Escrito en inglés por Karl Marx (correspondencia fechada en Berlín el 24 de mayo de 1859) y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 5659, del 10 de junio de 1859. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 13 (Berlín, 1961, pp. 353-357), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Se corrigen algunas erratas de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Berlín, 24 de mayo de 1859
Sin duda alguna, la guerra que ha desencadenado el autócrata francés no solo no seguirá «localizada» (lo que en la jerga política quiere decir que las operaciones bélicas no se llevarán más allá de las fronteras de la península italiana), sino que, al contrario, ni siquiera se quedará en el marco de una guerra ordinaria, librada entre Gobiernos absolutos y decidida por el combate de ejércitos adiestrados. En su desarrollo ulterior se convertirá en un incendio revolucionario general de la Europa continental del que no muchos de los soberanos actuales podrán salvar sus coronas y sus dinastías. Alemania puede convertirse en el centro de la conmoción, porque en el mismo momento en que Rusia esté en condiciones de echar su espada en la balanza tendrá que convertirse en el centro de las operaciones militares. No hacen falta muchas reflexiones para llegar a la conclusión de que una derrota seria en el campo de batalla llevará a estallidos revolucionarios en Francia o en Austria, pero Berlín es quizá el único lugar que proporciona los datos necesarios para medir la magnitud de las duras pruebas que Alemania tendrá que pasar en un futuro próximo. Casi a simple vista puede observarse día tras día cómo crecen las condiciones que, al alcanzar cierto grado de madurez, provocarán una crisis tan tremenda como los filisteos de todos los estamentos apenas pueden imaginarse todavía. Puedo resumir en pocas palabras los síntomas de la tormenta que se avecina: la celosa rivalidad de los príncipes alemanes, que los condena a la inactividad en la primera fase de la guerra; la miseria social y el descontento, que se extienden como un reguero de pólvora del Vístula al Rin y que en la segunda fase de la guerra añadirán disturbios interiores a la agresión exterior; y, por último, el alzamiento de los pueblos eslavos incorporados a Alemania, con lo que la guerra exterior y la conmoción revolucionaria coincidirán con una lucha de nacionalidades dentro del país.
Consideremos primero la base social en la que se apoyan los príncipes alemanes cuando la fuerza de las circunstancias acabe por obligarles a decidirse por una línea de acción común. Usted sabe que el período de 1849 a 1859 constituye una época sin precedentes en el desarrollo económico de Alemania. Durante ese tiempo se ha transformado, por así decirlo, de un país agrícola en un país industrial. Tome como ejemplo una sola ciudad, Berlín: en 1848 apenas contaba con 50.000 obreros y obreras de fábrica, mientras que hasta el momento actual su número ha crecido hasta un total de 180.000. Tome una sola rama de la industria: antes de 1848, la exportación de lana a Inglaterra, Francia y otros países era uno de los recursos más importantes de Alemania, mientras que ahora la lana producida en Alemania apenas cubre las necesidades de las fábricas del país. Al mismo tiempo que se desarrollaban las fábricas, los ferrocarriles, la navegación a vapor y la explotación de las riquezas del subsuelo, ha brotado de repente un sistema de crédito que no solo corresponde al progreso general de la industria y el comercio, sino que, con las manipulaciones de invernadero del Crédit Mobilier importadas de Francia, se ha hinchado más allá de sus límites admisibles. El campesinado y la pequeña burguesía, hasta hace poco la enorme mayoría de la nación, se habían atenido antes de la revolución de 1848 al viejo método asiático de atesorar el dinero contante; pero ahora lo han sustituido por papeles que dan interés de todas las clases, colores y valores. La crisis de Hamburgo de 1857 había sacudido levemente este edificio de una prosperidad de nuevo cuño, pero no lo había dañado seriamente; ahora, en cambio, con el primer tronar de los cañones en el Po y en el Tesino, se ha tambaleado. Sin duda está usted informado ya de las repercusiones de la crisis comercial austriaca en el resto de Alemania y de las quiebras que se han sucedido rápidamente en Leipzig, Berlín, Múnich, Augsburgo, Magdeburgo, Kassel, Fráncfort y otros centros comerciales de Alemania. Pero estos hundimientos no son más que la expresión de catástrofes pasajeras en las esferas comerciales más altas. Para dar una idea de la situación real, me parece oportuno llamar su atención sobre una circular del Gobierno prusiano que acaba de publicarse, en la que, aludiendo a las amenazadoras consecuencias del despido de ejércitos industriales enteros en Silesia, Berlín, Sajonia