Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 5 de septiembre de 1859 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 5748, del 24 de septiembre de 1859. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 13 (Berlín, 1961, pp. 500-507), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, 5 de septiembre de 1859

Recordarán ustedes que hace cosa de un año hice en las columnas de la Tribune algunas revelaciones interesantes sobre un tal Bangya, sobre su misión en Circasia y sobre las disputas que de ello surgieron entre la emigración húngara y la polaca en Constantinopla.1 Aunque los hechos que comuniqué entonces se abrieron paso más tarde en la prensa europea, nunca se ha intentado discutir su exactitud. Ahora debo llamar la atención de sus lectores sobre otro capítulo oculto de la historia contemporánea: me refiero a la relación entre Kossuth y Bonaparte. No puede tolerarse por más tiempo que unos mismos hombres reciban con una mano la paga del asesino de la República Francesa y con la otra icen la bandera de la libertad; que representen dos papeles, el de mártires y el de cortesanos; que, después de haberse convertido en instrumentos de un usurpador cruel, sigan presentándose como representantes de una nación oprimida. Considero el momento actual especialmente oportuno para revelar hechos que conozco desde hace tiempo, porque Bonaparte y sus aduladores, lo mismo que Kossuth y sus partidarios, se afanan por echar un velo sobre unas transacciones que comprometerían sin remedio al uno ante los monarcas y al otro ante los pueblos del mundo.

Hasta los admiradores más prevenidos del señor Kossuth tendrán que admitir que, sean cuales sean sus demás cualidades, por desgracia siempre le ha faltado una: la constancia. Durante toda su vida se ha parecido más al improvisador que recibe sus impresiones del público que al autor que imprime al mundo sus ideas originales. Esta inconstancia del pensamiento tenía que reflejarse en actos ambiguos. Algunos hechos ilustrarán la verdad de esta afirmación. En Kütahya,2 el señor Kossuth entabló una relación de confianza con el señor David Urquhart,3 adoptó en el acto los prejuicios de este romántico montañés escocés y no vaciló en sentenciar que Mazzini era un agente ruso. Prometió formalmente mantenerse lejos de Mazzini. Pero apenas llegó a Londres, formó un triunvirato con Mazzini y Ledru-Rollin.4 Las pruebas irrefutables de su doblez se expusieron ante el público británico en la correspondencia entre L. Kossuth y David Urquhart, que este último caballero publicó en la Free Press de Londres. En el primer discurso que pronunció el señor Kossuth tras desembarcar en la costa inglesa, llamó a Palmerston su amigo del alma. Palmerston, por mediación de un conocido miembro del Parlamento,5 le hizo saber a Kossuth su deseo de recibirlo en su casa. Kossuth exigió que el primer ministro británico lo recibiera como gobernador de Hungría, exigencia que, naturalmente, se rechazó al instante con desprecio. El señor Kossuth, por su parte, hizo saber entonces al público británico, por medio del señor Urquhart y de otros conocidos suyos, que había rechazado la invitación de Palmerston porque en Kütahya, estudiando a fondo el libro azul sobre los asuntos húngaros, se había convencido de que Palmerston, su «amigo del alma», había hecho de traidor a la «querida Hungría» en connivencia secreta con la corte de San Petersburgo. En 1853, cuando estalló en Milán una émeute6 mazziniana, apareció en los muros de esa ciudad una proclama dirigida a los soldados húngaros que los exhortaba a ponerse del lado de los insurrectos italianos: llevaba la firma de Luis Kossuth. Fracasada la émeute, el señor Kossuth se apresuró a declarar falsa la proclama a través de los periódicos de Londres, con lo que acusó públicamente de mentir a su amigo Mazzini. Y, sin embargo, la proclama era auténtica. Mazzini había actuado de acuerdo con Kossuth.

