Escrito por Friedrich Engels en alemán y publicado en tres artículos en Das Volk (Londres), núm. 12, del 23 de julio, núm. 13, del 30 de julio, y núm. 14, del 6 de agosto de 1859. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 13 (Berlín, 1961, pp. 428-439), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. La numeración de los tres artículos es nuestra. Se corrigen algunas erratas de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
I
[Das Volk, núm. 12, del 23 de julio de 1859]
El general secreto1 ha ordenado a toda prisa a su guardia que vaya a París para hacer a su cabeza su entrada triunfal y ver luego desfilar ante él a sus tropas victoriosas en la plaza del Carrusel. Pasemos entretanto revista una vez más a los principales acontecimientos de la guerra, para poner en claro el verdadero mérito del mono de Napoleón.
El 19 de abril, el conde Buol2 cometió la imprudencia pueril de comunicar al embajador inglés que el día 23 daría a los piamonteses un plazo de tres días, y que, una vez vencido, empezaría la guerra y haría entrar a sus tropas. Buol sabía, desde luego, que Malmesbury no era un Palmerston, pero olvidó que se acercaba precisamente la época de las elecciones generales y que los obtusos tories, por miedo a que se les tachara de «austriacos», se convertían de hecho en bonapartistas a su pesar.3 El 20, el gobierno inglés puso a toda prisa en conocimiento del señor Bonaparte esta comunicación, y enseguida empezó la concentración de las tropas francesas y se dio la orden de formar los cuartos batallones con los soldados con licencia. El 23, los austriacos entregan efectivamente el ultimátum, en vísperas de la mayoría de las elecciones inglesas. Derby y Malmesbury se apresuran a declarar este acto un «crimen», contra el que protestan del modo más enérgico. Bonaparte hace cruzar a sus tropas la frontera piamontesa antes incluso de que venza el ultimátum; el 26 de abril los franceses entran en Saboya y en Génova. Los austriacos, en cambio, detenidos por las protestas y amenazas del gobierno tory, conceden todavía dos días más y, en lugar de entrar en el Piamonte el 27, no lo hacen hasta el 29.
Así, el general secreto conoció la intención de los austriacos nueve días enteros antes de su entrada, y gracias a la traición del ministerio inglés consiguió estar sobre el terreno tres días antes que ellos. Pero el general secreto no solo tenía aliados en el ministerio inglés, sino también en el mando del ejército austriaco. Todo el mundo esperaba, y con razón, que Hess asumiera el mando supremo del ejército de Italia. En lugar de eso conservó el mando Gyulai,4 que en 1848 y 1849 no estuvo nunca frente al enemigo: una cabeza totalmente incapaz, sin juicio ni fuerza de voluntad, este Gyulai. Hess es de origen burgués y le repugna la pandilla aristocrática, reaccionaria y projesuítica que forma la camarilla de Francisco José. El triunvirato Grünne-Thun-Bach5 azuzó contra el viejo estratega al débil Francisco José, que había elaborado con Grünne un plan de operaciones estrafalario y criticado con acritud por Hess; así siguió de general en jefe el necio de alta alcurnia Gyulai, y se adoptó su plan de operaciones: la invasión del Piamonte. Hess había aconsejado la defensiva estricta y evitar toda batalla hasta el Mincio. El ejército austriaco, retrasado además por las lluvias torrenciales, no apareció en el Po y el Sesia hasta el 3 o el 4 de mayo, y entonces, naturalmente, ya era demasiado tarde para intentar un golpe de mano sobre Turín o sobre alguna de las fortalezas piamontesas. Los franceses estaban concentrados en masa en el alto Po; esto le dio al incapaz Gyulai un pretexto bienvenido para la inactividad. Para documentar bien su perplejidad, mandó hacer el reconocimiento ofensivo de Montebello.6 El combate que provocó lo libraron honrosamente trece batallones austriacos contra dieciséis franceses, hasta que aparecieron en el campo de batalla la segunda y la tercera división del cuerpo de Baraguay d'Hilliers, con lo que los austriacos, que habían logrado su objetivo, se retiraron. Pero, como a este reconocimiento no le siguió nada más por parte austriaca, resulta que toda la expedición podía igualmente haberse ahorrado.
