Escrito por Friedrich Engels en alemán entre el 3 y el 15 de agosto de 1859 y publicado en Das Volk (Londres), núm. 14, del 6 de agosto, y núm. 16, del 20 de agosto de 1859; el tercer artículo anunciado al final, sobre el contenido económico del libro, no llegó a publicarse. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 13 (Berlín, 1961, pp. 468-477), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título original es «Karl Marx, Zur Kritik der Politischen Ökonomie. Primer cuaderno, Berlín, Franz Duncker, 1859». Se corrigen algunas erratas de la edición digital de la MEW, cotejadas con la traducción inglesa del Marxists Internet Archive. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
I
[Das Volk, núm. 14, del 6 de agosto de 1859]
En todos los campos de la ciencia, los alemanes han demostrado hace tiempo que están a la altura de las demás naciones civilizadas y, en la mayoría, que las superan. Solo una ciencia no contaba ni un solo nombre alemán entre sus corifeos: la economía política. La razón salta a la vista. La economía política es el análisis teórico de la sociedad burguesa moderna y presupone, por tanto, unas condiciones burguesas desarrolladas, condiciones que en Alemania, desde la Reforma y la guerra de los campesinos, y sobre todo desde la guerra de los Treinta Años, no pudieron surgir durante siglos. La separación de Holanda del Imperio apartó a Alemania del comercio mundial y redujo de antemano su desarrollo industrial a las proporciones más mezquinas; y mientras los alemanes se recuperaban tan trabajosa y lentamente de los estragos de las guerras civiles, mientras gastaban toda su energía burguesa, que nunca fue muy grande, en la lucha estéril contra las barreras aduaneras y las disparatadas reglamentaciones comerciales que cada principillo y cada barón del Imperio imponía a la industria de sus súbditos, mientras las ciudades imperiales se pudrían en la morralla gremial y el patriciado, entretanto Holanda, Inglaterra y Francia conquistaban los primeros puestos en el comercio mundial, fundaban colonia tras colonia y llevaban la industria manufacturera a su máximo esplendor, hasta que por fin Inglaterra, gracias al vapor, que dio valor por primera vez a sus yacimientos de carbón y de hierro, se puso a la cabeza del desarrollo burgués moderno. Pero mientras hubo que librar todavía la lucha contra restos tan ridículamente anticuados de la Edad Media como los que hasta 1830 encadenaban el desarrollo material burgués de Alemania, no fue posible una economía política alemana. Solo con la creación de la Unión Aduanera1 llegaron los alemanes a una situación en la que podían siquiera comprender la economía política. A partir de entonces empezó, en efecto, la importación de economía inglesa y francesa en beneficio de la burguesía alemana. Pronto se apoderaron los eruditos y los burócratas de la materia importada y la elaboraron de un modo que no hace mucho honor al «espíritu alemán». Del batiburrillo de caballeros de industria, comerciantes, maestros de escuela y burócratas metidos a escritores salió entonces una literatura económica alemana que en insulsez, superficialidad, falta de ideas, prolijidad y plagio solo tiene parangón en la novela alemana. Entre la gente con fines prácticos se formó primero la escuela proteccionista de los industriales, cuya autoridad, List, sigue siendo lo mejor que ha producido la literatura económica burguesa alemana, aunque toda su gloriosa obra esté copiada del francés Ferrier, el autor teórico del sistema continental.2 Frente a esta tendencia surgió en los años cuarenta la escuela librecambista de los comerciantes de las provincias del Báltico, que repetían balbuceando los argumentos de los free traders ingleses con una fe infantil, aunque interesada. Por último, entre los maestros de escuela y los burócratas, a quienes tocaba tratar el aspecto teórico de la disciplina, hubo áridos coleccionistas de herbarios sin crítica, como el señor Rau; especuladores sabihondos que traducían las tesis extranjeras a un hegeliano mal digerido, como el señor Stein; o espigadores beletristas en el campo de la «historia de la cultura», como el señor Riehl.3 Lo que al final salió de todo ello fue la cameralística, una papilla de toda clase de allotria,4 regada con una salsa económica ecléctica, como conviene que sepa un pasante de la administración para su examen de Estado.