Firmemente convencido de que para derribar la tiranía austriaca era indispensable la acción conjunta de Hungría e Italia, Mazzini intentó primero sustituir a Kossuth por un jefe húngaro más fiable, pero, como sus esfuerzos fracasaron por la desunión de la emigración húngara, perdonó generosamente a su inseguro aliado y le ahorró un desenmascaramiento que habría arruinado la posición de Kossuth en Inglaterra.

Para acercarme más al presente, quiero recordarles que en el otoño de 1858 el señor Kossuth hizo un viaje por Escocia, dando conferencias en diversas ciudades y advirtiendo seriamente a los británicos de las intenciones traicioneras de Luis Bonaparte. Tomen, por ejemplo, el siguiente extracto de una conferencia pronunciada en Glasgow el 20 de noviembre de 1858:

«Ya he señalado en mi otra conferencia», dijo el señor Kossuth, «el caldo de odio nacional que cocina Luis Bonaparte. No quiero afirmar con ello que se proponga invadir este país; sin duda le gustaría, pero, como el zorro de la fábula, no le gustan las uvas verdes. No hace mucho que Luis Bonaparte dejó sin saber qué hacer a la diplomacia del mundo entero (salvo quizá a los señores de San Petersburgo, que muy probablemente conocen todo el secreto), al impulsar sus gigantescos preparativos de Cherburgo, sacrificando el último chelín de su tesoro vacío, con tanta prisa como si su existencia dependiera de ganar un minuto... Cherburgo sigue siendo una obra dirigida únicamente contra Inglaterra... Medita un nuevo conflicto en Oriente en unión con Rusia. En ese conflicto quiere trabar la libertad de movimientos de la marina inglesa, atando buena parte de ella a las costas de ustedes, mientras se propone asestar un golpe mortal a los intereses vitales de ustedes en Oriente... La guerra de Crimea, ¿se terminó de acuerdo con los intereses de Gran Bretaña y de Turquía? Valaquia y Moldavia recibieron una constitución incubada en las cuevas de la diplomacia secreta, esa maldición de nuestro tiempo; una constitución ideada por Bonaparte de acuerdo con Rusia y Austria, ¡todos ellos, en verdad, ardientes amigos de la libertad de los pueblos! En realidad no es ni más ni menos que una patente de corso para Rusia, que le deja disponer libremente de los Principados... ¡Más aún! ¿No ha enviado Bonaparte, el querido aliado, a sus oficiales a Montenegro para enseñar a los salvajes montañeses el manejo del fusil?... Su mente aspira a una nueva paz de Tilsit,7 si es que no la tiene ya en el bolsillo».

Esa era la crítica pública de Kossuth a Bonaparte, su querido aliado, en el otoño de 1858. Todavía a comienzos de 1859, cuando los planes de Bonaparte para su cruzada italiana por la libertad habían tomado forma, el mismo Kossuth acusaba en lenguaje encendido, en el Pensiero ed Azione de Mazzini, al estafador holandés8 y advertía a todos los verdaderos republicanos, italianos, húngaros y hasta alemanes, que no se dejaran utilizar por el Quasimodo imperial como quien saca las castañas del fuego con la mano del gato. En una palabra, no hacía más que repetir las opiniones de Mazzini, que este volvió a proclamar en su manifiesto del 16 de mayo, que mantuvo durante la cruzada de Bonaparte y que, al terminar la guerra, repitió con aire de triunfo en otro manifiesto que publicó la Tribune.

Kossuth no solo veía entonces, en enero de 1859, el fraude bonapartista, sino que hacía todo lo que estaba en su mano por desenmascararlo ante el mundo. Empujó en esa dirección a la «prensa liberal», de la que después los instrumentos de Bonaparte se asombraban como de «un estallido repentino» de «furia antinapoleónica», y a la que tacharon de enfermiza «simpatía por Austria». Pero entre enero y mayo de 1859 se produjo una extraña revolución en los sentimientos y las ideas del gran improvisador. El que en el otoño de 1858 había recorrido Escocia dando conferencias para prevenir a los británicos de las abominables intenciones de Napoleón emprendió en mayo de 1859 una nueva gira de conferencias, desde la Mansion House de Londres hasta el Free Trade Hall de Manchester, para predicar confianza en el hombre de Diciembre y, con el pretexto de abogar por la neutralidad, atraer a los británicos al lado del granuja imperial. Su propia neutralidad la demostró poco después de un modo que no deja lugar a equívocos.