Entretanto, el general secreto había tenido que esperar a su material de guerra y a su caballería, y probablemente mataba el tiempo estudiando a su querido Bülow.7 Perfectamente informados de la posición y la fuerza de los austriacos, los franceses podían trazar con facilidad un plan de ataque. No hay en general más que tres maneras de atacar: o de frente, para romper el centro, o envolviendo el ala derecha o el ala izquierda. El general secreto se decidió a envolver el ala derecha enemiga. Los austriacos estaban desplegados en una larga línea de Biella a Pavía, después de haber forrajeado sin estorbo todo el país entre el Sesia y el Dora Baltea. El 21 de mayo los piamonteses atacan la línea del Sesia y libran durante varios días pequeños combates entre Casale y Vercelli, mientras Garibaldi, con sus cazadores de los Alpes, deslizándose a lo largo del lago Mayor, subleva el Varesotto y penetra hasta el Comasco y la Brianza. Gyulai sigue con sus fuerzas dispersas e incluso envía uno de sus seis cuerpos de ejército (el noveno) a la orilla sur del Po. El 29 de mayo, por fin, los preparativos están lo bastante avanzados para que pueda empezar el ataque. Los combates de Palestro y Vinzaglio, en los que la mayor parte del ejército piamontés se enfrentó a una parte del séptimo cuerpo (Zobel), abrieron a los aliados el camino de Novara, que Gyulai mandó evacuar sin resistencia. Inmediatamente se dirigieron allí los piamonteses, los cuerpos franceses 2.º, 3.º y 4.º y la guardia; el primer cuerpo los siguió. El envolvimiento del ala derecha austriaca estaba consumado, el camino directo de Milán estaba abierto.
Pero con ello los ejércitos quedaban precisamente en la posición en que Radetzky ganó en 1849 la victoria de Novara.8 En largas columnas y por pocas carreteras paralelas, los aliados avanzaban pesadamente hacia el Tesino. La marcha solo podía ser lenta. Gyulai tenía cinco cuerpos de ejército a mano, aun descontando el noveno, que andaba disperso. En cuanto el ataque de los piamonteses tomó un carácter serio, y lo tomó el 29 y el 30 de mayo, Gyulai tenía que concentrar sus tropas. El punto en que lo hiciera era bastante indiferente; ante unos 140.000-150.000 hombres en una posición concentrada no se pasa de largo; además, se trataba no de defenderse pasivamente, sino de asestar al enemigo un golpe a tempo. Si Gyulai se hubiera concentrado el 31 de mayo y el 1 de junio entre Mortara, Garlasco y Vigevano, habría podido, por un lado, caer de flanco sobre el propio movimiento envolvente de su ala derecha en Novara, cortar en dos las columnas de marcha enemigas, empujar a una parte de ellas de espaldas contra los Alpes y apoderarse del camino de Turín. Por otro lado, si el enemigo cruzaba el Po aguas abajo de Pavía, todavía podía llegar a tiempo de cerrarle el camino de Milán.
Y, en efecto, se hizo un comienzo de concentración. Pero, antes de completarla, Gyulai se desconcertó con la ocupación de Novara. ¡El enemigo estaba más cerca de Milán que él! Desde luego, pero eso era precisamente lo deseable; ahora había llegado el momento del golpe a tempo; el enemigo tenía que batirse en las condiciones más desfavorables. Pero Gyulai, por valiente que sea personalmente, era un cobarde moral. En lugar de avanzar rápidamente, retrocedió, para llevar su ejército a marchas forzadas describiendo un arco en torno al enemigo y volver a cerrarle en Magenta el camino directo de Milán. El 2 de junio se ponen en marcha las tropas y se traslada el cuartel general a Rosate, en Lombardía. Allí llegó, a las cinco y media de la mañana del 3 de junio, el Feldzeugmeister Hess. Pidió cuentas a Gyulai por el imperdonable error e hizo detener inmediatamente a todas las tropas, porque creía aún posible dar el golpe en dirección a Novara. Dos cuerpos de ejército enteros, el segundo y el séptimo, estaban ya en suelo lombardo; habían marchado de Vigevano a Abbiategrasso. El tercer cuerpo recibió la orden de detenerse justo sobre el puente de Vigevano; volvió atrás y tomó posición en la orilla piamontesa. El octavo pasó por Bereguardo; el quinto, por Pavía. El noveno seguía muy lejos y completamente fuera de alcance.