Mientras la burguesía, el gremio de los maestros de escuela y la burocracia de Alemania se esforzaban todavía en aprenderse de memoria, como dogmas intocables, los primeros elementos de la economía anglofrancesa y en entenderlos más o menos, apareció el partido proletario alemán. Toda su existencia teórica nació del estudio de la economía política, y del momento de su aparición data también la economía alemana científica e independiente. Esta economía alemana descansa esencialmente en la concepción materialista de la historia, cuyos rasgos fundamentales se exponen brevemente en el prólogo de la obra arriba citada.5 Ese prólogo ya se ha reproducido en lo principal en Das Volk, por lo que remitimos a él. No solo para la economía, sino para todas las ciencias históricas (y son históricas todas las ciencias que no son ciencias naturales), fue un descubrimiento revolucionario esta tesis: «que el modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política y espiritual en general»; que todas las relaciones sociales y estatales, todos los sistemas religiosos y jurídicos, todas las concepciones teóricas que aparecen en la historia solo pueden comprenderse si se comprenden las condiciones materiales de vida de la época correspondiente en cada caso y se derivan aquellas de estas condiciones materiales. «No es la conciencia de los hombres la que determina su ser, sino su ser social el que determina su conciencia». La tesis es tan sencilla que tendría que ser evidente para cualquiera que no se haya atascado en la patraña idealista. Pero la cosa tiene consecuencias sumamente revolucionarias, no solo para la teoría, sino también para la práctica: «Al llegar a una determinada fase de su desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes o, lo que no es más que su expresión jurídica, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se habían movido hasta entonces. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en trabas suyas. Se abre entonces una época de revolución social. Con el cambio de la base económica se trastoca más o menos rápidamente toda la inmensa superestructura... Las relaciones burguesas de producción son la última forma antagónica del proceso social de producción; antagónica, no en el sentido de un antagonismo individual, sino de un antagonismo que nace de las condiciones sociales de vida de los individuos; pero las fuerzas productivas que se desarrollan en el seno de la sociedad burguesa crean al mismo tiempo las condiciones materiales para resolver ese antagonismo». Así pues, en cuanto seguimos desarrollando nuestra tesis materialista y la aplicamos al presente, se nos abre de inmediato la perspectiva de una revolución inmensa, la más inmensa de todos los tiempos.
Pero en cuanto se mira más de cerca se ve también que la tesis, en apariencia tan sencilla, de que la conciencia de los hombres depende de su ser y no a la inversa choca de frente, ya en sus primeras consecuencias, con todo idealismo, incluso el más disimulado. Niega todas las concepciones heredadas y habituales sobre todo lo histórico. Todo el modo tradicional de razonar en política se viene abajo; la nobleza de ánimo patriótica se rebela indignada contra una concepción tan falta de principios. La nueva manera de ver tenía, pues, que chocar necesariamente, no solo con los representantes de la burguesía, sino también con la masa de los socialistas franceses, que pretenden sacar al mundo de sus goznes con la fórmula mágica liberté, égalité, fraternité.6 Pero sobre todo despertó una gran cólera entre los vocingleros demócratas vulgares alemanes. Pese a ello, han intentado con predilección explotar las nuevas ideas plagiándolas, aunque con una incomprensión poco común.
Desarrollar la concepción materialista, aunque fuera en un solo ejemplo histórico, era un trabajo científico que habría exigido años de estudio tranquilo, pues es evidente que aquí no se consigue nada con la simple frase y que solo un material histórico abundante, cribado críticamente y dominado por completo, puede capacitar para resolver una tarea así. La revolución de Febrero lanzó a nuestro partido a la escena política y le impidió así perseguir fines puramente científicos. Aun así, la concepción fundamental atraviesa como un hilo conductor todas las producciones literarias del partido. En todas ellas se demuestra, caso por caso, cómo la acción nacía siempre de impulsos materiales directos, y no de las frases que la acompañaban; cómo, por el contrario, las frases políticas y jurídicas nacían de los impulsos materiales igual que la acción política y sus resultados.
