Escrito en inglés por Friedrich Engels hacia el 24 de junio de 1859 y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 5662, del 8 de julio de 1859. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 13 (Berlín, 1961, pp. 398-401), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW; el número del periódico, que no cuadra con la fecha, es el que da la MEW. Se corrigen algunas erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
El correo llegado con el Asia no añade nada nuevo al breve parte telegráfico sobre la gran victoria del Mincio que recibimos por Terranova y publicamos ayer por la mañana en nuestras columnas. La batalla tuvo lugar el viernes 24 de junio y duró de las cuatro de la mañana a las ocho de la tarde, y los vapores zarparon al día siguiente, antes de que se conociera ningún detalle. Tenemos, pues, que esperar a que llegue aquí el Arago o a Quebec el Hungarian para recibir los pormenores que el público aguarda con tanta impaciencia. Como el número de combatientes era igual en ambos bandos, el resultado parece haber zanjado entretanto al menos una cuestión: que el soldado austriaco no está a la altura del francés.
La impresión general de los entendidos en cuestiones militares, tanto en Inglaterra como aquí, era al parecer que los aliados no querían emprender una gran batalla antes de que llegara el cuerpo del príncipe Napoleón, que venía de Toscana y debía atacar a los austriacos por la espalda; al mismo tiempo se suponía que en el lago de Garda saldría una flotilla que permitiría a los aliados emprender también un ataque de flanco por aquella parte. Napoleón III, sin embargo, no esperó ni a lo uno ni a lo otro, sino que combatió y ganó la batalla. De la correspondencia del cuartel general aliado, de la que reproducimos en otro lugar todo lo esencial, se desprende también claramente que aceptar el combate era la única conducta posible. Una demora habría frenado el impulso victorioso de las tropas aliadas y habría dado a los austriacos ocasión de batirlas en combates menores gracias a una superioridad numérica.
En los movimientos del ejército austriaco reina con Schlick la misma indecisión vacilante que antes trajo la derrota y la caída en desgracia de Gyulay. Primero se prepararon para combatir en la línea Lonato-Castiglione-San Cassiano-Cavriana-Volta. Allí se eleva poco a poco hacia el lago y el Mincio una meseta que ofrece una serie de posiciones excelentes, cada una más fuerte y concentrada que la anterior, de modo que la conquista del borde de la meseta no significaría una victoria, sino solo el primer acto de una batalla. El ala derecha de los austriacos estaba cubierta por el lago; su ala izquierda, muy replegada hacia atrás, de modo que dejaba sin protección casi diez millas de la línea del Mincio. Pero eso no era una desventaja, sino incluso el lado más favorable de la posición, porque al otro lado del Mincio estaba el peligroso territorio encerrado entre las cuatro fortalezas, en el que ningún enemigo podía aventurarse sin una gran superioridad numérica. Como la línea del Mincio está dominada en su extremo sur por Mantua y el terreno al otro lado del Mincio cae dentro del radio de acción de Mantua y de Verona, todo intento de dejar de lado a los austriacos en su posición de la meseta y marchar por delante de ellos sobre el Mincio se habría visto pronto obligado a detenerse. El ejército que avanzara habría visto destruidas sus líneas de comunicación sin poder amenazar las de los austriacos. Pero lo más peligroso de un movimiento así habría sido que tendría que haberse hecho a la vista de los austriacos de la meseta; a estos no les habría hecho falta más que poner en movimiento toda su línea y caer sobre las columnas enemigas, estiradas, de Volta sobre Goito, de Cavriana sobre Guidizzolo y Ceresara, de Castiglione sobre Castelgoffredo y Montichiari. Los aliados habrían librado esa batalla en enorme desventaja, y podría haber acabado en un segundo Austerlitz, solo que con los papeles cambiados.
