Escrito en inglés por Friedrich Engels en Londres el 24 de diciembre de 1860 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 6152, del 12 de enero de 1861, sin firma; la MEW lo atribuye a Engels. Traducido del original inglés según la transcripción del periódico (ejemplar de la Biblioteca del Congreso de Washington) en el Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejada con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 234-237), que lo titula «El desarrollo de la revolución en Austria», por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.

Londres, 24 de diciembre de 1860

La revolución en Austria avanza a galope tendido. Hace solo dos meses que Francisco José reconoció, con su diploma del 20 de octubre1, que su imperio se hallaba en estado de revolución, y quiso ponerle remedio sobornando a Hungría con la promesa de restablecer su antigua Constitución, recortada de un modo u otro. El diploma, aunque era una concesión al movimiento revolucionario, fue en su concepción uno de esos golpes maestros de política pérfida que tanto lugar ocupan en la diplomacia austriaca. Había que comprar a Hungría con concesiones en apariencia muy grandes, que debían parecer mayores todavía al ponerlas junto a la mezquina ración asignada a las provincias alemanas y eslavas y junto a la parodia de Parlamento imperial que el diploma proponía crear. Pero en los detalles de la obra asomaba la pata de la traición lo bastante para convertir el golpe maestro proyectado en una muestra de necedad insigne y en una prenda, dada al movimiento revolucionario, de la impotente debilidad del Gobierno. No solo se quitaba a la Dieta húngara el voto de los subsidios y de los soldados para pasarlo al Parlamento central y en parte incluso al emperador solo —¡como si un Gobierno que acababa de verse obligado a tragarse todo el puerro político que había cultivado en los últimos diez años2 fuese todavía lo bastante fuerte para negar tales derechos a sus propios vencedores!—, sino que la naturaleza mezquina y vaga de los derechos concedidos a las demás partes del imperio y a la representación central demostraba enseguida, por contraste, la falta de sinceridad de todo el asunto. Y cuando se publicaron las constituciones provinciales de Estiria, Carintia, Salzburgo y el Tirol —constituciones que daban la parte del león de la representación a la nobleza y al clero y mantenían la vieja distinción de los estamentos—, cuando el viejo ministerio siguió en el poder, ya no cupo duda alguna de lo que se pretendía. Había que calmar a Hungría y hacer luego de ella el instrumento que sacara de apuros a la Austria absolutista; y, una vez que la Austria absolutista volviera a ser fuerte, Hungría sabía de sobra por experiencia cuál sería su suerte. El hecho mismo de implantar el húngaro, sin límites ni distinciones, como única lengua oficial de Hungría no tenía otro fin que excitar a los eslavos, rumanos y alemanes de Hungría contra la raza magiar. Los viejos conservadores húngaros (vulgo, aristócratas), que habían cerrado este trato con el emperador, perdieron con él todo crédito en su país: habían intentado malvender los dos derechos más esenciales de la Dieta. En realidad, el diploma imperial no engañó a nadie. Mientras que en las provincias alemanas la opinión pública obligaba enseguida a los viejos concejos municipales (nombrados por el emperador después de la revolución) a ceder el sitio a hombres nuevos, que ahora se eligen por voto popular, los húngaros empezaban a restablecer sus antiguos funcionarios y asambleas de condado, que antes de 1849 constituían todas las autoridades locales del país. En uno y otro caso es buena señal que el partido de la oposición se haya asegurado de inmediato el poder local y municipal, en lugar de limitarse a reclamar a gritos un efímero cambio de ministerio y desdeñar las posiciones importantes que le quedaban abiertas en esferas de acción más modestas. En Hungría, las formas de la antigua administración local, tal como se reorganizaron en 1848, pusieron enseguida todo el poder civil en manos del pueblo y no dejaron al Gobierno de Viena más alternativa que ceder o recurrir en el acto a la fuerza militar. Aquí, pues, el movimiento avanzó naturalmente con la mayor rapidez. De un extremo a otro del país se alzó la exigencia del pleno restablecimiento de la Constitución, tal como se reformó en 1848, con todas las leyes acordadas aquel año entre la Dieta y el rey3. No contentos con eso, se pidió la abolición inmediata del monopolio del tabaco (introducido ilegalmente después de 1848) y de todas las demás leyes impuestas sin el consentimiento de la Dieta. Se declaró abiertamente ilegal la recaudación de impuestos mientras la Dieta no los votara; no se pagó ni un tercio de los impuestos debidos; a los jóvenes llamados a filas se les exhortó a resistirse al alistamiento o a huir; se derribaron las águilas imperiales y, lo peor de todo, en este estado de transición el Gobierno no tenía medios para resistir esta agitación. Dondequiera que se convocaron las asambleas de condado se pronunciaron por unanimidad en este sentido; y la Conferencia de notables húngaros reunida en Gran bajo la presidencia del primado de Hungría4, para proponer al Gobierno una base para la elección de una Dieta, declaró casi sin deliberar y por unanimidad que la ley electoral democrática de 1848 seguía en vigor.

Eso era más de lo que los viejos conservadores habían esperado cuando hicieron el compromiso con el emperador. Se vieron completamente débordés5. Las olas revolucionarias amenazaban con ahogarlos. El propio Gobierno vio que había que hacer algo. Pero ¿qué podía hacer el Gabinete de Viena?

