Escrito en inglés por Friedrich Engels entre mayo y hacia el 9 de junio de 1859 y publicado sin firma en The New American Cyclopaedia, tomo VII (Nueva York, D. Appleton and Company, 1859), págs. 612-625. Traducido del texto de la enciclopedia, cotejado con la versión alemana de Marx/Engels, Werke, tomo 14 (Berlín, 1961), págs. 315-339, por la Escuela de marxismo, 2026. No se reproducen las dos figuras de la enciclopedia, a las que remite el texto, ni el cuadro de las fortificaciones de los Estados Unidos que cierra la voz y que no recoge la Werke. Las notas son nuestras, salvo la señalada como de Engels. Texto original en inglés

FORTIFICACIÓN. Esta materia se divide a veces en fortificación defensiva, que proporciona los medios de hacer defendible un lugar dado, de modo permanente o solo por poco tiempo, y fortificación ofensiva, que contiene las reglas para llevar un sitio. Aquí, sin embargo, la trataremos bajo tres epígrafes: la fortificación permanente, o modo de poner un lugar, en tiempo de paz, en tal estado de defensa que obligue al enemigo a atacarlo con un sitio en regla; el arte de los sitios, y la fortificación de campaña, o construcción de obras provisionales para reforzar un punto dado a causa de la importancia momentánea que pueda adquirir en las circunstancias particulares de una campaña.

I. Fortificación permanente

La forma más antigua de fortificación parece ser la empalizada, que hasta finales del siglo XVIII seguía siendo el sistema nacional de los turcos (palanka) y que todavía hoy se usa plenamente en la península indochina entre los birmanos. Consiste en una fila doble o triple de troncos recios, plantados verticalmente en el suelo y muy juntos, que forman un muro alrededor de la ciudad o del campamento que se ha de defender. Darío en su expedición contra los escitas, Cortés en Tabasco, en México, y el capitán Cook en Nueva Zelanda se encontraron con empalizadas de este tipo. A veces el espacio entre las filas de troncos se rellenaba de tierra; en otros casos los troncos se unían y sujetaban con zarzos. El paso siguiente fue levantar murallas de mampostería en lugar de empalizadas. Esto aseguraba mayor duración y a la vez hacía mucho más difícil el asalto, y desde los tiempos de Nínive y Babilonia hasta el final de la Edad Media las murallas de mampostería fueron el medio exclusivo de fortificación de todas las naciones más civilizadas. Las murallas se hacían tan altas que la escalada resultaba difícil; se hacían lo bastante gruesas para ofrecer una larga resistencia al ariete y para que los defensores pudieran moverse libremente por lo alto, al abrigo de un parapeto de mampostería más delgado con almenas, por cuyas troneras se disparaban o arrojaban flechas y otros proyectiles contra los asaltantes. Para aumentar la defensa, pronto se construyó el parapeto en voladizo, con agujeros entre las piedras salientes sobre las que descansaba, de modo que los sitiados pudieran ver el pie del muro y alcanzar con proyectiles lanzados directamente desde arriba al enemigo que hubiera llegado hasta allí. El foso, sin duda, se introdujo también muy pronto, rodeando toda la muralla y sirviendo de obstáculo principal para llegar a ella. Por último, las posibilidades defensivas de las murallas de mampostería se llevaron a su punto más alto añadiendo a intervalos torres que sobresalían del muro y le daban así una defensa de flanco con los proyectiles que desde ellas se lanzaban contra las tropas que atacaran el espacio entre dos torres. Como en la mayoría de los casos eran más altas que la muralla y estaban separadas de lo alto de esta por parapetos transversales, la dominaban y formaban cada una un pequeño fuerte que había que tomar por separado después de haber expulsado a los defensores de la muralla principal. Si añadimos que en algunas ciudades, sobre todo en Grecia, había una especie de ciudadela en alguna altura dominante dentro de las murallas (acrópolis), que formaba un reducto y una segunda línea de defensa, habremos indicado los puntos más esenciales de la fortificación de la época de la mampostería.

Pero desde el siglo XIV hasta finales del XVI la introducción de la artillería cambió de raíz los modos de atacar las plazas fortificadas. De este periodo data esa inmensa literatura sobre fortificación que ha producido sistemas y métodos innumerables, parte de los cuales han tenido una aplicación práctica más o menos extensa, mientras que otros, y no siempre los menos ingeniosos, se han pasado por alto como meras curiosidades teóricas hasta que, en épocas posteriores, sucesores más afortunados han vuelto a sacar a la luz las ideas fecundas que contenían. Ese ha sido, como veremos, el destino del autor mismo que forma, si se nos permite decirlo, el puente entre el viejo sistema de mampostería y el nuevo sistema de obras de tierra revestidas de mampostería solo en los lugares que el enemigo no puede ver de lejos. El primer efecto de la introducción de la artillería fue aumentar el grosor de las murallas y el diámetro de las torres a costa de su altura. Estas torres se llamaron entonces rondelas (rondelli) y se hicieron lo bastante grandes para alojar varias piezas de artillería. Para que los sitiados pudieran servirse de los cañones también en la muralla, se levantó detrás de ella un terraplén de tierra que le diera la anchura necesaria. Pronto veremos cómo esta obra de tierra fue invadiendo poco a poco la muralla, hasta sustituirla del todo en algunos casos. Alberto Durero, el célebre pintor alemán,1 llevó este sistema de rondelas a su mayor perfección. Las hizo fuertes del todo independientes, que cortaban a intervalos la continuidad de la muralla, con baterías casamatadas que enfilaban el foso; de sus parapetos de mampostería no quedan al descubierto (visibles para el sitiador y expuestos a su fuego directo) más de 3 pies de altura, y para completar la defensa del foso propuso las caponeras, obras casamatadas en el fondo del foso, ocultas a la vista de los sitiadores, con troneras a ambos lados para enfilar el foso hasta el ángulo siguiente del polígono. Casi todas estas propuestas eran inventos nuevos, y si su época no aceptó ninguno salvo las casamatas, veremos que en los sistemas de fortificación más recientes e importantes se han adoptado todos y se han desarrollado según las circunstancias cambiadas de los tiempos modernos.

