-W
G-W-G

En este apartado nos ocupa exclusivamente la primera forma, es decir, la forma inmediata de la circulación de mercancías.

El ciclo W-G-W se descompone en el movimiento W-G, cambio de mercancía por dinero, o venta; en el movimiento opuesto G-W, cambio de dinero por mercancía, o compra; y en la unidad de ambos movimientos W-G-W, cambio de mercancía por dinero para cambiar dinero por mercancía, o vender para comprar. Pero como resultado, en el que el proceso se extingue, queda W-W, cambio de mercancía por mercancía, el metabolismo real.

W-G-W, si se parte del extremo de la primera mercancía, representa su transformación en oro y su retransformación de oro en mercancía; o un movimiento en el que la mercancía existe primero como valor de uso particular, luego se despoja de esa existencia, adquiere una existencia como valor de cambio o equivalente general desligada de toda conexión con su modo natural de ser, se despoja otra vez de ella y queda finalmente como valor de uso real para necesidades singulares. En esta última forma sale de la circulación y cae en el consumo. El conjunto de la circulación W-G-W es, por tanto, ante todo la serie completa de metamorfosis que recorre cada mercancía singular para convertirse en valor de uso inmediato para su poseedor. La primera metamorfosis se cumple en la primera mitad de la circulación, W-G; la segunda, en la otra mitad, G-W; y la circulación entera forma el curriculum vitae de la mercancía. Pero la circulación W-G-W solo es metamorfosis completa de una mercancía singular siendo a la vez suma de determinadas metamorfosis unilaterales de otras mercancías, pues cada metamorfosis de la primera mercancía es su transformación en otra mercancía y, por tanto, transformación de la otra mercancía en ella; es, pues, una transformación bilateral, que se cumple en el mismo estadio de la circulación. Debemos considerar primero por separado cada uno de los dos procesos de intercambio en que se descompone la circulación W-G-W.

W-G, o venta. W, la mercancía, entra en el proceso de circulación no solo como valor de uso particular, por ejemplo como una tonelada de hierro, sino como valor de uso de precio determinado, digamos de 3 £ 17 s. 10½ d., o una onza de oro. Este precio, a la vez que es el exponente de la cantidad de tiempo de trabajo contenida en el hierro, es decir, de su magnitud de valor, expresa el piadoso deseo del hierro de convertirse en oro, es decir, de dar al tiempo de trabajo contenido en él la forma del tiempo de trabajo social general. Si esta transubstanciación no se logra, la tonelada de hierro deja de ser no solo mercancía, sino producto, pues solo es mercancía porque no es valor de uso para su poseedor; o sea, el trabajo de este solo es trabajo real como trabajo útil para otros, y solo es útil para él como trabajo general abstracto. La tarea del hierro, o de su poseedor, es, por tanto, encontrar el punto del mundo de las mercancías donde el hierro atrae al oro. Pero esta dificultad, el salto mortale de la mercancía, queda superada si la venta se produce efectivamente, como aquí se supone al analizar la circulación simple. Al realizarse la tonelada de hierro como valor de uso mediante su alienación, es decir, mediante su paso de la mano en la que no es valor de uso a la mano en la que lo es, realiza a la vez su precio y se convierte de oro meramente representado en oro real. En lugar del nombre «onza de oro», o «3 £ 17 s. 10½ d.», ha entrado ahora una onza de oro real, pero la tonelada de hierro ha dejado libre el sitio. Con la venta W-G no solo se transforma realmente en oro la mercancía que en su precio estaba transformada idealmente en oro, sino que, por el mismo proceso, el oro, que como medida de los valores solo era oro ideal y de hecho solo figuraba como nombre monetario de las propias mercancías, se transforma en dinero real.76 Así como se convirtió idealmente en equivalente general porque todas las mercancías medían en él sus valores, ahora, como producto de la alienación general de las mercancías a cambio de él (y la venta W-G es el proceso de esa alienación general), se convierte en la mercancía absolutamente alienable, en dinero real. Pero el oro solo se convierte realmente en dinero en la venta porque los valores de cambio de las mercancías ya eran idealmente oro en los precios.

En la venta W-G, igual que en la compra G-W, se enfrentan dos mercancías, unidades de valor de cambio y valor de uso; pero en la mercancía su valor de cambio solo existe idealmente, como precio, mientras que en el oro, aunque él mismo sea un valor de uso real, su valor de uso solo existe como soporte del valor de cambio y, por tanto, solo como valor de uso formal, no referido a ninguna necesidad individual real. La oposición entre valor de uso y valor de cambio se reparte, pues, polarmente entre los dos extremos de W-G, de modo que la mercancía es, frente al oro, valor de uso que tiene que realizar primero en el oro su valor de cambio ideal, el precio, mientras que el oro es, frente a la mercancía, valor de cambio que solo en la mercancía materializa su valor de uso formal. Solo mediante este desdoblamiento de la mercancía en mercancía y oro, y mediante la relación, de nuevo doble y opuesta, en la que cada extremo es idealmente lo que su contrario es realmente, y es realmente lo que su contrario es idealmente; solo, pues, mediante la representación de las mercancías como opuestos polares bilaterales, se resuelven las contradicciones contenidas en su proceso de intercambio.

Hasta aquí hemos considerado W-G como venta, transformación de mercancía en dinero. Pero si nos ponemos del lado del otro extremo, el mismo proceso aparece más bien como G-W, como compra, como transformación de dinero en mercancía. La venta es necesariamente a la vez su contrario, compra: lo uno si se mira el proceso desde un lado, lo otro si se mira desde el otro. O bien, en la realidad, el proceso solo se distingue porque en W-G la iniciativa parte del extremo de la mercancía o del vendedor, y en G-W del extremo del dinero o del comprador. Así pues, al presentar la primera metamorfosis de la mercancía, su transformación en dinero, como resultado de haber recorrido el primer estadio de la circulación, W-G, suponemos al mismo tiempo que otra mercancía se ha transformado ya en dinero y se encuentra, por tanto, ya en el segundo estadio de la circulación, G-W. Caemos así en un círculo vicioso de presupuestos. La circulación misma es ese círculo vicioso. Si no consideramos G en W-G como metamorfosis ya realizada de otra mercancía, sacamos el acto de intercambio del proceso de circulación. Pero fuera de este desaparece la forma W-G, y solo quedan frente a frente dos W distintas, digamos hierro y oro, cuyo intercambio no es un acto particular de la circulación, sino del trueque inmediato. En la fuente de su producción, el oro es mercancía como cualquier otra. Su valor relativo y el del hierro, o el de cualquier otra mercancía, se manifiestan aquí en las cantidades en que se intercambian recíprocamente. Pero en el proceso de circulación esta operación está presupuesta: en los precios de las mercancías ya viene dado el valor propio del oro. Nada puede ser, por tanto, más erróneo que la idea de que dentro del proceso de circulación el oro y la mercancía entran en la relación del trueque inmediato y de que, por tanto, su valor relativo se determina por su intercambio como simples mercancías. Si parece que en el proceso de circulación el oro se cambia por mercancías como simple mercancía, esa apariencia nace sencillamente de que, en los precios, una cantidad determinada de mercancía ya está equiparada a una cantidad determinada de oro, es decir, ya está referida al oro como dinero, como equivalente general, y es por eso inmediatamente intercambiable con él. En la medida en que el precio de una mercancía se realiza en el oro, ella se cambia por él como mercancía, como materialización particular del tiempo de trabajo; pero en la medida en que lo que se realiza en él es su precio, se cambia por él como dinero y no como mercancía, es decir, como materialización general del tiempo de trabajo. Pero en ambos aspectos la cantidad de oro por la que se cambia la mercancía dentro del proceso de circulación no la determina el intercambio, sino que el intercambio lo determina el precio de la mercancía, es decir, su valor de cambio estimado en oro.77

Dentro del proceso de circulación, el oro aparece en cada mano como resultado de la venta W-G. Pero como W-G, la venta, es a la vez G-W, la compra, resulta que, mientras W, la mercancía de la que parte el proceso, cumple su primera metamorfosis, la otra mercancía, la que se le enfrenta como extremo G, cumple su segunda metamorfosis y recorre, por tanto, la segunda mitad de la circulación, mientras la primera se encuentra todavía en la primera mitad de su curso.

Como resultado del primer proceso de la circulación, la venta, se obtiene el punto de partida del segundo: el dinero. En lugar de la mercancía en su primera forma ha entrado su equivalente de oro. Este resultado puede formar de momento un punto de reposo, pues la mercancía posee en esta segunda forma una existencia propia y duradera. La mercancía, que en manos de su poseedor no era valor de uso, existe ahora en una forma siempre utilizable, por ser siempre intercambiable, y depende de las circunstancias cuándo y en qué punto de la superficie del mundo de las mercancías vuelva a entrar en la circulación. Su crisálida de oro forma una etapa independiente de su vida, en la que puede detenerse más o menos tiempo. Mientras que en el trueque el intercambio de un valor de uso particular está ligado inmediatamente al intercambio de otro valor de uso particular, el carácter general del trabajo que pone valor de cambio aparece en la separación y en la indiferente disociación de los actos de compra y venta.

G-W, la compra, es el movimiento inverso de W-G y a la vez la segunda metamorfosis, o metamorfosis final, de la mercancía. Como oro, o en su existencia como equivalente general, la mercancía es inmediatamente representable en los valores de uso de todas las demás mercancías, que en sus precios aspiran todas al oro como a su más allá, pero que a la vez indican la nota en que debe sonar para que sus cuerpos, los valores de uso, salten al lado del dinero, y su alma, el valor de cambio, al oro mismo. El producto general de la alienación de las mercancías es la mercancía absolutamente alienable. Para la transformación del oro en mercancía no existe ya ningún límite cualitativo, sino solo uno cuantitativo: el límite de su propia cantidad o magnitud de valor. «Con dinero contante todo se consigue.» Mientras que en el movimiento W-G la mercancía, al enajenarse como valor de uso, realiza su propio precio y el valor de uso del dinero ajeno, en el movimiento G-W, al enajenarse como valor de cambio, realiza su propio valor de uso y el precio de la otra mercancía. Si la mercancía, al realizar su precio, transforma a la vez el oro en dinero real, con su retransformación transforma el oro en su propia existencia monetaria, meramente evanescente. Como la circulación de mercancías presupone una división del trabajo desarrollada, es decir, una multiplicidad de necesidades del individuo en proporción inversa a la unilateralidad de su producto, la compra G-W tan pronto se presentará como una ecuación con un solo equivalente en mercancía como se fragmentará en una serie de equivalentes en mercancías, circunscrita ahora por el círculo de las necesidades del comprador y por la cuantía de su suma de dinero. Así como la venta es a la vez compra, la compra es a la vez venta, G-W es a la vez W-G; pero aquí la iniciativa corresponde al oro, o al comprador.

Si volvemos ahora a la circulación completa W-G-W, se ve que en ella una mercancía recorre la serie completa de sus metamorfosis. Pero al mismo tiempo, mientras ella inicia la primera mitad de la circulación y cumple la primera metamorfosis, una segunda mercancía entra en la segunda mitad de la circulación, cumple su segunda metamorfosis y sale de la circulación; y, a la inversa, la primera mercancía entra en la segunda mitad de la circulación, cumple su segunda metamorfosis y sale de la circulación, mientras una tercera mercancía entra en la circulación, recorre la primera mitad de su curso y cumple la primera metamorfosis. La circulación completa W-G-W, como metamorfosis completa de una mercancía, es, pues, siempre a la vez el final de la metamorfosis completa de una segunda mercancía y el comienzo de la metamorfosis completa de una tercera; es, por tanto, una serie sin principio ni fin. Para mayor claridad, y para distinguir las mercancías, designemos W de modo distinto en los dos extremos, por ejemplo W'-G-W''. En efecto, el primer eslabón, W'-G, supone G como resultado de otro W-G; no es, pues, sino el último eslabón de W-G-W', mientras que el segundo eslabón, G-W'', es en su resultado W''-G y se presenta, por tanto, él mismo como primer eslabón de W''-G-W''', y así sucesivamente. Se ve además que el último eslabón, G-W, aunque G sea resultado de una sola venta, puede presentarse como G-W' + G-W'' + G-W''' + etc., etc., es decir, puede fragmentarse en una masa de compras, o sea, en una masa de ventas, o sea, en una masa de primeros eslabones de nuevas metamorfosis completas de mercancías. Si la metamorfosis completa de una mercancía singular se presenta así como eslabón no solo de una cadena de metamorfosis sin principio ni fin, sino de muchas cadenas de este tipo, el proceso de circulación del mundo de las mercancías, como cada mercancía singular recorre la circulación W-G-W, se presenta como una maraña infinitamente enredada de cadenas de este movimiento, que en puntos infinitamente distintos termina siempre y siempre vuelve a empezar. Pero cada venta o compra singular subsiste a la vez como un acto indiferente y aislado, cuyo acto complementario puede estar separado de él en el tiempo y en el espacio y no necesita, por tanto, enlazarse inmediatamente con él como su continuación. Como cada proceso particular de circulación, W-G o G-W, en cuanto transformación de una mercancía en valor de uso y de la otra en dinero, en cuanto primer y segundo estadio de la circulación, forma hacia ambos lados un punto de reposo independiente, y como, por otra parte, todas las mercancías inician su segunda metamorfosis en la figura que les es común, la del equivalente general, el oro, y se sitúan en el punto de partida de la segunda mitad de la circulación, en la circulación real un G-W cualquiera se encadena a un W-G cualquiera: el segundo capítulo de la vida de una mercancía, al primer capítulo de la vida de otra. A, por ejemplo, vende hierro por 2 £; cumple, pues, W-G, o la primera metamorfosis de la mercancía hierro, pero aplaza la compra para más adelante. Al mismo tiempo B, que catorce días antes había vendido 2 quarters de trigo por 6 £, compra con esas mismas 6 £ una levita y unos pantalones en Moses e Hijo;78 cumple, pues, G-W, o la segunda metamorfosis de la mercancía trigo. Estos dos actos, G-W y W-G, aparecen aquí solo como eslabones de una cadena porque en G, en el oro, una mercancía tiene el mismo aspecto que otra, y en el oro no se puede reconocer si es hierro metamorfoseado o trigo metamorfoseado. En el proceso real de circulación, W-G-W se presenta, pues, como una yuxtaposición y una sucesión infinitamente fortuitas de eslabones abigarrados de distintas metamorfosis completas. El proceso real de circulación no aparece, por tanto, como metamorfosis completa de la mercancía, como su movimiento a través de fases opuestas, sino como mero agregado de muchas compras y ventas que corren fortuitamente unas junto a otras o se siguen unas a otras. La determinación formal del proceso queda así borrada, y tanto más completamente cuanto que cada acto singular de circulación, por ejemplo la venta, es a la vez su contrario, la compra, y viceversa. Por otra parte, el proceso de circulación es el movimiento de las metamorfosis del mundo de las mercancías y tiene que reflejarlas también en su movimiento de conjunto. Cómo las refleja, lo veremos en el apartado siguiente. Aquí solo cabe observar que en W-G-W los dos extremos W no están en la misma relación formal con G. La primera W se comporta como mercancía particular respecto del dinero como mercancía general, mientras que el dinero, como mercancía general, se comporta respecto de la segunda W como mercancía singular. W-G-W puede reducirse, por tanto, en términos lógicos abstractos, a la forma silogística B-A-E,79 en la que la particularidad forma el primer extremo, la universalidad el término medio que une y la singularidad el último extremo.

Los poseedores de mercancías entraron en el proceso de circulación simplemente como guardianes de mercancías. Dentro de él se enfrentan en la forma opuesta de comprador y vendedor, el uno pan de azúcar personificado, el otro dinero personificado. Y así como el pan de azúcar se convierte en oro, el vendedor se convierte en comprador. Estos caracteres sociales determinados no nacen, pues, en modo alguno de la individualidad humana en general, sino de las relaciones de intercambio entre hombres que producen sus productos en la forma determinada de la mercancía. Tan poco son relaciones puramente individuales las que se expresan en la relación entre comprador y vendedor, que ambos solo entran en esta relación en la medida en que se niega su trabajo individual, a saber, en la medida en que se convierte en dinero como trabajo de ningún individuo. Por tanto, si es una necedad concebir estos caracteres económicos burgueses de comprador y vendedor como formas sociales eternas de la individualidad humana, igual de equivocado es lamentarlos como abolición de la individualidad.80 Son manifestación necesaria de la individualidad sobre la base de un estadio determinado del proceso social de producción. En la oposición entre comprador y vendedor, además, la naturaleza antagónica de la producción burguesa se expresa todavía de un modo tan superficial y formal que esa oposición pertenece también a formas de sociedad preburguesas, pues solo exige que los individuos se relacionen entre sí como poseedores de mercancías.

Si consideramos ahora el resultado de W-G-W, este se reduce al metabolismo W-W. Se ha cambiado mercancía por mercancía, valor de uso por valor de uso, y el devenir dinero de la mercancía, o la mercancía como dinero, solo sirve para mediar ese metabolismo. El dinero aparece así como mero medio de cambio de las mercancías, pero no como medio de cambio en general, sino como medio de cambio caracterizado por el proceso de circulación, es decir, como medio de circulación.81

Del hecho de que el proceso de circulación de las mercancías se extinga en W-W y parezca, por tanto, mero trueque mediado por el dinero, o de que W-G-W no solo se descomponga en dos procesos aislados, sino que represente a la vez su unidad en movimiento, querer concluir que solo existe la unidad y no la separación entre compra y venta es una manera de pensar cuya crítica corresponde a la lógica y no a la economía. Así como la separación entre compra y venta en el proceso de intercambio rompe las barreras locales y naturales, piadosas por herencia y bonachonamente necias, del metabolismo social, es a la vez la forma general del desgarramiento de sus momentos, que se pertenecen mutuamente, y de su fijación de unos frente a otros; en una palabra, la posibilidad general de las crisis comerciales, pero solo porque la oposición entre mercancía y dinero es la forma abstracta y general de todas las oposiciones contenidas en el trabajo burgués. Por eso puede haber circulación de dinero sin crisis, pero no puede haber crisis sin circulación de dinero. Lo cual solo quiere decir que allí donde el trabajo basado en el intercambio privado no ha llegado siquiera a la formación del dinero, menos aún puede, naturalmente, producir fenómenos que presuponen el pleno desarrollo del proceso burgués de producción. Puede medirse por ello la hondura de la crítica que pretende eliminar los «males» de la producción burguesa aboliendo el «privilegio» de los metales preciosos e implantando un llamado «sistema monetario racional». Como muestra, por otra parte, de apologética economicista bastará un giro que tiene fama de extraordinariamente agudo. James Mill, el padre del conocido economista inglés John Stuart Mill, dice:

«Nunca puede haber escasez de compradores para todas las mercancías. Quien ofrece una mercancía en venta pide recibir a cambio una mercancía, y es, por tanto, comprador por el mero hecho de ser vendedor. Los compradores y los vendedores de todas las mercancías, tomados en conjunto, tienen que equilibrarse, pues, por una necesidad metafísica. Si hay, por tanto, más vendedores que compradores de una mercancía, tiene que haber más compradores que vendedores de otra.»82

Mill establece el equilibrio transformando el proceso de circulación en trueque inmediato, pero introduciendo de contrabando en el trueque inmediato las figuras de comprador y vendedor, tomadas del proceso de circulación. Hablando en su lenguaje confuso, en momentos en que todas las mercancías son invendibles, como por ejemplo en Londres y Hamburgo durante determinados momentos de la crisis comercial de 1857-1858, hay de hecho más compradores que vendedores de una mercancía, el dinero, y más vendedores que compradores de todo el resto del dinero, las mercancías. El equilibrio metafísico de compras y ventas se reduce a que toda compra es una venta y toda venta una compra, lo que no es gran consuelo para los guardianes de mercancías que no consiguen vender y, por tanto, tampoco comprar.83

La separación entre venta y compra hace posible, junto con el comercio propiamente dicho, una masa de transacciones ficticias antes del intercambio definitivo entre productores y consumidores de mercancías. Permite así que una masa de parásitos se introduzca en el proceso de producción y explote esa separación. Pero esto solo quiere decir, a su vez, que con el dinero como forma general del trabajo burgués está dada la posibilidad del desarrollo de sus contradicciones.

b) El curso del dinero

La circulación real se presenta ante todo como una masa de compras y ventas que corren fortuitamente unas junto a otras. Tanto en la compra como en la venta, la mercancía y el dinero se enfrentan siempre en la misma relación: el vendedor del lado de la mercancía, el comprador del lado del dinero. El dinero como medio de circulación aparece, por tanto, siempre como medio de compra, con lo cual sus distintas determinaciones en las fases opuestas de la metamorfosis de la mercancía se han vuelto irreconocibles.

El dinero pasa a manos del vendedor en el mismo acto en que la mercancía pasa a manos del comprador. Mercancía y dinero corren, pues, en sentido opuesto, y este cambio de lugar, en el que la mercancía pasa a un lado y el dinero al otro, se produce simultáneamente en un número indeterminado de puntos de toda la superficie de la sociedad burguesa. Pero el primer paso que da la mercancía en la circulación es a la vez su último paso.84 Tanto si se mueve de su sitio porque el oro es atraído por ella (W-G) como si es ella la atraída por el oro (G-W), con ese único tirón, con ese único cambio de lugar, sale de la circulación y cae en el consumo. La circulación es movimiento continuo de mercancías, pero de mercancías siempre distintas, y cada mercancía se mueve una sola vez. Ninguna mercancía inicia la segunda mitad de su circulación como la misma mercancía, sino como otra mercancía, como oro. El movimiento de la mercancía metamorfoseada es, pues, el movimiento del oro. La misma pieza de dinero, o el idéntico individuo de oro, que en el acto W-G ha cambiado una vez de lugar con una mercancía, aparece a su vez como punto de partida de G-W y cambia así de lugar por segunda vez con otra mercancía. Así como pasó de manos del comprador B a manos del vendedor A, pasa ahora de manos de A, convertido en comprador, a manos de C. El movimiento formal de una mercancía, su transformación en dinero y su retransformación a partir del dinero, o el movimiento de la metamorfosis completa de la mercancía, se presenta, pues, como el movimiento exterior de una misma pieza de dinero que cambia dos veces de lugar con dos mercancías distintas. Por fragmentadas y fortuitas que coincidan las compras y las ventas, en la circulación real a un comprador siempre se le enfrenta un vendedor, y el dinero que ocupa el lugar de la mercancía vendida tiene que haber cambiado ya una vez de lugar con otra mercancía antes de llegar a manos del comprador. Por otra parte, tarde o temprano vuelve a pasar de manos del vendedor convertido en comprador a las de un nuevo vendedor, y en esa repetición frecuente de su cambio de lugar expresa el encadenamiento de las metamorfosis de las mercancías. Las mismas piezas de dinero avanzan, pues, siempre en sentido opuesto al de las mercancías movidas, unas con más frecuencia, otras con menos, de un lugar de la circulación a otro, y describen así un arco de circulación más largo o más corto. Estos distintos movimientos de una misma pieza de dinero solo pueden sucederse en el tiempo, así como, a la inversa, la multiplicidad y la fragmentación de las compras y las ventas aparecen en el cambio de lugar único, simultáneo y espacialmente paralelo, de mercancías y dinero.

La circulación de mercancías W-G-W en su forma simple se cumple con el paso del dinero de manos del comprador a las del vendedor, y de manos del vendedor convertido en comprador a las de un nuevo vendedor. Con ello termina la metamorfosis de la mercancía y, por consiguiente, el movimiento del dinero en cuanto es su expresión. Pero como continuamente se producen nuevos valores de uso como mercancías, que por tanto han de lanzarse continuamente de nuevo a la circulación, W-G-W se repite y se renueva por parte de los mismos poseedores de mercancías. El dinero que gastaron como compradores vuelve a sus manos en cuanto vuelven a aparecer como vendedores de mercancías. La renovación constante de la circulación de mercancías se refleja así en que el dinero no solo rueda constantemente de una mano a otra por toda la superficie de la sociedad burguesa, sino que describe a la vez una suma de distintos pequeños ciclos, que parten de puntos infinitamente distintos y vuelven a esos mismos puntos para repetir de nuevo el mismo movimiento.

Si el cambio de forma de las mercancías aparece como mero cambio de lugar del dinero y la continuidad del movimiento de circulación recae enteramente del lado del dinero, porque la mercancía siempre da un solo paso en sentido opuesto al del dinero, mientras que el dinero da siempre el segundo paso por la mercancía y dice B donde la mercancía ha dicho A, entonces todo el movimiento parece partir del dinero, aunque en la venta es la mercancía la que saca al dinero de su sitio y, por tanto, hace circular al dinero tanto como ella es puesta en circulación por el dinero en la compra. Como, además, el dinero se le enfrenta siempre en la misma relación, como medio de compra, pero como tal solo mueve las mercancías realizando sus precios, todo el movimiento de la circulación aparece de modo que el dinero cambia de lugar con las mercancías al realizar sus precios, ya sea en actos de circulación particulares que ocurren simultáneamente unos junto a otros, ya sea sucesivamente, al realizar la misma pieza de dinero distintos precios de mercancías uno tras otro. Si consideramos, por ejemplo, W-G-W'-G-W''-G-W''', etc., sin atender a los momentos cualitativos, que en el proceso real de circulación se vuelven irreconocibles, solo se ve la misma operación monótona. G, después de realizar el precio de W, realiza uno tras otro los precios de W', W'', etc., y las mercancías W', W'', W''', etc., ocupan siempre el lugar que el dinero abandona. El dinero parece, pues, hacer circular las mercancías al realizar sus precios. En esta función de realizar los precios circula él mismo constantemente, ora cambiando solo de lugar, ora recorriendo un arco de circulación, ora describiendo un pequeño círculo en el que coinciden el punto de partida y el punto de retorno. Como medio de circulación tiene su propia circulación. El movimiento formal de las mercancías en proceso aparece, por tanto, como movimiento propio del dinero, que media el intercambio de unas mercancías de suyo inmóviles. El movimiento del proceso de circulación de las mercancías se presenta, pues, en el movimiento del dinero como medio de circulación: en el curso del dinero.

Así como los poseedores de mercancías representaron los productos de sus trabajos privados como productos del trabajo social al transformar una cosa, el oro, en existencia inmediata del tiempo de trabajo general y, por ello, en dinero, ahora su propio movimiento por todas partes, con el que median el metabolismo de sus trabajos, se les enfrenta como movimiento peculiar de una cosa, como curso del oro. Para los poseedores de mercancías, el propio movimiento social es, por un lado, necesidad exterior y, por otro, proceso mediador meramente formal, que capacita a cada individuo para sacar de la circulación, a cambio del valor de uso que lanza a ella, otros valores de uso de la misma magnitud de valor. El valor de uso de la mercancía empieza cuando esta sale de la circulación, mientras que el valor de uso del dinero como medio de circulación es su propio circular. El movimiento de la mercancía en la circulación es solo un momento evanescente, mientras que andar sin descanso de un lado a otro dentro de ella se convierte en la función del dinero. Esta función peculiar suya dentro del proceso de circulación da al dinero como medio de circulación una nueva determinación formal, que ahora hay que desarrollar con más detalle.

Ante todo, salta a la vista que el curso del dinero es un movimiento infinitamente fragmentado, pues en él se reflejan la fragmentación infinita del proceso de circulación en compras y ventas y la indiferente disociación de las fases complementarias de la metamorfosis de las mercancías. En los pequeños ciclos del dinero, en los que coinciden el punto de partida y el punto de retorno, se muestra, sí, un movimiento que vuelve sobre sí mismo, un movimiento circular real; pero, para empezar, hay tantos puntos de partida como mercancías, y ya por su multiplicidad indeterminada estos ciclos escapan a todo control, medida y cálculo. Tampoco está determinado el tiempo que media entre el alejamiento del punto de partida y el regreso a él. Y también es indiferente que en un caso dado se describa o no un ciclo así. Ningún hecho económico es más conocido que el de que uno puede gastar dinero con una mano sin volver a recibirlo con la otra. El dinero parte de puntos infinitamente distintos y vuelve a puntos infinitamente distintos, pero la coincidencia del punto de partida y el punto de retorno es fortuita, porque en el movimiento W-G-W la retransformación del comprador en vendedor no está necesariamente condicionada. Y menos aún representa el curso del dinero un movimiento que irradie de un centro a todos los puntos de la periferia y vuelva de todos los puntos de la periferia al mismo centro. El llamado curso circular del dinero, tal como se lo imagina uno, se reduce a que en todos los puntos se ve su aparición y su desaparición, su incesante cambio de lugar. En una forma mediadora superior de la circulación del dinero, por ejemplo en la circulación de billetes de banco, veremos que las condiciones de la emisión del dinero incluyen las condiciones de su reflujo. Para la circulación simple del dinero, en cambio, es fortuito que el mismo comprador vuelva a ser vendedor. Donde se muestran en ella de manera constante movimientos circulares reales, estos no son más que reflejo de procesos de producción más profundos. Por ejemplo, el fabricante recibe el viernes dinero de su banquero, el sábado se lo paga a sus obreros, estos pagan enseguida la mayor parte a los tenderos, etc., y los tenderos se lo devuelven al banquero el lunes.

Hemos visto que el dinero, en las compras y ventas que coinciden en el espacio de manera abigarrada, realiza simultáneamente una masa dada de precios y solo cambia una vez de lugar con las mercancías. Pero, por otra parte, en la medida en que en su movimiento aparecen el movimiento de las metamorfosis completas de las mercancías y el encadenamiento de esas metamorfosis, una misma pieza de dinero realiza los precios de diferentes mercancías y efectúa así un número mayor o menor de rotaciones. Si tomamos, pues, el proceso de circulación de un país en un periodo de tiempo dado, un día por ejemplo, la masa de oro requerida para realizar los precios y, por tanto, para hacer circular las mercancías estará determinada por el doble momento de la suma total de esos precios, por un lado, y del número medio de rotaciones de las mismas piezas de oro, por otro. Este número de rotaciones, o la velocidad del curso del dinero, está determinado a su vez por la velocidad media con que las mercancías recorren las distintas fases de su metamorfosis, con que estas metamorfosis se continúan en cadena y con que las mercancías que han recorrido sus metamorfosis son sustituidas en el proceso de circulación por mercancías nuevas, o no hace sino expresarla. Así pues, mientras que en la fijación de precios el valor de cambio de todas las mercancías se transformaba idealmente en una cantidad de oro de la misma magnitud de valor, y en los dos actos aislados de circulación, G-W y W-G, la misma suma de valor existía por partida doble, de un lado en mercancía y del otro en oro, la existencia del oro como medio de circulación no está determinada por su relación aislada con las mercancías singulares en reposo, sino por su existencia en movimiento dentro del mundo de las mercancías en proceso; por su función de representar con su cambio de lugar el cambio de forma de las mercancías y, por tanto, con la velocidad de su cambio de lugar, la velocidad del cambio de forma de estas. Su presencia real en el proceso de circulación, es decir, la masa real de oro que circula, está, pues, determinada ahora por su existencia en funciones dentro del proceso de conjunto.

El presupuesto de la circulación del dinero es la circulación de mercancías, y además el dinero hace circular mercancías que tienen precios, es decir, que ya están equiparadas idealmente a cantidades determinadas de oro. En la determinación de los precios de las propias mercancías se presupone como dada la magnitud de valor de la cantidad de oro que sirve de unidad de medida, o el valor del oro. Con este presupuesto, la cantidad de oro requerida para la circulación está determinada, ante todo, por la suma total de los precios de las mercancías que hay que realizar. Pero esta suma total está determinada a su vez: 1) por el nivel de los precios, el nivel relativamente alto o bajo de los valores de cambio de las mercancías estimados en oro, y 2) por la masa de mercancías que circulan a precios determinados, es decir, por la masa de compras y ventas a precios dados.85 Si un quarter de trigo cuesta 60 s., hace falta el doble de oro para hacerlo circular, o para realizar su precio, que si solo cuesta 30 s. Para hacer circular 500 quarters a 60 s. hace falta el doble de oro que para hacer circular 250 quarters al mismo precio. Por último, para hacer circular 10 quarters a 100 s. solo hace falta la mitad de oro que para hacer circular 40 quarters a 50 s. Se sigue de ello que la cantidad de oro requerida para la circulación de mercancías puede disminuir a pesar del alza de los precios, si la masa de las mercancías puestas en circulación disminuye en mayor proporción que aumenta la suma total de los precios, y que, a la inversa, la masa de los medios de circulación puede aumentar cuando la masa de las mercancías puestas en circulación disminuye, pero su suma de precios aumenta en mayor proporción. Así, por ejemplo, excelentes investigaciones inglesas de detalle han demostrado que en Inglaterra, en los primeros estadios de una carestía de cereales, la masa del dinero circulante aumenta, porque la suma de precios de la masa de cereal disminuida es mayor de lo que era la suma de precios de la masa mayor de cereal, mientras que la circulación del resto de la masa de mercancías a sus antiguos precios continúa sin alteración durante algún tiempo. En un estadio posterior de la carestía de cereales, en cambio, la masa del dinero circulante disminuye, ya sea porque, junto al cereal, se venden menos mercancías a los antiguos precios, ya sea porque se venden tantas mercancías como antes a precios más bajos.

Pero la cantidad del dinero circulante, como hemos visto, no está determinada solo por la suma total de los precios de las mercancías que hay que realizar, sino a la vez por la velocidad con que el dinero rota o con que lleva a cabo, en un periodo de tiempo dado, la tarea de esa realización. Si el mismo soberano hace en un mismo día diez compras, cada vez de una mercancía cuyo precio es un soberano, y cambia, por tanto, diez veces de mano, hace exactamente la misma tarea que 10 soberanos que solo rotaran una vez al día cada uno.86 La velocidad en el curso del oro puede, pues, sustituir su cantidad; o sea, la existencia del oro en el proceso de circulación no está determinada solo por su existencia como equivalente junto a la mercancía, sino también por su existencia dentro del movimiento de la metamorfosis de las mercancías. Sin embargo, la velocidad del curso del dinero solo sustituye su cantidad hasta cierto grado, ya que en cada momento dado coinciden en el espacio compras y ventas infinitamente fragmentadas.

