Escrito en inglés por Karl Marx (correspondencia fechada en Berlín el 10 de abril de 1860) y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 5932, del 28 de abril de 1860. El original inglés no está disponible en una edición libre; traducimos de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 39-42), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Berlín, 10 de abril de 1860

Si un extranjero inteligente que hubiera visitado Berlín hace solo dos meses y se hubiera marchado volviera ahora a esta «metrópoli del espíritu», le saltaría a la vista sin falta el cambio completo en la fisonomía, el tono y el estado de ánimo de meine lieben Berliner [mis queridos berlineses].1 Hace aún unos meses corrían por todas las capas de la sociedad de la metrópoli unas vagas habladurías. La gente se felicitaba a media voz de que lo peor hubiera pasado y de que el espectro de una reacción de diez años hubiera dejado por fin de amordazar su espíritu. Este tema absurdo sonaba en todos los tonos, con el inevitable regusto de que el cambio no se había producido por los esfuerzos enérgicos y saludables de los súbditos prusianos, sino más bien por el estado enfermizo de la cabeza del rey de Prusia;2 de que el cambio era, pues, obra de la naturaleza y no obra humana. Ese regusto incómodo enturbió incluso las primeras alegrías de la Nueva Era,3 que las plumas romas y secas de la prensa diaria berlinesa habían proclamado triunfalmente. Tan grande era el apocamiento general que, para no sobresaltar al príncipe regente en su liberalismo a la moda, todos los candidatos en las elecciones generales a la Segunda Cámara fueron sometidos a esta prueba simplona: ¿Confían en el gabinete Hohenzollern nombrado por el príncipe regente? ¿Sus nombres no perjudican en modo alguno al templado liberalismo del nuevo gobierno? En lugar de hombres que se ocuparan de las necesidades del país, se querían palafreneros dispuestos a votar por el gabinete. Que el nuevo gabinete no tocara en absoluto los grilletes burocráticos y policiales forjados por sus predecesores, mientras sus propias profesiones de fe se distinguían por una complaciente doblez, una prudencia medrosa y una reserva ambigua, era algo ante lo que se cerraban los ojos; y, más aún, se proclamó deber patriótico cerrar los ojos ante ello. Todos los periódicos de la oposición, se llamaran constitucionales o demócratas, se convirtieron de pronto en periódicos gubernamentales. Después de la paz de Villafranca,4 cuando el señor von Schleinitz, ministro prusiano de Asuntos Exteriores,5 publicó una especie de libro azul sobre la guerra de Italia; cuando sus despachos, verdaderos modelos de prolijidad irresoluta, lo mostraron como digno sucesor de los hombres que en el siglo pasado concluyeron la paz de Basilea y en este prepararon la catástrofe de Jena;6 cuando lo vimos recibir sumiso lecciones de constitucionalismo del pequeño Johnny,7 el metomentodo británico, arrastrarse por el polvo ante el príncipe Gorchakov,8 intercambiar billets doux [cartitas de amor] con el hombre de diciembre y fruncir altivo el ceño ante su colega austriaco; hasta que al fin todos sus socios se volvieron contra él, incluso entonces la prensa prusiana y nuestros liberales berlineses se elevaron a verdaderos arrebatos de entusiasmo por la extraordinaria inteligencia demostrada por el gobierno prusiano, que, no contento con no hacer nada él mismo, había logrado impedir también toda acción a Alemania. Poco después tuvo lugar en Breslau un encuentro entre el zar ruso y Gorchakov, de un lado, y el príncipe regente con sus satélites ministeriales, de otro.9 Se firmó en debida forma un nuevo documento de la dependencia vasallática de Prusia respecto de su vecino moscovita: tal fue el primer resultado, pero necesario, de la paz de Villafranca. Incluso en 1844 un acontecimiento así habría desatado una tormenta de oposición en todo el país. Ahora se lo ensalzó como prueba de una clarividente sabiduría de Estado. El nihilismo de la política exterior del príncipe regente, junto con el viejo sistema feudal reaccionario, que seguía en pie aliado con la burocracia y que solo se había abandonado de nombre, les pareció a nuestros amigos, los liberales berlineses y la prensa prusiana de todos los matices, con excepción de los órganos particulares de la vieja camarilla, motivo suficiente para reclamar la corona imperial de la Pequeña Alemania (es decir, Alemania menos la Austria alemana) para el representante de la dinastía prusiana. Es difícil encontrar en los anales de la historia un ejemplo semejante de ceguera; pero recordamos que, después de la batalla de Austerlitz, también Prusia estuvo cacareando unos días sobre su propio estercolero, quasi re bene gesta [como si todo hubiera salido bien].10

