Escrito en inglés por Karl Marx (correspondencia fechada en Londres el 18 de octubre de 1859) y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 5783, del 4 de noviembre de 1859. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 13 (Berlín, 1961, pp. 525-530), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Se corrigen algunas erratas de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, 18 de octubre de 1859

Las comisiones creadas para investigar el estado de los distritos electorales de Gloucester y Wakefield confirman una vez más, con sus revelaciones diarias, el dicho del viejo Coppock,1 antiguo agente electoral del Reform Club, de que la verdadera naturaleza de la Cámara de los Comunes británica puede resumirse en la palabra corrupción. La presente investigación cobra especial interés por la circunstancia de que Gloucester es un rotten borough2 de larga existencia, mientras que Wakefield es un distrito creado por la ley de reforma, y de que el sobornador de Gloucester, sir Robert Carden,3 es un tory fanático del estilo de Dogberry,4 mientras que el sobornador de Wakefield, el señor Leatham,5 cuñado del señor Bright, es un radical. En ambos casos, la inocencia infantil de los candidatos al Parlamento resulta algo refrescante en esta perversa era del escepticismo. Los dos candidatos proporcionan el dinero para comprar votos, pero los dos se cuidan mucho de no saber adónde va el dinero. Desde que empieza la elección hasta que termina, las cuentas de sus abogados aumentan en progresión geométrica, pero en la misma medida crece su fe en la inmaculada pureza de los electores, a los que representar en el Parlamento es, según confiesan, la meta suprema de su ambición terrenal. Tomemos primero a ese modelo de cuáquero, el honorable señor Leatham. Se presentó por Wakefield en 1857 y empleó como su «amigo jurídico» a un abogado llamado Wainwright. Este Wainwright, en un arrebato de franqueza, lleva aparte a su amigo el cuáquero y sorprende al inocente Leatham, que se había tenido por l'homme qu'on aime pour lui-même6 y por un candidato al que se elige pour le roi de Prusse,7 con la observación, de una agudeza desconcertante, de que una elección es cuestión de tantas o cuantas libras esterlinas y de que, por consiguiente, hay que encontrar «lo necesario». Wainwright dijo que hacían falta 1.000 libras en efectivo. Leatham exclama: «No tengo tanto, pero lo pediré prestado», y, fiel a su palabra, envió a Wainwright 1.000 libras por medio de Overend & Gurney, los banqueros cuáqueros de Lombard Street, en Londres. Poco después, Wainwright, que parece inclinado a los pourparlers8 confidenciales, vuelve a llevar «aparte» a Leatham, le susurra al oído que ha comprobado que la elección será más costosa de lo que en un principio se esperaba e insiste en otras 500 libras. El inocente Leatham «lo encuentra bastante extraño», pero, pensándolo mejor y recordando que la elección de 1852 había costado 1.600 libras, amplía el crédito en otras 500 libras; lo más extraño, sin embargo, es que no está del todo seguro de qué fuente salieron esas 500 libras. Dos semanas después, el severo Wainwright insiste en una nueva aportación de 1.000 libras, y entonces Leatham el de la pureza se pone de lo más melodramático.

«Me enfadé mucho por ello», dice, «y se lo dije, y le dije también que en su despacho había una serie de cosas que no me gustaban. Había observado gran número de personas extrañas en su despacho y esperaba que allí no ocurriera nada indebido. Me dijo: "Tiene usted que dejarme eso a mí y no hacer preguntas. Tiene que darme la disposición de otras 1.000 libras, aunque no creo que vaya a necesitarlas". Fui lo bastante necio para consentir, y creo que el dinero se obtuvo de la misma fuente que antes.»

El misterioso desconocido que «obtenía el dinero» es el socio del señor Leatham, que no estuvo presente durante las investigaciones porque se le había metido en la cabeza emprender un viaje al continente en esta época del año, bastante inoportuna.

