Escrito en inglés por Karl Marx y Friedrich Engels (correspondencia fechada en Londres el 22 de abril de 1859) y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 5631, del 9 de mayo de 1859. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 13 (Berlín, 1961, pp. 308-311), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Se corrigen algunas erratas de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, 22 de abril de 1859

Cuando, a las once de la noche, las autoridades académicas han echado a los estudiantes de las universidades alemanas de sus diversas cervecerías, las distintas asociaciones de las corporaciones estudiantiles suelen reunirse, si el tiempo lo permite, en la plaza del mercado. Allí los miembros de cada asociación o «color»1 empiezan un juego de «pullas» con estudiantes de otro color cuyo fin es provocar uno de esos duelos frecuentes y no muy peligrosos que figuran entre los rasgos principales de la vida estudiantil. En estas controversias preliminares de la plaza del mercado, el gran arte consiste en repartir los golpes en el cruce de palabras con tanta habilidad que no contengan ninguna ofensa directa o formal, pero que irriten al adversario hasta el extremo, de modo que acabe perdiendo la paciencia y pronuncie esa ofensa convencional y formal que le obliga a uno a desafiarlo.

Este preludio lo han practicado ahora durante unos meses Austria y Francia. Francia empezó el 1 de enero de este año2 y Austria no se quedó sin responder. De palabra en palabra, de gesto en gesto, los adversarios se acercaron al desafío; pero la etiqueta diplomática exige que un juego así se juegue hasta el final. Así que hubo propuestas y contrapropuestas, concesiones, condiciones, restricciones y subterfugios sin fin.

La pulla diplomática tomó por último la forma siguiente. El 18 de abril, lord Derby declaró en la Cámara de los Lores que Inglaterra hacía un último intento, tras cuyo fracaso abandonaría sus esfuerzos de mediación. Solo tres días después, el 21 de abril, el Moniteur declaraba que Inglaterra había hecho a las otras cuatro grandes potencias las propuestas siguientes: 1) Antes del congreso se procederá a un desarme general y simultáneo. 2) El desarme lo regulará una comisión militar o civil independiente del congreso. (Esta comisión se compondrá de seis miembros, uno de ellos representante de Cerdeña.) 3) En cuanto la comisión haya empezado sus trabajos, se reunirá el congreso y empezará a discutir las cuestiones políticas. 4) Los representantes de los Estados italianos serán invitados por el congreso, inmediatamente después de reunirse, a ocupar sus asientos junto a los representantes de las grandes potencias, exactamente como en el congreso de 1821.3 Al mismo tiempo, el Moniteur anunciaba que Francia, Rusia y Prusia habían dado su conformidad a las propuestas de Inglaterra, y un telegrama de Turín alegró a las diversas bolsas de Europa con la grata noticia de que Luis Napoleón había movido al Piamonte a hacer lo mismo. Hasta aquí las cosas tenían un aspecto inusitadamente pacífico, y parecía haber esperanza de que se eliminaran todos los obstáculos para el congreso. En realidad, sin embargo, el plan era bastante transparente. Francia todavía no estaba «en condiciones» de entrar en combate. Austria, en cambio, sí. Para no dejar duda sobre sus verdaderas intenciones, Luis Napoleón dio a conocer por medio de su prensa oficiosa que ese desarme solo entraba en consideración para Austria y el Piamonte, puesto que Francia no podía desarmarse, ya que no se había armado; al mismo tiempo redactaba sus artículos en su periódico oficial, el Moniteur, de modo que no hacía promesa alguna de incluir a Francia en el «principio del desarme». Su paso siguiente debía ser, evidentemente, convertir en oficial la afirmación oficiosa de que Francia no se había armado, con lo que la cuestión habría quedado desviada con éxito al terreno ilimitado de los detalles militares, en el que es fácil prolongar casi sin fin una controversia de este tipo con afirmaciones, contraafirmaciones, exigencias de pruebas, desmentidos, réplicas oficiales y otros artificios parecidos. Entretanto, Luis Napoleón podría completar con toda tranquilidad sus preparativos, de los que, según su nuevo principio, podría decir que no constituyen un armamento, porque no pide soldados (puede llamarlos a filas en cualquier momento), sino material y nuevas formaciones. Él mismo ha declarado que sus preparativos de guerra no estarán terminados antes del próximo 1 de junio. En realidad, tendría que terminar sus preparativos el 15 de mayo y llamar ese día a sus soldados con permiso para que, con ayuda de los ferrocarriles, llegaran a sus unidades para el 1 de junio. Hay buenas razones, sin embargo, para suponer que, a consecuencia del colosal desorden, del despilfarro, del soborno y de las malversaciones que, siguiendo el buen ejemplo de la corte, reinan en la administración militar francesa, el material necesario no estará del todo dispuesto ni siquiera en la fecha fijada inicialmente. Sea como fuere, una cosa es segura: cada semana de retraso es otro tanto de ganancia para Luis Napoleón y de pérdida para Austria, que con semejante intermedio diplomático no solo tendría que renunciar a las ventajas militares conseguidas gracias a su adelanto en los armamentos, sino que quedaría además aplastada por los enormes gastos necesarios para mantener su actual disposición para la guerra.

