Redactado por Karl Marx en Londres entre el 21 y el 27 de octubre de 1864 y aprobado por el Comité provisional de la Asociación, elegido en el mitin de St. Martin's Hall del 28 de septiembre. Publicado en folleto en Londres en noviembre de 1864, junto con los Estatutos provisionales, con el título Address and Provisional Rules of the Working Men's International Association. Los Estatutos se dan aquí en la versión revisada que publicó el Consejo General en 1871. Traducido del original inglés por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras, salvo la de Marx. Texto original en inglés.
Manifiesto inaugural
Obreros:
Es un hecho de gran importancia que la miseria de las masas trabajadoras no ha disminuido entre 1848 y 1864, y, sin embargo, este período no tiene rival por el desarrollo de su industria y el crecimiento de su comercio. En 1850, un órgano moderado de la clase media británica,1 mejor informado que la media, predijo que si las exportaciones e importaciones de Inglaterra aumentaban un 50 por ciento, el pauperismo inglés se reduciría a cero. ¡Ay! El 7 de abril de 1864, el canciller del Exchequer2 deleitó a su auditorio parlamentario anunciando que el comercio total de importación y exportación de Inglaterra había ascendido en 1863 «¡a 443.955.000 libras! ¡Esa asombrosa suma, cerca del triple del comercio de la época relativamente reciente de 1843!». Con todo, se mostró elocuente al hablar de la «pobreza». «Pensad», exclamó, «en los que están al borde de esa región»; habló de «salarios… que no han aumentado»; de «la vida humana…, que en nueve casos de cada diez no es más que una lucha por la existencia». No habló del pueblo de Irlanda, que va siendo sustituido por máquinas en el norte y por pastos de ovejas en el sur, aunque en ese desdichado país hasta las ovejas disminuyen, es cierto que no tan deprisa como los hombres. No repitió lo que acababan de delatar, en un repentino ataque de pánico, los más altos representantes de los diez mil de arriba.3 Cuando el pánico de los estranguladores4 llegó a cierto punto, la Cámara de los Lores mandó abrir una investigación y publicar un informe sobre la deportación y los trabajos forzados. El crimen salió a la luz en el voluminoso Libro Azul5 de 1863, que demostró con hechos y cifras oficiales que los peores criminales condenados, los siervos penales de Inglaterra y Escocia, trabajaban mucho menos y comían mucho mejor que los jornaleros agrícolas de Inglaterra y Escocia. Pero eso no fue todo. Cuando, a consecuencia de la guerra civil norteamericana,6 los obreros de Lancashire y Cheshire fueron arrojados a la calle, la misma Cámara de los Lores envió a los distritos fabriles a un médico con el encargo de averiguar la cantidad mínima de carbono y nitrógeno, administrada en la forma más barata y sencilla, que bastaría por término medio para «evitar las enfermedades del hambre». El doctor Smith,7 el comisionado médico, determinó que 28.000 granos de carbono y 1.330 granos de nitrógeno8 eran la ración semanal que mantendría a un adulto medio… justo por encima del nivel de las enfermedades del hambre, y comprobó además que esa cantidad coincidía casi exactamente con la escasa alimentación a la que la presión de la miseria extrema había reducido de hecho a los obreros del algodón.9 ¡Pero fijaos bien! Más tarde, el funcionario médico del Consejo Privado volvió a encargar a ese mismo docto doctor una investigación sobre la alimentación de las clases trabajadoras más pobres. Los resultados de su estudio figuran en el «Sexto informe sobre la salud pública», publicado por orden del Parlamento en el curso de este año. ¿Qué descubrió el doctor? Que los tejedores de seda, las costureras, los guanteros, los calceteros, etc., no recibían por término medio ni siquiera la ración de miseria de los obreros del algodón, ni siquiera la cantidad de carbono y nitrógeno «justo suficiente para evitar las enfermedades del hambre».
«Además», citamos el informe, «en cuanto a las familias de la población agrícola examinadas, resultó que más de la quinta parte recibía menos de la cantidad de alimentos carbonados considerada suficiente, que más de un tercio recibía menos de la cantidad de alimentos nitrogenados considerada suficiente, y que en tres condados (Berkshire, Oxfordshire y Somersetshire) la insuficiencia de alimentos nitrogenados era la dieta media».