Cuando, tras la derrota de la revolución de 1848-1849, llegó un momento en que actuar sobre Alemania desde el extranjero se hizo cada vez más imposible, nuestro partido dejó a la democracia vulgar el campo de las riñas de la emigración, porque esa era la única acción posible. Mientras aquella se zarandeaba a placer, hoy se peleaba para confraternizar mañana y pasado mañana volvía a lavar ante el mundo toda su ropa sucia, mientras iba a mendigar por toda América para armar acto seguido un nuevo escándalo por el reparto de los cuatro táleros conseguidos,7 nuestro partido se alegraba de encontrar de nuevo algo de tranquilidad para estudiar. Tenía la gran ventaja de contar con una nueva concepción científica como base teórica, cuya elaboración le daba trabajo de sobra; ya solo por eso, nunca pudo caer tan bajo como los «grandes hombres» de la emigración.
El primer fruto de estos estudios es el libro que tenemos delante.
II
[Das Volk, núm. 16, del 20 de agosto de 1859]
En un escrito como este no puede tratarse de una crítica meramente deshilvanada de capítulos sueltos de la economía, del tratamiento aislado de tal o cual cuestión económica controvertida. Está planteado, al contrario, desde el principio como un resumen sistemático de todo el complejo de la ciencia económica, como un desarrollo coherente de las leyes de la producción burguesa y del intercambio burgués. Y como los economistas no son otra cosa que los intérpretes y apologistas de estas leyes, este desarrollo es al mismo tiempo la crítica de toda la literatura económica.
Desde la muerte de Hegel apenas se ha intentado desarrollar una ciencia en su propia conexión interna. La escuela hegeliana oficial solo se había apropiado de la dialéctica del maestro el manejo de los artificios más simples, que aplicaba a todo y a cualquier cosa, y a menudo con una torpeza ridícula. Toda la herencia de Hegel se reducía para ella a un puro patrón, con cuya ayuda se construía a la medida cualquier tema, y a un repertorio de palabras y giros que ya no tenían otro fin que presentarse en el momento oportuno allí donde faltaban ideas y conocimientos positivos. Así ocurrió que, como dijo un profesor de Bonn, estos hegelianos no entendían nada de nada, pero podían escribir sobre todo. Y así quedaba la cosa, claro está. Sin embargo, estos señores, pese a su suficiencia, tenían tanta conciencia de su debilidad que se mantenían lo más lejos posible de las grandes tareas; la vieja ciencia de peluca y coleta defendía su terreno gracias a su superioridad en conocimientos positivos; y cuando por fin Feuerbach dio por despedido al concepto especulativo, la hegelería se fue adormeciendo poco a poco y pareció que el reino de la vieja metafísica, con sus categorías fijas, había empezado de nuevo en la ciencia.
La cosa tenía su razón natural. Al régimen de los diádocos8 de Hegel, que se había perdido en puras frases, siguió naturalmente una época en la que el contenido positivo de la ciencia volvió a prevalecer sobre su aspecto formal. Pero al mismo tiempo Alemania se lanzó con una energía extraordinaria sobre las ciencias naturales, en consonancia con el formidable desarrollo burgués desde 1848; y al ponerse de moda estas ciencias, en las que la corriente especulativa nunca había llegado a tener una vigencia importante, volvió a extenderse también el viejo modo metafísico de pensar, hasta la más extrema trivialidad de Wolff.9 Hegel cayó en el olvido; se desarrolló el nuevo materialismo de las ciencias naturales, que en teoría casi no se distingue del materialismo del siglo XVIII y que en la mayoría de los casos solo le aventaja en un material científico más rico, sobre todo químico y fisiológico. El estrecho modo de pensar filisteo de la época prekantiana, reproducido hasta la trivialidad más extrema, lo encontramos en Büchner y en Vogt, y hasta Moleschott, que jura por Feuerbach, se queda atascado a cada momento, del modo más divertido, entre las categorías más simples.10 El rígido jamelgo de tiro del sentido común burgués se detiene, naturalmente, desconcertado ante el foso que separa la esencia de la apariencia, la causa del efecto; pero cuando se sale a cazar a la carrera por el terreno tan accidentado del pensamiento abstracto, no hay que montar jamelgos de tiro.