Cuando Hess se informó con exactitud de la distribución de las tropas, vio que era demasiado tarde para contar con el éxito en dirección a Novara; ahora solo quedaba la dirección de Magenta. A las diez de la mañana salieron las órdenes a las columnas de proseguir su marcha hacia Magenta.
A esta intervención de Hess y a la pérdida de cuatro horas y media por la detención de las columnas atribuye Gyulai la culpa de la batalla perdida de Magenta. Lo infundado de este pretexto se desprende de lo siguiente: el puente de Vigevano está a diez millas inglesas de Magenta, una corta jornada de marcha. El segundo y el séptimo cuerpo estaban ya en Lombardía cuando llegó la orden de detenerse. Así pues, como mucho tendrían que marchar 7-8 millas de promedio. Y, sin embargo, solo una división del séptimo cuerpo llegó hasta Corbetta y tres brigadas del segundo cuerpo hasta Magenta. La segunda división del séptimo cuerpo no pasó el día 3 de Castelletto, cerca de Abbiategrasso; y el tercer cuerpo, que a más tardar a las 11 de la mañana recibió la orden de partir del puente de Vigevano y tenía, por tanto, por delante un buen trozo de día, parece que ni siquiera recorrió las cinco o seis millas inglesas hasta Abbiategrasso, puesto que al día siguiente no pudo entrar en combate en Robecco (a 3 millas de Abbiategrasso) hasta las 4 de la tarde. Lo que hubo aquí, pues, fue evidentemente un atasco de las columnas en las carreteras, que retrasó la marcha por culpa de malas disposiciones. Cuando un cuerpo necesita 24 horas o más para recorrer 8-10 millas, 4 o 5 horas más no pesan realmente en la balanza. El octavo cuerpo, dirigido por Bereguardo y Binasco, tuvo que dar tal rodeo que, aun aprovechando las cuatro horas y media perdidas, no habría podido aparecer a tiempo en el campo de batalla. El quinto cuerpo, que llegó desde Pavía en dos verdaderas marchas forzadas, todavía intervino en la batalla con una brigada la tarde del 4 de junio. Lo que perdió en tiempo lo ganó en intensidad del movimiento. El intento de cargarle a Hess la dispersión del ejército se viene, pues, abajo por completo.
La preparación estratégica de la victoria de Magenta consiste, por tanto, primero, en un error positivo que cometió el propio Luis Bonaparte al ejecutar una marcha de flanco al alcance del enemigo, y segundo, en un error de Gyulai, que, en lugar de caer concentrado sobre las largas columnas de marcha, dispersó por completo su ejército con una contramarcha y una retirada, además miserablemente planeadas, y llevó al combate a sus tropas cansadas y hambrientas. Esta fue la primera fase de la guerra. De la segunda, en el próximo número.