Más o menos por la misma época se adoptó un cambio en la forma de las torres ampliadas, del que puede decirse que arrancan los sistemas modernos de fortificación. La forma redonda tenía el inconveniente de que ni la cortina (el lienzo de muralla entre dos torres) ni las torres contiguas podían alcanzar con su fuego todos los puntos situados delante de una torre intermedia; había pequeños ángulos junto al muro donde el enemigo, si llegaba a ellos, quedaba fuera del alcance del fuego de la fortaleza. Para evitarlo, la torre se transformó en un pentágono irregular, con un lado vuelto hacia el interior de la fortaleza y cuatro hacia el campo. Este pentágono se llamó baluarte o bastión. Para evitar repeticiones y oscuridades, pasaremos enseguida a dar la descripción y la nomenclatura de la defensa abaluartada, tomando como base uno de los sistemas que muestran todos sus pormenores esenciales. La figura 1 (véase la página siguiente)2 representa 3 frentes de un hexágono fortificado según el primer sistema de Vauban. La parte izquierda representa el mero trazado tal como se usa en el dibujo geométrico de la obra; la derecha da los terraplenes, el glacis, etc., en detalle. El lado entero del polígono f′ f″ no lo forma un terraplén continuo; en cada extremo se dejan abiertas las partes d′ f′ y e″ f″, y el espacio que así queda lo cierra el baluarte pentagonal saliente d′ b′ a′ c′ e′. Las líneas a′ b′ y a′ c′ forman las caras, y las líneas b′ d′ y c′ e′, los flancos del baluarte. Los puntos donde se encuentran caras y flancos se llaman ángulos de espalda. La línea a′ f′, que va del centro del círculo a la punta del baluarte, se llama capital. La línea e″ d′, que forma parte del perímetro original del hexágono, es la cortina. Así, todo polígono tendrá tantos baluartes como lados. El baluarte puede ser lleno, si todo el pentágono está relleno de tierra hasta la altura del terraplén (terreplein) de la muralla (el lugar donde están los cañones), o hueco (vacío), si el terraplén baja en rampa hacia el interior inmediatamente detrás de los cañones. En la figura 1, d b a c e es un baluarte lleno; el siguiente a la derecha, del que solo se ve la mitad, es hueco. Baluartes y cortinas juntos constituyen el recinto o cuerpo de la plaza. En ellos observamos, sobre el terraplén, primero el parapeto, construido por delante para abrigar a los defensores, y luego las rampas del talud interior (s s), por las que se mantienen las comunicaciones con el interior. El terraplén es lo bastante alto para cubrir del fuego directo las casas de la ciudad, y el parapeto lo bastante grueso para ofrecer una larga resistencia a la artillería pesada. Alrededor de todo el terraplén corre el foso t t t t, y en él hay varias clases de obras exteriores. Primero, el revellín o media luna k l m, delante de la cortina, obra triangular con dos caras, k l y l m, cada una con terraplén y parapeto para recibir artillería. El lado trasero abierto de cualquier obra se llama gola; así, en el revellín es k m, y en el baluarte, d e. El parapeto del revellín está unos 3 o 4 pies más bajo3 que el parapeto del cuerpo de la plaza, de modo que queda dominado por este y los cañones de la plaza pueden, si es preciso, disparar por encima de él. Entre la cortina y el revellín hay en el foso una obra larga y estrecha, separada, la tenaza, g h i, destinada principalmente a cubrir las cortinas del fuego de brecha; es baja y demasiado estrecha para la artillería, y su parapeto solo sirve para que la infantería flanquee el foso y dispare sobre la luneta en caso de un asalto afortunado. Más allá del foso está el camino cubierto, n o p, limitado por el lado interior por el foso y por el exterior por el talud interior del glacis, r r r, que desde su línea límite interior más alta o cresta (crête) baja muy suavemente hacia el campo. La cresta del glacis está a su vez 3 pies o más por debajo del revellín, para que todos los cañones de la fortaleza puedan disparar por encima de ella. De los taludes de estas obras de tierra, el exterior del cuerpo de la plaza y de las obras exteriores del foso (escarpa) y el exterior del foso (del camino cubierto hacia abajo), o contraescarpa, suelen ir revestidos de mampostería. Los ángulos salientes y entrantes del camino cubierto forman espacios grandes, holgados y abrigados, llamados plazas de armas, que se llaman salientes (o) o entrantes (n p) según el ángulo en que se encuentran. Para impedir que el camino cubierto sea enfilado, se construyen a intervalos traveses o parapetos transversales que lo cortan, dejando solo pequeños pasos en el extremo más próximo al glacis. A veces se construye una pequeña obra para cubrir la comunicación a través del foso entre la tenaza y el revellín; se llama caponera y consiste en un pasadizo estrecho cubierto a ambos lados por un parapeto cuyas superficies exteriores bajan suavemente como un glacis. Hay una caponera así entre la tenaza g h i y el revellín k l m de la figura 1.

El perfil que da la figura 2 ayudará a aclarar esta descripción. A es el terraplén del cuerpo de la plaza; B, el parapeto; C, el revestimiento de mampostería de la escarpa; D, el foso; E, la cuneta, un foso más pequeño y más hondo trazado a lo largo del centro del grande; F, el revestimiento de mampostería de la contraescarpa; G, el camino cubierto, y H, el glacis. Los escalones que se ven detrás del parapeto y del glacis se llaman banquetas y sirven a la infantería para subirse a ellos y disparar por encima del parapeto protector. Se observará fácilmente en el dibujo que los cañones situados en los flancos de los baluartes barren todo el foso delante de los baluartes contiguos. Así, la cara a′ b′ queda cubierta por el fuego del flanco c″ e″, y la cara a′ c′, por el del flanco b d. Por otra parte, las caras interiores de dos baluartes contiguos cubren las caras del revellín situado entre ellos, manteniendo bajo su fuego el foso que hay delante de él. Así, no hay parte alguna del foso sin la protección de un fuego de flanco; en esto consiste el gran paso adelante, original, con el que el sistema abaluartado inaugura una nueva época en la historia de la fortificación.