Había, pues, que resolver aquí otra cuestión que nada tiene que ver con la economía política en sí. ¿Cómo había que tratar la ciencia? Por un lado estaba la dialéctica de Hegel, en la forma completamente abstracta, «especulativa», en que Hegel la había dejado; por otro, el método ordinario, de nuevo de moda, esencialmente metafísico a lo Wolff, con el que también los economistas burgueses habían escrito sus gruesos libros inconexos. Este último había quedado tan aniquilado en la teoría por Kant y sobre todo por Hegel que solo la inercia y la falta de otro método sencillo podían hacer posible que siguiera existiendo en la práctica. Por otra parte, el método de Hegel, en su forma existente, era absolutamente inservible. Era esencialmente idealista, y aquí se trataba de desarrollar una concepción del mundo más materialista que todas las anteriores. Partía del pensamiento puro, y aquí había que partir de los hechos más tozudos. Un método que, según su propia confesión, «iba de nada, por nada, a nada» no tenía aquí cabida de ningún modo en esa forma. Sin embargo, de todo el material lógico existente, era la única pieza a la que al menos podía uno enlazar. No había sido criticado ni superado; ninguno de los adversarios del gran dialéctico había podido abrir brecha en su orgulloso edificio; había caído en el olvido porque la escuela hegeliana no había sabido qué hacer con él. Ante todo, pues, había que someter el método de Hegel a una crítica a fondo.
Lo que distinguía el modo de pensar de Hegel del de todos los demás filósofos era el enorme sentido histórico que lo sustentaba. Por abstracta e idealista que fuera la forma, el desarrollo de su pensamiento discurría siempre en paralelo con el desarrollo de la historia universal, y esta debía ser en realidad solo la prueba de aquel. Y aunque con ello se invirtiera la relación correcta y se pusiera cabeza abajo, el contenido real entraba por todas partes en la filosofía; tanto más cuanto que Hegel se distinguía de sus discípulos en que no hacía alarde de ignorancia, como ellos, sino que era una de las cabezas más eruditas de todos los tiempos. Fue el primero que intentó demostrar en la historia un desarrollo, una conexión interna, y, por extrañas que nos parezcan hoy muchas cosas de su filosofía de la historia, la grandeza de la concepción fundamental sigue siendo admirable aún hoy, ya se compare con sus predecesores o, más todavía, con quienes después de él se han permitido reflexiones generales sobre la historia. En la Fenomenología, en la Estética, en la Historia de la filosofía, por todas partes recorre esta grandiosa concepción de la historia, y por todas partes se trata la materia históricamente, en una conexión determinada, aunque abstractamente deformada, con la historia.
Esta concepción de la historia, que hizo época, fue la premisa teórica directa de la nueva concepción materialista, y ya con ello se ofrecía un punto de enlace también para el método lógico. Si esta dialéctica olvidada había llevado a tales resultados ya desde el punto de vista del «pensamiento puro», y si además había acabado como jugando con toda la lógica y la metafísica anteriores, tenía que haber en ella en todo caso algo más que sofistería y bizantinismo. Pero la crítica de este método, ante la que había retrocedido y sigue retrocediendo toda la filosofía oficial, no era cosa de poca monta.
Marx era y es el único que podía emprender el trabajo de extraer de la lógica de Hegel el núcleo que encierra los verdaderos descubrimientos de Hegel en este campo y de restablecer el método dialéctico, despojado de sus envolturas idealistas, en la forma sencilla en la que se convierte en la única forma correcta del desarrollo del pensamiento. La elaboración del método en que se basa la crítica de la economía política de Marx la consideramos un resultado que apenas cede en importancia a la concepción materialista fundamental.
