Escrito en inglés por Friedrich Engels hacia el 9 de junio de 1859 y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 5669, del 22 de junio de 1859. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 13 (Berlín, 1961, pp. 380-383), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Con el Persia, que llegó anoche, hemos recibido una serie de documentos muy interesantes sobre la batalla de Magenta, que nuestros lectores encontrarán en otro lugar. Su contenido puede resumirse en muy pocas palabras: la batalla de Magenta fue una derrota decisiva para los austriacos y una clara victoria para los franceses; los aliados han entrado en Milán entre muestras de júbilo general; los austriacos están en plena retirada, y el cuerpo de Benedek1 fue completamente batido en Marignano por Baraguay d’Hilliers (de cuyo propósito de dimitir no se ha vuelto a oír nada) y perdió 1.200 prisioneros; los aliados están ahora llenos de confianza y los austriacos, desanimados y desesperados.

Nuestros colegas de la prensa londinense consideran en general la batalla una sorpresa de los austriacos, y esa era también nuestra opinión hasta que conocimos los últimos documentos. Ahora nos parece que a Gyulay, más que sorprenderlo, lo pillaron en un error funesto, y vamos a razonar esta opinión. Cuando los austriacos tomaron posición a unas treinta millas por delante de Milán, era evidente que no podían cubrir todos los accesos posibles a esa capital. Los aliados tenían abiertos tres caminos: uno directo a través del centro austriaco, por Valenza, Garlasco y Bereguardo; otro por la izquierda austriaca, por Voghera, Stradella y el Po entre Pavía y Piacenza; y, por último, otro por la derecha austriaca, por Vercelli, Novara y Boffalora. Pero si los austriacos querían defender Milán, solo podían defender una de esas tres rutas cerrándola con su ejército; poner un cuerpo en cada una dispersaría sus fuerzas y los expondría a una derrota segura. Ahora bien, es una regla reconocida de la guerra moderna que un camino puede defenderse tan bien, si no mejor, con una posición de flanco como con una simple posición de frente. Un ejército de 150.000 a 200.000 hombres, concentrado en un pequeño sector del terreno y dispuesto a actuar en cualquier dirección, no puede ser desatendido impunemente por el enemigo, a no ser que este posea una fuerza muy superior. Cuando, por ejemplo, Napoleón marchaba en 1813 hacia el Elba y los aliados, aunque numéricamente mucho más débiles, tenían sus razones para buscar la batalla, tomaron posición en Lützen, unas millas al sur de la carretera que va de Erfurt a Leipzig. El ejército de Napoleón ya había desfilado en parte cuando los aliados dieron a conocer su proximidad a los franceses. Entonces se detuvo la marcha de todo el ejército, se llamó de vuelta a la columna avanzada y se libró una batalla que a duras penas dejó a los franceses, aunque tenían 60.000 hombres más, la posesión del campo de batalla. Al día siguiente ambos ejércitos enemigos marcharon por líneas paralelas hacia el Elba, y la retirada de los aliados ni siquiera fue hostigada. Si las fuerzas hubieran estado más equilibradas, la posición de flanco de los aliados habría detenido la marcha de Napoleón al menos con tanto éxito como una ocupación de frente del camino directo a Leipzig. El general Gyulay se hallaba exactamente en una posición así. Con una fuerza que solo de él dependía elevar a más de 150.000 hombres, estaba entre Mortara y Pavía, cerrando así el camino directo de Valenza a Milán. Podía ser envuelto por cualquiera de las dos alas, pero eso estaba en la naturaleza misma de su posición, y si esa posición valía algo, tendría que haber encontrado para ese caso un remedio eficaz, partiendo de las posibilidades que la posición le ofrecía contra tales envolvimientos. Dejemos aquí por completo de lado la izquierda austriaca y limitémonos al ala que fue efectivamente envuelta. El 30 y el 31 de mayo y el 1 de junio Luis Napoleón concentró el grueso de sus tropas en Vercelli. El 31 tenía allí cuatro divisiones piamontesas (56 batallones), el cuerpo de Niel (26 batallones), el de Canrobert (39 batallones) y la Guardia (26 batallones). Además hizo venir el cuerpo de Mac-Mahon (26 batallones), en total la enorme fuerza de 173 batallones de infantería, aparte de la caballería y la artillería. Gyulay tenía seis cuerpos de ejército austriacos; estaban debilitados por los destacamentos enviados a ocupar diversas plazas, contra Garibaldi, a Voghera, etc., pero aún tenían por término medio cinco brigadas cada uno, lo que da 30 brigadas o 150 batallones.