No se sabe quién inventó los baluartes ni la fecha exacta en que se introdujeron; lo único cierto es que se inventaron en Italia y que Sanmicheli4 construyó en 1527 dos baluartes en el terraplén de Verona. Todo lo que se dice de baluartes anteriores es dudoso. Los sistemas de fortificación abaluartada se clasifican en varias escuelas nacionales; la primera que hay que mencionar es, naturalmente, la que inventó los baluartes, la italiana. Los primeros baluartes italianos llevaban la marca de su origen: no eran más que torres o rondelas poligonales y apenas cambiaban el carácter anterior de la fortificación, salvo en lo que se refería al fuego de flanco. El recinto seguía siendo una muralla de mampostería expuesta al fuego directo del enemigo; el terraplén de tierra levantado detrás servía sobre todo para dar sitio donde colocar y manejar la artillería, y su talud interior también se revestía de mampostería, como en las viejas murallas de las ciudades. Solo más tarde se construyó el parapeto con obras de tierra, pero aun entonces todo su talud exterior hasta lo alto se revestía de mampostería expuesta al fuego directo del enemigo. Las cortinas eran muy largas, de 300 a 550 yardas. Los baluartes eran muy pequeños, del tamaño de rondelas grandes, con los flancos siempre perpendiculares a las cortinas. Ahora bien, como es regla de la fortificación que el mejor fuego de flanco sale siempre de una línea perpendicular a la línea que se ha de flanquear, es evidente que el objeto principal del viejo flanco italiano era cubrir, no la cara corta y lejana del baluarte contiguo, sino la larga línea recta de la cortina. Cuando la cortina se hacía demasiado larga, se construía en su centro un baluarte plano de ángulo obtuso que se llamaba plataforma (piata forma). Los flancos no se construían en el ángulo de espalda, sino un poco retirados detrás del terraplén de las caras, de modo que los ángulos de espalda sobresalían y se suponía que los abrigaban; y cada flanco tenía dos baterías, una baja y otra alta un poco más atrás, y a veces incluso una casamata en el muro de escarpa del flanco, al nivel del fondo del foso. Añádase a esto un foso, y se tiene todo el sistema italiano originario: no había revellines, ni tenazas, ni camino cubierto, ni glacis. Pero este sistema se mejoró pronto. Se acortaron las cortinas y se agrandaron los baluartes. La longitud del lado interior del polígono (f′ f″, fig. 1) se fijó entre 250 y 300 yardas. Los flancos se hicieron más largos, ⅙ del lado del polígono y ¼ de la longitud de la cortina. Así, aunque siguieron siendo perpendiculares a la cortina y tenían otros defectos, como veremos, empezaron a proteger más la cara del baluarte siguiente. Los baluartes se hicieron llenos, y en su centro se levantaba a menudo un caballero, es decir, una obra con caras y flancos paralelos a los del baluarte, pero con terraplén y parapeto tanto más altos que podía disparar por encima del parapeto del baluarte. El foso era muy ancho y hondo, y la contraescarpa corría por lo general paralela a la cara del baluarte; pero como esta dirección de la contraescarpa impedía que la parte del flanco más próxima al ángulo de espalda viera y flanqueara todo el foso, se abandonó más tarde, y la contraescarpa se trazó de modo que su prolongación pasara por el ángulo de espalda del baluarte siguiente. Luego se introdujo el camino cubierto (primero en la ciudadela de Milán, en el segundo cuarto del siglo XVI; lo describió por primera vez Tartaglia en 1554). Servía de lugar de concentración y a la vez de retirada para las salidas, y de su introducción puede decirse que data el empleo científico y enérgico de los movimientos ofensivos en la defensa de las fortalezas; para aumentar su utilidad se introdujeron las plazas de armas, que dan más espacio y cuyos ángulos entrantes proporcionan además un excelente fuego de flanco sobre el camino cubierto. Para dificultar todavía más el acceso al camino cubierto se pusieron hileras de empalizadas en el glacis, a una o dos yardas de su cresta, pero en esa posición el fuego enemigo las destruía pronto; por eso, después de mediados del siglo XVII, a propuesta del francés Maudin, se colocaron en el camino cubierto, tapadas por el glacis. Las puertas estaban en el centro de la cortina; para cubrirlas se colocaba en el centro del foso, delante de ellas, una obra en forma de media luna; pero por la misma razón por la que las torres se transformaron en baluartes, la media luna (demi-lune) se cambió pronto en una obra triangular, el actual revellín. Este fue al principio muy pequeño, pero se agrandó cuando se vio que no solo servía de cabeza de puente a través del foso, sino que además cubría flancos y cortinas contra el fuego enemigo, daba un fuego cruzado delante de las capitales de los baluartes y flanqueaba eficazmente el camino cubierto. Aun así, se hacían muy pequeños, de modo que la prolongación de sus caras alcanzaba el cuerpo de la plaza en el punto de cortina (el extremo de la cortina). Los defectos principales del modo italiano de fortificar eran estos: 1. La mala dirección del flanco. Tras la introducción de los revellines y de los caminos cubiertos, la cortina fue cada vez menos el punto de ataque; ahora se asaltaban sobre todo las caras de los baluartes. Para cubrirlas bien, la prolongación de las caras debería haber encontrado la cortina justo en el punto donde se levantaba el flanco del baluarte siguiente, y este flanco debería haber sido perpendicular, o casi, a esa línea prolongada (llamada línea de defensa). En ese caso habría habido un fuego de flanco eficaz a lo largo de todo el foso y del frente del baluarte. Tal como estaban, la línea de defensa ni era perpendicular a los flancos ni se unía a la cortina en el punto de cortina, sino que la cortaba a ¼, ⅓ o ½ de su longitud. Así, el fuego directo del flanco más bien podía herir a la guarnición del flanco opuesto que a los asaltantes del baluarte siguiente. 2. Faltaba a todas luces previsión para una defensa prolongada después de que el recinto hubiera sido abierto en brecha y asaltado con éxito en un solo punto. 3. Los revellines pequeños cubrían solo imperfectamente las cortinas y los flancos, y recibían de ellos un fuego de flanco pobre. 4. La gran elevación del terraplén, todo él forrado o revestido de mampostería, exponía en la mayoría de los casos una altura de 15 a 20 pies de mampostería al fuego directo del enemigo, y naturalmente esa mampostería quedaba pronto destruida. Veremos que se tardó casi dos siglos en desarraigar este prejuicio a favor de la mampostería al descubierto, aun después de que los Países Bajos hubieran demostrado su inutilidad. Los mejores ingenieros y autores de la escuela italiana fueron: Sanmicheli (muerto en 1559), que fortificó Nauplia (Napoli di Romania) en Grecia y Candía, y construyó el fuerte del Lido junto a Venecia; Tartaglia (hacia 1550); Alghisi da Carpi, Girolamo Maggi y Giacomo Castriotto, que hacia finales del siglo XVI escribieron todos sobre fortificación. Paciotto de Urbino construyó las ciudadelas de Turín y de Amberes (1560-1570). Los autores italianos posteriores sobre fortificación, Marchi, Busca, Floriani y Rosetti, introdujeron muchas mejoras, pero ninguna era original. Eran meros plagiarios, más o menos hábiles; copiaron la mayoría de sus recursos del alemán Daniel Speckle y el resto de los neerlandeses. Todos pertenecen al siglo XVII y quedaron completamente eclipsados por el rápido desarrollo que tuvo entonces la ciencia de la fortificación en Alemania, los Países Bajos y Francia.

Los defectos del sistema italiano de fortificación se descubrieron pronto en Alemania. El primero en señalar el defecto principal de la vieja escuela italiana, los baluartes pequeños y las cortinas largas, fue un ingeniero alemán, Franz, que fortificó para Carlos V la ciudad de Amberes. En el consejo reunido para examinar el plan insistió en baluartes mayores y cortinas más cortas, pero el duque de Alba y los demás generales españoles, que no creían más que en la rutina del viejo sistema italiano, lo vencieron en la votación. Otras fortalezas alemanas se distinguieron por la adopción de galerías casamatadas según el principio de Durero, como Küstrin, fortificada en 1537-1558, y Jülich, fortificada unos años después por un ingeniero conocido con el nombre de maestro Juan (Meister Johann). Pero el hombre que primero rompió por completo las cadenas de la escuela italiana y sentó los principios en que se fundan todos los sistemas posteriores de fortificación abaluartada fue Daniel Speckle, ingeniero de la ciudad de Estrasburgo (muerto en 1589).5 Sus principios fundamentales eran: 1. Que una fortaleza es tanto más fuerte cuantos más lados tiene el polígono que forma el recinto, porque así los distintos frentes pueden apoyarse mejor unos a otros; en consecuencia, cuanto más se acerque a una línea recta el trazado que se ha de defender, mejor. Este principio, que Cormontaigne demostró como descubrimiento propio con gran alarde de saber matemático, lo conocía ya muy bien Speckle ciento cincuenta años antes. 2. Los baluartes de ángulo agudo son malos, y también los de ángulo obtuso; el ángulo saliente debe ser recto. Aunque tenía razón al oponerse a los salientes agudos (el menor ángulo saliente admisible se fija hoy en general en 60°), la predilección de su tiempo por los salientes en ángulo recto le hizo hostil al saliente obtuso, que es en realidad muy ventajoso e inevitable en los polígonos de muchos lados. De hecho, esto parece haber sido una mera concesión a los prejuicios de su tiempo, pues los dibujos del que considera su método de fortificación más fuerte tienen todos baluartes de ángulo obtuso. 3. Los baluartes italianos son demasiado pequeños; un baluarte tiene que ser grande. En consecuencia, los baluartes de Speckle son mayores que los de Cormontaigne. 4. Hacen falta caballeros en cada baluarte y en cada cortina. Esto era consecuencia del sistema de sitio de su tiempo, en el que los caballeros de trinchera altos desempeñaban un gran papel. Pero en la intención de Speckle los caballeros debían hacer algo más que resistirlos: son verdaderas cortaduras preparadas de antemano en el baluarte, que forman una segunda línea de defensa después de que el recinto haya sido abierto en brecha y tomado al asalto. Todo el mérito que suele atribuirse a Vauban y a Cormontaigne por los caballeros que forman cortaduras permanentes corresponde, pues, en realidad a Speckle. 5. Una parte por lo menos del flanco, y mejor aún todo el flanco de un baluarte, debe ser perpendicular a la línea de defensa, y el flanco debe levantarse en el punto en que la línea de defensa corta la cortina. Este importante principio, cuyo supuesto descubrimiento constituye la mayor parte de la gloria del ingeniero francés Pagan, lo proclamó públicamente Speckle setenta años antes que Pagan. 6. Hacen falta galerías casamatadas para la defensa del foso; por eso Speckle las tiene tanto en las caras como en los flancos del baluarte, pero solo para infantería; si las hubiera hecho lo bastante grandes para la artillería, habría estado en este punto a la altura de las mejoras más recientes. 7. Para ser útil, el revellín tiene que ser lo más grande posible; por eso el revellín de Speckle es el mayor que se ha propuesto nunca. Ahora bien, las mejoras de Vauban sobre Pagan consisten en parte, y las de Cormontaigne sobre Vauban casi por completo, en el agrandamiento sucesivo del revellín; pero el revellín de Speckle es bastante mayor aún que el de Cormontaigne. 8. El camino cubierto debe reforzarse cuanto sea posible. Speckle fue el primero en ver la inmensa importancia del camino cubierto, y lo reforzó en consecuencia. Las crestas del glacis y de la contraescarpa se trazaban en cremallera (como el filo de una sierra), para hacer ineficaz el fuego de enfilada. Cormontaigne volvió a tomar esta idea de Speckle, pero conservó los traveses (terraplenes cortos atravesados en el camino cubierto contra el fuego de enfilada), que Speckle rechazaba. Los ingenieros modernos han llegado en general a la conclusión de que el plan de Speckle es mejor que el de Cormontaigne. Speckle fue además el primero en poner artillería en las plazas de armas del camino cubierto. 9. Ninguna parte de la mampostería debe quedar expuesta a la vista y al fuego directo del enemigo, de modo que este no pueda establecer sus baterías de brecha antes de haber llegado a la cresta del glacis. Este principio importantísimo, aunque Speckle lo estableció en el siglo XVI, no se adoptó con carácter general hasta Cormontaigne; incluso Vauban deja al descubierto buena parte de su mampostería (véase C, fig. 2). En este breve resumen de las ideas de Speckle no solo están contenidos, sino claramente enunciados, los principios fundamentales de toda la fortificación abaluartada moderna, y su sistema, que aun hoy daría muy buenas obras defensivas, es verdaderamente admirable si se considera la época en que vivió. No hay un ingeniero célebre en toda la historia de la fortificación moderna del que no pueda demostrarse que copió algunas de sus mejores ideas de esta gran fuente original de la defensa abaluartada. La destreza práctica de Speckle como ingeniero se mostró en la construcción de las fortalezas de Ingolstadt, Schlettstadt, Hagenau, Ulm, Colmar, Basilea y Estrasburgo, todas las cuales se fortificaron bajo su dirección.

