Escrito en inglés por Karl Marx y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 5711, del 12 de agosto de 1859. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 13 (Berlín, 1961, pp. 447-449), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

El anuncio de Napoleón III en su Moniteur de que piensa reducir sus fuerzas de tierra y mar a los efectivos de paz puede parecer de poco valor si tenemos presente que, inmediatamente antes de estallar la guerra, el mismo potentado declaró solemnemente en el mismo Moniteur que nunca, desde 1856, había puesto en pie de guerra sus fuerzas de tierra y mar. Su intención de contener por el momento, con un hábil artículo en su órgano oficial, el rearme naval y militar de Inglaterra es demasiado transparente para discutirla. Sin embargo, sería un gran error ver en el anuncio del Moniteur una simple treta. Bonaparte está obligado a la sinceridad; no hace más que lo que no puede dejar de hacer.

Concluida la paz de Villafranca, Luis Napoleón se encontró ante la necesidad imperiosa de reducir sus fuerzas de tierra y mar a las dimensiones que correspondían a un presupuesto de paz. La aventura italiana había costado a Francia unos 200 millones de dólares y 60.000 hombres de la flor de su ejército, sin ganar a cambio más que cierta gloria militar de índole bastante dudosa. Responder al desengaño de una paz impopular manteniendo la recaudación de los impuestos de guerra sería un experimento muy peligroso. Cruzar periódicamente las fronteras de Francia y embriagar a la población descontenta con éxitos guerreros es una de las condiciones de vida del Imperio restaurado. Representar el papel de salvador de Francia frente a una guerra europea general, después de haberla llevado al borde mismo de esa guerra, es otra condición de vida del hombre de Diciembre. Tras la interrupción de los negocios industriales y comerciales que impuso la guerra, la paz, en cualesquiera condiciones, no solo aparece como una bendición, sino que tiene además el atractivo de la novedad. El tedio que, bajo el monótono dominio del zuavo y del espía, hace de la paz una carga se convierte en viva alegría después del cambio de decorado que trajo la guerra. El agudo sentimiento de humillación que pesa sobre el ánimo del pueblo francés cuando recuerda su sometimiento a un aventurero sin carácter, aunque no sin habilidad, se ve mitigado por ahora con el espectáculo de naciones y potentados extranjeros que se pliegan a la misma fuerza superior, si no de facto, al menos en apariencia. La producción, muy perjudicada, recibe ahora un nuevo impulso en virtud de la ley de la elasticidad; todas las transacciones comerciales bruscamente interrumpidas se reanudan con redoblado celo; la especulación, súbitamente paralizada, sube más alto que antes. Así, la paz que sigue a una guerra napoleónica asegura de nuevo a la dinastía un plazo de vida que, poco antes, solo la ruptura de la paz podía conservarle. Al cabo de cierto tiempo, naturalmente, los viejos síntomas de descomposición empujarán de nuevo a otra guerra. El antagonismo fundamental entre la sociedad burguesa y el golpe de Estado revivirá; y en cuanto el conflicto interior alcance de nuevo cierto grado de intensidad, habrá que recurrir a un nuevo intermedio guerrero como única válvula de seguridad aplicable. Es evidente que las condiciones en que el «salvador de la sociedad» ha de salvarse a sí mismo se vuelven poco a poco cada vez más peligrosas. La aventura de Italia fue mucho más peligrosa que la de Crimea. Comparada con la aventura del Rin, o con la aún más lejana de la invasión de Inglaterra, ambas acariciadas sin duda por Napoleón III en su fuero interno y esperadas con pasión por los más insensatos de sus súbditos, esta guerra de Italia puede parecer un puro juego de niños.

Sin embargo, pasará algún tiempo antes de que esas nuevas empresas se pongan en marcha. Entre la guerra de Crimea y la guerra de Italia hubo una pausa de cuatro años; pero es improbable que vuelva a haber un respiro tan largo mientras Luis Napoleón viva y reine. La coacción ineludible con la que mantiene su poder repercutirá sobre él a intervalos cada vez más cortos. Las exigencias del ejército y, sobre todo, la humillación que impone al pueblo lo obligarán a dar el siguiente paso más deprisa que la última vez. La guerra es la condición con la que se sostiene en el trono, pero, como él no es en definitiva más que una imitación de Bonaparte, será siempre, probablemente, una guerra estéril que, urdida con falsos pretextos, devore sangre y dinero y no reporte ningún provecho a sus súbditos. Así fue la guerra de Crimea, y así la que acaba de terminar. Solo en tales condiciones puede Francia gozar del privilegio de ser gobernada por este hombre. Tiene que representar siempre de nuevo, por así decirlo, las jornadas de Diciembre,1 solo que el escenario de la matanza se traslada de los bulevares de París a la llanura de Lombardía o a la península de Crimea, y los míseros descendientes de la gran Revolución no han de asesinar a sus propios compatriotas, sino a pueblos extranjeros.

  1. El golpe de Estado de Luis Bonaparte del 2 de diciembre de 1851 y la matanza de los bulevares de París del 4 de diciembre. ↩