«Hay que recordar», añade el informe oficial, «que la privación de alimentos se soporta con mucha resistencia, y que, por regla general, la gran pobreza de la dieta solo llega cuando la han precedido otras privaciones… Incluso la limpieza habrá resultado costosa o difícil, y si aún hay esfuerzos de dignidad por mantenerla, cada uno de esos esfuerzos supondrá nuevas punzadas de hambre».
«Son reflexiones penosas, sobre todo si se recuerda que la pobreza a que se refieren no es la pobreza merecida de la ociosidad; en todos los casos es la pobreza de poblaciones trabajadoras. En efecto, el trabajo con que se obtiene esa mísera ración de alimento es, en la mayoría de los casos, excesivamente prolongado».
El informe pone de manifiesto el hecho extraño y bastante inesperado:
«Que de las partes del Reino Unido», Inglaterra, Gales, Escocia e Irlanda, «la población agrícola de Inglaterra», la parte más rica, «es con mucho la peor alimentada»; pero que incluso los jornaleros agrícolas de Berkshire, Oxfordshire y Somersetshire comen mejor que gran número de obreros cualificados que trabajan bajo techo en el East End de Londres.
Tales son las declaraciones oficiales publicadas por orden del Parlamento en 1864, durante el milenio del librecambio,10 en un momento en que el canciller del Exchequer decía a la Cámara de los Comunes que
«la condición media del trabajador británico ha mejorado en un grado que sabemos extraordinario y sin precedentes en la historia de cualquier país o de cualquier época».
Con estas felicitaciones oficiales desentona la seca observación del informe oficial sobre la salud pública:
«La salud pública de un país significa la salud de sus masas, y las masas difícilmente estarán sanas si no gozan, hasta su misma base, de una prosperidad al menos moderada».
Deslumbrado por las estadísticas del «Progreso de la Nación» que bailan ante sus ojos, el canciller del Exchequer exclama en un éxtasis desenfrenado:
«De 1842 a 1852, la renta imponible del país aumentó un 6 por ciento; en los ocho años de 1853 a 1861 ha aumentado, sobre la base tomada en 1853, ¡un 20 por ciento! ¡El hecho es tan asombroso que resulta casi increíble!… Este embriagador aumento de riqueza y de poder», añade el señor Gladstone, «se limita por entero a las clases poseedoras».
Si queréis saber en qué condiciones de salud quebrantada, moral corrompida y ruina intelectual han producido y siguen produciendo las clases trabajadoras ese «embriagador aumento de riqueza y de poder… limitado por entero a las clases poseedoras», mirad el cuadro que pinta el último informe sobre la salud pública de los talleres de sastres, impresores y modistas. Comparad el «Informe de la Comisión sobre el Empleo Infantil» de 1863,11 donde se afirma, por ejemplo,
que «los alfareros como clase, tanto hombres como mujeres, representan una población muy degenerada, física e intelectualmente», que «el niño enfermizo se convierte a su vez en un padre enfermizo», que «la degeneración progresiva de la raza ha de continuar», y que «la degeneración de la población de Staffordshire sería aún mayor si no fuera por el constante reclutamiento en el campo vecino y por los matrimonios con razas más sanas».
