Escrito por Karl Marx en Londres entre finales de octubre y principios de diciembre de 1852 y publicado anónimamente en 1853 en Basilea, cuya tirada fue confiscada casi entera en la frontera alemana, y en Boston. En 1875, después de que el Volksstaat lo reimprimiera por entregas, Marx lo reeditó en Leipzig con un epílogo suyo; Engels lo volvió a publicar en Hottingen-Zúrich en 1885 con su introducción «Contribución a la historia de la Liga de los Comunistas» y, como apéndices, el Mensaje del Comité Central a la Liga de los Comunistas de marzo de 1850 y el de junio de 1850. Se traduce el texto de la edición de 1885 según Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 8 (Berlín, 1960, pp. 405-470), y el epílogo de 1875 según el tomo 18 (Berlín, 1962, pp. 568-571), sin su aparato editorial, cotejados con las ediciones de Boston (1853) y de Hottingen-Zúrich (1885), según las cuales se corrigen algunas erratas. No se reproduce el otro añadido de 1875 que recogía la edición de 1885, el apéndice 4 de El señor Vogt (1860). Traducción de la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras, salvo las señaladas como de Marx o de Engels. Texto original en alemán.

I. Preliminar

Nothjung fue detenido en Leipzig el 10 de mayo de 1851, y poco después Bürgers, Röser, Daniels, Becker, etc.1 El 4 de octubre de 1852 los detenidos comparecieron ante el tribunal de jurados de Colonia acusados de «complot de alta traición» contra el Estado prusiano. La prisión preventiva —en régimen celular— había durado, pues, cerca de año y medio.

Al detener a Nothjung y a Bürgers se les encontraron el Manifiesto del Partido Comunista,2 los «Estatutos de la Liga de los Comunistas» (una sociedad de propaganda comunista), dos mensajes del Comité Central de esta Liga3 y, por último, algunas direcciones y algunos impresos. Cuando la detención de Nothjung era ya conocida desde hacía ocho días, se practicaron registros y detenciones en Colonia. Si quedaba algo que encontrar, a esas alturas había desaparecido sin duda. En efecto, la redada se redujo a unas cuantas cartas sin importancia. Año y medio después, cuando los detenidos comparecieron por fin ante los jurados, el material bona fide [reconocido como auténtico] de la acusación no había aumentado ni en un solo documento. Y, sin embargo, todas las autoridades del Estado prusiano, según aseguraba el ministerio público (representado por Von Seckendorf y Saedt),4 habían desplegado la actividad más intensa y más variada. ¿En qué se habían ocupado, entonces? Nous verrons! [¡Ya veremos!]

La duración inusitada de la prisión preventiva se justificó de la manera más ingeniosa. Primero se dijo que el Gobierno sajón no quería entregar a Bürgers y a Nothjung a Prusia. El tribunal de Colonia reclamó en vano ante el Ministerio en Berlín, y el Ministerio en Berlín, en vano ante las autoridades de Sajonia. Pero el Estado sajón se ablandó. Bürgers y Nothjung fueron entregados. Por fin, en octubre de 1851, el asunto había avanzado lo bastante para que las actuaciones pasaran a la Sala de Acusación del Tribunal de Apelación de Colonia.5 La Sala de Acusación resolvió «que no existía hecho objetivo de delito en que fundar la acusación y que —por consiguiente— había que empezar de nuevo la instrucción». Entretanto, el celo de los tribunales había sido avivado por una ley disciplinaria recién promulgada que permitía al Gobierno prusiano deshacerse de cualquier funcionario judicial que le desagradara.6 Esta vez, pues, el proceso se suspendió porque no existía hecho de delito. En el trimestre de sesiones siguiente hubo que aplazarlo porque existía demasiado hecho de delito. El montón de autos, se dijo, era tan enorme que el fiscal no lograba abrirse paso a través de él. Se fue abriendo paso poco a poco, se notificó el escrito de acusación a los detenidos y se anunció la apertura de las vistas para el 28 de julio. Pero entretanto había caído enfermo el gran motor gubernamental del proceso, el director de policía Schulz.7 Los acusados tuvieron que pasar otros tres meses en la cárcel a cuenta de la salud de Schulz. Por fortuna Schulz murió, el público se impacientó y el Gobierno tuvo que levantar el telón.

Durante todo este periodo, la Dirección de Policía de Colonia, la Presidencia de Policía de Berlín y los Ministerios de Justicia y del Interior intervinieron sin cesar en la marcha de la instrucción, del mismo modo que más tarde intervino como testigo en las vistas públicas de Colonia su digno representante Stieber.8 El Gobierno consiguió formar un jurado como no se había visto nunca en los anales de la provincia del Rin. Junto a miembros de la alta burguesía (Herstadt, Leiden, Joest), el patriciado urbano (Von Bianca, Vom Rath), hidalgos rurales (Häbling von Lanzenauer, el barón Von Fürstenberg, etc.), dos consejeros de gobierno prusianos, uno de ellos chambelán del rey (Von Münch-Bellinghausen), y por último un profesor prusiano (Kräusler). En este jurado estaban, pues, representadas todas las clases dominantes de Alemania, y solo ellas.

Ante semejante jurado, parece, el Gobierno prusiano podía tomar el camino recto y hacer un simple proceso de tendencia.9 Es cierto que los documentos que Bürgers, Nothjung, etc., reconocían como auténticos y que les habían sido incautados a ellos mismos no probaban ningún complot; no probaban, en general, ningún acto previsto en el Código penal; pero probaban de manera irrefutable la hostilidad de los acusados hacia el Gobierno existente y hacia la sociedad existente. Lo que la razón del legislador había descuidado podía remediarlo la conciencia de los jurados. ¿No era una astucia de los acusados haber dispuesto su hostilidad hacia la sociedad existente de tal manera que no infringiera ningún artículo del código? ¿Deja una enfermedad de ser contagiosa porque no figure en la nomenclatura del reglamento de policía sanitaria? Si el Gobierno prusiano se hubiera limitado a demostrar, a partir del material efectivamente disponible, la peligrosidad de los acusados, y el jurado se hubiera contentado con dejarlos sin capacidad de hacer daño con su «Culpable», ¿quién habría podido atacar al Gobierno y al jurado? Nadie, salvo el iluso cegato que atribuya a un Gobierno prusiano y a las clases que dominan en Prusia fuerza bastante para poder conceder libre juego incluso a sus enemigos mientras estos se mantengan en el terreno de la discusión y de la propaganda.

Pero el Gobierno prusiano se había cortado él mismo esta ancha carretera de los procesos políticos. Con la dilación inusitada del proceso, con las intervenciones directas del Ministerio en la marcha de la instrucción, con las alusiones misteriosas a horrores insospechados, con las fanfarronadas sobre una conjura que envolvía a Europa entera y con el trato escandalosamente brutal dado a los presos, el proceso se había hinchado hasta convertirse en un procès monstre [proceso monstruo], había atraído hacia sí la atención de la prensa europea y había llevado al colmo la curiosidad suspicaz del público. El Gobierno prusiano se había metido en una posición en la que, por decoro, la acusación tenía que aportar pruebas y el jurado tenía que exigirlas. El jurado se encontraba a su vez ante otro jurado, el jurado de la opinión pública.

Para reparar el primer desacierto, el Gobierno tuvo que cometer un segundo. La policía, que durante la instrucción había hecho de juez instructor, tuvo que comparecer como testigo durante las vistas. Junto al acusador normal, el Gobierno tuvo que colocar a uno anormal; junto a la fiscalía, a la policía; junto a un Saedt y un Seckendorf, a un Stieber con su Wermuth, su pájaro Greif y su grillito Goldheim.10 Se había hecho inevitable la intervención de un tercer poder del Estado ante el tribunal, para ir proporcionando sin cesar a la acusación jurídica, mediante los milagros de la policía, los hechos cuya sombra perseguía en vano. El tribunal comprendió tan bien esta situación que el presidente, los jueces y el fiscal cedieron alternativamente su papel, con la más loable resignación, al consejero de policía y testigo Stieber, y desaparecieron una y otra vez detrás de Stieber. Antes de pasar a examinar esas revelaciones policiales en las que descansa el «hecho objetivo de delito» que la Sala de Acusación no había sabido encontrar, una observación previa.

De los papeles incautados a los acusados, así como de sus propias declaraciones, resultaba que había existido una sociedad comunista alemana cuyo Comité Central residía al principio en Londres. El 15 de septiembre de 1850 este Comité Central se escindió. La mayoría —el escrito de acusación la llama «partido Marx»— trasladó la sede del Comité Central a Colonia. La minoría —expulsada más tarde de la Liga por los de Colonia— se constituyó en Londres como Comité Central independiente y fundó, allí y en el continente, una liga aparte. El escrito de acusación llama a esta minoría y a sus seguidores «partido Willich-Schapper».11

Saedt y Seckendorf afirman que fueron desavenencias puramente personales las que provocaron las escisiones de los comités centrales de Londres. Mucho antes que Saedt y Seckendorf, el «caballeroso Willich» había ido propalando por la emigración londinense los rumores más infames sobre las causas de la escisión, y había encontrado en el señor Arnold Ruge, esa quinta rueda del carro del Estado de la democracia central europea,12 y en gente parecida, cloacas bien dispuestas para hacerlos llegar a la prensa alemana y norteamericana. La democracia comprendió lo fácil que le resultaba la victoria sobre los comunistas si improvisaba al «caballeroso Willich» como representante de los comunistas. El «caballeroso Willich», por su parte, comprendió que el «partido Marx» no podía revelar las causas de la escisión sin delatar a una sociedad secreta en Alemania y, en especial, sin entregar al Comité Central de Colonia a los paternales cuidados de la policía prusiana. Estas circunstancias ya no existen, y por eso citamos algunos pocos pasajes de la última acta del Comité Central de Londres, fechada el 15 de septiembre de 1850.

Al motivar su propuesta de separación, Marx dice textualmente, entre otras cosas: «En lugar de la concepción crítica, la minoría pone una dogmática; en lugar de la materialista, una idealista. En vez de las relaciones reales, es la mera voluntad la que se convierte para ella en el motor de la revolución. Mientras que nosotros decimos a los obreros: tenéis que pasar por 15, 20, 50 años de guerras civiles y de luchas entre pueblos, no solo para cambiar las relaciones, sino para cambiaros a vosotros mismos y capacitaros para la dominación política, vosotros decís por el contrario: "Tenemos que llegar enseguida al poder, o podemos irnos a dormir". Mientras que nosotros señalamos en particular a los obreros alemanes la forma poco desarrollada del proletariado alemán, vosotros halagáis del modo más burdo el sentimiento nacional y el prejuicio de gremio de los artesanos alemanes, lo cual, desde luego, es más popular. Igual que los demócratas hacen de la palabra pueblo un ser sagrado, vosotros hacéis lo mismo con la palabra proletariado. Igual que los demócratas, sustituís el desarrollo revolucionario por la frase de la revolución», etc., etc.

El señor Schapper dijo textualmente en su respuesta:

«He expresado la opinión que aquí se impugna porque en esta cuestión soy, en general, un entusiasta. Se trata de saber si al principio cortamos nosotros las cabezas o nos las cortan a nosotros». (Schapper llegó a prometer que en un año, es decir, el 15 de septiembre de 1851, le habrían cortado la cabeza). «En Francia les llegará el turno a los obreros, y con ello a nosotros en Alemania. Si no fuera así, desde luego me iría a dormir, y entonces podría tener otra posición material. Si nos llega el turno, podemos tomar medidas tales que aseguremos la dominación del proletariado. Soy un fanático de esta opinión, pero el Comité Central ha querido lo contrario», etc., etc.

Como se ve, no fueron motivos personales los que escindieron el Comité Central. Pero sería igual de falso hablar de una diferencia de principios. El partido Schapper-Willich nunca ha pretendido el honor de tener ideas propias. Lo que le pertenece es la peculiar incomprensión de ideas ajenas, que ha fijado como artículos de fe y que cree haber hecho suyas en forma de frases. No sería menos inexacto llamar al partido Willich-Schapper, como hace la acusación, «partido de la acción», a menos que por acción se entienda una ociosidad escondida bajo el alboroto de taberna, las conspiraciones inventadas y las asociaciones aparentes y sin contenido.

II. El archivo Dietz

El Manifiesto del Partido Comunista hallado en poder de los acusados, impreso antes de la revolución de febrero y en venta en las librerías desde hacía años, no podía ser, por su forma y por su destino, el programa de un «complot». Los mensajes incautados del Comité Central trataban exclusivamente de la relación de los comunistas con el futuro gobierno de la democracia, y no, por tanto, con el Gobierno de Federico Guillermo IV. Los «Estatutos», por último, eran los estatutos de una sociedad secreta de propaganda, pero el Código penal no contiene penas contra las sociedades secretas.13 Como tendencia última de esa propaganda se enuncia la destrucción de la sociedad existente; pero el Estado prusiano ya se hundió una vez14 y puede volver a hundirse otras diez veces, y hundirse definitivamente, sin que a la sociedad existente se le caiga ni un pelo. Los comunistas pueden ayudar a acelerar el proceso de disolución de la sociedad burguesa y dejar, sin embargo, a la sociedad burguesa la disolución del Estado prusiano. Quien tuviera como fin directo derribar el Estado prusiano y enseñara para ello como medio la destrucción de la sociedad se parecería a aquel ingeniero loco que quería volar la Tierra para quitar de en medio un montón de estiércol.

Pero si el fin último de la Liga es la subversión de la sociedad, su medio es necesariamente la revolución política, y esta implica la subversión del Estado prusiano, igual que un terremoto implica la subversión del gallinero. Pero es que los acusados partían de la idea sacrílega de que el actual Gobierno prusiano caería también sin ellos. Por eso no fundaron ninguna liga para derribar el actual Gobierno prusiano; no se hicieron culpables de ningún «complot de alta traición».

¿Se acusó alguna vez a los primeros cristianos de tener por objetivo derribar al primer prefecto romano de tres al cuarto que se terciara? Los filósofos del Estado prusiano, de Leibniz a Hegel, han trabajado en la destitución de Dios, y si yo destituyo a Dios, destituyo también al rey por la gracia de Dios. ¿Se les ha perseguido por eso por atentado contra la casa de Hohenzollern?

Por más vueltas que se le diera, pues, el corpus delicti encontrado se desvanecía como un fantasma a la luz del día de la publicidad. Seguía en pie la queja de la Sala de Acusación de que no existía «ningún hecho objetivo de delito», y el «partido Marx» tuvo la malevolencia de no aportar, durante el año y medio que duró la instrucción, ni una jota al hecho de delito existente.

Había que poner remedio a este inconveniente. El partido Willich-Schapper, en unión con la policía, le puso remedio. Veamos cómo el señor Stieber, partero de este partido, lo introdujo en el proceso de Colonia. (Véase la declaración testifical de Stieber en la sesión del 18 de octubre de 1852).

Mientras Stieber se encontraba en Londres en la primavera de 1851, supuestamente para proteger a los visitantes de la Exposición Industrial15 de los Stieber y de los ladrones,16 la Presidencia de Policía de Berlín le envió la copia de los papeles encontrados a Nothjung,

«y en particular», jura Stieber, «se me llamó la atención sobre el archivo de la conspiración que, según los papeles encontrados a Nothjung, debía de estar en Londres en casa de un tal Oswald Dietz y contener toda la correspondencia de los miembros de la Liga».17

¿El archivo de la conspiración? ¿Toda la correspondencia de los miembros de la Liga? Pero Dietz era el secretario del Comité Central de Willich y Schapper. Si en su casa se encontraba el archivo de una conspiración, era el archivo de la conspiración de Willich y Schapper. Si en casa de Dietz se hallaba una correspondencia de la Liga, solo podía ser la correspondencia de la liga aparte, enemiga de los acusados de Colonia. Del examen de los documentos hallados a Nothjung se desprende, sin embargo, algo más, a saber, que nada en ellos señalaba a Oswald Dietz como custodio del archivo. ¿Y cómo iba a saber Nothjung en Leipzig lo que el propio «partido Marx» ignoraba en Londres?

Stieber no podía decir directamente: ¡Atención, señores del jurado! He hecho descubrimientos inauditos en Londres. Por desgracia se refieren a una conspiración con la que los acusados de Colonia nada tienen que ver y sobre la que los jurados de Colonia no tienen que juzgar, pero que ha servido de pretexto para alojar a los inculpados año y medio en una prisión celular. Así no podía hablar Stieber. La intervención de Nothjung era indispensable para poner las revelaciones hechas y los documentos desenterrados en Londres en una relación aparente con el proceso de Colonia.

Stieber jura, pues, que un individuo se le ofreció a comprar el archivo a Oswald Dietz por dinero contante. El hecho es simplemente este: un tal Reuter,18 soplón prusiano que jamás ha pertenecido a una sociedad comunista, vivía en la misma casa que Dietz, le forzó el escritorio mientras estaba ausente y le robó los papeles. Que el señor Stieber le pagara por este robo es creíble, pero difícilmente habría librado a Stieber de un viaje a la Tierra de Van Diemen19 si la maniobra se hubiera conocido durante su estancia en Londres.

El 5 de agosto de 1851 Stieber recibió en Berlín, procedente de Londres, «en un sólido paquete de hule», el archivo Dietz, es decir, un montón de documentos, «sesenta piezas sueltas». Así lo jura Stieber, y jura al mismo tiempo que este paquete, recibido por él el día cinco de agosto de 1851, contenía, entre otras, cartas del círculo dirigente de Berlín fechadas el veinte de agosto de 1851. Si alguien quisiera afirmar que Stieber comete perjurio al asegurar que el 5 de agosto de 1851 recibió cartas del 20 de agosto de 1851, Stieber le respondería con razón que un consejero real prusiano tiene el mismo derecho que el evangelista Mateo a obrar milagros cronológicos.

En passant [dicho sea de paso]. De la enumeración de los documentos sustraídos al partido Willich-Schapper y de las fechas de esos documentos se sigue que este partido, aunque advertido por el robo de Reuter, seguía encontrando medios para dejar que le robaran documentos y que llegaran a la policía prusiana.

Cuando Stieber se vio en posesión del tesoro envuelto en sólido hule, se sintió infinitamente a gusto. «Toda la trama», jura, «quedó revelada con claridad ante mis ojos». ¿Y qué escondía el tesoro con respecto al «partido Marx» y a los acusados de Colonia? Según la propia declaración de Stieber, nada, absolutamente nada más que

«una declaración original de varios miembros del Comité Central, que forman evidentemente el núcleo del "partido Marx", fechada en Londres el 17 de septiembre de 1850, relativa a su salida de la sociedad comunista a consecuencia de la conocida ruptura del 15 de septiembre de 1850».

Esto dice el propio Stieber, pero ni siquiera en esta declaración inofensiva es capaz de decir simplemente el hecho. Se ve obligado a elevarlo a una potencia superior para darle importancia policial. Porque aquella declaración original no contiene más que un aviso de tres líneas en el que los miembros de la mayoría del antiguo Comité Central y sus amigos anuncian que se retiran de la asociación obrera pública de Great Windmill Street,20 y no de una «sociedad comunista».

Stieber podía haber ahorrado el hule a su corresponsal y los gastos de correo a su administración. Le bastaba con rebuscar en diversos periódicos alemanes de septiembre de 1850, y Stieber habría encontrado impresa, negro sobre blanco, una declaración del «núcleo del partido Marx» en la que este anunciaba, junto con su salida del Comité de Refugiados, su salida de la Asociación Obrera de Great Windmill Street.

El primer resultado de las pesquisas stieberianas fue, pues, el descubrimiento inaudito de que el «núcleo del partido Marx» había salido el 17 de septiembre de 1850 de la asociación pública de Great Windmill Street. «Toda la trama del complot de Colonia quedó revelada con claridad ante sus ojos». Pero el público no daba crédito a los suyos.

III. El complot Cherval

Stieber, sin embargo, supo sacar provecho del tesoro robado. Los papeles que había recibido el 5 de agosto de 1851 condujeron al descubrimiento del llamado «complot franco-alemán de París». Contenían seis informes, fechados en París, del emisario enviado por Willich y Schapper, Adolph Majer, y cinco informes del círculo dirigente de París al Comité Central de Willich y Schapper. (Declaración testifical de Stieber en la sesión del 18 de octubre). Stieber emprende un viaje diplomático de placer a París y traba allí conocimiento personal con el gran Carlier,21 que acababa de demostrar, en el famoso asunto de la lotería de los lingotes de oro,22 que era sin duda un gran enemigo de los comunistas, pero un amigo aún mayor de la propiedad privada ajena.