Si los precios totales de las mercancías circulantes aumentan, pero en menor proporción de lo que crece la velocidad del curso del dinero, la masa de los medios de circulación disminuirá. Si, a la inversa, la velocidad de la circulación disminuye en mayor proporción de lo que baja el precio total de la masa de mercancías circulante, la masa de los medios de circulación aumentará. Aumento de la cantidad de medios de circulación con precios en baja general, disminución de la cantidad de medios de circulación con precios en alza general: es uno de los fenómenos mejor comprobados de la historia de los precios de las mercancías. Pero las causas que producen un alza del nivel de los precios y, al mismo tiempo, un alza aún mayor del grado de velocidad del curso del dinero, así como el movimiento inverso, quedan fuera del examen de la circulación simple. A modo de ejemplo puede indicarse que, entre otras cosas, en épocas de predominio del crédito la velocidad del curso del dinero crece más deprisa que los precios de las mercancías, mientras que con el crédito en retroceso los precios de las mercancías bajan más despacio que la velocidad de la circulación. El carácter superficial y formal de la circulación simple del dinero se muestra precisamente en que todos los momentos que determinan el número de los medios de circulación, como la masa de las mercancías circulantes, los precios, el alza o la baja de los precios, el número de compras y ventas simultáneas y la velocidad del curso del dinero, dependen del proceso de metamorfosis del mundo de las mercancías, que a su vez depende del carácter de conjunto del modo de producción, del volumen de la población, de la relación entre ciudad y campo, del desarrollo de los medios de transporte, de una mayor o menor división del trabajo, del crédito, etc.; en suma, de circunstancias que se encuentran todas fuera de la circulación simple del dinero y que en ella no hacen sino reflejarse.

Supuesta la velocidad de la circulación, la masa de los medios de circulación está, pues, determinada sencillamente por los precios de las mercancías. Los precios no son, por tanto, altos o bajos porque circule más o menos dinero, sino que circula más o menos dinero porque los precios son altos o bajos. Es esta una de las leyes económicas más importantes, y su demostración en detalle a través de la historia de los precios de las mercancías constituye quizá el único mérito de la economía inglesa posterior a Ricardo. Si la experiencia muestra ahora que el nivel de la circulación metálica, o la masa del oro o la plata circulantes en un país determinado, está expuesto, ciertamente, a bajamares y pleamares temporales, y a veces a bajamares y pleamares muy violentas,87 pero que en conjunto se mantiene igual durante periodos prolongados, y que las desviaciones respecto del nivel medio solo llegan a ser débiles oscilaciones, este fenómeno se explica sencillamente por la naturaleza opuesta de las circunstancias que determinan la masa del dinero circulante. Su modificación simultánea paraliza su efecto y lo deja todo como estaba.

La ley de que, dadas la velocidad de curso del dinero y la suma de precios de las mercancías, la cantidad del medio circulante está determinada, puede expresarse también diciendo que, dados los valores de cambio de las mercancías y la velocidad media de sus metamorfosis, la cantidad del oro circulante depende de su propio valor. Si el valor del oro, es decir, el tiempo de trabajo requerido para producirlo, aumentara o disminuyera, los precios de las mercancías bajarían o subirían en proporción inversa, y a esa alza o baja general de los precios correspondería, con la misma velocidad de curso, una masa mayor o menor del oro requerido para hacer circular la misma masa de mercancías. El mismo cambio tendría lugar si la antigua medida de los valores fuera desplazada por un metal de más o de menos valor. Así, cuando Holanda, por delicada consideración hacia los acreedores del Estado y por temor a los efectos de los descubrimientos de California y Australia, sustituyó el dinero de oro por dinero de plata,88 necesitó de 14 a 15 veces más plata de lo que antes necesitaba de oro para hacer circular la misma masa de mercancías.

De la dependencia de la cantidad de oro circulante respecto de la suma cambiante de los precios de las mercancías y de la velocidad cambiante de la circulación se sigue que la masa de los medios de circulación metálicos tiene que ser capaz de contraerse y de expandirse; en suma, que, según las necesidades del proceso de circulación, el oro tiene que entrar unas veces en él como medio de circulación y otras veces salir de él. Cómo realiza el propio proceso de circulación estas condiciones, lo veremos más adelante.

c) La moneda. El signo de valor

El oro, en su función de medio de circulación, adquiere una hechura propia: se convierte en moneda. Para que su curso no se vea frenado por dificultades técnicas, se acuña conforme al patrón del dinero de cuenta. Las piezas de oro cuya efigie y figura indican que contienen las partes de peso de oro representadas en los nombres de cuenta del dinero, libra esterlina, chelín, etc., son monedas. Lo mismo que la fijación del precio de acuñación, la tarea técnica de la acuñación corresponde al Estado. Igual que como dinero de cuenta, el dinero adquiere como moneda un carácter local y político: habla distintas lenguas nacionales y viste distintos uniformes nacionales. La esfera en la que el dinero corre como moneda se separa, por tanto, como circulación interior de mercancías, circunscrita por las fronteras de una comunidad, de la circulación general del mundo de las mercancías.

Sin embargo, el oro en lingotes y el oro amonedado no se distinguen más que por su nombre de moneda y su nombre de peso. Lo que en este último caso era diferencia de nombre aparece ahora como mera diferencia de figura. La moneda de oro puede echarse al crisol y volver a convertirse así en oro sans phrase, igual que, a la inversa, basta con enviar el lingote de oro a la Casa de la Moneda para que reciba la forma de moneda. La transformación y la retransformación de una figura en otra aparecen como una operación puramente técnica.

Por 100 libras, o 1.200 onzas troy, de oro de 22 quilates se obtienen de la Casa de la Moneda inglesa 4.672½ libras esterlinas, o soberanos de oro; y si se ponen estos soberanos en un platillo de la balanza y 100 libras de oro en lingotes en el otro, pesan exactamente lo mismo, con lo que queda demostrado que el soberano no es otra cosa que la parte de peso de oro indicada con ese nombre en el precio de acuñación inglés, con figura y cuño propios. Los 4.672½ soberanos de oro se lanzan a la circulación desde distintos puntos y, atrapados por ella, efectúan en un día un número determinado de rotaciones, unos soberanos más, otros menos. Si el número medio de rotaciones diarias de cada onza fuera 10, las 1.200 onzas de oro realizarían una suma total de precios de mercancías por valor de 12.000 onzas, o 46.725 soberanos. Por muchas vueltas que se dé a una onza de oro, nunca pesará 10 onzas de oro. Pero aquí, en el proceso de circulación, 1 onza pesa de hecho 10 onzas. La existencia de la moneda dentro del proceso de circulación es igual a la cantidad de oro contenida en ella multiplicada por el número de sus rotaciones. Además de su existencia real como pieza de oro singular de un peso determinado, la moneda adquiere, pues, una existencia ideal que nace de su función. Sin embargo, ya rote el soberano una vez o diez, en cada compra o venta singular actúa solo como un soberano singular. Pasa como con un general que el día de la batalla, apareciendo a tiempo en 10 puntos distintos, sustituye a 10 generales, pero en cada punto es el mismo e idéntico general. La idealización del medio de circulación, que en el curso del dinero nace de sustituir la cantidad por la velocidad, solo afecta a la existencia funcional de la moneda dentro del proceso de circulación, pero no alcanza a la existencia de la pieza de dinero singular.

El curso del dinero, sin embargo, es movimiento exterior, y el soberano, aunque non olet,89 anda en compañía muy variada. En el roce con toda clase de manos, bolsas, bolsillos, monederos, faltriqueras, talegos, cajas y cajones, la moneda se desgasta, deja colgado aquí un átomo de oro, allá otro, y con el desgaste de su andar por el mundo pierde cada vez más de su contenido interior. Al usarse, se gasta. Detengamos al soberano en un momento en que su carácter natural de metal fino solo parece atacado todavía levemente.

«Un panadero que hoy recibe del banco un soberano flamante, recién acuñado, y mañana se lo paga al molinero, no le paga el mismo soberano verdadero (veritable); es más ligero que cuando lo recibió.»90

«Es evidente que la moneda, por la naturaleza misma de las cosas, tiene que depreciarse pieza a pieza continuamente, por el mero efecto del desgaste ordinario e inevitable. Es una imposibilidad física excluir por completo de la circulación las monedas ligeras en ningún momento, aunque sea por un solo día.»91

Jacob calcula que, de los 380 millones de libras esterlinas que existían en Europa en 1809, en 1829, es decir, en un periodo de 20 años, 19 millones de libras esterlinas habían desaparecido por completo por el desgaste.92 Así pues, igual que la mercancía, al primer paso que da en la circulación, sale de ella, la moneda, tras unos cuantos pasos en la circulación, representa más contenido metálico del que tiene. Cuanto más tiempo corre la moneda a igual velocidad de circulación, o cuanto más viva se vuelve su circulación en el mismo periodo de tiempo, tanto más se desprende su existencia como moneda de su existencia de oro o de plata. Lo que queda es magni nominis umbra.93 El cuerpo de la moneda ya no es más que una sombra. Si originariamente el proceso la volvía más pesada, ahora la vuelve más ligera, pero ella sigue valiendo en cada compra o venta singular como la cantidad original de oro. El soberano sigue cumpliendo, como soberano aparente, como oro aparente, la función de la pieza de oro legítima. Mientras que otros seres pierden su idealismo al rozarse con el mundo exterior, la moneda se idealiza con la práctica, se transforma en mera existencia aparente de su cuerpo de oro o de plata. Esta segunda idealización del dinero metálico, causada por el propio proceso de circulación, o la separación entre su contenido nominal y su contenido real, la explotan, unas veces los gobiernos y otras los aventureros privados, en falsificaciones de moneda de la más variada especie. Toda la historia de la moneda desde comienzos de la Edad Media hasta bien entrado el siglo XVIII se resuelve en la historia de estas falsificaciones bilaterales y antagónicas, y la colección en muchos volúmenes de los economistas italianos de Custodi94 gira en buena parte en torno a este punto.

Pero la existencia aparente del oro dentro de su función entra en conflicto con su existencia real. Una moneda de oro ha perdido en el curso más de su contenido metálico, otra menos, y por eso un soberano vale ahora de hecho más que otro. Pero como en su existencia funcional como moneda valen lo mismo, y el soberano que es 1/4 de onza no vale más que el soberano que solo parece 1/4 de onza, los soberanos de peso completo son sometidos en parte, en manos de poseedores sin escrúpulos, a operaciones quirúrgicas, y en ellos se lleva a cabo artificialmente lo que el curso mismo hizo de modo natural con sus hermanos ligeros. Se los recorta y se los lima, y su grasa de oro sobrante va a parar al crisol. Si 4.672½ soberanos de oro, puestos en un platillo de la balanza, solo pesaran ya por término medio 800 onzas en lugar de 1.200, llevados al mercado del oro solo comprarían ya 800 onzas de oro, o bien el precio de mercado del oro subiría por encima de su precio de acuñación. Toda pieza de dinero, aunque fuese de peso completo, valdría menos en su forma de moneda que en su forma de lingote. Los soberanos de peso completo serían retransformados en su forma de lingote, en la que más oro tiene más valor que menos oro. En cuanto esta caída por debajo del contenido metálico hubiera alcanzado a un número suficiente de soberanos para provocar un alza persistente del precio de mercado del oro por encima de su precio de acuñación, los nombres de cuenta de la moneda seguirían siendo los mismos, pero en adelante indicarían una cantidad menor de oro. En otras palabras, el patrón del dinero cambiaría, y en adelante el oro se acuñaría conforme a ese nuevo patrón. Con su idealización como medio de circulación, el oro habría modificado de rechazo las proporciones fijadas por ley en que era patrón de los precios. La misma revolución se repetiría al cabo de cierto tiempo, y así el oro estaría sometido a un cambio constante tanto en su función de patrón de los precios como en la de medio de circulación, de modo que el cambio en una de las formas provocaría el cambio en la otra, y viceversa. Esto explica el fenómeno, ya mencionado, de que en la historia de todos los pueblos modernos el mismo nombre monetario haya quedado para un contenido metálico cada vez menor. La contradicción entre el oro como moneda y el oro como patrón de los precios se convierte asimismo en contradicción entre el oro como moneda y el oro como equivalente general, en cuyo carácter circula no solo dentro de las fronteras del país, sino en el mercado mundial. Como medida de los valores, el oro tuvo siempre su peso completo, porque solo servía como oro ideal. Como equivalente en el acto aislado W-G, vuelve inmediatamente de su existencia en movimiento a su existencia en reposo; pero como moneda, su sustancia natural entra en conflicto continuo con su función. No puede evitarse del todo la transformación del soberano de oro en oro aparente, pero la legislación procura impedir que se asiente como moneda retirándolo de la circulación a partir de cierto grado de merma de sustancia. Según la ley inglesa, por ejemplo, un soberano que ha perdido más de 0,747 granos de peso ya no es un soberano legal. El Banco de Inglaterra, que solo entre 1844 y 1848 pesó 48 millones de soberanos de oro, posee en la balanza para oro del señor Cotton95 una máquina que no solo percibe una diferencia de 1/100 de grano entre dos soberanos, sino que, como un ser dotado de entendimiento, despide al de peso insuficiente sobre una tabla, donde va a parar bajo otra máquina que lo sierra con crueldad oriental.

Con todo, la moneda de oro no podría circular en absoluto en estas condiciones si su curso no se limitara a determinados círculos de la circulación, dentro de cuyos límites se desgasta con menos rapidez. En la medida en que una moneda de oro vale en la circulación como un cuarto de onza mientras que ya solo pesa 1/5 de onza, se ha convertido de hecho en mero signo o símbolo de 1/20 de onza de oro, y así toda moneda de oro es transformada por el propio proceso de circulación, en mayor o menor medida, en mero signo o símbolo de su sustancia. Pero ninguna cosa puede ser su propio símbolo. Las uvas pintadas no son el símbolo de uvas reales, sino uvas aparentes. Y menos aún puede un soberano ligero ser símbolo de uno de peso completo, como tampoco un caballo enflaquecido puede ser símbolo de un caballo gordo. Como el oro se convierte, pues, en símbolo de sí mismo, pero no puede servir como símbolo de sí mismo, recibe, en los círculos de la circulación en que más deprisa se desgasta, es decir, en los círculos en que las compras y las ventas se renuevan constantemente en las proporciones más pequeñas, una existencia simbólica, de plata o de cobre, separada de su existencia de oro. Aunque no fueran las mismas piezas de oro, una proporción determinada del dinero de oro total andaría siempre como moneda en esos círculos. En esa proporción, el oro es sustituido por fichas de plata o de cobre. Así pues, mientras que solo una mercancía específica puede funcionar dentro de un país como medida de los valores y, por ello, como dinero, pueden servir como moneda distintas mercancías junto al oro. Estos medios de circulación subsidiarios, fichas de plata o de cobre por ejemplo, representan dentro de la circulación determinadas fracciones de la moneda de oro. Su propio contenido de plata o de cobre no está determinado, por tanto, por la relación de valor entre la plata y el cobre y el oro, sino que lo fija arbitrariamente la ley. Solo pueden emitirse en las cantidades en que circularían constantemente las diminutas fracciones de la moneda de oro que representan, ya sea para cambiar monedas de oro mayores, ya sea para realizar precios de mercancías igualmente pequeños. Dentro de la circulación al por menor de las mercancías, las fichas de plata y las de cobre pertenecerán a su vez a círculos particulares. Por la naturaleza de la cosa, su velocidad de curso está en proporción inversa al precio que realizan en cada compra y venta singular, o a la cuantía de la fracción de la moneda de oro que representan. Si se tiene en cuenta el enorme volumen del pequeño tráfico diario en un país como Inglaterra, la proporción relativamente insignificante de la cantidad total de monedas subsidiarias circulantes muestra la velocidad y la constancia de su curso. Por un informe parlamentario publicado hace poco vemos, por ejemplo, que en 1857 la Casa de la Moneda inglesa acuñó oro por valor de 4.859.000 £, y plata por un valor nominal de 373.000 £ y un valor metálico de 363.000 £. El importe total del oro acuñado en los diez años terminados el 31 de diciembre de 1857 fue de 55.239.000 £, y solo de 2.434.000 £ en plata. La moneda de cobre ascendió en 1857 a solo 6.720 £ de valor nominal, con un valor del cobre de 3.492 £, de las cuales 3.136 £ en peniques, 2.464 en medios peniques y 1.120 en farthings. El valor total de la moneda de cobre acuñada en los últimos diez años fue de 141.477 £ de valor nominal, con un valor metálico de 73.503 £. Así como se impide a la moneda de oro asentarse en su función de moneda mediante la determinación legal de la pérdida de metal que la desmonetiza, a las fichas de plata y de cobre se les impide, a la inversa, pasar de sus esferas de circulación a la esfera de circulación de la moneda de oro y asentarse como dinero, determinando el nivel de precio que realizan legalmente. Así, por ejemplo, en Inglaterra solo es obligatorio aceptar en pago cobre hasta un importe de 6 peniques y plata hasta un importe de 40 chelines. Si se emitieran fichas de plata y de cobre en mayores cantidades de las que exigen las necesidades de sus esferas de circulación, los precios de las mercancías no subirían por ello, sino que esas fichas se acumularían en manos de los minoristas, que al final se verían obligados a venderlas como metal. Así, en 1798 se habían acumulado monedas inglesas de cobre emitidas por particulares, por importes de 20, 30 y 50 £, en manos de tenderos que intentaron en vano volver a ponerlas en circulación y al final tuvieron que echarlas como mercancía al mercado del cobre.96

Las fichas de plata y de cobre, que representan a la moneda de oro en determinadas esferas de la circulación interior, poseen un contenido de plata y de cobre determinado por ley, pero, atrapadas por la circulación, se desgastan igual que la moneda de oro y se idealizan, conforme a la velocidad y la constancia de su curso, todavía más deprisa en meros cuerpos de sombra. Si volviera a trazarse una línea límite de pérdida de metal a partir de la cual las fichas de plata y de cobre perdieran su carácter de moneda, tendrían que ser sustituidas a su vez, dentro de determinados círculos de su propia esfera de circulación, por otro dinero simbólico, digamos hierro y plomo, y esa representación de dinero simbólico por otro dinero simbólico sería un proceso sin fin. En todos los países de circulación desarrollada, la propia necesidad del curso del dinero obliga, por tanto, a hacer el carácter de moneda de las fichas de plata y de cobre independiente de cualquier grado de pérdida de metal. Aparece con ello lo que estaba en la naturaleza de la cosa: que son símbolos de la moneda de oro no porque sean símbolos hechos de plata o de cobre, no porque tengan un valor, sino en la medida en que no lo tienen.

Cosas relativamente carentes de valor, como el papel, pueden funcionar, pues, como símbolos del dinero de oro. Que la moneda subsidiaria consista en fichas de metal, plata, cobre, etc., se debe en gran parte a que en la mayoría de los países los metales de menos valor circularon como dinero, como la plata en Inglaterra o el cobre en la antigua república romana, en Suecia, en Escocia, etc., antes de que el proceso de circulación los degradara a moneda fraccionaria y pusiera en su lugar un metal más noble. Por lo demás, está en la naturaleza de la cosa que el símbolo monetario que brota inmediatamente de la circulación metálica sea él mismo, para empezar, otra vez un metal. Así como la porción de oro que tendría que circular siempre como moneda fraccionaria es sustituida por fichas de metal, la porción de oro que la esfera de la circulación interior absorbe siempre como moneda, y que por tanto tiene que correr constantemente, puede ser sustituida por fichas sin valor. El nivel por debajo del cual nunca baja la masa de la moneda en curso viene dado en cada país por la experiencia. La diferencia, al principio imperceptible, entre el contenido nominal y el contenido metálico de la moneda metálica puede llegar así hasta la separación absoluta. El nombre monetario del dinero se desprende de su sustancia y existe fuera de ella en papelitos sin valor. Así como el valor de cambio de las mercancías cristaliza, por su proceso de intercambio, en dinero de oro, el dinero de oro se sublima en el curso en su propio símbolo: primero en la forma de la moneda de oro desgastada, luego en la forma de las monedas metálicas subsidiarias y finalmente en la forma de la ficha sin valor, del papel, del mero signo de valor.

Pero la moneda de oro solo engendró a sus suplentes, primero metálicos y luego de papel, porque, pese a su pérdida de metal, siguió funcionando como moneda. No circuló porque se desgastara, sino que se desgastó hasta volverse símbolo porque siguió circulando. Solo en la medida en que, dentro del proceso, el propio dinero de oro se convierte en mero signo de su propio valor, pueden sustituirlo meros signos de valor.

En la medida en que el movimiento W-G-W es unidad en proceso de los dos momentos W-G y G-W, que se convierten inmediatamente el uno en el otro, o en la medida en que la mercancía recorre el proceso de su metamorfosis completa, desarrolla su valor de cambio en el precio y en el dinero para suprimir enseguida esa forma y volver a ser mercancía, o más bien valor de uso. Solo llega, pues, a una independización meramente aparente de su valor de cambio. Hemos visto, por otra parte, que el oro, en la medida en que solo funciona como moneda o se encuentra constantemente en curso, de hecho solo representa el encadenamiento de las metamorfosis de las mercancías y su ser dinero meramente evanescente: solo realiza el precio de una mercancía para realizar el de otra, pero en ningún lugar aparece como existencia en reposo del valor de cambio ni como mercancía en reposo. La realidad que el valor de cambio de las mercancías adquiere en este proceso, y que el oro representa en su curso, es solo la de la chispa eléctrica. Aunque es oro real, solo funciona como oro aparente, y por eso puede ser sustituido en esta función por signos de sí mismo.

El signo de valor, digamos papel, que funciona como moneda es signo de la cantidad de oro expresada en su nombre monetario; es, pues, signo de oro. Del mismo modo que una cantidad determinada de oro no expresa de suyo una relación de valor, tampoco la expresa el signo que ocupa su lugar. En la medida en que una cantidad determinada de oro, como tiempo de trabajo objetivado, posee una magnitud de valor determinada, el signo de oro representa valor. Pero la magnitud de valor que representa depende en cada caso del valor de la cantidad de oro que representa. Frente a las mercancías, el signo de valor representa la realidad de su precio; es signum pretii,97 y solo es signo de su valor porque su valor está expresado en su precio. En el proceso W-G-W, en la medida en que se presenta como unidad meramente en proceso o como conversión inmediata de las dos metamorfosis la una en la otra (y así se presenta en la esfera de circulación en la que funciona el signo de valor), el valor de cambio de las mercancías adquiere en el precio una existencia solo ideal y en el dinero una existencia solo representada, simbólica. El valor de cambio aparece así solo como valor pensado o representado en una cosa, pero no posee realidad alguna fuera de las propias mercancías, en cuanto en ellas está objetivada una cantidad determinada de tiempo de trabajo. Parece, por tanto, que el signo de valor representa inmediatamente el valor de las mercancías, al presentarse no como signo del oro, sino como signo del valor de cambio, que en el precio solo está expresado, pero que solo existe en la mercancía. Pero esta apariencia es falsa. El signo de valor es inmediatamente solo signo de precio, es decir, signo de oro, y solo por un rodeo signo del valor de la mercancía. El oro no ha vendido su sombra, como Peter Schlemihl,98 sino que compra con su sombra. El signo de valor solo actúa, por tanto, en la medida en que, dentro del proceso, representa oro como precio de una mercancía frente a otra, o frente a cada poseedor de mercancías. Una cosa determinada relativamente carente de valor, un trozo de cuero, un papelito, etc., se convierte primero por la costumbre en signo del material monetario, pero solo se afirma como tal cuando su existencia como símbolo está garantizada por la voluntad general de los poseedores de mercancías, es decir, cuando adquiere una existencia convencional por ley y, por tanto, curso forzoso. El papel moneda del Estado con curso forzoso es la forma acabada del signo de valor, y la única forma del papel moneda que brota inmediatamente de la circulación metálica o de la propia circulación simple de mercancías. El dinero de crédito pertenece a una esfera superior del proceso social de producción y se rige por leyes completamente distintas. El papel moneda simbólico no se distingue en realidad en nada de la moneda metálica subsidiaria; solo actúa en una esfera de circulación más amplia. Si el desarrollo meramente técnico del patrón de los precios, o del precio de acuñación, y, además, la transformación exterior del oro en bruto en moneda de oro provocaban ya la intervención del Estado y, con ella, la circulación interior se separaba visiblemente de la circulación general de mercancías, esta separación se consuma con el desarrollo de la moneda en signo de valor. Como mero medio de circulación, el dinero solo puede independizarse dentro de la esfera de la circulación interior.

Nuestra exposición ha mostrado que la existencia del oro como moneda, como signo de valor desligado de la propia sustancia del oro, nace del propio proceso de circulación, no de un acuerdo ni de la intervención del Estado. Rusia ofrece un ejemplo llamativo del nacimiento natural del signo de valor. En la época en que allí servían de dinero las pieles y los cueros, la contradicción entre este material perecedero y engorroso y su función como medio de circulación creó la costumbre de sustituirlo por pequeños trozos de cuero sellado, que se convirtieron así en libranzas pagaderas en pieles y cueros. Más tarde, con el nombre de copecs, se convirtieron en meros signos de fracciones del rublo de plata, y en algunos lugares se mantuvieron en ese uso hasta 1700, cuando Pedro el Grande ordenó canjearlos por pequeñas monedas de cobre emitidas por el Estado.99 Los escritores antiguos, que solo podían observar los fenómenos de la circulación metálica, conciben ya la moneda de oro como símbolo o signo de valor. Así Platón100 y Aristóteles.101 En países sin desarrollo alguno del crédito, como China, se encuentra muy pronto papel moneda con curso forzoso.102 También los antiguos defensores del papel moneda señalan expresamente la transformación de la moneda metálica en signo de valor que nace del propio proceso de circulación. Así Benjamin Franklin103 y el obispo Berkeley.104

¿Cuántas resmas de papel, cortadas en papelitos, pueden circular como dinero? Planteada así, la pregunta sería absurda. Las fichas sin valor solo son signos de valor en la medida en que representan al oro dentro del proceso de circulación, y solo lo representan en la medida en que él mismo entraría como moneda en el proceso de circulación, en una cantidad determinada por su propio valor, si están dados los valores de cambio de las mercancías y la velocidad de sus metamorfosis. Los billetes con la denominación de 5 £ solo podrían circular en un número 5 veces menor que los billetes con la denominación de 1 £, y si todos los pagos se hicieran en billetes de un chelín, tendrían que circular 20 veces más billetes de un chelín que de una libra. Si la moneda de oro estuviera representada por billetes de distintas denominaciones, por ejemplo billetes de 5 £, de 1 £ y de 10 chelines, la cantidad de estas distintas clases de signos de valor estaría determinada no solo por la cantidad de oro necesaria para la circulación total, sino por la necesaria para el círculo de circulación de cada clase particular. Si 14 millones de libras esterlinas (esta es la hipótesis de la legislación bancaria inglesa, aunque no para la moneda, sino para el dinero de crédito) fueran el nivel por debajo del cual nunca bajara la circulación de un país, podrían circular 14 millones de billetes de papel, cada uno como signo de valor de 1 £. Si el valor del oro bajara o subiera porque hubiera bajado o subido el tiempo de trabajo requerido para producirlo, el número de billetes de una libra en circulación aumentaría o disminuiría, permaneciendo igual el valor de cambio de la misma masa de mercancías, en proporción inversa al cambio de valor del oro. Si el oro fuera sustituido por la plata como medida de los valores, si la relación de valor entre la plata y el oro fuera de 1:15 y si en adelante cada billete representara la misma cantidad de plata que antes representaba de oro, tendrían que circular en adelante, en lugar de 14 millones, 210 millones de billetes de una libra. La cantidad de los billetes de papel está determinada, pues, por la cantidad del dinero de oro que representan en la circulación, y como solo son signos de valor en la medida en que lo representan, su valor está determinado sencillamente por su cantidad. Así pues, mientras que la cantidad del oro circulante depende de los precios de las mercancías, el valor de los billetes de papel circulantes depende, a la inversa, exclusivamente de su propia cantidad.

La intervención del Estado, que emite el papel moneda con curso forzoso (y solo tratamos de esta clase de papel moneda), parece suprimir la ley económica. El Estado, que en el precio de acuñación no hacía más que dar un nombre de pila a un peso de oro determinado, y en la acuñación no hacía más que imprimir su sello en el oro, parece ahora transformar el papel en oro por la magia de su sello. Como los billetes de papel tienen curso forzoso, nadie puede impedirle meter a la fuerza en la circulación un número tan grande como quiera de ellos e imprimirles los nombres monetarios que quiera, como 1 £, 5 £ o 20 £. Es imposible echar fuera los billetes una vez que están en circulación, pues los mojones fronterizos del país frenan su curso y, además, pierden todo valor, valor de uso y valor de cambio, fuera de la circulación. Separados de su existencia funcional, se transforman en despreciables trapos de papel. Sin embargo, este poder del Estado es mera apariencia. Puede lanzar a la circulación la cantidad de billetes que quiera con los nombres monetarios que quiera, pero con ese acto mecánico termina su control. Atrapado por la circulación, el signo de valor o papel moneda cae bajo sus leyes inmanentes.

Si 14 millones de libras esterlinas fueran la suma de oro requerida para la circulación de mercancías y el Estado lanzara a la circulación 210 millones de billetes, cada uno con el nombre de 1 £, esos 210 millones se convertirían en representantes de oro por valor de 14 millones de libras esterlinas.

Sería lo mismo que si el Estado hubiera hecho de los billetes de una libra representantes de un metal 15 veces menos valioso o de una parte de peso de oro 15 veces más pequeña que antes. No habría cambiado nada más que la denominación del patrón de los precios, que naturalmente es convencional, tanto si se hace directamente, alterando la ley de la moneda, como indirectamente, aumentando los billetes de papel en el número que exige un nuevo patrón más bajo. Como el nombre libra esterlina indicaría ahora una cantidad de oro 15 veces menor, todos los precios de las mercancías subirían 15 veces, y entonces 210 millones de billetes de una libra serían de hecho tan necesarios como antes 14 millones. En la misma medida en que hubiera aumentado la suma total de los signos de valor, habría disminuido la cantidad de oro que representa cada uno de ellos. El alza de los precios sería solo la reacción del proceso de circulación, que iguala por la fuerza los signos de valor a la cantidad de oro en cuyo lugar pretenden circular.

En la historia de las falsificaciones de moneda inglesas y francesas cometidas por los gobiernos encontramos repetidamente que los precios no subieron en la proporción en que se falsificaba la moneda de plata. Sencillamente, porque la proporción en que se aumentaba la moneda no correspondía a la proporción en que se había falsificado; es decir, porque no se había emitido la masa correspondiente de la composición metálica inferior, si los valores de cambio de las mercancías habían de estimarse en adelante en ella como medida de los valores y realizarse mediante monedas correspondientes a esa unidad de medida inferior. Esto resuelve la dificultad que quedó sin resolver en el duelo entre Locke y Lowndes.105 La proporción en que el signo de valor, sea papel u oro y plata falsificados, representa pesos de oro y de plata calculados conforme al precio de acuñación no depende de su propio material, sino de su cantidad en circulación. La dificultad para comprender esta relación nace de que el dinero, en sus dos funciones de medida de los valores y de medio de circulación, está sometido a leyes no solo inversas, sino que parecen contradecir la oposición entre ambas funciones. Para su función de medida de los valores, en la que el dinero solo sirve como dinero de cuenta y el oro solo como oro ideal, todo depende del material natural. Estimados en plata, o como precios en plata, los valores de cambio se presentan naturalmente de manera muy distinta que estimados en oro, o como precios en oro. A la inversa, en su función de medio de circulación, en la que el dinero no solo es representado, sino que tiene que estar presente como una cosa real junto a las demás mercancías, su material se vuelve indiferente, mientras que todo depende de su cantidad. Para la unidad de medida es decisivo que sea una libra de oro, de plata o de cobre; mientras que el mero número hace de la moneda la realización adecuada de cualquiera de estas unidades de medida, sea cual sea su propio material. Pero contradice al sentido común que, en el dinero meramente pensado, todo dependa de su sustancia material, y en la moneda presente a los sentidos, todo dependa de una relación numérica ideal.

El alza o la baja de los precios de las mercancías con el aumento o la disminución de la masa de billetes de papel (esto último allí donde los billetes de papel constituyen el medio de circulación exclusivo) no es, pues, más que la imposición, efectuada por la fuerza por el proceso de circulación, de la ley violada mecánicamente desde fuera, según la cual la cantidad del oro circulante está determinada por los precios de las mercancías, y la cantidad de los signos de valor circulantes, por la cantidad de la moneda de oro que representan en la circulación. Por eso, por otra parte, el proceso de circulación absorbe y, por así decir, digiere cualquier masa de billetes de papel, porque el signo de valor, sea cual sea el título en oro con que entre en la circulación, queda reducido a presión dentro de ella a signo de la cantidad de oro que podría circular en su lugar.

En la circulación de los signos de valor, todas las leyes de la circulación real del dinero aparecen invertidas y puestas cabeza abajo. Mientras que el oro circula porque tiene valor, el papel tiene valor porque circula. Mientras que, dado el valor de cambio de las mercancías, la cantidad del oro circulante depende de su propio valor, el valor del papel depende de su cantidad circulante. Mientras que la cantidad del oro circulante sube o baja con el alza o la baja de los precios de las mercancías, los precios de las mercancías parecen subir o bajar con el cambio en la cantidad del papel circulante. Mientras que la circulación de mercancías solo puede absorber una cantidad determinada de moneda de oro, y por eso la contracción y la expansión alternas del dinero circulante se presentan como una ley necesaria, el papel moneda parece entrar en la circulación en cualquier volumen. Mientras que el Estado falsifica la moneda de oro y de plata, y por tanto perturba su función como medio de circulación, con solo emitir la moneda 1/100 de grano por debajo de su contenido nominal, realiza una operación completamente correcta al emitir billetes de papel sin valor, que del metal no tienen más que el nombre monetario. Mientras que la moneda de oro, a todas luces, solo representa el valor de las mercancías en la medida en que este mismo está estimado en oro o representado como precio, el signo de valor parece representar inmediatamente el valor de la mercancía. Se comprende, por tanto, por qué los observadores que estudiaron los fenómenos de la circulación del dinero de forma unilateral, en la circulación del papel moneda con curso forzoso, tenían que desconocer todas las leyes inmanentes de la circulación del dinero. De hecho, estas leyes no solo aparecen invertidas en la circulación de los signos de valor, sino borradas, porque el papel moneda, cuando se emite en la cantidad correcta, efectúa movimientos que no le son propios como signo de valor, mientras que su movimiento propio, en vez de provenir directamente de la metamorfosis de las mercancías, nace de la violación de su proporción correcta con el oro.