Mientras el cuáquero Leatham, pese a su credulidad, abriga temores, pero procura tranquilizar su conciencia «no haciendo preguntas», sir R. Carden, «el puro para quien todo es puro»,9 quedó en cambio tan edificado por sus experimentos electorales de Gloucester en 1857 que en 1859 volvió a presentarse por el mismo distrito, aunque esta vez sin éxito. Si intentó entrar en St. Stephen's10 a hombros de Gloucester fue únicamente porque tenía a Gloucester por tan puro que representarlo en el Parlamento sería un honor y una distinción, «mientras que Coppock y sus secuaces solían llamar queso a Gloucester», porque estaba «tan deliciosamente podrido» o, dicho de otro modo, era un cenagal de corrupción tan hediondo. Los gastos electorales necesarios, fijados al principio en 500 libras, se hincharon de pronto hasta unas 6.000 libras; pero, a pesar de ello y del informe del interventor de cuentas, que tasó los gastos legítimos en 616 libras, 8 chelines y 1 penique, la convicción de sir Carden sobre la pureza de lo ocurrido en Gloucester sigue inquebrantable.

«Había tenido la elección por limpia hasta hace uno o dos días, cuando se enteró, profundamente conmovido, de las terribles revelaciones que se habían hecho. Estas revelaciones lo habían sorprendido por completo.»

La filosofía electoral de los candidatos al Parlamento consiste, pues, sencillamente en dejar que su mano izquierda no sepa lo que hace la derecha, y así se lavan las dos manos en la inocencia. Abrir los bolsillos, no hacer preguntas y creer en la virtud general del género humano: eso es lo que mejor sirve a sus fines.

En cuanto a los señores juristas, los letrados, agentes y abogados que trabajan en el negocio electoral, tienen naturalmente un derecho legítimo a sus honorarios profesionales. No puede esperarse de ellos que entreguen gratis su tiempo y «manejen» el asunto.

«¿Por qué», exclamó uno de los fabricantes de diputados de Gloucester, «había yo de darles mi voto de balde? ¡Miren a los 24 abogados, que cobran cada uno sus 25 libras en efectivo y cinco guineas diarias; por eso yo no doy el mío de balde!»

Y el señor George Buchanan, un caballero que hizo campaña junto con sir R. Carden, dice:

«En realidad, había una rebatiña general por el dinero, y no me gusta que se reproche tanto a los pobres hombres que cobraban 3 chelines y 6 peniques al día, mientras que los profesionales, que cobraban mucho dinero por no hacer nada, salían bien librados.»

Pues bien, por lo que toca a estos fabricantes de diputados, bastarán unos cuantos ejemplos para caracterizarlos. El señor W. Clutterbuck, abogado y captador de votos de sir R. Carden, se ríe para sus adentros mientras declara:

«Gloucester es un lugar tan corrompido como cualquier otro de Inglaterra.»

Había puesto el ojo en «los Coopey». Hay ocho o nueve Coopey, todos de una familia que desde tiempo inmemorial ha desempeñado un papel destacado en todas las elecciones. Son, como dice Clutterbuck, «gente a la que hay que tener de buen humor»; en consecuencia, fue a ver a los Coopey, y fumó una pipa con los Coopey, y charló con los Coopey, y no les hizo promesas directas, oh no, pero los «influyó para que pensaran de tal y tal manera». Tras sus huellas vino el señor John Ward, un maestro de obras, que ofreció 5 libras a cada uno de los Coopey. Dos de los Coopey, dice, fueron sobornados. Uno de ellos había muerto, pero algún otro votó en su lugar.

«Yo», dice el maestro de obras Ward, «di a nueve de ellos 5 libras a cada uno y al muerto 3 libras. El hombre ya no vivía en las elecciones de 1857, pero votó por sir R. Carden.»

Luego viene el señor Maysey.

«Yo», dice, «tengo una tienda de ultramarinos y soy peluquero.»

Encontró que «el soborno se practicaba en cualquier escala» y, en consecuencia, compró electores a 2 y hasta 12 libras por cabeza. El dichoso mortal que se llevó 12 libras fue un tal Evans.

«Este hombre», dice nuestro honorable peluquero, «conocía bien a todos los electores de abajo. Evans valía 20 libras, tanto de elector como de informador.»

Parece que Maysey, el heroico peluquero, encargó a unos cuantos matones, con un tal Clements a la cabeza, que el día de la elección sacaran a la fuerza del «León Blanco» a un viejo elector llamado Worthen, pero él (Maysey) no vio que a este león «le arrancaran la piel de la espalda».

«El hombre», dijo en el curso de la investigación, «era demasiado viejo y ciego para resistirse, y además estaba borracho.»