«En consecuencia, partí para París en septiembre de 1851. En el entonces prefecto de policía de aquella ciudad, Carlier, encontré el apoyo más solícito... Por medio de agentes de la policía francesa se encontraron con rapidez y seguridad los hilos revelados en las cartas de Londres; se logró averiguar los domicilios de los distintos jefes de la conspiración y vigilar todos sus movimientos, en particular todas sus reuniones y su correspondencia. Allí se averiguaron cosas muy graves... Tuve que ceder a los requerimientos del prefecto Carlier, y se intervino en la noche del 4 al 5 de septiembre de 1851». (Declaración de Stieber del 18 de octubre).

Stieber salió de Berlín en septiembre. Supongamos que el 1 de septiembre. En el mejor de los casos llegó a París la tarde del 2 de septiembre. En la noche del 4 se interviene. Quedan, pues, 36 horas para la entrevista con Carlier y la adopción de las medidas necesarias. En estas 36 horas no solo se «averiguan» los domicilios de los distintos jefes; se «vigilan» todos sus movimientos, todas sus reuniones, toda su correspondencia, naturalmente después de haber «averiguado sus domicilios». La llegada de Stieber no solo produce una milagrosa «rapidez y seguridad de los agentes de la policía francesa»; también vuelve a los jefes conspiradores lo bastante «solícitos» para cometer en 24 horas tantos movimientos, reuniones y cartas que ya a la tarde siguiente se puede intervenir contra ellos.

Pero no basta con que el día 3 se averigüen los domicilios de los distintos jefes y se vigilen todos sus movimientos, reuniones y cartas:

«Agentes de la policía francesa», jura Stieber, «encuentran ocasión de asistir a las sesiones de los conjurados y de escuchar sus acuerdos sobre el modo de proceder en la próxima revolución».

Apenas han vigilado los agentes de policía las reuniones, encuentran gracias a la vigilancia ocasión de asistir a ellas; apenas asisten a una sesión, ya son varias sesiones, y apenas son un par de sesiones, ya se llega a acuerdos sobre el modo de proceder en la próxima revolución; y todo el mismo día. El mismo día en que Stieber conoce a Carlier, el personal de policía de Carlier conoce los domicilios de los distintos jefes, los distintos jefes conocen al personal de policía de Carlier, lo invitan ese mismo día a sus sesiones, celebran para darle gusto ese mismo día toda una serie de sesiones y no pueden separarse de él sin adoptar a toda prisa acuerdos sobre el modo de proceder en la próxima revolución.

Por solícito que fuera Carlier —y nadie dudará de su solicitud para descubrir un complot comunista tres meses antes del golpe de Estado—,23 Stieber le atribuye más de lo que podía dar. Stieber exige milagros policiales; no solo los exige, también cree en ellos; no solo cree en ellos, los jura.

«Al comenzar la operación, es decir, la intervención, detuve primero personalmente, junto con un comisario francés, al peligroso Cherval, el jefe principal de los comunistas franceses.24 Se resistió con violencia, y se entabló con él una lucha encarnizada».

Así declara Stieber el 18 de octubre.

«Cherval cometió en París un atentado contra mí, y precisamente en mi propio domicilio, en el que se había colado durante la noche, y en el que resultó herida mi mujer, que acudió en mi ayuda en la lucha que esto provocó».

Así dice otra declaración de Stieber, del 27 de octubre.

En la noche del 4 al 5 interviene Stieber en casa de Cherval y se entabla una pelea a puñetazos en la que Cherval se resiste. En la noche del 3 al 4 interviene Cherval en casa de Stieber y se entabla una pelea a puñetazos en la que Stieber se resiste. Pero es que el día 3 reinaba precisamente la entente cordiale [cordial entendimiento] entre conspiradores y agentes de policía gracias a la cual se hicieron cosas tan grandes en un solo día. Ahora resulta que el día 3 no solo Stieber descubrió a los conspiradores, sino que los conspiradores descubrieron también a Stieber. Mientras los agentes de Carlier descubrían los domicilios de los conspiradores, los conspiradores descubrían el domicilio de Stieber. Mientras él desempeña ante ellos un papel «de vigilancia», ellos desempeñan ante él un papel activo. Mientras él sueña con su complot contra el Gobierno, ellos están ocupados en un atentado contra su persona.

Stieber prosigue en su declaración del 18 de octubre:

«Durante esta lucha» (en la que Stieber lleva la ofensiva) «observé que Cherval se esforzaba por meterse un papel en la boca y tragárselo. Solo con esfuerzo se logró salvar la mitad del papel; la otra mitad ya estaba comida».

El papel estaba, pues, en la boca, entre los dientes de Cherval, puesto que solo se salvó una mitad y la otra ya estaba comida. Stieber y su compinche, el comisario de policía o quien fuera, solo podían salvar la otra mitad metiendo las manos en las fauces del «peligroso Cherval». La forma más inmediata en que Cherval podía defenderse de semejante ataque era la de morder, y en efecto los periódicos de París informaron de que Cherval había mordido a la señora Stieber; pero en esta escena no acompañaba a Stieber su señora, sino el comisario de policía. En cambio, Stieber declara que en el atentado que Cherval cometió en su propio domicilio resultó herida la señora Stieber, que había acudido en su ayuda. Si se combinan las declaraciones de Stieber con la noticia de los periódicos de París, parece que Cherval mordió a la señora Stieber en la noche del 3 al 4 para salvar los papeles que el señor Stieber le arrancó de entre los dientes en la noche del 4 al 5. Stieber nos responderá que París es una ciudad de milagros y que ya La Rochefoucauld declaró que en Francia todo es posible.

Si dejamos por un momento la fe en los milagros, parece que los primeros milagros surgieron porque Stieber apretuja en un solo día, el 3 de septiembre, una serie de actos muy alejados entre sí en el tiempo, y los últimos milagros, porque reparte en dos noches distintas y en dos lugares distintos diversos hechos que ocurrieron en una sola tarde y en un solo lugar. Opongamos a su relato de «Las mil y una noches» los hechos reales. Pero antes, un hecho asombroso, aunque no sea un milagro. Stieber arrancó una mitad del papel que Cherval se había tragado. ¿Qué contenía la mitad salvada? Todo lo que Stieber buscaba.

«Este papel», jura, «contenía una instrucción importantísima para el emisario Gipperich25 en Estrasburgo, con su dirección completa».

Vamos ahora a los hechos.

El 5 de agosto de 1851, lo sabemos por Stieber, recibió este el archivo Dietz, empaquetado en sólido hule. El 8 o el 9 de agosto de 1851 se presentó en París un tal Schmidt. Schmidt parece ser el nombre inevitable de los agentes de la policía prusiana que viajan de incógnito. Stieber viaja de 1845 a 1846 como Schmidt por las montañas de Silesia,26 y su agente de Londres, Fleury,27 viaja en 1851 como Schmidt a París. Busca allí a los distintos jefes de la conspiración de Willich y Schapper y encuentra en primer lugar a Cherval. Pretende haber huido de Colonia y haber salvado de allí la caja de la Liga con 500 táleros. Se acredita con mandatos de Dresde y de otros lugares, habla de reorganizar la Liga, de unir los distintos partidos, puesto que las escisiones se debían a diferencias puramente personales —la policía predicaba ya entonces la unidad y la unificación—, y promete emplear los 500 táleros en hacer florecer de nuevo la Liga. Poco a poco Schmidt va conociendo a los distintos jefes de los grupos de la Liga de Schapper y Willich en París. No solo se entera de sus direcciones: los visita, espía su correspondencia, observa sus movimientos, se mete en sus sesiones, los empuja hacia delante como agent provocateur [agente provocador]; Cherval en particular fanfarronea tanto más cuanto con más admiración lo ensalza Schmidt como el gran desconocido de la Liga, como el «jefe principal» que hasta entonces solo ignoraba su propia importancia, cosa que les ha pasado ya a muchos grandes hombres. Una tarde, cuando Schmidt acude con Cherval a la sesión de la Liga, Cherval lee su famosa carta a Gipperich antes de enviarla. Así se enteró Schmidt de la existencia de Gipperich. «En cuanto Gipperich haya vuelto a Estrasburgo», observó Schmidt, «le daremos enseguida una libranza por los 500 táleros que están en Estrasburgo. Aquí tiene usted la dirección del hombre que guarda el dinero; deme a cambio la dirección de Gipperich, para enviársela como credencial al hombre ante el que se presentará». Así obtuvo Schmidt la dirección de Gipperich. La misma tarde en que Cherval envió la carta a Gipperich, un cuarto de hora más tarde y por medio del telégrafo eléctrico, Gipperich fue detenido, se registró su casa y se interceptó la famosa carta. Gipperich fue detenido antes que Cherval.

Poco tiempo después Schmidt comunicó a Cherval que había llegado a París un sujeto de la policía prusiana llamado Stieber. No solo había descubierto su domicilio, sino que además había oído al garçon [camarero] de un café de enfrente que Stieber había hecho gestiones para que lo arrestaran a él, a Schmidt. Cherval era el hombre adecuado para darle un recuerdo a ese miserable policía prusiano. «Lo tiramos al Sena», responde Cherval. Los dos acordaron entrar al día siguiente en el domicilio de Stieber, comprobar con cualquier pretexto que estaba allí y fijarse en su personal. A la tarde siguiente, nuestros dos héroes emprendieron efectivamente la expedición. Por el camino Schmidt opinó que era mejor que Cherval entrara en la casa mientras él patrullaba delante como guardia de protección. «Preguntas al portero por Stieber», prosiguió, «y si Stieber te recibe, le dices que querías hablar con el señor Sperling y preguntarle si trae la letra de cambio que se espera de Colonia. A propósito, otra cosa. Tu sombrero blanco llama la atención, es demasiado democrático. ¡Toma! Ponte el mío, que es negro». Se cambian los sombreros, Schmidt se aposta de centinela, Cherval tira de la campanilla y se encuentra en el domicilio de Stieber. El portero no creía que Stieber estuviera en casa, y Cherval ya iba a retirarse cuando una voz de mujer gritó escaleras abajo: «Sí, Stieber está en casa». Cherval sigue a la voz, cuyo rastro lleva a un sujeto con anteojos verdes que se da a conocer como Stieber. Cherval suelta la fórmula convenida de la letra de cambio y de Sperling. «Eso no puede ser», interrumpe Stieber con viveza; «usted entra en la casa, pregunta por mí, le indican que suba, luego se retira, etc. Eso me resulta muy sospechoso». Cherval responde con grosería, Stieber toca la campanilla, aparecen al instante varios sujetos que rodean a Cherval, y Stieber le echa mano al bolsillo de la levita, del que asoma una carta. No era, desde luego, una instrucción de Cherval a Gipperich, sino una carta de Gipperich a Cherval. Cherval intenta comerse la carta, Stieber le mete la mano en la boca. Cherval muerde, empuja y golpea. Stieber marido quiere salvar una mitad, la media naranja de Stieber quiere salvar la otra mitad y sale herida por su celo en el servicio. El ruido que provoca esta escena hace salir de sus apartamentos a los distintos inquilinos. Pero entretanto uno de los sujetos de Stieber ha tirado un reloj de oro por la barandilla de la escalera, y mientras Cherval grita: ¡Soplón!, Stieber y compañía gritan: Au voleur! [¡Al ladrón!] El portero trae el reloj de oro, y el grito de Au voleur! se generaliza. Cherval es detenido y a la puerta no encuentra a su amigo Schmidt, pero sí a 4 o 5 soldados que se hacen cargo de él.

Ante los hechos se desvanecen todos los milagros jurados por Stieber. Su agente Fleury lleva operando más de tres semanas; no solo ha descubierto los hilos del complot, sino que ha ayudado a tejerlos. Stieber solo tiene que llegar de Berlín y puede exclamar: Veni, vidi, vici! [¡Llegué, vi, vencí!] Puede regalar a Carlier un complot listo, y Carlier solo necesita la «solicitud» de intervenir. La señora Stieber no necesita que Cherval la muerda el día 3, porque el señor Stieber le mete la mano en la boca a Cherval el día 4. La dirección de Gipperich y la instrucción correcta no necesitan salir enteras de las fauces del «peligroso Cherval», como Jonás del vientre de la ballena, después de haber sido comidas a medias. Lo único que sigue siendo milagroso es la fe en los milagros de los jurados, a quienes Stieber se atreve a servir en serio sus cuentos mentirosos. ¡Ejemplares de pura sangre del limitado entendimiento de súbdito!28

«Cherval», jura Stieber (sesión del 18 de octubre), «me hizo en la cárcel una confesión sincera después de que yo, para su mayor asombro, le presentara todos sus informes originales enviados a Londres y después de que comprendiera que yo lo sabía todo».

Lo que Stieber presentó primero a Cherval no fueron en modo alguno sus informes originales a Londres. Esos los hizo venir Stieber de Berlín más tarde, junto con otros documentos del archivo Dietz. Lo que primero le presentó fue una circular firmada por Oswald Dietz que Cherval acababa de recibir y algunas de las cartas más recientes de Willich. ¿Cómo llegó Stieber a poseerlas? Mientras Cherval se mordía y se pegaba con Stieber y su media naranja, el buen Schmidt-Fleury se precipitó a casa de madame Cherval, que era inglesa —Fleury, como comerciante alemán de Londres, habla naturalmente inglés—, y le dice que su marido ha sido arrestado, que el peligro es grande, que haga el favor de entregarle los papeles de Cherval para que no quede todavía más comprometido, que Cherval le ha encargado que se los entregue a una tercera persona. Como prueba de que es un auténtico enviado, le muestra el sombrero blanco que le había quitado a Cherval porque parecía demasiado democrático. Fleury recibió las cartas de madame Cherval, y Stieber las recibió de Fleury.

En cualquier caso, Stieber se encontraba ahora en una base de operaciones más favorable que antes en Londres. Los papeles de Dietz los podía robar, pero las declaraciones de Cherval las podía fabricar. Hace, pues, que su Cherval (sesión del 18 de octubre) «se explaye sobre las relaciones con Alemania» en estos términos:

«Había residido largo tiempo en Renania y, en particular, había estado en Colonia en 1848. Allí había conocido a Marx, y este lo había admitido en la Liga, que él había propagado luego con celo en París sobre la base de los elementos que ya encontró allí».

En 1846 Cherval fue admitido en la Liga en Londres por Schapper y a propuesta de Schapper, cuando Marx se encontraba en Bruselas y ni siquiera era todavía miembro de la Liga. Cherval no podía, pues, ser admitido en 1848 en la misma Liga por Marx en Colonia.

Cherval viajó, tras el estallido de la revolución de marzo, a la Prusia renana por unas semanas, pero volvió de allí a Londres, donde residió ininterrumpidamente desde finales de la primavera de 1848 hasta el verano de 1850. No puede, pues, «haber propagado con celo la Liga en París» al mismo tiempo, a menos que Stieber, que obra milagros cronológicos, sea capaz también de obrarlos espaciales e incluso de comunicar a terceras personas el don de la ubicuidad.

Marx no conoció superficialmente a Cherval, entre otros cien obreros, hasta después de su expulsión de París, en septiembre de 1849, cuando ingresó en Londres en la Asociación Obrera de Great Windmill Street. No puede, pues, haberlo conocido en Colonia en 1848.

Cherval dijo al principio a Stieber la verdad sobre todos estos puntos. Stieber trató de forzarlo a hacer declaraciones falsas. ¿Logró su objetivo? Solo lo abona la propia declaración de Stieber, es decir, una cantidad negativa. A Stieber le importaba naturalmente sobre todo poner a Cherval en una relación inventada con Marx, para poner a los acusados de Colonia en una relación artificial con el complot de París.

En cuanto Stieber se ve obligado a entrar en détail [en detalle] en las relaciones y la correspondencia de Cherval y compañía con Alemania, se guarda mucho de mencionar siquiera Colonia, y habla en cambio con complaciente prolijidad de Heck en Brunswick, Laube en Berlín, Reininger en Maguncia, Tietz en Hamburgo, etc., etc.; en una palabra, del partido Willich-Schapper. Este partido, dice Stieber, tenía «el archivo de la Liga en sus manos». Por una confusión pasó de sus manos a las de él. En este archivo no encontró ni una sola línea que Cherval hubiera dirigido a Londres, y menos aún personalmente a Marx, antes de la escisión del Comité Central de Londres, antes del 15 de septiembre de 1850.

Por medio de Schmidt-Fleury hizo que le birlaran a la señora Cherval los papeles de su marido. Tampoco encontró ni una línea que Cherval hubiera recibido de Marx. Para remediar este inconveniente, le dicta a Cherval

«que había llegado a estar a malas con Marx porque este, aunque el Comité Central estaba en Colonia, había exigido llevar todavía la correspondencia con él».

Si Stieber no encuentra correspondencia de Marx con Cherval antes del 15 de septiembre de 1850, se debe simplemente a que Cherval rompió toda correspondencia con Marx después del 15 de septiembre de 1850. Pends-toi, Figaro, tu n'aurais pas inventé cela! [¡Ahórcate, Fígaro, a ti no se te habría ocurrido!]29

Los autos que el Gobierno prusiano, en parte por medio del propio Stieber, había ido acarreando contra los acusados durante el año y medio de instrucción desmentían toda relación de los acusados con el grupo de París y con el complot franco-alemán.

El mensaje del Comité Central de Londres de junio de 1850 probaba que antes de la escisión del Comité Central el grupo de París estaba disuelto.30 Seis cartas que se encontraban en el archivo Dietz probaban que, después del traslado del Comité Central a Colonia, los grupos de París habían sido fundados de nuevo por el emisario del partido Willich-Schapper, A. Majer. Las cartas del círculo dirigente de París que estaban en el mismo archivo probaban que este se hallaba en hostil oposición al Comité Central de Colonia. Por último, el escrito de acusación francés probaba que todo lo que se imputaba a Cherval y compañía había ocurrido solo en el año 1851. Por eso Saedt (sesión del 8 de noviembre), a pesar de las revelaciones de Stieber, se ve reducido a la débil conjetura de que era posible, después de todo, que el partido Marx hubiera estado envuelto alguna vez, en algún momento, de algún modo, en algún complot en París, pero que de ese momento y de ese complot no se sabe nada más sino precisamente que Saedt, por encargo de la autoridad, lo tiene por posible. ¡Júzguese la estupidez de la prensa alemana, que fantasea sobre la agudeza de Saedt!

De longue main [desde hacía tiempo] la policía prusiana venía intentando presentar al público a Marx, y a través de Marx a los acusados de Colonia, como implicados en el complot franco-alemán. Durante las vistas del proceso Cherval, el espía de la policía Beckmann31 envió a la Kölnische Zeitung la siguiente noticia, fechada en París el 25 de febrero de 1852:

«Varios acusados se han dado a la fuga, entre ellos un tal A. Majer, al que se presenta como agente de Marx y compañía».

La Kölnische Zeitung publicó a continuación una declaración de Marx en el sentido de que «A. Majer era uno de los amigos más íntimos del señor Schapper y del antiguo teniente prusiano Willich, pero a él le era completamente ajeno». Ahora, en su declaración del 18 de octubre de 1852, el propio Stieber declara:

«Los miembros del Comité Central excluidos por el partido de Marx el 15 de septiembre de 1850 en Londres enviaron a A. Majer a Fráncfort, etc.»,

e incluso comunica la correspondencia de A. Majer con Schapper y Willich. Un miembro del partido Marx, Konrad Schramm,32 fue detenido en París en septiembre de 1851, con ocasión de la persecución de extranjeros, en un café junto con otros 50 o 60 clientes que estaban presentes, y retenido durante casi dos meses bajo la acusación de participar en el complot dirigido por el irlandés Cherval. El 16 de octubre recibió en el depósito de la Prefectura de Policía la visita de un alemán que le habló así:

«Soy funcionario prusiano. Usted sabe que en todas las partes de Alemania, y en particular en Colonia, se han practicado numerosas detenciones a consecuencia del descubrimiento de una sociedad comunista. Basta una mención del nombre en una carta para provocar la detención de la persona en cuestión. El Gobierno se encuentra en cierto apuro por la cantidad de detenidos, de los que no sabe si tienen algo que ver con el asunto o no. Nosotros sabemos que usted no ha participado en el complot franco-allemand [complot franco-alemán], pero que conoce en cambio de cerca a Marx y a Engels y que sin duda está informado de todos los detalles de la organización comunista alemana. Nos haría usted un gran favor si pudiera darnos la información necesaria al respecto y quisiera señalarnos con más precisión a las personas que son culpables o inocentes. Puede contribuir con ello a la liberación de mucha gente. Si usted quiere, podemos levantar acta de la declaración. Con una declaración así no tiene usted nada que temer», etc., etc.