¡Echad un vistazo al Libro Azul del señor Tremenheere12 sobre las «Quejas de los oficiales panaderos»! ¿Y quién no se ha estremecido ante la paradoja, señalada por los inspectores de fábricas e ilustrada por el Registro General,13 de que los obreros de Lancashire, sometidos a la ración de miseria, mejoraban en realidad de salud gracias a su exclusión temporal de la fábrica algodonera por el hambre del algodón, y de que la mortalidad infantil disminuía porque sus madres podían por fin darles su propio pecho en vez del cordial de Godfrey?14
¡Dad otra vez la vuelta a la medalla! Las relaciones del impuesto sobre la renta y la propiedad presentadas a la Cámara de los Comunes el 20 de julio de 1864 nos enseñan que las personas con rentas anuales, según la tasación del recaudador, de 50.000 libras o más habían recibido, del 5 de abril de 1862 al 5 de abril de 1863, el refuerzo de una docena y uno, pues su número había pasado en ese solo año de 67 a 80. Las mismas relaciones revelan que unas 3.000 personas se reparten una renta anual de unos 25 millones de libras esterlinas, algo más que el ingreso total que se distribuye cada año a toda la masa de los jornaleros agrícolas de Inglaterra y Gales. Abrid el censo de 1861 y veréis que el número de propietarios de tierras varones de Inglaterra y Gales ha disminuido de 16.934 en 1851 a 15.066 en 1861, de modo que la concentración de la tierra había crecido un 11 por ciento en diez años. Si la concentración del suelo del país en pocas manos sigue al mismo ritmo, la cuestión de la tierra se simplificará singularmente, como se había simplificado en el Imperio romano cuando Nerón sonrió burlón al descubrir que la mitad de la provincia de África pertenecía a seis caballeros.15
Nos hemos detenido tanto en estos hechos «tan asombrosos que resultan casi increíbles» porque Inglaterra está a la cabeza de la Europa del comercio y de la industria. Se recordará que hace unos meses uno de los hijos refugiados de Luis Felipe16 felicitó públicamente al jornalero agrícola inglés por la superioridad de su suerte sobre la de su camarada, menos lozano, del otro lado del canal. En efecto, cambiando los colores locales y en una escala algo más reducida, los hechos ingleses se reproducen en todos los países industriosos y progresistas del continente. En todos ellos ha tenido lugar, desde 1848, un desarrollo inaudito de la industria y una expansión inaudita de las importaciones y exportaciones. En todos ellos, como en Inglaterra, una minoría de la clase obrera vio aumentar algo su salario real; mientras que en la mayoría de los casos el alza monetaria de los salarios no significaba un aumento real del bienestar más de lo que, por ejemplo, el internado en el asilo de pobres o en el orfanato de la metrópoli salía beneficiado lo más mínimo porque sus artículos de primera necesidad costasen 9 libras, 15 chelines y 8 peniques en 1861 frente a 7 libras, 7 chelines y 4 peniques en 1852. En todas partes la gran masa de la clase obrera se hundía cada vez más, por lo menos al mismo ritmo al que subían en la escala social los que estaban por encima de ella. En todos los países de Europa se ha convertido ahora en una verdad demostrable para cualquier espíritu sin prejuicios, y que solo niegan aquellos a quienes interesa encerrar a los demás en un paraíso de tontos, que ningún perfeccionamiento de la maquinaria, ninguna aplicación de la ciencia a la producción, ningún adelanto de las comunicaciones, ninguna nueva colonia, ninguna emigración, ninguna apertura de mercados, ningún librecambio, ni todas estas cosas juntas, acabarán con la miseria de las masas laboriosas; sino que, sobre la falsa base actual, todo nuevo desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo tiene que tender a ahondar los contrastes sociales y a agudizar los antagonismos sociales. Durante esta embriagadora época de progreso económico, la muerte por hambre se elevó casi a la categoría de institución en la capital del Imperio británico. Esa época está señalada en los anales del mundo por el retorno más rápido, la extensión más amplia y los efectos más mortíferos de la peste social llamada crisis comercial e industrial.17
Tras el fracaso de la revolución de 1848, todas las organizaciones de partido y todos los periódicos de partido de la clase obrera fueron aplastados en el continente por la mano de hierro de la fuerza; los hijos más avanzados del trabajo huyeron desesperados a la república transatlántica, y los efímeros sueños de emancipación se desvanecieron ante una época de fiebre industrial, marasmo moral y reacción política. La derrota de la clase obrera continental, debida en parte a la diplomacia del Gobierno inglés, que actuaba entonces como ahora en fraternal solidaridad con el gabinete de San Petersburgo, pronto extendió sus efectos contagiosos a este lado del canal. Mientras la derrota de sus hermanos del continente desalentaba a la clase obrera inglesa y quebrantaba su fe en su propia causa, devolvía al terrateniente y al señor del dinero su confianza algo debilitada. Retiraron con insolencia concesiones ya anunciadas. El descubrimiento de nuevas tierras auríferas18 provocó un inmenso éxodo, que dejó un vacío irreparable en las filas del proletariado británico. Otros de sus miembros antes activos cayeron en el soborno pasajero de más trabajo y mejores salarios y se convirtieron en «esquiroles políticos».19 Todos los esfuerzos por mantener o remodelar el movimiento cartista20 fracasaron rotundamente; los órganos de prensa de la clase obrera murieron uno tras otro por la apatía de las masas, y en realidad nunca había parecido la clase obrera inglesa tan completamente resignada a un estado de nulidad política. Así pues, si no había habido solidaridad de acción entre la clase obrera británica y la continental, hubo en todo caso una solidaridad de la derrota.