Plenamente consciente de esta situación, Austria no solo ha rechazado la propuesta inglesa de celebrar un congreso en las mismas condiciones que en Laibach, sino que ha hecho sonar la primera señal de la guerra. En nombre de Austria, el general Gyulay4 ha entregado a la corte de Turín un ultimátum en el que se insiste en el desarme y en el licenciamiento de los voluntarios, dando al Piamonte solo tres días para decidirse, transcurridos los cuales se declararía la guerra. Al mismo tiempo se han enviado al Tesino otras dos divisiones del ejército austriaco con 30.000 hombres. En el terreno diplomático, pues, Napoleón ha conseguido arrinconar a Austria obligándola a pronunciar la primera la palabra sacramental, la declaración de guerra. Ahora bien, si Austria no se ve movida a volver sobre sus pasos por notas amenazadoras de Londres y de San Petersburgo, puede ocurrir que la victoria diplomática de Bonaparte le cueste el trono.

Entretanto, la fiebre de la guerra ha prendido también en otros Estados. Las potencias alemanas menores, que con razón se sienten amenazadas por los preparativos de Luis Napoleón, han dado expresión a unos sentimientos nacionales como no se habían oído en Alemania desde 1813 y 1814. Y obran en consecuencia. Baviera y los Estados vecinos organizan nuevas formaciones y llaman a filas a las reservas y a la Landwehr.5 Los cuerpos séptimo y octavo del ejército federal alemán (que aportan estos Estados), que oficialmente deben contar con 66.000 soldados para el servicio de campaña y 33.000 hombres de reserva, entrarán muy probablemente en la guerra con 100.000 soldados en activo y 40.000 de reserva. Hannover y los demás Estados de la Alemania del Norte, que aportan el décimo cuerpo, se arman en la misma medida y fortifican al mismo tiempo sus costas contra ataques por mar. Prusia, cuyo equipo de guerra, gracias a las disposiciones tomadas durante la movilización de 18506 y después, ha alcanzado un nivel más alto que nunca, se prepara desde hace algún tiempo con toda tranquilidad para movilizar su ejército, arma cada vez más a su infantería con el fusil de aguja, dota ahora a toda la artillería de a pie de piezas de doce libras y pone al mismo tiempo en pie de guerra sus fortalezas del Rin. Ha dado orden a tres corps d'armée de mantenerse dispuestos para la guerra. La actividad de Prusia en la comisión militar federal de Fráncfort prueba también claramente que es muy consciente del peligro con que la amenaza la política de Luis Napoleón. Y si su Gobierno sigue mostrándose vacilante, la opinión pública está plenamente alerta. Luis Napoleón tendrá que comprobar sin duda que Alemania se le enfrenta unánime y decidida como nunca, y eso en un momento en que entre alemanes y franceses hay menos enemistad que nunca.

  1. Las corporaciones de estudiantes alemanas se distinguían por los colores de sus gorras y cintas; de ahí que se llamaran también Couleur. ↩

  2. En la recepción de Año Nuevo de 1859, Napoleón III dijo al embajador austriaco, el barón Hübner, que lamentaba que las relaciones con Austria no fueran tan buenas como antes; las palabras se tomaron en toda Europa como un anuncio de guerra. ↩

  3. El congreso de la Santa Alianza celebrado en Laibach (Liubliana) en 1821, que decidió la intervención austriaca contra la revolución de Nápoles; asistieron a él representantes de los Estados italianos. ↩

  4. Ferenc Gyulay (1798-1868), general austriaco, comandante en jefe del ejército de Italia en 1859 hasta la batalla de Magenta. ↩

  5. La milicia territorial prusiana y de otros Estados alemanes, formada por hombres que ya habían cumplido el servicio en el ejército permanente. En la Tribune, la palabra figura en alemán. ↩

  6. La movilización prusiana de noviembre de 1850, durante la crisis con Austria que terminó con la «humillación de Olmütz». ↩