Escrito en inglés por Karl Marx (correspondencia fechada en Berlín el 27 de septiembre de 1860) y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 6076, del 15 de octubre de 1860. El original inglés no está disponible en una edición libre; traducimos de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 182-186), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. La segunda parte del título la pusieron los editores de la MEW. El pasaje sobre Türr se ha cotejado con el fragmento del original inglés recogido en Marx Engels on Literature and Art* (Moscú, 1976). Las notas son nuestras. Texto original en alemán.*

Berlín, 27 de septiembre de 1860

El príncipe regente, que, como ya comuniqué a sus lectores, desde que alcanzó el poder supremo es en lo más íntimo de su corazón un legitimista obstinado y empedernido —a pesar de los espléndidos atributos de liberalismo con que lo adornaron los profetas oficiales del paraíso de los necios prusiano—, acaba de tener ocasión de dar públicamente rienda suelta a sus sentimientos, largo tiempo reprimidos. Es un hecho curioso, pero no por eso menos cierto, que el príncipe regente de Prusia cierra actualmente a los garibaldinos la fortaleza de Mesina y ha conservado este importante punto de apoyo militar para su querido hermano, el rey Bombalino1 de Nápoles. El embajador prusiano en Nápoles, el conde de Perponcher —un personaje tan famoso por su inquebrantable legitimismo como el barón de Canitz, embajador prusiano en Roma—, había seguido, como la mayoría de sus colegas, al rey Bombalino a Gaeta, donde estaba fondeada la corbeta de guerra prusiana Lorelei para proteger a los súbditos alemanes. El 15 de septiembre, la ciudadela de Mesina estaba a punto de capitular. Los oficiales se habían declarado por Víctor Manuel y habían enviado una comisión a Gaeta para comunicar al rey que la plaza ya no podía sostenerse. Al día siguiente, la corbeta de guerra Lorelei devolvió esta comisión a Mesina, con un comisario prusiano a bordo que, al llegar el barco, se dirigió enseguida a la ciudadela, donde tuvo una larga conversación con el comandante napolitano. Además de su elocuencia personal, el representante prusiano llevaba un fajo de despachos del rey que animaban al general a resistir y a protestar enérgicamente contra toda propuesta de rendición, aun en las condiciones más favorables, ya que el fuerte estaba bastante abastecido para varios meses más. Durante la estancia del comisario prusiano se oyeron desde la ciudadela gritos de «Evviva il Re!»2, y cuando se marchó se rompieron en el acto las negociaciones iniciadas para fijar las condiciones de la capitulación. Al llegar esta noticia, el conde de Cavour se apresuró a presentar en Berlín una queja por «el abuso de la bandera prusiana» y por la violación de la promesa de guardar una neutralidad completa en la guerra revolucionaria de Italia. Aunque la queja era fundada, el conde de Cavour era el menos indicado de todos para presentarla. El señor de Schleinitz3, cuyos despachos durante la guerra de 1859 habían alcanzado cierta celebridad por su estilo servil, sus juicios vacilantes y la incomparable habilidad de dar mucho más valor a las divagaciones que a los asuntos principales, aprovechó con celo la ocasión para congraciarse con el príncipe regente y cambiar por una vez su voz humilde y apagada por los tonos estridentes de la arrogancia. Dio al conde de Cavour una reprimenda tajante y declaró sin más que Sicilia no era todavía una provincia sarda, que la corte de Turín violaba a diario las obligaciones contractuales y que, si Cavour quería protestar contra la injerencia extranjera en Italia, haría mejor en presentar su protesta en las Tullerías.

La retirada del embajador francés de Turín se considera aquí una maniobra transparente, pues es de dominio público que, inmediatamente después del encuentro de Luis Bonaparte con los señores Farini y Cialdini en Chambéry4, se encargó a este último la dirección de la invasión piamontesa de los Estados Pontificios. Esta invasión se planeó en Chambéry con el propósito de quitarle a Garibaldi el juego de las manos y ponerlo en las de Cavour, el servidor más dócil del emperador francés. Como es sabido, en las Tullerías no se ve la guerra revolucionaria del sur de Italia como el alud fortuito de una piedra que ha echado a rodar, sino como la acción deliberada del partido italiano independiente, que, desde que Luis Napoleón emprendió la via sacra5, proclamó siempre el levantamiento del sur como el único medio de quitarse de encima la pesadilla de la protección francesa. En efecto, Mazzini, en su proclama al pueblo italiano del 16 de mayo de 1859, declaraba claramente:

«Con la debida reserva, el pueblo del norte puede agruparse en torno a la bandera de Víctor Manuel allí donde el austriaco acampe o esté cerca; la insurrección del sur tiene que tomar otro curso, más independiente. El levantamiento, el levantamiento común, el establecimiento de un gobierno provisional, el armamento, la elección de un punto estratégico donde se pueda sostener la posición y adonde se pueda atraer a los voluntarios del norte, de Nápoles y de Sicilia, pueden salvar todavía la causa de Italia y establecer su poder, que representa un campamento nacional. Gracias a ese campamento y a los voluntarios del norte, Italia, al final de la guerra, sea cual sea la intención de sus iniciadores, puede llegar a ser todavía dueña de su propio destino... Semejante manifestación de la voluntad popular excluiría toda nueva partición de Italia, toda importación de nuevas dinastías, toda paz en el Adigio o en el Mincio, todo abandono de una parte del suelo italiano, y el nombre de Roma es inseparable del nombre de Italia. Allí, en la ciudad santa, está el paladión de nuestra unidad nacional. El deber de Roma no es reforzar el ejército sardo con un puñado de voluntarios, sino demostrar a la Francia imperial que el sostén del despotismo papal en Roma no será reconocido jamás como portaespada de la independencia italiana... Si Roma olvida sus deberes, tenemos que actuar por los romanos. Roma representa la unidad de la patria. Sicilia, Nápoles y los voluntarios del norte han de ser su ejército.»

Esas fueron las palabras de Mazzini en mayo de 1859, repetidas por Garibaldi cuando, a la cabeza del ejército popular creado en Sicilia y en Nápoles, prometió que proclamaría la unidad de Italia desde lo alto del Quirinal.

Recordarán ustedes cómo Cavour hizo desde el principio todo lo que estaba en su mano para poner dificultades a la campaña de Garibaldi; cómo, tras el primer éxito del héroe popular, mandó a Palermo a La Farina6 con dos agentes bonapartistas para despojar al conquistador de su papel de dictador; cómo, más tarde, cada movimiento militar de Garibaldi tropezó por parte de Cavour primero con contramovimientos diplomáticos y por último con contramovimientos militares. Después de la caída de Palermo y del avance sobre Mesina, la popularidad de Garibaldi entre el pueblo y el ejército en París era tan grande que Luis Napoleón juzgó aconsejable probar el método de la persuasión. Cuando el general Türr7, apartado por entonces del servicio activo, fue a París, se le colmó por completo de lisonjas imperiales. No solo fue huésped de honor en el Palais Royal8, sino que fue admitido incluso en las Tullerías, donde el emperador expresó su entusiasmo sin límites por su súbdito «anexionado», el héroe de Niza9, y lo colmó de pruebas de su benevolencia, como cañones rayados, etc. Al mismo tiempo se le inculcó a Türr la opinión del emperador de que Garibaldi, una vez asegurados Nápoles y la flota napolitana, no podría hacer nada mejor que intentar, junto con los refugiados húngaros, un desembarco en Fiume y plantar allí la bandera de una revolución húngara. Pero Luis Napoleón partía de supuestos completamente falsos al creer que Türr era el hombre, o se figuraba siquiera serlo, capaz de tener el menor poder sobre la actividad de Garibaldi. Türr, a quien conozco personalmente, es un soldado valiente y un oficial inteligente, pero fuera de la esfera de su actividad militar es un mero cero, por debajo incluso de la media de los mortales corrientes, al que no solo le faltan formación intelectual y una inteligencia cultivada, sino también la astucia natural y el instinto que pueden suplir la instrucción, el estudio y la experiencia. Es, en una palabra, un buenazo jovial y despreocupado, dotado de una credulidad extraordinaria, pero desde luego no el hombre capaz de dominar políticamente a nadie, y mucho menos a Garibaldi, que, con todo su ardor, conserva su parte de aquel sutil genio italiano que puede rastrearse tanto en Dante como en Maquiavelo. Türr ha resultado, pues, un error de cálculo; así al menos se habla de él en los círculos de las Tullerías. Se probó con Kossuth y se le mandó a ver a Garibaldi para convencerlo de las miras del emperador y desviarlo del buen camino, que apunta a Roma. Garibaldi se sirvió de Kossuth como instrumento para atizar el entusiasmo revolucionario y por eso hizo que el pueblo lo festejara con ovaciones, pero supo distinguir muy bien entre su nombre, que representaba la causa del pueblo, y su misión, que ocultaba una trampa bonapartista. Kossuth volvió a París completamente abatido. Pero, para dar una prenda de su fidelidad a los intereses imperiales, ha enviado ahora, según informa la Opinion nationale, el Moniteur de Plon-Plon10, una carta a Garibaldi en la que lo exhorta a reconciliarse con Cavour, a renunciar a toda empresa contra Roma para no enajenarse a Francia, la verdadera esperanza de las nacionalidades oprimidas, e incluso a dejar fuera del juego a Hungría, ya que este país no está todavía maduro para una insurrección.