Pues bien, estos recuerdos, que podría prolongar a voluntad, deberían despertar algunas dudas en el ánimo de los admiradores honrados de Kossuth, de aquellos hombres a los que no ata a los grandes de la democracia ni la veneración ciega de un nombre ni el interés sucio. En todo caso no negarán que los hechos que voy a relatar ahora no parecen en absoluto incompatibles con el pasado del supuesto héroe de la libertad. Había en París tres jefes húngaros que hacían la corte al ilustre Plon-Plon, alias Prince Rouge,9 el vástago de la familia Bonaparte al que le ha tocado en suerte coquetear con la revolución del mismo modo que su primo mayor flirtea con «la religión, el orden y la propiedad». Estos tres hombres eran el coronel Kiss, el conde Teleki y el general Klapka.10 Plon-Plon, dicho sea en passant, es lascivo como Heliogábalo, cobarde como Iván III y falso como un auténtico Bonaparte, pero con todo un homme d'esprit,11 como dicen los franceses. Estos tres señores convencieron a Plon-Plon, al que probablemente no le cogió nada por sorpresa, de que entablara negociaciones con Kossuth, lo invitara a París e incluso le prometiera presentar al exgobernador de Hungría al insidioso soberano de las Tullerías.

Así pues, a principios de mayo el señor Kossuth salió de Londres hacia París, provisto de un pasaporte inglés en el que figuraba como Mr. Brown. En París tuvo primero una larga conversación con Plon-Plon, al que expuso sus planes de cómo podría encenderse una insurrección en Hungría si 40.000 franceses, apoyados por un cuerpo de refugiados magiares, desembarcaban en la costa de Fiume; además, presentó una petición que parecía ocupar el primer lugar en su alma patriótica, a saber, la formación, aunque solo fuera por guardar las apariencias, de un gobierno provisional con el señor Kossuth a la cabeza. La tarde del 3 de mayo, Plon-Plon llevó al señor Kossuth en su propio coche a las Tullerías para presentarlo allí al hombre de Diciembre. Durante esta entrevista con Luis Bonaparte, el señor Kossuth renunció a servirse de sus grandes dotes retóricas y dejó que Plon-Plon hiciera de portavoz suyo. Más tarde le dedicó un amable cumplido por la exactitud casi literal con que el príncipe había expuesto sus opiniones.

Luis Bonaparte, después de escuchar atentamente la exposición de su primo, declaró que a la aceptación de las propuestas de Kossuth se oponía un gran obstáculo, a saber, los principios republicanos y las relaciones republicanas de este. Fue entonces cuando el señor Kossuth abjuró solemnísimamente de la fe republicana y aseguró que ni era republicano ahora ni lo había sido nunca, y que solo la necesidad política y un extraño encadenamiento de circunstancias le habían obligado a unirse provisionalmente al partido republicano de la emigración europea. Al mismo tiempo, como prueba de sus sentimientos antirrepublicanos, ofreció al príncipe Plon-Plon, en nombre de su país, la corona húngara. Cierto que la corona de la que así disponía aún no había quedado vacante, y él no tenía poder alguno para traficar con ella; pero quien haya observado con atención la actuación del señor Kossuth en el extranjero habrá advertido que hace tiempo que se ha acostumbrado a hablar de la «querida Hungría» como un hidalgo rural de su finca.