Schramm, naturalmente, enseñó la puerta a este afable funcionario del Estado prusiano, protestó ante el Ministerio francés contra semejantes visitas y a finales de octubre fue expulsado de Francia.

Que Schramm pertenecía al «partido Marx», la policía prusiana lo sabía por la declaración de salida encontrada en casa de Dietz. Que el «partido Marx» no tenía relación con el complot Cherval, se lo concedió ella misma a Schramm. Si había que probar una relación del «partido Marx» con el complot Cherval, no podía hacerse en Colonia, sino solo en París, donde estaba preso al mismo tiempo que Cherval un miembro de ese partido. Pero el Gobierno prusiano nada temía tanto como un careo entre Cherval y Schramm, que tenía que frustrar de antemano todo el éxito que se prometía del proceso de París contra los acusados de Colonia. Al poner en libertad a Schramm, el juez de instrucción francés dictó la sentencia de que el proceso de Colonia no guardaba relación alguna con el complot de París.

Stieber hace un último intento:

«En cuanto al mencionado jefe de los comunistas franceses, Cherval, durante mucho tiempo se intentó en vano averiguar quién era en realidad ese Cherval. Por fin, gracias a una manifestación confidencial que el propio Marx hizo a un agente de policía, se ha sabido que era un individuo que en 1845 se fugó de la cárcel de Aquisgrán, donde estaba por falsificación de letras de cambio, y que Marx admitió en 1848, durante los disturbios de entonces, en la Liga, desde la cual fue a París como emisario».

Así como Marx no pudo comunicar al spiritus familiaris [espíritu familiar], al agente de policía de Stieber, que había admitido a Cherval en la Liga en Colonia en 1848, si Schapper ya lo había admitido en 1846 en Londres, ni que lo había hecho residir en Londres y a la vez ir de puerta en puerta en París vendiendo propaganda, tampoco pudo comunicar al alter ego [otro yo] de Stieber, al agente de policía como tal, ya antes de la declaración de Stieber, la noticia de que Cherval había estado preso en Aquisgrán en 1845 y había falsificado letras de cambio, noticia que él mismo acababa de conocer por la declaración de Stieber. Semejantes hysteron proteron [inversiones del orden de las cosas] solo le están permitidos a un Stieber. El mundo antiguo nos dejó su Gladiador moribundo;33 el Estado prusiano nos deja su Stieber jurando.

¿Así que durante mucho, mucho tiempo se había intentado en vano averiguar quién era en realidad Cherval? Stieber llegó a París la tarde del 2 de septiembre. La tarde del 4 fue detenido Cherval, la tarde del 5 lo llevaron de su celda a una sala escasamente iluminada. Stieber estaba allí, pero junto a Stieber estaba también un funcionario de la policía francesa, un alsaciano que habla mal el alemán pero lo entiende del todo, que tiene una memoria de policía y que no encontraba precisamente agradable al arrogante y servil consejero de policía berlinés. En presencia, pues, de este funcionario francés tuvo lugar la siguiente conversación:

Stieber, en alemán: «Escuche usted, señor Cherval, sabemos muy bien lo que significa lo del nombre francés y el pasaporte irlandés. Lo conocemos; usted es de la Prusia renana, se llama K., y solo depende de usted librarse de las consecuencias, a saber, haciéndonos una confesión completamente sincera», etc., etc. Cherval lo negó. Stieber: «Tales y tales personas que habían falsificado letras de cambio y se habían fugado de cárceles prusianas fueron entregadas por las autoridades francesas a Prusia, y por eso le repito que lo piense bien: aquí se trata de 12 años de prisión celular».

El funcionario de la policía francesa: «Démosle tiempo a este hombre; que lo piense en su celda».

Cherval fue devuelto a su celda.

Stieber no podía, naturalmente, entrar como elefante en una cacharrería; no podía confesar al público que había intentado arrancar a Cherval declaraciones falsas con el fantasma de la extradición y de doce años de prisión celular.

Stieber, sin embargo, todavía no ha averiguado quién es en realidad Cherval. Ante los jurados sigue llamándolo Cherval y no K. Más aún: tampoco sabe dónde se encuentra en realidad Cherval. En la sesión del 23 de octubre todavía lo hace estar preso en París. En la sesión del 27 de octubre, acosado por la pregunta del abogado Schneider II:34 «¿No se encuentra actualmente en Londres el repetidamente mencionado Cherval?», Stieber responde: «No puede dar información sobre ello, y solo puede comunicar el rumor de que Cherval se fugó en París».

El Gobierno prusiano sucumbió a su destino habitual: ser engañado. El Gobierno francés le había permitido sacar del fuego las castañas del complot franco-alemán; no le permitió comérselas. Cherval había sabido ganarse la benevolencia del Gobierno francés, y este lo dejó escapar a Londres, junto con Gipperich, unos días después de terminadas las vistas del jurado de París. El Gobierno prusiano creyó haberse procurado en Cherval un instrumento para el proceso de Colonia; solo había reclutado un agente más para el Gobierno francés.

Un día antes de la falsa fuga de Cherval se presentó ante él un faquin [bribón] prusiano de frac negro, puños, bigote negro e hirsuto, cabello corto, ralo y entrecano, en una palabra, un muchacho muy guapo, a quien más tarde le señalaron como el teniente de policía Greif y que después se presentó también como Greif. Greif había obtenido acceso a él mediante un pase que había recibido directamente del ministro de policía, saltándose al prefecto de policía.35 Al ministro de policía le hacía cosquillas la idea de engañar a los queridos prusianos.

Greif: «Soy funcionario prusiano, enviado aquí para entablar negociaciones con usted. Usted no saldrá nunca de aquí, si no es por medio de nosotros. Le hago una propuesta. Pida en una instancia al Gobierno francés, cuyo consentimiento está prometido de antemano, que lo entreguen a Prusia, porque allí lo necesitamos como testigo en Colonia. Una vez que haya cumplido con su deber y el asunto haya pasado, le pondremos en libertad bajo palabra de honor».

Cherval: «También saldré de aquí sin ustedes».

Greif, en tono categórico: «¡Eso es imposible!».

Greif hizo bajar también a Gipperich y le propuso ir durante cinco días a Hannover como emisario comunista. También sin éxito. Al día siguiente Cherval y Gipperich se habían fugado. Las autoridades francesas sonreían con disimulo, el despacho de la desgracia salió para Berlín, y todavía el 23 de octubre jura Stieber que Cherval está preso en París, y todavía el 27 de octubre no puede dar información y solo sabe de oídas que Cherval se ha fugado «en París». Entretanto, el teniente de policía Greif había visitado a Cherval en Londres tres veces durante las vistas de Colonia, entre otras cosas para averiguar la dirección de Nette36 en París, a quien se creía poder comprar una declaración testifical contra los de Colonia. El golpe fracasó.

Stieber tenía motivos para dejar en la sombra su relación con Cherval. Por eso K... siguió siendo siempre Cherval, el prusiano siguió siendo irlandés, y Stieber todavía hoy no sabe dónde se encuentra Cherval ni «quién es en realidad Cherval».37

En la correspondencia de Cherval con Gipperich, el trío Seckendorf-Saedt-Stieber tenía por fin lo que deseaba:

A Schinderhannes y a Karl Moor
me propuse como modelo.38

La carta de Cherval a Gipperich tuvo el honor de ser leída tres veces, para que se grabara bien hondo en la perezosa materia cerebral de los 300 mayores contribuyentes a los que representa el jurado.39 Cualquier entendido reconoció enseguida, detrás de este inofensivo patetismo de gitano, al bufón que trata de parecerse terrible a sí mismo y a los demás.

Cherval y compañía habían compartido además las esperanzas generales de la democracia en los efectos milagrosos del 2 de mayo de 1852 y habían decidido tomar parte en la revolución el 2 de mayo.40 Schmidt-Fleury había contribuido a dar a esta idea fija la forma de un plan. Así cayeron Cherval y compañía en la categoría jurídica del complot. Así se aportó con ellos la prueba de que el complot que los acusados de Colonia no habían cometido contra el Gobierno prusiano lo había cometido en todo caso el partido Cherval contra Francia.

Por medio de Schmidt-Fleury, el Gobierno prusiano había intentado fabricar una relación aparente entre el complot de París y los acusados de Colonia, que hizo jurar a Stieber. Stieber-Greif-Fleury, esta trinidad, desempeña el papel principal en el complot Cherval; volveremos a encontrarla manos a la obra más adelante.

Resumamos:

A es republicano; B se llama también republicano. A y B son enemigos. B construye por encargo de la policía una máquina infernal. A continuación A es llevado ante los tribunales. Si B ha construido la máquina infernal y no A, la culpa es de que A es enemigo de B. Para condenar a A, se llama a B como testigo contra él. Esa era la gracia del complot Cherval.

Se comprende que esta lógica fracasara ante el público. Las revelaciones «reales» de Stieber se desvanecieron en una niebla maloliente; seguía en pie la queja de la Sala de Acusación de que «no existía ningún hecho objetivo de delito». Se habían hecho necesarios nuevos milagros policiales.

IV. El libro de actas original

En la sesión del 23 de octubre el presidente41 observa que «el consejero de policía Stieber le ha comunicado que tiene que hacer todavía nuevas e importantes declaraciones», y para ello vuelve a llamar al citado testigo. Stieber se adelanta de un salto e inicia la mise-en-scène [puesta en escena].

Hasta entonces Stieber había descrito la actividad del partido Willich-Schapper o, para abreviar, del partido Cherval, su actividad antes y después de la detención de los acusados de Colonia. Sobre los propios acusados no había descrito nada, ni antes ni después. El complot Cherval había ocurrido después de la detención de los actuales acusados, y Stieber declara ahora:

«En mi declaración anterior he descrito la estructura de la Liga de los Comunistas y la actuación de sus miembros solo hasta la detención de los actuales acusados».

Confiesa, pues, que el complot Cherval no tenía nada que ver «con la estructura de la Liga de los Comunistas y la actuación de sus miembros». Confiesa la nada de su declaración anterior. Más aún, está tan de vuelta de su declaración del 18 de octubre que considera superfluo seguir identificando a Cherval con el «partido Marx».

«En primer lugar», dice, «subsiste todavía la fracción de Willich, de la cual hasta ahora solo han sido apresados Cherval en París, etc.».

¡Ajá! Así que el jefe principal Cherval es uno de los dirigentes de la fracción de Willich.

Pero Stieber tiene ahora que hacer las comunicaciones más importantes, no solo las más recientes, sino también las más importantes. ¡Las más recientes y las más importantes! Estas comunicaciones importantísimas perderían peso si no se subrayara la falta de importancia de las comunicaciones anteriores. Hasta ahora, en realidad, no he comunicado nada, dice Stieber, pero ahora viene lo bueno. ¡Atención! Hasta ahora he informado sobre el partido Cherval, enemigo de los acusados, cosa que en realidad no venía al caso. Ahora informaré sobre el «partido Marx», que es el único del que se trata en este proceso. Así de simple no podía hablar Stieber. Dice, pues:

«Hasta ahora he descrito la Liga de los Comunistas antes de la detención de los acusados; ahora describiré la Liga de los Comunistas después de la detención de los acusados».

Con un virtuosismo peculiar sabe hacer perjura incluso la frase meramente retórica.

Después de la detención de los acusados de Colonia, Marx formó un nuevo Comité Central.

«Esto resulta de la declaración de un agente de policía42 al que ya el difunto director de policía Schulz supo introducir, sin que lo reconocieran, en la Liga de Londres y en la inmediata proximidad de Marx».

Este nuevo Comité Central ha llevado un libro de actas, y este «libro de actas original» lo posee ahora Stieber. Maquinaciones espantosas en las provincias del Rin, en Colonia, incluso en plena sala de audiencias: todo eso lo prueba el libro de actas original. Contiene la prueba de la correspondencia continuada de los acusados con Marx a través de los muros de la cárcel. En una palabra: el archivo Dietz era el Antiguo Testamento, pero el libro de actas original es el Nuevo Testamento. El Antiguo Testamento estaba envuelto en sólido hule, pero el Nuevo Testamento está encuadernado en un siniestro tafilete rojo. El tafilete rojo es, desde luego, una demonstratio ad oculos [demostración ante los ojos], pero el mundo es hoy más incrédulo que en tiempos de Tomás; no cree ni siquiera lo que ve. ¿Quién cree todavía en testamentos, antiguos o nuevos, desde que se inventó la religión de los mormones? También esto lo había previsto Stieber, que no es del todo contrario a la religión de los mormones.

«Se me podría objetar, desde luego», observa el mormón Stieber, «se me podría objetar, desde luego, que todo esto no son más que tradiciones de despreciables agentes de policía, pero», jura Stieber, «pero tengo pruebas perfectas de la veracidad y la fiabilidad de las comunicaciones que han hecho».

¡Entiéndase bien! ¡Pruebas de la veracidad y pruebas de la fiabilidad! Y, por cierto, pruebas perfectas. ¡Pruebas perfectas! ¿Y cuáles son las pruebas?

Stieber sabía desde hacía tiempo

«que existía una correspondencia secreta entre Marx y los acusados que se encuentran en la casa de arresto, pero no lograba dar con el rastro de esa correspondencia. Entonces, el domingo pasado, llegó aquí a verme un correo extraordinario de Londres con la noticia de que por fin se había logrado descubrir la dirección secreta bajo la cual se llevaba esta correspondencia; era la dirección del comerciante D. Kothes, en el Alter Markt de esta ciudad. El mismo correo me trajo el libro de actas original llevado por el Comité Central de Londres, que se había sabido conseguir de un miembro de la Liga a cambio de dinero».

Stieber se pone entonces en contacto con el director de policía Geiger43 y con la Dirección de Correos.

«Se toman las medidas de precaución necesarias, y ya a los dos días el correo de la tarde procedente de Londres trajo una carta dirigida a Kothes. Fue intervenida a instancias de la Fiscalía General, se abrió y se encontró en ella una instrucción de siete páginas, escrita de puño y letra de Marx, para el abogado Schneider II. Contiene indicaciones sobre cómo debe llevarse la defensa... En el reverso de la carta había una gran B latina. De la carta se retuvieron una copia, un trozo del original fácil de separar y el sobre original. Después se lacró en un sobre, y así la recibió un funcionario de policía de fuera con el encargo de ir a ver a Kothes, presentarse a él como emisario de Marx, etc.».

Stieber cuenta después la repugnante comedia policial y de lacayos de cómo el funcionario de policía de fuera hizo el papel de emisario de Marx, etc. Kothes es detenido el 18 de octubre y declara al cabo de 24 horas que la B de la dirección interior de la carta significa Bermbach.44 El 19 de octubre es detenido Bermbach y se registra su casa. El 21 de octubre Kothes y Bermbach son puestos de nuevo en libertad.

Stieber hizo esta declaración el sábado 23 de octubre. «El domingo pasado», es decir, el domingo 17 de octubre, habría llegado el correo extraordinario con la dirección de Kothes y con el libro de actas original, y dos días después del correo habría llegado la carta a Kothes, es decir, el 19 de octubre. Pero Kothes había sido detenido ya el 18 de octubre a causa de la carta que el funcionario de policía de fuera le había llevado el 17 de octubre. La carta a Kothes llegó, pues, dos días antes que el correo con la dirección de Kothes, o Kothes fue detenido el 18 de octubre por una carta que no recibió hasta el 19 de octubre. ¿Milagro cronológico?

Más tarde, asustado por la defensa, Stieber declara que el correo con la dirección de Kothes y el libro de actas original había llegado el 10 de octubre. ¿Por qué el 10 de octubre? Porque el 10 de octubre cae también en domingo y el 23 de octubre era también ya un domingo «pasado», porque así se mantiene la declaración original sobre el domingo pasado y por este lado se tapa el perjurio. Pero entonces la carta tampoco llegó dos días después, sino una semana entera después que el correo. El perjurio recae ahora en la carta, en lugar de en el correo. A los juramentos de Stieber les pasa como al campesino de Lutero: si se le ayuda a subir al caballo por un lado, se cae por el otro.45

Por último, en la sesión del 3 de noviembre, el teniente de policía Goldheim, de Berlín, declara que el teniente de policía Greif, de Londres, entregó el libro de actas a Stieber en presencia suya y del director de policía Wermuth el 11 de octubre, es decir, un lunes. Goldheim declara, pues, a Stieber culpable de un doble perjurio.

Marx echó al correo la carta a Kothes, como muestra el sobre original con el matasellos de Londres, el jueves 14 de octubre. La carta tenía que llegar, pues, el viernes 15 de octubre por la tarde. Un correo que llevara la dirección de Kothes y el libro de actas original dos días antes de la llegada de esta carta tenía que llegar, pues, el miércoles 13 de octubre. Pero no podía llegar ni el 17 de octubre, ni el 10, ni el 11.

Greif, como correo, le llevó desde luego a Stieber su libro de actas original desde Londres. Qué había detrás de este libro, Stieber lo sabía tan bien como su compinche Greif. Por eso dudaba en presentarlo al tribunal, porque esta vez no se trataba de declaraciones tras las rejas de la cárcel de Mazas.46 Entonces llegó la carta de Marx. Ahora Stieber tenía la solución. Kothes es una simple dirección, porque el escrito mismo no va dirigido a Kothes, sino a la B latina que figura en el reverso del escrito cerrado que va dentro. Kothes es, pues, de hecho una simple dirección. Supongamos ahora que es una dirección secreta. Supongamos además que es la dirección secreta bajo la cual Marx mantiene correspondencia con los acusados de Colonia. Supongamos, por último, que nuestros agentes de Londres enviaron con el mismo correo, a la vez, el libro de actas original y esa dirección secreta, pero que la carta llegó dos días después que el correo, la dirección y el libro de actas. Matamos así dos pájaros de un tiro. En primer lugar, probamos la correspondencia secreta con Marx; en segundo lugar, probamos la autenticidad del libro de actas original. La autenticidad del libro de actas original queda probada por la exactitud de la dirección; la exactitud de la dirección queda probada por la carta. La fiabilidad y la veracidad de nuestros agentes quedan probadas por la dirección y la carta; la autenticidad del libro de actas original queda probada por la fiabilidad y la veracidad de nuestros agentes. Quod erat demonstrandum [lo que había que demostrar]. Después, la divertida comedia con el funcionario de policía de fuera; después, detenciones misteriosas; el público, los jurados y los propios acusados se quedarán como fulminados por un rayo.

¿Pero por qué no hizo Stieber llegar a su correo extraordinario el 13 de octubre, cosa que habría sido tan fácil? Porque entonces no habría sido extraordinario, porque la cronología, como hemos visto, es su punto débil y el calendario vulgar está por debajo de la dignidad de un consejero de policía prusiano. Además, se había quedado con el sobre original de la carta; ¿quién iba entonces a descubrir el asunto?

En su declaración, sin embargo, Stieber se comprometió de entrada al callar un hecho. Si sus agentes conocían la dirección de Kothes, conocían también al hombre que escondía la misteriosa B del reverso de la carta interior. Stieber estaba tan poco iniciado en los misterios de la B latina que el 17 de octubre hizo registrar a Becker en la cárcel para encontrarle la carta de Marx. Solo por la declaración de Kothes supo que la B designaba a Bermbach.

¿Pero cómo había ido a parar la carta de Marx a manos del Gobierno prusiano? Muy sencillo. El Gobierno prusiano abre regularmente las cartas confiadas a su correo, y durante el proceso de Colonia lo hizo con particular constancia. Aquisgrán y Fráncfort del Meno pueden contar algo de eso. Es pura casualidad lo que se escapa o lo que se atrapa.

Con el correo original cayó también el libro de actas original. Stieber, naturalmente, no lo sospechaba aún en la sesión del 23 de octubre, cuando reveló triunfalmente el contenido del Nuevo Testamento, del libro rojo. El primer resultado de sus declaraciones fue la nueva detención de Bermbach, que asistía como testigo a las vistas.

¿Por qué fue detenido otra vez Bermbach?