Más o menos por la misma época, la lucha por la independencia de los Países Bajos dio origen a otra escuela de fortificación. Las ciudades holandesas, cuyas viejas murallas de mampostería no podían resistir un ataque en regla, tenían que fortificarse contra los españoles; pero no había ni tiempo ni dinero para levantar los altos baluartes y caballeros de mampostería del sistema italiano. Sin embargo, la naturaleza del terreno ofrecía otros recursos por su escasa elevación sobre el nivel del agua, y por eso los holandeses, expertos en construir canales y diques, confiaron su defensa al agua. Su sistema era la contrapartida exacta del italiano: fosos de agua anchos y poco profundos, de 14 a 40 yardas de ancho; terraplenes bajos sin revestimiento alguno de mampostería, pero cubiertos por un terraplén avanzado todavía más bajo (falsabraga) para reforzar la defensa del foso; numerosas obras exteriores en el foso, como revellines, medias lunas (revellines delante del saliente del baluarte), hornabeques y coronas,6 y, por último, un mejor aprovechamiento de los accidentes del terreno que entre los italianos. La primera ciudad fortificada por completo con obras de tierra y fosos de agua fue Breda (1533). Más tarde el método holandés recibió varias mejoras: se revistió de mampostería una estrecha franja de la escarpa, porque los fosos de agua, helados en invierno, los cruzaba fácilmente el enemigo; se construyeron en el foso esclusas y compuertas para dejar entrar el agua en el momento en que el enemigo empezaba a zapar el fondo hasta entonces seco, y por último se construyeron compuertas y diques para una inundación sistemática del terreno alrededor del pie del glacis. Los autores que escribieron sobre este viejo método holandés de fortificación son Marolois (1627), Freitag (1630), Völker (1666)7 y Melder (1670). Scheither, Neubauer, Heidemann y Heer (todos entre 1670 y 1690, y todos ellos alemanes) intentaron aplicar al método holandés las máximas de Speckle.