Y, sin embargo, el período transcurrido desde las revoluciones de 1848 no ha carecido de aspectos compensatorios. Aquí solo señalaremos dos grandes hechos.
Tras una lucha de treinta años, librada con la más admirable perseverancia, la clase obrera inglesa, aprovechando una escisión momentánea entre los señores de la tierra y los señores del dinero, consiguió que se aprobara la ley de las diez horas.21 Los inmensos beneficios físicos, morales e intelectuales que de ello se derivaron para los obreros fabriles, y que registran cada semestre los informes de los inspectores de fábricas, se reconocen hoy por todas partes. La mayoría de los gobiernos del continente tuvieron que adoptar la ley fabril inglesa en formas más o menos modificadas, y el propio Parlamento inglés se ve obligado cada año a ampliar su campo de aplicación. Pero, además de su importancia práctica, había algo más que realzaba el maravilloso éxito de esta medida obrera. Por boca de sus más notorios órganos científicos, como el doctor Ure, el profesor Senior22 y otros sabios de esa ralea, la clase media había predicho, y demostrado a su entera satisfacción, que toda restricción legal de la jornada de trabajo tenía que tocar a muerto por la industria británica, que, como un vampiro, solo podía vivir chupando sangre, y además sangre de niños. En la antigüedad, el infanticidio era un rito misterioso de la religión de Moloc, pero solo se practicaba en ocasiones muy solemnes, una vez al año quizá, y además Moloc no tenía una predilección exclusiva por los hijos de los pobres. Esta lucha por la restricción legal de la jornada de trabajo fue tanto más encarnizada cuanto que, aparte de la avaricia asustada, afectaba de hecho a la gran contienda entre el ciego dominio de las leyes de la oferta y la demanda, que constituyen la economía política de la clase media, y la producción social controlada por la previsión social, que constituye la economía política de la clase obrera. Por eso la ley de las diez horas no fue solo un gran éxito práctico: fue la victoria de un principio; fue la primera vez que, a plena luz del día, la economía política de la clase media sucumbió ante la economía política de la clase obrera.
Pero aún estaba por llegar una victoria mayor de la economía política del trabajo sobre la economía política de la propiedad. Hablamos del movimiento cooperativo,23 y en especial de las fábricas cooperativas levantadas sin ayuda de nadie por el esfuerzo de unos pocos «brazos» audaces. El valor de estos grandes experimentos sociales no puede exagerarse. Con hechos y no con argumentos, han demostrado que la producción en gran escala, y de acuerdo con los preceptos de la ciencia moderna, puede llevarse a cabo sin que exista una clase de patronos que emplee a una clase de brazos; que, para dar fruto, los medios de trabajo no necesitan ser monopolizados como medios de dominación y de extorsión sobre el propio trabajador; y que el trabajo asalariado, como el trabajo de los esclavos y el de los siervos, no es más que una forma transitoria e inferior, destinada a desaparecer ante el trabajo asociado, que cumple su tarea con mano voluntaria, espíritu dispuesto y corazón alegre. En Inglaterra, la semilla del sistema cooperativo la sembró Robert Owen;24 los experimentos obreros intentados en el continente fueron, en realidad, el resultado práctico de las teorías que en 1848 no se inventaron, pero sí se proclamaron en voz alta.
Al mismo tiempo, la experiencia del período de 1848 a 1864 ha demostrado sin lugar a dudas que, por excelente que sea en principio y por útil que sea en la práctica, el trabajo cooperativo, si se mantiene dentro del estrecho círculo de los esfuerzos ocasionales de obreros particulares, nunca podrá detener el crecimiento en progresión geométrica del monopolio, ni liberar a las masas, ni siquiera aliviar de manera perceptible el peso de su miseria. Quizá sea precisamente por eso por lo que aristócratas de buenas palabras, charlatanes filantrópicos de la clase media e incluso algunos áridos economistas25 se han vuelto de pronto nauseabundamente elogiosos con el mismo sistema de trabajo cooperativo que en vano habían intentado ahogar en germen, ridiculizándolo como la utopía del soñador o estigmatizándolo como el sacrilegio del socialista. Para salvar a las masas laboriosas, el trabajo cooperativo debería desarrollarse en dimensiones nacionales y, por consiguiente, fomentarse con medios nacionales. Pero los señores de la tierra y los señores del capital emplearán siempre sus privilegios políticos en defender y perpetuar sus monopolios económicos. Lejos de promoverla, seguirán poniendo todos los obstáculos posibles a la emancipación del trabajo. Recordad la burla con que, en la última legislatura, lord Palmerston despachó a los defensores del proyecto de ley sobre los derechos de los arrendatarios irlandeses.26 La Cámara de los Comunes, exclamó, es una cámara de propietarios de tierras. Conquistar el poder político se ha convertido, por tanto, en el gran deber de la clase obrera. Parece que lo ha comprendido, pues en Inglaterra, Alemania, Italia y Francia se han producido renacimientos simultáneos y se están haciendo esfuerzos simultáneos por organizar políticamente el partido obrero.