El intento de sobornar a Hungría estaba a punto de fracasar estrepitosamente. ¿Y si el Gabinete probaba ahora a sobornar a los alemanes? Estos nunca habían gozado de los derechos de los húngaros; quizá se contentaran con menos. La monarquía austriaca, para existir, tiene que servirse por turnos de las diversas nacionalidades de sus súbditos, unas contra otras. A los eslavos solo se les podía utilizar en el último extremo: estaban demasiado ligados a Rusia por la agitación paneslavista; fuera, pues, por los alemanes. Se sacrificó al conde Gołuchowski, el odiado aristócrata polaco (un renegado que había pasado de la causa polaca al servicio de Austria), y se nombró ministro del Interior al caballero von Schmerling6. Este había sido ministro del efímero Imperio alemán en 1848 y después de Austria; dejó ese cargo cuando se abolió definitivamente la Constitución de 1849. Pasaba por constitucionalista. Pero, de nuevo, hubo tantas vacilaciones e indecisiones antes de llamarlo definitivamente que el efecto se perdió otra vez. La gente se preguntaba de qué servía Schmerling si todos los demás ministros seguían en su puesto. Todas las esperanzas se enfriaron antes incluso de que se le nombrara definitivamente; y su nombramiento, en vez de una concesión franca, solo pareció una prueba más de debilidad. Pero mientras que en las provincias alemanas la oposición se contentaba con asegurarse el poder local y recibía cada paso del Gobierno con desconfianza y descontento manifiestos, en Hungría el movimiento seguía adelante. Antes incluso de que nombraran a Schmerling, los viejos conservadores húngaros llamados al poder, con Szécsen y Vay a la cabeza, reconocieron la imposibilidad de mantenerse en sus puestos; y el ministerio del emperador tuvo que sufrir la humillación de invitar a dos ministros húngaros de 1848, colegas hasta el otoño de aquel año de Batthyány, que fue fusilado, de Kossuth y de Szemere7; de invitar a los señores Deák y Eötvös8 a entrar en el ministerio del hombre que había pisoteado Hungría con ayuda rusa. Todavía no se les ha nombrado; el sistema de vacilaciones e indecisiones, de regatear y chalanear por minucias, sigue en todo su esplendor; pero, si aceptan, al final se les nombrará con toda seguridad.

Así se ve empujado Francisco José de una concesión a otra, y, si llegara a ocurrir que en enero se reunieran las dos Dietas, una en Pest para Hungría y sus anejos y otra en Viena para las demás provincias del imperio, se le arrancarán nuevas concesiones. Pero, en lugar de reconciliar a sus súbditos, cada nueva concesión los exasperará más por la insinceridad manifiesta con que se otorga. Y entre los recuerdos del pasado, las maniobras de la emigración húngara a sueldo de Luis Napoleón, el hecho de que una Austria liberal es imposible, porque la política exterior de Austria tiene que ser siempre reaccionaria y provocará por tanto choques inmediatos entre la Corona y el Parlamento, y Luis Napoleón especulando con este hecho, es muy probable que 1861 vea el Imperio austriaco disolverse en sus partes integrantes.

  1. El Diploma de Octubre (20 de octubre de 1860), con el que Francisco José, tras la derrota de Austria en la guerra de Italia de 1859, renunció al absolutismo abierto de la década anterior: devolvía a Hungría su Dieta y sus antiguas instituciones y prometía dietas provinciales y un Consejo del Imperio con competencias limitadas. ↩

  2. Alusión a Enrique V de Shakespeare (acto V, escena 1), donde Fluellen obliga a Pistol a comerse el puerro del que se ha burlado. Los diez años son los del neoabsolutismo austriaco posterior a la derrota de la revolución de 1848-1849. ↩

  3. Las leyes de abril de 1848, sancionadas por Fernando V (el emperador Fernando I de Austria) como rey de Hungría: gobierno responsable ante la Dieta, abolición de las cargas feudales y representación popular. ↩

  4. Gran es el nombre alemán de Esztergom, sede del arzobispo primado de Hungría, que era entonces János Scitovszky. La conferencia se reunió en diciembre de 1860. ↩

  5. En francés en el original: «desbordados». ↩

  6. Agenor Gołuchowski, aristócrata polaco de Galitzia, ministro del Interior de Austria en 1859-1860 y ministro de Estado de octubre a diciembre de 1860. Anton von Schmerling, ministro del Interior de la Regencia del Imperio creada por la Asamblea de Fráncfort en 1848 y ministro de Justicia de Austria en 1849-1851; ministro de Estado de diciembre de 1860 a 1865. ↩

  7. Lajos Batthyány, presidente del primer gobierno húngaro responsable (1848), fusilado en Pest en octubre de 1849; Lajos Kossuth, ministro de Hacienda de ese gobierno y después jefe de la revolución húngara; Bertalan Szemere, ministro del Interior en 1848 y jefe del gobierno en 1849. Miklós Szécsen y Miklós Vay, aristócratas conservadores, eran desde octubre de 1860 ministro sin cartera y canciller de la Corte húngara. ↩

  8. Ferenc Deák, ministro de Justicia, y József Eötvös, ministro de Cultos e Instrucción en el gobierno Batthyány de 1848. ↩