De todas las escuelas de fortificación, la francesa es la que ha gozado de mayor popularidad; sus máximas se han aplicado en la práctica en un número de fortalezas aún existentes mayor que el de todas las demás escuelas juntas. Y, sin embargo, no hay escuela tan pobre en ideas originales. En toda la escuela francesa no hay ni una obra nueva ni un principio nuevo que no se haya tomado de los italianos, de los holandeses o de los alemanes. Pero el gran mérito de los franceses es haber reducido el arte a reglas matemáticas precisas, haber ordenado simétricamente las proporciones de las distintas líneas y haber adaptado la teoría científica a las variadas condiciones que da el lugar que se ha de fortificar. Errard de Bar-le-Duc (1594), al que suele llamarse el padre de la fortificación francesa, no tiene derecho a ese título; sus flancos forman un ángulo agudo con la cortina, de modo que son todavía más ineficaces que los de los italianos. Un nombre más importante es el de Pagan (1645). Fue el primero en introducir en Francia, y en popularizar, el principio de Speckle de que los flancos deben ser perpendiculares a las líneas de defensa. Sus baluartes son holgados; las proporciones entre las longitudes de caras, flancos y cortinas son muy buenas; las líneas de defensa nunca pasan de 240 yardas, de modo que todo el foso, aunque no el camino cubierto, queda dentro del alcance del mosquete desde los flancos. Su revellín es mayor que el de los italianos y tiene un reducto en su gola, que permite resistir cuando ya se ha tomado su terraplén. Cubre las caras de los baluartes con una obra estrecha y separada en el foso, llamada contraguardia, obra que ya habían usado los holandeses (parece que la introdujo primero el alemán Dillich). Sus baluartes tienen un doble terraplén en las caras, el segundo para servir de cortadura; pero el foso entre los dos terraplenes carece por completo de fuego de flanco. El hombre que hizo de la escuela francesa la primera de Europa fue Vauban (1633-1707), mariscal de Francia. Aunque su verdadera gloria militar se basa en sus dos grandes inventos en el ataque de las fortalezas (el tiro de rebote y las paralelas), el público lo conoce mejor como constructor de ellas. Lo que hemos dicho de la escuela francesa vale en el más alto grado para el método de Vauban. Vemos en sus construcciones tanta variedad de formas como es compatible con el sistema abaluartado; pero no hay nada original entre ellas, y mucho menos un intento de adoptar otras formas que la abaluartada. Pero la disposición de los detalles, las proporciones de las líneas, los perfiles y la adaptación de la teoría a las exigencias siempre cambiantes del terreno son tan ingeniosos que parecen la perfección comparados con las obras de sus predecesores, de modo que puede decirse que la fortificación científica y sistemática data de él. Vauban, sin embargo, no escribió una línea sobre su método de fortificación; pero, a partir del gran número de fortalezas que construyó, los ingenieros franceses han intentado deducir las reglas teóricas que siguió, y así se han establecido 3 métodos, llamados primero, segundo y tercer sistema de Vauban. La figura 1 da el primer sistema en su mayor sencillez. Las dimensiones principales eran: el lado exterior del polígono, de la punta de un baluarte a la del siguiente, 300 yardas (por término medio); en el centro de esta línea, una perpendicular α β, de ⅙ de la primera; por β, las líneas de defensa desde a″ y a′: a″ d′ y a′ e″. Desde los puntos a″ y a′, ²⁄₇ de a″ a′ llevados sobre las líneas de defensa dan las caras a″ c″ y a′ b′. Desde los ángulos de espalda c″ y b′ se trazaban entre las líneas de defensa arcos con el radio c″ d′ o b′ e″, que daban los flancos b′ d′ y c″ e″. Trácese e″ d′, la cortina. El foso: con un radio de 30 yardas, un arco delante de la punta del baluarte, prolongado por las tangentes a ese arco trazadas desde los ángulos de espalda de los baluartes contiguos, da la contraescarpa. El revellín: desde el punto de cortina e″, con el radio e″ γ (γ, un punto de la cara opuesta 11 yardas más allá del ángulo de espalda), trácese el arco γ δ hasta que corte la prolongación de la perpendicular α β; esto da la punta del revellín; la cuerda del arco así trazado da la cara, que se prolonga desde la punta hasta encontrar la prolongación de la tangente que forma la contraescarpa del foso principal; la gola del revellín se fija también por esta línea, de modo que todo el foso queda libre para el fuego de los flancos. Delante de la cortina, y solo allí, Vauban conservó la falsabraga holandesa; esto ya lo había hecho antes que él el italiano Floriani, y la nueva obra se había llamado tenaza (tenaglia). Sus caras seguían la dirección de las líneas de defensa. El foso delante del revellín tenía 24 yardas de ancho, la contraescarpa paralela a las caras del revellín y la punta redondeada. De este modo Vauban obtuvo baluartes holgados y mantuvo sus ángulos salientes flanqueados bien dentro del alcance del mosquete; pero la sencillez de estos baluartes hace imposible la defensa de la plaza en cuanto se abre brecha en la cara de un baluarte. Sus flancos no son tan buenos como los de Speckle o los de Pagan, pues forman un ángulo agudo con las líneas de defensa; pero suprime las 2 y 3 baterías de cañones al descubierto, escalonadas, que figuran en la mayoría de los flancos italianos y franceses antiguos y que nunca fueron muy útiles. La tenaza está destinada a reforzar la defensa del foso con fuego de infantería y a cubrir la cortina del fuego de brecha directo desde la cresta del glacis; pero esto se consigue muy imperfectamente, porque las baterías de brecha situadas en la plaza de armas entrante (n, fig. 1) ven por completo el trozo de cortina contiguo al flanco en e. Es una gran debilidad, pues una brecha allí envolvería todas las cortaduras preparadas en el baluarte como segunda línea de defensa. Se debe a que el revellín sigue siendo demasiado pequeño. El camino cubierto, construido sin cremalleras pero con traveses, es muy inferior al de Speckle; los traveses impiden enfilar el camino cubierto no solo al enemigo, sino también a la defensa. Las comunicaciones entre las distintas obras son en conjunto buenas, pero todavía insuficientes para salidas enérgicas. Los perfiles tienen una solidez que todavía se adopta en general. Pero Vauban seguía aferrado al sistema de revestir de mampostería todo el exterior del terraplén, de modo que quedaban al descubierto por lo menos 15 pies de altura de mampostería. Este error se cometió en muchas de las fortalezas de Vauban, y una vez cometido solo puede remediarse con un gasto enorme, ensanchando el foso delante de las caras de los baluartes y construyendo contraguardias de tierra que cubran la mampostería. Durante la mayor parte de su vida Vauban siguió su primer método; pero después de 1680 introdujo otros dos, cuyo objeto era permitir una defensa prolongada después de abierta la brecha en el baluarte. Para ello tomó una idea de Castriotto, que había propuesto modernizar la vieja fortificación de torres y muralla colocando baluartes destacados, aislados, en el foso, delante de las torres. En esto coinciden el segundo y el tercer método de Vauban. El revellín se hace también mayor y la mampostería queda algo mejor cubierta; las torres están casamatadas, pero mal; se mantiene el defecto de que la cortina puede abrirse en brecha entre el baluarte y la tenaza, lo que hace en parte ilusorio el baluarte destacado. Aun así, Vauban consideraba muy fuertes su segundo y su tercer método. Cuando entregó a Luis XIV el plano de la fortificación de Landau (segundo sistema), le dijo: «Señor, he aquí una plaza que todo mi arte no bastaría para tomar». Esto no impidió que Landau fuera tomada 3 veces en vida de Vauban (1702, 1703 y 1704), y otra vez poco después de su muerte (1713).

Los errores de Vauban los rectificó Cormontaigne, cuyo método puede considerarse la perfección del sistema abaluartado. Cormontaigne (1696-1752) fue general de ingenieros. Sus baluartes mayores permiten construir cortaduras permanentes y segundas líneas de defensa; sus revellines eran casi tan grandes como los de Speckle y cubrían por completo la parte de la cortina que Vauban había dejado al descubierto. En los polígonos de 8 o más lados sus revellines estaban tan avanzados que su fuego cogía por la espalda los trabajos del sitiador contra el baluarte siguiente en cuanto este llegaba a la cresta del glacis. Para evitarlo hay que conquistar dos revellines antes de poder abrir brecha en un baluarte. Este apoyo mutuo de los grandes revellines es tanto más eficaz cuanto más se acerca a una recta la línea que se ha de defender. La plaza de armas entrante se reforzó con un reducto. La cresta del glacis se traza en cremallera, como en Speckle, pero se mantienen los traveses. Los perfiles son muy buenos, y la mampostería queda siempre cubierta por las obras de tierra que tiene delante. Con Cormontaigne se cierra la escuela francesa en lo que se refiere a la construcción de defensas abaluartadas con obras exteriores dentro del foso. Una comparación del desarrollo gradual de la fortificación abaluartada de 1600 a 1750, y de sus resultados finales tal como los dejó establecidos Cormontaigne, con los principios de Speckle expuestos más arriba contribuirá a poner de relieve el genio admirable del ingeniero alemán; pues aunque las obras exteriores del foso se han multiplicado hasta un grado enorme, en todos esos ciento cincuenta años no se ha descubierto ni un solo principio importante que Speckle no hubiera enunciado ya clara y distintamente.

Después de Cormontaigne, la escuela de ingenieros de Mézières (hacia 1760) hizo algunas pequeñas modificaciones en su sistema, la principal de las cuales es la vuelta a la vieja regla de Speckle de que los flancos deben ser perpendiculares a las líneas de defensa. Pero lo que más distingue a la escuela de Mézières es que por primera vez construye obras exteriores más allá del camino cubierto. En los frentes especialmente expuestos al ataque coloca al pie del glacis, sobre la capital del baluarte, un revellín destacado llamado luneta, y con ello se acerca por primera vez al sistema moderno de campos atrincherados permanentes. A principios del siglo XIX Bousmard, un emigrado francés que sirvió en Prusia y murió en Danzig en 1806,8 intentó todavía mejorar a Cormontaigne; sus ideas son bastante complicadas, y lo más notable es que su revellín, muy grande, está avanzado hasta el pie del glacis, casi hasta ocupar el lugar y, en cierta medida, las funciones de la luneta que acabamos de describir.