Un elemento de éxito ya lo posee: el número; pero el número solo pesa en la balanza si está unido por la organización y guiado por el conocimiento. La experiencia pasada ha mostrado cómo el desprecio de ese lazo fraternal que debe existir entre los obreros de los distintos países, y que debe incitarles a apoyarse firmemente unos a otros en todas sus luchas por la emancipación, se castiga con el fracaso común de sus esfuerzos dispersos. Este pensamiento impulsó a los obreros de distintos países, reunidos en un mitin público en St. Martin's Hall el 28 de septiembre de 1864, a fundar la Asociación Internacional.
Otra convicción animó aquel mitin.
Si la emancipación de la clase obrera exige su concurso fraternal, ¿cómo va a cumplir esa gran misión con una política exterior que persigue designios criminales, que juega con los prejuicios nacionales y que derrocha en guerras de piratería la sangre y el dinero del pueblo? No fue la sabiduría de las clases dominantes, sino la heroica resistencia de la clase obrera de Inglaterra a su locura criminal, lo que libró al oeste de Europa de lanzarse de cabeza a una cruzada infame para perpetuar y propagar la esclavitud al otro lado del Atlántico.27 La desvergonzada aprobación, la fingida simpatía o la estúpida indiferencia con que las clases altas de Europa han visto cómo la fortaleza montañosa del Cáucaso caía presa de Rusia28 y cómo la heroica Polonia era asesinada por ella;29 las inmensas usurpaciones, sin resistencia, de esa potencia bárbara, cuya cabeza está en San Petersburgo y cuyas manos están en todos los gabinetes de Europa, han enseñado a la clase obrera el deber de penetrar ella misma en los misterios de la política internacional;30 de vigilar los actos diplomáticos de sus gobiernos respectivos; de oponerse a ellos, si es necesario, por todos los medios a su alcance; y, cuando no pueda impedirlos, de unirse en denuncias simultáneas y reivindicar las sencillas leyes de la moral y de la justicia que deben regir las relaciones entre los individuos particulares como leyes supremas de las relaciones entre las naciones.
La lucha por semejante política exterior forma parte de la lucha general por la emancipación de la clase obrera.
¡Proletarios de todos los países, uníos!31
Estatutos generales (1871)
Considerando:32
Que la emancipación de la clase obrera debe ser obra de los obreros mismos;33 que la lucha por la emancipación de la clase obrera no es una lucha por privilegios y monopolios de clase, sino por la igualdad de derechos y deberes y por la abolición de todo dominio de clase;
Que el sometimiento económico del trabajador a quien monopoliza los medios de trabajo, es decir, las fuentes de la vida, es la base de la servidumbre en todas sus formas, de toda miseria social, de toda degradación intelectual y de toda dependencia política;
Que la emancipación económica de la clase obrera es, por tanto, el gran fin al que todo movimiento político debe subordinarse como medio;
Que todos los esfuerzos encaminados a ese gran fin han fracasado hasta ahora por falta de solidaridad entre los múltiples ramos del trabajo en cada país y por la ausencia de un lazo fraternal de unión entre las clases obreras de los distintos países;
Que la emancipación del trabajo no es un problema local ni nacional, sino social, que abarca todos los países donde existe la sociedad moderna y cuya solución depende del concurso, práctico y teórico, de los países más avanzados;
Que el actual despertar de la clase obrera en los países más industriosos de Europa, a la vez que suscita una nueva esperanza, advierte solemnemente contra la recaída en los viejos errores y exige la unión inmediata de los movimientos todavía dispersos;
Por estas razones,
Se ha fundado la Asociación Internacional de los Trabajadores.