¿Por los papeles que se le encontraron? No, porque después del registro fue puesto otra vez en libertad. Su detención se produjo 24 horas después que la de Kothes. Así que, si hubiera tenido documentos comprometedores, a buen seguro habrían desaparecido. ¿Por qué, entonces, la detención del testigo Bermbach, mientras los testigos Hentze, Hätzel y Steingens,47 cuya complicidad o pertenencia a la Liga estaba comprobada, se sentaban tranquilamente en el banco de los testigos?

Bermbach había recibido de Marx una carta que contenía una simple crítica de la acusación y nada más. Stieber admitió el hecho, porque la carta estaba ante los jurados. Solo expresó el hecho, a su manera policial e hiperbólica, de la siguiente forma: «El propio Marx ejerce desde Londres una influencia continua en el presente proceso». Y los jurados se preguntaron a sí mismos, como Guizot a sus electores: Est-ce que vous vous sentez corrompus? [¿Acaso se sienten ustedes corrompidos?]48 ¿Por qué, entonces, la detención de Bermbach? El Gobierno prusiano intentó desde el comienzo de la instrucción privar a los acusados, por principio y sistemáticamente, de los medios de defensa. Como declararon los abogados en sesión pública, se les prohibió, en contradicción directa con la ley, comunicarse con los acusados incluso después de notificado el escrito de acusación. Desde el 5 de agosto de 1851, según su propia declaración, Stieber estaba en posesión del archivo Dietz. El archivo Dietz no se adjuntó al escrito de acusación. No se presenta hasta el 18 de octubre de 1852, en plena sesión pública, y solo se presenta en la medida en que a Stieber le parece bien. Jurados, acusados y público tenían que ser sorprendidos, cogidos desprevenidos; los abogados tenían que quedar desarmados ante la sorpresa policial.

¡Y no digamos desde la presentación del libro de actas original! El Gobierno prusiano temblaba ante las revelaciones. Pero Bermbach había recibido material de defensa de Marx; era de prever que recibiría aclaraciones sobre el libro de actas. Con su detención se proclamaba un nuevo delito, la correspondencia con Marx, y se castigaba ese delito con la cárcel. Eso debía disuadir a cualquier ciudadano prusiano de prestarse como destinatario. À bon entendeur demi-mot [a buen entendedor, pocas palabras bastan]. Bermbach fue encerrado para dejar fuera el material de la defensa. Y Bermbach pasa cinco semanas en la cárcel. Si lo hubieran soltado inmediatamente después de terminar el procedimiento, los tribunales prusianos habrían proclamado abiertamente su sumisión servil y sin voluntad a la policía prusiana. Bermbach estuvo preso ad majorem gloriam [para mayor gloria] de los jueces prusianos.

Stieber jura que

«Marx, después de la detención de los acusados de Colonia, volvió a juntar en Londres las ruinas de su partido y formó con unas dieciocho personas un nuevo Comité Central», etc.

Estas ruinas nunca se habían separado, sino que estaban tan bien juntas que desde septiembre de 1850 formaban ininterrumpidamente una private society [sociedad privada]. Stieber las hace desaparecer con un decreto de su poder para resucitarlas con otro decreto de su poder después de la detención de los acusados de Colonia, y precisamente como nuevo Comité Central.

El lunes 25 de octubre llegó a Londres la Kölnische Zeitung con el informe sobre la declaración de Stieber del 23 de octubre.

El «partido Marx» no había formado ningún nuevo Comité Central ni llevado actas de sus reuniones. Adivinó enseguida quién era el principal fabricante del Nuevo Testamento: Wilhelm Hirsch, de Hamburgo.49

Hirsch se presentó a principios de diciembre de 1851 en la «sociedad Marx» como refugiado comunista. Al mismo tiempo, cartas de Hamburgo lo denunciaban como espía. Sin embargo, se decidió tolerarlo por el momento en la sociedad, vigilarlo y procurarse pruebas de su culpabilidad o de su inocencia. En la reunión del 15 de enero de 1852 se leyó una carta de Colonia en la que un amigo de Marx hablaba del nuevo aplazamiento del proceso y de la dificultad, incluso para los parientes, de obtener acceso a los presos. Con este motivo se mencionó a la señora del doctor Daniels.50 Llamó la atención que desde esa sesión no se volviera a ver a Hirsch ni en la «inmediata proximidad» ni de lejos. El 2 de febrero de 1852 Marx recibió de Colonia el aviso de que se había registrado la casa de la señora del doctor Daniels a consecuencia de una denuncia policial según la cual se había leído en la sociedad comunista de Londres una carta de la señora Daniels a Marx y se había encargado a Marx que contestara a la señora del doctor Daniels, y que Marx se ocupaba de reorganizar la Liga en Alemania, etc. Esta denuncia forma literalmente la primera página del libro de actas original. Marx contestó a vuelta de correo que, como la señora Daniels nunca le había escrito, él no podía haber leído ninguna carta suya. Toda la denuncia era invención de un tal Hirsch, un joven disoluto al que no le importaba endosar a la policía prusiana, a cambio de dinero contante, tantas mentiras como esta quisiera.

Desde el 15 de enero Hirsch había desaparecido de las reuniones; ahora fue expulsado definitivamente de la sociedad. Al mismo tiempo se decidió cambiar de local y de día de reunión. Hasta entonces la sociedad se había reunido en Farringdon Street, en la City, en casa de J. W. Masters, Markethouse, y precisamente los jueves. Ahora se trasladó el día de reunión al miércoles y el local a la Rose and Crown Tavern, en Crown Street, Soho. Hirsch, a quien «el director de policía Schulz supo introducir sin que lo reconocieran en la proximidad de Marx», ocho meses después, a pesar de la «proximidad», no conocía ni el local ni el día de reunión. Antes de febrero y después siguió fabricando su «libro de actas original» en jueves y fechándolo en jueves. Consúltese la Kölnische Zeitung y se encontrará: acta del 15 de enero (jueves), ítem del 29 de enero (jueves), y del 4 de marzo (jueves), y del 13 de mayo (jueves), y del 20 de mayo (jueves), y del 22 de julio (jueves), y del 29 de julio (jueves), y del 23 de septiembre (jueves) y del 30 de septiembre (jueves).

El dueño de la Rose and Crown Tavern hizo ante el magistrado de Marlborough Street51 la declaración de que la «sociedad del doctor Marx» se reunía en su casa todos los miércoles desde febrero de 1852. Liebknecht y Rings, a quienes Hirsch había nombrado secretarios de su libro de actas original, hicieron legalizar sus firmas ante el mismo magistrado.52 Por último, se consiguieron las actas que Hirsch había llevado en la asociación obrera de Stechan,53 de modo que se pudo comparar su letra con la del libro de actas original.

Quedaba así probada la falsedad del libro de actas original, sin necesidad de entrar en la crítica de un contenido que se disuelve en sus propias contradicciones.

La dificultad estaba en enviar los documentos a los abogados. El correo prusiano no era ya más que una avanzadilla, apostada desde las fronteras del Estado prusiano hasta Colonia para cortar a los defensores el suministro de armas.

Hubo que recurrir a rodeos, y los primeros documentos, enviados el 25 de octubre, no pudieron llegar a Colonia hasta el 30 de octubre.

Por eso los abogados dependían en un principio de los escasos medios de defensa accesibles en la propia Colonia. Stieber recibió el primer golpe de un lado del que no lo esperaba. El consejero de justicia Müller, padre de la señora del doctor Daniels, un ciudadano respetado como jurista y conocido por su orientación conservadora, declaró en la Kölnische Zeitung del 26 de octubre que su hija nunca había mantenido correspondencia con Marx y que el libro original de Stieber era una «mistificación». La carta enviada a Colonia el 3 de febrero de 1852, en la que Marx calificaba a Hirsch de soplón y fabricante de falsas notas policiales, se encontró por casualidad y se entregó a la defensa. En la declaración de salida del «partido Marx» de la asociación de Great Windmill Street, que estaba en el archivo Dietz, figuraba la auténtica letra de W. Liebknecht. Por último, el abogado Schneider II obtuvo del secretario de la Administración de Beneficencia de Colonia, Birnbaum, cartas auténticas de Liebknecht, y del escribiente particular Schmitz, cartas auténticas de Rings. En la secretaría del tribunal los abogados cotejaron el libro de actas en parte con la letra de Liebknecht en la declaración de salida y en parte con cartas de Rings y de Liebknecht.

Stieber, ya inquieto por la declaración del consejero de justicia Müller, tuvo noticia de estas investigaciones caligráficas de mal agüero. Para anticiparse al golpe que lo amenazaba, se adelanta de nuevo de un salto en la sesión del 27 de octubre y declara:

«Le había parecido muy sospechosa la circunstancia de que la firma de Liebknecht que aparece en el libro pareciera muy distinta de otra que ya figuraba en los autos. Por ello había hecho nuevas averiguaciones y se había enterado de que el firmante de las actas en cuestión se llama H. Liebknecht, mientras que el nombre que figura en los autos va precedido de una W».

A la pregunta del abogado Schneider II de «quién le ha comunicado que existe también un H. Liebknecht», Stieber se niega a responder. Schneider II le pide además información sobre las personas de Rings y Ulmer, que figuran junto a Liebknecht como secretarios al pie del libro de actas. Stieber barrunta una nueva trampa. Tres veces hace como que no oye la pregunta e intenta ocultar su apuro y recobrar la compostura repitiendo tres veces, sin motivo alguno, cómo llegó a poseer el libro de actas. Por fin balbucea que Rings y Ulmer seguramente no son nombres reales, sino meros «nombres de la Liga». La mención constantemente repetida en el libro de actas de la señora Daniels como corresponsal de Marx la explica Stieber diciendo que quizá haya que leer señora del doctor Daniels y entender el pasante de notario Bermbach. El abogado Von Hontheim54 le interpela a propósito de Hirsch.

«Tampoco a ese Hirsch», jura Stieber, «lo conoce. Pero que este no es, como dice el rumor, un agente prusiano se desprende de que por parte prusiana se le ha estado vigilando».

A una seña suya, Goldheim zumba:55

«En octubre del año 1851 lo habían enviado a Hamburgo para echar el guante a Hirsch».

Veremos cómo el mismo Goldheim es enviado al día siguiente a Londres para echar el guante al mismo Hirsch. ¡Así que el mismo Stieber que afirma haber comprado por dinero contante a refugiados el archivo Dietz y el libro de actas original, ese mismo Stieber afirma ahora que Hirsch no puede ser agente prusiano porque es refugiado! Según le convenga, basta con ser refugiado para que Stieber le garantice a uno la venalidad absoluta o la incorruptibilidad absoluta. ¿Y no es Fleury, a quien el propio Stieber denuncia como agente de policía en la sesión del 3 de noviembre, no es también este Fleury un refugiado político?

Después de que se abrieran así brechas por todas partes en su libro de actas original, Stieber resume el 27 de octubre, con desvergüenza clásica, en estos términos:

«Su convicción de la autenticidad del libro de actas es más firme que nunca».

En la sesión del 29 de octubre el perito compara con el libro de actas las cartas de Liebknecht y de Rings presentadas por Birnbaum y Schmitz, y declara falsas las firmas del libro de actas.

En su informe de acusación el fiscal general Seckendorf declara:

«Los datos averiguados en el libro de actas coincidían con hechos averiguados por otras vías. Solo que el ministerio público se veía completamente incapaz de probar la autenticidad del libro».

El libro es auténtico, pero faltan las pruebas de su autenticidad. ¡Nuevo Testamento! Seckendorf va más allá:

«Pero la propia defensa ha probado que en el libro hay por lo menos mucho de verdad, ya que nos ha dado información sobre la actividad del Rings que en él se nombra, de la cual hasta ahora nadie sabía nada».

Si hasta ahora nadie sabía nada de la actividad de Rings, el libro de actas no da información sobre ella. Las declaraciones sobre la actividad de Rings no podían, pues, confirmar el contenido del libro de actas, y en cuanto a su forma probaban que la firma de un miembro del «partido Marx» era en verdad falsa, imitada. Probaban, pues, según Seckendorf, «que en el libro hay por lo menos mucho de verdad», a saber, una verdadera falsificación. La Fiscalía General (Saedt y Seckendorf) y la Dirección de Correos habían abierto la carta a Kothes junto con Stieber. Conocían, pues, la fecha de su llegada. Sabían, pues, que Stieber juraba en falso cuando hacía llegar el correo el 17 de octubre y más tarde el 10, y la carta, en cambio, el 19 y luego el 12. Eran sus cómplices.

En la sesión del 27 de octubre Stieber intentó en vano mantener la compostura. Cada día temía la llegada de los documentos de cargo de Londres. Stieber se sentía indispuesto, y el Estado prusiano encarnado en él se sentía indispuesto. La exposición a la vergüenza pública había alcanzado una altura peligrosa. Por eso, el 28 de octubre se envió a Londres al teniente de policía Goldheim para salvar a la patria. ¿Qué hizo Goldheim en Londres? Intentar, con ayuda de Greif y de Fleury, convencer a Hirsch de que viniera a Colonia y jurara, bajo el nombre de H. Liebknecht, la autenticidad del libro de actas. Se le ofreció a Hirsch una pensión del Estado en toda regla, pero Hirsch tenía su instinto policial tan bien como Goldheim. Hirsch sabía que no era ni fiscal, ni teniente de policía, ni consejero de policía, y que no gozaba, por tanto, del privilegio del perjurio. Hirsch barruntó que lo dejarían caer en cuanto el asunto se torciera. Hirsch no quería hacer de chivo, y menos aún de chivo expiatorio. Hirsch se negó en redondo. Al Gobierno cristiano-germánico de Prusia le queda, sin embargo, la gloria de haber intentado comprar un testigo falso en un procedimiento criminal en el que estaban en juego las cabezas de sus súbditos acusados.

Goldheim vuelve, pues, a Colonia con las manos vacías.

En la sesión del 3 de noviembre, terminado el informe de la acusación y antes de empezar la defensa, sobre la marcha, Stieber vuelve a interponerse de un salto.

«Había hecho practicar», jura Stieber, «nuevas investigaciones sobre el libro de actas. Había enviado de Colonia a Londres al teniente de policía Goldheim y le había encargado realizar esas investigaciones. Goldheim había partido el 28 de octubre y había regresado el 2 de noviembre. Aquí estaba Goldheim».

A una seña del amo, Goldheim se adelanta zumbando y jura:

«Llegado a Londres, se había dirigido primero al teniente de policía Greif, y este lo había llevado al agente de policía Fleury, en el barrio de Kensington, como el agente que había entregado el libro a Greif. Fleury se lo había reconocido a él, al testigo Goldheim, y había afirmado que había recibido realmente el libro de un miembro del partido de Marx llamado H. Liebknecht. Fleury había reconocido expresamente el recibo de H. Liebknecht por el dinero cobrado por el libro. El testigo no había podido echar el guante en Londres al propio Liebknecht, porque este, según afirmaba Fleury, había rehuido aparecer en público. Él, el testigo, había adquirido en Londres la convicción de que el contenido del libro, salvo algunos errores, era completamente auténtico. Así se lo habían confirmado, en particular, agentes fiables que habían asistido a las sesiones de Marx; pero el libro no era un libro de actas original, sino solo un libro de notas sobre lo ocurrido en las sesiones de Marx. Para el origen del libro, que desde luego aún no estaba del todo aclarado, solo había dos caminos. O bien procedía realmente, como el agente aseguraba con firmeza, de Liebknecht, que para no dejar ver su traición había evitado entregar su letra; o bien el agente Fleury había recibido las notas para el libro de otros dos amigos de Marx, los refugiados Dronke e Imandt,56 y para dar un valor tanto mayor a su mercancía había dado a esas notas la forma de un libro de actas original. Pues el teniente de policía Greif había comprobado oficialmente que Dronke e Imandt habían tratado con frecuencia a Fleury... El testigo Goldheim asegura que se había convencido en Londres de que todo lo que antes se había declarado sobre las sesiones secretas en casa de Marx, sobre las relaciones entre Londres y Colonia, sobre la correspondencia secreta, etc., respondía plenamente a la verdad. Como prueba de lo bien informados que estaban todavía hoy los agentes prusianos en Londres, el testigo Goldheim aduce que el 27 de octubre se había celebrado en casa de Marx una sesión completamente secreta en la que se habían discutido las medidas que debían tomarse contra el libro de actas y, en particular, contra el consejero de policía Stieber, muy desagradable para el partido de Londres. Los acuerdos y documentos correspondientes se habían enviado en el mayor secreto al abogado Schneider II. Entre los papeles enviados a Schneider II había además, en particular, una carta privada que el propio Stieber había escrito en 1848 a Marx en Colonia y que Marx había mantenido muy en secreto porque esperaba comprometer con ella al testigo Stieber».

El testigo Stieber se adelanta de un salto y declara que en aquella ocasión había escrito a Marx a causa de una calumnia infame, que lo había amenazado con un proceso, etc.

«Nadie salvo Marx y él podía saberlo, y esa era desde luego la mejor prueba de la exactitud de las comunicaciones llegadas de Londres».

Así que, según Goldheim, el libro de actas original, descontadas las partes falsas, es «completamente auténtico». Lo que le ha convencido de su autenticidad es, en particular, la circunstancia de que el libro de actas original no es un libro de actas original, sino solo un «libro de notas». ¿Y Stieber? Stieber no se cae de las nubes; más bien se le quita un peso de encima. A última hora, cuando la última palabra de la acusación apenas se ha extinguido y la primera de la defensa todavía no ha resonado, Stieber hace que su Goldheim convierta a toda prisa el libro de actas original en un libro de notas. Si dos policías se acusan mutuamente de mentir, ¿no prueba eso que los dos rinden culto a la verdad? Stieber se ha cubierto la retirada por medio de Goldheim.

Goldheim jura que

«llegado a Londres, se había dirigido primero al teniente de policía Greif, y este lo había llevado al agente de policía Fleury, en el barrio de Kensington».

¿Quién no jurará ahora que el pobre Goldheim se ha cansado de correr y de ir en coche con el teniente de policía Greif antes de llegar a casa de Fleury en el apartado barrio de Kensington? Pero el teniente de policía Greif vive en la casa del agente de policía Fleury, y precisamente en el piso de arriba de la casa de Fleury, de modo que en realidad no fue Greif quien llevó a Goldheim a casa de Fleury, sino Fleury quien llevó a Goldheim a casa de Greif.

«¡El agente de policía Fleury, en el barrio de Kensington!» ¡Qué precisión! ¿Podéis dudar todavía de la veracidad del Gobierno prusiano, que denuncia a sus propios soplones con nombre y domicilio, con pelos y señales? Si el libro de actas es falso, no tenéis más que dirigiros al «agente de policía Fleury, en Kensington». Desde luego. Al secretario particular Pierre, en el distrito 13. Cuando se quiere identificar a un individuo, no se da solo su apellido, sino también su nombre de pila. No Fleury, sino Charles Fleury. Se designa al individuo por el negocio que lleva públicamente, no por un oficio que ejerce en secreto. Así pues, comerciante Charles Fleury, no agente de policía Fleury. Y si se quiere indicar su domicilio, no se nombra solo un barrio de Londres, que es a su vez una ciudad, sino el barrio, la calle y el número de la casa. Así pues, no agente de policía Fleury en Kensington, sino comerciante Charles Fleury, 17 Victoria Road, Kensington.

Pero lo de «teniente de policía Greif», eso al menos está dicho con franqueza. Ahora bien, si el teniente de policía Greif se agrega en Londres a la embajada y de teniente pasa a attaché, eso es un attachement [apego] que no incumbe a los tribunales. La inclinación del corazón es la voz del destino.57

Así pues, el teniente de policía Goldheim asegura que el agente de policía Fleury asegura que ha recibido el libro de un individuo que asegura realmente ser H. Liebknecht y que hasta le ha extendido un recibo a Fleury. Solo que Goldheim no pudo «echar el guante» a H. Liebknecht en Londres. Goldheim podía, pues, haberse quedado tranquilamente en Colonia, porque la aseveración del consejero de policía Stieber no engorda por presentarse como una aseveración del teniente de policía Goldheim que asevera el teniente de policía Greif, a quien a su vez el agente de policía Fleury hace el favor de aseverar su aseveración.