3. Dinero

El dinero, a diferencia de la moneda, resultado del proceso de circulación en la forma W-G-W, constituye el punto de partida del proceso de circulación en la forma G-W-G, es decir, cambiar dinero por mercancía para cambiar mercancía por dinero. En la forma W-G-W, la mercancía constituye el punto de partida y el punto final del movimiento; en la forma G-W-G, lo es el dinero. En la primera forma, el dinero media el cambio de mercancías; en la segunda, la mercancía media el devenir del dinero en dinero. El dinero, que en la primera forma aparece como mero medio, aparece en la segunda como fin último de la circulación, mientras que la mercancía, que en la primera forma aparece como fin último, aparece en la segunda como mero medio. Como el dinero mismo es ya resultado de la circulación W-G-W, en la forma G-W-G el resultado de la circulación aparece a la vez como su punto de partida. Mientras que en W-G-W el contenido real es el metabolismo, en el segundo proceso, G-W-G, lo constituye la existencia formal de la mercancía misma surgida de aquel primer proceso.

En la forma W-G-W, los dos extremos son mercancías de la misma magnitud de valor, pero a la vez valores de uso cualitativamente distintos. Su cambio W-W es un metabolismo real. En la forma G-W-G, en cambio, los dos extremos son oro, y además oro de la misma magnitud de valor. Cambiar oro por mercancía para cambiar mercancía por oro, o, si consideramos el resultado G-G, cambiar oro por oro, parece absurdo. Pero si se traduce G-W-G por la fórmula comprar para vender, que no significa sino cambiar oro por oro mediante un movimiento mediador, se reconoce en seguida la forma dominante de la producción burguesa. En la práctica, sin embargo, no se compra para vender, sino que se compra barato para vender más caro. Se cambia dinero por mercancía para volver a cambiar la misma mercancía por una cantidad mayor de dinero, de modo que los extremos G, G son distintos, si no cualitativamente, sí cuantitativamente. Semejante diferencia cuantitativa presupone el cambio de no equivalentes, mientras que la mercancía y el dinero como tales no son más que formas opuestas de la mercancía misma, es decir, modos de existencia distintos de la misma magnitud de valor. El ciclo G-W-G encierra, pues, bajo las formas de dinero y mercancía, relaciones de producción más desarrolladas, y dentro de la circulación simple no es más que el reflejo de un movimiento superior. Por eso tenemos que desarrollar el dinero, a diferencia del medio de circulación, a partir de la forma inmediata de la circulación de mercancías, W-G-W.

El oro, es decir, la mercancía específica que sirve de medida de los valores y de medio de circulación, se convierte en dinero sin intervención alguna de la sociedad. En Inglaterra, donde la plata no es medida de los valores ni medio de circulación dominante, no se convierte en dinero, del mismo modo que el oro, en Holanda, dejó de ser dinero en cuanto fue destronado como medida de los valores. Una mercancía se convierte, pues, primero en dinero como unidad de la medida de los valores y el medio de circulación, o bien la unidad de la medida de los valores y el medio de circulación es dinero. Pero, como tal unidad, el oro posee a su vez una existencia autónoma y distinta de su existencia en ambas funciones. Como medida de los valores es solo dinero ideal y oro ideal; como mero medio de circulación es dinero simbólico y oro simbólico; pero en su simple corporeidad metálica el oro es dinero, o el dinero es oro real.

Consideremos ahora por un momento la mercancía oro en reposo, que es dinero, en su relación con las demás mercancías. Todas las mercancías representan en sus precios una determinada suma de oro; no son, pues, más que oro representado o dinero representado, representantes del oro, del mismo modo que, a la inversa, en el signo de valor el dinero aparecía como mero representante de los precios de las mercancías.106 Como todas las mercancías son así solo dinero representado, el dinero es la única mercancía real. Frente a las mercancías, que solo representan la existencia autónoma del valor de cambio, del trabajo social general, de la riqueza abstracta, el oro es la existencia material de la riqueza abstracta. Por el lado del valor de uso, cada mercancía expresa, por su relación con una necesidad particular, solo un momento de la riqueza material, un aspecto meramente aislado de la riqueza. El dinero, en cambio, satisface cualquier necesidad en la medida en que es inmediatamente convertible en el objeto de cualquier necesidad. Su propio valor de uso está realizado en la serie infinita de los valores de uso que forman su equivalente. En su pura metalidad contiene, sin desplegar, toda la riqueza material que se despliega en el mundo de las mercancías. Así pues, si las mercancías representan en sus precios el equivalente general o la riqueza abstracta, el oro representa a su vez en su valor de uso los valores de uso de todas las mercancías. El oro es, por tanto, el representante material de la riqueza material. Es el «précis de toutes les choses» [compendio de todas las cosas] (Boisguillebert), el compendio de la riqueza social. Es a la vez, por la forma, la encarnación inmediata del trabajo general y, por el contenido, la suma de todos los trabajos reales. Es la riqueza general como individuo.107 En su figura de mediador de la circulación sufrió toda clase de afrentas: lo recortaron e incluso lo aplanaron hasta reducirlo a un pedazo de papel meramente simbólico. Como dinero se le devuelve su áurea magnificencia. De siervo pasa a ser señor.108 De mero peón se convierte en el dios de las mercancías.109

a) Atesoramiento

El oro se separó primero como dinero del medio de circulación porque la mercancía interrumpía el proceso de su metamorfosis y se quedaba en su crisálida de oro. Esto ocurre cada vez que la venta no se convierte en compra. La autonomización del oro como dinero es, pues, ante todo la expresión palpable de la escisión del proceso de circulación, o de la metamorfosis de la mercancía, en dos actos separados que subsisten indiferentes uno junto a otro. La moneda misma se convierte en dinero en cuanto se interrumpe su curso. En manos del vendedor que la recibe a cambio de su mercancía es dinero, no moneda; en cuanto sale de su mano, vuelve a ser moneda. Cada cual es vendedor de la mercancía unilateral que produce, pero comprador de todas las demás mercancías que necesita para su existencia social. Mientras que su aparición como vendedor depende del tiempo de trabajo que su mercancía exige para ser producida, su aparición como comprador está condicionada por la renovación constante de las necesidades de la vida. Para poder comprar sin vender, tiene que haber vendido sin comprar. En realidad, la circulación W-G-W solo es la unidad en proceso de la venta y la compra en la medida en que es a la vez el proceso constante de su separación. Para que el dinero fluya constantemente como moneda, la moneda tiene que cuajarse constantemente en dinero. El curso constante de la moneda está condicionado por su constante estancamiento en porciones mayores o menores, en fondos de reserva de moneda que surgen por todas partes dentro de la circulación tanto como la condicionan, y cuya formación, distribución, disolución y nueva formación cambia sin cesar, cuya existencia desaparece constantemente y cuya desaparición está constantemente ahí. Adam Smith expresó esta incesante transformación de la moneda en dinero y del dinero en moneda diciendo que todo poseedor de mercancías, además de la mercancía particular que vende, ha de tener siempre a mano una cierta suma de la mercancía general con la que compra.110 Vimos que en la circulación W-G-W el segundo término, G-W, se fragmenta en una serie de compras que no se efectúan de una vez, sino sucesivamente en el tiempo, de modo que una porción de G circula como moneda mientras la otra reposa como dinero. El dinero no es aquí, en realidad, más que moneda en suspenso, y los distintos componentes de la masa de moneda en curso aparecen alternativamente ora en una forma, ora en la otra. Esta primera transformación del medio de circulación en dinero representa, por tanto, un momento meramente técnico del curso mismo del dinero.111

La primera forma natural de la riqueza es la del excedente o sobrante, la parte de los productos que no se necesita inmediatamente como valor de uso, o también la posesión de productos cuyo valor de uso cae fuera del círculo de la mera necesidad. Al estudiar el paso de la mercancía al dinero vimos que, en un grado de producción poco desarrollado, este excedente o sobrante de productos constituye la esfera propiamente dicha del cambio de mercancías. Los productos sobrantes se convierten en productos intercambiables o mercancías. La forma de existencia adecuada de este excedente son el oro y la plata, la primera forma en que la riqueza queda fijada como riqueza abstractamente social. Las mercancías no solo pueden conservarse en la forma del oro o de la plata, es decir, en el material del dinero, sino que el oro y la plata son riqueza en forma conservada. Todo valor de uso como tal sirve en la medida en que se consume, es decir, se destruye. Pero el valor de uso del oro como dinero consiste en ser portador del valor de cambio, en ser, como materia prima informe, materialización del tiempo de trabajo general. Como metal informe, el valor de cambio posee una forma imperecedera. El oro o la plata así inmovilizados como dinero son tesoro. En los pueblos de circulación puramente metálica, como entre los antiguos, el atesoramiento se presenta como un proceso general, desde el individuo hasta el Estado, que custodia su tesoro público. En los tiempos más antiguos, en Asia y Egipto, estos tesoros aparecen bajo la custodia de los reyes y los sacerdotes más bien como testimonios de su poder. En Grecia y en Roma pasa a ser política formar tesoros públicos, como la forma siempre asegurada y siempre dispuesta del excedente. El rápido traslado de tales tesoros de un país a otro por los conquistadores y su vertido parcial y repentino en la circulación son una peculiaridad de la economía antigua.

Como tiempo de trabajo objetivado, el oro responde de su propia magnitud de valor, y como es materialización del tiempo de trabajo general, el proceso de circulación le garantiza su eficacia constante como valor de cambio. Por el mero hecho de que el poseedor de mercancías puede retener la mercancía en su figura de valor de cambio, o el valor de cambio mismo como mercancía, el cambio de mercancías para recuperarlas en la figura transformada del oro se convierte en motivo propio de la circulación. La metamorfosis de la mercancía W-G tiene lugar por la metamorfosis misma, para transformarla de riqueza natural particular en riqueza social general. En lugar del metabolismo, el fin en sí mismo pasa a ser el cambio de forma. De mera forma, el valor de cambio se convierte en el contenido del movimiento. Como riqueza, como mercancía, la mercancía solo se conserva en la medida en que se conserva dentro de la esfera de la circulación, y solo se conserva en este estado fluido en la medida en que se osifica en plata y oro. Permanece en el flujo como cristal del proceso de circulación. Sin embargo, el oro y la plata solo se fijan como dinero en la medida en que no son medio de circulación. Como no medio de circulación se convierten en dinero. Retirar la mercancía de la circulación en la forma del oro es, pues, el único medio de mantenerla constantemente dentro de la circulación.

El poseedor de mercancías solo puede recibir de la circulación, como dinero, lo que le da como mercancía. Vender constantemente, arrojar sin cesar mercancías a la circulación, es por tanto la primera condición del atesoramiento desde el punto de vista de la circulación de mercancías. Por otra parte, el dinero desaparece constantemente como medio de circulación en el proceso mismo de circulación, al realizarse siempre en valores de uso y disolverse en goces perecederos. Hay, pues, que arrancarlo de la corriente devoradora de la circulación, o hay que retener la mercancía en su primera metamorfosis impidiendo al dinero cumplir su función de medio de compra. El poseedor de mercancías, convertido ahora en atesorador, tiene que vender lo más posible y comprar lo menos posible, como ya enseñaba el viejo Catón: patrem familias vendacem, non emacem esse [el padre de familia ha de ser vendedor, no comprador].112 Así como la laboriosidad es la condición positiva del atesoramiento, el ahorro es su condición negativa. Cuanto menos se sustrae a la circulación el equivalente de la mercancía en mercancías particulares o valores de uso, tanto más se le sustrae en la forma del dinero o del valor de cambio.113 La apropiación de la riqueza en su forma general implica, pues, la renuncia a la riqueza en su realidad material. El impulso vivo del atesoramiento es, por tanto, la avaricia, para la cual la necesidad no es la mercancía como valor de uso, sino el valor de cambio como mercancía. Para adueñarse del excedente en su forma general, las necesidades particulares tienen que tratarse como lujo y superfluidad. Así, en 1593 las Cortes dirigieron a Felipe II una representación en la que se dice, entre otras cosas:

«Las Cortes de Valladolid del año 1586 suplicaron a Vuestra Majestad que no permitiese más la entrada en el reino de velas, vidrios, joyerías, cuchillos y cosas semejantes que vienen de fuera, para trocar estas cosas tan inútiles para la vida humana por oro, como si los españoles fuesen indios.»114

El atesorador desprecia los goces mundanos, temporales y perecederos para correr tras el tesoro eterno que no roen ni la polilla ni el orín,115 y que es a la vez enteramente celestial y enteramente terrenal.

«La causa general y remota de nuestra falta de dinero», dice Misselden en el escrito citado, «es el gran exceso de este reino en el consumo de mercancías de países extranjeros, que resultan para nosotros, en lugar de commodities [mercancías útiles], discommodities [estorbos], pues nos privan de otro tanto tesoro que, de no ser así, se importaría en lugar de estos juguetes (toys). Consumimos entre nosotros una abundancia demasiado grande de vinos de España, Francia, Renania y Levante; las pasas de España, las de Corinto del Levante, los lawns (una clase de lienzo fino) y cambrics [batistas] de Henao, las sedas de Italia, el azúcar y el tabaco de las Indias Occidentales, las especias de las Indias Orientales; nada de todo esto es para nosotros una necesidad absoluta, y sin embargo estas cosas se compran con oro contante.»116

Como oro y plata, la riqueza es imperecedera, tanto porque el valor de cambio existe en un metal indestructible como, sobre todo, porque se impide que el oro y la plata se conviertan, como medio de circulación, en la forma dineraria meramente evanescente de la mercancía. El contenido perecedero se sacrifica así a la forma imperecedera.

«Si el dinero se le quita mediante el impuesto a uno que se lo come y se lo bebe, y se le da a otro que lo emplea en mejorar la tierra, en la pesca, en las minas, en las manufacturas o incluso en ropa, siempre hay una ventaja para la comunidad, pues hasta la ropa no es tan perecedera como las comidas y las bebidas. Si se emplea en muebles, la ventaja es tanto mayor; en la construcción de casas, mayor aún, etc.; y la mayor de todas, si se trae al país oro y plata, porque solo estas cosas no son perecederas, sino que se estiman como riqueza en todos los tiempos y en todos los lugares; todo lo demás es riqueza solo pro hic et nunc [para aquí y ahora].»117

Arrancar el dinero de la corriente de la circulación y salvarlo del metabolismo social se manifiesta también exteriormente en el enterramiento, de modo que la riqueza social queda puesta, como tesoro subterráneo e imperecedero, en una relación privada enteramente secreta con el poseedor de mercancías. El doctor Bernier, que residió algún tiempo en Delhi en la corte de Aurangzeb,118 cuenta cómo los comerciantes entierran su dinero en secreto y a gran profundidad, sobre todo los paganos no mahometanos, que tienen en sus manos casi todo el comercio y todo el dinero,

«imbuidos como están de la creencia de que el oro y la plata que esconden durante su vida les servirán después de la muerte en el otro mundo».119

Por lo demás, el atesorador, en la medida en que su ascetismo va unido a una laboriosidad enérgica, es por su religión esencialmente protestante, y más aún puritano.

«No se puede negar que comprar y vender es cosa necesaria, de la que no se puede prescindir y de la que se puede hacer buen uso cristiano, sobre todo en las cosas que sirven a la necesidad y a la honra, pues así compraron y vendieron también los patriarcas ganado, lana, grano, manteca, leche y otros bienes. Son dones de Dios, que él saca de la tierra y reparte entre los hombres. Pero el comercio extranjero, que trae de Calicut y de la India y de lugares semejantes mercancías como esas preciosas sedas y obras de oro y especias, que solo sirven para el lujo y para ningún provecho, y que chupa el dinero a países y gentes, no debería permitirse si tuviéramos gobierno y príncipes. Pero de esto no quiero escribir ahora, pues pienso que al final, cuando ya no tengamos dinero, habrá que dejarlo por sí mismo, como también los adornos y la glotonería: de otro modo no hay escrito ni enseñanza que valga, hasta que nos obliguen la necesidad y la pobreza.»120

En épocas de conmoción del metabolismo social, incluso en la sociedad burguesa desarrollada, se entierra el dinero como tesoro. El vínculo social en su forma compacta —para el poseedor de mercancías, este vínculo consiste en la mercancía, y la existencia adecuada de la mercancía es el dinero— se pone a salvo del movimiento social. El nervus rerum [nervio de las cosas] social se entierra junto al cuerpo cuyo nervio es.

Ahora bien, el tesoro no sería más que metal inútil, su alma de dinero habría huido de él y quedaría como ceniza quemada de la circulación, como su caput mortuum [residuo inerte],121 si no estuviera en tensión constante con ella. El dinero, o el valor de cambio autonomizado, es por su cualidad la existencia de la riqueza abstracta; pero, por otra parte, toda suma de dinero dada es una magnitud de valor cuantitativamente limitada. El límite cuantitativo del valor de cambio contradice su generalidad cualitativa, y el atesorador siente el límite como una barrera que de hecho se convierte a la vez en barrera cualitativa, o que hace del tesoro un representante meramente limitado de la riqueza material. El dinero, como equivalente general, se presenta inmediatamente, como vimos, en una ecuación en la que él mismo forma uno de los lados y la serie infinita de las mercancías el otro. De la magnitud del valor de cambio depende hasta qué punto se realiza aproximadamente como tal serie infinita, es decir, corresponde a su concepto de valor de cambio. El movimiento del valor de cambio como valor de cambio, como autómata, no puede ser en general otro que el de rebasar su límite cuantitativo. Pero al rebasar un límite cuantitativo del tesoro se crea una nueva barrera, que a su vez hay que suprimir. No es un límite determinado del tesoro el que aparece como barrera, sino cualquier límite suyo. El atesoramiento no tiene, pues, ningún límite inmanente, ninguna medida en sí, sino que es un proceso sin fin que en cada uno de sus resultados encuentra un motivo para recomenzar. Si el tesoro solo se acrecienta conservándose, solo se conserva acrecentándose.

El dinero no es solo un objeto del afán de enriquecerse, es el objeto de este afán. Este es esencialmente auri sacra fames [la maldita sed de oro].122 El afán de enriquecerse, a diferencia del deseo de una riqueza natural particular o de valores de uso, como vestidos, adornos, rebaños, etc., solo es posible en cuanto la riqueza general como tal se individualiza en una cosa particular y puede, por tanto, retenerse como mercancía singular. El dinero aparece, pues, a la vez como objeto y como fuente del afán de enriquecerse.123 Lo que en realidad subyace es que el valor de cambio como tal, y con él su aumento, se convierte en fin. La avaricia retiene el tesoro al no permitir que el dinero se convierta en medio de circulación, pero la codicia de oro conserva su alma de dinero, su tensión constante frente a la circulación.

La actividad por la que se forma el tesoro es, por una parte, retirar dinero de la circulación mediante la venta constantemente repetida y, por otra, el simple almacenamiento, la acumulación. En efecto, solo en la esfera de la circulación simple, y precisamente en la forma del atesoramiento, tiene lugar la acumulación de la riqueza como tal, mientras que, como veremos más adelante, las otras llamadas formas de acumulación solo valen como acumulación de manera abusiva, solo por reminiscencia de la simple acumulación de dinero. Todas las demás mercancías se amontonan, o bien como valores de uso, y entonces el modo de amontonarlas está determinado por la particularidad de su valor de uso. Amontonar grano, por ejemplo, requiere instalaciones especiales. Amontonar ovejas me convierte en pastor; amontonar esclavos y tierra hace necesarias relaciones de señorío y servidumbre, etc. La formación de reservas de la riqueza particular requiere procesos particulares, distintos del simple acto de amontonar, y desarrolla aspectos particulares de la individualidad. O bien la riqueza en forma de mercancías se amontona como valor de cambio, y entonces el amontonamiento aparece como una operación mercantil o específicamente económica. Su sujeto se convierte en comerciante de granos, en tratante de ganado, etc. El oro y la plata son dinero no por una actividad cualquiera del individuo que los amontona, sino como cristales del proceso de circulación que transcurre sin intervención suya. Este no tiene más que hacer que ponerlos aparte y apilar peso sobre peso, una actividad enteramente vacía de contenido que, aplicada a cualquier otra mercancía, la desvalorizaría.124

Nuestro atesorador aparece como mártir del valor de cambio, santo asceta en lo alto de la columna de metal.125 Solo le importa la riqueza en su forma social, y por eso la entierra a salvo de la sociedad. Exige la mercancía en su forma siempre apta para circular, y por eso la sustrae a la circulación. Se entusiasma por el valor de cambio, y por eso no cambia. La forma fluida de la riqueza y su petrificación, elixir de la vida y piedra filosofal, se confunden en una alocada fantasmagoría alquímica. En su imaginario afán ilimitado de goce renuncia a todo goce. Como quiere satisfacer todas las necesidades sociales, apenas satisface las necesidades naturales. Al aferrar la riqueza en su corporeidad metálica, la evapora en una mera quimera. Pero en realidad la acumulación de dinero por el dinero es la forma bárbara de la producción por la producción, es decir, del desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo social más allá de las barreras de las necesidades tradicionales. Cuanto menos desarrollada está la producción de mercancías, tanto más importante es la primera autonomización del valor de cambio como dinero, el atesoramiento, que por eso desempeña un gran papel entre los pueblos antiguos, en Asia hasta el día de hoy, y entre los pueblos campesinos modernos, donde el valor de cambio aún no se ha adueñado de todas las relaciones de producción. Enseguida examinaremos la función específicamente económica del atesoramiento dentro de la circulación metálica misma, pero antes mencionaremos otra forma de atesoramiento.

Prescindiendo por completo de sus cualidades estéticas, los objetos de plata y de oro, en la medida en que el material de que están hechos es material del dinero, son convertibles en dinero, del mismo modo que el dinero de oro o los lingotes de oro son convertibles en ellos. Como el oro y la plata son el material de la riqueza abstracta, la mayor ostentación de la riqueza consiste en usarlos como valores de uso concretos, y si el poseedor de mercancías, en ciertos grados de la producción, esconde su tesoro, en todas partes donde puede hacerlo con seguridad le empuja el deseo de aparecer ante los demás poseedores de mercancías como rico hombre. Se dora a sí mismo y dora su casa.126 En Asia, y en particular en la India, donde el atesoramiento no aparece, como en la economía burguesa, como una función subordinada del mecanismo de la producción global, sino que la riqueza se retiene en esta forma como fin último, los objetos de oro y plata no son propiamente más que la forma estética de los tesoros. En la Inglaterra medieval, los objetos de oro y plata, como su valor apenas aumentaba por el tosco trabajo añadido, se consideraban legalmente mera forma del tesoro. Su destino era volver a lanzarse a la circulación, y por eso su ley estaba prescrita exactamente igual que la de la moneda misma. El uso creciente del oro y la plata como objetos de lujo a medida que crece la riqueza es algo tan simple que los antiguos lo tenían completamente claro,127 mientras que los economistas modernos han sentado la tesis falsa de que el uso de los objetos de plata y oro no aumenta en proporción al crecimiento de la riqueza, sino solo en proporción a la baja del valor de los metales preciosos. Por eso sus datos, por lo demás exactos, sobre el empleo del oro de California y de Australia siempre muestran un déficit: el mayor consumo de oro como materia prima no está justificado, en su imaginación, por la correspondiente baja de su valor. De 1810 a 1830, a consecuencia de la lucha de las colonias americanas contra España y de la interrupción de los trabajos mineros por las revoluciones, la producción media anual de metales preciosos había disminuido en más de la mitad. La disminución de la moneda que circulaba en Europa fue de casi una sexta parte en 1829 comparado con 1809. Aunque la cantidad producida había disminuido y los costes de producción, si es que habían cambiado, habían aumentado, el consumo de metales preciosos como objetos de lujo creció extraordinariamente, en Inglaterra ya durante la guerra y en el continente desde la paz de París. Creció con el aumento de la riqueza general.128 Como ley general puede establecerse que la transformación del dinero de oro y plata en objetos de lujo predomina en tiempo de paz, y su reconversión en lingotes o también en moneda, solo en las épocas tormentosas.129 Cuán grande es la proporción entre el tesoro de oro y plata que existe en forma de objetos de lujo y el metal precioso que sirve de dinero puede verse en que en 1829, según Jacob, era en Inglaterra de 2 a 1, mientras que en toda Europa y América había una cuarta parte más de metal precioso en objetos de lujo que en dinero.

Vimos que el curso del dinero no es más que la manifestación de la metamorfosis de las mercancías, o del cambio de forma en que se efectúa el metabolismo social. Con la suma cambiante de los precios de las mercancías en circulación, o con el volumen de sus metamorfosis simultáneas, por un lado, y con la velocidad de su cambio de forma en cada momento, por otro, la cantidad total del oro en circulación tenía que expandirse o contraerse constantemente, lo que solo es posible a condición de que la cantidad total de dinero que hay en un país esté en una relación constantemente cambiante con la cantidad de dinero que se encuentra en circulación. Esta condición la cumple el atesoramiento. Si bajan los precios o aumenta la velocidad de circulación, los depósitos de tesoro absorben la parte del dinero separada de la circulación; si suben los precios o disminuye la velocidad de circulación, los tesoros se abren y refluyen en parte a la circulación. La solidificación del dinero en circulación en tesoro y el vertido de los tesoros en la circulación son un movimiento oscilatorio que cambia constantemente y en el que el predominio de una u otra dirección está determinado exclusivamente por las fluctuaciones de la circulación de mercancías. Los tesoros aparecen así como canales de afluencia y de desagüe del dinero en circulación, de modo que siempre circula como moneda solo la cantidad de dinero condicionada por las necesidades inmediatas de la circulación misma. Si el volumen de la circulación total se dilata de repente y predomina la unidad fluida de venta y compra, pero de modo que la suma total de los precios que hay que realizar crece aún más deprisa que la velocidad del curso del dinero, los tesoros se vacían a ojos vistas; en cuanto el movimiento total se estanca de manera inusual o la separación de venta y compra se consolida, el medio de circulación se solidifica en dinero en proporciones llamativas y los depósitos de tesoro se llenan muy por encima de su nivel medio. En los países de circulación puramente metálica o de un grado de producción poco desarrollado, los tesoros están infinitamente fragmentados y dispersos por toda la superficie del país, mientras que en los países de desarrollo burgués se concentran en los depósitos de los bancos. No hay que confundir el tesoro con la reserva de monedas, que forma ella misma parte integrante de la cantidad total de dinero que está siempre en circulación, mientras que la relación activa entre tesoro y medio de circulación presupone la disminución o el aumento de esa cantidad total. Los objetos de oro y plata forman también, como hemos visto, tanto un canal de desagüe de los metales preciosos como una fuente latente de afluencia. En tiempos normales, solo su primera función es importante para la economía de la circulación metálica.130

b) Medio de pago

Las dos formas en que el dinero se distinguía hasta ahora del medio de circulación eran la de la moneda en suspenso y la del tesoro. La primera forma reflejaba, en la transformación pasajera de la moneda en dinero, que el segundo término de W-G-W, la compra G-W, tiene que fragmentarse, dentro de una esfera de circulación determinada, en una serie de compras sucesivas. El atesoramiento, en cambio, se basaba simplemente en el aislamiento del acto W-G, que no pasaba a G-W, o no era más que el desarrollo autónomo de la primera metamorfosis de la mercancía: el dinero desarrollado como existencia enajenada de todas las mercancías, frente al medio de circulación como existencia de la mercancía en su forma que se aliena sin cesar. La reserva de monedas y el tesoro solo eran dinero como no medio de circulación, y no medio de circulación solo porque no circulaban. En la determinación en que ahora consideramos el dinero, este circula o entra en la circulación, pero no en la función de medio de circulación. Como medio de circulación, el dinero era siempre medio de compra; ahora actúa como no medio de compra.

En cuanto el dinero se ha desarrollado, por el atesoramiento, como existencia de la riqueza social abstracta y representante material de la riqueza material, adquiere en esta determinación suya de dinero funciones peculiares dentro del proceso de circulación. Si el dinero circula como mero medio de circulación, y por tanto como medio de compra, se presupone que la mercancía y el dinero se enfrentan simultáneamente, es decir, que la misma magnitud de valor existe por duplicado: en un polo, como mercancía en manos del vendedor; en el otro, como dinero en manos del comprador. Esta existencia simultánea de los dos equivalentes en polos opuestos y su cambio de lugar simultáneo, o su enajenación recíproca, presupone a su vez que vendedor y comprador se relacionan entre sí solo como poseedores de equivalentes existentes. Pero el proceso de metamorfosis de las mercancías, que engendra las distintas determinaciones formales del dinero, metamorfosea también a los poseedores de mercancías, o cambia los caracteres sociales con que aparecen unos ante otros. En el proceso de metamorfosis de la mercancía, el guardián de mercancías muda de piel tantas veces como la mercancía cambia o el dinero cristaliza en nuevas formas. Así, los poseedores de mercancías se enfrentaban al principio solo como poseedores de mercancías; luego se convirtieron uno en vendedor y otro en comprador; después cada uno, alternativamente, en comprador y vendedor; luego en atesoradores, y por último en gente rica. Los poseedores de mercancías no salen, pues, del proceso de circulación tal como entraron en él. En realidad, las distintas determinaciones formales que el dinero adquiere en el proceso de circulación no son más que el cambio de forma cristalizado de las mercancías mismas, que a su vez no es más que la expresión objetiva de las relaciones sociales cambiantes en que los poseedores de mercancías efectúan su metabolismo. En el proceso de circulación surgen nuevas relaciones de intercambio, y como portadores de estas relaciones modificadas los poseedores de mercancías adquieren nuevos caracteres económicos. Así como dentro de la circulación interior el dinero se idealiza y un mero papel cumple, como representante del oro, la función del dinero, el mismo proceso da al comprador o al vendedor que entra en él como mero representante de dinero o de mercancía, es decir, que representa dinero futuro o mercancía futura, la eficacia del vendedor o comprador real.

Todas las determinaciones formales en que el oro se desarrolla como dinero no son más que el despliegue de determinaciones contenidas en la metamorfosis de las mercancías, que, sin embargo, en el simple curso del dinero, en la manifestación del dinero como moneda o en el movimiento W-G-W como unidad en proceso, no se separaban en una figura autónoma, o bien aparecían como meras posibilidades, como por ejemplo la interrupción de la metamorfosis de la mercancía. Vimos que en el proceso W-G la mercancía, como valor de uso real y valor de cambio ideal, se relacionaba con el dinero como valor de cambio real y valor de uso solo ideal. Al alienar la mercancía como valor de uso, el vendedor realizaba su propio valor de cambio y el valor de uso del dinero. A la inversa, al alienar el dinero como valor de cambio, el comprador realizaba su valor de uso y el precio de la mercancía. En consecuencia, mercancía y dinero cambiaban de lugar. El proceso vivo de esta oposición polar por ambos lados se escinde ahora de nuevo en su realización. El vendedor aliena realmente la mercancía y realiza su precio, de momento, de nuevo solo idealmente. La ha vendido a su precio, pero este solo se realiza en un momento fijado más tarde. El comprador compra como representante de dinero futuro, mientras que el vendedor vende como poseedor de una mercancía presente. Por el lado del vendedor, la mercancía se aliena realmente como valor de uso sin que se haya realizado realmente como precio; por el lado del comprador, el dinero se realiza realmente en el valor de uso de la mercancía sin que se haya alienado realmente como valor de cambio. En lugar del signo de valor, como antes, es aquí el comprador mismo quien sustituye simbólicamente al dinero. Pero así como antes el simbolismo general del signo de valor suscitaba la garantía y el curso forzoso del Estado, ahora el simbolismo personal del comprador suscita contratos privados entre los poseedores de mercancías, exigibles por ley.

A la inversa, en el proceso G-W el dinero puede enajenarse como medio de compra real, y el precio de la mercancía realizarse así, antes de que se realice el valor de uso del dinero o se aliene la mercancía. Así ocurre, por ejemplo, en la forma cotidiana del pago por adelantado. O en la forma en que el gobierno inglés compra el opio de los ryots en la India,131 o los comerciantes extranjeros establecidos en Rusia compran gran parte de los productos del país. Sin embargo, el dinero solo actúa así en la forma ya conocida del medio de compra y no adquiere, por tanto, ninguna determinación formal nueva.132 Por eso no nos detenemos en este último caso, pero, con respecto a la figura transformada en que se presentan aquí los dos procesos G-W y W-G, observamos que la diferencia meramente supuesta entre compra y venta, tal como aparece inmediatamente en la circulación, se convierte ahora en una diferencia real, pues en una forma solo existe la mercancía y en la otra solo el dinero, y en ambas solo el extremo del que parte la iniciativa. Además, ambas formas tienen en común que en ambas uno de los equivalentes solo existe en la voluntad común del comprador y del vendedor, una voluntad que obliga a los dos y adquiere determinadas formas legales.

Vendedor y comprador se convierten en acreedor y deudor. Si el poseedor de mercancías, como guardián del tesoro, hacía más bien un papel cómico, ahora se vuelve terrible, pues ya no se concibe a sí mismo, sino a su prójimo, como existencia de una determinada suma de dinero, y no se convierte a sí mismo, sino a él, en mártir del valor de cambio. De creyente pasa a ser acreedor;133 de la religión cae en la jurisprudencia.