Esta declara:
Que todas las sociedades e individuos que se adhieran a ella reconocerán la verdad, la justicia y la moral como base de su conducta entre sí y hacia todos los hombres, sin distinción de color, credo o nacionalidad;
Que no reconoce ningún derecho sin deberes, ningún deber sin derechos;
Y, con este espíritu, se han redactado los siguientes Estatutos.
Esta Asociación se establece para proporcionar un centro de comunicación y de cooperación entre las sociedades obreras existentes en los distintos países que persiguen el mismo fin, a saber: la protección, el progreso y la completa emancipación de la clase obrera.
El nombre de la sociedad será «Asociación Internacional de los Trabajadores».34
Se reunirá cada año un Congreso General Obrero, compuesto por delegados de las secciones de la Asociación. El Congreso tendrá que proclamar las aspiraciones comunes de la clase obrera, tomar las medidas necesarias para el buen funcionamiento de la Asociación Internacional y nombrar el Consejo General de la sociedad.
Cada Congreso fija la fecha y el lugar de reunión del Congreso siguiente. Los delegados se reúnen en la fecha y el lugar fijados, sin necesidad de convocatoria especial. El Consejo General puede, en caso necesario, cambiar el lugar, pero no tiene facultad para aplazar la fecha.35 El Congreso fija la sede y elige cada año a los miembros del Consejo General. El Consejo General así elegido tendrá facultad para aumentar el número de sus miembros.
En sus reuniones anuales, el Congreso General recibirá una rendición pública de cuentas de las actividades anuales del Consejo General. Este podrá, en caso de urgencia, convocar el Congreso General antes del plazo anual ordinario.
El Consejo General estará compuesto por obreros de los distintos países representados en la Asociación Internacional. Elegirá de entre sus propios miembros los cargos necesarios para la gestión de los asuntos, como un tesorero, un secretario general, secretarios corresponsales para los distintos países, etc.
El Consejo General funcionará como agencia internacional entre los distintos grupos nacionales y locales de la Asociación,36 de modo que los obreros de cada país estén constantemente informados de los movimientos de su clase en todos los demás países; que se haga simultáneamente y bajo una dirección común una investigación sobre la situación social de los distintos países de Europa; que las cuestiones de interés general planteadas en una sociedad sean examinadas por todas; y que, cuando sean necesarias medidas prácticas inmediatas, como, por ejemplo, en caso de conflictos internacionales, la acción de las sociedades asociadas sea simultánea y uniforme. Siempre que lo considere oportuno, el Consejo General tomará la iniciativa de las propuestas que se sometan a las distintas sociedades nacionales o locales. Para facilitar las comunicaciones, el Consejo General publicará informes periódicos.
Puesto que el éxito del movimiento obrero en cada país solo puede asegurarse mediante la fuerza de la unión y de la organización, mientras que, por otra parte, la utilidad del Consejo General Internacional depende en gran medida de que tenga que tratar con unos pocos centros nacionales de asociaciones obreras o con un gran número de pequeñas sociedades locales sin conexión entre sí, los miembros de la Asociación Internacional harán todos los esfuerzos posibles por reunir las sociedades obreras dispersas de sus respectivos países en organismos nacionales, representados por órganos centrales nacionales. Se entiende, sin embargo, que la aplicación de este artículo dependerá de las leyes particulares de cada país y que, salvo obstáculos legales, a ninguna sociedad local independiente se le impedirá mantener correspondencia directa con el Consejo General.
Toda sección tiene derecho a nombrar su propio secretario, que mantendrá correspondencia directa con el Consejo General.
Puede ser miembro toda persona que reconozca y defienda los principios de la Asociación Internacional de los Trabajadores. Cada sección es responsable de la integridad de los miembros que admite.
Todo miembro de la Asociación Internacional que traslade su domicilio de un país a otro recibirá el apoyo fraternal de los trabajadores asociados.
Aunque unidas por un lazo perpetuo de cooperación fraternal, las sociedades obreras que se adhieran a la Asociación Internacional conservarán intactas sus organizaciones existentes.
Los presentes Estatutos podrán ser revisados por cada Congreso, siempre que dos tercios de los delegados presentes se pronuncien a favor de la revisión.
Todo lo que no esté previsto en los presentes Estatutos se regulará mediante Reglamentos especiales, sujetos a la revisión de cada Congreso.