En Wakefield se pagaron precios más altos que en Gloucester: un voto costaba entre 5 y 70 libras. Al mismo tiempo, aquí se informa de métodos más violentos de los partidos en liza. Un tal señor Smith, cuya experiencia abarca muchísimos años, expresó la opinión de que Wakefield era el distrito electoral más corrompido de Europa y de que el dinero y la cerveza sacarían adelante aquí cualquier elección. En la última fase de la contienda, librada entre el cuáquero Leatham, el radical, y el señor Charlesworth, el conservador, «se sabía en toda la ciudad que en el despacho de Wainwright», el representante del inmaculado cuáquero, «había mucho dinero que sacar». El único factor digno de mención que distinguía a los conservadores de los liberales era que estos no retrocedían de vez en cuando ante el pago con billetes falsos, mientras que aquellos pagaban con dinero de verdad. Una media docena de electores de Wakefield formaron un club con el propósito de influir en el resultado de la elección en su propio favor. Un barbero llamado T. F. Tower votó por el señor Leatham porque uno de sus captadores de votos le dio 40 libras por un cepillo para el pelo. John Wilcox, un tipo especialmente escrupuloso, no fue a votar porque había recibido 25 libras por votar a Leatham y 30 por votar al rival de Leatham. Lo compensó «no yendo en absoluto». Un tal Benjamin Ingham, que votó por Leatham, no supo decir cuánto dinero había recibido, porque «entonces estaba completamente borracho». Los tories atrajeron a una posada a James Clark, adivino y astrólogo, donde lo emborracharon y «lo retuvieron unos días en una habitación del hotel, con abundante comida y bebida». Aun así intentó escapar y al final votó por Leatham, «en parte por el deseo de jugársela a los azules por haberlo encerrado y en parte por cobrar 50 libras». Había además un tal William Dickson, fontanero de oficio, que trabajaba por la mañana en las fábricas de blanqueo del señor Teal.

«Cuando subió a un cuarto de arriba a buscar unos tubos más para acabar el encargo, la puerta se cerró de golpe desde fuera, y la cerraron con llave y la clavaron. En el cuarto había tres hombres y un muchacho para tenerlo quieto, y tenían una cuerda para atarlo si fuera necesario.»

En suma, si los liberales se distinguían por sus billetes falsos, lo notable en los conservadores era que recurrían a la violencia.

Ante estas repugnantes revelaciones sobre el sistema electoral inglés, el viejo lord Brougham11 creyó oportuno pronunciar en Bradford un largo discurso en el que confesaba que el delito de soborno crece cada vez más, que antes de 1832 era relativamente raro, pero que desde la ley de reforma de aquel año, que se proponía reducirlo, ha aumentado rápidamente. ¿Y cuál es el extraño remedio que recomienda lord Brougham? Negar el derecho de voto a las clases trabajadoras hasta que se hayan enmendado la clase media baja, que se deja sobornar, y las clases altas, que la sobornan. Solo el debilitamiento del entendimiento por la mucha edad puede explicar semejante paradoja.

  1. James Coppock (1798-1857), abogado, agente electoral del partido liberal y del Reform Club. ↩

  2. «Burgo podrido»: distrito electoral con muy pocos electores, que el dueño de la tierra o el mejor postor controlaba a su antojo. La ley de reforma de 1832 suprimió muchos de ellos y creó distritos nuevos para las ciudades industriales. ↩

  3. Robert Walter Carden (1801-1888), banquero tory, alcalde de Londres en 1857-1858, diputado por Gloucester. ↩

  4. El necio alguacil de Mucho ruido y pocas nueces de Shakespeare. ↩

  5. William Henry Leatham (1815-1889), banquero cuáquero de Wakefield, cuñado del radical John Bright. ↩

  6. En francés en el original: «el hombre al que se quiere por sí mismo». ↩

  7. En francés en el original: «por el rey de Prusia», es decir, gratis, a cambio de nada. ↩

  8. En francés en el original: «conversaciones». ↩

  9. Alusión a la Epístola a Tito, 1, 15: «Para los puros todas las cosas son puras». ↩

  10. La Cámara de los Comunes, que había tenido su sede en la capilla de San Esteban del palacio de Westminster. ↩

  11. Henry Brougham (1778-1868), jurista y político whig, lord canciller de 1830 a 1834, que había defendido la reforma de 1832; tenía entonces ochenta y un años. ↩