Escrito en inglés por Friedrich Engels el 12 de mayo de 1859 y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 5643, del 23 de mayo de 1859. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 13 (Berlín, 1961, pp. 328-332), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Se corrigen algunas erratas de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Napoleón III se trasladó el 11 de este mes por mar de Marsella a Génova para asumir allí el mando de las fuerzas francesas; se habían hecho preparativos para recibirle con una pompa extraordinaria. Si sus hazañas militares estarán a la altura de los indiscutibles triunfos de su diplomacia es una pregunta a la que probablemente pronto tendremos una respuesta fiable; hasta ahora, la única prueba que ha dado de sus dotes estratégicas es su plan de operaciones en Crimea, cuyos anticuados principios procedían de la escuela militar de Bülow,1 de quien el gran Napoleón dijo que su ciencia era la ciencia de la derrota y no de la victoria.
Está fuera de duda que el emperador francés entra en Italia con el prestigio de un éxito moral inaudito. Después de empujar a los austriacos, con astucia y artimañas superiores, a cargar con la grave responsabilidad de la declaración de guerra, tuvo la gran suerte de que, con catorce días de inactividad manifiesta, renunciaran a la única ventaja que esperaban obtener con ese paso trascendental. En lugar de aplastar al ejército piamontés con la superioridad numérica y la rapidez de movimientos antes de que pudieran llegar refuerzos franceses, Austria ha dejado pasar su oportunidad y se enfrenta ahora a un ejército aliado completamente igual al suyo y cada día más superior. En lugar de llevar a cabo operaciones ofensivas y una campaña de conquista, muy probablemente se verá obligada pronto a abandonar incluso Milán, a retirarse a la línea del Mincio y a adoptar allí, al amparo de sus grandes fortalezas, una actitud puramente defensiva. Así empieza Luis Napoleón su carrera de general en jefe con la ventaja de que su adversario ha cometido errores grandes y casi inexplicables. Su buena estrella sigue en ascenso.
Los primeros catorce días de la guerra nos ofrecen en el lado austriaco una historia curiosa, aunque monótona, parecida a la famosa copla del rey de Francia.2 El 29 de abril la vanguardia austriaca cruzó el Tesino sin encontrar gran resistencia, y al día siguiente la siguió el grueso del ejército. Tras los primeros movimientos en dirección a Arona (en el lago Mayor), Novara y Vigevano, el ataque parecía dirigirse contra Vercelli y la carretera de Turín. La ocupación de Vercelli, que tuvo lugar el 1 o el 2 de mayo, y los telegramas de Suiza que afirmaban que las fuerzas del ejército invasor estaban concentradas en el Sesia sirvieron para confirmar esa opinión. Sin embargo, la demostración parece haber sido una simple finta destinada a imponer contribuciones a todo el territorio entre el Tesino y el Sesia y a destruir la comunicación telegráfica entre el Piamonte y Suiza. El verdadero punto de ataque se desprende de un boletín del general Gyulay según el cual Cozzo y Cambio eran los principales puntos de concentración y la tarde del 2 de mayo su cuartel general estaba en Lomello. Ahora bien, el primero de estos lugares está cerca de la confluencia del Sesia y el Po (algo al este de ella), el segundo en el Po, algo al este de la desembocadura del Tanaro en ese río, y el tercero algo más atrás, pero a igual distancia de ambos; una mirada al mapa muestra que los austriacos marchan hacia el frente de la posición piamontesa, que se extiende detrás del Po de Casale a Alessandria y tiene su centro en los alrededores de Valenza. Otras noticias que hemos recibido por Turín dicen que el día 3 los austriacos tendieron puentes sobre el Po cerca de Cambio y enviaron patrullas de reconocimiento hacia Tortona, a la orilla sur del río, y que además reconocieron casi todo el frente de la posición piamontesa, sobre todo cerca de Valenza, donde trabaron combate con el enemigo en varios puntos para obligarle a mostrar sus fuerzas. Corrieron también rumores de que un cuerpo austriaco que venía de Piacenza marchaba por la orilla sur del Po hacia Alessandria, pero no se han confirmado; y, en relación con la construcción de puentes sobre el Po en Cambio, ese movimiento no sería probable.