Tengo por sincera la renuncia del señor Kossuth al republicanismo. Una lista civil de 300.000 florines, que reclamó en Pest para mantener el esplendor del poder ejecutivo; el patronazgo de los hospitales, que pasó de una archiduquesa austriaca a su propia hermana; el intento de dar su nombre a algunos regimientos; su afán de rodearse de una camarilla; la tenacidad con que, durante su estancia en el extranjero, se aferró al título de gobernador, aunque había renunciado a él en el momento de la catástrofe húngara;12 toda su actitud, mucho más la de un pretendiente que la de un refugiado: todo ello revela tendencias ajenas al republicanismo. Sea como fuere, afirmo expresamente que Luis Kossuth abjuró del republicanismo ante el usurpador francés y que, en presencia del hombre de Diciembre, ofreció la corona húngara a Plon-Plon, el Sardanápalo bonapartista. Algunas habladurías bastante ligeras sobre el hecho de su entrevista con Bonaparte en las Tullerías pueden haber dado pie al rumor, notoriamente falso, de que Kossuth había traicionado los planes secretos de sus antiguos aliados republicanos. No se le pidió que revelara sus supuestos secretos, ni él habría aceptado una propuesta tan infame. Una vez que logró disipar por completo las inquietudes de Luis Napoleón sobre sus inclinaciones republicanas, y después de comprometerse a trabajar por los intereses dinásticos de los Bonaparte, se cerró un trato por el que se pusieron tres millones de francos a disposición del señor Kossuth. En este acuerdo no había en sí nada sospechoso, pues para la organización militar de la emigración húngara hacían falta fondos, y ¿por qué no iba a recibir el señor Kossuth subsidios de su nuevo aliado con el mismo derecho con que todas las potencias despóticas de Europa los recibieron de Inglaterra durante toda la guerra antijacobina? No puedo callar, sin embargo, el hecho de que, de los millones así puestos a su disposición, el señor Kossuth reclamó de inmediato para sus gastos personales la bonita suma de 75.000 francos y se fijó además una pensión anual para el caso de que la guerra de Italia terminara sin llevar a la invasión de Hungría. Antes de que el señor Kossuth saliera de las Tullerías se convino en que contrarrestaría las supuestas tendencias austriacas del ministerio Derby abriendo una campaña por la neutralidad en Inglaterra. Es sabido de todos cómo, a su regreso a la pérfida Albión, el apoyo espontáneo de los whigs y de la escuela de Manchester le permitió cumplir con éxito esta primera parte de su compromiso.

Desde 1851, la mayor parte de los emigrados húngaros de importancia y prestigio político se habían separado del señor Kossuth; pero, en parte por la perspectiva de una invasión de Hungría con ayuda de tropas francesas, en parte por la lógica fuerza de atracción de los tres millones de francos (pues el mundo, como dijo el Napoleón auténtico en uno de sus arrebatos de cinismo, lo gobierna le petit ventre13), toda la emigración húngara en Europa, con unas pocas excepciones honrosas, se agrupó en torno a las banderas bonapartistas izadas por Luis Kossuth. No puede negarse que las transacciones en que se metió con ellos tenían un regusto decembrista a corrupción, pues, para poder asignar a sus nuevos partidarios una mayor cantidad del dinero francés, los ascendió a grados militares más altos: los tenientes, por ejemplo, pasaron a mayores. Primero, cada uno recibió los gastos de viaje al Piamonte, luego un uniforme espléndido (el de mayor costaba 150 libras esterlinas) y seis meses de paga por adelantado, con la promesa de que al firmarse la paz se le pagaría un año de sueldo. El llamado general en jefe recibía un sueldo de 10.000 francos; los generales, 6.000 francos cada uno; los jefes de brigada, 5.000; los tenientes coroneles, 4.000; los mayores, 3.000, etc.