Esa era la situación de los austriacos; tenían además la ventaja de conocer a fondo el terreno, porque desde hacía años celebraban allí, a la mayor escala, sus maniobras anuales. Como se ha dicho, el terreno estaba cuidadosamente preparado para el choque inminente; ciudades y pueblos estaban fortificados; y en el último momento, por alguna razón del todo inexplicable desde el punto de vista militar, abandonan el terreno y se retiran con todos sus bártulos al otro lado del Mincio, donde el 24 son atacados y finalmente batidos. Si este cambio repentino y decisivo en el planteamiento de la campaña tuvo algo que ver con la actitud de Prusia, de la que se dice que considera en cierto modo el cuadrilátero del Mincio y el Adigio parte de las fortificaciones de Alemania, es una cuestión sobre la que esperamos obtener más luz. Pero una cosa es bastante segura respecto de Prusia: su actitud tiene que impedir a Luis Napoleón llevar muchas más tropas de Francia a Italia. Como ya saben nuestros lectores, Prusia ha movilizado seis de sus nueve cuerpos de ejército; es decir, ha llamado a filas a la Landwehr, formada por soldados que pertenecen a esos cuerpos y que, tras tres años de servicio regular, fueron licenciados por tiempo indefinido. De esos seis cuerpos, cinco deben tomar posiciones en el bajo y el medio Rin. Por tanto, entre Coblenza y Metz tiene que haber ahora unos 170.000 prusianos, y sin duda también otros dos cuerpos federales, a saber, los de Baviera y Baden. Wurtemberg y Hesse-Darmstadt tomarán también sus posiciones en Baden y en el Palatinado, lo que supone otros 100.000 a 120.000 hombres. Contra tales fuerzas Napoleón III necesitará casi cada hombre de que dispone ahora en Francia. En ese caso podría creer conveniente recurrir a una insurrección en Hungría sirviéndose de Kossuth; aunque es bastante seguro que solo echará mano de tales recursos en caso de extrema necesidad.
Es muy dudoso que Prusia tenga ahora realmente la intención de tomar parte en la guerra; pero no le será fácil sustraerse a ella. Su sistema militar, que consiste en hacer soldados de la mayoría de la población adulta apta para las armas, impone a la nación, desde el momento en que se llama a filas a la Landwehr, aunque sea solo al primer llamamiento, una carga tal que el país no puede permitirse estar mucho tiempo en armas sin hacer nada. En este momento están en armas, en seis de las ocho provincias, todos los hombres aptos de 20 a 32 años. La perturbación que esto causa en toda la vida comercial e industrial de Prusia es enorme; el país solo puede soportarla a condición de que los soldados sean llevados sin demora frente al enemigo; los propios soldados no podrían soportarla: en pocos meses todo el ejército estaría en un estado de ánimo sedicioso. Además, el sentimiento nacional ha crecido tanto en Alemania que Prusia, una vez llegada hasta aquí, ya no puede retroceder. Los recuerdos de la paz de Basilea, de la indecisión de 1805 y 1806 y de la Confederación del Rin1 están aún tan vivos que los alemanes están decididos a no dejarse batir uno por uno por su astuto adversario. El gobierno prusiano no puede dominar ese sentimiento nacional; puede intentar dirigirlo, pero si lo hace queda atado de pies y manos a ese movimiento, y la menor vacilación se considerará traición y recaerá sobre quien vacile. Sin duda habrá intentos de negociación; pero todas las partes están ahora tan atadas que no parece haber salida alguna del laberinto.
Pero si Alemania toma parte en esta guerra, sin duda aparecerá pronto otro actor en escena. Rusia ha comunicado a los pequeños Estados alemanes que intervendrá si los alemanes no contemplan tranquilos cómo se desmiembra Austria. Rusia concentra dos cuerpos de ejército en la frontera prusiana, dos en la austriaca y uno en la turca. En algún momento de este año podría emprender una campaña, pero sin duda bastante tarde. En Rusia no se han hecho levas desde la paz de París;2 el número de licenciados no puede ser grande, a causa de las grandes pérdidas de la guerra; y si los cuerpos de ejército, aun después de llamar a los licenciados, llegan a 40.000 hombres cada uno, ya es mucho. Rusia no puede emprender una ofensiva antes de 1860, y aun entonces no con más de 200.000 o 250.000 hombres. En este momento Alemania tiene disponibles para su empleo en el norte cuatro cuerpos prusianos, es decir, 136.000 hombres; el noveno y el décimo cuerpo federal con la división de reserva, unos 80.000 hombres; y, por último, tres cuerpos austriacos, o 140.000 hombres. Con ello Alemania, en una guerra defensiva o incluso en un ataque contra la Polonia rusa, no tiene por ahora nada que temer de Rusia. Pero en cuanto Rusia tome parte en esta guerra, se apelará a los sentimientos nacionales y a los diferentes intereses de clase, y la contienda tomará dimensiones que dejarán en la sombra la guerra de la primera Revolución francesa.
Por la paz de Basilea (1795) Prusia se retiró de la coalición contra la Francia revolucionaria; en 1805 vaciló en unirse a Austria y Rusia, y en 1806 fue aplastada en Jena y Auerstedt; la Confederación del Rin (1806-1813) agrupó a los Estados alemanes bajo protectorado de Napoleón. ↩
La paz de París (marzo de 1856), que puso fin a la guerra de Crimea. ↩