Sin dejarse desconcertar por sus poco alentadoras experiencias de Londres, Goldheim, con la gran capacidad de convicción que le es propia y que tiene que suplirle la capacidad de juicio, se ha convencido «plenamente» de que «todo» lo que Stieber ha jurado sobre el «partido Marx», sus relaciones con Colonia, etc., «todo responde plenamente a la verdad». ¿Y ahora, después de que su funcionario subalterno Goldheim le haya extendido un testimonium paupertatis [certificado de pobreza], todavía no estaría cubierto el consejero de policía Stieber? Un resultado ha conseguido Stieber con su manera de jurar: ha puesto patas arriba la jerarquía prusiana. ¿No creéis al consejero de policía? Bien. Se ha comprometido. Entonces creeréis al teniente de policía. ¿No creéis al teniente de policía? Mejor aún. Entonces no os queda más remedio que creer por lo menos al agente de policía, alias mouchardus vulgaris [o sea, el soplón común]. Esta herética confusión de conceptos es la que arma el Stieber jurando.

Después de haber probado hasta aquí que en Londres comprobó la inexistencia del libro de actas original y, de la existencia de H. Liebknecht, solo que en Londres no se le puede «echar el guante»; después de haberse convencido precisamente con ello de que «todas» las declaraciones de Stieber sobre el «partido Marx» responden «plenamente a la verdad», tiene que aportar por fin, además de estos argumentos negativos, en los que según Seckendorf hay desde luego «mucho de verdad», también el argumento positivo de «lo bien informados que están todavía hoy los agentes prusianos en Londres». Como muestra aduce que el 27 de octubre «se había celebrado en casa de Marx una sesión completamente secreta». En esta sesión completamente secreta se habían discutido las medidas contra el libro de actas y contra el «muy desagradable» consejero de policía Stieber. Los decretos y acuerdos correspondientes «se habían enviado en el mayor secreto al abogado Schneider II».

Aunque los agentes prusianos asistían a estas sesiones, el camino que tomaron esas cartas les quedó tan «completamente secreto» que el correo, a pesar de todos sus esfuerzos, no logró detenerlas. Escúchese cómo en los viejos muros todavía canta melancólico el grillo:

«Las cartas y documentos correspondientes se habían enviado en el mayor secreto al abogado Schneider II».

Completamente secreto para los agentes secretos de Goldheim.

Los acuerdos imaginarios sobre el libro de actas no pueden haberse tomado el 27 de octubre en la sesión completamente secreta en casa de Marx, porque Marx había enviado ya el 25 de octubre los informes principales sobre la falsedad del libro de actas, no a Schneider II, ciertamente, sino al señor Von Hontheim.

Que se habían enviado documentos a Colonia, eso no se lo decía a la policía solo su mala conciencia. El 29 de octubre llegó Goldheim a Londres. El 30 de octubre encontró Goldheim en el Morning Advertiser, el Spectator, el Examiner, el Leader y el People's Paper una declaración firmada por Engels, Freiligrath, Marx y Wolff58 en la que estos remitían al público inglés a las revelaciones que la defensa haría sobre la forgery, perjury, falsification of documents [falsificaciones, perjurios, falseamiento de documentos], en suma, sobre las infamias de la policía prusiana. Tan «completamente secreto» se mantuvo el envío de los documentos que el «partido Marx» lo puso públicamente en conocimiento del público inglés, aunque solo el 30 de octubre, cuando Goldheim ya había llegado a Londres y los documentos a Colonia.

Pero también el 27 de octubre se enviaron documentos a Colonia. ¿Cómo se enteró de ello la omnisciente policía prusiana?

La policía prusiana no actuaba en completo secreto, como el «partido Marx». Al contrario, desde hacía semanas tenía plantados de manera completamente pública a dos de sus soplones delante de la casa de Marx, que lo vigilaban desde la calle du soir jusqu'au matin y du matin jusqu'au soir [de la noche a la mañana y de la mañana a la noche] y le seguían a cada paso. Pues bien, el 27 de octubre Marx había hecho legalizar oficialmente los documentos completamente secretos que contenían las letras auténticas de Liebknecht y de Rings y la declaración del dueño de la Crown Tavern sobre el día de reunión; estos documentos completamente secretos los había hecho legalizar en el tribunal de policía, completamente público, de Marlborough Street, en presencia de los reporteros de la prensa diaria inglesa. Los ángeles custodios prusianos lo siguieron desde su casa hasta Marlborough Street y desde Marlborough Street de vuelta a su casa, y desde su casa otra vez a la oficina de correos. Solo desaparecieron cuando Marx hizo una gestión completamente secreta ante el juez de policía del barrio para obtener una orden de detención contra sus dos «seguidores».

Por lo demás, el Gobierno prusiano tenía todavía otro camino. Marx envió, en efecto, por correo directamente a Colonia los documentos legalizados el 27 de octubre y fechados el 27 de octubre, para poner a salvo de las garras del águila prusiana el duplicado enviado en completo secreto. El correo y la policía de Colonia sabían, pues, que Marx había enviado documentos fechados el 27 de octubre, y Goldheim no necesitaba viajar a Londres para descubrir el secreto.

Goldheim siente que tiene que indicar por fin, «en particular», algo que «en particular» se hubiera decidido enviar a Schneider II en la «sesión completamente secreta del 27 de octubre», y nombra la carta dirigida por Stieber a Marx. Pero por desgracia Marx no envió esta carta el 27, sino el 25 de octubre, y no a Schneider II, sino al señor Von Hontheim. ¿Pero cómo sabía la policía que Marx conservaba aún la carta de Stieber y que la enviaría a la defensa? Pero dejemos que Stieber vuelva a adelantarse de un salto.

Stieber espera disuadir a Schneider II de leer la carta, que le resulta muy «desagradable», tomándole la delantera. Si Goldheim dice que Schneider II tiene mi carta, y precisamente por una «relación criminal con Marx», calcula Stieber, Schneider II suprimirá la carta para probar que los agentes de Goldheim están mal informados y que él no mantiene ninguna relación criminal con Marx. Stieber se adelanta, pues, de un salto, da el contenido de la carta de forma falsa y concluye con esta asombrosa exclamación:

«Nadie salvo él y Marx podía saberlo, y esa era desde luego la mejor prueba de la credibilidad de las comunicaciones llegadas de Londres».

Stieber tiene un método peculiar para mantener ocultos los secretos que le resultan desagradables. Cuando él no habla, todo el mundo tiene que callar. Por eso, salvo él y cierta dama entrada en años, «nadie puede saber» que en otro tiempo vivió cerca de Weimar como homme entretenu [hombre mantenido]. Pero si Stieber tenía todos los motivos para que nadie salvo Marx supiera de la carta, Marx tenía todos los motivos para que lo supiera todo el mundo salvo Stieber. Ahora ya se conoce la mejor prueba de las comunicaciones llegadas de Londres. ¿Cómo será la peor prueba de Stieber?

Pero Stieber vuelve a cometer a sabiendas perjurio cuando dice que «nadie salvo yo y Marx podía saberlo». Sabía que no había sido Marx, sino otro redactor de la Rheinische Zeitung, quien había contestado a su carta. Ese era en todo caso «alguien salvo él y Marx». Para que lo sepa todavía más gente, reproducimos aquí la carta:

«En el n.º 177 de la Neue Rheinische Zeitung figura una crónica de corresponsal desde Fráncfort del Meno del 21 de diciembre que contiene la vil mentira de que yo he ido a Fráncfort como espía de la policía para averiguar, bajo la apariencia de convicciones democráticas, quiénes fueron los asesinos del príncipe Lichnowski y del general Auerswald.59 Es cierto que el 21 estuve en Fráncfort, pero solo permanecí allí un día y, como verá usted por el certificado adjunto, solo tuve que arreglar allí un asunto privado de la señora Von Schwezler, de esta ciudad; hace mucho que he vuelto a Berlín, donde hace mucho que he reanudado mi actividad como defensor. Le remito, por lo demás, a la rectificación oficial ya publicada sobre este asunto en el n.º 338 de la Frankfurter Oberpostamts-Zeitung del 21 de diciembre y en el n.º 248 de la National-Zeitung de esta ciudad. Creo poder esperar de su amor a la verdad que publicará usted inmediatamente en su periódico la rectificación adjunta y que me dará el nombre del remitente de la noticia mentirosa, conforme a la obligación que la ley le impone, pues no puedo dejar sin castigo semejante calumnia y de lo contrario, muy a mi pesar, me veré obligado a emprender acciones contra esa honorable redacción.

Creo que la democracia no debe en los últimos tiempos más agradecimiento a nadie que precisamente a mí. He sido yo quien ha sacado a cientos de demócratas acusados de las redes de la justicia penal. He sido yo quien, todavía durante el estado de sitio de esta ciudad, cuando esos tipos cobardes y miserables (los llamados demócratas) hacía tiempo que habían abandonado el campo, se ha enfrentado intrépida y diligentemente a las autoridades y lo sigue haciendo hoy. Si los órganos demócratas me tratan de esta manera, es poco estímulo para seguir esforzándome.

Lo mejor del asunto, en el caso presente, es sin embargo la torpeza de los órganos demócratas. El rumor de que yo iba como agente de policía a Fráncfort lo lanzó primero la Neue Preußische Zeitung,60 ese famoso órgano de la reacción, para socavar mi actividad como defensor, que le resulta molesta. Los demás periódicos de Berlín lo han rectificado hace mucho. Pero los órganos demócratas son tan torpes que repiten como loros semejante mentira estúpida. Si yo quisiera ir como espía a Fráncfort, a buen seguro no saldría antes en todos los periódicos; ¿y cómo iba Prusia a enviar a un funcionario de policía a Fráncfort, donde hay funcionarios competentes de sobra? La estupidez fue siempre un defecto de la democracia, y sus adversarios vencieron por su astucia.

Es igualmente una vil mentira que hace años yo estuviera en Silesia como espía de la policía. Era entonces funcionario de policía con nombramiento público y como tal cumplí con mi deber. Se han difundido sobre mí viles mentiras. Que se presente alguien y pruebe que me he infiltrado en su casa. Mentir y afirmar lo puede hacer cualquiera. Espero, pues, de usted, a quien tengo por un hombre honrado y decente, una respuesta satisfactoria a vuelta de correo. Los periódicos demócratas han caído entre nosotros en descrédito por sus muchas mentiras; no persiga usted el mismo fin.

Berlín, 26 de diciembre de 1848

Atentamente,
Stieber, doctor en Derecho, etc., Berlín,
Ritterstraße 65».

¿Cómo sabía entonces Stieber que el 27 de octubre Marx había enviado su carta a Schneider II? Pero no se envió el 27, sino el 25 de octubre, y no a Schneider II, sino a Von Hontheim. Stieber solo sabía, pues, que la carta existía todavía, y barruntaba que Marx se la comunicaría a alguno de los defensores. ¿De dónde ese barrunto? Cuando la Kölnische Zeitung llevó a Londres la declaración de Stieber del 18 de octubre sobre Cherval, etc., Marx escribió a la Kölnische Zeitung, a la National-Zeitung de Berlín y al Frankfurter Journal una declaración fechada el 21 de octubre al final de la cual se amenazaba a Stieber con su carta, que aún se conservaba. Para mantener la carta «en el mayor secreto», Marx mismo la anuncia en los periódicos. Fracasa ante la cobardía de la prensa diaria alemana, pero el correo prusiano ya estaba instruido, y con el correo prusiano su... Stieber.

¿Qué ha traído entonces Goldheim de Londres con sus chirridos?

Que Hirsch no jura en falso, que H. Liebknecht no tiene una existencia «aprehensible» y que el libro de actas original no es un libro de actas original; que los omniscientes agentes de Londres saben todo lo que el «partido Marx» ha publicado en la prensa de Londres. Para salvar el honor de los agentes prusianos, Goldheim pone en su boca las escasas noticias rebuscadas mediante la violación y la sustracción de cartas.

En la sesión del 4 de noviembre, después de que Schneider II haya aniquilado a Stieber y su libro de actas y lo haya convicto de falsificación y perjurio, Stieber se adelanta de un salto por última vez y da rienda suelta a su indignación moral. Incluso, exclama desde su alma indignada, incluso al señor Wermuth, al director de policía Wermuth, se atreven a acusar de perjurio. Stieber ha vuelto, pues, a la escala ortodoxa, a la línea ascendente. Antes se movía en línea heterodoxa, descendente. Si no se le quería creer a él, el consejero de policía, que se creyera a su teniente de policía; si no al teniente de policía, a su agente de policía; si no al agente Fleury, al subagente Hirsch. Ahora es al revés. Él, el consejero de policía, podría quizá jurar en falso, ¿pero Wermuth, un director de policía? ¡Increíble! En su enojo, alaba a Wermuth con amargura creciente, sirve al público ajenjo puro: Wermuth como hombre, Wermuth como abogado, Wermuth como padre de familia, Wermuth como director de policía, Wermuth for ever [para siempre].

Incluso ahora, en sesión pública, Stieber intenta todavía mantener a los acusados au secret [incomunicados] y levantar una barrera entre la defensa y el material de la defensa. Acusa a Schneider II de «relación criminal» con Marx. Schneider cometería en su persona un atentado contra las más altas autoridades prusianas. Hasta el presidente del tribunal, Göbel, todo un Göbel, se siente aplastado bajo el peso de Stieber. No puede evitarlo: aunque sea de manera temerosa y servil, deja caer unos cuantos varazos sobre la nuca de Stieber. Pero Stieber, por su parte, tiene razón. No es su persona: es la fiscalía, el tribunal, el correo, el Gobierno, la Presidencia de Policía de Berlín, son los ministerios, es la embajada prusiana en Londres; en una palabra, es el Estado prusiano el que está con él en la picota, con el libro de actas original en la mano.

El señor Stieber tiene ahora permiso para hacer imprimir la respuesta de la Neue Rheinische Zeitung a su carta.

Volvamos una vez más con Goldheim a Londres.

Igual que Stieber todavía no sabe dónde se encuentra Cherval ni quién es en realidad Cherval, así, según la declaración de Goldheim (sesión del 3 de noviembre), el origen del libro de actas todavía no está del todo aclarado. Para aclararlo, Goldheim da dos hipótesis.

«Para el origen del libro, que todavía no está del todo aclarado», dice, «solo hay dos caminos. O bien procedía realmente, como el agente aseguraba con firmeza, de Liebknecht, que para no dejar ver su traición había evitado entregar su letra».

W. Liebknecht pertenece notoriamente al «partido Marx». Pero la firma de Liebknecht que figura en el libro de actas no pertenece, de manera igual de notoria, a W. Liebknecht. Por eso Stieber jura en la sesión del 27 de octubre que el dueño de esa firma tampoco es aquel W. Liebknecht, sino otro Liebknecht, un H. Liebknecht. Se había enterado de la existencia de este doble sin poder indicar la fuente de su información. Goldheim jura: «Fleury había afirmado que había recibido realmente el libro de un miembro del "partido de Marx" llamado H. Liebknecht». Goldheim jura además: «No había podido echar el guante en Londres a ese H. Liebknecht». ¿Qué señal de existencia ha dado hasta ahora el H. Liebknecht descubierto por Stieber al mundo en general y al teniente de policía Goldheim en particular? Ninguna señal de existencia, salvo su letra en el libro de actas original; pero ahora declara Goldheim: «Liebknecht había evitado entregar su letra».

H. Liebknecht solo existía hasta ahora como letra. Ahora ya no queda nada de H. Liebknecht, ni siquiera una letra, ni siquiera el punto sobre la i. Pero cómo sabe Goldheim que el H. Liebknecht, cuya existencia conoce por la letra del libro de actas, escribe con una letra distinta de la del libro de actas, eso sigue siendo un secreto de Goldheim. Si Stieber tiene sus milagros, ¿por qué no va a tener Goldheim los suyos?

Goldheim olvida que su superior Stieber ha jurado antes que él la existencia de H. Liebknecht y que él mismo acaba de jurarla. En el mismo momento en que jura por H. Liebknecht, recuerda que H. Liebknecht no era más que un recurso de apuro inventado por Stieber, una mentira de necesidad, y la necesidad carece de ley. Recuerda que solo hay un Liebknecht auténtico, W. Liebknecht, pero que, si W. Liebknecht es auténtico, la firma del libro de actas es falsa. No puede confesar que el subagente de Fleury, Hirsch, fabricó con el libro de actas falso también la firma falsa. Por eso formula la hipótesis: «Liebknecht había evitado entregar su firma». Formulemos nosotros también una hipótesis. Goldheim ha falsificado en otro tiempo billetes de banco. Es llevado ante el tribunal; se prueba que la firma que figura en el billete no es la del director del banco. No me lo tomen a mal, señores, dirá Goldheim, no me lo tomen a mal. El billete es auténtico. Procede del propio director del banco. Si su nombre no está extendido con su propia firma sino con una firma falsa, ¿qué importa eso? «Es que ha evitado entregar su letra».

O bien, prosigue Goldheim, si la hipótesis de Liebknecht es falsa:

«O bien el agente Fleury había recibido las notas para el libro de otros dos amigos de Marx, los refugiados Dronke e Imandt, y para dar un valor tanto mayor a su mercancía había dado a esas notas la forma de un libro de actas original. Pues el teniente de policía Greif había comprobado oficialmente que Dronke e Imandt habían tratado con frecuencia a Fleury».

¿O bien? ¿Cómo que o bien? Si un libro, como el libro de actas original, está firmado por tres personas, por Liebknecht, Rings y Ulmer, nadie concluirá: «Procede de Liebknecht» o de Dronke e Imandt, sino: procede de Liebknecht o de Rings y de Ulmer. ¿Iba a decir ahora otra vez el desgraciado Goldheim, que ya se ha encaramado a un juicio disyuntivo —o bien, o bien—, iba a decir: «Rings y Ulmer han evitado entregar su letra»? Hasta Goldheim considera inevitable un nuevo giro.

Si el libro de actas original no procede de Liebknecht, como afirma el agente Fleury, lo ha hecho el propio Fleury, pero las notas para él las ha recibido de Dronke e Imandt, de quienes el teniente de policía Greif ha comprobado oficialmente que trataban con frecuencia a Fleury.

«Para dar un valor tanto mayor a su mercancía», dice Goldheim, Fleury da a las notas la forma de un libro de actas original. No solo comete un fraude; hace firmas falsas, todo «para dar mayor valor a su mercancía». Un hombre tan escrupuloso como este agente prusiano, que por afán de lucro fabrica actas falsas y firmas falsas, es en todo caso incapaz de fabricar notas falsas. Así concluye Goldheim.

Dronke e Imandt no llegaron a Londres hasta abril de 1852, después de haber sido expulsados por las autoridades suizas. Pero un tercio del libro de actas original consiste en las actas de los meses de enero, febrero y marzo de 1852. Un tercio del libro de actas original lo hizo, pues, Fleury en todo caso sin Dronke ni Imandt, aunque Goldheim jura: o bien Liebknecht hizo el libro de actas, o bien lo hizo Fleury, pero según las notas de Dronke e Imandt. Goldheim lo jura, y Goldheim no es, ciertamente, Bruto, pero sí Goldheim.61

Pero así queda la posibilidad de que Dronke e Imandt proporcionaran las notas a Fleury desde abril, puesto que, jura Goldheim:

«El teniente de policía Greif había comprobado oficialmente que Dronke e Imandt habían tratado con frecuencia a Fleury».

Vamos con ese trato.

Fleury, como ya se ha observado más arriba, no era conocido en Londres como agente de la policía prusiana, sino como comerciante de la City, y precisamente como comerciante demócrata. Nacido en Altenburg, había llegado a Londres como refugiado político, más tarde se había casado con una inglesa de familia respetable y acomodada y vivía, en apariencia retirado, con su mujer y su suegro, un viejo industrial cuáquero. El 8 o el 9 de octubre Imandt entró en «trato frecuente» con Fleury, a saber, en el trato de quien da clases. Pero, según la declaración corregida de Stieber, el libro de actas original llegó a Colonia el 10 de octubre, y según la declaración final de Goldheim, el 11. Así pues, cuando Imandt, hasta entonces completamente desconocido para él, le dio su primera clase de francés, Fleury no solo había hecho encuadernar ya en tafilete rojo el libro de actas original, sino que se lo había entregado ya al correo extraordinario que lo llevó a Colonia. Hasta ese punto redactó Fleury su libro de actas según las notas de Imandt. En cuanto a Dronke, Fleury solo lo vio una vez, por casualidad, en casa de Imandt, y precisamente el 30 de octubre, cuando el libro de actas original hacía tiempo que había vuelto a caer en su nada originaria.