Los nombres de las personalidades más destacadas que se aliaron con Kossuth y se embolsaron dinero bonapartista son los siguientes: los generales Klapka, Perczel, Vetter y Czecz; los coroneles Szabó, Emérich y Etienne, Kiss, el conde A. Teleki, el conde Bethlen, Mednyánszky, Ihász y algunos tenientes coroneles y mayores. Entre los civiles quiero mencionar al conde L. Teleki, Puky, Pulszky, Irányi, Ludvigh, Simonyi, Henszelman, Veres y otros; en realidad, todos los refugiados húngaros que viven en Inglaterra y en el continente, con la única excepción de S. Vukovics (en Londres o en Axminster), Rónay (en Londres, un erudito húngaro) y B. Szemere (en París, antiguo presidente del gobierno húngaro).14

Ahora bien, sería injusto suponer que todos estos hombres actuaron por motivos corruptos. La mayoría son probablemente simples engañados: soldados patriotas de los que no cabe esperar que tengan principios políticos claros ni la perspicacia necesaria para desentrañar las intrigas diplomáticas. Algunos, como el general Perczel, se retiraron en cuanto los acontecimientos sacaron a la luz los engaños bonapartistas. Pero Luis Kossuth, que todavía en enero de 1859 había demostrado con sus artículos en el Pensiero ed Azione de Mazzini ser un juez competente de los planes de Bonaparte, no puede en modo alguno disculparse del mismo modo.

  1. János Bangya (1817-1868), oficial húngaro de la revolución de 1848-1849, que trabajó después como agente de policía de varios gobiernos. Marx lo desenmascaró en la Tribune en 1858, a propósito de su papel en la expedición de emigrados polacos a Circasia, en apoyo de los montañeses del Cáucaso contra Rusia. ↩

  2. Lajos (Luis) Kossuth (1802-1894), jefe de la revolución húngara de 1848-1849 y gobernador de Hungría en 1849, estuvo internado por el gobierno otomano tras la derrota, de 1849 a 1851, en Kütahya, en Asia Menor. ↩

  3. David Urquhart (1805-1877), diplomático y publicista escocés, adversario obsesivo de Palmerston, al que acusaba de estar al servicio de Rusia; editaba en Londres la Free Press. ↩

  4. Giuseppe Mazzini (1805-1872), jefe del republicanismo italiano; Alexandre Ledru-Rollin (1807-1874), jefe de los demócratas pequeñoburgueses franceses, exiliado en Londres tras junio de 1849. ↩

  5. Según los editores de la MEW, lord Dudley Stuart (1803-1854), defensor de la causa polaca en el Parlamento. ↩

  6. «Motín». El levantamiento mazziniano de Milán del 6 de febrero de 1853. ↩

  7. La paz firmada en Tilsit en julio de 1807 entre Napoleón I y el zar Alejandro I, que repartió entre ambos la hegemonía sobre el continente. ↩

  8. Alusión al rumor, muy difundido, de que Luis Bonaparte no era hijo del rey Luis de Holanda, hermano de Napoleón I, sino de un almirante holandés. ↩

  9. «Príncipe Rojo». Napoleón José Carlos Pablo Bonaparte (1822-1891), llamado Plon-Plon, primo de Napoleón III, conocido por sus poses liberales y anticlericales; en la guerra de 1859 mandó el V Cuerpo del ejército francés en Toscana. ↩

  10. Miklós Kiss (1820-1902), coronel húngaro emigrado en Francia; el conde Sándor Teleki (1821-1892); György Klapka (1820-1892), general de la revolución húngara, defensor de Komárom en 1849. En mayo de 1859, Kossuth, Klapka y el conde László Teleki formaron en París el Directorio Nacional Húngaro, que organizó una legión húngara en Italia. ↩

  11. «En passant»: «de pasada»; homme d'esprit: «hombre de ingenio». ↩

  12. Kossuth renunció al cargo de gobernador el 11 de agosto de 1849 en favor de Görgey, poco antes de la capitulación de Világos. ↩

  13. «La pequeña panza», el estómago. ↩

  14. Bertalan Szemere (1812-1869), ministro del Interior y luego presidente del gobierno revolucionario húngaro en 1849, adversario de Kossuth en la emigración y corresponsal de Marx. ↩