Ningún general se atrevería a dejar en su flanco o a su espalda un ejército así, consciente de su fuerza. Además, ese ejército estaba situado de modo que su derecha no podía envolverse más que mediante una marcha de flanco dentro de su radio de operaciones, y una marcha de flanco así es una maniobra muy peligrosa. Un ejército en orden de marcha necesita siempre bastante tiempo para pasar a un verdadero orden de batalla. Nunca está del todo preparado para una batalla. Así ocurre incluso ante un ataque de frente, en el que el orden de marcha se dispone todo lo posible para el combate; y mucho más cuando las columnas en marcha son atacadas de flanco.

Por eso es una regla establecida de la estrategia evitar una marcha de flanco dentro del radio de acción del enemigo. Luis Napoleón, confiado en sus masas, infringió deliberadamente esa regla. Marchó sobre Novara y el Tesino sin hacer caso de los austriacos, que estaban a todas luces en su flanco. Ahí le había llegado a Gyulay el momento de actuar. Su tarea era concentrar sus tropas en la noche del 3 de junio en Vigevano y Mortara, dejar un cuerpo en el bajo Agogna para vigilar Valenza y caer el día 4, con todos los hombres disponibles, sobre el flanco de los aliados en marcha. El resultado de un ataque así, emprendido con unos 120 batallones contra las columnas aliadas, largas y cortadas, apenas ofrecía dudas. Si una parte de los aliados ya había cruzado el Tesino, tanto mejor. El ataque la habría hecho volver, pero difícilmente habría llegado a tiempo para intervenir de modo decisivo en el combate. Y aun si el ataque hubiera fracasado, la retirada de los austriacos hacia Pavía y Piacenza habría sido tan segura como lo es ahora, tras la batalla de Magenta. Hay razones para suponer que ese era en efecto el plan original de Gyulay. Pero cuando el 2 de junio vio que los franceses reunían sus masas a su derecha, en el camino directo a Milán, parece que lo abandonó la resolución. Los franceses, si él lo permitía, podían estar en Milán tan pronto como él: apenas había un hombre para cerrar el camino directo, y la entrada en Milán de una sola unidad francesa, por pequeña que fuera, pondría en llamas a toda Lombardía. Estas consideraciones se sopesaron muy probablemente una y otra vez en su consejo de guerra, y al final se decidió que una marcha sobre el flanco de los franceses bastaba de sobra para cubrir Milán. Pero cuando el caso se presentó de verdad y los franceses estaban tan cerca de Milán como los austriacos, Gyulay perdió la cabeza y acabó retirándose detrás del Tesino. Eso selló su derrota. Mientras los franceses marchaban en línea recta sobre Magenta, él dio un gran rodeo: bajó primero a lo largo del Tesino, lo cruzó por Bereguardo y Pavía y volvió a subir luego por la orilla del río hacia Boffalora y Magenta, intentando así demasiado tarde cerrar el camino directo a Milán. La consecuencia fue que sus tropas llegaron en destacamentos débiles y no pudieron traerse en las masas necesarias para resistir con éxito al núcleo de las fuerzas aliadas. No cabe duda de que los austriacos combatieron bien, y nos proponemos volver en otra ocasión sobre la estrategia y la táctica de la batalla. Pero es inútil que intenten disimular en sus boletines el hecho de que fueron batidos, de que la batalla decidió la suerte de Milán y de que ha de tener consecuencias en la suerte de la campaña. Entretanto, los austriacos concentran tres cuerpos de ejército más en el Adigio, con lo que lograrán una considerable superioridad numérica. Se ha quitado el mando a Gyulay y se ha entregado al general Hess,2 que pasa por el mejor estratega de Europa, aunque se dice que está tan impedido que no puede dedicarse mucho tiempo seguido a una tarea.

Nuestros lectores observarán que las fuentes francesas e inglesas autorizadas desmienten las noticias de desmanes de los austriacos en la Lomellina. También nosotros llamamos la atención sobre este hecho, no solo para hacer justicia a todas las partes, sino también porque nuestra propia incredulidad ante esas noticias se interpretó como una muestra de simpatía por la causa de Francisco José, un potentado cuya caída no querríamos ver retrasada ni un solo día. Si él y Napoleón cayeran juntos, cada uno a manos del otro, se alcanzaría la perfección de la justicia histórica.

  1. Ludwig von Benedek (1804-1881), general austriaco; mandaba el VIII cuerpo. ↩

  2. Heinrich von Hess (1788-1870), mariscal austriaco, jefe de estado mayor de Radetzky en 1848-1849. ↩