Así, el Gobierno cristiano-germánico no se contenta con forzar escritorios, robar papeles ajenos, sonsacar declaraciones falsas, urdir complots falsos, forjar documentos falsos, jurar en falso e intentar sobornar a testigos falsos, todo para obtener una condena de los acusados de Colonia. Intenta arrojar una sospecha infamante sobre los amigos de los acusados en Londres para esconder a su Hirsch, de quien Stieber ha jurado que no lo conoce y Goldheim que no es espía.

El viernes 5 de noviembre llegó a Londres la Kölnische Zeitung con el informe sobre la sesión del jurado del 3 de noviembre y la declaración de Goldheim. Enseguida se hicieron averiguaciones sobre Greif y ese mismo día se supo que vivía en casa de Fleury. Al mismo tiempo, Dronke e Imandt fueron a casa de Fleury con la Kölner Zeitung. Le hacen leer la declaración de Goldheim. Palidece, intenta recobrar la compostura, se hace el sorprendido y se declara del todo dispuesto a testificar contra Goldheim ante un magistrado inglés. Pero antes, dice, tiene que hablar con su abogado. Se fija una cita para la tarde del día siguiente, sábado 6 de noviembre. Fleury promete llevar a esa cita su declaración, ya legalizada oficialmente. Naturalmente, no compareció. Por eso Imandt y Dronke fueron el sábado por la noche a su casa y encontraron allí la siguiente nota destinada a Imandt:

«Con ayuda del abogado todo está arreglado; lo demás queda reservado hasta que se averigüe quién es la persona. El abogado ha despachado el asunto hoy mismo. El negocio hizo necesaria mi presencia en la City. Si quiere usted visitarme mañana, estaré en casa toda la tarde hasta las 5. Fl.».

Al otro lado de la nota hay una posdata:

«Acabo de llegar a casa; tuve que salir con el señor Werner y mi mujer, de lo cual podrá usted convencerse mañana. Escríbame a qué hora quiere venir».

Imandt dejó la siguiente respuesta:

«Me sorprende extraordinariamente no encontrarle ahora en casa, puesto que tampoco esta tarde ha acudido usted a la cita convenida. Debo confesarle que, por las circunstancias, mi juicio sobre usted está ya formado. Si le interesa sacarme de mi error, vendrá usted a verme, y mañana mismo por la mañana, porque no puedo garantizarle que su condición de espía de la policía prusiana no se comente en los periódicos ingleses. Imandt».

Fleury tampoco apareció el domingo por la mañana. Dronke e Imandt volvieron, pues, a su casa por la noche para obtener su declaración, aparentando que su confianza solo se había tambaleado en el primer momento. Entre toda clase de titubeos y vacilaciones salió la declaración. Fleury vaciló sobre todo cuando se le hizo notar que tenía que firmar no solo con su apellido, sino también con su nombre de pila. La declaración decía textualmente lo que sigue:

«A la redacción de la Kölnische Zeitung.

El abajo firmante declara que conoce al señor Imandt desde hace aproximadamente un mes, durante el cual este le ha dado clases de francés, y que vio al señor Dronke por primera vez el sábado 30 de octubre del corriente año.

Que ninguno de los dos le ha hecho comunicaciones que guarden relación con el libro de actas que figura en el proceso de Colonia.

Que no conoce a ninguna persona que lleve el nombre de Liebknecht ni ha estado en relación alguna con ella.

Londres, 8 de noviembre de 1852. Kensington

Charles Fleury».

Dronke e Imandt estaban convencidos, naturalmente, de que Fleury enviaría a la Kölnische Zeitung la orden de no publicar ninguna declaración firmada con su nombre. Por eso no envían su declaración a la Kölnische Zeitung, sino al abogado Schneider II, que la recibió, sin embargo, en una fase demasiado avanzada del proceso para poder hacer uso de ella.

Fleury no es, desde luego, la Flor de María de las prostitutas de la policía,62 pero flor es, y dará flores, aunque solo sean flores de lis.63

La historia del libro de actas no había terminado.

El sábado 6 de noviembre W. Hirsch, de Hamburgo, confesó bajo declaración solemne, ante el magistrado de Bow Street, en Londres, que él mismo había fabricado, bajo la dirección de Greif y Fleury, el libro de actas original que figuraba en el proceso de los comunistas de Colonia.

Así pues, primero libro de actas original del «partido Marx», luego libro de notas del espía Fleury y, por último, producto de la policía prusiana, simple producto policial, producto policial sans phrase [sin más].

El mismo día en que Hirsch revelaba el secreto del libro de actas original al magistrado inglés de Bow Street, otro representante del Estado prusiano estaba ocupado en Kensington, en casa de Fleury, en empaquetar en sólido hule, esta vez no documentos robados ni fabricados, ni documentos de ninguna clase, sino sus propios bártulos. No era otro que el pájaro Greif, al que ya conocimos en París, el correo extraordinario a Colonia, el jefe de los agentes de la policía prusiana en Londres, el director oficial de la mistificación, el teniente de policía agregado a la embajada prusiana. Greif había recibido del Gobierno prusiano la orden de abandonar Londres inmediatamente. No había tiempo que perder.

Igual que al final de las óperas de gran espectáculo el decorado del fondo, oculto hasta entonces por los bastidores, que asciende en gradas como un anfiteatro, resplandece de pronto a la luz de las bengalas y deslumbra todas las miradas con sus contornos, así, al final de esta tragicomedia policial prusiana, el taller oculto en forma de anfiteatro donde se forjó el libro de actas original. En el peldaño más bajo se veía al desdichado soplón Hirsch, que trabajaba a destajo; en el segundo peldaño, al espía y agent provocateur con posición burguesa, el comerciante de la City Fleury; en el tercero, al diplomático teniente de policía Greif, y en el más alto, a la propia embajada prusiana a la que este está agregado. Desde hacía seis u ocho meses, Hirsch fabricaba regularmente, semana tras semana, su libro de actas original en el despacho y bajo los ojos de Fleury. Pero un piso más arriba de Fleury vivía el teniente de policía prusiano Greif, que lo vigilaba y lo inspiraba. Y Greif, a su vez, pasaba regularmente parte del día en el palacio de la embajada prusiana, donde a su vez era vigilado e inspirado. El palacio de la embajada prusiana era, pues, el verdadero invernadero donde creció el libro de actas original.64 Greif tenía, pues, que desaparecer. Desapareció el 6 de noviembre de 1852.

El libro de actas original ya no podía sostenerse, ni siquiera como libro de notas. El fiscal Saedt lo enterró en su réplica a los alegatos de los abogados defensores.

Se había vuelto, pues, al punto de partida de la Sala de Acusación del Tribunal de Apelación cuando ordenó una nueva instrucción porque «no existía ningún hecho objetivo de delito».

V. La carta que acompañaba al «Catecismo rojo»

En la sesión del 27 de octubre declara el inspector de policía Junkermann, de Krefeld:

«Había intervenido un paquete con ejemplares del Catecismo rojo65 dirigido al camarero de una fonda de Krefeld y con el matasellos de Düsseldorf. Iba acompañado de una carta sin firma. No se ha averiguado quién era el remitente». «La carta, según observa el ministerio público, parece escrita de puño y letra de Marx».

En la sesión del 28 de octubre el perito (???) Renard ve en la carta la letra de Marx. La carta dice así:

«¡Ciudadano! Como goza usted de toda nuestra confianza, le hacemos entrega de 50 ejemplares del Rojo, que deberá usted deslizar el sábado 5 de junio, a las 11 de la noche, por debajo de las puertas de ciudadanos de reconocidas ideas revolucionarias, preferiblemente obreros. Contamos con toda seguridad con su virtud cívica y esperamos, por tanto, que cumpla esta instrucción. La revolución está más cerca de lo que muchos creen. ¡Viva la revolución!

Berlín, mayo de 1852

Salud y fraternidad. El Comité Revolucionario».

El testigo Junkermann declara además «que los paquetes en cuestión se enviaron al testigo Chianella».

El presidente de la policía de Berlín, Hinckeldey,66 dirige como general en jefe las maniobras durante la prisión preventiva de los acusados de Colonia. Los laureles de Maupas67 no le dejan dormir.

Durante las vistas figuran dos directores de policía, uno vivo y otro muerto; un consejero de policía —pero ese uno era un Stieber—; dos tenientes de policía, de los cuales uno viaja continuamente de Londres a Colonia y el otro continuamente de Colonia a Londres; miríadas de agentes y subagentes de policía, con nombre, anónimos, heterónimos, seudónimos, con cola y sin cola. Y por último, un inspector de policía.

En cuanto llegó a Londres la Kölnische Zeitung con los interrogatorios de testigos del 27 y el 28 de octubre, Marx se presentó ante el magistrado de Marlborough Street, copió el texto de la carta que daba la Kölnische Zeitung, hizo legalizar esta copia y, al mismo tiempo, la siguiente declaración solemne, con valor de juramento:

  1. Que no había escrito la carta en cuestión;
  2. que no había conocido su existencia hasta leerla en la Kölnische Zeitung;
  3. que nunca había visto el llamado Catecismo rojo;
  4. que nunca había contribuido en modo alguno a difundirlo.

Observemos de pasada que una declaración de este tipo hecha ante el magistrado (declaration), si es falsa, acarrea en Inglaterra todas las consecuencias del perjurio.

El documento anterior se envió a Schneider II, pero apareció al mismo tiempo impreso en el Morning Advertiser de Londres, porque en el curso del proceso se había llegado a la convicción de que el correo prusiano une al respeto del secreto postal la extraña idea de que está obligado a mantener en secreto ante el destinatario las cartas que se le confían. La Fiscalía General se opuso a que se presentara el documento, aunque solo fuera para cotejarlo. La Fiscalía General sabía que una sola mirada de la carta original a la copia de Marx legalizada oficialmente no podía dejar de revelar el fraude, la imitación deliberada de su letra, incluso a la perspicacia de estos jurados. En interés de la moralidad del Estado prusiano protestó, pues, contra todo cotejo.

Schneider II observó

«que el destinatario, Chianella, que había dado a la policía solícita información sobre los presuntos remitentes y se le había ofrecido directamente como espía, no había pensado ni de lejos en Marx».

Quien hubiera leído alguna vez una línea de Marx no podía en modo alguno cargarle la autoría de esa carta melodramática. La hora de sueño de una medianoche de verano del 5 de junio, la operación indiscreta e ilustrativa de deslizar el Rojo por debajo de las puertas de los filisteos de la revolución, eso podía apuntar, por ejemplo, al alma sentimental de un Kinkel,68 igual que la «virtud cívica» y la «seguridad» con que se cuenta con la «ejecución» militar de la «instrucción» dada podían apuntar a la imaginación de Willich. ¿Pero cómo iban Kinkel y Willich a poner sus recetas revolucionarias en la letra de Marx?

Si se permite una hipótesis sobre el «origen todavía no del todo aclarado» de esta carta escrita con letra imitada: la policía encontró en Krefeld los 50 Rojos con la carta altisonante y agradable. Hizo —en Colonia o en Berlín, qu'importe? [¿qué más da?]— poner el texto en la notación de Marx. ¿Con qué fin? «Para dar un valor tanto mayor a su mercancía».

Pero ni siquiera la Fiscalía General se atrevió a recurrir a esta carta en su catilinaria.69 La dejó caer. No contribuyó, pues, a dejar constancia del «hecho objetivo de delito» que faltaba.

VI. La fracción Willich-Schapper

Desde la derrota de la revolución de 1848-1849, el partido proletario perdió en el continente lo que había poseído excepcionalmente durante aquella breve época: prensa, libertad de palabra y derecho de asociación, es decir, los medios legales de la organización del partido. El partido liberal burgués y el partido democrático pequeñoburgués encontraron, a pesar de la reacción, en la posición social de las clases que representan, las condiciones para mantenerse unidos bajo una u otra forma y para hacer valer más o menos sus intereses comunes. Al partido proletario, después de 1849 como antes de 1848, solo le quedaba abierto un camino: el de la asociación secreta. Por eso, desde 1849 surgió en el continente toda una serie de asociaciones proletarias secretas, descubiertas por la policía, condenadas por los tribunales, quebrantadas por las cárceles, recompuestas siempre de nuevo por las circunstancias.

Una parte de estas sociedades secretas tenía como fin directo derribar el poder del Estado existente. Eso estaba justificado en Francia, donde el proletariado había sido vencido por la burguesía y el ataque al gobierno existente coincidía directamente con el ataque a la burguesía. Otra parte de las sociedades secretas tenía como fin la formación del proletariado en partido, sin preocuparse de los gobiernos existentes. Eso era necesario en países como Alemania, donde la burguesía y el proletariado estaban sometidos juntos a sus gobiernos semifeudales, donde, por tanto, un ataque victorioso contra los gobiernos existentes, en lugar de quebrar el poder de la burguesía o al menos de las llamadas clases medias, tenía que ayudarlas primero a llegar al poder. No hay duda de que también aquí los miembros del partido proletario volverían a participar en una revolución contra el statu quo, pero no formaba parte de su tarea preparar esa revolución, hacer agitación por ella, conspirar, urdir complots. Podían dejar esa preparación a las circunstancias generales y a las clases directamente interesadas. Tenían que dejársela, si no querían renunciar a su propia posición de partido y a las tareas históricas que se desprenden por sí mismas de las condiciones generales de existencia del proletariado. Para ellos, los gobiernos actuales no eran más que fenómenos efímeros, y el statu quo, solo una breve parada en la que se deja que se desgaste una democracia mezquina y estrecha de miras.

La «Liga de los Comunistas» no era, por tanto, una sociedad conspirativa, sino una sociedad que llevaba a cabo en secreto la organización del partido proletario, porque al proletariado alemán se le ha prohibido públicamente, igni et aqua,70 la escritura, la palabra y la asociación. Si una sociedad así conspira, es solo en el sentido en que el vapor y la electricidad conspiran contra el statu quo.

Se comprende que una sociedad secreta de este tipo, cuyo fin es la formación no del partido de gobierno, sino del partido de oposición del futuro, pudiera ofrecer pocos atractivos a individuos que, por una parte, quieren pavonear su insignificancia personal bajo la capa teatral de las conspiraciones y, por otra, satisfacer su ambición de cortos vuelos el día de la próxima revolución, y que, sobre todo, quieren parecer importantes en el momento, participar en el botín de la demagogia y ser bien recibidos por los charlatanes demócratas.

Por eso se separó de la Liga de los Comunistas una fracción, o fue separada una fracción, como se quiera, que exigía, si no conspiraciones reales, sí la apariencia de la conspiración y, por tanto, la alianza directa con los héroes del día de la democracia: la fracción Willich-Schapper. Es característico de ella que Willich figure, con Kinkel y junto a él, como entrepreneur [empresario] del negocio del empréstito revolucionario germano-americano.71

La relación de este partido con la mayoría de la Liga de los Comunistas, a la que pertenecían los de Colonia, acaba de quedar apuntada. Bürgers y Röser la expusieron de manera concisa y exhaustiva en las vistas del jurado de Colonia.

Nos detenemos antes del final de nuestra exposición para echar una mirada retrospectiva a la conducta de la fracción Willich-Schapper durante el proceso de Colonia.

Como ya se ha observado más arriba, las fechas de los documentos que Stieber sustrajo a la fracción prueban que sus documentos seguían sabiendo encontrar el camino hacia la policía también después del robo de Reuter. Hasta el día de hoy, la fracción sigue debiendo la explicación de este fenómeno.

Schapper era quien mejor conocía el pasado de Cherval. Sabía que Cherval había sido admitido en la Liga por él en 1846 y no por Marx en 1848, etc. Confirma las mentiras de Stieber con su silencio.

La fracción sabía que fue Haacke, uno de los suyos, quien escribió la carta amenazadora al testigo Haupt;72 deja que la sospecha recaiga sobre el partido de los acusados.

Moses Hess,73 que pertenecía a la fracción, el autor del «Catecismo rojo», esa desdichada parodia del Manifiesto del Partido Comunista, Moses Hess, que no solo escribe él mismo sus escritos, sino que también los distribuye él mismo, sabía muy bien a quién había entregado partidas de su Rojo. Sabía que Marx no le había mermado su riqueza en Rojo ni en la medida de un solo ejemplar. Moisés deja tranquilamente que recaiga sobre los acusados la sospecha de que su partido había ido vendiendo de puerta en puerta su Rojo por la provincia del Rin con cartas melodramáticas.

Igual que con su silencio, la fracción hace causa común con la policía prusiana con su palabra. Cuando comparece durante las vistas, no aparece en el banco de los acusados, sino como «testigo de la Corona».74

Hentze,75 amigo y benefactor de Willich, que había confesado estar al tanto de la Liga, pasa unas semanas en casa de Willich en Londres y viaja luego a Colonia para declarar falsamente contra Becker, contra quien había muchos menos indicios que contra él mismo, que Becker había sido miembro de la Liga en 1848.

Hätzel, que, como muestra el archivo Dietz, pertenecía a la fracción y recibía de ella apoyo en dinero, y que ya había sido llevado una vez ante el jurado en Berlín por pertenecer a la Liga, comparece como testigo contra los acusados. Declara en falso al poner el armamento excepcional del proletariado berlinés durante la época de la revolución en una relación inventada con los estatutos de la Liga.

Steingens, convicto por sus propias cartas (véase la sesión del 18 de octubre) de haber sido el principal agente de la fracción en Bruselas, no comparece en Colonia como acusado, sino como testigo.

No mucho antes de las vistas del jurado de Colonia, Willich y Kinkel enviaron a Alemania como emisario a un oficial de sastre.76 Kinkel, ciertamente, no pertenece a la fracción, pero Willich era corregente del empréstito revolucionario germano-americano.

Kinkel, amenazado ya entonces por el peligro, que se cumplió más tarde, de verse destituido él y Willich por los garantes de Londres de la administración de los fondos del empréstito, y de ver cómo los propios fondos volvían a América a pesar de sus indignadas protestas y las de Willich, Kinkel necesitaba precisamente entonces la misión aparente a Alemania y la correspondencia aparente con Alemania, en parte para mostrar que allí existía todavía un terreno de actividad revolucionaria para él y para los dólares americanos, y en parte para encontrar un pretexto para los enormes gastos de correspondencia, de correo, etc., que él y su amigo Willich supieron cargar en cuenta (véase la circular litografiada del conde O. Reichenbach).77 Kinkel se sabía sin relación alguna, ni con los liberales burgueses ni con los demócratas pequeñoburgueses de Alemania. Por eso tomó gato por liebre: al emisario de la fracción por el emisario de la Liga revolucionaria germano-americana. Este emisario no tenía otra tarea que actuar entre los obreros contra el partido de los acusados de Colonia. Hay que reconocer que el momento estaba bien elegido para dar, a última hora, un nuevo pretexto a una nueva instrucción. La policía prusiana estaba completamente informada sobre la persona, el día de partida y el itinerario del emisario. ¿Por quién? Ya lo veremos. En las reuniones secretas que celebró en Magdeburgo estaban presentes sus espías, que informaron sobre los debates. Los amigos de los de Colonia en Alemania y en Londres temblaron.

Hemos contado más arriba que el 6 de noviembre Hirsch confesó ante el magistrado de Bow Street haber fabricado el libro de actas original bajo la dirección de Greif y Fleury; fue Willich quien lo movió a dar este paso, y Willich y el tabernero Schärttner78 lo acompañaron ante el magistrado. La confesión de Hirsch se extendió en tres ejemplares, que se enviaron por correo a Colonia a direcciones distintas.

Era de la mayor importancia detener a Hirsch en el mismo momento en que salía del tribunal. Con la declaración legalizada oficialmente que llevaba consigo, el proceso perdido en Colonia podía ganarse de nuevo en Londres. Si no a favor de los acusados, sí al menos contra el Gobierno. Willich, en cambio, hizo todo lo posible por impedir semejante paso. Guarda el más profundo silencio no solo ante el «partido Marx», directamente interesado, sino ante su propia gente, incluso ante Schapper. Solo Schärttner estaba en el secreto. Schärttner declara que él y Willich acompañaron a Hirsch al barco. Hirsch, en efecto, conforme a la intención de Willich, debía declarar en Colonia contra sí mismo.

Willich informa a Hirsch del camino que seguirán los documentos; Hirsch, a la embajada prusiana; la embajada prusiana, al correo. Los documentos no llegan a su destino; desaparecen. Más tarde el desaparecido Hirsch reaparece en Londres y declara en una reunión pública de demócratas que Willich es su cómplice.