Un ingeniero holandés de la época de Vauban que más de una vez se le enfrentó en la guerra de sitio con el mismo honor, el barón Coehoorn,9 desarrolló más el viejo método holandés de fortificación. Su sistema da una defensa más fuerte aún que la de Cormontaigne, gracias a la hábil combinación de fosos de agua y fosos secos, a las grandes facilidades que ofrece para las salidas, a las excelentes comunicaciones entre las obras y a los ingeniosos reductos y cortaduras de sus revellines y baluartes. Coehoorn, gran admirador de Speckle, es el único ingeniero notable que tuvo la honradez de reconocer cuánto le debía.

Hemos visto que, aun antes de la introducción de los baluartes, Alberto Durero empleaba caponeras para obtener un fuego de flanco más fuerte. En su cuadrado fortificado confía incluso enteramente en estas caponeras para la defensa del foso; no hay torres en las esquinas del fuerte; es un cuadrado liso sin más que ángulos salientes. Hacer que el recinto de un polígono coincida enteramente con su contorno, de modo que todos los ángulos sean salientes y ninguno entrante, y flanquear el foso con caponeras es lo que constituye la llamada fortificación poligonal, y Durero debe considerarse su padre. Por otra parte, un recinto en forma de estrella, en el que los ángulos salientes y entrantes se suceden con regularidad y en el que cada línea es a la vez flanco y cara, pues flanquea el foso de la línea siguiente con su parte próxima al ángulo entrante y domina el campo con su parte próxima al saliente, constituye la fortificación atenazada. Los italianos antiguos y varios de los alemanes antiguos habían propuesto esta forma, pero no se desarrolló hasta más tarde. El sistema de Georg Rimpler (ingeniero del emperador de Alemania, muerto en la defensa de Viena contra los turcos en 1683) forma una especie de etapa intermedia entre el sistema abaluartado y el atenazado. Lo que él llama baluartes intermedios constituye en realidad una línea perfecta de tenazas. Se declaró enérgicamente contra las baterías descubiertas, con un simple parapeto de tierra por delante, e insistió en las baterías casamatadas dondequiera que pudieran levantarse, sobre todo en los flancos, donde 2 o 3 pisos de cañones bien cubiertos tendrían así un efecto mucho mayor que los 2 o 3 pisos de cañones de las baterías descubiertas de flanco, que nunca podían actuar a la vez. Insistió también en las baterías, es decir, reductos, en las plazas de armas del camino cubierto, que adoptaron Coehoorn y Cormontaigne, y sobre todo en una línea de defensa doble y triple detrás de los ángulos salientes del recinto. De este modo su sistema se adelanta notablemente a su tiempo: todo su recinto consiste en fuertes independientes, cada uno de los cuales hay que tomar por separado, y emplea grandes casamatas defensivas de un modo que recuerda, casi hasta en los detalles de su aplicación, las construcciones más recientes de Alemania. No cabe duda de que Montalembert debió a Rimpler tanto como el sistema abaluartado de los siglos XVII y XVIII debió a Speckle. El autor que primero expuso por completo las ventajas del sistema atenazado sobre el abaluartado fue Landsberg (1712); pero nos llevaría demasiado lejos entrar en sus argumentos o describir su trazado. De la larga serie de hábiles ingenieros alemanes que siguieron a Rimpler y a Landsberg podemos nombrar al coronel mecklemburgués Buggenhagen (1720), inventor de los traveses blocao, es decir, traveses huecos adaptados para el fuego casamatado de fusilería, y al comandante wurtembergués Herbort (1734), inventor de los cuarteles defensivos, grandes cuarteles situados en la gola de las obras salientes, a prueba de fuego vertical, con casamatas aspilleradas en el lado que mira al recinto y cuarteles y almacenes en el lado que mira a la ciudad. Ambas construcciones se usan hoy muchísimo.

Vemos, pues, que la escuela alemana, con la única excepción casi de Speckle, fue desde su origen contraria a los baluartes, a los que trató de sustituir sobre todo por tenazas, y que intentó al mismo tiempo introducir un sistema mejor de defensa interior, sobre todo mediante galerías casamatadas, que las autoridades francesas en ingeniería consideraban, a su vez, el colmo del absurdo. Sin embargo, uno de los mayores ingenieros que ha dado Francia, el marqués de Montalembert (1713-1799),10 mariscal de campo de caballería, se pasó a tambor batiente y con banderas desplegadas al campo de la escuela alemana, con gran horror de todo el cuerpo de ingenieros francés, que hasta hoy desacredita cada palabra que escribió. Montalembert criticó duramente los defectos del sistema abaluartado: la ineficacia de su fuego de flanco; la casi certeza que ofrecía al enemigo de que sus disparos, si erraban una línea, tenían que hacer daño en otra; la falta de protección contra el fuego vertical; la completa inutilidad de la cortina en cuanto al fuego; la imposibilidad de tener cortaduras buenas y grandes en las golas de los baluartes, demostrada por el hecho de que ninguna fortaleza de su tiempo tenía ninguna de las múltiples cortaduras permanentes propuestas por los teóricos de la escuela, y la debilidad, la mala conexión y la falta de apoyo mutuo de las obras exteriores. Por eso Montalembert prefería el sistema atenazado o el poligonal. En ambos casos el cuerpo de la plaza consistía en una fila de casamatas con uno o dos pisos de cañones, cuya mampostería quedaba cubierta del fuego directo por una contraguardia o cubrecara (couvre-face) de tierra que lo rodeaba todo y tenía delante un segundo foso; este foso lo flanqueaban casamatas situadas en los ángulos entrantes del cubrecara, cubiertas por el parapeto del reducto o de la luneta de la plaza de armas entrante. Todo el sistema se basaba en el principio de oponer al enemigo, mediante cañones casamatados, en el momento en que llegara a la cresta del glacis o del cubrecara, un fuego tan abrumador que no pudiera de ningún modo conseguir levantar sus baterías de brecha. Que las casamatas podían lograrlo lo sostuvo contra la condena unánime de los ingenieros franceses, y más tarde llegó a componer sistemas de fortificación circular y atenazada en los que se rechazaba toda obra de tierra y toda la defensa se confiaba a altas baterías casamatadas de 4 a 5 pisos de cañones, cuya mampostería debía protegerse solo con el fuego de sus baterías. Así, en su sistema circular se las arregla para concentrar 348 cañones sobre cualquier punto situado a 500 yardas de la fortaleza, y espera que tan inmensa superioridad de fuego haga del todo imposible levantar baterías de sitio. En esto, sin embargo, no ha encontrado partidarios, salvo en la construcción de los frentes de mar de los fuertes costeros; aquí el bombardeo de Sebastopol demostró bastante bien la imposibilidad de abrir brecha con los cañones de los barcos en muros casamatados sólidos. Los espléndidos fuertes de Sebastopol, Kronstadt y Cherburgo, las nuevas baterías de la entrada del puerto de Portsmouth (Inglaterra) y casi todos los fuertes modernos para la defensa de los puertos contra las flotas están construidos según el principio de Montalembert. La mampostería en parte descubierta de las torres maximilianas de Linz (Austria) y de los reductos de los fuertes destacados de Colonia imita los proyectos menos felices de Montalembert. En la fortificación de alturas escarpadas (por ejemplo, Ehrenbreitstein, en Prusia) se han adoptado también a veces los fuertes de mampostería al descubierto, pero la resistencia que podrán ofrecer tendrá que decidirla la experiencia.

