Escrito en inglés por Karl Marx hacia el 5 de enero de 1859 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 5541, del 24 de enero de 1859, como editorial. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 13 (Berlín, 1961, pp. 161-167), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El artículo apareció sin título; el que lleva es de la MEW. Se corrigen erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Como el pastorcillo que tanto gritaba que venía el lobo, los italianos han afirmado con tanta frecuencia que «Italia está en efervescencia y en vísperas de la revolución», y las testas coronadas de Europa han parloteado tantas veces sobre el «arreglo de la cuestión italiana», que no sería de extrañar que la llegada real del lobo pasara inadvertida, que estallaran una verdadera revolución y una guerra europea general y nos cogieran desprevenidos. Europa presenta en 1859 un aspecto decididamente belicoso, y si la actitud hostil y los evidentes preparativos de Francia y del Piamonte para una guerra con Austria se quedaran en nada, no es improbable que el odio ardiente de los italianos contra sus opresores, unido a unos sufrimientos que no cesan de crecer, se desahogue en una revolución general. Nos limitamos a decir: no es improbable, porque si una esperanza que tarda mucho en cumplirse atormenta el corazón, una predicción que tarda mucho en cumplirse vuelve escéptica a la razón. Pero si hemos de creer los informes de los periódicos ingleses, italianos y franceses, el estado moral de Nápoles es un fac simile1 de su estructura física, y un río de lava revolucionaria no causaría más asombro que una nueva erupción del viejo Vesubio. Los corresponsales de los Estados Pontificios cuentan con todo detalle los crecientes abusos del gobierno clerical y la creencia, profundamente arraigada en la población romana, de que una reforma o una mejora son impensables y de que el único remedio es el derrocamiento completo de dicho gobierno; de que ese remedio se habría aplicado hace mucho de no estar allí las tropas suizas, francesas y austriacas, y de que, pese a esos obstáculos considerables, cualquier día y a cualquier hora puede emprenderse semejante intento.
Las noticias de Venecia y de Lombardía son más precisas y nos recuerdan vivamente los síntomas que caracterizaron a esas provincias a finales de 1847 y comienzos de 1848. Nadie compra ya tabaco austriaco ni productos austriacos, y son igual de generales las proclamas que piden a la población que se mantenga alejada de los lugares públicos de diversión. Estas pruebas bien meditadas del odio al archiduque2 y a todos los funcionarios austriacos llegaron tan lejos que el príncipe Alfonso Parcia,3 un noble italiano adicto a la casa de Habsburgo, no se atrevió a quitarse el sombrero en plena calle al cruzarse con la archiduquesa, y el castigo de su mala conducta, en forma de una orden del archiduque para que el príncipe saliera de inmediato de Milán, actuó sobre su clase como un acicate para sumarse al grito popular: fuori i Tedeschi! [¡fuera los alemanes!]. Si a estas manifestaciones mudas del sentimiento popular añadimos las disputas diarias entre el pueblo y la soldadesca, provocadas siempre por el primero, el motín de los estudiantes de Pavía y el subsiguiente cierre de la universidad, tenemos ante nosotros una nueva edición del preludio de las cinco jornadas de Milán de 1848.4
Pero aunque creemos que Italia no puede seguir siempre en su estado actual, pues hasta el camino más largo tiene una curva, y aunque sabemos que en toda la península se está llevando a cabo una organización eficaz, no podemos decir si estas manifestaciones son exclusivamente el estallido espontáneo de la voluntad popular o si las han promovido los agentes de Luis Napoleón y de su aliado, el conde de Cavour. A juzgar por las apariencias, el Piamonte se propone atacar a Austria en primavera con el apoyo de Francia y quizá de Rusia. Después de la recepción que el emperador dispensó al embajador austriaco en París,5 parece que no alberga sentimientos amistosos hacia el gobierno que representa el señor Hübner. Ante la concentración de una fuerza tan poderosa en Argelia, no es descabellado suponer que las hostilidades contra Austria empezarían con un