256, High Holborn, W. C., Londres, 24 de octubre de 1871
Middle class: en el inglés de la época, la burguesía. Marx mantiene la expresión en todo el texto, también en «economía política de la clase media». ↩
William Ewart Gladstone (1809-1898), canciller del Exchequer (ministro de Hacienda) de 1859 a 1866 en el gobierno liberal de Palmerston y más tarde primer ministro. Las citas proceden de sus discursos presupuestarios ante la Cámara de los Comunes del 16 de abril de 1863 y del 7 de abril de 1864. La frase sobre el aumento de riqueza «limitado por entero a las clases poseedoras», que falta en la versión oficial de los debates (Hansard), dio lugar en 1872 a una polémica en la que Lujo Brentano acusó a Marx de haberla inventado; Engels resumió la cuestión en In Sachen Brentano contra Marx (1891), mostrando que la recogían los periódicos del día siguiente. ↩
Upper ten thousand: expresión inglesa para designar a la alta sociedad. ↩
Garotte panic: la alarma desatada en Londres en 1862 por una serie de asaltos en los que se estrangulaba a las víctimas para robarles; dio lugar a una ley de 1863 que restableció los azotes para esos delitos. ↩
Los «Libros Azules» (Blue Books) son los informes oficiales publicados por el Parlamento británico, llamados así por el color de sus tapas. Aquí, el informe de la comisión real sobre la deportación y los trabajos forzados (1863). ↩
La guerra de Secesión (1861-1865). El bloqueo de los puertos confederados cortó el suministro de algodón en bruto y provocó el «hambre del algodón» (cotton famine) en la industria textil de Lancashire, con cientos de miles de obreros en paro o en jornada reducida. ↩
Edward Smith (1819-1874), médico y fisiólogo, especialista en nutrición. Su segunda investigación se publicó en el Sexto informe del funcionario médico del Consejo Privado, John Simon, de 1864. ↩
El grano es una unidad de peso inglesa de 0,0648 gramos: 28.000 granos equivalen a unos 1.800 gramos y 1.330 granos a unos 86 gramos. ↩
(Nota de Marx.) No es necesario recordar al lector que, aparte del agua y de ciertas sustancias inorgánicas, el carbono y el nitrógeno son las materias primas de la alimentación humana. Sin embargo, para nutrir el organismo humano, esos sencillos elementos químicos tienen que suministrarse en forma de sustancias vegetales o animales. Las patatas, por ejemplo, contienen sobre todo carbono, mientras que el pan de trigo contiene sustancias carbonadas y nitrogenadas en la debida proporción. ↩
La derogación de las leyes de cereales en 1846 inauguró el período del librecambio en Gran Bretaña, que sus partidarios presentaban como el comienzo de una era de prosperidad general. ↩
La Comisión sobre el Empleo Infantil (Children's Employment Commission), nombrada en 1862, publicó su primer informe en 1863; Marx lo utilizó ampliamente en El capital. ↩
Hugh Seymour Tremenheere (1804-1893), funcionario británico, autor de varias investigaciones oficiales sobre las condiciones de trabajo, entre ellas el informe de 1862 sobre los oficiales panaderos. ↩
El Registrar General era el responsable del registro civil y de las estadísticas demográficas de Inglaterra y Gales. ↩
Jarabe a base de opio que se daba a los niños pequeños para calmarlos mientras sus madres trabajaban en la fábrica. ↩
Plinio el Viejo, Historia natural, XVIII, 35: «seis señores poseían la mitad de África cuando el emperador Nerón los mandó matar». ↩
Luis Felipe de Orleans, rey de los franceses de 1830 a 1848. Tras la revolución de febrero de 1848, la familia de Orleans se exilió en Inglaterra. ↩
Las crisis de 1847 y, sobre todo, la de 1857, la primera crisis mundial, que se extendió desde Estados Unidos a Gran Bretaña, el continente europeo y los mercados de ultramar. ↩
Los descubrimientos de oro en California (1848) y en Australia (1851). ↩
Political blacks, de blacklegs: los rompehuelgas, los esquiroles. ↩
El cartismo, el movimiento obrero británico que entre 1838 y 1848 luchó por la Carta del Pueblo (sufragio universal masculino y otras reformas democráticas). Tras su derrota en 1848, Ernest Jones y otros intentaron reorganizarlo durante los años cincuenta. ↩
