Escrito en inglés por Friedrich Engels el 16 de agosto de 1860 y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 6039, del 1 de septiembre de 1860. El original inglés no está disponible en una edición libre; traducimos de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 129-132), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Se corrigen algunas erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
El emperador Francisco José de Austria parece vivir solo para demostrar la verdad de la vieja máxima latina de que los dioses enloquecen primero a quien quieren perder1. Desde comienzos de 1859 no ha hecho otra cosa que pisotear deliberadamente todas las ocasiones que se le ofrecían de salvarse a sí mismo y al Imperio austriaco. El ataque repentino contra Piamonte con solo una parte de sus fuerzas, la destitución del mariscal Hess2 del mando supremo por obra del emperador y de su camarilla, la irresolución que condujo a la batalla de Solferino, la paz repentina concluida justo en el momento en que los franceses habían llegado ante sus posiciones más fuertes, la negativa obstinada a toda concesión en la organización interna del Imperio hasta que fue demasiado tarde: he ahí una serie de errores insensatos que, cometidos en tan poco tiempo por un solo individuo, no tienen parangón.
Pero, por un golpe de fortuna, Francisco José tiene todavía otra oportunidad. La desvergonzada doblez de Luis Napoleón hizo necesaria la alianza entre Prusia y Austria que las humillaciones anteriores de Austria y sus dificultades crecientes cada día, dentro y fuera, fueron las primeras en hacer posible. Las entrevistas de Baden y de Teplitz3 sellaron esa alianza. Prusia, que por primera vez actuaba como representante del resto de Alemania, prometió su ayuda si Austria era atacada por Italia o también por Francia, mientras que Austria prometió hacer concesiones a la opinión pública y cambiar su política interior. Había aquí de veras una esperanza para Francisco José. Una lucha solo con Italia no tenía por qué temerla, aunque hubiera dificultades en Hungría, porque su nueva política sería la mejor garantía de seguridad en ese aspecto. Con una constitución separada sobre la base de la abolida en 1849, Hungría se habría dado por satisfecha; una constitución liberal para todo el Imperio habría colmado los deseos del momento del núcleo alemán de la monarquía y contrarrestado en gran medida las tendencias separatistas de las provincias eslavas. Una vez puestas las finanzas bajo el control del pueblo, el crédito del Estado se habría recuperado por sí solo, y la misma Austria que ahora está débil, pobre, quebrantada, exhausta y presa de la discordia interna recobraría pronto las fuerzas al amparo de las 700.000 bayonetas que Alemania tenía dispuestas para su defensa. Para asegurar todo esto solo se exigían de Austria dos cosas: llevar a cabo en el interior una política verdaderamente liberal, sincera y sin reservas, y mantenerse a la defensiva en Venecia, dejando el resto de Italia a su suerte.
Pero ni lo uno ni lo otro, según parece, puede o quiere hacer Francisco José. No puede ni echar por la borda su poder de monarca absoluto, que se disuelve cada día más en humo, ni olvidar su posición de protector de los pequeños tiranos italianos, que ya ha perdido. Insincero, débil y obstinado a la vez, parece buscar refugio ante sus dificultades interiores en una guerra de agresión exterior y, en lugar de afianzar su imperio sacrificando un poder que de todos modos se le escapa de las manos, parece haberse echado de nuevo en brazos de sus amigos íntimos y estar preparando una invasión de Italia que puede terminar con el derrumbe de la monarquía austriaca.