II
[Das Volk, núm. 13, del 30 de julio de 1859]
Dejamos a nuestro verdadero Napoleón secreto en el campo de batalla de Magenta. Gyulai le había hecho el mayor favor que un general puede hacer a su adversario: había traído sus fuerzas tan dispersas que en cada momento de la batalla estaba en la más clara inferioridad numérica, y ni siquiera al anochecer tenía las tropas en la mano. El primer y el segundo cuerpo se retiraron hacia Milán, el octavo venía de Binasco, el quinto de Abbiategrasso, y al noveno lo llevaban de paseo muy abajo, por el Po. ¡Esta sí era una situación para un general! Aquí había que lanzarse, con las muchas tropas frescas que llegaron durante la noche, entre las columnas austriacas aisladas, para conseguir una victoria de verdad y obligar a deponer las armas a unidades enteras con sus banderas y su artillería. Así obró el Napoleón vulgar en Montenotte y Millesimo, en Abensberg y Ratisbona. No así el Napoleón «superior». Este está muy por encima de un empirismo tan tosco. Sabe por su Bülow que la retirada excéntrica es la más ventajosa. Supo, pues, apreciar en lo que valían las magistrales disposiciones de retirada de Gyulai, y, en lugar de lanzarse sobre él, telegrafió a París: el ejército descansa y se reorganiza. ¡Al fin y al cabo estaba seguro de que el mundo no sería tan descortés como para llamar a su chapucero ejercicio de Magenta otra cosa que una «gran victoria»!
El amigo Gyulai, que ya había intentado una vez, con tanto éxito, la maniobra de marchar describiendo un arco en torno al enemigo, el amigo Gyulai repitió este experimento, y esta vez a gran escala. Hizo marchar a su ejército primero hacia el sudeste, hacia el Po; luego, en tres columnas por tres carreteras paralelas, a lo largo del Po hasta cerca de Piadena, en el Oglio, y luego otra vez hacia el norte, a Castiglione. Y no se dio ninguna prisa. El camino que tenía que recorrer hasta Castiglione era de unas 120 millas inglesas, es decir, diez jornadas de marcha muy cómodas u ocho buenas. Así pues, el 14, o a lo sumo el 15, podía estar en posición en Castiglione; pero hasta el 19 no se encontraba una parte considerable del ejército en las alturas al sur del lago de Garda. Pero la confianza despierta confianza. Si los austriacos marchaban despacio, el Napoleón superior demostró que también en esto les era superior. El Napoleón vulgar no habría tenido nada más urgente que hacer que lanzar a sus tropas a marchas forzadas por el camino más corto y directo a Castiglione, que apenas mide 100 millas inglesas, para llegar antes que los austriacos a la posición al sur del lago de Garda y en el Mincio y, a ser posible, volver a caer de flanco sobre las columnas de marcha austriacas. No así el Napoleón mejorado. «Siempre despacito adelante» es su lema. Del 5 al 22 necesita para concentrar sus tropas en el Chiese. ¡17 días para 100 millas, o dos horitas por día!
Estas son las colosales fatigas que tuvieron que soportar las columnas francesas y que inspiraron a los corresponsales de los periódicos ingleses tanta admiración por la resistencia y la inquebrantable alegría de los piou-pious.9 Solo una vez se intentó un combate de retaguardia. Se trataba de expulsar de Melegnano a una división austriaca (Berger). Una brigada defendía la ciudad; la otra estaba ya detrás del Lambro, para cubrir la retirada de la primera, y casi no llegó a entrar en combate. Pues bien, aquí demostró nuestro general secreto que, cuando hacía falta, también conocía la estrategia napoleónica: ¡masas sobre el punto decisivo! En consecuencia, envió contra esta única brigada dos cuerpos de ejército enteros, o sea, diez brigadas; atacada por seis brigadas, la brigada austriaca (Roden) resistió tres o cuatro horas y solo se retiró, sin que nadie la persiguiera, por detrás del Lambro después de perder más de un tercio de sus efectivos; la presencia de la segunda brigada (Boér) bastó para contener a la colosal superioridad francesa. Como se ve, la guerra se hizo por parte francesa con la mayor cortesía.
En Castiglione sale a escena otro héroe: Francisco José de Austria. ¡Dos adversarios dignos el uno del otro! El uno ha hecho propalar por todas partes que es el más astuto de todos los tiempos; el otro se complace en hacerse pasar por caballeroso. El uno no puede menos de ser el mayor capitán de su siglo, porque tiene la vocación de parodiar al Napoleón original (¿no se ha llevado a campaña su auténtica copa y otras reliquias?); el otro tiene que encadenar la victoria a sus banderas, porque es por nacimiento el «supremo señor de la guerra» de su ejército. No podía estar mejor representado en el campo de batalla el régimen de epígonos que se despliega en los entreactos entre las revoluciones del siglo XIX.