Este era el aspecto de la campaña hasta el 5 de mayo. Hasta entonces, y durante todo el tiempo transcurrido desde entonces, las maniobras austriacas se han distinguido, por decirlo suavemente, por un grado extraordinario de lentitud y de cautela. Del Tesino al Po en Valenza no hay desde luego más de 25 millas, o dos marchas ligeras, y como las hostilidades empezaron el 29 de abril, todo el ejército invasor habría podido estar concentrado frente a Valenza el 1 de mayo a mediodía, la vanguardia habría podido terminar su reconocimiento ese mismo día y durante la noche se habría podido tomar la decisión de emprender operaciones decisivas al día siguiente. Seguimos sin poder explicar el retraso, incluso ahora que tenemos en las manos el correo traído por el Vanderbilt. Pero como las circunstancias imponían imperiosamente a los austriacos la rapidez de acción, y como el general Gyulay tiene fama de oficial resuelto y audaz, cabe suponer que circunstancias imprevistas tuvieron que obligarles a esta manera cautelosa de proceder. Si al principio se pensó de verdad en una marcha sobre Turín por Vercelli y solo se renunció a ella al llegar la noticia de que los franceses habían desembarcado en Génova en tal número que un movimiento envolvente se volvía peligroso; si el estado de los caminos, levantados y barricados por todas partes por los piamonteses, tuvo algo que ver; o si el general Gyulay, de cuyas cualidades como comandante en jefe no se sabe absolutamente nada, se vio estorbado por la pesadez de las masas que tenía que mandar, todo eso es difícil de aclarar. Una mirada a la posición del otro bando puede, sin embargo, arrojar algo de luz sobre la situación.
Los franceses empezaron a afluir al Piamonte antes de que un solo austriaco hubiera cruzado la frontera. El 26 de abril llegaron a Génova las primeras tropas. Ese mismo día la división del general Bouat llegó a Saboya, cruzó el Mont Cenis y entró en Turín el 30. Ese día había 24.600 franceses en Alessandria y unos 16.000 en Turín y Susa. Desde entonces la afluencia ha continuado sin interrupción, pero con mucha más rapidez hacia Génova que hacia Turín, y desde ambos lugares se han enviado tropas a Alessandria. El número de franceses llevados así al frente no puede determinarse, naturalmente, pero, por circunstancias a las que nos referiremos enseguida, no cabe duda de que a partir del 5 de mayo se lo consideró, al parecer, suficiente para dar capacidad de combate a los ejércitos aliados e impedir cualquier movimiento envolvente de los austriacos por Vercelli. El plan original era defender la línea del Po de Alessandria a Casale con el grueso de los piamonteses y las tropas francesas que llegaban de Génova, mientras el resto de los piamonteses (la guardia de la brigada Saboya), junto con los franceses que venían por los Alpes, debía defender la línea del Dora Baltea de Ivrea a Chivasso, cubriendo así Turín. Cualquier ataque austriaco contra la línea del Dora podía así ser tomado de flanco por los piamonteses desembocando de Casale, y los invasores se verían obligados a dividir sus fuerzas. Pero aun así, la posición aliada era un simple recurso de emergencia y francamente mala. Ocupaba de Alessandria a Ivrea una extensión de casi cincuenta millas, con un ángulo saliente y otro entrante. Aunque la posibilidad de ataques de flanco la reforzaba considerablemente, una línea tan larga ofrecía ocasiones favorables a los ataques fingidos y no podía oponer seria resistencia a un ataque resuelto. En cuanto se hubiera conquistado la línea del Dora y, al mismo tiempo, un cuerpo austriaco menor hubiera paralizado de momento un ataque de flanco de los piamonteses, los austriacos victoriosos habrían podido volver a voluntad a cualquiera de