«I stay here on my bond!» [¡Me atengo a mi pagaré!]134

En la forma modificada W-G, en la que la mercancía está presente y el dinero solo representado, el dinero funciona, pues, en primer lugar como medida de los valores. El valor de cambio de la mercancía se estima en dinero como su medida, pero como valor de cambio medido por contrato el precio no existe solo en la cabeza del vendedor, sino a la vez como medida de la obligación del comprador. En segundo lugar, el dinero funciona aquí como medio de compra, aunque solo proyecte ante sí la sombra de su existencia futura. En efecto, saca a la mercancía de su sitio, de las manos del vendedor a las del comprador. Cuando vence el plazo para cumplir el contrato, el dinero entra en la circulación, pues cambia de lugar y pasa de las manos del antiguo comprador a las del antiguo vendedor. Pero no entra en la circulación como medio de circulación o medio de compra. Como tal funcionó antes de estar ahí, y aparece después de haber dejado de funcionar como tal. Entra más bien en la circulación como el único equivalente adecuado de la mercancía, como existencia absoluta del valor de cambio, como última palabra del proceso de cambio; en suma, como dinero, y precisamente como dinero en la función determinada de medio general de pago. En esta función de medio de pago, el dinero aparece como la mercancía absoluta, pero dentro de la circulación misma, no fuera de ella, como el tesoro. La diferencia entre medio de compra y medio de pago se hace notar muy desagradablemente en las épocas de crisis comerciales.135

Originariamente, la transformación del producto en dinero aparece en la circulación solo como una necesidad individual del poseedor de mercancías, en la medida en que su producto no es valor de uso para él, sino que ha de llegar a serlo mediante su enajenación. Pero para pagar en el plazo del contrato tiene que haber vendido antes mercancía. Con total independencia de sus necesidades individuales, la venta se ha convertido para él, por el movimiento del proceso de circulación, en una necesidad social. Como antiguo comprador de una mercancía, se convierte forzosamente en vendedor de otra, no para obtener el dinero como medio de compra, sino como medio de pago, como la forma absoluta del valor de cambio. La transformación de la mercancía en dinero como acto final, o la primera metamorfosis de la mercancía como fin en sí, que en el atesoramiento parecía un capricho del poseedor de mercancías, se ha convertido ahora en una función económica. El motivo y el contenido de la venta para pagar son un contenido del proceso de circulación que brota de la forma misma de este.

En esta forma de la venta, la mercancía efectúa su cambio de lugar, circula, mientras aplaza su primera metamorfosis, su transformación en dinero. Por el lado del comprador, en cambio, se efectúa la segunda metamorfosis, es decir, el dinero se reconvierte en mercancía antes de que se haya efectuado la primera, es decir, antes de que la mercancía se haya transformado en dinero. La primera metamorfosis aparece, pues, aquí en el tiempo después de la segunda. Y con ello el dinero, la figura de la mercancía en su primera metamorfosis, adquiere una nueva determinación formal. El dinero, o el desarrollo autónomo del valor de cambio, ya no es la forma mediadora de la circulación de mercancías, sino su resultado final.

Que tales ventas a plazo, en las que los dos polos de la venta existen separados en el tiempo, nacen naturalmente de la circulación simple de mercancías no requiere una demostración detallada. En primer lugar, el desarrollo de la circulación trae consigo que los mismos poseedores de mercancías se presenten repetidamente unos ante otros como vendedores y compradores. Esta aparición repetida no queda en algo meramente casual, sino que la mercancía se encarga, por ejemplo, para un plazo futuro en el que ha de entregarse y pagarse. En este caso, la venta está realizada idealmente, es decir, aquí jurídicamente, sin que la mercancía y el dinero aparezcan en persona. Las dos formas del dinero, como medio de circulación y como medio de pago, coinciden aquí todavía, pues, por una parte, mercancía y dinero cambian de lugar al mismo tiempo y, por otra, el dinero no compra la mercancía, sino que realiza el precio de la mercancía vendida anteriormente. Además, la naturaleza de una serie de valores de uso hace que no se alienen realmente con la entrega efectiva de la mercancía, sino solo cediéndola por un tiempo determinado. Por ejemplo, si se vende el uso de una casa por un mes, el valor de uso de la casa solo se ha entregado al cabo del mes, aunque cambie de manos al principio. Como la cesión efectiva del valor de uso y su enajenación real se separan aquí en el tiempo, la realización de su precio tiene lugar también más tarde que su cambio de lugar. Por último, la diferencia en la duración y en la época en que se producen las distintas mercancías hace que uno se presente como vendedor mientras el otro aún no puede presentarse como comprador, y, al repetirse con frecuencia la compra y la venta entre los mismos poseedores de mercancías, los dos elementos de la venta se separan de acuerdo con las condiciones de producción de sus mercancías. Así nace entre los poseedores de mercancías una relación de acreedor y deudor que constituye la base natural del sistema de crédito, pero que puede estar plenamente desarrollada antes de que este exista. Está claro, sin embargo, que con el desarrollo del crédito, y por tanto de la producción burguesa en general, la función del dinero como medio de pago se extenderá a costa de su función como medio de compra, y más aún como elemento del atesoramiento. En Inglaterra, por ejemplo, el dinero como moneda está relegado casi exclusivamente a la esfera del comercio al por menor y del pequeño comercio entre productores y consumidores, mientras que como medio de pago domina la esfera de las grandes transacciones comerciales.136

Como medio general de pago, el dinero se convierte en la mercancía general de los contratos, al principio solo dentro de la esfera de la circulación de mercancías.137 Pero con su desarrollo en esta función, todas las demás formas de pago se disuelven poco a poco en pago en dinero. El grado en que el dinero se ha desarrollado como medio de pago exclusivo indica el grado en que el valor de cambio se ha adueñado de la producción en su profundidad y en su extensión.138

La masa del dinero que circula como medio de pago está determinada, en primer lugar, por el importe de los pagos, es decir, por la suma de los precios de las mercancías alienadas, no de las que hay que alienar, como en el simple curso del dinero. Sin embargo, la suma así determinada se modifica por partida doble: en primer lugar, por la velocidad con que la misma pieza de dinero repite la misma función, o con que la masa de los pagos se presenta como una cadena de pagos en proceso. A paga a B, después de lo cual B paga a C, y así sucesivamente. La velocidad con que la misma pieza de dinero repite su función de medio de pago depende, por una parte, del encadenamiento de las relaciones de acreedor y deudor entre los poseedores de mercancías, de modo que el mismo poseedor de mercancías es acreedor frente a uno y deudor frente a otro, etc., y, por otra, del lapso de tiempo que separa los distintos plazos de pago. Esta cadena de pagos, o de primeras metamorfosis de las mercancías efectuadas con posterioridad, es cualitativamente distinta de la cadena de metamorfosis que se presenta en el curso del dinero como medio de circulación. Esta última no solo aparece en la sucesión temporal, sino que solo llega a ser en ella. La mercancía se convierte en dinero, luego de nuevo en mercancía, y capacita así a la otra mercancía para convertirse en dinero, etc., o bien el vendedor se convierte en comprador, con lo que otro poseedor de mercancías se convierte en vendedor. Esta conexión surge casualmente en el proceso mismo del cambio de mercancías. Pero cuando el dinero con que A ha pagado a B pasa de B a C, de C a D, etc., y además en intervalos de tiempo que se suceden con rapidez, en esta conexión externa solo sale a la luz una conexión social ya existente y acabada. El mismo dinero no corre por distintas manos porque actúe como medio de pago, sino que corre como medio de pago porque las distintas manos ya se han estrechado. La velocidad con que el dinero corre como medio de pago revela, pues, una incorporación de los individuos al proceso de circulación mucho más profunda que la velocidad con que corre el dinero como moneda o como medio de compra.

La suma de los precios de las compras y ventas simultáneas, y por tanto coexistentes en el espacio, forma el límite para la sustitución de la masa de moneda por la velocidad de curso. Esta barrera desaparece para el dinero que funciona como medio de pago. Si los pagos que hay que efectuar al mismo tiempo se concentran en un lugar, lo que al principio solo ocurre de manera natural en los grandes centros de la circulación de mercancías, los pagos se compensan entre sí como magnitudes negativas y positivas, puesto que A tiene que pagar a B y al mismo tiempo recibir un pago de C, etc. La suma de dinero requerida como medio de pago estará determinada, por tanto, no por la suma de los precios de los pagos que hay que realizar simultáneamente, sino por la mayor o menor concentración de estos y por la magnitud del saldo que queda tras su anulación recíproca como magnitudes negativas y positivas. Surgen dispositivos propios para estas compensaciones sin desarrollo alguno del crédito, como, por ejemplo, en la antigua Roma. Pero su estudio no corresponde a este lugar, como tampoco el de los plazos generales de pago que se fijan en todas partes en determinados círculos sociales. Aquí solo señalaremos que la influencia específica que estos plazos ejercen sobre las fluctuaciones periódicas de la cantidad de dinero en curso no se ha investigado científicamente hasta época muy reciente.

En la medida en que los pagos se compensan como magnitudes positivas y negativas, no interviene en absoluto dinero real. Este solo se desarrolla aquí en su forma de medida de los valores, por una parte en el precio de la mercancía, por otra en la magnitud de las obligaciones recíprocas. Aparte de su existencia ideal, el valor de cambio no adquiere aquí, pues, ninguna existencia autónoma, ni siquiera la existencia de signo de valor, o el dinero se convierte solo en dinero de cuenta ideal. La función del dinero como medio de pago encierra, pues, la contradicción de que, por una parte, en la medida en que los pagos se compensan, solo actúa idealmente como medida, y por otra, en la medida en que el pago tiene que efectuarse realmente, entra en la circulación no como medio de circulación evanescente, sino como la existencia en reposo del equivalente general, como la mercancía absoluta; en una palabra, como dinero. Por eso, allí donde se ha desarrollado la cadena de pagos y un sistema artificial para compensarlos, en las conmociones que interrumpen violentamente el flujo de los pagos y perturban el mecanismo de su compensación, el dinero se trueca de pronto, de su figura gaseosa, tejida en la mente, de medida de los valores, en dinero contante o medio de pago. En situaciones de producción burguesa desarrollada, pues, en las que el poseedor de mercancías hace tiempo que se ha convertido en capitalista, conoce a su Adam Smith y se sonríe con altivez de la superstición de que solo el oro y la plata son dinero, o de que el dinero en general, a diferencia de las demás mercancías, es la mercancía absoluta, el dinero reaparece de pronto, no como mediador de la circulación, sino como la única forma adecuada del valor de cambio, como la única riqueza, exactamente como lo concibe el atesorador. Como tal existencia exclusiva de la riqueza, no se revela, como por ejemplo en el sistema monetario, en la desvalorización meramente imaginada, sino en la desvalorización real y en la falta de valor de toda la riqueza material. Este es el momento particular de las crisis del mercado mundial que se llama crisis monetaria. El summum bonum [bien supremo] que en tales momentos se reclama a gritos como la única riqueza es el dinero, el dinero contante, y a su lado todas las demás mercancías, precisamente porque son valores de uso, aparecen como inútiles, como baratijas, juguetes o, como dice nuestro doctor Martín Lutero, como mero adorno y glotonería. Este súbito vuelco del sistema de crédito en sistema monetario añade el terror teórico al pánico práctico, y los agentes de la circulación se estremecen ante el impenetrable misterio de sus propias relaciones.139

Los pagos hacen necesario, a su vez, un fondo de reserva, una acumulación de dinero como medio de pago. La formación de este fondo de reserva ya no aparece, como en el atesoramiento, como una actividad exterior a la circulación misma, ni, como en la reserva de monedas, como un estancamiento meramente técnico de la moneda, sino que el dinero tiene que reunirse poco a poco para estar disponible en determinados plazos de pago futuros. Así pues, mientras el atesoramiento en la forma abstracta en que vale como enriquecimiento disminuye con el desarrollo de la producción burguesa, crece este atesoramiento exigido inmediatamente por el proceso de cambio, o, mejor dicho, una parte de los tesoros que se forman en general en la esfera de la circulación de mercancías queda absorbida como fondo de reserva de medios de pago. Cuanto más desarrollada está la producción burguesa, tanto más se reducen estos fondos de reserva al mínimo necesario. Locke, en su escrito sobre la reducción del tipo de interés,140 da interesantes informaciones sobre la magnitud de estos fondos de reserva en su época. Se ve en ellas qué parte tan importante del dinero que circulaba en general absorbían en Inglaterra los depósitos de medios de pago, precisamente en la época en que empezaba a desarrollarse la banca.

La ley sobre la cantidad del dinero circulante, tal como resultó del estudio del simple curso del dinero, se modifica esencialmente por el curso del medio de pago. Dada la velocidad de curso del dinero, sea como medio de circulación, sea como medio de pago, la suma total del dinero que circula en un periodo dado estará determinada por la suma total de los precios de las mercancías que hay que realizar, más la suma total de los pagos que vencen en el mismo periodo, menos los pagos que se anulan mutuamente por compensación. La ley general de que la masa del dinero en curso depende de los precios de las mercancías no queda afectada en lo más mínimo, ya que el importe de los pagos está determinado a su vez por los precios fijados por contrato. Pero se ve de manera palmaria que, aun suponiendo constantes la velocidad del curso y la economía de los pagos, la suma de los precios de las masas de mercancías que circulan en un periodo determinado, por ejemplo un día, y la masa del dinero que circula ese mismo día no coinciden en absoluto, pues circula una masa de mercancías cuyo precio solo se realizará en dinero en el futuro, y circula una masa de dinero cuyas mercancías correspondientes hace tiempo que salieron de la circulación. Esta última masa dependerá a su vez de la magnitud de la suma de valor de los pagos que vencen ese mismo día, aunque se hayan contraído en periodos completamente distintos.

Vimos que el cambio en el valor del oro y la plata no afecta a su función de medida de los valores o de dinero de cuenta. Este cambio, sin embargo, se vuelve de importancia decisiva para el dinero como tesoro, pues al subir o bajar el valor del oro y la plata sube o baja la magnitud de valor del tesoro de oro o de plata. Y más importante aún para el dinero como medio de pago. El pago se efectúa más tarde que la venta de la mercancía, o el dinero actúa en dos periodos distintos en dos funciones distintas: primero como medida de los valores, luego como medio de pago correspondiente a esa medición. Si en el intervalo cambia el valor de los metales preciosos, o el tiempo de trabajo exigido para producirlos, la misma cantidad de oro o de plata valdrá, cuando aparezca como medio de pago, más o menos que en el momento en que sirvió de medida de los valores o se cerró el contrato. La función de una mercancía particular, como el oro y la plata, como dinero o valor de cambio autonomizado entra aquí en colisión con su naturaleza de mercancía particular, cuya magnitud de valor depende del cambio de sus costes de producción. La gran revolución social que provocó en Europa la baja del valor de los metales preciosos es un hecho tan conocido como la revolución inversa que se produjo en una época temprana de la antigua república romana por la subida del valor del cobre en que estaban contraídas las deudas de los plebeyos.141 Sin seguir más adelante las fluctuaciones de valor de los metales preciosos en su influencia sobre el sistema de la economía burguesa, ya se desprende aquí que la baja del valor de los metales preciosos favorece a los deudores a costa de los acreedores, y una subida de su valor, a la inversa, a los acreedores a costa de los deudores.

c) Dinero mundial

El oro se convierte en dinero, a diferencia de la moneda, primero al retirarse de la circulación como tesoro, luego al entrar en ella como no medio de circulación y, por último, al romper las barreras de la circulación interior para funcionar como equivalente general en el mundo de las mercancías. Así se convierte en dinero mundial.

Así como las medidas generales de peso de los metales preciosos sirvieron de medidas originarias de los valores, dentro del mercado mundial los nombres de cuenta del dinero vuelven a convertirse en los nombres de peso correspondientes. Así como el metal bruto informe (aes rude)142 fue la forma originaria del medio de circulación, y la forma de moneda no fue originariamente más que el signo oficial del peso contenido en los trozos de metal, el metal precioso, como moneda mundial, se despoja de nuevo de efigie y cuño y recae en la forma indiferente del lingote; o bien, cuando circulan en el extranjero monedas nacionales, como los imperiales rusos, los táleros mexicanos y los soberanos ingleses,143 su denominación se vuelve indiferente y solo cuenta su contenido. Por último, como dinero internacional, los metales preciosos vuelven a cumplir su función originaria de medio de cambio, que, como el cambio de mercancías mismo, no nació en el interior de las comunidades naturales, sino en los puntos de contacto de comunidades distintas. Como dinero mundial, el dinero recupera, pues, su primera forma natural. Al abandonar la circulación interior, se despoja de nuevo de las formas particulares que brotaron del desarrollo del proceso de cambio dentro de aquella esfera particular, de sus formas locales de patrón de los precios, moneda, moneda fraccionaria y signo de valor.

Vimos que en la circulación interior de un país solo una mercancía sirve de medida de los valores. Pero como en un país es el oro y en otro la plata quien cumple esta función, en el mercado mundial rige una doble medida de los valores, y el dinero duplica su existencia también en todas las demás funciones. La traducción de los valores de las mercancías de precios en oro a precios en plata, y a la inversa, está determinada en cada caso por el valor relativo de ambos metales, que cambia constantemente y cuya fijación aparece, por tanto, como un proceso constante. Los poseedores de mercancías de cada esfera de circulación interior se ven obligados a usar alternativamente oro y plata para la circulación exterior, y a cambiar así el metal que en el interior vale como dinero por el metal que necesitan precisamente como dinero en el extranjero. Cada nación emplea, pues, ambos metales, oro y plata, como dinero mundial.

En la circulación internacional de mercancías, el oro y la plata no aparecen como medio de circulación, sino como medio general de cambio. Pero el medio general de cambio solo funciona en las dos formas desarrolladas de medio de compra y medio de pago, cuya relación, sin embargo, se invierte en el mercado mundial. En la esfera de la circulación interior, el dinero, en la medida en que era moneda, en que representaba al mediador de la unidad en proceso W-G-W o la forma meramente evanescente del valor de cambio en el incesante cambio de lugar de las mercancías, actuaba exclusivamente como medio de compra. En el mercado mundial ocurre lo contrario. El oro y la plata aparecen aquí como medio de compra cuando el metabolismo es solo unilateral y, por tanto, compra y venta se separan. El comercio fronterizo de Kiajta,144 por ejemplo, es de hecho y por tratado un comercio de trueque en el que la plata es solo medida de los valores. La guerra de 1857-1858 llevó a los chinos a vender sin comprar. Entonces la plata apareció de pronto como medio de compra. Por respeto a la letra del tratado, los rusos transformaron piezas francesas de cinco francos en toscos objetos de plata que servían de medio de cambio. La plata funciona constantemente como medio de compra entre Europa y América, por un lado, y Asia, por el otro, donde se deposita como tesoro. Además, los metales preciosos funcionan como medio internacional de compra en cuanto se interrumpe de repente el equilibrio tradicional del metabolismo entre dos naciones, cuando, por ejemplo, una mala cosecha obliga a una de ellas a comprar en medida extraordinaria. Por último, los metales preciosos son medio internacional de compra en manos de los países productores de oro y plata, donde son producto inmediato y mercancía, no la forma transformada de la mercancía. Cuanto más se desarrolla el cambio de mercancías entre distintas esferas nacionales de circulación, más se desarrolla la función del dinero mundial como medio de pago para la liquidación de los balances internacionales.

Como la circulación interior, la circulación internacional exige una cantidad de oro y plata siempre cambiante. Por eso, en cada pueblo una parte de los tesoros acumulados sirve de fondo de reserva del dinero mundial, que unas veces se vacía y otras se vuelve a llenar, según las oscilaciones del cambio de mercancías.145 Además de los movimientos particulares con que va y viene entre las esferas nacionales de circulación, el dinero mundial tiene un movimiento general cuyos puntos de partida están en las fuentes de producción, desde las que corrientes de oro y plata se extienden en distintas direcciones por el mercado mundial. El oro y la plata entran aquí en la circulación mundial como mercancías, y como equivalentes se cambian por equivalentes en mercancías en proporción al tiempo de trabajo que contienen, antes de caer en las esferas de circulación interiores. Por eso aparecen en ellas con una magnitud de valor dada. Toda baja o subida en el cambio de sus costes de producción afecta, por tanto, de manera uniforme a su valor relativo en el mercado mundial, que, en cambio, es del todo independiente del grado en que las distintas esferas nacionales de circulación absorban oro o plata. La parte de la corriente metálica que recoge cada esfera particular del mundo de las mercancías entra en parte directamente en el curso interior del dinero, para reponer las monedas metálicas desgastadas; se embalsa en parte en los distintos depósitos de tesoro de moneda, medios de pago y dinero mundial; se transforma en parte en artículos de lujo, mientras que el resto, por último, se convierte en tesoro sin más. En un grado desarrollado de la producción burguesa, la formación de tesoros se reduce al mínimo que los distintos procesos de la circulación requieren para el libre juego de su mecanismo. Como tesoro en cuanto tal solo queda aquí la riqueza ociosa, cuando no es la forma momentánea de un excedente en la balanza de pagos, el resultado de un metabolismo interrumpido y, por tanto, la solidificación de la mercancía en su primera metamorfosis.

Así como el oro y la plata, como dinero, son por su concepto la mercancía general, en el dinero mundial adquieren la forma de existencia correspondiente de mercancía universal. En la medida en que todos los productos se alienan por ellos, se convierten en la figura transformada de todas las mercancías y, por tanto, en la mercancía alienable en todas direcciones. Se realizan como materialización del tiempo de trabajo general en la medida en que el metabolismo de los trabajos reales abarca el globo terrestre. Se convierten en equivalente general en el grado en que se desarrolla la serie de equivalentes particulares que forman su esfera de cambio. Como en la circulación mundial las mercancías despliegan universalmente su propio valor de cambio, su figura transformada en oro y plata aparece como dinero mundial. Así, mientras las naciones de poseedores de mercancías, con su industria universal y su intercambio general, convierten el oro en dinero adecuado, la industria y el intercambio solo se les aparecen como medios para sustraer al mercado mundial el dinero en forma de oro y plata. Por eso el oro y la plata como dinero mundial son tanto producto de la circulación general de mercancías como medio para ampliar sus círculos. Así como a espaldas de los alquimistas, mientras querían hacer oro, creció la química, a espaldas de los poseedores de mercancías, mientras persiguen a la mercancía en su figura encantada, brotan las fuentes de la industria mundial y del comercio mundial. El oro y la plata ayudan a crear el mercado mundial al anticipar su existencia en su concepto de dinero. Que este efecto mágico suyo no se limita en modo alguno a los años de infancia de la sociedad burguesa, sino que brota necesariamente de la inversión en que su propio trabajo social se presenta a los portadores del mundo de las mercancías, lo prueba la extraordinaria influencia que el descubrimiento de nuevos países auríferos a mediados del siglo XIX ejerce sobre el intercambio mundial.

Así como el dinero se desarrolla en dinero mundial, el poseedor de mercancías se desarrolla en cosmopolita. La relación cosmopolita de los hombres entre sí no es originariamente más que su relación como poseedores de mercancías. La mercancía, en sí y para sí, está por encima de toda barrera religiosa, política, nacional y lingüística. Su lenguaje general es el precio, y su comunidad, el dinero. Pero con el desarrollo del dinero mundial, en oposición a la moneda nacional, se desarrolla el cosmopolitismo del poseedor de mercancías como fe de la razón práctica, en oposición a los prejuicios heredados, religiosos, nacionales y de otra clase, que entorpecen el metabolismo de la humanidad. Cuando el mismo oro que desembarca en Inglaterra en forma de eagles norteamericanos se convierte en soberano, a los tres días circula en París como napoleón y a las pocas semanas reaparece en Venecia como ducado, pero conserva siempre el mismo valor, al poseedor de mercancías le queda claro que la nacionalidad «is but the guinea's stamp» [no es más que el cuño de la guinea].146 La idea sublime en que el mundo entero se le resuelve es la de un mercado: el mercado mundial.147

4. Los metales preciosos

El proceso de producción burgués se adueña al principio de la circulación metálica como de un órgano heredado ya hecho, que se va transformando poco a poco, pero conserva siempre su construcción fundamental. La cuestión de por qué sirven de material del dinero el oro y la plata, y no otras mercancías, cae fuera de los límites del sistema burgués. Por eso nos limitamos a resumir sumariamente los puntos de vista más esenciales.

Como el tiempo de trabajo general mismo solo admite diferencias cuantitativas, el objeto que haya de valer como su encarnación específica tiene que ser capaz de representar diferencias puramente cuantitativas, de modo que se presupone la identidad, la uniformidad de la cualidad. Esta es la primera condición para que una mercancía funcione como medida de los valores. Si estimo, por ejemplo, todas las mercancías en bueyes, pieles, grano, etc., tengo que medirlas en realidad en un buey medio ideal, en una piel media, puesto que un buey es cualitativamente distinto de otro buey, un grano de otro grano, una piel de otra piel. El oro y la plata, en cambio, como cuerpos simples, son siempre iguales a sí mismos, y por eso cantidades iguales de ellos representan valores de igual magnitud.148 La otra condición para la mercancía que haya de servir de equivalente general, que se deriva directamente de la función de representar diferencias puramente cuantitativas, es la posibilidad de dividirla en partes cualesquiera y de volver a reunirlas, de modo que el dinero de cuenta pueda representarse también sensiblemente. El oro y la plata poseen estas propiedades en grado eminente.

Como medio de circulación, el oro y la plata tienen sobre otras mercancías la ventaja de que a su gran peso específico, que representa relativamente mucha pesantez en poco espacio, corresponde su peso específico económico, que encierra relativamente mucho tiempo de trabajo, es decir, un gran valor de cambio, en poco volumen. Con ello queda garantizada la facilidad del transporte, del paso de una mano a otra y de un país a otro, la capacidad de aparecer tan deprisa como de desaparecer; en suma, la movilidad material, el sine qua non de la mercancía que ha de servir de perpetuum mobile del proceso de circulación.

El elevado valor específico de los metales preciosos, su durabilidad, su relativa indestructibilidad, el no oxidarse al aire y, en el oro en particular, su insolubilidad en los ácidos, salvo en el agua regia, todas estas propiedades naturales hacen de los metales preciosos el material natural del atesoramiento. Por eso Pedro Mártir,149 que parece haber sido un gran amigo del chocolate, observa de los sacos de cacao que constituían una de las clases de dinero mexicanas:

«¡Oh, feliz moneda, que proporciona al género humano una bebida dulce y provechosa, y preserva a sus poseedores de la peste infernal de la avaricia, porque no puede enterrarse ni guardarse mucho tiempo!» (De orbe novo.)

La gran importancia de los metales en general dentro del proceso inmediato de producción está ligada a su función como instrumentos de producción. Aparte de su escasez, la gran blandura del oro y de la plata, comparados con el hierro e incluso con el cobre (en el estado endurecido en que lo usaban los antiguos), los incapacita para este uso y los priva así, en gran medida, de la propiedad en que descansa el valor de uso de los metales en general. Así como son inútiles dentro del proceso inmediato de producción, aparecen también como prescindibles en cuanto medios de vida, en cuanto objetos de consumo. Por eso cualquier cantidad de ellos puede entrar en el proceso social de circulación sin perjudicar los procesos de la producción y el consumo inmediatos. Su valor de uso individual no entra en conflicto con su función económica. Por otra parte, el oro y la plata no son solo objetos negativamente superfluos, es decir, prescindibles, sino que sus cualidades estéticas hacen de ellos el material natural del boato, del adorno, del esplendor, de las necesidades de domingo; en suma, la forma positiva de la abundancia y de la riqueza. Aparecen en cierto modo como luz en estado puro desenterrada del mundo subterráneo, ya que la plata refleja todos los rayos de luz en su mezcla originaria, y el oro solo la potencia más alta del color, el rojo. Y el sentido del color es la forma más popular del sentido estético en general. La conexión etimológica de los nombres de los metales preciosos en las distintas lenguas indoeuropeas con relaciones de color la ha demostrado Jacob Grimm. (Véase su Historia de la lengua alemana.)150

Por último, la capacidad del oro y la plata de transformarse de la forma de moneda en la de lingote, de la forma de lingote en la de artículos de lujo, y a la inversa, su ventaja, pues, sobre otras mercancías de no estar sujetos a formas de uso determinadas, dadas de una vez por todas, los convierte en el material natural del dinero, que tiene que pasar constantemente de una determinación formal a otra.

La naturaleza no produce dinero, como tampoco produce banqueros ni un tipo de cambio. Pero como la producción burguesa tiene que cristalizar la riqueza como fetiche en la forma de una cosa singular, el oro y la plata son su encarnación correspondiente. El oro y la plata no son por naturaleza dinero, pero el dinero es por naturaleza oro y plata. Por una parte, el cristal de dinero de plata o de oro no solo es producto del proceso de circulación, sino que es de hecho su único producto en reposo. Por otra parte, el oro y la plata son productos naturales acabados, y son lo primero inmediatamente, igual que son lo segundo, sin que los separe ninguna diferencia de forma. El producto general del proceso social, o el proceso social mismo como producto, es un producto natural particular, un metal metido en las entrañas de la tierra y que puede desenterrarse de ella.151

Hemos visto que el oro y la plata no pueden cumplir la exigencia que se les plantea como dinero de ser una magnitud de valor constante. Sin embargo, como ya observa Aristóteles, poseen una magnitud de valor más permanente que el promedio de las demás mercancías.152 Aparte del efecto general de una apreciación o depreciación de los metales preciosos, las fluctuaciones de la relación de valor entre el oro y la plata tienen especial importancia, ya que ambos sirven a la vez de materia del dinero en el mercado mundial. Las causas puramente económicas de este cambio de valor —las conquistas y otras convulsiones políticas, que ejercieron gran influencia sobre el valor de los metales en el mundo antiguo, solo actúan local y pasajeramente— hay que reducirlas al cambio del tiempo de trabajo requerido para producir estos metales. Este dependerá a su vez de su escasez natural relativa, así como de la mayor o menor dificultad que presenta apoderarse de ellos en estado metálico puro. El oro es, en efecto, el primer metal que descubre el hombre. Por una parte, la naturaleza misma lo presenta en forma cristalina pura, individualizado, químicamente no combinado con otros cuerpos o, como decían los alquimistas, en estado virgen; por otra, la naturaleza misma asume en los grandes lavaderos de oro de los ríos la tarea de la tecnología. Por parte del hombre solo se requiere así el trabajo más tosco, sea para obtener el oro de río, sea el oro de los terrenos de aluvión, mientras que la obtención de la plata presupone el trabajo minero y, en general, un desarrollo relativamente alto de la técnica. Por eso, a pesar de su menor escasez absoluta, el valor originario de la plata es relativamente mayor que el del oro. La afirmación de Estrabón de que en una tribu de árabes se daban 10 libras de oro por 1 libra de hierro y 2 libras de oro por 1 libra de plata no parece en modo alguno increíble.153 Pero a medida que se desarrollan las fuerzas productivas del trabajo social y, por tanto, el producto del trabajo simple se encarece frente al del trabajo combinado, a medida que se abre la corteza terrestre en todas direcciones y se agotan las fuentes superficiales originarias del suministro de oro, el valor de la plata bajará en relación con el valor del oro. En un grado dado de desarrollo de la tecnología y de los medios de comunicación, el descubrimiento de nuevos países de oro o de plata acabará por inclinar la balanza. En la Asia antigua, la relación del oro con la plata era de 6 a 1 o de 8 a 1, esta última todavía a principios del siglo XIX en China y Japón; la de 10 a 1, la relación en tiempos de Jenofonte, puede considerarse la relación media de la Antigüedad media. La explotación de las minas de plata españolas por Cartago y luego por Roma tuvo en la Antigüedad un efecto aproximadamente igual al descubrimiento de las minas americanas en la Europa moderna. Para la época imperial romana puede tomarse como cifra media aproximada la de 15 o 16 a 1, aunque en Roma encontramos a menudo una depreciación mayor de la plata. El mismo movimiento, que empieza con la depreciación relativa del oro y acaba con la caída del valor de la plata, se repite en la época siguiente, que se extiende desde la Edad Media hasta los tiempos más recientes. Como en tiempos de Jenofonte, la relación media en la Edad Media es de 10 a 1, y a consecuencia del descubrimiento de las minas americanas vuelve a pasar a 16 o 15 a 1. El descubrimiento de los yacimientos de oro de Australia, California y Colombia hace probable una nueva caída del valor del oro.154

C. Teorías sobre el medio de circulación y el dinero

Así como una codicia general de oro empujó a pueblos y príncipes, en los siglos XVI y XVII, en la infancia de la moderna sociedad burguesa, a cruzadas de ultramar en busca del Grial de oro,155 los primeros intérpretes del mundo moderno, los autores del sistema monetario, del que el sistema mercantil no es más que una variante, proclamaron que el oro y la plata, es decir, el dinero, eran la única riqueza. Expresaron con acierto que la vocación de la sociedad burguesa es hacer dinero, es decir, desde el punto de vista de la circulación simple de mercancías, formar el tesoro eterno que no roen ni la polilla ni el orín. No se responde al sistema monetario diciendo que una tonelada de hierro al precio de 3 libras esterlinas es una magnitud de valor tan grande como 3 libras esterlinas de oro. No se trata aquí de la magnitud del valor de cambio, sino de su forma adecuada. Si el sistema monetario y el mercantil destacan el comercio mundial y las ramas particulares del trabajo nacional que desembocan directamente en él como las únicas fuentes verdaderas de riqueza o de dinero, hay que tener en cuenta que en aquella época la mayor parte de la producción nacional se movía todavía en formas feudales y servía a los propios productores como fuente inmediata de subsistencia. Los productos en gran parte no se convertían en mercancías y, por tanto, tampoco en dinero; no entraban en absoluto en el metabolismo social general, no aparecían, por tanto, como objetivación del trabajo abstracto general y no constituían, de hecho, riqueza burguesa. El dinero como fin de la circulación es el valor de cambio o la riqueza abstracta, no un elemento material cualquiera de la riqueza, como fin determinante y motivo impulsor de la producción. Como correspondía a la fase previa de la producción burguesa, aquellos profetas incomprendidos se aferraron a la forma pura, tangible y brillante del valor de cambio, a su forma de mercancía general frente a todas las mercancías particulares. La esfera propiamente económica burguesa de la época era la esfera de la circulación de mercancías. Por eso juzgaron todo el complicado proceso de la producción burguesa desde el punto de vista de esta esfera elemental y confundieron dinero con capital. La lucha inextinguible de los economistas modernos contra el sistema monetario y el mercantil se debe en gran parte a que este sistema divulga, de forma brutalmente ingenua, el secreto de la producción burguesa: su dominación por el valor de cambio. Ricardo, aunque para hacer de ello una aplicación falsa, observa en algún lugar que incluso en tiempos de hambre se importa grano, no porque la nación pase hambre, sino porque el comerciante de granos hace dinero. En su crítica del sistema monetario y del mercantil, la economía política yerra, pues, al combatir este sistema como mera ilusión, como teoría simplemente falsa, sin reconocer en él la forma bárbara de su propio presupuesto fundamental. Además, este sistema no solo conserva un derecho histórico, sino que dentro de determinadas esferas de la economía moderna tiene pleno derecho de ciudadanía. En todas las fases del proceso de producción burgués en que la riqueza adopta la forma elemental de la mercancía, el valor de cambio adopta la forma elemental del dinero, y en todas las fases del proceso de producción la riqueza vuelve a caer una y otra vez, por un momento, en la forma general elemental de la mercancía. Incluso en la economía burguesa más desarrollada, las funciones específicas del oro y la plata como dinero, a diferencia de su función como medio de circulación y en oposición a todas las demás mercancías, no se suprimen, sino que solo se restringen; el sistema monetario y el mercantil conservan, pues, su derecho. El hecho católico de que el oro y la plata se enfrenten a las demás mercancías profanas como encarnación inmediata del trabajo social y, por tanto, como existencia de la riqueza abstracta hiere naturalmente el point d'honneur protestante de la economía burguesa, y por miedo a los prejuicios del sistema monetario esta perdió durante mucho tiempo el juicio sobre los fenómenos de la circulación del dinero, como mostrará la exposición que sigue.