Francisco José inaugura su carrera de general en jefe haciendo que sus tropas ocupen primero la posición al sur del lago de Garda para replegarlas enseguida tras el Mincio; apenas las tiene tras el Mincio, las manda otra vez a la ofensiva. Una maniobra así tenía que sorprender incluso a un Napoleón mejorado, y su parte de guerra es lo bastante cortés como para reconocerlo abiertamente. Como él estaba ese mismo día en marcha con su ejército hacia el Mincio, se produjo un choque de los dos ejércitos: la batalla de Solferino. Nos abstenemos de entrar otra vez aquí en el detalle de esta batalla, puesto que ya lo hicimos en un número anterior de este periódico,10 tanto más cuanto que el parte oficial austriaco se ha redactado adrede de un modo sumamente confuso, para tapar los extraños desatinos del señor de la guerra por derecho de nacimiento. Pero de él se desprende con certeza que los principales culpables de la pérdida de la batalla son Francisco José y su camarilla. Primero, a Hess se le mantuvo en segundo plano adrede y sistemáticamente. Segundo, Francisco José se metió en el lugar de Hess. Tercero, por influencia de la camarilla seguían en mandos importantes un montón de incapaces, y hasta algunos de valor dudoso. De todas estas circunstancias, aun prescindiendo del plan original, nació el día de la batalla tal confusión que no podía hablarse de mando, de engranaje de los movimientos, de orden ni de coherencia en las maniobras. Sobre todo en el centro parece haber reinado una confusión sin fondo. Los tres cuerpos de ejército que estaban allí (1.º, 5.º y 7.º) ejecutan movimientos tan contradictorios e inconexos, y se pierden de vista unos a otros tan constantemente en el momento decisivo, mientras que por lo demás siempre se estorban, que del informe austriaco solo se desprende esto, pero esto con certeza: aquí la batalla no se perdió tanto por la debilidad numérica como por una dirección vergonzosamente mala. Nunca apoyó un cuerpo a otro en el momento oportuno; las reservas estaban en todas partes menos donde hacían falta; y así cayeron Solferino, San Cassiano y Cavriana, uno tras otro, cuando, defendidos los tres juntos con tenacidad y habilidad, habrían formado una posición inexpugnable. Pero así se dio por perdido Solferino, el punto decisivo, ya a las dos, y con Solferino la batalla; Solferino cayó por un ataque concéntrico que solo podían frustrar golpes ofensivos, que fue justamente lo que faltó; y después de Solferino cayeron también los demás pueblos por ataques concéntricos a los que se opuso una defensa pasiva insuficiente. Y, sin embargo, había todavía tropas frescas, pues las listas austriacas de bajas prueban que, de 25 regimientos de línea que entraron en combate, ocho (Rossbach, archiduque José, Hartmann, Mecklemburgo, Hess, Grüber, Wernhardt, Wimpffen), es decir, dos tercios,11 perdieron menos de 200 hombres por regimiento, ¡o sea, que solo entraron en combate de un modo insignificante! Tres de ellos, así como el regimiento de frontera de Gradisca, no perdieron ni 100 hombres por regimiento, y de los cazadores la mayoría de los batallones (cinco) perdieron menos de 70 hombres por batallón. Y como el ala derecha (Benedek, octavo cuerpo) tuvo que emplear seriamente todas sus tropas contra una fuerte superioridad, todos estos regimientos y batallones poco empleados corresponden al centro y al ala izquierda, y buena parte de ellos tuvo que estar en el centro. Esto prueba lo miserable que fue aquí el mando. La cosa, por lo demás, se explica muy fácilmente: aquí estaba Francisco José en persona con su camarilla de Estado; aquí todo tenía que andar, pues, revuelto y sin plan. ¡Las 13 baterías de la artillería de reserva no dispararon un tiro! En el ala izquierda parece haber reinado una ausencia de mando parecida. Aquí fue sobre todo la caballería, mandada por viejas comadres, la que no entró en acción. Dondequiera que aparecía un regimiento de caballería austriaco, la caballería francesa daba media vuelta; pero de ocho regimientos solo un regimiento de húsares llegó a cargar como es debido, y dos regimientos de dragones y uno de ulanos lo hicieron más o menos; Húsares de Prusia perdió 110 hombres, los dos regimientos de dragones juntos 96; las bajas de Ulanos de Sicilia no se conocen; ¡los otros cuatro regimientos juntos solo perdieron 23 hombres! La artillería perdió en total solo 180 hombres.