las dos orillas del Po y rechazar con superioridad numérica al ejército de Alessandria bajo los cañones de esa fortaleza. Esto habría sido fácil de lograr si los austriacos hubieran actuado con energía durante los dos o tres primeros días de la guerra. Entonces no había todavía entre Alessandria y Casale fuerzas concentradas que pudieran poner en peligro sus operaciones. Pero el 3, el 4 y el 5 de mayo la cosa era distinta; el número de franceses que habían llegado a la posición y que seguían llegando de Génova tuvo que ser lo bastante grande para elevar la fuerza a unos 100.000 hombres, de los que 60.000 habrían podido emplearse en un ataque desde Casale. Que esta fuerza se consideraba suficiente para cubrir Turín lo prueba indirectamente el hecho de que ya el día 3 se enviaron tropas francesas y sardas de la línea del Dora a Alessandria. Así, la lentitud de los austriacos permitió a los aliados terminar con calma y seguridad esa peligrosa maniobra, la concentración de sus fuerzas en la posición de Alessandria. Con ello quedaban frustrados todo el propósito y todo el objetivo de la ofensiva austriaca y se consumaba lo que hemos llamado la victoria moral de los aliados.
El general austriaco parece, pues, haber obrado sucesivamente según por lo menos tres planes de campaña distintos. Primero pareció que, al cruzar el Tesino, se proponía una marcha directa sobre Vercelli y el Dora; luego, al enterarse de la llegada de las numerosas tropas francesas a Génova y considerar demasiado peligrosa la marcha de flanco alrededor de Casale, cambió su ataque y se dirigió hacia Lomello y el Po; y por último cambia otra vez de idea, renuncia por completo a la ofensiva, fortifica su posición en el Sesia y espera el avance de los aliados para poder atacarlos entonces. Es cierto que nuestras informaciones sobre sus movimientos son muy imperfectas, pues proceden casi exclusivamente de telegramas franceses y sardos, pero esta parece ser la única conclusión que puede sacarse de la persistente inactividad del grueso de los austriacos y de los diversos movimientos insignificantes y aparentemente indecisos de sus destacamentos avanzados entre el 5 y el 11 de mayo.
Si el avance aliado se retrasara algunos días por cualquier incidente, no es imposible que asistamos a otro cambio más de la estrategia austriaca, en forma de una retirada al Tesino, incluso sin batalla. El ejército de Gyulay no puede quedarse mucho tiempo inactivo en los pestilentes arrozales donde se encontraba según nuestras últimas informaciones. O arriesga un ataque contra una superioridad numérica muy inquietante, o toma una nueva posición en un terreno menos insalubre. Con todo, cabe contar con un avance inmediato de los aliados y con una batalla; probablemente tendremos noticia de ella con el próximo correo. En estas circunstancias no es de extrañar, desde luego, que se sepa por Viena que Hess,3 el sucesor natural de Gyulay en el mando, desaprueba sus operaciones. También es bastante seguro que, si los austriacos no ganan la batalla inminente, tendrán un nuevo comandante en jefe antes de que haya pasado el primer mes de la guerra. Pero en la historia de sus guerras eso no es un acontecimiento extraordinario.
Dietrich Heinrich von Bülow (1757-1807), escritor militar prusiano, teórico de una estrategia geométrica basada en las líneas de operaciones y las bases. ↩
La vieja copla inglesa: «The King of France, with forty thousand men, / marched up the hill, and then marched down again» («El rey de Francia, con cuarenta mil hombres, subió la colina y luego volvió a bajarla»). ↩
Heinrich von Hess (1788-1870), general austriaco, jefe del estado mayor de Radetzky en 1848-1849; tras Magenta asumió de hecho la dirección de las operaciones. ↩