En oposición al sistema monetario y al mercantil, que solo conocen el dinero en su determinación formal de producto cristalizado de la circulación, era muy natural que la economía clásica lo concibiera primero en su forma fluida, como forma del valor de cambio engendrada y vuelta a desaparecer dentro de la metamorfosis misma de las mercancías. Así, como la circulación de mercancías se concibe exclusivamente en la forma W-G-W, y esta a su vez exclusivamente en la determinación de unidad en proceso de venta y compra, se afirma el dinero en su determinación formal de medio de circulación frente a su determinación formal de dinero. Si se aísla el medio de circulación mismo en su función de moneda, se transforma, como vimos, en signo de valor. Pero como la economía clásica tenía ante sí, en primer lugar, la circulación metálica como forma dominante de la circulación, concibe el dinero metálico como moneda, y la moneda metálica como mero signo de valor. Así, de acuerdo con la ley de la circulación de los signos de valor, se establece la tesis de que los precios de las mercancías dependen de la masa del dinero en circulación, y no, a la inversa, la masa del dinero en circulación de los precios de las mercancías. Encontramos esta opinión más o menos esbozada en economistas italianos del siglo XVII, unas veces afirmada y otras negada por Locke, desarrollada con precisión por el Spectator (en su número del 19 de octubre de 1711), por Montesquieu y por Hume.156 Como Hume es con mucho el representante más importante de esta teoría en el siglo XVIII, empezamos con él nuestro repaso.

Bajo determinados supuestos, un aumento o una disminución de la cantidad, sea del dinero metálico en circulación, sea de los signos de valor en circulación, parece actuar de la misma manera sobre los precios de las mercancías. Si baja o sube el valor del oro o de la plata en que se estiman como precios los valores de cambio de las mercancías, los precios suben o bajan porque ha cambiado su medida de los valores, y circula como moneda más o menos oro y plata porque los precios han subido o bajado. Pero el fenómeno visible es un cambio de los precios, permaneciendo igual el valor de cambio de las mercancías, con una cantidad mayor o menor de medios de circulación. Si, por otra parte, la cantidad de signos de valor en circulación baja o sube por debajo o por encima de su nivel necesario, se los reduce violentamente a él mediante la baja o la subida de los precios de las mercancías. En ambos casos parece producirse el mismo efecto por la misma causa, y a esta apariencia se aferró Hume.

Toda investigación científica sobre la relación entre el número de medios de circulación y el movimiento de los precios de las mercancías tiene que presuponer dado el valor del material del dinero. Hume, en cambio, considera exclusivamente épocas de revolución en el valor de los metales preciosos mismos, es decir, revoluciones en la medida de los valores. La subida de los precios de las mercancías, simultánea al aumento del dinero metálico desde el descubrimiento de las minas americanas, forma el trasfondo histórico de su teoría, del mismo modo que la polémica contra el sistema monetario y el mercantil le proporcionó su motivo práctico. Naturalmente, el suministro de metales preciosos puede aumentar sin que cambien sus costes de producción. Por otra parte, la disminución de su valor, es decir, del tiempo de trabajo exigido para producirlos, solo se mostrará al principio en el aumento de su suministro. Así pues, decían discípulos posteriores de Hume, el valor disminuido de los metales preciosos se muestra en la masa creciente de los medios de circulación, y la masa creciente de los medios de circulación en la subida de los precios de las mercancías. Pero en realidad solo crece el precio de las mercancías exportadas, que se cambian por oro y plata como mercancía y no como medio de circulación. Así sube el precio de estas mercancías, estimadas en oro y plata de valor reducido, frente a todas las demás mercancías, cuyo valor de cambio se sigue estimando en oro o plata según la pauta de sus antiguos costes de producción. Esta doble estimación de los valores de cambio de las mercancías en el mismo país solo puede ser, naturalmente, temporal, y los precios en oro o en plata tienen que nivelarse en las proporciones determinadas por los valores de cambio mismos, de modo que al final los valores de cambio de todas las mercancías se estimen de acuerdo con el nuevo valor del material del dinero. El desarrollo de este proceso no corresponde a este lugar, como tampoco el modo en que, en general, el valor de cambio de las mercancías se impone dentro de las fluctuaciones de los precios de mercado. Pero que esta nivelación es muy gradual en las épocas menos desarrolladas de la producción burguesa y se reparte a lo largo de periodos prolongados, y que en todo caso no avanza al mismo paso que el aumento del numerario en curso, lo han demostrado de modo concluyente recientes investigaciones críticas sobre el movimiento de los precios de las mercancías en el siglo XVI.157 Del todo fuera de lugar están las referencias, tan del gusto de los discípulos de Hume, a la subida de los precios en la Roma antigua a consecuencia de la conquista de Macedonia, Egipto y Asia Menor. El traslado repentino y violento de tesoros de dinero acumulados de un país a otro, propio del mundo antiguo, y la reducción temporal de los costes de producción de los metales preciosos para un país determinado mediante el simple proceso del saqueo afectan tan poco a las leyes inmanentes de la circulación del dinero como, por ejemplo, el reparto gratuito de grano egipcio y siciliano en Roma afecta a la ley general que regula el precio del grano. El material necesario para observar en detalle el curso del dinero —por un lado, una historia depurada de los precios de las mercancías y, por otro, una estadística oficial y continuada sobre la expansión y la contracción del medio circulante, la afluencia y la salida de los metales preciosos, etc.—, un material que en general solo nace con una banca plenamente desarrollada, le faltaba a Hume como a todos los demás escritores del siglo XVIII. La teoría de la circulación de Hume se resume en las tesis siguientes: 1. Los precios de las mercancías en un país están determinados por la masa de dinero (real o simbólico) que hay en él. 2. El dinero que circula en un país representa todas las mercancías que hay en él. A medida que crece el número de los representantes, es decir, del dinero, le toca a cada representante una parte mayor o menor de la cosa representada. 3. Si las mercancías aumentan, baja su precio o sube el valor del dinero. Si aumenta el dinero, sube, a la inversa, el precio de las mercancías y baja el valor del dinero.158

«La carestía de todas las cosas», dice Hume, «a consecuencia de la abundancia de dinero es una desventaja para todo comercio establecido, pues permite a los países más pobres vender más barato que los más ricos en todos los mercados extranjeros.159 Si consideramos una nación en sí misma, no puede tener efecto alguno, bueno o malo, que haya mucha o poca moneda para contar o representar las mercancías, como tampoco se alteraría el balance de un comerciante si en su contabilidad, en lugar de la numeración arábiga, que requiere pocas cifras, empleara la romana, que necesita un número mayor. Más aún, la cantidad mayor de dinero, como los caracteres numéricos romanos, es más bien incómoda y cuesta más trabajo tanto para guardarla como para transportarla.»160

Para demostrar algo, Hume habría tenido que mostrar que, en un sistema dado de caracteres numéricos, la masa de cifras empleadas no depende de la magnitud del valor numérico, sino que, a la inversa, la magnitud del valor numérico depende de la masa de caracteres empleados. Es muy cierto que no es ninguna ventaja estimar o «contar» los valores de las mercancías en oro o plata de valor reducido, y por eso los pueblos, a medida que crecía la suma de valor de las mercancías en circulación, encontraron siempre más cómodo contar en plata que en cobre, y en oro que en plata. A medida que se enriquecían, convertían los metales de menor valor en moneda subsidiaria y los de más valor en dinero. Por otra parte, Hume olvida que para contar los valores en oro y plata no es preciso que «haya» oro ni plata. El dinero de cuenta y el medio de circulación coinciden para él, y ambos son moneda (coin). Como un cambio de valor en la medida de los valores, o en los metales preciosos que funcionan como dinero de cuenta, hace subir o bajar los precios de las mercancías, y por tanto también la masa del dinero en circulación, si la velocidad de curso permanece igual, Hume concluye que la subida o la baja de los precios de las mercancías depende de la cantidad del dinero en circulación. Que en los siglos XVI y XVII no solo aumentó la cantidad de oro y plata, sino que al mismo tiempo disminuyeron sus costes de producción, Hume habría podido verlo en el cierre de las minas europeas. En los siglos XVI y XVII, los precios de las mercancías subieron en Europa con la masa de oro y plata americanos importados; luego los precios de las mercancías están determinados en cada país por la masa de oro y plata que hay en él. Esta fue la primera «consecuencia necesaria» de Hume.161 En los siglos XVI y XVII, los precios no subieron al mismo ritmo que el aumento de los metales preciosos; pasó más de medio siglo antes de que se mostrara cambio alguno en los precios de las mercancías, e incluso entonces aún transcurrió mucho tiempo antes de que los valores de cambio de las mercancías se estimaran en general de acuerdo con el valor reducido del oro y la plata, es decir, antes de que la revolución alcanzara a los precios generales de las mercancías. Luego, concluye Hume, que en completa contradicción con los principios de su filosofía convierte acríticamente hechos observados de manera unilateral en tesis generales, luego el precio de las mercancías, o el valor del dinero, no está determinado por la masa absoluta del dinero que hay en un país, sino más bien por la cantidad de oro y plata que entra realmente en la circulación; pero al final todo el oro y la plata que hay en un país tienen que ser absorbidos como moneda por la circulación.162 Está claro que, si el oro y la plata poseen un valor propio, prescindiendo de todas las demás leyes del curso, solo puede circular una cantidad determinada de oro y plata como equivalente de una suma de valor dada de mercancías. Si, pues, cualquier cantidad de oro y plata que haya casualmente en un país tiene que entrar como medio de circulación en el cambio de mercancías, sin consideración a la suma de los valores de las mercancías, el oro y la plata no poseen valor inmanente alguno y no son, por tanto, en realidad mercancías reales. Esta es la tercera «consecuencia necesaria» de Hume. Hace entrar en el proceso de circulación mercancías sin precio y oro y plata sin valor. Por eso nunca habla del valor de las mercancías ni del valor del oro, sino solo de su cantidad recíproca. Ya Locke había dicho que el oro y la plata tenían un valor meramente imaginario o convencional: la primera forma brutal de la oposición a la afirmación del sistema monetario de que solo el oro y la plata tienen verdadero valor. Que la existencia del oro y la plata como dinero brote únicamente de su función en el proceso social de cambio se interpreta en el sentido de que deben su propio valor, y por tanto su magnitud de valor, a una función social.163 El oro y la plata son, pues, cosas sin valor, pero dentro del proceso de circulación adquieren una magnitud de valor ficticia como representantes de las mercancías. El proceso no los convierte en dinero, sino en valor. Este valor suyo está determinado por la proporción entre su propia masa y la masa de las mercancías, pues ambas masas tienen que coincidir. Así, mientras Hume hace entrar el oro y la plata en el mundo de las mercancías como no mercancías, los convierte, a la inversa, en cuanto aparecen en la determinación formal de moneda, en meras mercancías que se cambian por otras mercancías mediante simple trueque. Si el mundo de las mercancías consistiera en una única mercancía, por ejemplo, un millón de quarters de grano,164 la idea sería muy sencilla: un quarter se cambia por dos onzas de oro si hay dos millones de onzas de oro, y por 20 onzas si hay 20 millones, de modo que el precio de la mercancía y el valor del dinero suben o bajan en razón inversa de la cantidad de dinero existente.165 Pero el mundo de las mercancías se compone de valores de uso infinitamente diversos, cuyo valor relativo no está determinado en modo alguno por su cantidad relativa. ¿Cómo se representa entonces Hume este cambio entre la masa de las mercancías y la masa del oro? Se contenta con la idea oscura y carente de concepto de que cada mercancía, como parte alícuota de la masa total de mercancías, se cambia por una parte alícuota correspondiente de la masa de oro. El movimiento en proceso de las mercancías, que brota de la oposición entre valor de cambio y valor de uso contenida en ellas, que aparece en el curso del dinero y cristaliza en las distintas determinaciones formales de este, queda así borrado, y en su lugar aparece la ecuación mecánica imaginaria entre la masa en peso de los metales preciosos que hay en un país y la masa de mercancías existente al mismo tiempo.

Sir James Steuart abre su investigación sobre la moneda y el dinero con una crítica detallada de Hume y Montesquieu.166 Es en realidad el primero que plantea la pregunta: ¿está determinada la cantidad del dinero en curso por los precios de las mercancías, o los precios de las mercancías por la cantidad del dinero en curso? Aunque su exposición está empañada por una idea fantástica de la medida de los valores, por una exposición vacilante del valor de cambio en general y por reminiscencias del sistema mercantil, descubre las determinaciones formales esenciales del dinero y las leyes generales de su curso, porque no coloca mecánicamente las mercancías a un lado y el dinero al otro, sino que desarrolla efectivamente las distintas funciones a partir de los distintos momentos del cambio de mercancías mismo.

«El uso del dinero para la circulación interior puede resumirse en dos puntos principales: pagar lo que uno debe y comprar lo que uno necesita; las dos cosas juntas forman la demanda de dinero contante (ready money demands)… El estado del comercio, de las manufacturas, del modo de vida y de los gastos acostumbrados de los habitantes, tomados todos juntos, regulan y determinan la masa de la demanda de dinero contante, es decir, la masa de las alienaciones. Para llevar a efecto esta variedad de pagos se necesita una cierta proporción de dinero. Esta proporción, a su vez, puede aumentar o disminuir según las circunstancias, aunque la cantidad de alienaciones siga siendo la misma… En todo caso, la circulación de un país solo puede absorber una cantidad determinada de dinero.»167 «El precio de mercado de la mercancía está determinado por la complicada operación de la demanda y la competencia (demand and competition), que son del todo independientes de la masa de oro y plata que hay en un país. ¿Qué ocurre entonces con el oro y la plata que no se necesitan como moneda? Se acumulan como tesoro o se elaboran como material de artículos de lujo. Si la masa de oro y plata cayera por debajo del nivel requerido por la circulación, se la sustituye por dinero simbólico u otros expedientes. Si un tipo de cambio favorable trae al país abundancia de dinero y corta al mismo tiempo la demanda para enviarlo al extranjero, a menudo va a parar a cofres, donde se vuelve tan inútil como si estuviera en las minas.»168

La segunda ley descubierta por Steuart es el reflujo de la circulación basada en el crédito a su punto de partida. Por último, desarrolla los efectos que la diferencia del tipo de interés en distintos países produce sobre la emigración y la inmigración internacionales de los metales preciosos. Estas dos últimas determinaciones solo las indicamos aquí para ser completos, pues quedan lejos de nuestro tema, la circulación simple.169

El dinero simbólico o el dinero de crédito —Steuart aún no distingue estas dos formas del dinero— pueden sustituir a los metales preciosos como medio de compra o medio de pago en la circulación interior, pero no en el mercado mundial. Los billetes de papel son, por tanto, el dinero de la sociedad (money of the society), mientras que el oro y la plata son el dinero del mundo (money of the world).170

Es propio de las naciones de desarrollo «histórico», en el sentido de la escuela histórica del derecho,171 olvidar constantemente su propia historia. Por eso, aunque la cuestión controvertida de la relación entre los precios de las mercancías y la cantidad de los medios de circulación ha agitado sin cesar al Parlamento durante este medio siglo y ha provocado en Inglaterra miles de panfletos, grandes y pequeños, Steuart siguió siendo, más aún que Spinoza a los ojos de Moses Mendelssohn en tiempos de Lessing, un «perro muerto».172 Incluso el más reciente historiador de la currency, Maclaren, convierte a Adam Smith en el inventor de la teoría de Steuart, como a Ricardo en el de la de Hume.173 Mientras que Ricardo refinó la teoría de Hume, Adam Smith registra los resultados de las investigaciones de Steuart como hechos muertos. Adam Smith aplicó también a la riqueza intelectual su máxima escocesa de que, «cuando habéis ganado un poco, a menudo resulta fácil ganar mucho, pero la dificultad está en ganar ese poco»,174 y por eso ocultó con mezquino cuidado las fuentes a las que debe ese poco del que en realidad hace mucho. Más de una vez prefiere quitarle filo a la cuestión allí donde una formulación precisa le obligaría a ajustar cuentas con sus predecesores. Así en la teoría del dinero. Acepta tácitamente la teoría de Steuart al contar que el oro y la plata que hay en un país se emplean en parte como moneda, en parte se acumulan como fondo de reserva para los comerciantes en los países sin bancos y como reserva bancaria en los países con circulación de crédito, en parte sirven como tesoro para la liquidación de pagos internacionales y en parte se elaboran en artículos de lujo. La cuestión de la cantidad de la moneda en circulación la elimina tácitamente al tratar el dinero, de manera completamente falsa, como mera mercancía.175 Su vulgarizador, el insípido J.-B. Say, a quien los franceses han nombrado prince de la science [príncipe de la ciencia], como Johann Christoph Gottsched nombró a su Schönaich Homero y Pietro Aretino se nombró a sí mismo terror principum [terror de los príncipes] y lux mundi [luz del mundo],176 ha convertido con gran solemnidad en dogma este descuido no del todo ingenuo de Adam Smith.177 Por lo demás, la tensión polémica contra las ilusiones del sistema mercantil impidió a Adam Smith concebir objetivamente los fenómenos de la circulación metálica, mientras que sus ideas sobre el dinero de crédito son originales y profundas. Así como en las teorías sobre los fósiles del siglo XVIII corre siempre una corriente subterránea que brota de la consideración crítica o apologética de la tradición bíblica del diluvio, tras todas las teorías del dinero del siglo XVIII se oculta una lucha secreta con el sistema monetario, el fantasma que había velado la cuna de la economía burguesa y que todavía proyectaba su sombra sobre la legislación.

Las investigaciones sobre el dinero recibieron en el siglo XIX su impulso inmediato no de los fenómenos de la circulación metálica, sino más bien de los de la circulación de billetes de banco. A la primera solo se volvió para descubrir las leyes de la segunda. La suspensión de los pagos en metálico del Banco de Inglaterra desde 1797, la subida posterior de los precios de muchas mercancías, la caída del precio de acuñación del oro por debajo de su precio de mercado y la depreciación de los billetes de banco, sobre todo desde 1809, fueron las ocasiones prácticas inmediatas de una lucha de partidos en el Parlamento y de un torneo teórico fuera de él, ambos igual de apasionados. Como trasfondo histórico del debate sirvieron la historia del papel moneda en el siglo XVIII, el fiasco del banco de Law,178 la depreciación de los billetes de banco provinciales de las colonias inglesas de Norteamérica, que fue de la mano con la cantidad creciente de signos de valor, desde principios hasta mediados del siglo XVIII; luego, más tarde, el papel moneda impuesto por ley por el gobierno central norteamericano durante la guerra de Independencia (Continental bills), y por último el experimento, llevado a cabo a escala aún mayor, de los asignados franceses. La mayoría de los escritores ingleses de la época confunden la circulación de billetes de banco, que se rige por leyes completamente distintas, con la circulación de signos de valor o de papel del Estado de curso forzoso, y, mientras pretenden explicar los fenómenos de esta circulación forzosa por las leyes de la circulación metálica, en realidad abstraen, a la inversa, las leyes de esta de los fenómenos de aquella. Pasamos por alto a todos los numerosos escritores del periodo de 1800 a 1809 y nos dirigimos enseguida a Ricardo, tanto porque resume a sus predecesores y formula sus opiniones con mayor nitidez como porque la forma que dio a la teoría del dinero domina hasta este momento la legislación bancaria inglesa. Ricardo, como sus predecesores, confunde la circulación de billetes de banco o de dinero de crédito con la circulación de meros signos de valor. El hecho que lo domina es la depreciación del papel moneda y la subida simultánea de los precios de las mercancías. Lo que las minas americanas fueron para Hume, lo fueron para Ricardo las prensas de billetes de Threadneedle Street,179 y él mismo identifica expresamente en un pasaje ambos agentes. Sus primeros escritos, que solo tratan de la cuestión del dinero, caen en la época de la polémica más violenta entre el Banco de Inglaterra, de cuyo lado estaban los ministros y el partido de la guerra, y sus adversarios, en torno a los cuales se agrupaban la oposición parlamentaria, los whigs y el partido de la paz. Aparecieron como precursores directos del famoso informe del Comité del Lingote de 1810,180 en el que se aceptan las opiniones de Ricardo.181 La singularidad de que Ricardo y sus partidarios, que declaran que el dinero es un mero signo de valor, se llamen bullionists (partidarios del lingote) no procede solo del nombre de este comité, sino del contenido mismo de su doctrina. En su obra de economía política, Ricardo repitió y desarrolló estas mismas opiniones, pero en ninguna parte investigó el dinero en sí mismo, como hizo con el valor de cambio, el beneficio, la renta, etc.

Ricardo determina en primer lugar el valor del oro y la plata, como el de todas las demás mercancías, por la cantidad de tiempo de trabajo objetivado en ellos.182 En ellos, como mercancías de valor dado, se miden los valores de las demás mercancías.183 La cantidad de medios de circulación en un país está determinada, pues, por el valor de la unidad de medida del dinero, por un lado, y por la suma de los valores de cambio de las mercancías, por el otro. Esta cantidad se ve modificada por la economía en el modo de pago.184 Como la cantidad en que puede circular el dinero de valor dado está así determinada, y su valor solo aparece dentro de la circulación en su cantidad, meros signos de valor suyos, emitidos en la proporción determinada por su valor, pueden sustituirlo en la circulación, y además

«el dinero en curso se encuentra en su estado más perfecto cuando se compone exclusivamente de papel que tiene el mismo valor que el oro que pretende representar».185

Hasta aquí, pues, Ricardo, presuponiendo dado el valor del dinero, determina la cantidad de los medios de circulación por los precios de las mercancías, y el dinero como signo de valor significa para él signo de una cantidad determinada de oro, no, como en Hume, representante sin valor de las mercancías.

Allí donde Ricardo abandona de pronto la marcha llana de su exposición y se pasa a la opinión contraria, se vuelve enseguida hacia la circulación internacional de los metales preciosos y enreda así el problema introduciendo puntos de vista ajenos. Para seguir el hilo interno de su pensamiento, apartamos primero todos los puntos de incidencia artificiales y trasladamos, por tanto, las minas de oro y plata al interior de los países donde los metales preciosos circulan como dinero. La única tesis que se desprende del desarrollo anterior de Ricardo es que, dado el valor del oro, la cantidad del dinero en circulación está determinada por los precios de las mercancías. En un momento dado, pues, la masa del oro que circula en un país está determinada simplemente por el valor de cambio de las mercancías en circulación. Supongamos ahora que la suma de estos valores de cambio disminuye, sea porque se producen menos mercancías a los antiguos valores de cambio, sea porque, a consecuencia de una mayor fuerza productiva del trabajo, la misma masa de mercancías adquiere un valor de cambio menor. O supongamos, a la inversa, que la suma de los valores de cambio aumenta porque la masa de las mercancías aumenta sin que cambien los costes de producción, o porque el valor, sea de la misma masa de mercancías, sea de una menor, crece a consecuencia de una menor fuerza productiva del trabajo. ¿Qué ocurre en ambos casos con la cantidad dada de metal en circulación? Si el oro solo es dinero porque corre como medio de circulación, si se ve obligado a permanecer en la circulación como el papel moneda de curso forzoso emitido por el Estado (y esto es lo que Ricardo tiene en mente), en el primer caso la cantidad del dinero en circulación rebosará en relación con el valor de cambio del metal, y en el segundo quedará por debajo de su nivel normal. Así pues, aunque dotado de valor propio, el oro se convierte en el primer caso en signo de un metal de menor valor de cambio que el suyo, y en el segundo en signo de un metal de mayor valor. En el primer caso, como signo de valor, estará por debajo de su valor real, y en el segundo por encima (de nuevo una abstracción sacada del papel moneda de curso forzoso). En el primer caso sería lo mismo que si las mercancías se estimaran en un metal de menor valor que el oro, y en el segundo, en un metal de mayor valor. En el primer caso, por tanto, los precios de las mercancías subirían; en el segundo bajarían. En ambos casos, el movimiento de los precios de las mercancías, su subida o su baja, sería efecto de la expansión o contracción relativa de la masa del oro en circulación por encima o por debajo del nivel correspondiente a su propio valor, es decir, de la cantidad normal determinada por la relación entre su propio valor y el valor de las mercancías que hay que hacer circular.

El mismo proceso tendría lugar si la suma de los precios de las mercancías en circulación permaneciera invariable, pero la masa del oro en circulación quedara por debajo o por encima del nivel correcto: lo primero, si la moneda de oro desgastada en la circulación no se repusiera mediante la correspondiente nueva producción de las minas; lo segundo, si el nuevo suministro de las minas hubiera rebasado las necesidades de la circulación. En ambos casos se presupone que los costes de producción del oro, o su valor, siguen siendo los mismos.

Resumiendo: el dinero en circulación está en su nivel normal cuando su cantidad, dado el valor de cambio de las mercancías, está determinada por su propio valor metálico. Rebosa, el oro cae por debajo de su propio valor metálico y los precios de las mercancías suben porque la suma de los valores de cambio de la masa de mercancías disminuye o aumenta el suministro de oro de las minas. Se contrae por debajo de su nivel correcto, el oro sube por encima de su propio valor metálico y los precios de las mercancías bajan porque la suma de los valores de cambio de la masa de mercancías aumenta o el suministro de oro de las minas no repone la masa del oro desgastado. En ambos casos, el oro en circulación es signo de valor de un valor mayor o menor que el que realmente contiene. Puede convertirse en signo apreciado o depreciado de sí mismo. En cuanto las mercancías se hubieran estimado en general en este nuevo valor del dinero y los precios generales de las mercancías hubieran subido o bajado en consecuencia, la cantidad del oro en circulación volvería a corresponder a las necesidades de la circulación (una consecuencia que Ricardo subraya con especial placer), pero contradiría los costes de producción de los metales preciosos y, por tanto, su relación como mercancía con las demás mercancías. De acuerdo con la teoría ricardiana de los valores de cambio en general, la subida del oro por encima de su valor de cambio, es decir, del valor determinado por el tiempo de trabajo que contiene, provocaría un aumento de la producción de oro, hasta que su mayor suministro lo hubiera vuelto a rebajar a su magnitud de valor correcta. A la inversa, una caída del oro por debajo de su valor provocaría una disminución de su producción, hasta que hubiera vuelto a subir a su magnitud de valor correcta. Mediante estos movimientos inversos se compensaría la contradicción entre el valor metálico del oro y su valor como medio de circulación, se restablecería el nivel correcto de la masa de oro en circulación y la altura de los precios de las mercancías volvería a corresponder a la medida de los valores. Estas fluctuaciones del valor del oro en circulación afectarían igualmente al oro en forma de lingote, puesto que, según el supuesto, todo el oro que no se consume como artículo de lujo circula. Como el oro mismo, sea como moneda, sea como lingote, puede convertirse en signo de valor de un valor metálico mayor o menor que el suyo, se comprende que los billetes de banco convertibles que puedan circular compartan la misma suerte. Aunque los billetes de banco sean convertibles, es decir, su valor real corresponda a su valor nominal, la masa total del dinero en circulación, oro y billetes (the aggregate currency consisting of metal and of convertible notes), puede apreciarse o depreciarse según que su cantidad total suba o baje, por las razones expuestas antes, por encima o por debajo del nivel determinado por el valor de cambio de las mercancías en circulación y por el valor metálico del oro. Desde este punto de vista, el papel moneda inconvertible solo tiene sobre el convertible la ventaja de que puede depreciarse dos veces. Puede caer por debajo del valor del metal que pretende representar porque se emite en número excesivo, o puede caer porque el metal que representa ha caído por debajo de su propio valor. Esta depreciación, no del papel frente al oro, sino del oro y el papel juntos, o de la masa total de los medios de circulación de un país, es uno de los principales inventos de Ricardo, que lord Overstone y Cía.186 pusieron a su servicio y convirtieron en un principio fundamental de la legislación bancaria de sir Robert Peel de 1844 y 1845.

Lo que había que demostrar era que el precio de las mercancías, o el valor del oro, depende de la masa del oro en circulación. La demostración consiste en presuponer lo que había que demostrar: que cualquier cantidad del metal precioso que sirve de dinero, en la proporción que sea con su valor intrínseco, tiene que convertirse en medio de circulación, en moneda y, por tanto, en signo de valor de las mercancías en circulación, cualquiera que sea la suma total de su valor. En otras palabras, la demostración consiste en hacer abstracción de todas las demás funciones que el dinero cumple además de su función de medio de circulación. Cuando se ve en apuros, como por ejemplo en su polémica con Bosanquet,187 Ricardo, enteramente dominado por el fenómeno de los signos de valor depreciados por su cantidad, se refugia en la afirmación dogmática.188

Si Ricardo hubiera expuesto esta teoría en abstracto, como lo hemos hecho nosotros, sin introducir relaciones concretas ni puntos de incidencia que desvían de la cuestión misma, su vaciedad habría saltado a la vista. Pero él le da a todo el desarrollo un barniz internacional. Sin embargo, será fácil mostrar que la grandeza aparente de la escala no cambia en nada la pequeñez de las ideas fundamentales.

La primera tesis era, pues: la cantidad del dinero metálico en circulación es normal cuando está determinada por la suma de valor de las mercancías en circulación, estimada en su valor metálico. En términos internacionales, esto se dice así: en el estado normal de la circulación, cada país posee una masa de dinero correspondiente a su riqueza y a su industria. El dinero circula con un valor que corresponde a su valor real o a sus costes de producción, es decir, tiene el mismo valor en todos los países.189 Por tanto, nunca se exportaría ni se importaría dinero de un país a otro.190 Habría, pues, un equilibrio entre las currencies (las masas totales de dinero en circulación) de los distintos países. El nivel correcto de la currency nacional se expresa ahora como equilibrio internacional de las currencies, y en realidad no se ha dicho más que esto: que la nacionalidad no cambia en nada la ley económica general. Volvemos a estar en el mismo punto fatal que antes. ¿Cómo se perturba el nivel correcto?, lo que ahora se formula así: ¿cómo se perturba el equilibrio internacional de las currencies, o cómo deja el dinero de tener el mismo valor en todos los países, o, por último, cómo deja de tener en cada país su propio valor? Así como antes se perturbaba el nivel correcto porque la masa del oro en circulación aumentaba o disminuía, permaneciendo igual la suma de valor de las mercancías, o porque la cantidad del dinero en circulación seguía siendo la misma mientras aumentaban o disminuían los valores de cambio de las mercancías, ahora se perturba el nivel internacional determinado por el valor del metal mismo porque la masa del oro que hay en un país crece a consecuencia del descubrimiento en él de nuevas minas,191 o porque la suma de los valores de cambio de las mercancías en circulación ha aumentado o disminuido en un país en particular. Así como antes la producción de metales preciosos disminuía o aumentaba según fuera necesario contraer o expandir la currency y bajar o subir en consecuencia los precios de las mercancías, ahora actúan del mismo modo la exportación y la importación de un país a otro. En el país en que los precios hubieran subido y el valor del oro, a consecuencia de la circulación hinchada, hubiera caído por debajo de su valor metálico, el oro estaría depreciado en relación con los demás países y, en consecuencia, los precios de las mercancías estarían más altos en comparación con los demás países. Se exportaría, pues, oro y se importarían mercancías. En el caso inverso, a la inversa. Así como antes la producción de oro, ahora la importación o la exportación de oro, y con ellas la subida o la baja de los precios de las mercancías, continuarían hasta que se restableciera, como antes la relación de valor correcta entre metal y mercancía, ahora el equilibrio entre las currencies internacionales. Así como en el primer caso la producción de oro solo aumentaba o disminuía porque el oro estaba por encima o por debajo de su valor, la migración internacional del oro solo tendría lugar por esta razón. Así como en el primer caso todo cambio en su producción afectaría a la cantidad del metal en circulación y, con ella, a los precios, así ahora la importación y la exportación internacionales. En cuanto se hubiera restablecido el valor relativo entre el oro y la mercancía, o la cantidad normal de los medios de circulación, no habría en el primer caso más producción, ni en el segundo más exportación o importación, salvo para reponer la moneda desgastada y para el consumo de la industria del lujo. De ahí se sigue

«que la tentación de exportar dinero como equivalente de mercancías, o una balanza comercial desfavorable, nunca puede darse si no es a consecuencia de una cantidad excesiva de medios de circulación».192

Siempre sería solo la desvalorización o la sobrevaloración del metal, a consecuencia de la expansión o la contracción de la masa de los medios de circulación por encima o por debajo de su nivel correcto, lo que provocaría su importación o su exportación.193 Se seguiría además que, como en el primer caso la producción de oro solo aumenta o disminuye, y en el segundo caso el oro solo se importa o se exporta, porque su cantidad está por encima o por debajo de su nivel correcto, porque está apreciado o depreciado por encima o por debajo de su valor metálico y, por tanto, los precios de las mercancías están demasiado altos o demasiado bajos, todo movimiento de esta clase actúa como correctivo,194 pues mediante la expansión o la contracción del dinero en circulación devuelve los precios a su verdadero nivel: en el primer caso, el nivel entre el valor del oro y el valor de las mercancías; en el segundo, el nivel internacional de las currencies. En otras palabras: el dinero circula en los distintos países solo en la medida en que circula en cada país como moneda. El dinero es solo moneda y, por tanto, la cantidad de oro que hay en un país tiene que entrar en la circulación y puede, en consecuencia, subir o bajar por encima o por debajo de su valor como signo de valor de sí mismo. Con esto, por el rodeo de esta complicación internacional, hemos llegado felizmente de nuevo al simple dogma que constituye el punto de partida.