La crítica de la economía, aun una vez ganado el método, podía plantearse todavía de dos maneras: histórica o lógicamente. Como en la historia, igual que en su reflejo literario, el desarrollo avanza también, a grandes rasgos, de las relaciones más simples a las más complicadas, el desarrollo histórico-literario de la economía política ofrecía un hilo conductor natural al que podía enlazar la crítica, y a grandes rasgos las categorías económicas aparecerían así en el mismo orden que en el desarrollo lógico. Esta forma tiene en apariencia la ventaja de una mayor claridad, puesto que se sigue el desarrollo real, pero de hecho, como mucho, se haría así más popular. La historia avanza a menudo a saltos y en zigzag, y habría que seguirla en todas partes, con lo que no solo habría que recoger mucho material de poca importancia, sino que a menudo habría que interrumpir el hilo del pensamiento; además, la historia de la economía no podría escribirse sin la de la sociedad burguesa, y con ello el trabajo se haría interminable, porque faltan todos los trabajos previos. El modo lógico de tratar la materia era, pues, el único adecuado. Pero este no es en realidad otra cosa que el histórico, solo que despojado de la forma histórica y de las contingencias perturbadoras. Por donde empieza esta historia tiene que empezar también el hilo del pensamiento, y su avance ulterior no será más que el reflejo, en forma abstracta y teóricamente consecuente, del curso histórico; un reflejo corregido, pero corregido según leyes que el propio curso histórico real proporciona, ya que cada momento puede considerarse en el punto de desarrollo de su plena madurez, de su clasicidad.
Con este método partimos de la relación primera y más simple que se nos presenta histórica y efectivamente, es decir, aquí, de la primera relación económica que encontramos. Esta relación la analizamos. En el hecho de que sea una relación va ya implícito que tiene dos lados que se relacionan entre sí. Cada uno de estos lados se considera por separado; de ello se desprende el modo de su relación recíproca, su interacción. Surgirán contradicciones que exigen una solución. Pero como aquí no consideramos un proceso abstracto de pensamiento que ocurra solo en nuestras cabezas, sino un proceso real que ha ocurrido realmente en algún momento o que sigue ocurriendo, también estas contradicciones se habrán desarrollado en la práctica y probablemente habrán encontrado su solución. Seguiremos el modo de esta solución y veremos que se ha logrado estableciendo una nueva relación, cuyos dos lados opuestos tendremos que desarrollar entonces, y así sucesivamente.
La economía política empieza con la mercancía, con el momento en que se intercambian productos, ya sea de individuos sueltos, ya de comunidades primitivas. El producto que entra en el intercambio es mercancía. Pero solo es mercancía porque a la cosa, al producto, va ligada una relación entre dos personas o comunidades, la relación entre el productor y el consumidor, que aquí ya no están reunidos en la misma persona. Aquí tenemos enseguida un ejemplo de un hecho peculiar que atraviesa toda la economía y que ha sembrado una confusión terrible en la cabeza de los economistas burgueses: la economía no trata de cosas, sino de relaciones entre personas y, en última instancia, entre clases; pero estas relaciones están siempre ligadas a cosas y aparecen como cosas. Esta conexión, que en casos aislados ha vislumbrado ciertamente tal o cual economista, Marx la ha descubierto por primera vez en su validez para toda la economía, y con ello ha hecho tan sencillas y claras las cuestiones más difíciles que ahora hasta los economistas burgueses podrán entenderlas.
Si consideramos ahora la mercancía en sus distintos aspectos, y precisamente la mercancía plenamente desarrollada, no tal como empieza a desarrollarse trabajosamente en el trueque primitivo entre dos comunidades originarias, se nos presenta bajo los dos puntos de vista del valor de uso y del valor de cambio, y aquí pisamos enseguida el terreno del debate económico. Quien quiera un ejemplo contundente de que el método dialéctico alemán, en su actual grado de desarrollo, es al menos tan superior al viejo método metafísico, chato y de politiquero de café, como los ferrocarriles a los medios de transporte de la Edad Media, que lea en Adam Smith o en cualquier otro economista oficial de renombre qué tormento les causaban a estos señores el valor de cambio y el valor de uso, qué difícil les resulta distinguirlos debidamente y captar cada uno en su determinación peculiar, y que compare luego el desarrollo claro y sencillo de Marx.