Después del final de la guerra de Italia, era un espectáculo tan lamentable como repugnante oír a la prensa prusiana, con los periódicos berlineses a la cabeza. En lugar de atreverse a la menor crítica de la estúpida diplomacia de sus propios gobernantes, en lugar de exigir con audacia al ministerio «liberal» que salvara por fin en los asuntos interiores el ancho abismo entre lo pretendido y lo real, en lugar de denunciar públicamente las intromisiones silenciosas pero tenaces en la libertad civil que se permite el ejército de funcionarios de Manteuffel,11 todavía cómodamente atrincherado en sus viejas fortalezas, se la oía cantar loas al esplendor de la Prusia restaurada, se la veía lanzar sus flechas romas contra la humillada Austria, tender sus manos enervadas hacia la corona imperial alemana y comportarse, para máximo asombro de toda Europa, como locos en un paraíso de necios. En suma, parecía como si el gran drama internacional que se representa ahora en el escenario europeo solo concerniera a nuestros amigos berlineses como espectadores, que desde el gallinero o desde el patio de butacas tienen que aplaudir o silbar, pero no actuar.

Todo esto ha cambiado ahora como por arte de magia. Berlín es en este momento, quizá con la excepción de Palermo y Viena, la ciudad más revolucionaria de Europa. La efervescencia alcanza a todas las capas y parece más fuerte que en los días de marzo de 1848. ¿Cómo se ha producido este fenómeno, y además tan de repente? Por una coincidencia de acontecimientos, a la cabeza de los cuales están, por un lado, las últimas hazañas de Luis Bonaparte y, por otro, la nueva reforma del ejército propuesta por el gobierno liberal.12 En consecuencia, el estado de confianza ciega y de voluntario autoengaño no podía durar eternamente, claro está. Además, han contribuido los incidentes que obligaron al ministerio a destituir al director de policía Stieber, ese vulgar delincuente que, junto con su amo, el difunto Hinckeldey, ejerció sin interrupción desde 1852 el poder supremo en Prusia;13 y, last not least [por último, pero no menos importante], la publicación de la correspondencia de Humboldt con Varnhagen von Ense14 ha hecho el resto. El paraíso de los necios se ha desvanecido ante el soplo de ultratumba.

  1. En el Tribune, en alemán y en inglés. Fórmula con que Federico Guillermo IV solía dirigirse a los berlineses. ↩

  2. Federico Guillermo IV (1795-1861), incapacitado por enfermedad mental; desde octubre de 1858 gobernaba como regente su hermano Guillermo (1797-1888), el futuro Guillermo I. ↩

  3. Nombre que se dio al período abierto en noviembre de 1858 por la regencia del príncipe Guillermo y el ministerio liberal-moderado presidido por el príncipe Carlos Antonio de Hohenzollern-Sigmaringen. ↩

  4. Preliminares de paz entre Napoleón III y Francisco José firmados el 11 de julio de 1859, que pusieron fin a la guerra de Italia. ↩

  5. Alexander von Schleinitz (1807-1885), ministro de Asuntos Exteriores de Prusia de 1858 a 1861. ↩

  6. En la paz de Basilea (1795), Prusia se retiró de la coalición contra la Francia revolucionaria; en Jena (14 de octubre de 1806), Napoleón aplastó al ejército prusiano. ↩

  7. Lord John Russell (1792-1878), ministro de Asuntos Exteriores británico en el gabinete de Palmerston. ↩

  8. Alexandr Mijáilovich Gorchakov (1798-1883), ministro de Asuntos Exteriores de Rusia desde 1856. ↩

  9. Entrevista del zar Alejandro II con el príncipe regente Guillermo en Breslau, en octubre de 1859. ↩

  10. Tras Austerlitz (2 de diciembre de 1805), Prusia, que había estado a punto de unirse a la coalición contra Napoleón, firmó con él el tratado de Schönbrunn (15 de diciembre de 1805), por el que recibía Hannover. ↩

  11. Otto von Manteuffel (1805-1882), ministro del Interior y luego presidente del gobierno prusiano de 1850 a 1858, en los años de la reacción. ↩

  12. El proyecto de reorganización del ejército presentado por el ministro de la Guerra, Roon, en febrero de 1860, origen del conflicto constitucional prusiano. ↩

  13. Wilhelm Stieber (1818-1882), jefe de la policía política prusiana, organizador del proceso de los comunistas en Colonia de 1852; Carl Ludwig von Hinckeldey (1805-1856), presidente de la policía de Berlín, muerto en duelo. Véase «1853 Revelaciones sobre el proceso de los comunistas en Colonia». ↩

  14. Las cartas de Alexander von Humboldt a Karl August Varnhagen von Ense de 1827 a 1858, publicadas en Leipzig en 1860 por la sobrina de este, Ludmilla Assing, con juicios muy duros sobre la corte prusiana. ↩