ataque a sus provincias italianas. Los preparativos bélicos del Piamonte y las informaciones, rayanas en declaraciones de guerra contra Austria, que salen a diario de la prensa piamontesa oficial y oficiosa nos confirman en la sospecha de que el rey aprovechará el primer pretexto para cruzar el Tesino. Además, fuentes privadas y fidedignas confirman la noticia de que Garibaldi, el héroe de Montevideo y de Roma,6 ha sido llamado a Turín. Cavour se entrevistó con Garibaldi, le informó de que cabía esperar pronto una guerra y le dio a entender que sería prudente reunir y organizar voluntarios. Austria, una de las principales partes afectadas, da prueba clara de que cree en los rumores. Refuerza por todos los medios una fuerza de 120.000 hombres concentrada en sus provincias italianas y acaba de enviar a toda prisa un refuerzo de 30.000. Se amplían y refuerzan las fortificaciones de Venecia, Trieste y otras plazas, y en todas las demás provincias austriacas se llama a los terratenientes y criadores de caballos a que entreguen sus caballos, porque la caballería y los zapadores necesitan monturas. Pero si por un lado Austria no descuida ningún preparativo para la resistencia, por otro, «con la prudencia austriaca», toma también precauciones para el caso de una derrota. De Prusia, el Piamonte de Alemania, cuyos intereses son diametralmente opuestos a los suyos, puede esperar como mucho la neutralidad. La misión del enviado austriaco, el barón Seebach,7 para obtener de San Petersburgo la promesa de un apoyo en caso de ataque, parece haber fracasado por completo. Los planes del zar coinciden en más de un punto, y no en último lugar en la cuestión del Mediterráneo, donde también él ha echado el ancla, demasiado con los de su antiguo adversario y actual aliado firme de París como para que pueda permitirse defender a la «agradecida» Austria.8 La conocida simpatía del pueblo inglés por los italianos y por el odio de estos al giogo tedesco [yugo alemán] hace muy dudoso que ningún ministerio británico se atreva a apoyar a Austria, por mucho que todos lo hicieran de buena gana. Además, Austria abriga, como muchos otros, la sospecha fundada de que el supuesto «vengador de Waterloo» no ha perdido de vista en absoluto su deseo de humillar a la «pérfida Albión»; de que, aunque no quiera arriesgarse a desafiar al león en su guarida, no vacilará en hacerle frente en Oriente y en atacar junto con Rusia al Imperio turco (pese a sus juramentos de respetar la integridad de ese imperio), poniendo así en acción a la mitad de las fuerzas británicas en el campo de batalla oriental mientras desde Cherburgo mantiene a la otra mitad en una inactividad forzosa, obligada a proteger las costas británicas. Por eso Austria tiene la desagradable sensación de que, si llega de verdad la guerra, solo podrá contar consigo misma. Uno de sus muchos medios para sufrir el menor daño posible en caso de derrota es notable por su desvergonzada astucia. Los cuarteles, palacios, arsenales y demás edificios oficiales de toda la Lombardía-Venecia, cuya construcción y mantenimiento han cargado a los italianos de impuestos desmedidos, Austria los considera, pese a todo, de su propiedad. En este momento el gobierno obliga a los distintos municipios a comprar todos esos edificios a precios fantásticos. Como razón aduce que en adelante se propone arrendar los edificios y no poseerlos. Que los municipios lleguen a ver alguna vez un céntimo del arriendo, aunque Austria conserve el poder, es dudoso en el mejor de los casos. Pero si Austria fuera expulsada de todo su territorio italiano o de una parte de él, podría felicitarse de su astuto plan, porque habría convertido una gran parte del tesoro perdido en dinero contante, fácil de llevarse consigo. Se afirma además que Austria hace esfuerzos extremos por contagiar al papa, al rey de Nápoles y a los duques de Toscana, Parma y Módena su propia resolución de resistir hasta el último extremo todo intento del pueblo o de las testas coronadas de alterar el estado de cosas existente en Italia. Pero nadie sabe mejor que la propia Austria cuán inútiles serían los mejores esfuerzos de esos miserables instrumentos para resistir la marea de un levantamiento popular o de una intervención extranjera.