Desarrollados el valor de uso y el valor de cambio, se presenta la mercancía como unidad inmediata de ambos, tal como entra en el proceso de intercambio. Qué contradicciones surgen aquí puede leerse en las páginas 20 y 21.11 Solo observamos que estas contradicciones no tienen un interés meramente teórico, abstracto, sino que reflejan al mismo tiempo las dificultades que nacen de la naturaleza de la relación de intercambio inmediato, del simple trueque, las imposibilidades a las que necesariamente conduce esta primera forma tosca del intercambio. La solución de estas imposibilidades se halla en que la propiedad de representar el valor de cambio de todas las demás mercancías se transfiere a una mercancía especial: el dinero. El dinero o la circulación simple se desarrolla luego en el segundo capítulo, a saber: 1) el dinero como medida de los valores, con lo que el valor medido en dinero, el precio, recibe su determinación más precisa; 2) como medio de circulación, y 3) como unidad de ambas determinaciones, como dinero real, como representante de toda la riqueza material burguesa. Con esto termina el desarrollo del primer cuaderno, que reserva para el segundo el paso del dinero al capital.
Se ve cómo, con este método, el desarrollo lógico no está obligado en absoluto a mantenerse en el terreno puramente abstracto. Al contrario, necesita la ilustración histórica, el contacto continuo con la realidad. Por eso se intercalan también estas pruebas en gran variedad, tanto referencias al curso histórico real en distintas fases del desarrollo social como a la literatura económica, en la que se sigue desde el principio la elaboración clara de las determinaciones de las relaciones económicas. La crítica de los distintos modos de ver, más o menos unilaterales o confusos, queda así dada en lo esencial en el propio desarrollo lógico y puede ser breve.
En un tercer artículo entraremos en el contenido económico del libro.
El Zollverein, unión aduanera de los Estados alemanes bajo la dirección de Prusia, que entró en vigor el 1 de enero de 1834. ↩
Friedrich List (1789-1846), economista proteccionista, autor de Das nationale System der politischen Ökonomie (1841); François-Louis-Auguste Ferrier (1777-1861), economista francés, funcionario de aduanas bajo Napoleón I y autor de Du gouvernement considéré dans ses rapports avec le commerce (1805). El sistema continental fue el bloqueo de Napoleón I contra el comercio británico (1806). ↩
Karl Heinrich Rau (1792-1870), autor de un difundido manual de economía política; Lorenz von Stein (1815-1890), autor de Der Socialismus und Communismus des heutigen Frankreichs (1842); Wilhelm Heinrich Riehl (1823-1897), escritor e historiador de la cultura, conservador. ↩
«Cosas ajenas al asunto», naderías. ↩
Véase Contribución a la crítica de la economía política. Prólogo, de donde proceden las citas que siguen. Das Volk lo había reproducido en junio de 1859. ↩
«Libertad, igualdad, fraternidad». ↩
Alusión a los empréstitos revolucionarios con que Kinkel y otros jefes de la emigración democrática recaudaron fondos en los Estados Unidos en 1851-1852, y a las disputas por su reparto. ↩
Los generales que se repartieron el imperio de Alejandro Magno a su muerte. ↩
Christian Wolff (1679-1754), filósofo racionalista alemán que sistematizó la filosofía de Leibniz y fue el blanco de la crítica de Kant. ↩
Ludwig Büchner (1824-1899), autor de Fuerza y materia (1855); Carl Vogt (1817-1895), naturalista y demócrata de 1848, a quien Marx dedicaría el panfleto El señor Vogt (1860); Jacob Moleschott (1822-1893), fisiólogo holandés. Los tres fueron los principales representantes del materialismo vulgar de las ciencias naturales. ↩
De la primera edición. Véase en nuestra traducción el capítulo primero, «La mercancía», de la Contribución a la crítica de la economía política. ↩