La ley de 1847 que limitó a diez horas la jornada de los jóvenes y de las mujeres en las fábricas textiles. Se aprobó cuando los terratenientes, enfrentados con los fabricantes tras la derogación de las leyes de cereales en 1846, apoyaron la reforma fabril. ↩
Andrew Ure (1778-1857), químico y economista, autor de La filosofía de las manufacturas (1835), apología del sistema fabril; Nassau William Senior (1790-1864), economista, que en 1837 sostuvo que todo el beneficio de los fabricantes se obtenía en la última hora de la jornada, de modo que reducirla los arruinaría. Marx critica a ambos en El capital. ↩
El movimiento cooperativo británico, cuyo modelo fue la cooperativa de consumo de los Pioneros de Rochdale (1844); en los años cincuenta y sesenta surgieron también cooperativas de producción, sobre todo en la industria textil de Lancashire. ↩
Robert Owen (1771-1858), fabricante y socialista utópico galés, promotor de comunidades y cooperativas obreras. ↩
La transcripción inglesa dice aquí «keep political economists», una errata evidente. Seguimos la versión alemana que Marx publicó en Der Social-Demokrat en diciembre de 1864: «ein paar trockne politische Ökonomen». ↩
Henry John Temple, vizconde de Palmerston (1784-1865), primer ministro de 1855 a 1858 y de 1859 a 1865. El proyecto sobre los derechos de los arrendatarios irlandeses (tenant right), debatido en 1864, pretendía que los arrendatarios fueran indemnizados por las mejoras hechas en la tierra cuando eran desahuciados. ↩
Durante la guerra de Secesión, una parte de las clases dominantes británicas y el gobierno de Napoleón III se inclinaban por reconocer a la Confederación esclavista e intervenir a su favor. Las organizaciones obreras británicas, pese al paro causado por el hambre del algodón, se movilizaron en apoyo de la Unión, como en el gran mitin de St. James's Hall del 26 de marzo de 1863. ↩
La conquista rusa del Cáucaso noroccidental terminó en 1864 con el sometimiento de los circasianos y la expulsión masiva de la población al Imperio otomano. ↩
La insurrección polaca de enero de 1863, aplastada por Rusia en 1864. La solidaridad con Polonia reunió en Londres, en julio de 1863, a obreros ingleses y franceses: de esos contactos salió el mitin del 28 de septiembre de 1864 en el que se fundó la Internacional. ↩
Marx había denunciado desde los años cincuenta la diplomacia secreta de los gabinetes europeos, en particular la connivencia de Palmerston con la política exterior rusa (Lord Palmerston, 1853; Revelaciones sobre la historia diplomática del siglo XVIII, 1856-1857). El Manifiesto pide que la clase obrera vigile y denuncie esa diplomacia. ↩
La consigna final del Manifiesto del Partido Comunista (1848). ↩
Los Estatutos provisionales de 1864 se refundieron en los Estatutos generales aprobados por el congreso de Ginebra (1866); la Conferencia de Londres de septiembre de 1871 encargó al Consejo General una nueva edición con las modificaciones acordadas por los congresos, que es la que se traduce aquí. En la versión de 1864, tras los considerandos, se decía que los miembros del comité elegido el 28 de septiembre de 1864 en St. Martin's Hall habían tomado las medidas necesarias para fundar la Asociación, y se añadía que consideraban «deber de todo hombre reclamar los derechos del hombre y del ciudadano, no solo para sí mismo, sino para todo hombre que cumpla con su deber». Los artículos de 1864 hablaban de un Consejo Central con sede en Londres, convocaban el primer congreso en Bélgica en 1865 y confiaban al comité elegido en 1864 las funciones de Consejo Central provisional. ↩
Literalmente: «debe ser conquistada por las clases obreras mismas». Damos la fórmula con que se ha conocido en español; el texto de 1864 es igual. ↩
En 1864 el nombre era «The Working Men's International Association»; desde 1866 se fijó el de «International Working Men's Association». ↩
La transcripción inglesa está aquí corrompida («to postpone the time of the General Council annually»); traducimos por el sentido: el Consejo no puede aplazar la fecha de reunión del Congreso. ↩
La transcripción inglesa dice «between the different and local groups»; falta con toda probabilidad «national», como sugiere el final del artículo («sociedades nacionales o locales»). ↩