El sistema atenazado nunca ha tenido, al menos que sepamos, aplicación práctica; pero el sistema poligonal goza de gran favor en Alemania y se ha aplicado allí en la mayoría de las construcciones modernas, mientras que los franceses se aferran tenazmente a los baluartes de Cormontaigne. El recinto, en el sistema poligonal, es por lo general un simple terraplén de tierra con escarpa y contraescarpa revestidas, con grandes caponeras en el centro de los frentes11 y con grandes cuarteles defensivos detrás del terraplén, cubiertos por él, que sirven de cortaduras. También se han levantado cuarteles defensivos semejantes como cortaduras en muchas obras abaluartadas, para cerrar las golas de los baluartes; el terraplén sirve entonces de contraguardia que protege la mampostería del fuego lejano. Pero de todas las propuestas de Montalembert la que mayor éxito ha tenido es la de los fuertes destacados, que inició una nueva era no solo en la fortificación, sino en el ataque y la defensa de las fortalezas y aun en la estrategia general. Montalembert propuso rodear las grandes fortalezas situadas en lugares importantes con una cadena sencilla o doble de pequeños fuertes en alturas dominantes que, aunque aislados en apariencia, se apoyarían unos a otros con su fuego y que, por la facilidad que darían para grandes salidas, harían imposible el bombardeo de la plaza y formarían, cuando fuera necesario, un campo atrincherado para un ejército. Vauban ya había introducido campos atrincherados permanentes al amparo de los cañones de las fortalezas, pero sus atrincheramientos consistían en largas líneas continuas que, con que se rompieran en un solo punto, quedaban por completo a merced del enemigo. En cambio, estos campos atrincherados de Montalembert eran capaces de una resistencia mucho mayor, porque cada fuerte había que tomarlo por separado, y hasta haber conquistado por lo menos 3 o 4 ningún enemigo podía abrir sus trincheras contra la plaza. Además, la guarnición, o más bien el ejército acampado detrás de los fuertes, podía interrumpir en cualquier momento el sitio de cada uno de ellos, y así se conseguía una combinación de guerra de campaña activa y de guerra de fortalezas en regla que tiene que reforzar mucho la defensa. Cuando Napoleón llevó a sus ejércitos cientos de millas a través del país enemigo sin hacer caso nunca de las fortalezas, construidas todas según el viejo sistema, y cuando a su vez los aliados (1814 y 1815) marcharon derechos sobre París, dejando a su espalda casi sin atender el triple cinturón de fortalezas con que Vauban había dotado a Francia, se hizo evidente que estaba anticuado un sistema de fortificación que limitaba sus obras exteriores al foso principal o, a lo sumo, al pie del glacis. Esas fortalezas habían perdido su poder de atracción sobre los grandes ejércitos de los tiempos modernos. Sus medios de hacer daño no iban más allá del alcance de sus cañones. Se hizo, pues, necesario encontrar algún medio nuevo de quebrar el movimiento impetuoso de los ejércitos invasores modernos, y se aplicaron en gran escala los fuertes destacados de Montalembert. Colonia, Coblenza, Maguncia, Rastatt, Ulm, Königsberg, Posen, Linz, Peschiera y Verona se transformaron cada una en grandes campos atrincherados capaces de albergar de 60.000 a 100.000 hombres, pero defendibles, en caso necesario, con guarniciones mucho menores. Al mismo tiempo, las ventajas tácticas del lugar que se había de fortificar pasaron a segundo plano ante las consideraciones estratégicas que ahora decidían el emplazamiento de las fortalezas. Solo se fortificaron los lugares que pudieran detener directa o indirectamente el avance de un ejército victorioso y que, por ser de por sí grandes ciudades, ofrecieran grandes ventajas a un ejército como centro de los recursos de provincias enteras. Se prefirieron los emplazamientos sobre grandes ríos, sobre todo en la confluencia de dos ríos considerables, porque obligaban al ejército atacante a dividir sus fuerzas. El recinto se simplificó cuanto fue posible, y las obras exteriores del foso se suprimieron casi por completo; bastaba con que el recinto estuviera a salvo de un ataque irregular. El principal campo de batalla estaba alrededor de los fuertes destacados, y estos debían defenderse no tanto con el fuego de sus terraplenes como con las salidas de la guarnición de la propia fortaleza. La mayor fortaleza construida según este plan es París: tiene un sencillo recinto abaluartado con fuertes abaluartados, casi todos cuadrados; no hay en toda la fortificación una sola obra exterior, ni siquiera un revellín. Sin duda, la fuerza defensiva de Francia ha ganado un 30 por ciento con este nuevo e inmenso campo atrincherado, lo bastante grande para dar refugio a tres ejércitos derrotados. El valor intrínseco de los distintos métodos de fortificación ha perdido mucha importancia con esta mejora; el más barato será ahora el mejor, pues la defensa ya no se basa en el sistema pasivo de esperar al enemigo detrás de las murallas hasta que abre sus trincheras y cañonearlas entonces, sino en el sistema activo de tomar la ofensiva con la fuerza concentrada de la guarnición contra las fuerzas necesariamente divididas del sitiador.

II. Sitios

Los griegos y los romanos habían llevado el arte de los sitios a cierta perfección. Trataban de abrir brecha en las murallas de las fortalezas con el ariete y se acercaban a ellas al abrigo de galerías con techos sólidos o, si hacía falta, con una construcción elevada que debía dominar murallas y torres por su mayor altura y ofrecer un acceso seguro a las columnas de asalto. La introducción de la pólvora acabó con estos artificios; como las fortalezas tenían ahora terraplenes menos elevados, pero un fuego eficaz a grandes distancias, la aproximación se hacía por trincheras que avanzaban en zigzag o en líneas curvas hacia el glacis, y se levantaban baterías en distintos puntos para acallar, si era posible, el fuego de los sitiados y derribar su mampostería. Una vez en la cresta del glacis, se levantaba un alto caballero de trinchera con la intención de dominar los baluartes y sus caballeros y, con un fuego aplastante, completar luego la brecha y preparar el asalto. El punto que solía atacarse era la cortina. Pero no hubo sistema en este modo de ataque hasta que Vauban introdujo las paralelas y el tiro de rebote y reglamentó el proceso de los sitios de la manera que se sigue aún hoy y que todavía se llama ataque de Vauban. El sitiador, después de cercar la plaza por todos los lados con fuerzas suficientes y elegir los frentes que va a atacar, abre de noche (todos los trabajos de sitio se hacen sobre todo de noche) la primera paralela, a unas 600 yardas de la fortaleza. Se traza una trinchera paralela a los lados del polígono sitiado alrededor de por lo menos 3 de esos lados y frentes; la tierra, echada del lado del enemigo y sostenida por los costados de la zanja con gaviones (cestos de mimbre llenos de tierra), forma una especie de parapeto contra el fuego de la fortaleza. En esta primera paralela se construyen las baterías de rebote para enfilar las largas líneas de los frentes atacados. Tomando como objeto del sitio un hexágono abaluartado, debe haber baterías de rebote para enfilar las caras de 2 baluartes y 3 revellines, en total las baterías,12 una para cada cara. Estas baterías tiran de modo que sus proyectiles pasen justo por encima del parapeto de las obras y recorran las caras en toda su longitud, cogiéndolas de flanco y poniendo en peligro cañones y hombres. Se construyen baterías semejantes para enfilar los ramales del camino cubierto, y se emplazan morteros y obuses para lanzar granadas al interior de los baluartes y revellines. Todas estas baterías están cubiertas por parapetos de tierra. Al mismo tiempo, en dos o más puntos, se adelantan trincheras en zigzag hacia la plaza, procurando evitar todo fuego de enfilada desde la ciudad, y en cuanto el fuego de la plaza da muestras de aflojar se abre la segunda paralela, a unas 350 yardas de las obras. En esta paralela se construyen las baterías de desmontar. Sirven para destruir por completo la artillería y las troneras de las caras de la fortaleza; habrá 8 caras que atacar (2 baluartes y sus revellines, y las caras interiores de los revellines contiguos), y para cada una hay una batería, construida paralela a la cara atacada y con cada tronera exactamente frente a una tronera de la fortaleza. Desde la segunda paralela se adelantan nuevos zigzags hacia la ciudad; a 200 yardas se construye la media paralela, que forma nuevos ensanches de los zigzags, armados con baterías de morteros, y por último, al pie del glacis, la tercera paralela. Esta se arma con baterías de morteros pesados. Para entonces el fuego de la plaza estará casi acallado, y los aproches, en formas variadas de líneas curvas o quebradas para evitar el tiro de rebote, se llevan hasta la cresta del glacis, a la que llegan frente a las puntas de los dos baluartes y del revellín. Se forma entonces un alojamiento, o trinchera con parapeto, en la plaza de armas saliente, para enfilar el foso con fuego de infantería. Si el enemigo es activo y audaz en sus salidas, se hace necesaria una cuarta paralela que una las plazas de armas salientes a través del glacis. Si no, se adelanta una zapa desde la tercera paralela hasta las plazas de armas entrantes y se completa el coronamiento del glacis, es decir, la construcción de una trinchera a lo largo de todo el camino cubierto en la cresta del glacis. Luego se construyen en este coronamiento las contrabaterías, para acallar el fuego del flanco que enfila el foso, y después de ellas las baterías de brecha contra la punta y las caras de los baluartes y del revellín. Frente a los puntos en que se ha de abrir brecha se construye una galería de mina que baja desde las trincheras a través del glacis y de la contraescarpa hasta el foso; se vuela la contraescarpa y se construye una nueva trinchera a través del foso hasta el pie de la brecha, cubierta con un parapeto del lado de donde viene el fuego de enfilada del flanco. En cuanto están listos la brecha y el paso del foso, se da el asalto. Esto en el caso de un foso seco; a través de un foso de agua hay que construir un dique de fajinas, cubierto igualmente con un parapeto del lado del flanco del baluarte contiguo. Si al tomar el baluarte se ve que hay detrás otro atrincheramiento o cortadura, hay que hacer un alojamiento, construir nuevas baterías en la brecha y hacer nueva brecha, nueva bajada y paso del foso y nuevo asalto. La resistencia media de un hexágono abaluartado según el primer método de Vauban frente a un sitio así se calcula en 19 a 22 días si no hay cortaduras, y en 27 o 28 días si las tiene. Del método de Cormontaigne se espera que resista 25 días, o, respectivamente, de 35 a 37.