Algunos ejemplos mostrarán cómo Ricardo amaña violentamente los fenómenos reales en el sentido de su teoría abstracta. Afirma, por ejemplo, que en épocas de malas cosechas, frecuentes en Inglaterra durante el periodo de 1800 a 1820, se exporta oro no porque se necesite grano y el oro sea dinero, es decir, medio de compra y de pago siempre eficaz en el mercado mundial, sino porque el oro estaría depreciado en su valor frente a las demás mercancías y, en consecuencia, la currency del país en que se produce la mala cosecha estaría depreciada en relación con las demás currencies nacionales. Como la mala cosecha habría disminuido la masa de las mercancías en circulación, la cantidad dada del dinero en circulación habría rebasado su nivel normal y, en consecuencia, todos los precios de las mercancías habrían subido.195 Frente a esta interpretación paradójica, se ha demostrado estadísticamente que desde 1793 hasta los tiempos más recientes, en caso de malas cosechas en Inglaterra, la cantidad existente de medios de circulación no rebosó, sino que resultó insuficiente, y por eso circuló, y tuvo que circular, más dinero que antes.196

Del mismo modo, Ricardo afirmó, en tiempos del bloqueo continental napoleónico y de los decretos ingleses de bloqueo,197 que los ingleses exportaban al continente oro en lugar de mercancías porque su dinero estaba depreciado en relación con el dinero de los países continentales, sus mercancías estaban por tanto relativamente más caras y era así una especulación comercial más ventajosa exportar oro en lugar de mercancías. Según él, Inglaterra era el mercado en que las mercancías eran caras y el dinero barato, mientras que en el continente las mercancías eran baratas y el dinero caro.

«El hecho», dice un escritor inglés, «era el precio ruinosamente bajo de nuestras manufacturas y productos coloniales bajo el efecto del sistema continental durante los últimos seis años de la guerra. Los precios del azúcar y del café, por ejemplo, estimados en oro, eran en el continente cuatro o cinco veces más altos que los mismos precios en Inglaterra estimados en billetes de banco. Era la época en que los químicos franceses descubrieron el azúcar de remolacha y sustituyeron el café por la achicoria, mientras que al mismo tiempo los arrendatarios ingleses hacían experimentos cebando bueyes con jarabe y melaza; en que Inglaterra tomó posesión de Heligoland para establecer allí un depósito de mercancías que facilitara el contrabando hacia el norte de Europa, y en que las clases más ligeras de manufacturas británicas buscaban su camino hacia Alemania a través de Turquía… Casi todas las mercancías del mundo estaban acumuladas en nuestros almacenes y yacían allí inmovilizadas, salvo cuando una pequeña cantidad quedaba liberada mediante una licencia francesa, por la que los comerciantes de Hamburgo y Ámsterdam habían pagado a Napoleón una suma de 40.000 a 50.000 libras esterlinas. Cómicos comerciantes tenían que ser los que pagaban tales sumas por la libertad de llevar un cargamento de mercancías de un mercado caro a uno barato. ¿Cuál era la alternativa clara para un comerciante? O comprar café por 6 peniques en billetes de banco y enviarlo a un lugar donde podía vender inmediatamente la libra por 3 o 4 chelines en oro, o comprar oro con billetes de banco a 5 libras esterlinas la onza y enviarlo a un lugar donde se estimaba en 3 libras, 17 chelines y 10½ peniques. Es, pues, absurdo decir que se remitía oro en lugar de café como operación mercantil preferible… No había entonces ningún país en el mundo donde pudiera obtenerse una cantidad tan grande de mercancías deseables como en Inglaterra. Bonaparte examinaba siempre con atención los boletines de precios ingleses. Mientras veía que en Inglaterra el oro estaba caro y el café barato, se mostraba satisfecho del funcionamiento de su sistema continental.»198

Precisamente en la época en que Ricardo expuso por primera vez su teoría del dinero, y el Comité del Lingote la incorporó a su informe parlamentario, en 1810, se produjo una caída ruinosa de los precios de todas las mercancías inglesas en comparación con 1808 y 1809, mientras que el oro subía relativamente de valor. Los productos agrícolas fueron una excepción, porque su importación del exterior tropezaba con obstáculos y su masa disponible en el interior estaba diezmada por las malas cosechas.199 Ricardo desconocía hasta tal punto el papel de los metales preciosos como medio internacional de pago que, en su declaración ante el comité de la Cámara de los Lores (1819), pudo afirmar:

«Que las salidas de oro para la exportación cesarían por completo en cuanto se reanudaran los pagos en metálico y la currency se restableciera a su nivel metálico.»

Murió oportunamente, justo antes del estallido de la crisis de 1825, que desmintió su profecía. El periodo en que cae la actividad de Ricardo como escritor era en general poco adecuado para observar la función de los metales preciosos como dinero mundial. Antes de la introducción del sistema continental, la balanza comercial era casi siempre favorable a Inglaterra, y mientras duró, las transacciones con el continente europeo eran demasiado insignificantes para afectar al tipo de cambio inglés. Los envíos de dinero eran sobre todo de naturaleza política, y Ricardo parece haber desconocido por completo el papel que desempeñaban los subsidios en la exportación inglesa de oro.200

Entre los contemporáneos de Ricardo que formaron escuela en torno a los principios de su economía política, James Mill es el más importante. Intentó exponer la teoría del dinero de Ricardo sobre la base de la circulación metálica simple, sin las complicaciones internacionales improcedentes tras las que Ricardo oculta la pobreza de su concepción, y sin ninguna consideración polémica hacia las operaciones del Banco de Inglaterra. Sus tesis principales son las siguientes:201

«El valor del dinero es igual a la proporción en que se cambia por otros artículos, o a la cantidad de dinero que se da a cambio de una cantidad determinada de otras cosas. Esta relación está determinada por la cantidad total de dinero que hay en un país. Si se ponen, por un lado, todas las mercancías de un país y, por otro, todo su dinero, es evidente que, al cambiarse los dos lados, el valor del dinero, es decir, la cantidad de mercancías que se cambia por él, depende enteramente de su propia cantidad. El caso es exactamente el mismo en el curso real de las cosas. La masa total de las mercancías de un país no se cambia de una vez por la masa total del dinero, sino que las mercancías se cambian por porciones, y a menudo por porciones muy pequeñas, en distintas épocas a lo largo del año. La misma pieza de dinero que hoy ha servido para este cambio puede servir mañana para otro. Una parte del dinero se emplea en un número mayor de actos de cambio, otra en uno muy pequeño, una tercera se acumula y no sirve para ningún cambio. Entre estas variaciones habrá un promedio, basado en el número de actos de cambio para los que se habría empleado cada pieza de oro si cada una realizara el mismo número de actos de cambio. Fíjese este promedio a voluntad, por ejemplo en 10. Si cada pieza de dinero que hay en el país ha servido para 10 compras, es lo mismo que si la masa total de las piezas de dinero se hubiera decuplicado y cada una solo hubiera servido para una única compra. En este caso, el valor de todas las mercancías es igual a 10 veces el valor del dinero, etc. Si, a la inversa, en lugar de servir cada pieza de dinero para 10 compras al año, la masa total del dinero se hubiera decuplicado y cada pieza solo efectuara un cambio, está claro que todo aumento de esta masa causaría una disminución proporcional del valor de cada una de las piezas de oro tomada por sí misma. Como se supone que la masa de todas las mercancías por las que puede cambiarse el dinero sigue siendo la misma, el valor de la masa total del dinero no es mayor después del aumento de su cantidad que antes. Si se supone un aumento de una décima parte, el valor de cada parte alícuota de la masa total, por ejemplo de una onza, tiene que haber disminuido en una décima parte. Así pues, cualquiera que sea el grado de disminución o de aumento de la masa total del dinero, si la cantidad de las demás cosas sigue siendo la misma, esta masa total y cada una de sus partes experimentan recíprocamente una disminución o un aumento proporcional. Está claro que esta tesis es de una verdad absoluta. Siempre que el valor del dinero ha experimentado una subida o una baja, y siempre que la cantidad de las mercancías por las que podía cambiarse y el movimiento de la circulación siguen siendo los mismos, este cambio tiene que haber tenido por causa un aumento o una disminución proporcional del dinero, y no puede atribuirse a ninguna otra causa. Si disminuye la masa de las mercancías mientras la cantidad del dinero sigue siendo la misma, es como si la suma total del dinero hubiera aumentado, y a la inversa. Cambios semejantes son el resultado de todo cambio en el movimiento de la circulación. Todo aumento del número de rotaciones produce el mismo efecto que un aumento total del dinero; una disminución de ese número produce inmediatamente el efecto contrario… Si una parte de la producción anual no se cambia en absoluto, como lo que consumen los propios productores, esa parte no entra en la cuenta. Como no se cambia por dinero, es, con respecto al dinero, como si no existiera… Siempre que el aumento y la disminución del dinero pueden producirse libremente, la cantidad total de dinero que hay en un país está regulada por el valor de los metales preciosos… Pero el oro y la plata son mercancías cuyo valor, como el de todas las demás mercancías, está determinado por sus costes de producción, por la cantidad de trabajo que contienen.»202

Toda la agudeza de Mill se resuelve en una serie de suposiciones tan arbitrarias como absurdas. Quiere demostrar que el precio de las mercancías, o el valor del dinero, está determinado «por la cantidad total de dinero que existe en un país». Si se supone que la masa y el valor de cambio de las mercancías en circulación siguen siendo los mismos, y también la velocidad de circulación y el valor de los metales preciosos determinado por los costes de producción, y se supone al mismo tiempo que, sin embargo, la cantidad del dinero metálico en circulación aumenta o disminuye en proporción a la masa del dinero existente en el país, se vuelve en efecto «evidente» que se ha supuesto lo que se pretendía demostrar. Por lo demás, Mill cae en el mismo error que Hume: hace circular valores de uso, no mercancías de valor de cambio dado, y por eso su tesis resulta falsa aunque se le concedan todas sus «suposiciones». La velocidad de circulación puede seguir siendo la misma, igual que el valor de los metales preciosos e igual que la cantidad de las mercancías en circulación, y sin embargo, al cambiar su valor de cambio, puede requerirse para su circulación unas veces una masa de dinero mayor y otras una menor. Mill ve el hecho de que una parte del dinero que existe en el país circula mientras la otra se estanca. Con ayuda de un cálculo de promedios de lo más cómico, supone que, aunque en la realidad parezca otra cosa, en verdad circula todo el dinero que hay en un país. Supongamos que en un país corren 10 millones de táleros de plata dos veces al año; podrían correr 20 millones si cada tálero efectuara una sola compra. Y si la suma total de la plata que hay en el país en todas sus formas asciende a 100 millones de táleros, puede suponerse que los 100 millones pueden correr si cada pieza efectúa una compra en cinco años. También podría suponerse que todo el dinero del mundo corre en Hampstead,203 pero que cada parte alícuota suya, en lugar de efectuar, por ejemplo, tres rotaciones en un año, efectúa una en 3.000.000 de años. Una suposición es tan importante como la otra para determinar la relación entre la suma de los precios de las mercancías y la cantidad de los medios circulantes. Mill siente que para él es de importancia decisiva poner a las mercancías directamente en relación no con la cantidad de dinero que se encuentra en circulación, sino con las existencias totales de dinero que hay en cada momento en un país. Admite que la masa total de las mercancías de un país no se cambia «de una vez» por la masa total del dinero, sino distintas porciones de mercancías en distintas épocas del año por distintas porciones de dinero. Para eliminar esta discrepancia, supone que no existe. Por lo demás, toda esta idea del enfrentamiento inmediato de mercancías y dinero y de su cambio inmediato está abstraída del movimiento de las compras y ventas simples, o de la función del dinero como medio de compra. Ya en el movimiento del dinero como medio de pago desaparece esta aparición simultánea de mercancía y dinero.

Las crisis comerciales del siglo XIX, y en particular las grandes crisis de 1825 y 1836, no provocaron un desarrollo ulterior, pero sí una nueva aplicación de la teoría ricardiana del dinero. Ya no se trataba de fenómenos económicos aislados, como en Hume la depreciación de los metales preciosos en los siglos XVI y XVII, o como en Ricardo la depreciación del papel moneda durante el siglo XVIII y a principios del XIX, sino de las grandes tormentas del mercado mundial, en las que se descarga el conflicto de todos los elementos del proceso de producción burgués, y cuyo origen y remedio se buscaron dentro de la esfera más superficial y abstracta de este proceso, la esfera de la circulación del dinero. El presupuesto propiamente teórico del que parte la escuela de los meteorólogos económicos no consiste en realidad en otra cosa que en el dogma de que Ricardo descubrió las leyes de la circulación puramente metálica. Lo que les quedaba por hacer era someter a estas leyes la circulación de crédito o de billetes de banco.

El fenómeno más general y más palpable de las crisis comerciales es una caída repentina y general de los precios de las mercancías, que sigue a una subida general bastante prolongada. La caída general de los precios de las mercancías puede expresarse como subida del valor relativo del dinero comparado con todas las mercancías, y la subida general de los precios, a la inversa, como caída del valor relativo del dinero. En ambas maneras de expresarlo, el fenómeno queda enunciado, no explicado. Tanto si planteo el problema así: explicar la subida general periódica de los precios, alternando con su caída general, como si formulo el mismo problema así: explicar la caída y la subida periódicas del valor relativo del dinero comparado con las mercancías, la distinta fraseología deja el problema tan intacto como lo dejaría su traducción del alemán al inglés. Por eso la teoría del dinero de Ricardo vino extraordinariamente a propósito, ya que da a una tautología la apariencia de una relación causal. ¿De dónde viene la caída general periódica de los precios de las mercancías? De la subida periódica del valor relativo del dinero. ¿De dónde viene, a la inversa, la subida general periódica de los precios de las mercancías? De una caída periódica del valor relativo del dinero. Con la misma razón podría decirse que la subida y la caída periódicas de los precios proceden de su subida y su caída periódicas. El problema mismo está planteado bajo el supuesto de que el valor inmanente del dinero, es decir, su valor determinado por los costes de producción de los metales preciosos, permanece inalterado. Si la tautología ha de ser algo más que tautología, descansa en el desconocimiento de los conceptos más elementales. Si el valor de cambio de A medido en B baja, sabemos que esto puede deberse tanto a una baja del valor de A como a una subida del valor de B. Y lo mismo a la inversa si el valor de cambio de A medido en B sube. Concedida una vez la transformación de la tautología en relación causal, todo lo demás se sigue con facilidad. La subida de los precios de las mercancías nace de la caída del valor del dinero, y la caída del valor del dinero, como sabemos por Ricardo, de una circulación sobrecargada, es decir, de que la masa del dinero en circulación sube por encima del nivel determinado por su propio valor inmanente y por los valores inmanentes de las mercancías. Del mismo modo, a la inversa, la caída general de los precios de las mercancías nace de la subida del valor del dinero por encima de su valor inmanente a consecuencia de una circulación insuficiente. Los precios suben y bajan, pues, periódicamente porque periódicamente circula demasiado o demasiado poco dinero. Si se demuestra, por ejemplo, que la subida de los precios coincidió con una circulación de dinero disminuida, y la caída de los precios con una circulación aumentada, puede sostenerse a pesar de todo que, a consecuencia de alguna disminución o aumento de la masa de mercancías en circulación, por indemostrable que sea estadísticamente, la cantidad del dinero en circulación aumentó o disminuyó, si no absoluta, sí relativamente. Ahora bien, vimos que, según Ricardo, estas fluctuaciones generales de los precios tienen que darse también con una circulación puramente metálica, pero se compensan por su alternancia, pues, por ejemplo, una circulación insuficiente provoca la caída de los precios de las mercancías; la caída de los precios, la exportación de las mercancías al extranjero; esta exportación, la afluencia de dinero al interior, y esta afluencia de dinero, a su vez, la subida de los precios de las mercancías. A la inversa en una circulación sobrecargada, en la que se importan mercancías y se exporta dinero. Como, a pesar de estas fluctuaciones generales de precios que brotan de la naturaleza misma de la circulación metálica ricardiana, su forma violenta y brusca, su forma de crisis, pertenece a los periodos de crédito desarrollado, queda claro como el sol que la emisión de billetes de banco no se regula exactamente según las leyes de la circulación metálica. La circulación metálica tiene su remedio en la importación y exportación de los metales preciosos, que entran inmediatamente en curso como moneda y, con su afluencia o su salida, hacen bajar o subir los precios de las mercancías. El mismo efecto sobre los precios de las mercancías tienen que producirlo ahora artificialmente los bancos imitando las leyes de la circulación metálica. Si afluye oro del extranjero, es prueba de que la circulación es insuficiente, de que el valor del dinero está demasiado alto y los precios de las mercancías demasiado bajos, y de que, en consecuencia, hay que lanzar a la circulación billetes de banco en proporción al oro recién importado. A la inversa, hay que retirarlos de la circulación a medida que el oro sale del país. En otras palabras, la emisión de billetes de banco tiene que regularse por la importación y la exportación de los metales preciosos, o por el tipo de cambio. El falso supuesto de Ricardo de que el oro es solo moneda, de que por eso todo oro importado aumenta el dinero en curso y hace subir así los precios, y todo oro exportado disminuye la moneda y hace bajar así los precios, este supuesto teórico se convierte aquí en el experimento práctico de hacer circular tanta moneda como oro haya en cada momento. Lord Overstone (el banquero Jones Loyd), el coronel Torrens, Norman, Clay, Arbuthnot y una infinidad de escritores más, conocidos en Inglaterra con el nombre de escuela del currency principle,204 no solo han predicado esta doctrina, sino que, mediante las leyes bancarias de sir Robert Peel de 1844 y 1845, la han convertido en la base de la legislación bancaria inglesa y escocesa vigente. Su vergonzoso fiasco, teórico y práctico, tras experimentos a la mayor escala nacional, solo podrá exponerse en la teoría del crédito.205 Pero se ve ya cómo la teoría de Ricardo, que aísla el dinero en su forma fluida de medio de circulación, acaba por atribuir al aumento y la disminución de los metales preciosos una influencia absoluta sobre la economía burguesa como nunca la había soñado la superstición del sistema monetario. Así Ricardo, que declara el papel moneda la forma más perfecta del dinero, se convirtió en el profeta de los bullionists.

Después de que la teoría de Hume, o la oposición abstracta al sistema monetario, se hubiera desarrollado así hasta su última consecuencia, la concepción concreta del dinero de Steuart fue por fin restablecida en sus derechos por Thomas Tooke.206 Tooke no deriva sus principios de una teoría cualquiera, sino del análisis concienzudo de la historia de los precios de las mercancías de 1793 a 1856. En la primera edición de su historia de los precios, aparecida en 1823, Tooke está todavía enteramente prisionero de la teoría de Ricardo y se esfuerza en vano por conciliar los hechos con ella. Su folleto On the currency, aparecido tras la crisis de 1825, podría incluso considerarse la primera exposición consecuente de las opiniones que más tarde hizo valer Overstone. Pero la prosecución de sus investigaciones sobre la historia de los precios de las mercancías le obligó a reconocer que aquella conexión directa entre los precios y la cantidad de los medios circulantes, tal como la presupone la teoría, es una mera quimera; que la expansión y la contracción de los medios circulantes, permaneciendo igual el valor de los metales preciosos, son siempre efecto y nunca causa de las fluctuaciones de los precios; que la circulación del dinero no es en general más que un movimiento secundario, y que el dinero, en el proceso real de producción, adquiere determinaciones formales muy distintas de la de medio de circulación. Sus investigaciones de detalle pertenecen a una esfera distinta de la de la circulación metálica simple y no pueden, por tanto, examinarse todavía aquí, como tampoco las investigaciones de Wilson y Fullarton, que pertenecen a la misma corriente.207 Todos estos escritores conciben el dinero no unilateralmente, sino en sus distintos momentos, pero solo materialmente, sin ninguna conexión viva, ni de estos momentos entre sí ni con el sistema total de las categorías económicas. Por eso confunden falsamente el dinero, a diferencia del medio de circulación, con el capital, o incluso con la mercancía, aunque, por otro lado, se ven obligados a hacer valer ocasionalmente su diferencia con ambos.208 Cuando se envía oro al extranjero, por ejemplo, se envía en realidad capital al extranjero, pero lo mismo ocurre cuando se exporta hierro, algodón, grano, en suma, cualquier mercancía. Ambos son capital y no se distinguen, por tanto, como capital, sino como dinero y mercancía. El papel del oro como medio internacional de cambio no nace, pues, de su determinación formal de capital, sino de su función específica de dinero. Del mismo modo, cuando el oro, o en su lugar los billetes de banco, funcionan como medio de pago en el comercio interior, son a la vez capital. Pero el capital en forma de mercancía, como muestran por ejemplo de manera muy palpable las crisis, no podría ocupar su lugar. Es, pues, de nuevo la diferencia entre el oro como dinero y la mercancía, no su existencia como capital, lo que lo convierte en medio de pago. Incluso cuando se exporta directamente capital como capital, para prestar, por ejemplo, una suma de valor determinada a interés en el extranjero, depende de la coyuntura que se exporte en forma de mercancía o de oro, y si se exporta en esta última forma, ocurre por la determinación formal específica de los metales preciosos como dinero frente a la mercancía. En general, estos escritores no consideran el dinero, en primer lugar, en la figura abstracta en que se desarrolla dentro de la circulación simple de mercancías y brota de la relación de las mercancías en proceso. Por eso vacilan constantemente entre las determinaciones formales abstractas que el dinero adquiere frente a la mercancía y aquellas determinaciones suyas tras las que se esconden relaciones más concretas, como el capital, la renta (revenue), etc.209

  1. (Nota de Marx.) Aristóteles, De Republica, lib. I, cap. 9 (edit. I. Bekkeri, Oxonii 1837). «Porque de cada cosa que se posee hay un doble uso…; uno es propio de la cosa y el otro no lo es, como, en el caso de la sandalia, calzarse y cambiarla. Ambos son usos de la sandalia, pues también quien la cambia, con alguien que la necesita, por dinero o por alimento usa la sandalia como sandalia, pero no según su uso propio, porque no se ha hecho para el cambio. Lo mismo ocurre con las demás cosas que se poseen.» ↩

  2. Lorette: en el París de la época, mujer mantenida; el nombre venía del barrio de Notre-Dame-de-Lorette. ↩

  3. (Nota de Marx.) Esta es la razón por la que los compiladores alemanes tratan con amore [con deleite] el valor de uso fijado con el nombre de «bien». Véase, por ejemplo, L. Stein, System der Staatswissenschaft, t. I, el apartado sobre los «bienes». Algo sensato sobre los «bienes» hay que buscarlo en las «Instrucciones para el conocimiento de las mercancías». ↩

  4. Tauschwert setzende Arbeit: setzen, «poner», en el sentido de Hegel: el trabajo que establece, que produce el valor de cambio. Mantenemos la fórmula en toda la obra. ↩

  5. (Nota de Marx.) Unskilled labour [trabajo no cualificado], lo llaman los economistas ingleses. ↩

  6. (Nota de Marx.) Es un prejuicio ridículo, difundido en los últimos tiempos, que la forma de la propiedad común natural sea específicamente eslava, o incluso exclusivamente rusa. Es la forma primitiva, que podemos documentar entre los romanos, los germanos y los celtas, y de la que todavía se encuentra entre los indios todo un muestrario con los ejemplares más variados, aunque en parte en ruinas. Un estudio más preciso de las formas de propiedad común asiáticas, y en especial de las indias, demostraría cómo de las distintas formas de la propiedad común natural se derivan distintas formas de su disolución. Así, por ejemplo, los distintos tipos originales de la propiedad privada romana y germánica pueden derivarse de distintas formas de la propiedad común india. ↩

  7. (Nota de Marx.) «La riqueza es una relación entre dos personas.» Galiani, Della Moneta, p. 221, en el vol. III de la colección de Custodi, Scrittori classici italiani di economia politica. Parte moderna, Milán, 1803. ↩

  8. (Nota de Marx.) «En su estado natural, la materia está siempre desprovista de valor.» MacCulloch, Discours sur l'origine de l'économie politique etc., traducido por Prevost, Ginebra, 1825, p. 57. Se ve cuán por encima está incluso un MacCulloch del fetichismo de los «pensadores» alemanes, que declaran elementos del valor la «materia» y otra media docena de zarandajas. Véase, por ejemplo, L. Stein, l. c., t. I, p. 170. ↩

  9. (Nota de Marx.) Berkeley, The Querist, Londres, 1750. «Si los cuatro elementos y el trabajo del hombre en ellos no son la verdadera fuente de la riqueza.» ↩

  10. (Nota de Marx.) Th. Cooper, Lectures on the Elements of Political Economy, Londres, 1831 (Columbia, 1826), p. 99. ↩

  11. Stoffwechsel, literalmente «intercambio de materias», término de la fisiología de la época. Marx lo emplea tanto para el intercambio material entre el hombre y la naturaleza como para el intercambio de los productos del trabajo entre los miembros de la sociedad; lo traducimos siempre por «metabolismo» y, cuando lleva el adjetivo gesellschaftlich, por «metabolismo social». ↩

  12. Adam Smith fue desde 1778 hasta su muerte comisario de aduanas en Edimburgo. ↩

  13. (Nota de Marx.) F. List, que nunca pudo comprender la diferencia entre el trabajo en cuanto ayuda a crear algo útil, un valor de uso, y el trabajo en cuanto crea una forma social determinada de la riqueza, el valor de cambio, porque comprender le era en general ajeno a su entendimiento práctico e interesado, veía por eso en los economistas ingleses modernos meros plagiarios de Moisés de Egipto. ↩

  14. (Nota de Marx.) Se comprende qué «servicio» ha de prestar la categoría de «servicio» (service) a una clase de economistas como J.-B. Say y F. Bastiat, cuya razonadora sagacidad, como ya observó acertadamente Malthus, hace abstracción en todas partes de la determinación formal específica de las relaciones económicas. ↩

  15. (Nota de Marx.) «Es también propio de las medidas tener con las cosas medidas una relación tal que, en cierto modo, lo medido se convierte en medida de lo que mide.» Montanari, Della Moneta, p. 41, en la colección de Custodi, vol. III, Parte antica. ↩

  16. (Nota de Marx.) Es en esta determinación como concibe Aristóteles el valor de cambio (véase el pasaje citado al comienzo del capítulo). ↩

  17. Juego de palabras del original: el poseedor tiene la mercancía como valor de uso auf dem Speicher («en el almacén») y como valor de cambio auf dem Gewissen («sobre la conciencia», es decir, como un peso que carga). ↩

  18. (Nota de Marx en su ejemplar de trabajo.) La misma expresión se encuentra en Genovesi. ↩

  19. (Nota de Marx.) Aristóteles observa lo mismo de la familia privada como comunidad originaria. Pero la forma originaria de la familia es ella misma la familia tribal, de cuyo análisis histórico solo se desarrolla después la familia privada. «En la primera comunidad (que es la familia) es evidente que no tiene ninguna función» (a saber, el cambio). (L. c.) ↩

  20. (Nota de Marx.) «El dinero no es, de hecho, más que el instrumento para llevar a cabo la compra y la venta (pero, si me permite, ¿qué entiende usted por compra y venta?), y su estudio no forma parte de la ciencia de la economía política más que el estudio de los barcos, de las máquinas de vapor o de cualquier otro instrumento empleado para facilitar la producción y la distribución de la riqueza.» (Th. Hodgskin, Popular Political Economy etc., Londres, 1827, pp. 178-179.) ↩

  21. (Nota de Marx.) Un trabajo comparativo sobre los escritos y el carácter de Petty y Boisguillebert, además de la luz que arrojaría sobre la oposición social entre Inglaterra y Francia a finales del siglo XVII y comienzos del XVIII, sería la exposición genética del contraste nacional entre la economía política inglesa y la francesa. El mismo contraste se repite, al final, en Ricardo y Sismondi. ↩

  22. (Nota de Marx.) Petty desarrolló también la división del trabajo como fuerza productiva, y con mayor amplitud de miras que Adam Smith. Véase An essay concerning the multiplication of mankind etc., 3.ª edición, 1686, pp. 35-36. Muestra aquí las ventajas de la división del trabajo para la producción no solo con la fabricación de un reloj de bolsillo, como haría más tarde Adam Smith con la fabricación de un alfiler, sino a la vez considerando una ciudad y un país entero desde el punto de vista de grandes establecimientos fabriles. El Spectator del 26 de noviembre de 1711 se refiere a esta «illustration of the admirable Sir William Petty» [explicación del admirable sir William Petty]. MacCulloch supone, pues, erróneamente que el Spectator confunde a Petty con un escritor cuarenta años más joven. (Véase MacCulloch, The Literature of Political Economy, a classified catalogue, Londres, 1845, p. 102.) Petty se siente fundador de una ciencia nueva. Su método, dice, «no es el habitual». En lugar de entretejer una serie de palabras comparativas y superlativas y de argumentos especulativos, ha emprendido la tarea de hablar in terms of number, weight or measure [en términos de número, peso o medida], de servirse únicamente de argumentos derivados de la experiencia sensible y de considerar solo aquellas causas as have visible foundations in nature [que tienen fundamentos visibles en la naturaleza]. Deja a la consideración de otros las causas que dependen de los mutable minds, opinions, appetites and passions of particular men [de las cambiantes ideas, opiniones, apetitos y pasiones de los hombres particulares]. (Political Arithmetic etc., Londres, 1699, prefacio.) Su genial audacia se muestra, por ejemplo, en la propuesta de trasladar a todos los habitantes y los bienes muebles de Irlanda y de las Tierras Altas de Escocia al resto de Gran Bretaña. Con ello se ahorraría tiempo de trabajo, se aumentaría la fuerza productiva del trabajo y «el rey y sus súbditos se harían más ricos y más fuertes». (Political Arithmetic, cap. 4.) O en el capítulo de su aritmética política en el que, en una época en que Holanda seguía desempeñando un papel preponderante como nación comercial y Francia parecía estar a punto de convertirse en la potencia comercial dominante, demuestra la vocación de Inglaterra para conquistar el mercado mundial: «That the king of England's subjects have stock competent and convenient to drive the trade of the whole commercial world» [Que los súbditos del rey de Inglaterra tienen capital suficiente y adecuado para llevar el comercio de todo el mundo comercial] (l. c., cap. 10). «That the impediments of England's greatness are but contingent and removeable» [Que los obstáculos a la grandeza de Inglaterra son solo contingentes y removibles] (p. 247 y ss.). Un humor original recorre todos sus escritos. Así, demuestra, por ejemplo, que todo ocurrió de manera natural cuando Holanda, entonces el país modelo para los economistas ingleses, como hoy lo es Inglaterra para los economistas del continente, conquistó el mercado mundial «without such angelical wits and judgments, as some attribute to the Hollanders» [sin el ingenio y el juicio angélicos que algunos atribuyen a los holandeses] (l. c., pp. 175-176). Defiende la libertad de conciencia como condición del comercio, «porque los pobres son laboriosos y consideran el trabajo y la industria un deber para con Dios mientras se les permita pensar que ellos, que tienen menos riqueza, tienen más ingenio y entendimiento en las cosas divinas, que consideran propiedad especial de los pobres». El comercio, por tanto, «no está ligado a ninguna clase de religión, sino más bien, siempre, a la parte heterodoxa del conjunto» (l. c., pp. 183-186). Propone contribuciones públicas especiales para los pícaros, porque para el público es mejor gravarse a sí mismo en favor de los pícaros que dejarse gravar por ellos (l. c., p. 99). En cambio, rechaza los impuestos que trasladan la riqueza de manos industriosas a quienes «no hacen más que comer, beber, cantar, jugar, bailar y dedicarse a la metafísica». Los escritos de Petty son casi rarezas bibliográficas y solo se encuentran dispersos en ediciones viejas y malas, lo cual es tanto más extraño cuanto que William Petty no solo es el padre de la economía política inglesa, sino también el antepasado de Henry Petty, alias marqués de Lansdowne, el Néstor de los whigs ingleses [Henry Petty-Fitzmaurice (1780-1863), varias veces ministro, descendía de William Petty por línea femenina]. La familia Lansdowne, sin embargo, difícilmente podría organizar una edición completa de las obras de Petty sin precederla de su biografía, y aquí vale lo que se aplica a la mayoría de los origines [orígenes] de las grandes familias whigs: the less said of them the better [cuanto menos se hable de ellos, mejor]. El audaz pensador, pero frívolo hasta la médula, cirujano del ejército, tan dispuesto a saquear Irlanda bajo la égida de Cromwell como a arrancar a Carlos II, a fuerza de arrastrarse, el título de baronet necesario para el botín, no es un retrato de antepasado muy apropiado para la exhibición pública. Además, en la mayoría de los escritos que publicó en vida, Petty intenta demostrar que la época de esplendor de Inglaterra cae bajo Carlos II, opinión heterodoxa para los explotadores hereditarios de la glorious revolution [la «gloriosa revolución» de 1688-1689, que derrocó a Jacobo II]. ↩