No necesito decirles que aquí, en Berlín, las acciones del liberalismo ministerial han bajado mucho a causa de la inminente conferencia de Varsovia11, donde no solo se estrecharán la mano los soberanos por la gracia de Dios, sino también sus respectivos ministros de Asuntos Exteriores. El príncipe Gorchakov, el conde Rechberg12 y nuestro señor de Schleinitz se reunirán, según se dice, en el rincón acogedor de una espléndida antecámara para dar allí un giro ortodoxo a la historia futura de la humanidad.

Las negociaciones de Prusia con Austria sobre un nuevo tratado comercial entre el Zollverein y Austria, como parecía anunciarlo el tratado del 19 de febrero de 185313, pueden darse ya por rotas, pues el Gabinete prusiano ha declarado categóricamente que no cabe ninguna equiparación, ni siquiera un acercamiento, de los aranceles.

  1. «El pequeño Bomba»: apodo de Francisco II (1836-1894), rey de las Dos Sicilias desde 1859, hijo de Fernando II, a quien llamaban «el rey Bomba» por el bombardeo de Mesina y Palermo en 1848-1849. Tras la entrada de Garibaldi en Nápoles, el 7 de septiembre de 1860, Francisco II se refugió en la fortaleza de Gaeta. ↩

  2. «¡Viva el rey!», en italiano en el original. ↩

  3. Alexander von Schleinitz (1807-1885), ministro de Asuntos Exteriores de Prusia de 1858 a 1861. ↩

  4. Napoleón III recibió el 28 de agosto de 1860 en Chambéry al ministro piamontés Luigi Carlo Farini y al general Enrico Cialdini; pocos días después, las tropas piamontesas invadieron los Estados Pontificios. Francia retiró en señal de protesta a su embajador en Turín. ↩

  5. La «vía sagrada» de la Roma antigua, por la que pasaban los triunfos; alusión a la guerra de Italia de 1859, emprendida por Napoleón III en nombre de la liberación de Italia. ↩

  6. Giuseppe La Farina (1815-1863), político siciliano, partidario de Cavour, que fue enviado a Palermo en junio de 1860 para preparar la anexión inmediata de Sicilia al Piamonte; Garibaldi lo expulsó de la isla en julio. ↩

  7. István Türr (1825-1908), revolucionario húngaro, general de Garibaldi en la expedición de los Mil. ↩

  8. Residencia en París del príncipe Napoleón (Plon-Plon), primo del emperador. ↩

  9. Garibaldi había nacido en Niza, cedida a Francia por el Piamonte en 1860. ↩

  10. Apodo de Napoleón José Carlos Pablo Bonaparte, el príncipe Napoleón (1822-1891), primo de Napoleón III. La Opinion nationale, periódico parisino fundado en 1859, era tenida por portavoz suyo. ↩

  11. Entrevista del zar Alejandro II con el emperador Francisco José de Austria y el príncipe regente Guillermo de Prusia en Varsovia, del 22 al 26 de octubre de 1860. ↩

  12. Alexandr Mijáilovich Gorchakov (1798-1883), ministro de Asuntos Exteriores de Rusia de 1856 a 1882; Johann Bernhard von Rechberg (1806-1899), ministro de Asuntos Exteriores de Austria de 1859 a 1864. ↩

  13. El tratado comercial entre Prusia y Austria del 19 de febrero de 1853 preveía negociaciones, a partir de 1860, sobre una unión aduanera entre el Zollverein y Austria. ↩