Aunque una guerra con Austria es el deseo ardiente de todo corazón italiano honrado, no dudamos de que la gran mayoría de los italianos considera, como mínimo, inquietantes las perspectivas de una guerra iniciada por Francia y el Piamonte, en vista de sus resultados. Aunque nadie supone en serio que el asesino de Roma9 pueda transformarse en el salvador de Lombardía por ningún procedimiento al alcance de lo humanamente posible, una pequeña camarilla favorece los planes de Luis Napoleón de poner a Murat en el trono de Nápoles10 y cree en sus promesas de sacar al papa de Italia o de limitar su poder a la ciudad y a la Campagna romana, y de ayudar al Piamonte a incorporar a su territorio toda la Italia septentrional. Hay además un partido, pequeño pero honrado, que se figura que a Víctor Manuel le deslumbra la idea de una corona italiana tanto como habría deslumbrado a su padre.11 Está convencido de que espera ansioso la primera ocasión de desenvainar la espada para conseguir esa corona, y de que el rey solo se servirá de la ayuda de Francia, o de cualquier otra, con ese único fin a la vista: conseguir el codiciado tesoro. Un grupo mucho mayor, que cuenta con partidarios en todas las provincias oprimidas de Italia, sobre todo en Lombardía y entre la emigración lombarda, y que no tiene especial confianza en el rey del Piamonte ni en la monarquía piamontesa, dice en cambio: «Sean cuales sean los fines del Piamonte, tiene un ejército de 100.000 hombres, una flota, arsenales y tesoros; que arroje el guante a Austria y lo seguiremos al campo de batalla; si es honrado, que tenga su recompensa; si no cumple su misión, la nación será lo bastante fuerte para continuar la lucha una vez empezada y llevarla a la victoria».
El partido nacional italiano, en cambio, denuncia como una desgracia nacional que se desencadene una guerra italiana de independencia bajo los auspicios de Francia y del Piamonte. Para él la cuestión no consiste, como a menudo se supone equivocadamente, en si Italia, una vez liberada de los extranjeros, se unificará bajo una forma de gobierno republicana o monárquica, sino en que los medios propuestos no sirven para ganar Italia para los italianos y en que, en el mejor de los casos, solo se cambiará un yugo extranjero por otro igual de opresivo. Cree que el hombre del 2 de diciembre12 no hará nunca la guerra si no le obligan a ello la creciente impaciencia de su ejército o la actitud amenazadora del pueblo francés; que, forzado así a la guerra, hará de Italia el teatro de operaciones con el fin de realizar el plan de su tío, convertir el Mediterráneo en un «lago francés», poniendo a Murat en el trono de Nápoles; que tratará de consumar la venganza por los tratados de 1815 que empezó en Crimea, dictando condiciones a Austria, que fue entonces una de las partes que impusieron a Francia condiciones sumamente humillantes para la familia Bonaparte. Ve en el Piamonte un mero instrumento de Francia; está convencido de que Napoleón III, una vez alcanzados sus propios fines, no se atreverá a ayudar a Italia a conquistar la libertad que niega a Francia, y de que firmará la paz con Austria y ahogará todos los esfuerzos de los italianos por continuar la guerra. Si Austria conservara su territorio, el Piamonte tendría que contentarse con añadir a su territorio actual los ducados de Parma y Módena. Pero si Austria fuera vencida en la lucha, la paz se firmaría en el Adigio, y toda Venecia y una parte de Lombardía quedarían en manos de los odiados austriacos. Esta paz en el Adigio, afirma, ya está convenida tácitamente entre el Piamonte y Francia. Tan confiado como está ese partido en la victoria del pueblo en caso de una guerra nacional contra Austria, tan firme es su convicción de que, si esa guerra empieza con Napoleón como inspirador y el rey de Cerdeña como dictador, los italianos se verán incapaces de dar un paso contra los jefes que ellos mismos han aceptado e impedir de algún modo las intrigas diplomáticas, capitulaciones y tratados que de ello se sigan y la nueva forja de sus cadenas. Recuerda la conducta del Piamonte con Venecia y