y la Prusia renana, declara que no puede atender las peticiones de las Cámaras de Comercio de Berlín, Breslau, Stettin, Danzig y Magdeburgo, que le recomiendan el dudoso experimento de emitir más papel moneda inconvertible, y que todavía más decididamente se niega a ocupar a los obreros en obras públicas con el único fin de que tengan trabajo y salario. Esta última petición suena sin duda extraña en un momento en que el Gobierno, por falta de fondos, se ha visto obligado a suspender de repente las obras públicas que ya estaban en marcha. El solo hecho de que el Gobierno prusiano se vea obligado ya al principio de la guerra a publicar semejante proclama dice mucho. Si a esta súbita perturbación de la vida industrial se añaden la imposición general de nuevos tributos en toda Alemania, una subida general de los precios de los artículos de primera necesidad y una desorganización general de todos los negocios por la llamada a filas de las reservas y de la Landwehr, podrá usted hacerse una idea aproximada de las proporciones que alcanzará la miseria social dentro de unos meses. Pero han pasado los tiempos en que la masa del pueblo alemán solía considerar las desgracias terrenales como castigos inevitables del cielo. Ya se oye en el pueblo una voz queda, pero perceptible, que murmura estas palabras: «¡Responsabilidad! Si la revolución de 1848 no hubiera sido aplastada por el engaño y la violencia, Francia y Alemania no volverían a estar frente a frente en armas. Si los brutales opresores de la revolución alemana no hubieran inclinado sus cabezas coronadas ante un Bonaparte y un Alejandro, hoy no habría guerra». Es el sordo retumbar de la voz del pueblo, que acabará hablando con truenos.
Paso ahora al espectáculo que los príncipes alemanes representan ante un público bastante impaciente. Desde principios de enero, el gabinete austriaco ha puesto en movimiento todos los recursos de la intriga diplomática para mover a los Estados alemanes a concentrar en un punto de la Alemania del Sur un gran ejército federal, con amplia participación de tropas austriacas; esa concentración debía exponer a Francia al peligro de un ataque contra sus fronteras orientales. Así se pretendía arrastrar a la Confederación Germánica a una guerra de agresión, reservándose Austria al mismo tiempo la dirección de esa guerra. Contra una resolución en este sentido, presentada por Hannover a la Dieta federal el 13 de mayo, el señor Von Usedom,1 plenipotenciario prusiano, opuso una protesta formal de su Gobierno. A ello siguió un estallido general de indignación patriótica por parte de los príncipes de la Alemania del Sur. Entonces Prusia escenificó la réplica. Al aplazar su Dieta, el Gobierno prusiano se había asegurado una popularidad efímera declarando que estaba decidido a una política de «mediación armada». Apenas se separaron las Cámaras, la «mediación armada» se encogió hasta las muy modestas proporciones de una negativa de Prusia a declararse neutral, como le habían exigido Francia y Rusia. Este heroísmo negativo bastó para despertar la cólera de la corte de San Petersburgo, pero estuvo muy lejos de colmar las expectativas del pueblo prusiano. El armamento de las fortalezas del oeste y del este, junto con la llamada a filas de las reservas y de la Landwehr, debía servir para calmar la excitación popular así provocada. Entretanto, el 19 de mayo, el señor Von Usedom, en nombre de su Gobierno, invitó a la Dieta federal a poner el ejército federal de observación bajo el mando directo de Prusia y a dejarle toda la iniciativa de las medidas militares que hubiera que tomar. Ahora les tocaba a los príncipes alemanes menores, apoyados en secreto por Austria, revelar sus aspiraciones patrióticas. Baviera declaró que todavía no había llegado el momento de poner el ejército de los Wittelsbach bajo el mando de los Hohenzollern. Hannover recordó a Prusia, con un malicioso tu quoque,2 su protesta contra la concentración de un ejército federal de observación en un punto de la Alemania del Sur. Sajonia, por su parte, no veía razón alguna para no confiar el mando supremo a su ilustre soberano, aunque solo fuera para neutralizar las aspiraciones rivales de los Habsburgo y los Hohenzollern. Wurtemberg casi prefería una invasión francesa a una supremacía prusiana. Así celebraron una ignominiosa resurrección los peores recuerdos del Sacro Imperio Romano Germánico. El resultado de estas querellas entre sus mezquinos soberanos es el jaque mate provisional de Alemania. El clamor por el restablecimiento de la Asamblea Nacional alemana no es más que la primera y débil protesta que contra estos obstáculos dinásticos levanta, no la masa revolucionaria, sino la burguesía temerosa y apaciguadora.
Aprovecharé otra ocasión para hablar de las agitaciones eslavas que se preparan en Alemania.