  23. (Nota de Marx.) En oposición al negro arte financiero de su época, dice Boisguillebert: «La ciencia financiera no es más que el conocimiento profundo de los intereses de la agricultura y del comercio.» (Le détail de la France, 1697. Edición de Eugène Daire de los Économistes financiers du XVIIIe siècle, París, 1843, vol. I, p. 241.) ↩

  24. (Nota de Marx.) No de la economía románica, porque los italianos de las dos escuelas, la napolitana y la milanesa, repiten la oposición entre la economía inglesa y la francesa, mientras que los españoles de la época anterior o son simples mercantilistas, y mercantilistas modificados como Ustáriz, o, como Jovellanos (véanse sus Obras, Barcelona, 1839-1840), se mantienen con Adam Smith en el «justo medio». ↩

  25. (Nota de Marx.) «La verdadera riqueza… [es el] disfrute completo no solo de las necesidades de la vida, sino también de todo lo superfluo y de todo cuanto puede dar placer a los sentidos.» (Boisguillebert, Dissertation sur la nature de la richesse etc., l. c., p. 403.) Pero mientras Petty era un aventurero frívolo, ávido de saqueo y sin carácter, Boisguillebert, aunque era uno de los intendentes de Luis XIV, defendió a las clases oprimidas con tanto ingenio como audacia. ↩

  26. (Nota de Marx.) El socialismo francés en la forma Proudhon padece el mismo mal hereditario nacional. ↩

  27. (Nota de Marx.) Franklin, B., The Works of etc., ed. de J. Sparks, vol. II, Boston, 1836: A modest inquiry into the nature and necessity of a paper currency. ↩

  28. (Nota de Marx.) L. c., p. 265: «Thus the riches of a country are to be valued by the quantity of labour its inhabitants are able to purchase.» ↩

  29. (Nota de Marx.) «Trade in general being nothing else but the exchange of labour for labour, the value of all things is, as I have said before, most justly measured by labour» (l. c., p. 267). ↩

  30. (Nota de Marx.) L. c., Remarks and facts relative to the American Paper money, 1764. ↩

  31. (Nota de Marx.) Véanse Papers on American Politics; Remarks and facts relative to the American Paper money, 1764 (l. c.). ↩

  32. (Nota de Marx.) Véase, por ejemplo, Galiani, Della Moneta, vol. III, en los Scrittori classici italiani di economia politica (publicados por Custodi), Parte moderna, Milán, 1803. «La fatiga», dice, «es lo único que da valor a la cosa», p. 74. La designación del trabajo como fatica [fatiga] es característica del hombre del sur. ↩

  33. (Nota de Marx.) La obra de Steuart, An Inquiry into the principles of political oeconomy, being an essay on the science of domestic policy in free nations, apareció por primera vez en 1767, en dos volúmenes en cuarto, en Londres, diez años antes que The Wealth of Nations de Adam Smith. Cito por la edición de Dublín de 1770. ↩

  34. (Nota de Marx.) Steuart, l. c., t. I, pp. 181-183. ↩

  35. (Nota de Marx.) Steuart, l. c., t. I, pp. 361-362: «represents a portion of a man's time» [representa una porción del tiempo de un hombre]. ↩

  36. (Nota de Marx.) Por eso declara que la agricultura patriarcal, orientada directamente a la creación de valores de uso para el propietario de la tierra, es un «abuso», no ciertamente en Esparta o en Roma, ni siquiera en Atenas, pero sí en los países industriales del siglo XVIII. Esta abusive agriculture [agricultura abusiva] no sería trade [negocio], sino «mero medio de subsistencia». Así como la agricultura burguesa limpia el campo de bocas superfluas, la manufactura burguesa limpiaría la fábrica de brazos superfluos. ↩

  37. (Nota de Marx.) Así dice, por ejemplo, Adam Smith: «Cantidades iguales de trabajo tienen que tener en todo tiempo y lugar un valor igual para el que trabaja. En su estado normal de salud, fuerza y actividad, y con el grado medio de destreza que pueda poseer, tiene que dar siempre la misma porción de su descanso, de su libertad y de su felicidad. Sea cual sea, pues, la cantidad de mercancías que reciba como recompensa de su trabajo, el precio que paga es siempre el mismo. Este precio puede comprar unas veces una cantidad menor y otras una cantidad mayor de esas mercancías, pero solo porque cambia el valor de estas, no el del trabajo que las compra. Solo el trabajo, por tanto, no cambia nunca su propio valor. Es, por tanto, el precio real de las mercancías, etc.» ↩

  38. (Nota de Marx.) Ricardo, David, On the principles of political economy and taxation, 3.ª edición, Londres, 1821, p. 3. ↩

  39. Robert Owen (1771-1858) proponía agrupar a la población trabajadora en colonias cooperativas cuyos edificios formaban un gran paralelogramo. ↩

  40. (Nota de Marx.) Sismondi, Études sur l'économie politique, t. II, Bruselas, 1838. «Es la oposición entre el valor usual y el valor intercambiable a la que el comercio ha reducido todas las cosas», p. 162. ↩

  41. (Nota de Marx.) Sismondi, l. c., pp. 163-166 y ss. ↩

  42. (Nota de Marx.) La más pueril, seguramente, en las anotaciones de J.-B. Say a la traducción francesa de Ricardo hecha por Constancio, y la más pedantemente pretenciosa en la Theory of Exchanges del señor Macleod, aparecida recientemente, Londres, 1858. ↩

  43. (Nota de Marx.) Esta objeción, aducida contra Ricardo desde el lado económico burgués, fue recogida más tarde desde el lado socialista. Dando por supuesta la exactitud teórica de la fórmula, se acusó a la práctica de contradecir la teoría y se instó a la sociedad burguesa a sacar en la práctica la supuesta consecuencia de su principio teórico. De esta manera, al menos, volvieron los socialistas ingleses la fórmula ricardiana del valor de cambio contra la economía política. Al señor Proudhon le estaba reservado no solo proclamar el principio fundamental de la vieja sociedad como principio de una sociedad nueva, sino a la vez proclamarse a sí mismo inventor de la fórmula en que Ricardo resumió el resultado de conjunto de la economía clásica inglesa. Se ha demostrado que incluso la interpretación utópica de la fórmula de Ricardo estaba ya olvidada en Inglaterra cuando el señor Proudhon la «descubrió» al otro lado del Canal. (Véase mi escrito Misère de la philosophie etc., París, 1847, el apartado sobre la valeur constituée [el valor constituido].) ↩

  44. La ley bancaria de Peel de 1844 regulaba la emisión del Banco de Inglaterra; la de 1845 extendió sus principios a Escocia e Irlanda. ↩

  45. (Nota de Marx.) Aristóteles ve, ciertamente, que el valor de cambio de las mercancías es el presupuesto de sus precios: «Que… el cambio existía antes que el dinero es evidente; pues no hay ninguna diferencia entre dar cinco camas por una casa o lo que valen cinco camas.» Por otra parte, como las mercancías solo poseen en el precio la forma del valor de cambio unas para otras, hace que se vuelvan conmensurables por medio del dinero. «Por eso todo ha de tener un precio; así habrá siempre cambio y, si lo hay, comunidad. El dinero, pues, como una medida, hace las cosas conmensurables y las iguala; porque no habría comunidad si no hubiera cambio, ni cambio si no hubiera igualdad, ni igualdad si no hubiera conmensurabilidad.» No se le oculta que estas cosas distintas medidas por el dinero son magnitudes absolutamente inconmensurables. Lo que busca es la unidad de las mercancías como valores de cambio, que, como griego antiguo, no podía encontrar. Salió del apuro haciendo que lo inconmensurable en sí y por sí se volviera conmensurable por medio del dinero, en la medida en que lo exige la necesidad práctica. «En verdad, es imposible que cosas tan distintas se vuelvan conmensurables, pero para la necesidad es suficientemente posible.» (Aristóteles, Ethica Nicomachea, lib. V, cap. 8, edit. Bekkeri, Oxonii 1837.) ↩

  46. (Nota de Marx.) La extraña circunstancia de que en Inglaterra la onza de oro, como unidad de medida del dinero, esté dividida en partes no alícuotas se explica como sigue: «Nuestro sistema monetario estuvo adaptado en su origen al empleo exclusivo de la plata; por eso una onza de plata puede dividirse siempre en un número adecuado de piezas de moneda; pero como el oro se introdujo en una época posterior en un sistema monetario adaptado solo a la plata, una onza de oro no puede acuñarse en un número adecuado de piezas.» (Maclaren, History of the currency, p. 16, Londres, 1858.) ↩

  47. (Nota de Marx.) «El dinero puede variar continuamente de valor y ser, sin embargo, una medida del valor tan buena como si permaneciera perfectamente estable. Supongamos, por ejemplo, que se reduce su valor. Antes de la reducción, una guinea compraría tres bushels de trigo o seis días de trabajo; después, compraría solo dos bushels de trigo o cuatro días de trabajo. En ambos casos, dadas las relaciones del trigo y del trabajo con el dinero, puede inferirse su relación mutua; en otras palabras, podemos averiguar que un bushel de trigo vale dos días de trabajo. Esto, que es todo lo que implica medir el valor, se hace con la misma facilidad después de la reducción que antes. La excelencia de una cosa como medida del valor es del todo independiente de la variabilidad de su propio valor.» (P. 9, 10. Bailey, Money and its vicissitudes, Londres, 1837.) ↩

  48. (Nota de Marx.) «Las monedas que hoy son ideales son las más antiguas de cada nación, y todas fueron reales en algún tiempo» (esto último es inexacto con esta amplitud), «y porque eran reales se contaba con ellas.» (Galiani, Della Moneta, l. c., p. 153.) ↩

  49. (Nota de Marx.) El romántico A. Müller dice: «Según nuestras ideas, todo soberano independiente tiene el derecho de nombrar el dinero metálico, de atribuirle un valor nominal social, rango, estado y título.» (P. 233, t. II, A. H. Müller, Die Elemente der Staatskunst, Berlín, 1809.) En lo que se refiere al título, el señor consejero áulico tiene razón; solo olvida el contenido [juego de palabras: Titel es a la vez el título honorífico y la ley de una moneda; Gehalt, el contenido de metal fino de la moneda y también el sueldo]. Lo confusas que eran sus «ideas» se ve, por ejemplo, en el pasaje siguiente: «Todo el mundo comprende cuánto importa la verdadera determinación del precio de acuñación, sobre todo en un país como Inglaterra, donde el Gobierno, con grandiosa liberalidad, acuña gratuitamente» (el señor Müller parece creer que el personal del Gobierno inglés costea los gastos de acuñación de su propio bolsillo), «donde no cobra derechos de señoreaje, etc., y, por tanto, si fijara el precio de acuñación del oro considerablemente por encima del precio de mercado, si, en lugar de pagar ahora una onza de oro con 3 £ 17 s. 10½ d., fijara como precio de acuñación de una onza de oro 3 £ 19 s., todo el dinero afluiría a la Casa de la Moneda, la plata obtenida allí se cambiaría en el mercado por el oro, aquí más barato, y se llevaría así de nuevo a la Casa de la Moneda, y el sistema monetario caería en el desorden.» (P. 230, 231, l. c.) Para mantener el orden en la Casa de la Moneda inglesa, Müller cae él mismo en el «desorden». Mientras que el chelín y el penique no son más que nombres, nombres de partes determinadas de una onza de oro representados por fichas de plata y de cobre, él se imagina que la onza de oro se estima en oro, plata y cobre, y obsequia así a los ingleses con un triple standard of value [patrón de valor]. Es cierto que la plata como medida del dinero junto al oro solo fue abolida formalmente en 1816, por la ley 56 George III, c. 68. Legalmente, en cuanto al fondo, estaba abolida ya en 1734 por la ley 14 George II, c. 42, y mucho antes por la práctica. Fueron dos circunstancias las que capacitaron especialmente a A. Müller para una concepción supuestamente más elevada de la economía política. Por un lado, su vasto desconocimiento de los hechos económicos; por otro, su relación meramente diletante y exaltada con la filosofía. ↩

  50. (Nota de Marx.) «Cuando alguien preguntó a Anacarsis para qué usaban los griegos la plata, respondió: para contar.» (Ateneo, Deipnosophistae, lib. IV, 49, v. II, ed. Schweighäuser, 1802.) ↩

  51. (Nota de Marx.) G. Garnier, uno de los primeros traductores franceses de Adam Smith, tuvo la extraña ocurrencia de establecer una proporción entre el uso de dinero de cuenta y el uso de dinero real. La proporción es de 10 a 1. (Garnier, G., Histoire de la monnaie depuis les temps de la plus haute antiquité etc., t. I, p. 78.) ↩

  52. Es decir, no existen como piezas de oro: los chelines y los peniques en circulación eran moneda fraccionaria de plata y de cobre, meras fichas. ↩

  53. (Nota de Marx.) La ley de Maryland de 1723, por la que el tabaco se convirtió en moneda legal, pero su valor se redujo a moneda de oro inglesa, a saber, un penique por libra de tabaco, recuerda las leges barbarorum [leyes de los bárbaros], en las que, a la inversa, determinadas sumas de dinero se igualaban a bueyes, vacas, etc. En este caso, el material real del dinero de cuenta no eran ni el oro ni la plata, sino el buey y la vaca. ↩

  54. (Nota de Marx.) Así leemos, por ejemplo, en las Familiar words del señor David Urquhart: «El valor del oro ha de medirse por sí mismo; ¿cómo puede una sustancia cualquiera ser la medida de su propio valor en otras cosas? El valor del oro ha de establecerse por su propio peso, bajo una falsa denominación de ese peso, y una onza ha de valer tantas libras y fracciones de libra. Esto es falsificar una medida, no establecer un patrón.» ↩

  55. (Nota de Marx.) «El dinero, como medida del comercio, debería mantenerse tan estable como sea posible, igual que cualquier otra medida. Esto es imposible si vuestro dinero consiste en dos metales cuya relación de valor cambia constantemente.» (John Locke, Some Considerations on the Lowering of Interest etc., 1691; p. 65 en sus Works, 7.ª ed., Londres, 1768, vol. II.) ↩

  56. An Essay concerning Human Understanding (Ensayo sobre el entendimiento humano), 1690. ↩

  57. (Nota de Marx.) Locke dice, entre otras cosas: «Llamad corona a lo que antes se llamaba media corona. El valor sigue estando determinado por el contenido de metal. Si podéis quitar a una moneda 1/20 de su peso de plata sin disminuir su valor, igualmente podéis quitarle 19/20 de su peso de plata. Según esta teoría, un farthing, si se le llama corona, tendría que comprar tantas especias, seda u otras mercancías como una pieza de una corona, que contiene sesenta veces más plata. Lo único que podéis hacer es dar a una cantidad menor de plata el cuño y el nombre de una cantidad mayor. Pero es la plata, no los nombres, lo que paga las deudas y compra las mercancías. Si vuestro elevar el valor del dinero no significa más que poner a voluntad nombres a las partes alícuotas de una pieza de plata, por ejemplo, llamar penique a la octava parte de una onza de plata, podéis, en efecto, elevar el dinero tanto como os plazca.» Al mismo tiempo, Locke respondió a Lowndes que la subida del precio de mercado por encima del precio de acuñación no provenía «de la subida del valor de la plata, sino del aligeramiento de la moneda de plata». Setenta y siete chelines recortados y limados no pesaban ni un ápice más que sesenta y dos de peso cabal. Por último, señaló con razón que, aparte de la pérdida de plata de la moneda circulante, el precio de mercado de la plata en bruto podía subir en Inglaterra algo por encima del precio de acuñación porque la exportación de plata en bruto estaba permitida y la de moneda de plata prohibida. (Véase l. c., pp. 54-116, passim.) Locke se guardó mucho de tocar el punto candente de la deuda del Estado, como también evitó con el mismo cuidado entrar en la delicada cuestión económica. Esta era la siguiente: tanto el tipo de cambio como la relación entre la plata en bruto y la moneda de plata demostraban que el dinero circulante estaba depreciado no en proporción a su pérdida real de plata, ni mucho menos. Volveremos sobre esta cuestión en forma general en el apartado sobre el medio de circulación. Nicholas Barbon, en A discourse concerning coining the new money lighter, in answer to Mr. Locke's considerations etc., Londres, 1696, intentó en vano atraer a Locke a un terreno difícil. ↩

  58. (Nota de Marx.) Steuart, l. c., t. II, p. 156. ↩

  59. (Nota de Marx.) The Querist, l. c. Por lo demás, el apartado Queries on Money [Preguntas sobre el dinero] es ingenioso. Entre otras cosas, Berkeley observa con razón que precisamente el desarrollo de las colonias norteamericanas «deja claro como la luz del día que el oro y la plata no son tan necesarios para la riqueza de una nación como imagina el vulgo de todas las clases». ↩

  60. (Nota de Marx.) Precio significa aquí equivalente real, como en los escritores económicos ingleses del siglo XVII. ↩

  61. (Nota de Marx.) Steuart, l. c., t. II, pp. 102-107. ↩

  62. (Nota de Marx.) Con ocasión de la reciente crisis comercial, cierta gente en Inglaterra elogió con énfasis el dinero ideal africano, después de que su sede se hubiera trasladado esta vez de la costa al corazón de Berbería. Se atribuía la inmunidad de los bereberes frente a las crisis comerciales e industriales a la unidad de medida ideal de sus bars [barras]. ¿No habría sido más sencillo decir que el comercio y la industria son la conditio sine qua non [condición indispensable] de las crisis comerciales e industriales? ↩

  63. De 1797 a 1821 el Banco de Inglaterra estuvo dispensado por ley de cambiar sus billetes por oro. ↩

  64. (Nota de Marx.) The Currency Question, the Gemini Letters, Londres, 1844, pp. 266-272, passim. ↩

  65. (Nota de Marx.) John Gray, The Social System. A Treatise on the Principle of Exchange, Edimburgo, 1831. Véase, del mismo autor, Lectures on the nature and use of money, Edimburgo, 1848. Después de la revolución de febrero, Gray envió al Gobierno provisional francés una memoria en la que le enseñaba que Francia no necesitaba una organisation of labour [organización del trabajo], sino una organisation of exchange [organización del intercambio], cuyo plan estaba completamente elaborado en el sistema monetario que él había urdido. El bueno de John no sospechaba que, dieciséis años después de la aparición del Social System, el inventivo Proudhon había sacado una patente del mismo descubrimiento [alusión a los proyectos de banco de cambio de Proudhon de 1848-1849, que culminaron en el Banco del Pueblo]. ↩

  66. (Nota de Marx.) Gray, The Social System etc., p. 63. «El dinero debería ser simplemente un recibo, una prueba de que su poseedor o bien ha aportado cierto valor al acervo nacional de riqueza, o bien ha adquirido derecho a ese mismo valor de alguien que lo ha aportado.» ↩

  67. (Nota de Marx.) «Una vez asignado previamente un valor estimado al producto, deposítese este en un banco y retírese cuando se necesite, con la sola estipulación, por común acuerdo, de que quien deposite cualquier clase de propiedad en el banco nacional propuesto podrá sacar de él un valor igual de lo que contenga, en lugar de estar obligado a retirar la misma cosa que depositó.» L. c., pp. 67-68. ↩

  68. (Nota de Marx.) L. c., p. 16. ↩

  69. (Nota de Marx.) Gray, Lectures on money etc., p. 182. ↩

  70. (Nota de Marx.) L. c., p. 169. ↩

  71. (Nota de Marx.) «Los negocios de todo país deberían llevarse sobre la base de un capital nacional.» (John Gray, The Social System etc., p. 171.) ↩

  72. (Nota de Marx.) «La tierra ha de transformarse en propiedad nacional.» (L. c., p. 298.) ↩

  73. (Nota de Marx.) Véase, por ejemplo, W. Thompson, An Inquiry into the distribution of wealth etc., Londres, 1824. Bray, Labour's wrongs and labour's remedy, Leeds, 1839. ↩

  74. (Nota de Marx.) Como compendio de esta melodramática teoría del dinero puede considerarse: Alfred Darimon, De la réforme des banques, París, 1856. ↩

  75. Las letras vienen del alemán: W, de Ware (mercancía), y G, de Geld (dinero). Muchas traducciones españolas escriben M-D-M y D-M-D; conservamos las de Marx. ↩

  76. (Nota de Marx.) «El dinero es de dos clases, ideal y real, y se emplea para dos usos distintos: para valorar las cosas y para comprarlas. Para valorar sirve el dinero ideal, igual que el real y quizá aún mejor. El otro uso del dinero es comprar esas mismas cosas que él aprecia… Los precios y los contratos se valoran en dinero ideal y se ejecutan en dinero real.» (Galiani, l. c., p. 112 y ss.) ↩

  77. (Nota de Marx.) Esto no impide, naturalmente, que el precio de mercado de las mercancías pueda estar por encima o por debajo de su valor. Pero esa consideración es ajena a la circulación simple y pertenece a una esfera completamente distinta, que examinaremos más adelante, donde estudiaremos la relación entre valor y precio de mercado. ↩

  78. Moses and Son, gran casa de ropa confeccionada de Londres, famosa por su publicidad. ↩

  79. Las letras corresponden a Besonderheit, Allgemeinheit y Einzelheit (particularidad, universalidad, singularidad), los términos del silogismo en la Lógica de Hegel. ↩

  80. (Nota de Marx.) Hasta qué punto hiere a las almas bellas la forma, por completo superficial, del antagonismo que se manifiesta en la compra y la venta lo muestra el siguiente extracto de las Leçons sur l'industrie et les finances del señor Isaac Péreire, París, 1832. Que ese mismo Isaac sea el lobo de la Bolsa de París, tristemente célebre como inventor y dictador del Crédit mobilier, muestra a la vez qué hay que pensar de la crítica sentimental de la economía. El señor Péreire, entonces apóstol de Saint-Simon, dice: «Precisamente porque todos los individuos están aislados, separados unos de otros, ya sea en sus trabajos, ya sea para el consumo, hay intercambio entre ellos de los productos de su respectiva industria. De la necesidad del intercambio se deriva la necesidad de determinar el valor relativo de los objetos. Las ideas de valor y de intercambio están, pues, íntimamente ligadas, y ambas, en su forma actual, expresan el individualismo y el antagonismo… Solo hay lugar para fijar el valor de los productos porque hay venta y compra, en otras palabras, antagonismo entre los diversos miembros de la sociedad. Solo había lugar para ocuparse del precio, del valor, allí donde había venta y compra, es decir, allí donde cada individuo estaba obligado a luchar para procurarse los objetos necesarios para el mantenimiento de su existencia.» (L. c., pp. 2, 3, passim.) ↩

  81. (Nota de Marx.) «El dinero no es más que el medio y el vehículo, mientras que los géneros útiles para la vida son el fin y la meta.» Boisguillebert, Le détail de la France, 1697, en Eugène Daire, Économistes financiers du XVIIIe siècle, vol. I, París, 1843, p. 210. ↩

  82. (Nota de Marx.) En noviembre de 1807 apareció en Inglaterra un escrito de William Spence titulado Britain independent of commerce [Gran Bretaña, independiente del comercio], cuyo principio desarrolló William Cobbett en su Political Register bajo la forma más drástica de Perish commerce [¡Muera el comercio!]. James Mill publicó en respuesta, en 1808, su Defence of commerce [Defensa del comercio], donde ya se encuentra el argumento que el texto toma de sus Elements of political economy. En su polémica con Sismondi y Malthus sobre las crisis comerciales, J.-B. Say se apropió del lindo hallazgo, y como sería imposible decir con qué ocurrencia nueva enriqueció la economía política este cómico prince de la science [príncipe de la ciencia] (su mérito consistió más bien en la imparcialidad con que entendía mal por igual a sus contemporáneos Malthus, Sismondi y Ricardo), sus admiradores del continente lo han pregonado a son de trompeta como descubridor de ese tesoro del equilibrio metafísico de las compras y las ventas. ↩

  83. (Nota de Marx.) La manera en que los economistas exponen las distintas determinaciones formales de la mercancía puede verse en los siguientes ejemplos:

    «Teniendo dinero, solo hemos de hacer un intercambio para conseguir el objeto deseado, mientras que con otros productos sobrantes hemos de hacer dos, el primero de los cuales (procurarnos el dinero) es infinitamente más difícil que el segundo.» Opdyke, G., A treatise on political economy, Nueva York, 1851, pp. 287-288.

    «La mayor vendibilidad del dinero es justamente el efecto o la consecuencia natural de la menor vendibilidad de las mercancías.» (Corbet, Th., An inquiry into the causes and modes of the wealth of individuals etc., Londres, 1841, p. 117.) «El dinero tiene la cualidad de ser siempre intercambiable por lo que mide.» Bosanquet, Metallic, Paper, and Credit Currency etc., Londres, 1842, p. 100.

    «El dinero siempre puede comprar otras mercancías, mientras que las otras mercancías no siempre pueden comprar dinero.» Tooke, Th., An Inquiry into the Currency Principle, 2.ª ed., Londres, 1844, p. 10. ↩

  84. (Nota de Marx.) La misma mercancía puede comprarse y volverse a vender varias veces. Entonces no circula como mera mercancía, sino en una determinación que no existe desde el punto de vista de la circulación simple, de la simple oposición entre mercancía y dinero. ↩

  85. (Nota de Marx.) La masa del dinero es indiferente, «con tal de que haya bastante para mantener los precios contraídos por los géneros». Boisguillebert, Le détail de la France, l. c., p. 209. «Si la circulación de mercancías por valor de 400 millones de libras esterlinas exige una masa de oro de 40 millones, y esta proporción de 1/10 era el nivel adecuado, entonces, si el valor de las mercancías circulantes sube por causas naturales a 450 millones, la masa de oro, para mantenerse en su nivel, tendría que crecer hasta 45 millones.» W. Blake, Observations on the effects produced by the expenditure of Government etc., Londres, 1823, pp. 80, 81. ↩

  86. (Nota de Marx.) «Es la velocidad del giro del dinero, y no la cantidad de los metales, lo que hace aparecer mucho o poco dinero.» (Galiani, l. c., p. 99.) ↩

  87. (Nota de Marx.) Un ejemplo de caída extraordinaria de la circulación metálica por debajo de su nivel medio lo ofreció Inglaterra en 1858, como se verá en el siguiente extracto del London Economist: «Por la naturaleza del caso» (a saber, por el carácter fragmentado de la circulación simple) «no pueden obtenerse datos muy exactos sobre la cantidad de dinero contante que fluctúa en el mercado y en manos de las clases que no se dedican a la banca. Pero quizá la actividad o la inactividad de las casas de la moneda de las grandes naciones comerciales sea uno de los indicios más probables de las variaciones de esa cantidad. Se fabricará mucho cuando se necesite mucho, y poco cuando se necesite poco… En la Casa de la Moneda inglesa, la acuñación fue en 1855 de 9.245.000 £; en 1856, de 6.476.000 £, y en 1857, de 5.293.855 £. Durante 1858 la Casa de la Moneda apenas tuvo nada que hacer.» Economist, 10 de julio de 1858. Pero al mismo tiempo había en los sótanos del Banco unos 18 millones de libras esterlinas en oro. [Así en la edición de 1859; la MEW da «13 millones».] ↩

  88. Los Países Bajos adoptaron el patrón plata por la ley monetaria de 1847 y retiraron de la circulación sus monedas de oro hacia 1850. ↩

  89. «No huele»: frase atribuida al emperador Vespasiano a propósito del dinero obtenido con un impuesto sobre las letrinas. ↩

  90. (Nota de Marx.) Dodd, Curiosities of industry etc., Londres, 1854. ↩

  91. (Nota de Marx.) The currency theory reviewed etc. by a banker etc., Edimburgo, 1845, p. 69, etc. «Si un escudo un poco gastado se considerara de algo menos valor que un escudo enteramente nuevo, la circulación se encontraría continuamente detenida, y no habría un solo pago que no fuera motivo de disputa.» (Garnier, G., Histoire de la monnaie etc., t. I, p. 24.) ↩

  92. (Nota de Marx.) Jacob, W., An historical inquiry into the production and consumption of the precious metals, Londres, 1831, vol. II, cap. XXVI. ↩

  93. «La sombra de un gran nombre»: Lucano, Farsalia, I, 135, dicho de Pompeyo. ↩

  94. Pietro Custodi (1771-1842) publicó en Milán, entre 1803 y 1816, los Scrittori classici italiani di economia politica, en cincuenta volúmenes. ↩

  95. William Cotton (1786-1866), gobernador del Banco de Inglaterra de 1842 a 1845, inventor de una balanza automática para pesar y clasificar soberanos. ↩

  96. (Nota de Marx.) David Buchanan, Observations on the subjects treated of in Doctor Smith's Inquiry on the wealth of nations etc., Edimburgo, 1814, p. 31. ↩

  97. «Signo del precio». ↩

  98. Protagonista de La maravillosa historia de Peter Schlemihl (1814), de Adelbert von Chamisso, que vende su sombra al diablo. ↩

  99. (Nota de Marx.) Henry Storch, Cours d'économie politique etc., avec des notes par J.-B. Say, París, 1823, t. IV, p. 79. Storch publicó su obra en San Petersburgo, en francés. J.-B. Say hizo enseguida una reimpresión en París, completada con unas supuestas «notas» que no contienen en realidad más que lugares comunes. Storch (véanse sus Considérations sur la nature du revenu national, París, 1824) no acogió nada cortésmente esta anexión de su obra por el prince de la science [príncipe de la ciencia]. ↩

  100. (Nota de Marx.) Platón, De Republica, lib. II: «La moneda, símbolo del intercambio» (Opera omnia etc., ed. G. Stallbaumius, Londres, 1850, p. 304). Platón solo desarrolla el dinero en sus dos determinaciones de medida de los valores y de signo de valor, pero, además del signo de valor que sirve para la circulación interior, exige otro para el tráfico de Grecia con el extranjero. (Véase también el libro V de sus Leyes.) ↩

  101. (Nota de Marx.) Aristóteles, Ethica Nicomachea, lib. V, cap. 8, l. c.: «Por convención, la moneda ha llegado a ser una especie de sustituto de la necesidad; y por eso tiene el nombre de nomisma, porque no existe por naturaleza, sino por ley [nomos], y está en nuestra mano cambiarla y hacerla inútil.» Aristóteles concibió el dinero de un modo incomparablemente más multilateral y profundo que Platón. En el pasaje siguiente expone con acierto cómo del trueque entre distintas comunidades nace la necesidad de dar el carácter de dinero a una mercancía específica, es decir, a una sustancia que tenga valor por sí misma: «Pues, al hacerse la ayuda más extranjera, por la importación de lo que faltaba y la exportación de lo que sobraba, se introdujo por necesidad el uso de la moneda… Por eso convinieron en dar y recibir unos de otros, para los intercambios, algo que, siendo en sí mismo una de las cosas útiles, tuviera un uso fácil de manejar…, como el hierro y la plata o cualquier otra cosa semejante.» (Aristóteles, De Republica, lib. I, cap. 9, l. c.) Michel Chevalier, que o no ha leído o no ha entendido a Aristóteles, cita este pasaje para demostrar que, en opinión de Aristóteles, el medio de circulación tiene que consistir en una sustancia que tenga valor por sí misma. Aristóteles dice, por el contrario, expresamente que el dinero, como mero medio de circulación, parece tener una existencia meramente convencional o legal, como indica ya su nombre, nomisma, y que de hecho solo recibe su valor de uso como moneda de su propia función, no de un valor de uso que le pertenezca a él mismo. «Otras veces, en cambio, el dinero parece una bagatela y algo enteramente legal, y nada por naturaleza, porque, si quienes lo usan lo cambian, no vale nada ni sirve para nada de lo necesario.» (L. c.) ↩

  102. (Nota de Marx.) Mandeville (Sir John), Voyages and Travels, Londres, ed. de 1705, p. 105: «Este emperador (de Catay o China) puede gastar cuanto quiere, sin tasa. Pues no gasta ni hace moneda sino de cuero impreso o de papel. Y cuando ese dinero ha corrido tanto tiempo que empieza a gastarse, lo llevan al tesoro del emperador y toman dinero nuevo por el viejo. Y ese dinero corre por todo el país y por todas sus provincias… no hacen moneda ni de oro ni de plata»; y, opina Mandeville, «por eso puede gastar una y otra vez, y sin medida». ↩

  103. (Nota de Marx.) Benjamin Franklin, Remarks and facts relative to the American paper money, 1764, p. 348, l. c.: «En este mismo momento, incluso el dinero de plata en Inglaterra debe a su condición de medio legal de pago una parte de su valor: la parte que es la diferencia entre su peso real y su denominación. Gran parte de los chelines y de las monedas de seis peniques que ahora corren se han vuelto, por el desgaste, un 5, un 10, un 20 por ciento, y algunas de las de seis peniques incluso un 50 por ciento, demasiado ligeras. Por esa diferencia entre el valor real y el nominal no tenéis ningún valor intrínseco; no tenéis ni siquiera papel, no tenéis nada. Es el curso legal, junto con la certeza de que puede volver a darse fácilmente por el mismo valor, lo que hace pasar plata por valor de 3 peniques por una moneda de seis peniques.» ↩

  104. (Nota de Marx.) Berkeley, l. c.: «Si se conservara la denominación de la moneda después de que su metal hubiera seguido el camino de toda carne, ¿no seguiría existiendo, sin embargo, la circulación del comercio?» ↩

  105. John Locke y William Lowndes polemizaron en 1695-1696 sobre la reacuñación de la moneda de plata inglesa: Lowndes proponía rebajar su contenido de metal; Locke, mantener el patrón antiguo. ↩

  106. (Nota de Marx.) «No solo los metales ricos son signos de las cosas…; sino que, recíprocamente, las cosas… son signos del oro y de la plata.» (A. Genovesi, Lezioni di Economia Civile (1765), p. 281, en Custodi, Parte Moderna, t. VIII.) ↩

  107. (Nota de Marx.) Petty: el oro y la plata son universal wealth [riqueza universal]. Political Arithmetic, l. c., p. 242. ↩

  108. (Nota de Marx.) E. Misselden, Free Trade or the Means to make Trade florish etc., Londres, 1622. «La materia natural del comercio es la mercancía (merchandize), a la que los comerciantes, por el fin del comercio, han llamado bienes útiles (commodities). La materia artificial del comercio es el dinero, que ha recibido el título de nervio de la guerra y del Estado. El dinero, aunque por naturaleza y por tiempo viene después de la mercancía, sin embargo, tal como ahora está en uso, se ha convertido en lo principal.» (p. 7.) Compara la mercancía y el dinero con «los dos hijos del viejo Jacob, que puso su mano derecha sobre el más joven y la izquierda sobre el mayor». (L. c.)