III. Fortificación de campaña

La construcción de obras de campaña es tan antigua como la existencia de los ejércitos. Los antiguos eran incluso mucho más expertos en este arte que nuestros ejércitos modernos; las legiones romanas, ante el enemigo, atrincheraban su campamento todas las noches. En los siglos XVII y XVIII vemos también un uso muy grande de las obras de campaña, y en las guerras de Federico el Grande los piquetes de avanzada solían levantar redientes de perfil ligero. Sin embargo, ya entonces, y todavía más ahora, la construcción de obras de campaña se limitaba a reforzar unas pocas posiciones elegidas de antemano en previsión de ciertas eventualidades de una campaña. Así, el campamento de Federico el Grande en Bunzelwitz, las líneas de Wellington en Torres Vedras, las líneas francesas de Weissenburg y los atrincheramientos austriacos delante de Verona en 1848. En tales circunstancias, las obras de campaña pueden ejercer una influencia importante en el resultado de una campaña, permitiendo a un ejército inferior resistir con éxito a uno superior. Antes las líneas atrincheradas, como en los campos atrincherados permanentes de Vauban, eran continuas; pero por el defecto de que, si se perforaban y tomaban en un punto, toda la línea quedaba inútil, hoy se componen en todas partes de una o más líneas de reductos separados que se flanquean unos a otros con su fuego y permiten al ejército caer sobre el enemigo por los intervalos en cuanto el fuego de los reductos ha quebrado el ímpetu de su asalto. Este es el uso principal de las obras de campaña; pero se emplean también aisladas, como cabezas de puente para defender el acceso a un puente o para cerrar un paso importante a pequeñas partidas enemigas. Dejando aparte todas las formas más caprichosas de obras, hoy pasadas de moda, estas fortificaciones deben consistir en obras abiertas o cerradas por la gola. Las primeras serán redientes (dos parapetos con un foso delante que forman un ángulo vuelto hacia el enemigo) o lunetas (redientes con flancos cortos). Estas últimas pueden cerrarse por la gola con empalizadas. La principal obra de campaña cerrada que se usa hoy es el reducto cuadrado, en forma de cuadrilátero regular o irregular, cerrado por todos lados con foso y parapeto. El parapeto se hace tan alto como en la fortificación permanente (de 7 a 8 pies), pero no tan grueso, porque solo tiene que resistir la artillería de campaña. Como ninguna de estas obras tiene fuego de flanco propio, hay que disponerlas de modo que se flanqueen unas a otras dentro del alcance del mosquete. Para conseguirlo eficazmente y reforzar toda la línea, el plan que más se adopta hoy es formar un campo atrincherado con una línea de reductos cuadrados que se flanquean unos a otros y otra línea de simples redientes, situados delante de los intervalos de los reductos. Un campo así se formó delante de Komárom, al sur del Danubio, en 1849, y los húngaros lo defendieron durante 2 días contra un ejército muy superior.

  1. Durero expuso sus ideas en Etliche Underricht zu Befestigung der Stett, Schloss und Flecken (Núremberg, 1527). ↩

  2. Las figuras de la enciclopedia no se reproducen aquí. ↩

  3. El texto de la enciclopedia dice «longer» («más largo»), errata evidente por «lower» («más bajo»), como entendió ya la Werke. ↩

  4. Michele Sanmicheli (1484-1559), arquitecto e ingeniero militar veronés al servicio de Venecia. ↩

  5. Daniel Speckle o Specklin (1536-1589), arquitecto militar alsaciano, autor de Architectura von Vestungen (Estrasburgo, 1589). ↩

  6. (Nota de Engels.) El hornabeque es un frente abaluartado, dos semibaluartes, una cortina y un revellín, avanzado delante del foso principal y cerrado a cada lado por una línea recta de terraplén y foso que se alinea con las caras de los baluartes del recinto, para quedar completamente flanqueada por su fuego. La corona consta de dos de esos frentes avanzados (un baluarte flanqueado por dos semibaluartes); la corona doble tiene tres frentes. En todas estas obras es preciso que su terraplén esté por lo menos tanto más bajo que el del recinto como el terraplén del revellín, para que el recinto conserve su dominio sobre ellas. La adopción de tales obras exteriores, que naturalmente eran excepciones, dependía de la naturaleza del terreno. ↩

  7. La enciclopedia escribe «Vötker». ↩

  8. Henri-Jean-Baptiste de Bousmard (1749-1807) murió en realidad en 1807, en el sitio de Danzig; la enciclopedia dice 1806. ↩

  9. Menno van Coehoorn (1641-1704), ingeniero militar neerlandés. ↩

  10. Marc-René de Montalembert (1714-1800), autor de La fortification perpendiculaire (1776-1796). Las fechas son las de la enciclopedia. ↩

  11. La enciclopedia dice «fonts», errata por «fronts». ↩

  12. Así en la enciclopedia («in all the batteries»), probablemente errata por «in all ten batteries», «en total diez baterías»; la Werke omite la frase. ↩