Estas cifras prueban más que ninguna otra cosa la inseguridad y la indecisión con que los generales austriacos, del emperador al jefe de cuerpo, llevaron sus tropas contra el enemigo. Si se añade la superioridad numérica y el impulso moral que los franceses debían a sus éxitos anteriores, se comprende por qué los austriacos no podían vencer. Un solo jefe de cuerpo, Benedek,12 no se dejó intimidar; tenía el ala derecha él solo, y Francisco José no tuvo tiempo de inmiscuirse. El resultado fue que dio una buena paliza a los piamonteses, pese a que lo doblaban en número.
El Napoleón superior ya no era tan novato en el arte de la guerra como Francisco José. Ya se había ganado las espuelas en Magenta y sabía por experiencia cómo tenía que comportarse en el campo de batalla. Dejó al viejo Vaillant13 que calculara la longitud del frente que había que ocupar, de lo que resultaba por sí sola la distribución de los distintos cuerpos, y luego dejó a los jefes de cuerpo que fueran avanzando, pues de que sabían mandar sus cuerpos podía estar bastante tranquilo. Él mismo se fue a los puntos en que mejor tenía que lucir en la Illustration de París del sábado siguiente, y desde allí dio órdenes de detalle muy melodramáticas, pero también muy indiferentes.
III
[Das Volk, núm. 14, del 6 de agosto de 1859]
Hace tiempo hubo en la Academia de Düsseldorf un pintor ruso al que luego desterraron a Siberia por falta de talento y por holgazán. El pobre diablo sentía gran entusiasmo por su emperador Nicolás y solía contar con fervor: «¡Emperador muy grande! ¡Emperador puede todo! Emperador también puede pintar. Pero emperador no tener tiempo para pintar; emperador comprar paisajes y luego pintar soldados dentro. ¡Emperador muy grande! ¡Dios es grande, pero emperador todavía es joven!».
El Napoleón superior tiene en común con Nicolás la opinión de que los paisajes solo existen para pintar soldados en ellos. Pero, como ni siquiera tiene tiempo para pintar los soldados, se contenta con posar para el cuadro. Il pose.14 Magenta, Solferino y toda Italia no son más que el decorado, el pretexto para volver a meter en esta ocasión su interesante figura, en actitud melodramática, en la Illustration y en el Illustrated London News. Como eso se consigue con algo de dinero, también lo ha conseguido. A los milaneses les ha dicho:
«Si hay gente que no comprende su siglo» (el siglo del reclamo y del bombo) «yo no soy de esa gente».
¡El viejo Napoleón era grande, y el Napoleón mejorado ya no es joven!