Se haya enviado o no de Viena a Turín una nota u otra comunicación sobre la cuestión del desembarco de Garibaldi en Calabria, es muy probable que Francisco José haya decidido considerar ese desembarco motivo para intervenir en favor del rey de Nápoles. Pronto veremos si es así. Pero ¿cuál puede ser la causa de este viraje repentino de la política austriaca? ¿Le ha trastornado la cabeza a Francisco José la reciente confraternización con Prusia y Baviera? No lo parece; porque, al fin y al cabo, la confraternización de Teplitz fue para él una humillación y un triunfo solo para Prusia. ¿Quiere Francisco José reunir bajo su estandarte los ejércitos del papa y del rey de Nápoles antes de que Garibaldi los haga añicos y una sus elementos italianos a sus propios partidarios? Sería un motivo muy insuficiente. En cualquier campaña a estas tropas no les faltará de nada, mientras que Austria, en la situación en que la pondrá una agresión tan insensata, carecería de todo. No puede haber otra causa que la situación de la política interior austriaca. Y aquí no tenemos que buscar mucho. El Consejo del Imperio (Reichsrat)4, reforzado con algunos de los elementos más conservadores y aristocráticos de las diversas provincias y encargado en tiempo de paz del control de las finanzas del país, está discutiendo precisamente la cuestión de la representación popular y de las constituciones para el Imperio y para cada una de las provincias que lo componen. Las propuestas presentadas al respecto por los miembros húngaros obtuvieron una mayoría abrumadora en la comisión y, a despecho del gobierno, se aprobarán del mismo modo triunfal en el Consejo. En una palabra, la segunda revolución austriaca parece haber comenzado. El Consejo del Imperio, débil copia de los notables franceses5, se declara, exactamente como hicieron aquellos, incompetente y reclama los Estados Generales. El gobierno, en las mismas dificultades financieras que el de Luis XVI y más débil aún por las tendencias divergentes de las diversas nacionalidades que componen el Imperio, no está en condiciones de resistir. Las concesiones arrancadas al gobierno traerán seguramente consigo nuevas concesiones y exigencias. Los Estados Generales se constituyeron pronto en Asamblea Nacional. Francisco José siente vacilar el suelo bajo sus pies y quizá, para escapar al terremoto que amenaza, se refugie en una guerra.
¿Cómo terminará todo si Francisco José cumple su amenaza y emprende una cruzada por la legitimidad en Nápoles y por el Estado pontificio? No hay en Europa ni una potencia ni un Estado que tenga el menor interés en mantener el dominio de los Borbones, y si Francisco José interviene en su nombre tendrá que cargar con las consecuencias. Luis Napoleón cruzará con seguridad los Alpes para proteger el principio de no intervención, y Austria, con la opinión pública de toda Europa completamente en contra, con las finanzas arruinadas, con un levantamiento en Hungría y con un ejército valiente pero muy inferior en número, será terriblemente batida. Quizá reciba con ello el golpe de gracia. Que Alemania acuda en su ayuda está del todo descartado. Los alemanes se negarán muy resueltamente a combatir por el rey de Nápoles o por el papa. Procurarán que se respete el territorio de la Confederación (lo que Francia e Italia aceptarán con mucho gusto), y si Hungría se levanta mirarán con la misma frialdad. Más bien es muy probable incluso que las provincias alemanas del Imperio apoyen, como en 1848, las reivindicaciones de los húngaros y exijan para sí mismas una constitución. La prensa austriaca, pese a las restricciones del gobierno, muestra incluso en Austria señales inequívocas de simpatías muy extendidas por Garibaldi. La opinión pública sigue una dirección distinta de la del año pasado. Venecia se considera ahora una posesión muy poco ventajosa, y el público de Viena ve con buenos ojos la lucha de los italianos por la independencia, puesto que se lleva a cabo sin ayuda francesa. Francisco José encontrará que será incluso dificilísimo conseguir que sus propios súbditos alemanes abracen la causa de los Borbones de Nápoles, del papa y de los insignificantes duques de Emilia. Un pueblo que está a punto de hacer una revolución contra el absolutismo difícilmente se empeñará por los intereses dinásticos de su soberano. Los vieneses lo demostraron en otro tiempo6, y es muy posible que el paso del Po por las tropas austriacas sea, tanto en Viena como en Hungría, la señal para que las fuerzas progresistas recurran a medios más enérgicos.
Quos Deus vult perdere, prius dementat. ↩
Heinrich von Hess (1788-1870), mariscal austriaco, jefe del estado mayor de Radetzky en 1848-1849; apartado del mando en la campaña de 1859 hasta después de Magenta. ↩
El príncipe regente de Prusia se entrevistó con los soberanos alemanes en Baden-Baden (junio de 1860) y con Francisco José en Teplitz (julio de 1860). ↩
El Consejo del Imperio reforzado (verstärkter Reichsrat), convocado en Viena de mayo a septiembre de 1860, con miembros nombrados de las provincias. ↩
La Asamblea de Notables convocada por Luis XVI en 1787-1788, que, al negarse a aprobar las reformas fiscales, abrió el camino a la convocatoria de los Estados Generales de 1789. ↩
En la revolución de octubre de 1848, cuando los vieneses se alzaron para impedir la salida de tropas contra la Hungría revolucionaria. ↩