Willich confiesa, ante una interpelación al respecto, que desde principios de agosto de 1852 había vuelto a estar en relación con Hirsch, que ya en 1851 había sido expulsado como espía, a propuesta suya, de la asociación de Great Windmill Street. Hirsch, en efecto, le había revelado que Fleury era espía prusiano y le había comunicado después, para su conocimiento, todas las cartas que Fleury recibía y enviaba. Él, Willich, se había servido de este medio para vigilar a la policía prusiana.

Willich era notoriamente, desde hacía cerca de un año, amigo íntimo de Fleury, de quien recibía ayudas. Pero si Willich sabía desde agosto de 1852 que este era espía prusiano y estaba a la vez informado de sus manejos, ¿cómo es que no conocía el libro de actas original?

¿Que no interviene hasta que el propio Gobierno prusiano ha delatado a Fleury como espía?

¿Que interviene de una manera que, en el mejor de los casos, quita de Inglaterra a su aliado Hirsch y de las manos del «partido Marx» los medios de prueba legalizados oficialmente de la culpabilidad de Fleury?

¿Que siguió recibiendo ayudas de Fleury, que presume de un reçu [recibo] de 15 libras esterlinas firmado por él?

¿Que Fleury sigue operando en el empréstito revolucionario germano-americano?

¿Que indica a Fleury el local y el lugar de reunión de su propia sociedad secreta, de modo que agentes prusianos toman acta de los debates en la habitación de al lado?

¿Que informa a Fleury del itinerario del mencionado emisario, el oficial de sastre, y que incluso recibe de él dinero para este viaje de misión?

¿Que, por último, cuenta a Fleury que ha instruido a Hentze, que vive en su casa, sobre cómo debe declarar contra Becker ante el jurado de Colonia?79 Hay que reconocer que tout cela n'est pas bien clair [que todo esto no está nada claro].80

VII. La sentencia

A medida que se aclaraban los misterios policiales, la opinión pública se declaraba a favor de los acusados. Cuando quedó al descubierto el fraude del libro de actas original, se esperaba en general la absolución. La Kölnische Zeitung se vio inducida a hacer una genuflexión ante la opinión pública y un giro contra el Gobierno. Pequeñas noticias favorables a los acusados y que hacían sospechar de Stieber se extraviaron de repente en columnas que antes solo habían estado abiertas a las insinuaciones de la policía. El propio Gobierno prusiano dio la partida por perdida. Sus corresponsales en el Times y en el Morning Chronicle empezaron de pronto a preparar a la opinión pública del extranjero para un desenlace desfavorable. Por perniciosas y monstruosas que fueran las doctrinas de los acusados, por abominables que fueran los documentos hallados en su poder, no había pruebas efectivas de un complot, y una condena era, por tanto, poco probable. Así escribía, cabizbajo y resignado, el corresponsal del Times en Berlín, eco servil de los temores que circulaban en los círculos más altos de la ciudad del Spree. Tanto más desbordante fue el júbilo de la corte bizantina y de sus eunucos cuando el telégrafo eléctrico llevó como un rayo de Colonia a Berlín el «Culpable» de los jurados.

Con la revelación del libro de actas, el proceso había entrado en una nueva fase. Los jurados ya no tenían libertad para declarar a los acusados culpables o no culpables; ahora tenían que declarar culpables a los acusados o al Gobierno. Absolver a los acusados significaba condenar al Gobierno.

En su réplica a los alegatos de los abogados defensores, el fiscal Saedt dejó caer el libro de actas original. No quería hacer uso de un documento sobre el que pesaba semejante tacha; él mismo lo tenía por «falso»; era un libro «funesto», había causado mucha pérdida de tiempo inútil, no aportaba nada a la causa misma, Stieber se había dejado mistificar por un celo en el servicio digno de elogio, etc.

Pero la propia fiscalía había afirmado en su acusación que el libro contenía «mucho de verdad». Lejos de declararlo falso, solo había lamentado no poder probar su autenticidad. Con la autenticidad del libro de actas original jurada por Stieber cayó la autenticidad de la declaración de Cherval en París jurada por Stieber, a la que Saedt vuelve una vez más en su réplica; cayó todo lo fáctico que la actividad más intensa de todas las autoridades del Estado prusiano había rebuscado durante año y medio. La vista ante el jurado anunciada para el 28 de julio se había suspendido durante tres meses. ¿Por qué? Por enfermedad del director de policía Schulz. ¿Y quién era Schulz? El descubridor original del libro de actas original. Vayamos más atrás. En enero y febrero de 1852 se habían practicado registros en casa de la señora del doctor Daniels. ¿Con qué fundamento? Con el fundamento de las primeras páginas del libro de actas original, que Fleury había enviado a Schulz, que Schulz hizo llegar a la Dirección de Policía de Colonia y que la Dirección de Policía de Colonia hizo llegar al juez de instrucción, y que llevaron al juez de instrucción al domicilio de la señora del doctor Daniels.

A pesar del complot Cherval, la Sala de Acusación seguía sin encontrar en octubre de 1851 el hecho de delito que faltaba y por eso, por orden del Ministerio, había dispuesto una nueva instrucción. ¿Quién dirigió esta instrucción? El director de policía Schulz. Schulz, pues, debía encontrar el hecho de delito. ¿Qué encontró Schulz? El libro de actas original. Todo el material nuevo que aportó se redujo a las hojas sueltas del libro de actas que Stieber hizo luego completar y encuadernar. Doce meses de prisión celular para los acusados, para dar al libro de actas original el tiempo necesario para nacer y crecer. ¡Bagatelas!, exclama Saedt, y ve ya la prueba de la culpabilidad en que defensores y acusados necesitaran ocho días para limpiar un establo de Augías que todas las autoridades del Estado prusiano se esforzaron año y medio en llenar y por el que los acusados pasaron año y medio en la cárcel. El libro de actas original no era un incidente aislado; era el nudo en el que convergían todos los hilos de la actividad del Gobierno, embajada y policía, ministerio y magistratura, fiscalía y Dirección de Correos, Londres, Berlín y Colonia. El libro de actas original aportaba tanto a la causa que fue inventado para hacer siquiera una causa. Correos, despachos, sustracciones de cartas, detenciones, perjurios para sostener el libro de actas original; falsificaciones para crearlo; intentos de soborno para justificarlo. El misterio revelado del libro de actas original era el misterio revelado del proceso monstruo.

Al principio, la intervención milagrosa de la policía había sido necesaria para ocultar el carácter de puro proceso de tendencia. Las próximas revelaciones —así abrió Saedt las vistas— les probarán a ustedes, señores del jurado, que este proceso no es un proceso de tendencia. Ahora subraya el carácter de tendencia para hacer olvidar las revelaciones policiales. Después de año y medio de instrucción, los jurados necesitaban un hecho objetivo de delito para justificarse ante la opinión pública. Después de la comedia policial de cinco semanas, necesitaban la «pura tendencia» para salvarse de la porquería de los hechos. Por eso Saedt no se limita al material que había llevado a la Sala de Acusación a resolver que «no existe ningún hecho objetivo de delito». Va más allá. Intenta demostrar que la ley contra el complot no exige en absoluto ningún hecho de delito, sino que es una pura ley de tendencia, y que la categoría de complot no es, por tanto, más que un pretexto para quemar a los herejes políticos en debida forma jurídica. Su intento prometía mayor éxito con la aplicación del nuevo Código penal prusiano promulgado después de la detención de los acusados.81 Con el pretexto de que este código contenía disposiciones más benignas, el servil tribunal pudo admitir su aplicación retroactiva.

Pero si el proceso era un puro proceso de tendencia, ¿para qué el año y medio de instrucción? Por tendencia.

Ya que se trata, pues, de tendencia, ¿vamos a discutir ahora por principio la tendencia con un Saedt-Stieber-Seckendorf, con un Göbel, con un Gobierno prusiano, con los 300 mayores contribuyentes del distrito gubernativo de Colonia, con el chambelán real Von Münch-Bellinghausen y con el barón Von Fürstenberg? Pas si bête [no somos tan tontos].

Saedt confiesa (sesión del 8 de noviembre)

«que, cuando hace unos meses se le confió el encargo, y precisamente por el señor fiscal general, de representar con él al ministerio público en esta causa, y cuando a consecuencia de ello empezó a leer los autos, se le ocurrió por primera vez ocuparse un poco más de cerca del comunismo y del socialismo. Por eso se sentía tanto más obligado a comunicar a los jurados el resultado de sus indagaciones, cuanto que creía poder partir del supuesto de que quizá algunos de ellos, como él, se habían ocupado todavía poco de esas cuestiones».

Saedt, pues, se compra el conocido compendio de Stein.82

«Y lo que hoy ha aprendido,
quiere enseñarlo ya mañana».83

Pero el ministerio público tuvo una desgracia singular. Buscaba el hecho objetivo de delito Marx y encontró el hecho objetivo de delito Cherval. Busca el comunismo que propagan los acusados y encuentra el comunismo que han combatido. En el compendio de Stein hay, desde luego, toda clase de comunismos, solo que no el que busca Saedt. Stein todavía no ha registrado el comunismo alemán, el comunismo crítico. Es cierto que en manos de Saedt se encuentra el Manifiesto del Partido Comunista, que los acusados reconocen como el manifiesto de su partido. Y en este Manifiesto hay un capítulo que contiene la crítica de toda la literatura socialista y comunista anterior, es decir, de toda la sabiduría registrada por Stein. De este capítulo tiene que desprenderse la diferencia entre la tendencia comunista acusada y todas las tendencias anteriores del comunismo, es decir, el contenido específico y la tendencia específica de la doctrina contra la que Saedt formula su requisitoria. Ningún Stein ayudó con esta piedra de escándalo.84 Aquí había que entender, aunque solo fuera para acusar. ¿Cómo se las arregla ahora Saedt, abandonado por Stein? Afirma:

«El Manifiesto consta de 3 apartados. El primer apartado contiene un desarrollo histórico de la posición social de los diversos ciudadanos (!) desde el punto de vista del comunismo. (Very fine [muy bien]) ... El segundo apartado expone la posición de los comunistas frente a los proletarios ... Por último, en el último apartado se trata de la posición de los comunistas en los diversos países ...» (!) (Sesión del 6 de noviembre).

Ahora bien, el Manifiesto consta de 4 apartados y no de 3; pero ojos que no ven, corazón que no siente. Por eso Saedt afirma que consta de 3 apartados y no de 4. El apartado que no existe para él es precisamente ese funesto apartado que contiene la crítica del comunismo protocolizado por Stein, es decir, la tendencia específica del comunismo acusado.85 ¡Pobre Saedt! Primero le falta el hecho de delito; ahora le falta la tendencia.

Pero gris, querido amigo, es toda teoría.86 La «llamada cuestión social», observa Saedt, «y su solución han ocupado en los últimos tiempos a llamados y no llamados». Saedt pertenece en todo caso a los llamados, porque el fiscal general Seckendorf lo «llamó» oficialmente hace tres meses al estudio del socialismo y del comunismo. Los Saedt de todos los tiempos y de todos los lugares han coincidido siempre en declarar a Galileo «no llamado» a investigar el movimiento de los cielos, y «llamado», en cambio, al inquisidor que lo declaró hereje. E pur si muove [y sin embargo se mueve].8788

En los acusados, el proletariado revolucionario se encontraba desarmado frente a las clases dominantes representadas en el jurado; los acusados estaban, pues, condenados porque estaban ante este jurado. Lo que podía sacudir por un momento la conciencia burguesa de los jurados, igual que había sacudido a la opinión pública, era la intriga gubernamental puesta al desnudo, la corrupción del Gobierno prusiano, que se había revelado ante sus ojos. Pero, se dijeron los jurados, pero si el Gobierno prusiano arriesga contra los acusados medios tan infames y a la vez tan temerarios, si ha puesto en juego, por así decirlo, su reputación europea, entonces los acusados, por pequeño partido que sean, tienen que ser endiabladamente peligrosos y su doctrina tiene que ser en todo caso una potencia. El Gobierno ha violado todas las leyes del código penal para protegernos del monstruo criminal. Violemos nosotros, por nuestra parte, nuestro poquito de point d'honneur [pundonor] para salvar el honor del Gobierno. Seamos agradecidos, condenemos.

La nobleza renana y la burguesía renana se unieron con su Culpable al grito que lanzó la burguesía francesa después del 2 de diciembre:89

«¡Ya solo el robo puede salvar la propiedad; el perjurio, la religión; la bastardía, la familia; el desorden, el orden!».

En Francia se ha prostituido todo el edificio del Estado. Y, sin embargo, ninguna institución se ha prostituido tan a fondo como los tribunales y los jurados franceses. ¡Superemos a los jurados y a los jueces franceses!, gritaron el jurado y el tribunal de Colonia. En el proceso Cherval, inmediatamente después del golpe de Estado, el jurado de París había absuelto a Nette, contra el que había más que contra cualquiera de los acusados. ¡Superemos al jurado del golpe de Estado del 2 de diciembre! Condenemos a posteriori a Nette en la persona de Röser, Bürgers, etc.

Así quedó roto para siempre el supersticioso respeto por el jurado que aún proliferaba en la Prusia renana. Se comprendió que el jurado es un tribunal de excepción de las clases privilegiadas, instituido para salvar las lagunas de la ley con la amplitud de la conciencia burguesa.

¡Jena! Esa es la última palabra para un Gobierno que necesita tales medios para sostenerse y para una sociedad que necesita tal Gobierno para protegerse. Esa es la última palabra del proceso de los comunistas de Colonia... ¡Jena!90

Epílogo (1875)

Las Revelaciones sobre el proceso de los comunistas en Colonia, cuya reedición ha considerado oportuna el Volksstaat,91 aparecieron originalmente en Boston, Massachusetts, y en Basilea. La edición de Basilea fue confiscada en su mayor parte en la frontera alemana. El escrito vio la luz pocas semanas después de terminar el proceso. Entonces importaba ante todo no perder tiempo, y por eso eran inevitables algunos errores de detalle. Así, por ejemplo, en los nombres de los jurados de Colonia. Así, el autor del Catecismo rojo no sería M. Hess, sino un tal Levy. Así, W. Hirsch asegura en su «escrito de justificación»92 que la fuga de Cherval de la cárcel de París se había amañado entre Greif, la policía francesa y el propio Cherval para poder emplear a este como soplón en Londres durante las vistas. Es probable, porque una falsificación de letras de cambio cometida en Prusia y el peligro de extradición que de ella se derivaba tenían que domesticar a Crämer (ese es el verdadero nombre de Cherval). Mi exposición de los hechos se basa en «confesiones» de Cherval a uno de mis amigos. Lo que dice Hirsch arroja una luz todavía más cruda sobre el perjurio de Stieber, las intrigas de la embajada prusiana en Londres y en París y las desvergonzadas intromisiones de Hinckeldey.

Cuando el Volksstaat empezó a reimprimir el panfleto en sus columnas, dudé un momento si no sería oportuno suprimir el capítulo VI (La fracción Willich-Schapper). Pero, pensándolo mejor, toda mutilación del texto me pareció la falsificación de un documento histórico.

El aplastamiento violento de una revolución deja en la cabeza de quienes participaron en ella, sobre todo de los arrojados del escenario de su país al exilio, una conmoción que vuelve incluso a personalidades capaces, por un tiempo más o menos largo, por así decirlo, irresponsables de sus actos. No consiguen orientarse en la marcha de la historia; no quieren comprender que la forma del movimiento ha cambiado. De ahí el juego a las conspiraciones y a las revoluciones, igual de comprometedor para ellos mismos y para la causa a la que sirven; de ahí también los desaciertos de Schapper y de Willich. Willich ha demostrado en la guerra civil norteamericana que es algo más que un fantaseador, y Schapper, adalid del movimiento obrero toda su vida, reconoció y confesó, poco después de terminar el proceso de Colonia, su extravío momentáneo. Muchos años después, en su lecho de muerte, un día antes de morir, todavía me habló con mordaz ironía de aquella época de las «torpezas de refugiados».93 Por otra parte, las circunstancias en que se escribieron las Revelaciones explican la acritud del ataque a los auxiliares involuntarios del enemigo común. En los momentos de crisis, perder la cabeza se convierte en un crimen contra el partido que exige una expiación pública.

«¡Toda la existencia de la policía política depende de la decisión de este proceso!». Con estas palabras, que Hinckeldey escribió a la embajada en Londres durante las vistas de Colonia (véase mi escrito El señor Vogt, p. 271),94 reveló el secreto del proceso de los comunistas. «Toda la existencia de la policía política»: no se trata solo de la existencia y la actividad del personal directamente encargado de este ramo. Se trata de la subordinación de toda la maquinaria del Gobierno, incluidos los tribunales (véase la ley disciplinaria prusiana para los funcionarios judiciales del 7 de mayo de 1851) y la prensa (véase el fondo de los reptiles),95 a esa institución, igual que en Venecia todo el aparato del Estado estaba sometido a la Inquisición de Estado. La policía política, paralizada en Prusia durante la tormenta revolucionaria, necesitaba una reforma de la que el Segundo Imperio francés fue y siguió siendo el modelo.

Tras el hundimiento de la revolución de 1848, el movimiento obrero alemán solo existía ya en forma de propaganda teórica, confinada además en círculos estrechos, sobre cuya falta de peligro práctico el Gobierno prusiano no se engañó ni un momento. Para él la caza de comunistas no era más que el preámbulo de la cruzada reaccionaria contra la burguesía liberal, y la propia burguesía templó el arma principal de esa reacción, la policía política, con la condena de los representantes obreros y la absolución de Hinckeldey-Stieber. Así se ganó Stieber las espuelas de caballero ante el jurado de Colonia. Entonces Stieber era el nombre de un individuo de policía subalterno, lanzado a la caza desenfrenada de aumentos de sueldo y ascensos; hoy Stieber significa la dominación ilimitada de la policía política en el nuevo santo imperio prusiano-alemán. Se ha convertido así, en cierto modo, en una persona moral, moral en el sentido figurado en que, por ejemplo, el Reichstag es un ente moral. Y esta vez la policía política no golpea al obrero para dar al burgués. Al contrario. Precisamente en su calidad de dictador de la burguesía liberal alemana, Bismarck se cree lo bastante fuerte para stieberizar el partido obrero hasta echarlo del mundo.96 Por el crecimiento de la magnitud Stieber puede, pues, el proletariado alemán medir el progreso del movimiento que él mismo ha recorrido desde el proceso de los comunistas de Colonia.

La infalibilidad del papa es una chiquillada comparada con la infalibilidad de la policía política. Después de haber metido en el calabozo en Prusia, durante décadas enteras, a jóvenes exaltados por su entusiasmo por la unidad alemana, el Imperio alemán, el emperador alemán, este año encarcela incluso a viejos calvos que se niegan a entusiasmarse por esos dones de Dios. Hoy se esfuerza tan en vano en extirpar a los enemigos del Imperio como entonces a los amigos del Imperio.97 ¡Qué prueba contundente de que no está llamada a hacer la historia, aunque solo fuera la historia de la disputa por la barba del emperador!98

El propio proceso de los comunistas de Colonia estigmatiza la impotencia del poder del Estado en su lucha contra el desarrollo social. El fiscal real prusiano fundó al final la culpabilidad de los acusados en que habían difundido en secreto los principios peligrosos para el Estado del Manifiesto comunista. ¿Y no se proclaman, sin embargo, veinte años después, esos mismos principios en Alemania en plena calle? ¿No resuenan incluso desde la tribuna del Reichstag? ¿No han dado la vuelta al mundo bajo la forma del programa de la Asociación Internacional de los Trabajadores,99 a despecho de todas las órdenes de busca y captura de los gobiernos? La sociedad, al fin y al cabo, no encuentra su equilibrio hasta que gira alrededor del sol del trabajo.

Las Revelaciones dicen al final: «¡Jena!... Esa es la última palabra para un Gobierno que necesita tales medios para sostenerse y para una sociedad que necesita tal Gobierno para protegerse. Esa es la última palabra del proceso de los comunistas: ¡Jena!». Una predicción muy acertada, se ríe por lo bajo el primer Treitschke que pasa,100 señalando con orgullo la reciente hazaña de armas de Prusia y el fusil Mauser.101 A mí me basta con recordar que no solo existe un Düppel interior,102 sino también un Jena interior.