Esta última comprensión, la de que ya no es joven, le ha inspirado también la idea de que bien podía ser hora de hacer la paz. Había llegado tan lejos como podía llegarse con simples succès d'estime.15 «En cuatro combates y dos batallas», con una pérdida de más de 50.000 hombres solo en combate, sin contar los enfermos, había conquistado el terreno que se extiende hasta las fortalezas austriacas, el territorio que la propia Austria, con sus fortificaciones, había declarado ante todo el mundo que nunca pensaba defender en serio frente a fuerzas superiores, y que esta vez, solo por fastidiar al mariscal Hess, se había defendido de todos modos. La via sacra16 por la que el Napoleón superior había conducido hasta entonces a su ejército, con tan clásica pomada y con éxitos tan dudosos, quedó de repente cerrada con tablones. Al otro lado estaba la tierra prometida, que no vería el actual «Ejército de Italia», sino quizá solo sus nietos, y quizá tampoco estos. Rivoli y Arcole no figuraban en el programa. Verona y Mantua estaban a punto de tener algo que decir, y la única fortaleza en cuyo interior ha entrado hasta ahora el Napoleón superior con séquito militar es el castillo de Ham,17 y bastante contento estuvo de poder salir de él sin honores militares. Los golpes de efecto, por lo demás, habían resultado bastante pauvres: grandes batailles sí las había tenido, pero las grandes victoires no se las había creído ni el hilo del telégrafo. Una guerra en torno a campos atrincherados, contra el viejo Hess, una guerra de éxitos alternos y posibilidades decrecientes, una guerra que exigía trabajo serio, una guerra de verdad, no era una guerra para el Napoleón de la Porte Saint-Martin y del anfiteatro de Astley.18 A esto se añadía que un paso más habría provocado también una guerra en el Rin, y que con ello surgían complicaciones que habrían puesto fin enseguida a las muecas heroicas y a las melodramáticas poses plastiques. Pero el Napoleón superior no se ocupa de tales cosas: hizo la paz y se tragó su programa.
Cuando empezó la guerra, nuestro Napoleón superior invocó enseguida las campañas italianas del Napoleón vulgar, la via sacra de Montenotte, Dego, Millesimo, Montebello, Marengo, Lodi, Castiglione, Rivoli y Arcole. Comparemos ahora la copia con el original.
El Napoleón vulgar tomó el mando de 30.000 soldados medio muertos de hambre, descalzos y harapientos en un momento en que Francia, con las finanzas arruinadas y sin posibilidad de obtener préstamos, tenía que mantener no solo dos ejércitos en los Alpes, sino también dos ejércitos en Alemania. No tenía a su favor, sino en contra, a Cerdeña y a los demás países italianos. El ejército que tenía enfrente era superior al suyo en número y en organización. Y, sin embargo, atacó, batió a austriacos y piamonteses en seis golpes rápidos y sucesivos, en cada uno de los cuales supo tener de su lado la superioridad numérica, obligó al Piamonte a hacer la paz, pasó el Po, forzó el paso del Adda en Lodi y sitió Mantua. Al primer ejército austriaco de socorro lo batió en Lonato y Castiglione, y en su segundo avance lo obligó con audaces maniobras a encerrarse en Mantua. Al segundo ejército de socorro lo detuvo en Arcole y lo tuvo en jaque dos meses, hasta que, reforzado, volvió a avanzar para hacerse batir en Rivoli. Después obligó a Mantua a capitular y a los príncipes del sur de Italia a hacer la paz, y avanzó por los Alpes Julianos hasta el pie del Semmering, donde conquistó la paz.19
Así el Napoleón vulgar. ¿Y el superior? Encuentra un ejército mejor y más fuerte de lo que Francia tuvo nunca, y una situación financiera que le permite al menos cubrir fácilmente con empréstitos los gastos de la guerra. Tiene seis meses para preparar su campaña en la más profunda paz. Tiene a su favor a Cerdeña, con fuertes fortalezas y un ejército numeroso y excelente; tiene ocupada Roma; Italia central solo espera una señal suya para sublevarse y unirse a él. Su base de operaciones no está en los Alpes Marítimos, sino en el Po medio, en Alessandria y Casale. Donde su predecesor tenía caminos de herradura, él tiene ferrocarriles. ¿Y qué hace? Lanza sobre Italia cinco fuertes cuerpos de ejército, tan fuertes que, junto con los sardos, es siempre muy superior en número a los austriacos, tan superior que aún puede ceder el sexto cuerpo al ejército de turistas de su primo para un paseo militar.20 Pese a todos los ferrocarriles, necesita un mes entero para concentrar sus tropas. Por fin avanza. La incapacidad de Gyulai le regala la batalla indecisa de Magenta, que se convierte en una victoria por la situación estratégica casual de los dos ejércitos después de la batalla, una situación de la que el Napoleón superior es completamente inocente y de la que solo Gyulai tiene la culpa. En agradecimiento, deja escapar a los austriacos en lugar de perseguirlos. En Solferino, Francisco José casi lo obliga a vencer; aun así, el resultado apenas es mejor que en Magenta. Ahora se prepara una situación en la que el Napoleón vulgar no habría hecho más que empezar a desplegar sus recursos; la guerra se traslada a un terreno donde hay algo más real que hacer y toma dimensiones en las que una ambición grandiosa encuentra su cuenta. Llegado al punto en que la via sacra del Napoleón vulgar no hace más que empezar, en que solo entonces se abre una perspectiva grandiosa, en ese punto... ¡el Napoleón superior pide la paz!