    Boisguillebert, Dissertation sur la nature des richesses etc., l. c.: «He aquí, pues, al esclavo del comercio convertido en su amo… La miseria de los pueblos no viene sino de que se ha hecho un amo, o más bien un tirano, de lo que era un esclavo.» (pp. 395, 399.) ↩

  109. (Nota de Marx.) Boisguillebert, l. c.: «Se ha hecho un ídolo de estos metales (el oro y la plata) y, dejando a un lado el objeto y la intención para los que se los había llamado al comercio, a saber, para servir en él de prenda en el cambio y la entrega recíproca, casi se los ha dispensado de este servicio para hacer de ellos divinidades, a las que se ha sacrificado y se sacrifica todos los días más bienes y necesidades preciosas, e incluso más hombres, de los que jamás inmoló la ciega Antigüedad a sus falsas divinidades, etc.» (L. c., p. 395.) ↩

  110. Adam Smith, Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones (1776), libro I, cap. 4. ↩

  111. (Nota de Marx.) Boisguillebert barrunta en la primera inmovilización del perpetuum mobile, es decir, en la negación de su existencia funcional como medio de circulación, enseguida su autonomización frente a las mercancías. El dinero, dice, debe estar «en un movimiento continuo, lo que solo puede ser mientras es mueble; pero en cuanto se vuelve inmueble, todo está perdido». (Le détail de la France, p. 213.) Lo que no ve es que este quedarse quieto es condición de su movimiento. Lo que en realidad quiere es que el valor de cambio de las mercancías aparezca como forma meramente evanescente de su metabolismo, pero nunca se fije como fin en sí. [Nota de Marx en su ejemplar de trabajo, junto a «valor de cambio»: Quiere decir: la forma de valor de las mercancías.] ↩

  112. Catón el Viejo, De agri cultura, cap. II. ↩

  113. (Nota de Marx.) «Cuanto más crecen las existencias de mercancías, más disminuyen las que existen como tesoro (in treasure).» E. Misselden, l. c., p. 23. ↩

  114. Traducimos la versión alemana que da Marx; no hemos podido cotejar el texto castellano de la representación de las Cortes. ↩

  115. Mateo 6, 19-20. ↩

  116. (Nota de Marx.) L. c., pp. 11-13, passim. ↩

  117. (Nota de Marx.) Petty, Political Arithmetic, l. c., p. 196. ↩

  118. François Bernier (1620-1688), médico y viajero francés que vivió en la India entre 1658 y 1669. Aurangzeb (1618-1707), emperador mogol desde 1658. ↩

  119. (Nota de Marx.) François Bernier, Voyages contenant la description des états du Grand Mogol, edición de París, 1830, t. I, cf. pp. 312-314. ↩

  120. (Nota de Marx.) Doctor Martín Lutero, Bücher vom Kaufhandel und Wucher [Libros sobre el comercio y la usura], 1524. En el mismo lugar dice Lutero: «Dios nos ha arrojado a los alemanes a tal punto que tenemos que echar nuestro oro y nuestra plata en tierras extrañas, enriquecer a todo el mundo y quedarnos nosotros de mendigos. Inglaterra tendría menos oro si Alemania le dejara su paño, y el rey de Portugal también tendría menos si le dejáramos sus especias. Calcula tú cuánto dinero sale de tierras alemanas en una feria de Fráncfort sin necesidad ni motivo: te maravillarás de que aún quede un céntimo en tierras alemanas. Fráncfort es el agujero de la plata y del oro por donde sale de tierra alemana todo lo que mana y crece, se acuña o se bate entre nosotros: si se tapara el agujero, no habría que oír ahora la queja de que por todas partes no hay más que deudas y nada de dinero, y de que todas las tierras y ciudades están arruinadas por la usura. Pero déjalo correr, que así ha de ir: ¡los alemanes tenemos que seguir siendo alemanes!, no cejamos hasta que no hay más remedio.»

    Misselden, en el escrito citado más arriba, quiere mantener el oro y la plata al menos dentro del círculo de la cristiandad: «El dinero disminuye por el comercio fuera de la cristiandad con Turquía, Persia y las Indias Orientales. Estos ramos de comercio se llevan en su mayor parte con dinero contante, pero de manera muy distinta que los ramos del comercio de la cristiandad entre sí. Pues aunque el comercio dentro de la cristiandad se hace con dinero contante, el dinero queda siempre encerrado dentro de sus límites. Hay en efecto corriente y contracorriente, flujo y reflujo del dinero en el comercio que se lleva dentro de la cristiandad, pues unas veces abunda más en una parte y escasea en otra, según que un país tenga falta y otro abundancia: va y viene y gira en el círculo de la cristiandad, pero queda siempre encerrado en su línea. Pero el dinero con el que se comercia fuera de la cristiandad con los países antes dichos se gasta para siempre y nunca vuelve.» ↩

  121. Caput mortuum, «cabeza muerta»: en la alquimia, el residuo inútil que queda en la retorta tras la destilación. ↩

  122. Virgilio, Eneida, III, 57. ↩

  123. (Nota de Marx.) «En el dinero está el primer origen de la avaricia… esta se fue encendiendo poco a poco en una especie de rabia, ya no avaricia, sino hambre de oro.» (Plinio, Historia natural, libro XXXIII, cap. III, sección 14.) ↩

  124. (Nota de Marx.) Horacio, pues, no entiende nada de la filosofía del atesoramiento cuando dice (Sátiras, libro II, sátira III):

    «Si uno comprara cítaras y, una vez compradas, las amontonara,
    sin afición a la cítara ni entrega a musa alguna;
    cuchillas y hormas, sin ser zapatero; velas de barco,
    siendo enemigo del comercio: delirante y loco
    lo llamarían todos con razón. ¿En qué se diferencia de estos
    quien esconde monedas y oro sin saber usar
    lo reunido, y teme tocarlo como si fuera cosa sagrada?»

    El señor Senior entiende mejor la cosa: «El dinero parece ser la única cosa cuyo deseo es universal, y es así porque el dinero es una riqueza abstracta y porque los hombres, al poseerlo, pueden satisfacer todas sus necesidades, de cualquier naturaleza que sean.» (Principes fondamentaux de l'économie politique, traduit par le Comte Jean Arrivabene, París, 1836, p. 221.) O Storch: «Como el dinero representa todas las demás riquezas, basta con amontonarlo para procurarse todas las clases de riqueza que existen en el mundo.» (L. c., t. II, p. 135.) ↩

  125. Alusión a los estilitas, ascetas cristianos que vivían en lo alto de una columna, como Simeón el Estilita (siglo V). ↩

  126. (Nota de Marx.) Lo poco que cambia el inner man [hombre interior] del individuo-mercancía, incluso cuando se ha civilizado y convertido en capitalista, lo prueba, por ejemplo, el representante en Londres de una casa bancaria cosmopolita que tiene colgado, enmarcado y bajo cristal, como escudo de familia apropiado, un billete de banco de 100.000 libras esterlinas. La gracia está aquí en la mirada burlona y altanera con que el billete contempla desde arriba la circulación. ↩

  127. (Nota de Marx.) Véase el pasaje de Jenofonte que se cita más adelante. ↩

  128. (Nota de Marx.) Jacob, l. c., t. II, caps. 25 y 26. ↩

  129. (Nota de Marx.) «En tiempos de gran agitación e inseguridad, especialmente durante conmociones internas o invasiones, los artículos de oro y plata se convierten rápidamente en dinero, mientras que en periodos de tranquilidad y prosperidad el dinero se convierte en vajilla y joyas.» (L. c., t. II, p. 357.) ↩

  130. (Nota de Marx.) En el pasaje siguiente, Jenofonte desarrolla el dinero en su determinación formal específica de dinero y tesoro: «En esta sola actividad, de todas las que conozco, nadie envidia a los que se establecen en ella… Cuanto más rico aparece el mineral de plata y más plata se obtiene, más gente acude a este trabajo. Pues cuando uno ha adquirido muebles suficientes para su casa, ya no compra mucho más; pero de plata nadie ha adquirido nunca tanta que no desee más, y si alguien la tiene en abundancia, entierra lo sobrante y no se alegra menos que si la usara. Y cuando las ciudades prosperan, los hombres necesitan mucho la plata, pues los varones quieren gastar en hermosas armas, buenos caballos, casas y mobiliario suntuoso, y las mujeres se vuelven hacia los vestidos costosos y las joyas de oro. Y cuando las ciudades padecen por las malas cosechas o por la guerra, entonces más aún, al quedar la tierra sin cultivar, necesitan moneda para los víveres y para las tropas auxiliares.» (Jenofonte, De vectigalibus [Sobre los ingresos], cap. IV.) Aristóteles, en el cap. 9 del libro I de la República [la Política], desarrolla los dos movimientos de la circulación, W-G-W y G-W-G, en su oposición, con el nombre de «económica» y «crematística». Ambas formas las contraponen los trágicos griegos, en particular Eurípides, como δίκη [justicia] y κέρδος [ganancia]. ↩

  131. Los ryots eran los campesinos de la India. El gobierno británico de la India tenía el monopolio del opio y lo compraba por adelantado a los cultivadores. ↩

  132. (Nota de Marx.) Naturalmente, también se adelanta capital en forma de dinero, y el dinero adelantado puede ser capital adelantado, pero este punto de vista no cae dentro del horizonte de la circulación simple. ↩

  133. Juego de palabras intraducible: Gläubiger significa «acreedor» y Gläubige, «creyente». ↩

  134. Shakespeare, El mercader de Venecia, acto IV, escena 1: Shylock reclama ante el tribunal el cumplimiento de su pagaré. ↩

  135. (Nota de Marx en su ejemplar de trabajo.) La diferencia entre medio de compra y medio de pago la subraya Lutero. ↩

  136. (Nota de Marx.) El señor Macleod, a pesar de su doctrinaria presunción de definirlo todo, desconoce hasta tal punto las relaciones económicas más elementales que hace nacer el dinero en general de su forma más desarrollada, la del medio de pago. Dice, entre otras cosas, que como la gente no siempre necesita al mismo tiempo los servicios recíprocos, ni en la misma cuantía de valor, «quedaría cierta diferencia o cuantía de servicio debida por el primero al segundo: deuda». El poseedor de esta deuda necesita los servicios de otro que no necesita inmediatamente los suyos, y «transfiere al tercero la deuda que el primero tiene con él. El título de deuda pasa así de mano en mano: currency [medio circulante]… Cuando una persona recibe una obligación expresada en moneda metálica, puede disponer de los servicios no solo del deudor original, sino de toda la comunidad laboriosa». Macleod, Theory and Practice of Banking etc., Londres, 1855, vol. I, cap. 1. ↩

  137. (Nota de Marx.) Bailey, l. c., p. 3: «El dinero es la mercancía general de los contratos, o aquella en que se cierra la mayoría de los tratos sobre la propiedad que han de cumplirse en un momento futuro.» ↩

  138. (Nota de Marx.) Senior, l. c., p. 221, dice: «Como el valor de todas las cosas cambia en un periodo determinado, se toma como medio de pago la cosa cuyo valor cambia menos, la que conserva más tiempo una capacidad media dada de comprar cosas. Así el dinero se convierte en expresión o representante de los valores.» Al revés. Porque el oro, la plata, etc., se han convertido en dinero, es decir, en existencia del valor de cambio autonomizado, se convierten en medios generales de pago. Allí donde aparece la consideración que menciona el señor Senior sobre la duración de la magnitud de valor del dinero, es decir, en los periodos en que el dinero se impone por la fuerza de las circunstancias como medio general de pago, es precisamente cuando se descubre también la fluctuación de la magnitud de valor del dinero. Un periodo así fue en Inglaterra la época de Isabel, y fue en su tiempo cuando lord Burleigh y sir Thomas Smith, en vista de la depreciación de los metales preciosos, que empezaba a hacerse visible, hicieron aprobar una ley del Parlamento que obliga a las universidades de Oxford y Cambridge a reservarse un tercio de sus rentas de la tierra en trigo y malta. ↩

  139. (Nota de Marx.) Boisguillebert, que quisiera impedir que las relaciones burguesas de producción se encabriten contra los propios burgueses, se fija con preferencia en las formas del dinero en que este aparece solo idealmente o solo de manera evanescente. Así antes el medio de circulación. Así el medio de pago. Lo que vuelve a no ver es el vuelco no mediado de la forma ideal del dinero a su realidad exterior, el hecho de que el dinero contante está ya latente en la medida de los valores meramente pensada. Que el dinero, dice, es mera forma de las mercancías mismas se muestra en el comercio al por mayor, donde el cambio se efectúa sin intervención del dinero una vez que «les marchandises sont appréciées» [las mercancías están tasadas]. Le détail de la France, l. c., p. 210. ↩

  140. (Nota de Marx.) Locke, l. c., pp. 17-18. ↩

  141. Se refiere a las luchas de los plebeyos endeudados contra los patricios en los primeros siglos de la república romana, cuando las deudas se contraían en cobre (aes). ↩

  142. Aes rude, «bronce en bruto»: trozos de bronce sin acuñar, pesados en la balanza, que sirvieron de medio de cambio en Roma antes de la moneda. ↩

  143. El imperial era una moneda rusa de oro de 10 rublos; el soberano, la moneda inglesa de oro de una libra esterlina. ↩

  144. Kiajta, ciudad de la frontera ruso-china al sur del lago Baikal, centro del comercio de trueque entre ambos imperios (té chino por paños y pieles rusos) según los tratados del siglo XVIII. La guerra de 1857-1858 es la segunda guerra del opio, de Inglaterra y Francia contra China. ↩

  145. (Nota de Marx.) «El dinero amontonado suple aquella suma que, por estar actualmente en circulación, por la eventual promiscuidad de los tratos se aleja y sale de la esfera de la circulación misma.» (G. R. Carli, nota a Verri, Meditazioni sulla Economia Politica, p. 192, t. XV, en Custodi, l. c.) ↩

  146. Robert Burns, «A Man's a Man for A' That» (1795): «The rank is but the guinea's stamp, / The man's the gowd for a' that» («El rango no es más que el cuño de la guinea; el hombre es el oro, a pesar de todo»). El eagle era una moneda norteamericana de oro de 10 dólares; el napoleón, una francesa de 20 francos. ↩

  147. (Nota de Marx.) Montanari, Della Moneta (1683), l. c., p. 40: «Tan difundida está por todo el globo terrestre la comunicación de los pueblos entre sí que casi puede decirse que el mundo entero se ha convertido en una sola ciudad, en la que se celebra feria perpetua de toda mercancía, y donde cada hombre, sin salir de su casa, puede proveerse y gozar mediante el dinero de todo lo que la tierra, los animales y la industria humana producen en otras partes. Maravillosa invención.» ↩

  148. (Nota de Marx.) «Los metales tienen esto de propio y singular: que solo en ellos todas las relaciones se reducen a una, que es su cantidad, pues no han recibido de la naturaleza cualidad diversa ni en su constitución interna ni en su forma y hechura externas.» (Galiani, l. c., pp. 126-127.) ↩

  149. Pedro Mártir de Anglería (1457-1526), humanista italiano al servicio de los Reyes Católicos, autor de las Décadas de orbe novo, primera historia del descubrimiento de América. ↩

  150. Jacob Grimm, Geschichte der deutschen Sprache (1848). ↩

  151. (Nota de Marx.) En el año 760, una masa de gente pobre emigró para lavar las arenas auríferas de los ríos al sur de Praga, y tres hombres eran capaces de extraer en un día tres marcos de oro. A consecuencia de ello, la afluencia a las diggings [explotaciones auríferas] y el número de brazos sustraídos a la agricultura fueron tan grandes que al año siguiente el país sufrió una hambruna. (Véase M. G. Körner, Abhandlung von dem Alterthum des böhmischen Bergwerks [Tratado sobre la antigüedad de la minería bohemia], Schneeberg, 1758.) [Así en la edición de 1859; la MEW da «M. G. Krämer» y «un marco de oro».] ↩

  152. Aristóteles, Ética a Nicómaco, libro V, cap. 5 (8 en algunas ediciones). ↩

  153. Estrabón, Geografía, libro XVI. ↩

  154. (Nota de Marx.) Hasta ahora, los descubrimientos de Australia, etc., no han afectado a la relación de valor entre el oro y la plata. Las afirmaciones contrarias de Michel Chevalier valen exactamente lo mismo que el socialismo de este ex sansimoniano. Las cotizaciones de la plata en el mercado de Londres prueban, es cierto, que el precio medio de la plata en oro estuvo, durante 1850-1858, algo menos de un 3 % más alto que durante el periodo 1830-1850. Pero esta subida se explica sencillamente por la demanda asiática de plata. Durante 1852-1858, el precio de la plata cambia, en los distintos años y meses, solo con esta demanda, y en modo alguno con la llegada de oro de las fuentes recién descubiertas. Este es un resumen de los precios de la plata en oro en el mercado de Londres:

    Precio de la plata por onza (peniques):
    1852: marzo 60⅛, julio 60¼, noviembre 61⅞
    1853: marzo 61⅜, julio 61½, noviembre 61⅞
    1854: marzo 61⅞, julio 61¾, noviembre 61½
    1855: marzo 61⅞, julio 61¾, noviembre 61⅞
    1856: marzo 60, julio 61¼, noviembre 61⅛
    1857: marzo 61¾, julio 61⅝, noviembre 61½
    1858: marzo 61⅝ ↩

  155. (Nota de Marx en su ejemplar de trabajo.) «¡El oro es una cosa maravillosa! Quien lo posee es dueño de todo lo que desea. ¡Con el oro se puede incluso hacer entrar almas en el paraíso!» (Colón, en una carta desde Jamaica, 1503.) ↩

  156. The Spectator, periódico londinense de Joseph Addison y Richard Steele (1711-1712). Montesquieu trata el tema en Del espíritu de las leyes (1748), libro XXII; Hume, en el ensayo «Of Money» (1752). ↩

  157. (Nota de Marx.) Por lo demás, Hume admite esta gradualidad, por poco que corresponda a su principio. Véase David Hume, Essays and Treatises on Several Subjects, ed. Londres, 1777, vol. I, p. 300. ↩

  158. (Nota de Marx.) Cf. Steuart, l. c., t. I, pp. 394-400. ↩

  159. (Nota de Marx.) David Hume, l. c., p. 300. ↩

  160. (Nota de Marx.) David Hume, l. c., p. 303. ↩

  161. (Nota de Marx.) David Hume, l. c., p. 303. ↩

  162. (Nota de Marx.) «Es evidente que los precios no dependen tanto de la cantidad absoluta de mercancías y de dinero que hay en una nación como de la de las mercancías que llegan o pueden llegar al mercado, y del dinero que circula. Si la moneda se encierra en cofres, es lo mismo, con respecto a los precios, que si se hubiera aniquilado; si las mercancías se acaparan en almacenes y graneros, se sigue un efecto semejante. Como en estos casos el dinero y las mercancías nunca se encuentran, no pueden actuar unos sobre otros. El conjunto (de los precios) alcanza al final una justa proporción con la nueva cantidad de numerario que hay en el reino.» (L. c., pp. 303, 307, 308.) ↩

  163. (Nota de Marx en su ejemplar de trabajo.) Véase Law y Franklin sobre el valor adicional que el oro y la plata obtendrían de su función como dinero. También Forbonnais. ↩

  164. El quarter, medida inglesa de capacidad para granos, equivale a unos 291 litros. ↩

  165. (Nota de Marx en su ejemplar de trabajo.) Esta ficción aparece literalmente en Montesquieu. ↩

  166. (Nota de Marx.) Steuart, l. c., t. I, p. 394 y ss. ↩

  167. (Nota de Marx.) James Steuart, l. c., t. II, pp. 377-379, passim. ↩

  168. (Nota de Marx.) L. c., pp. 379-380, passim. ↩

  169. (Nota de Marx.) «La moneda adicional se encerrará o se convertirá en vajilla… En cuanto al papel moneda, en cuanto ha cumplido su primer fin, satisfacer la demanda de quien lo tomó prestado, volverá al deudor y se realizará… Así pues, por más que se aumente o disminuya en la proporción que sea el numerario de un país, las mercancías seguirán subiendo y bajando según los principios de la demanda y la competencia, y estos dependerán siempre de las inclinaciones de quienes tienen propiedad o algún equivalente de cualquier clase que dar, pero nunca de la cantidad de moneda que poseen… Por bajo que esté» (a saber, la cantidad de numerario en un país), «mientras haya en el país propiedad real de cualquier denominación y competencia por consumir entre quienes la poseen, los precios serán altos por medio del trueque, del dinero simbólico, de las prestaciones recíprocas y de mil invenciones más… Si este país tiene comunicación con otras naciones, tiene que haber una proporción entre los precios de muchas clases de mercancías allí y en otras partes, y un aumento o una disminución repentinos del numerario, suponiendo que pudiera por sí mismo producir el efecto de subir o bajar los precios, quedaría contenido en su acción por la competencia extranjera.» Steuart, l. c., t. I, pp. 400-401. «La circulación de cada país tiene que estar en proporción con la industria de los habitantes que producen las mercancías que llegan al mercado… Así pues, si la moneda de un país cae por debajo de la proporción del precio de la industria ofrecida en venta, se recurrirá a invenciones como el dinero simbólico para procurarle un equivalente. Pero si el numerario se encuentra por encima de la proporción de la industria, no tendrá ningún efecto de subir los precios ni entrará en la circulación: se acumulará en tesoros… Cualquiera que sea la cantidad de dinero de una nación, en correspondencia con el resto del mundo, nunca puede quedar en circulación sino la cantidad aproximadamente proporcional al consumo de los ricos y al trabajo y la industria de los habitantes pobres», y esta proporción no está determinada «por la cantidad de dinero que hay efectivamente en el país» (l. c., pp. 407-408, passim). «Todas las naciones procurarán arrojar su dinero contante, no necesario para su propia circulación, a aquel país donde el interés del dinero esté alto con respecto al suyo.» L. c., t. II, p. 5. «La nación más rica de Europa puede ser la más pobre en numerario circulante.» L. c., t. II, p. 6. — Véase la polémica de Arthur Young contra Steuart. [Esta última frase es un añadido de Marx en su ejemplar de trabajo.] ↩

  170. (Nota de Marx.) Steuart, l. c., t. II, p. 370. Louis Blanc convierte el money of the society [dinero de la sociedad], que no significa más que dinero interior, nacional, en dinero socialista, que no significa absolutamente nada, y hace así, consecuentemente, de John Law un socialista. (Véase el primer tomo de su Historia de la Revolución francesa.) ↩

  171. Escuela de juristas alemanes (Gustav Hugo, Friedrich Carl von Savigny) que, a comienzos del siglo XIX, defendía el derecho surgido históricamente frente a la legislación racional. ↩

  172. Según contó F. H. Jacobi en sus Cartas sobre la doctrina de Spinoza (1785), Lessing se quejaba de que se hablara de Spinoza «como de un perro muerto». La revelación de que Lessing había sido espinosista desató una polémica en la que Moses Mendelssohn salió en defensa de su amigo. ↩

  173. (Nota de Marx.) Maclaren, l. c., p. 43 y ss. El patriotismo llevó a un escritor alemán muerto demasiado pronto (Gustav Julius) a oponer el viejo Büsch, como autoridad, a la escuela de Ricardo. El honrado Büsch tradujo el genial inglés de Steuart a bajo alemán de Hamburgo y estropeó su original siempre que pudo. ↩

  174. Adam Smith, La riqueza de las naciones, libro I, cap. 9. ↩

  175. (Nota de Marx en su ejemplar de trabajo.) Esto no es exacto. En algunos pasajes formula, por el contrario, correctamente la ley. ↩

  176. Jean-Baptiste Say (1767-1832), divulgador de Smith en Francia. Johann Christoph Gottsched (1700-1766), crítico literario alemán, ensalzó el poema épico Hermann (1751) de Christoph Otto von Schönaich. Pietro Aretino (1492-1556), escritor satírico italiano, temido por sus libelos contra los poderosos. ↩

  177. (Nota de Marx.) Por eso no se encuentra en The Wealth of Nations la diferencia entre currency y money, es decir, entre medio de circulación y dinero. Engañado por la aparente imparcialidad de Adam Smith, que conocía muy bien a su Hume y a su Steuart, el honrado Maclaren observa: «La teoría de la dependencia de los precios respecto del volumen de la currency aún no había atraído la atención; y el doctor Smith, como el señor Locke» (Locke cambia de opinión), «considera el dinero metálico como nada más que una mercancía.» (Maclaren, l. c., p. 44.) ↩

  178. John Law (1671-1729), financiero escocés; su banco, convertido en Banco Real de Francia, emitió papel moneda en masa y quebró en 1720. ↩

  179. Calle de la City de Londres, sede del Banco de Inglaterra. ↩

  180. El Bullion Committee, comité de la Cámara de los Comunes que investigó en 1810 el alto precio del oro en lingotes y atribuyó la depreciación de los billetes a su emisión excesiva. ↩

  181. (Nota de Marx.) David Ricardo, The High Price of Bullion, a Proof of the Depreciation of Bank Notes, 4.ª ed., Londres, 1811. (La primera edición apareció en 1809.) Además: Reply to Mr. Bosanquet's Practical Observations on the Report of the Bullion Committee, Londres, 1811. ↩

  182. (Nota de Marx.) David Ricardo, On the Principles of Political Economy etc., p. 77: «El valor de los metales preciosos depende en último término, como el de todas las demás mercancías, de la cantidad total de trabajo necesaria para obtenerlos y llevarlos al mercado.» ↩

  183. (Nota de Marx.) L. c., pp. 77, 180, 181. ↩

  184. (Nota de Marx.) Ricardo, l. c., p. 421: «La cantidad de dinero que puede emplearse en un país depende de su valor. Si circulara solo oro, se necesitaría quince veces menos que si se empleara solo plata.» Véase también Ricardo, Proposals for an Economical and Secure Currency, Londres, 1816, p. 8, donde dice: «La cantidad de billetes en circulación depende del importe requerido para la circulación del país, y este está regulado por el valor de la unidad de medida del dinero, el importe de los pagos y la economía en su realización.» ↩

  185. (Nota de Marx.) Ricardo, Principles of Political Economy, pp. 432-433. ↩

  186. Samuel Jones Loyd, lord Overstone (1796-1883), banquero y principal teórico de la escuela del currency principle. ↩

  187. Charles Bosanquet, comerciante londinense, autor de Practical Observations on the Report of the Bullion Committee (1810), contra las tesis del comité y de Ricardo. ↩

  188. (Nota de Marx.) David Ricardo, Reply to Mr. Bosanquet's Practical Observations etc., p. 49: «Que las mercancías subirían o bajarían de precio en proporción al aumento o la disminución del dinero, lo doy por un hecho incontrovertible.» ↩

  189. (Nota de Marx.) Ricardo, The High Price of Bullion etc.: «El dinero tendría el mismo valor en todos los países.» (p. 4.) En su economía política, Ricardo modificó esta tesis, pero no de un modo que aquí tenga peso. ↩

  190. (Nota de Marx.) L. c., pp. 3-4. ↩

  191. (Nota de Marx.) L. c., p. 4. ↩

  192. (Nota de Marx.) «Una balanza comercial desfavorable nunca surge sino de una currency excesiva.» (Ricardo, l. c., pp. 11-12.) ↩

  193. (Nota de Marx.) «La exportación de la moneda la provoca su baratura, y no es el efecto, sino la causa de una balanza desfavorable.» (L. c., p. 14.) ↩

  194. (Nota de Marx.) L. c., p. 17. ↩

  195. (Nota de Marx.) Ricardo, l. c., pp. 74-75: «Inglaterra, a consecuencia de una mala cosecha, se encontraría en el caso de un país privado de una parte de sus mercancías y que, por tanto, requiere una cantidad menor de medio circulante. La currency que antes era igual a sus pagos se volvería ahora superabundante y relativamente barata en proporción a su producción disminuida; la exportación de esta suma restablecería, por tanto, el valor de su currency al valor de las currencies de otros países.» Su confusión entre dinero y mercancía, y entre dinero y moneda, se muestra de manera ridícula en la frase siguiente: «Si podemos suponer que, tras una mala cosecha, cuando Inglaterra tiene ocasión de importar una cantidad inusual de grano, otra nación posee una sobreabundancia de ese artículo, pero no tiene necesidad de mercancía alguna, se seguiría sin duda que tal nación no exportaría su grano a cambio de mercancías; pero tampoco exportaría grano por dinero, pues este es una mercancía que ninguna nación necesita nunca absolutamente, sino relativamente.» (L. c., p. 75.) Pushkin, en su poema épico, hace que el padre de su héroe no comprenda que la mercancía es dinero [Eugenio Oneguin, canto I, estrofa VII: el padre de Oneguin no entiende por qué un Estado no necesita oro si tiene el producto simple]. Pero que el dinero es mercancía lo han comprendido los rusos desde siempre, como lo prueba no solo la importación inglesa de grano de 1838 a 1842, sino toda su historia comercial. ↩

  196. (Nota de Marx.) Cf. Thomas Tooke, History of Prices, y James Wilson, Capital, Currency and Banking. (Este último libro es la reimpresión de una serie de artículos aparecidos en 1844, 1845 y 1847 en el London Economist.) ↩

  197. Los decretos de Berlín (1806) y Milán (1807), con los que Napoleón cerró el continente al comercio británico, y las órdenes en consejo británicas de 1807, que respondieron con el bloqueo de los puertos bajo control francés. ↩

  198. (Nota de Marx.) James Deacon Hume, Letters on the Corn Laws, Londres, 1834, pp. 29-31. ↩

  199. (Nota de Marx.) Thomas Tooke, History of Prices etc., Londres, 1848, p. 110. ↩

  200. (Nota de Marx.) Cf. W. Blake, las Observations etc. citadas más arriba. ↩

  201. (Nota de Marx.) James Mill, Elements of Political Economy. Traducido en el texto de la traducción francesa de J. T. Parisot, París, 1823. ↩

  202. (Nota de Marx.) L. c., pp. 128-136, passim. ↩

  203. Hampstead, entonces un pueblo en las afueras de Londres. ↩

  204. El «principio de la circulación monetaria»: la doctrina según la cual la emisión de billetes debía variar exactamente con las reservas de oro del banco emisor. ↩

  205. (Nota de Marx.) Unos meses antes del estallido de la crisis comercial general de 1857, un comité de la Cámara de los Comunes se reunió para investigar los efectos de las leyes bancarias de 1844 y 1845. Lord Overstone, el padre teórico de estas leyes, se explayó en su declaración ante el comité en la siguiente fanfarronada: «Gracias a la observancia estricta y pronta de los principios de la ley de 1844, todo ha transcurrido con regularidad y facilidad; el sistema monetario es seguro e inconmovible, la prosperidad del país es indiscutible, la confianza pública en la sabiduría de la ley de 1844 gana fuerza día a día; y si el comité desea más ilustración práctica de la solidez de los principios en que se basa, o de los resultados beneficiosos que ha asegurado, la respuesta verdadera y suficiente al comité es: mirad a vuestro alrededor; mirad el estado actual del comercio del país, mirad la satisfacción del pueblo, mirad la riqueza y la prosperidad que impregnan todas las clases de la comunidad; y entonces, hecho esto, podrá pedirse con justicia al comité que decida si quiere estorbar la continuidad de una ley bajo la cual se han desarrollado estos resultados.» Así tocaba Overstone su propia trompeta el 14 de julio de 1857; el 12 de noviembre del mismo año, el ministerio tuvo que suspender bajo su propia responsabilidad la milagrosa ley de 1844 [es decir, autorizó al Banco de Inglaterra a emitir billetes por encima del límite legal]. ↩

  206. (Nota de Marx.) Tooke desconocía por completo el escrito de Steuart, como se desprende de su History of Prices from 1839 to 1847, Londres, 1848, donde resume la historia de las teorías del dinero. ↩

  207. (Nota de Marx.) El escrito más importante de Tooke, aparte de la History of Prices, que su colaborador Newmarch ha publicado en seis volúmenes, es An Inquiry into the Currency Principle, the Connection of Currency with Prices etc., 2.ª ed., Londres, 1844. El escrito de Wilson ya lo hemos citado. Hay que mencionar, por último, a John Fullarton, On the Regulation of Currencies, 2.ª ed., Londres, 1845. ↩

  208. (Nota de Marx.) «Hay que distinguir entre el dinero como mercancía, es decir, capital, y el dinero como medio de circulación.» (Tooke, An Inquiry into the Currency Principle etc., p. 10.) «Puede contarse con que el oro y la plata realicen, a su llegada, casi exactamente la suma que se necesita procurar… el oro y la plata poseen una ventaja infinita sobre todas las demás clases de mercancías… por la circunstancia de estar universalmente en uso como dinero… No es en té, café, azúcar o índigo en lo que suelen contratarse para su pago las deudas, extranjeras o nacionales, sino en moneda; y por eso la remesa, sea en la moneda misma designada, sea en lingotes que puedan convertirse rápidamente en esa moneda a través de la ceca o del mercado del país al que se envían, tiene que ofrecer siempre al remitente el medio más seguro, inmediato y exacto de lograr este fin, sin riesgo de fracaso por falta de demanda o fluctuación del precio.» (Fullarton, l. c., pp. 132-133.) «Cualquier otro artículo» (excepto el oro y la plata) «podría estar, en cantidad o en clase, fuera de la demanda habitual del país al que se envía.» (Tooke, An Inquiry etc.) ↩

  209. (Nota de Marx.) La transformación del dinero en capital la examinaremos en el capítulo 3, que trata del capital y cierra esta primera sección. ↩