Escrito en inglés por Karl Marx hacia el 12 de julio de 1859 y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 5697, del 27 de julio de 1859. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 13 (Berlín, 1961, pp. 417-419), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Se corrigen algunas erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
La guerra italiana ha terminado. Napoleón le ha puesto fin tan repentina e inesperadamente como la empezaron los austriacos. Aunque corta, ha sido costosa. En unas pocas semanas concentró no solo las hazañas, las invasiones y contrainvasiones, las marchas, las batallas, las conquistas y las pérdidas, sino también el gasto en hombres y en dinero de muchas guerras de duración bastante más larga. Algunos de sus resultados son bastante evidentes. Austria ha perdido territorio, su reputación de valor militar ha sufrido un serio daño y su orgullo ha quedado profundamente herido. Nos tememos, sin embargo, que, si ha sacado alguna lección, sea más militar que política. Si Austria se ve movida por esta guerra a hacer algún cambio, será más bien en la instrucción, la disciplina y el armamento que en su sistema político o en sus métodos de gobierno. Puede que se haya convencido de la eficacia de los cañones rayados. Quizá introduzca en su ejército alguna imitación de los zuavos franceses. Eso es mucho más probable que un cambio sustancial en la forma de gobierno de las provincias italianas que le quedan.
Austria ha perdido también, al menos por ahora, aquella tutela sobre Italia en la que se empeñaba pese a las advertencias y quejas de Cerdeña, y que dio ocasión a la última guerra. Pero aunque Austria se vea obligada por ahora a renunciar a ese cargo, el cargo mismo no parece haber quedado vacante. Es un hecho de lo más significativo que la nueva ordenación de los asuntos italianos se decidiera en una breve entrevista entre los emperadores de Francia y de Austria,1 extranjeros los dos, cada uno a la cabeza de un ejército extranjero. Además, en este acuerdo ni siquiera se guardó la apariencia de una consulta ficticia a las partes que eran objeto de la negociación, sino que se traficó con ellas y se dispuso de ellas incluso sin su conocimiento. Dos ejércitos de más allá de los Alpes se encuentran y combaten en la llanura lombarda. Tras seis semanas de lucha, los soberanos extranjeros de esos ejércitos extranjeros se atreven a arreglar y ordenar los asuntos de Italia sin consultar a un solo italiano. El rey de Cerdeña, al que en lo militar se había puesto al nivel de un general francés, no parece haber tenido en el acuerdo definitivo más parte ni más voz que si de verdad no hubiera sido más que un general francés.
Las quejas que Cerdeña presentaba con tanta vehemencia contra Austria no se referían solo a la pretensión austriaca de una supervisión general de los asuntos italianos, sino también a que era la defensora de todos los abusos existentes, a que su política consistía en dejar las cosas como estaban y en inmiscuirse en la administración interior de sus vecinos italianos, y a que reclamaba el derecho de reprimir por la fuerza de las armas todo intento de los habitantes de esos países de cambiar o mejorar su situación política. ¿Se respetarán ahora, en las nuevas condiciones, los sentimientos y los deseos de los italianos, o el derecho a la revolución del que Cerdeña era protectora, más que en las antiguas? Los ducados italianos al sur del Po, cuyo ofrecimiento de ayuda se aceptó durante la guerra, parece que, en agradecimiento, van a ser devueltos según el tratado de paz a sus príncipes expulsados. En ninguna parte de Italia se oían más quejas por los abusos de la administración que en las Legaciones de los Estados Pontificios. Ese desgobierno, y el fomento y apoyo que le daba Austria, se señalaban siempre como uno de los rasgos más odiosos, si no el más odioso de todos, de la situación anterior de Italia. Aunque Austria se ha visto obligada a renunciar a su protectorado armado sobre las Legaciones, los desdichados habitantes de esos territorios no han ganado nada con el cambio. Francia sostiene el poder temporal de la Santa Sede en la misma medida que lo hacía Austria, y como los patriotas italianos consideran los abusos del gobierno romano inseparables de su carácter eclesiástico, no parece haber esperanza de mejora. Francia, que ocupa ahora la posición de protectora única del papa, se hace de hecho más responsable del desgobierno romano de lo que nunca lo fue Austria.
En cuanto a la confederación italiana, que forma parte del nuevo acuerdo, hay que observar lo siguiente: o esa confederación será una realidad política con cierta medida de poder y de influencia, o será un simple engaño. Si es lo segundo, la unificación, la liberación y el desarrollo de Italia no pueden ganar nada con ella. Si es una realidad, ¿qué cabe esperar de ella, dados los elementos de que se compone? Austria (que representa en la confederación a la provincia o reino de Venecia), el papa y el rey de Nápoles, que unen los intereses del despotismo, se impondrán fácilmente a Cerdeña, aunque los demás Estados menores se alíen con ella. Austria puede incluso servirse de este nuevo punto de partida para asegurarse sobre los demás Estados italianos un control al menos tan injustificable como el que antes reclamaba en virtud de tratados particulares con ellos.
Napoleón III y Francisco José se entrevistaron en Villafranca el 11 de julio de 1859 y acordaron los preliminares de paz, sin la presencia del rey de Cerdeña. ↩