Engels llama así a Napoleón III, a quien la prensa bonapartista atribuía la dirección genial de la campaña. ↩
Karl Ferdinand von Buol-Schauenstein (1797-1865), ministro de Asuntos Exteriores de Austria de 1852 a 1859. La MEW identifica al embajador inglés en Viena como lord Augustus Loftus. ↩
James Howard Harris, conde de Malmesbury (1807-1889), ministro de Asuntos Exteriores del gobierno tory de lord Derby (1858-1859). Las elecciones generales británicas se celebraron entre finales de abril y mayo de 1859. ↩
Ferenc Gyulai (1798-1868), conde, Feldzeugmeister, comandante del II Ejército austriaco en Italia hasta su destitución tras Magenta. ↩
Karl Ludwig von Grünne (1808-1884), ayudante general de Francisco José y jefe de su cancillería militar; Leo von Thun-Hohenstein (1811-1888), ministro de Cultos e Instrucción; Alexander von Bach (1813-1893), ministro del Interior hasta agosto de 1859. ↩
El combate de Montebello, del 20 de mayo de 1859, entre el cuerpo austriaco de Stadion y la división francesa de Forey, del cuerpo del mariscal Baraguay d'Hilliers. ↩
Adam Heinrich Dietrich von Bülow (1757-1807), escritor militar prusiano, autor de un sistema geométrico de la estrategia muy discutido. ↩
El 23 de marzo de 1849, Radetzky derrotó en Novara al ejército piamontés de Carlos Alberto, que abdicó esa misma noche. ↩
Mote familiar de los soldados de infantería franceses. ↩
«La batalla de Solferino», en Das Volk, núm. 10, del 9 de julio de 1859. ↩
Así en el texto: ocho de veinticinco regimientos son en realidad casi un tercio. ↩
Ludwig von Benedek (1804-1881), jefe del VIII Cuerpo austriaco en San Martino, frente a los piamonteses. ↩
Jean-Baptiste Philibert Vaillant (1790-1872), mariscal de Francia, ministro de la Guerra, jefe del Estado Mayor general del ejército de Italia en 1859. ↩
«Posa». ↩
«Éxitos de estima», éxitos de compromiso. ↩
«Vía sagrada», aquí la vía triunfal. ↩
Tras el fallido golpe de Boulogne (1840), Luis Napoleón estuvo preso en la fortaleza de Ham hasta su fuga en 1846. ↩
El teatro de la Porte Saint-Martin de París, templo del melodrama, y el anfiteatro de Astley de Londres, célebre por sus espectáculos ecuestres y sus representaciones de batallas. ↩
Las campañas de Italia de Napoleón Bonaparte de 1796-1797, que terminaron con la paz preliminar de Leoben (abril de 1797). ↩
El cuerpo del príncipe Napoleón (Plon-Plon), primo del emperador, numerado oficialmente como V Cuerpo, que desembarcó en Liorna y estuvo en Toscana sin entrar en combate. ↩