Milán en 1848 y en Novara en 1849,13 y apremia a sus compatriotas a que saquen las lecciones de la amarga experiencia que les ha dado su funesta confianza en los príncipes. Todos sus esfuerzos se dirigen a completar la organización de la península, a llevar al pueblo a unirse en su elevada aspiración y a no empezar la lucha hasta que se sienta capaz de dirigir el gran levantamiento nacional que destrone al papa, a Bomba14 y compañía y ponga en sus manos los ejércitos, las flotas y el material de guerra de las provincias correspondientes para aniquilar al enemigo extranjero. Como consideran al ejército y a la población del Piamonte ardientes defensores de la libertad italiana, los partidarios del partido nacional creen que el rey del Piamonte, si lo desea, tendrá así sobradas ocasiones de favorecer la libertad y la independencia de Italia. Si resultara reaccionario, saben que el ejército y el pueblo defenderán los intereses nacionales; si justificara la confianza que sus partidarios han puesto en él, los italianos no le escatimarán pruebas tangibles de su gratitud. En cualquier caso, el pueblo estará en condiciones de decidir su propio destino, y como el partido nacional siente que una revolución victoriosa en Italia será la señal de una lucha general de las nacionalidades oprimidas por liberarse de sus opresores, no teme ninguna injerencia de Francia, porque Napoleón III tendrá demasiado que hacer en su propio país para inmiscuirse en los asuntos de otras naciones, ni siquiera para servir a sus propias ambiciones. A chi tocca-tocca? [¿A quién le toca empezar?], como dicen los italianos. No vamos a intentar predecir si serán los revolucionarios o los ejércitos regulares los primeros en salir al campo. Lo que parece bastante seguro es que una guerra, empezada en cualquier parte de Europa, no terminará donde empezó, y si esa guerra es de verdad inevitable, deseamos sincera y cordialmente que traiga un arreglo verdadero y justo de la cuestión italiana y de otras varias cuestiones que, mientras no se resuelvan, seguirán perturbando de tiempo en tiempo la paz de Europa y entorpeciendo así el progreso y la prosperidad de todo el mundo civilizado.
Reproducción fiel. ↩
El archiduque Fernando Maximiliano de Austria (1832-1867), gobernador general del reino lombardo-véneto de 1857 a 1859 y más tarde emperador de México; su esposa era la archiduquesa Carlota de Bélgica. ↩
Así en la MEW; probablemente se trata de un príncipe de la familia Porcia. ↩
La insurrección de Milán del 18 al 22 de marzo de 1848, que expulsó de la ciudad a las tropas austriacas de Radetzky. ↩
En la recepción de Año Nuevo de 1859 en las Tullerías, Napoleón III dijo al embajador austriaco, el barón Joseph Alexander von Hübner (1811-1892), que lamentaba que las relaciones con su gobierno no fueran tan buenas como antes; las palabras se tomaron en toda Europa como un anuncio de guerra. ↩
Giuseppe Garibaldi (1807-1882) combatió en la década de 1840 en la guerra civil uruguaya al frente de la legión italiana de Montevideo, y en 1849 dirigió la defensa de la República Romana contra las tropas francesas. ↩
Albin Leo von Seebach (1811-1884), diplomático sajón, yerno del canciller ruso Nesselrode. ↩
Alusión a la ayuda rusa contra la revolución húngara de 1849 y a la actitud hostil de Austria hacia Rusia en la guerra de Crimea. ↩
Luis Napoleón, que como presidente de la República francesa envió en 1849 la expedición que aplastó la República Romana. ↩
Lucien Murat (1803-1878), hijo de Joachim Murat, rey de Nápoles de 1808 a 1815, y pretendiente al trono napolitano. ↩
Carlos Alberto (1798-1849), rey de Cerdeña de 1831 a 1849, que abdicó tras la derrota de Novara. ↩
Luis Bonaparte, autor del golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851. ↩
En 1848 Lombardía y Venecia votaron su fusión con el Piamonte, pero Carlos Alberto, derrotado en Custoza, firmó el armisticio de Salasco y entregó Milán a los austriacos; en marzo de 1849 reanudó la guerra y fue derrotado en Novara. ↩
Apodo de Fernando II (1810-1859), rey de las Dos Sicilias, por el bombardeo de Mesina y Palermo en 1848. ↩