Londres, 8 de enero de 1875

Karl Marx

  1. Los once acusados fueron Peter Nothjung (1821-1866), oficial de sastre y emisario de la Liga; Heinrich Bürgers (1820-1878), periodista, antiguo redactor de la Neue Rheinische Zeitung; Peter Gerhard Röser (1814-1865), cigarrero, dirigente de la Asociación Obrera de Colonia; el médico Roland Daniels (1819-1855); el publicista Hermann Becker (1820-1885); el químico Karl Otto; Wilhelm Joseph Reiff; el sastre Friedrich Lessner; los médicos Abraham Jacobi y Johann Jacob Klein, y el dependiente Johann Ludwig Erhard. El veredicto del 12 de noviembre de 1852 condenó a Bürgers, Nothjung y Röser a seis años de prisión en fortaleza; a Becker, Otto y Reiff, a cinco; a Lessner, a tres; Daniels, Jacobi, Klein y Erhard fueron absueltos. Daniels murió en 1855 de la tuberculosis contraída en la cárcel. ↩

  2. El Manifiesto del Partido Comunista, publicado en Londres en febrero de 1848. ↩

  3. El mensaje de marzo de 1850 y el de junio de 1850, redactados por Marx y Engels. Engels los publicó como apéndices de la edición de 1885 de este escrito. ↩

  4. August Heinrich von Seckendorff, fiscal general (Oberprokurator) de Colonia, y el fiscal Otto Saedt sostuvieron la acusación. ↩

  5. La Sala de Acusación (Anklagesenat, la chambre des mises en accusation del derecho francés) decidía si había motivo para llevar a los inculpados ante el jurado. En la provincia del Rin seguían vigentes desde la época napoleónica el derecho y el procedimiento franceses, con tribunales de jurados. ↩

  6. La ley prusiana del 7 de mayo de 1851 sobre las faltas disciplinarias de los funcionarios judiciales, que permitía trasladar, jubilar o destituir a los jueces. Marx vuelve sobre ella en el epílogo de 1875. ↩

  7. Schulz, director de la policía de Colonia, que dirigió la instrucción y murió en 1852, antes de que se abriera la vista. ↩

  8. Wilhelm Stieber (1818-1882), consejero de policía prusiano y jefe de la policía política en Berlín; tras el proceso de Colonia publicó con Wermuth un registro de revolucionarios y sospechosos, y más tarde dirigió el espionaje militar de Bismarck en las guerras de 1866 y de 1870-1871. ↩

  9. Tendenzprozeß: proceso por la «tendencia», es decir, por las opiniones y los fines atribuidos a los acusados, y no por actos tipificados como delito. ↩

  10. Carl Georg Ludwig Wermuth, director de la policía de Hannover; con Stieber publicó Die Communisten-Verschwörungen des neunzehnten Jahrhunderts (Berlín, 1853-1854), el llamado Libro negro que cita Engels en sus notas. Greif, teniente de policía prusiano destinado en Londres, y Goldheim, oficial de policía de Berlín, declararon también en el proceso. Marx juega con los nombres: Wermut es «ajenjo»; Vogel Greif, el grifo, el ave fabulosa; y el diminutivo Goldheimchen evoca el Heimchen, el grillo del hogar. ↩

  11. August Willich (1810-1878), antiguo oficial prusiano, jefe de un cuerpo de voluntarios en la campaña de Baden y el Palatinado de 1849, en el que Engels fue su ayudante; emigró en 1853 a los Estados Unidos y fue general del ejército de la Unión en la guerra civil. Karl Schapper (1812-1870), cajista, uno de los fundadores de la Liga de los Justos, antecesora de la Liga de los Comunistas; tras la escisión de 1850 dirigió con Willich la fracción minoritaria y se reconcilió con Marx en 1856. ↩

  12. Arnold Ruge (1802-1880), joven hegeliano y demócrata, emigrado en Londres, formaba parte del Comité Central Democrático Europeo, fundado en 1850 por Mazzini, Ledru-Rollin y Darasz. «Quinta rueda del carro» es en alemán la expresión para lo que sobra. ↩

  13. El Código penal francés de 1810, vigente en la provincia del Rin. ↩

  14. En 1806, tras la derrota de Jena (véase el final del capítulo VII). ↩

  15. La Exposición Universal de Londres, abierta de mayo a octubre de 1851. ↩

  16. Juego de palabras con Stieber y Dieb (ladrón); el nombre evoca además stöbern, «husmear, rebuscar», que Marx convierte en el verbo stiebern, y más adelante en durchstiebern y aufstiebern. ↩

  17. Oswald Dietz, emigrado alemán en Londres, secretario del Comité Central de la fracción Willich-Schapper. ↩

  18. Max Reuter, agente de la policía prusiana en Londres. ↩

  19. La isla de Tasmania, entonces colonia penitenciaria británica. ↩

  20. La Asociación Cultural Obrera Alemana de Londres, fundada en 1840, con su local en Great Windmill Street, en el Soho. Marx y sus partidarios la abandonaron el 17 de septiembre de 1850, tras la escisión de la Liga, y se retiraron a la vez del Comité de Refugiados socialdemócrata. ↩

  21. Pierre Carlier (1799-1858), prefecto de policía de París de 1849 a 1851. ↩

  22. La «lotería de los lingotes de oro», organizada en París en 1850-1851 con autorización oficial y con el pretexto de costear la emigración de obreros a California; el destino de los fondos dio lugar a un escándalo. ↩

  23. El golpe de Estado de Luis Bonaparte del 2 de diciembre de 1851. ↩

  24. Cherval era el seudónimo de Joseph Crämer (o Krämer), un renano que dirigía en París el grupo afín a la fracción Willich-Schapper. Condenado en febrero de 1852 en el proceso del llamado complot franco-alemán, escapó poco después a Londres. Véanse más abajo la nota de Engels y el epílogo de Marx. ↩

  25. Gipperich, sastre alemán del grupo de Cherval, procesado con él en París. ↩

  26. Fechas según las ediciones de 1853 y 1885; las Werke dicen «de 1843 a 1846». En esos años Stieber, haciéndose pasar por un tal Schmidt, espió a los artesanos y demócratas de Silesia y provocó varias detenciones. Él mismo se defiende de esta acusación en la carta de 1848 que Marx reproduce en el capítulo IV. ↩

  27. Charles Fleury, cuyo verdadero nombre era Carl Friedrich August Krause, comerciante establecido en Londres y agente de la policía prusiana. ↩

  28. Alusión a la conocida frase del ministro prusiano del Interior Gustav von Rochow, que en 1838 negó a los súbditos el derecho a juzgar los actos del rey con «su limitado entendimiento». ↩

  29. Beaumarchais, La loca jornada o Las bodas de Fígaro (1784). ↩

  30. El Mensaje del Comité Central a la Liga de junio de 1850. ↩

  31. Beckmann, espía de la policía prusiana en París y corresponsal de la Kölnische Zeitung. ↩

  32. Konrad Schramm (hacia 1822-1858), miembro de la Liga de los Comunistas y partidario de Marx en la escisión de 1850. ↩

  33. La estatua antigua conservada en los Museos Capitolinos de Roma, conocida como el Gladiador moribundo o el Gálata moribundo. ↩

  34. Karl Schneider II, abogado de Colonia, demócrata, presidente de la Sociedad Democrática de Colonia en 1848 y defensor de Marx en el proceso de febrero de 1849; fue el principal abogado de la defensa en el proceso de los comunistas. ↩

  35. Desde enero de 1852 era ministro de Policía general Charlemagne-Émile de Maupas (1818-1888), que como prefecto de policía de París había sido uno de los organizadores del golpe de Estado del 2 de diciembre. ↩

  36. Nette, uno de los acusados del proceso del complot franco-alemán de París, absuelto por el jurado (véase el capítulo VII). ↩

  37. Tampoco en el Libro negro sabe todavía Stieber quién es en realidad Cherval. Allí se dice, parte II, p. 38, con el n.º 111: «Cherval: véase Crämer»; y con el n.º 116, Crämer: «según el n.º 111, ha desarrollado bajo el nombre de Cherval una actividad muy grande en favor de la Liga de los Comunistas. Usa también en la Liga el nombre de Frank. Con el nombre de Cherval fue condenado por el tribunal de jurados de París en febrero de 1853» (debe decir 1852) «a 8 años de prisión, pero se fugó pronto y se marchó a Londres». Tan ignorante es Stieber en la segunda parte, la que registra los datos personales de los sospechosos ordenados alfabéticamente y por números. Ya ha olvidado que en la parte I, p. 81, se le había escapado la confesión: «Cherval es, en efecto, hijo de un funcionario renano llamado Joseph Krämer, que» (¿pues quién? ¿El padre o el hijo?) «abusó de su oficio de litógrafo para falsificar letras de cambio, fue detenido por ello, pero en 1844 se fugó de la cárcel de Colonia» (¡falso, de la de Aquisgrán!) «y huyó a Inglaterra y más tarde a París». Compárense con esto las declaraciones de Stieber ante los jurados citadas más arriba. La policía, sencillamente, no puede decir la verdad de ninguna manera. (Nota de Engels a la edición de 1885.) ↩

  38. Versos de Heinrich Heine, Libro de los cantares, «Imágenes de sueño». Schinderhannes (Johannes Bückler, ejecutado en 1803) fue un célebre bandolero renano; Karl Moor, el protagonista de Los bandidos de Schiller. ↩

  39. Los jurados se sacaban de la lista de los trescientos mayores contribuyentes del distrito. ↩

  40. Así en las ediciones de 1853 y 1885; las Werke corrigen entre corchetes «el segundo [domingo de] mayo». Según la Constitución francesa de 1848, el segundo domingo de mayo de 1852 expiraban los poderes del presidente de la República y había que elegir a su sucesor, y los demócratas esperaban de esa fecha el triunfo de la revolución. ↩

  41. El presidente del tribunal de jurados, Göbel. ↩

  42. Wilhelm Hirsch (véase más abajo). ↩

  43. Geiger, sucesor de Schulz al frente de la policía de Colonia. ↩

  44. D. Kothes, comerciante de Colonia. Adolph Bermbach (1821-1875), pasante de notario en Colonia, antiguo diputado de la izquierda en la Asamblea Nacional de Fráncfort, mantenía correspondencia con Marx durante el proceso. ↩

  45. Comparación de Lutero en sus Charlas de sobremesa: el mundo es como un campesino borracho, que si se le sube al caballo por un lado se cae por el otro. ↩

  46. La cárcel de Mazas, en París, donde estuvo preso Cherval. ↩

  47. Albert Hentze, Hätzel y Steingens, miembros o antiguos miembros de la Liga que declararon como testigos (véase el capítulo VI). ↩

  48. Pregunta que Guizot dirigió en 1846 a sus electores de Lisieux ante las acusaciones de corrupción electoral. ↩

  49. Wilhelm Hirsch, dependiente de comercio de Hamburgo y agente de la policía prusiana en Londres. En 1853 publicó en Nueva York un escrito de justificación (véase el epílogo de 1875). ↩

  50. Amalie Daniels, mujer de Roland Daniels e hija del consejero de justicia Müller, que aparece más abajo. ↩

  51. Los police magistrates de los tribunales de policía de Londres (Marlborough Street, Bow Street), ante los que se podían hacer declaraciones solemnes con los efectos de un juramento. ↩

  52. Wilhelm Liebknecht (1826-1900), entonces emigrado en Londres y miembro de la Liga, más tarde uno de los fundadores de la socialdemocracia alemana. Rings y Ulmer eran también miembros de la Liga en Londres. ↩

  53. Gottlieb Ludwig Stechan, carpintero de Hannover, que en 1852 fundó en Londres una asociación obrera propia tras apartarse de la fracción Willich-Schapper. ↩

  54. Von Hontheim, uno de los abogados defensores. ↩

  55. Véase la nota sobre los nombres de los policías en el capítulo I: el «grillito» Goldheim zumba, y más abajo canta y chirría. ↩

  56. Ernst Dronke (1822-1891), periodista, antiguo redactor de la Neue Rheinische Zeitung, y Peter Imandt (1823-1897), profesor, ambos miembros de la Liga de los Comunistas y refugiados en Londres. ↩

  57. Verso de Los Piccolomini, de Schiller. ↩

  58. El poeta Ferdinand Freiligrath (1810-1876) y Wilhelm Wolff (1809-1864), antiguos redactores, como Engels, de la Neue Rheinische Zeitung. ↩

  59. El príncipe Felix Lichnowsky y el general Hans von Auerswald, diputados de la derecha en la Asamblea Nacional de Fráncfort, muertos a manos de los insurrectos el 18 de septiembre de 1848. ↩

  60. La Neue Preußische Zeitung, llamada Kreuzzeitung, el diario de la camarilla de la corte y de los junkers. ↩

  61. Shakespeare, Julio César, acto III, escena 2, donde Antonio repite con ironía que «Bruto es un hombre honorable». ↩

  62. Flor de María, la joven prostituta de alma pura de Los misterios de París (1842-1843), de Eugène Sue. Juego de palabras con el nombre de Fleury y fleur, «flor». ↩

  63. En el habla popular francesa se llaman fleurs-de-lys [flores de lis] las letras T. F. (travaux forcés, trabajos forzados) que se marcaban a fuego a los condenados. Lo bien que juzgaba Marx a su cliente se ve por el apéndice (más abajo, VIII, 1). (Nota de Engels a la edición de 1885.) El apéndice al que remite Engels, tomado de El señor Vogt y que no se reproduce aquí, cuenta, a partir de las memorias de Hirsch, que Fleury se llamaba en realidad Krause y que unos meses después del proceso fue condenado en Inglaterra a varios años de presidio por falsificación. ↩

  64. Según los editores de las Werke, la edición de Basilea de 1853 añadía aquí: «El bochorno que le esperaba en Londres recaía sobre la embajada prusiana». No figura en la edición de Boston ni en la de 1885. ↩

  65. El Catecismo rojo para el pueblo alemán, folleto anónimo que se atribuía a Moses Hess (véanse el capítulo VI y el epílogo). ↩

  66. Carl Ludwig von Hinckeldey (1805-1856), presidente de la policía de Berlín desde 1848 hasta su muerte en duelo. ↩

  67. Charlemagne-Émile de Maupas, prefecto de policía de París durante el golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851 y después ministro de Policía. ↩

  68. Gottfried Kinkel (1815-1882), poeta y profesor en Bonn, condenado por su participación en la campaña de Baden y el Palatinado de 1849 y fugado de la fortaleza de Spandau en 1850; en Londres fue uno de los jefes de la emigración democrática pequeñoburguesa. ↩

  69. Por los discursos de Cicerón contra Catilina. ↩

  70. Aquae et ignis interdictio, la prohibición del agua y del fuego, fórmula de la proscripción en la antigua Roma. ↩

  71. En 1851-1852 Kinkel recorrió los Estados Unidos recaudando fondos para un «empréstito nacional alemán» destinado a la revolución; el dinero quedó a cargo de unos garantes en Londres. ↩

  72. Haacke, miembro de la fracción Willich-Schapper. Hermann Wilhelm Haupt, dependiente de comercio de Hamburgo y miembro de la Liga, había hecho declaraciones comprometedoras para sus compañeros después de ser detenido en 1851 y fue puesto en libertad. ↩

  73. Moses Hess (1812-1875), escritor, uno de los portavoces del llamado «socialismo verdadero» y colaborador de Marx y Engels en Bruselas en 1846-1847; tras la escisión de 1850 se unió a la fracción Willich-Schapper. ↩

  74. El cómplice que declara contra los demás acusados a cambio de su impunidad. ↩

  75. Albert Hentze, antiguo oficial y miembro de la Liga. ↩

  76. Según los editores de las Werke, se trataba del oficial de sastre August Gebert. ↩

  77. El conde Oskar von Reichenbach (1815-1893), antiguo diputado demócrata en la Asamblea Nacional de Fráncfort, emigrado en Londres, era uno de los garantes del empréstito de Kinkel. ↩

  78. August Schärttner, tonelero, combatiente en Baden en 1849, tenía en Londres una taberna que era lugar de reunión de la fracción Willich-Schapper. ↩

  79. Sobre la relación entre Willich y Becker: «Willich me escribe las cartas más divertidas; yo no le contesto, pero él no se deja disuadir de exponerme sus nuevos planes revolucionarios. ¡¡¡Me ha encargado revolucionar la guarnición de Colonia!!! El otro día nos partimos de risa. Con sus tonterías todavía va a meter en un lío a muchísima gente, porque una sola carta podría asegurar el sueldo durante tres años a cien jueces de demagogos. Si yo tuviera lista la revolución de Colonia, él no estaría en contra de asumir la dirección de las operaciones posteriores. ¡Demasiado amable!». (De una carta de Becker a Marx, fechada el 27 de enero de 1851). (Nota de Marx.) ↩

  80. Beaumarchais, La loca jornada o Las bodas de Fígaro. ↩

  81. El Código penal prusiano del 14 de abril de 1851, que entró en vigor en julio de ese año también en la provincia del Rin. ↩

  82. Lorenz von Stein, Der Socialismus und Communismus des heutigen Frankreichs (El socialismo y el comunismo de la Francia actual, Leipzig, 1842). ↩

  83. Variación de un epigrama de Schiller, «Los niños de domingo»: «Lo que ayer aprendieron quieren enseñarlo ya hoy». ↩

  84. Juego de palabras: Stein es «piedra», y Stein des Anstoßes, «piedra de escándalo». ↩

  85. El capítulo III del Manifiesto, «Literatura socialista y comunista». Lo que Saedt da como último apartado es el capítulo IV. ↩

  86. Goethe, Fausto, primera parte, escena del estudio: «Gris, querido amigo, es toda teoría, y verde el árbol dorado de la vida». ↩

  87. Palabras atribuidas a Galileo después de abjurar ante la Inquisición (1633) de la teoría del movimiento de la Tierra. ↩

  88. Saedt no solo fue «llamado». Fue además llamado a más altos destinos, en recompensa de sus servicios en este proceso, a saber, al cargo de fiscal general de la provincia del Rin, y como tal se jubiló y después, provisto de los santos sacramentos, murió en la paz del Señor. (Nota de Engels a la edición de 1885.) ↩

  89. El golpe de Estado de Luis Bonaparte del 2 de diciembre de 1851. La frase que sigue procede del final de El 18 Brumario de Luis Bonaparte. ↩

  90. La batalla de Jena (14 de octubre de 1806), en la que Napoleón derrotó al ejército prusiano; la vieja monarquía de Federico II se hundió en pocas semanas. ↩

  91. Der Volksstaat, órgano del Partido Obrero Socialdemócrata (los «eisenachianos»), publicado en Leipzig entre 1869 y 1876, reimprimió el escrito por entregas antes de la edición de 1875. ↩

  92. «Die Opfer der Moucharderie. Rechtfertigungsschrift von Wilhelm Hirsch» («Las víctimas del soplonaje. Escrito de justificación de Wilhelm Hirsch»), publicado en abril de 1853 en un periódico alemán de Nueva York. ↩

  93. Schapper murió en Londres en abril de 1870. ↩

  94. Herr Vogt (El señor Vogt, Londres, 1860), el escrito polémico de Marx contra Carl Vogt. ↩

  95. El fondo secreto, formado con los bienes confiscados al rey de Hannover en 1866, con el que Bismarck sobornaba a la prensa; él mismo llamó «reptiles» a los enemigos que pretendía combatir con él, y el nombre pasó a los periodistas a sueldo del Gobierno. ↩

  96. Aus der Welt stiebern: Marx vuelve a convertir el nombre de Stieber en verbo (véase la nota sobre stiebern en el capítulo II). ↩

  97. Antes de 1848 la policía prusiana persiguió como «demagogos» a los partidarios de la unidad alemana; tras la fundación del Imperio en 1871, Bismarck llamaba «enemigos del Imperio» a socialdemócratas, católicos y demócratas, y en 1872 Bebel y Liebknecht fueron condenados en Leipzig por alta traición. ↩

  98. La expresión alemana Streit um des Kaisers Bart designa una disputa sobre nimiedades; aquí el juego es con el nuevo emperador alemán. ↩

  99. Véase el Manifiesto inaugural de la Asociación Internacional de los Trabajadores (1864). ↩

  100. Heinrich von Treitschke (1834-1896), historiador y publicista del nacionalismo prusiano. ↩

  101. La victoria en la guerra franco-prusiana de 1870-1871 y el fusil Mauser, adoptado por el ejército prusiano en 1871. ↩

  102. El asalto prusiano a las trincheras danesas de Düppel (Dybbøl), el 18 de abril de 1864, en la guerra contra Dinamarca. ↩