Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 21 de junio de 1853 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 3814, del 8 de julio de 1853. El original inglés solo se conserva en fuentes libres de forma parcial (la parte sobre Turquía en The Eastern Question (Londres, 1897, ed. de Eleanor Marx Aveling y Edward Aveling)): se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 9 (Berlín, 1960, pp. 142-147), sin su aparato editorial, cotejada con esos fragmentos ingleses, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, martes 21 de junio de 1853

En 1828, cuando se permitió a Rusia invadir Turquía con la guerra y terminar esa guerra con el tratado de Adrianópolis, que le entregó toda la costa oriental del mar Negro, desde Anapa en el norte hasta Poti en el sur (salvo Circasia), y las islas de la desembocadura del Danubio, y que separó de hecho Moldavia y Valaquia de Turquía y las puso bajo la dominación rusa, justamente en esa época era lord Aberdeen ministro de Asuntos Exteriores en Inglaterra. En 1853 encontramos a ese mismo Aberdeen a la cabeza del ministerio de coalición en el mismo país. Este simple hecho basta para explicar la actitud arrogante de Rusia en su actual conflicto con Turquía y con Europa.

Ya dije en mi último artículo que la tormenta desatada por las revelaciones de The Press sobre los acuerdos secretos entre Aberdeen, Clarendon y el barón Brunnow difícilmente se calmaría con las explicaciones sutiles, retorcidas y capciosas de The Times del jueves. The Times tuvo incluso que reconocer entonces, en un artículo semioficial, que lord Clarendon había dado efectivamente su asentimiento a las exigencias que Rusia se proponía presentar a la Puerta, pero añadía que se había visto que las exigencias, tal como se habían expuesto en Londres, eran muy distintas de las que realmente se plantearon en Constantinopla, aunque los papeles que el barón Brunnow entregó al ministro inglés pretendían ser «extractos literales» de las instrucciones dadas al príncipe Ménshikov. Sin embargo, el sábado siguiente The Times, sin duda a consecuencia de las protestas de la embajada rusa, se retractó de sus afirmaciones y extendió al barón Brunnow un certificado de perfecta «sinceridad y buena fe». El Morning Herald de ayer plantea la pregunta de «si Rusia no habrá dado quizá instrucciones falsas al propio barón Brunnow para engañar al ministro británico». Entretanto se han hecho nuevas revelaciones, cuidadosamente ocultadas al público por una prensa diaria corrompida, que excluyen semejante interpretación y echan toda la culpa sobre los hombros del ministerio de coalición. Cualquier Parlamento que no fuera el actual, que no es más que el producto paralítico de un cuerpo electoral muerto, estimulado artificialmente a la vida por un soborno y una intimidación inauditos, tendría motivo suficiente para acusar por ello a lord Aberdeen y a lord Clarendon.

Se afirma que lord Clarendon recibió una comunicación en la que se le informaba de que el asunto de los Santos Lugares no era el único que ocupaba al príncipe ruso. En esa comunicación se entraba también en la cuestión general, la de los cristianos griegos ortodoxos de Turquía y la de la posición del emperador de Rusia respecto de ellos en virtud de ciertos tratados. Se discutieron todos estos puntos y se fijó con exactitud el camino que Rusia iba a seguir, el mismo que se detalló en el proyecto de convenio del 6 de mayo. Lord Clarendon, con el asentimiento de lord Aberdeen, no desaprobó ese camino en absoluto ni se opuso a él. Mientras las cosas estaban así en Londres, Bonaparte envió una flota a Salamina, la opinión pública presionaba desde fuera, los ministros fueron interpelados en ambas Cámaras, Russell empeñó su palabra en el mantenimiento de la integridad y la independencia de Turquía, y el príncipe Ménshikov dejó caer la máscara en Constantinopla. Se hizo entonces necesario que lord Aberdeen y lord Clarendon pusieran al corriente de lo hecho a los demás ministros, y la coalición estuvo a punto de romperse cuando lord Palmerston, obligado por sus antecedentes, insistió en una política diametralmente opuesta. Para evitar la disolución de su gabinete, lord Aberdeen acabó cediendo ante la insistencia de Palmerston y consintió en la acción conjunta de las flotas inglesa y francesa en los Dardanelos. Pero al mismo tiempo, para cumplir sus compromisos con Rusia, lord Aberdeen hizo saber a San Petersburgo en un despacho confidencial que no consideraría casus belli la ocupación de los Principados del Danubio por los rusos, y The Times recibió la orden de preparar a la opinión pública para esta nueva interpretación de los tratados internacionales. Sería injusto negarle el testimonio de que se esforzó honradamente en convertir lo negro en blanco. El mismo periódico que había sostenido siempre que el protectorado ruso sobre los cristianos griegos ortodoxos de Turquía no tendría la menor consecuencia política aseguró de repente que Moldavia y Valaquia estaban bajo una soberanía dividida y no formaban en realidad parte integrante del Imperio turco, y que, por tanto, su ocupación no sería, «en sentido estricto», una invasión del Imperio turco, puesto que los tratados de Bucarest y de Adrianópolis habían dado al zar el protectorado sobre sus correligionarios de las provincias danubianas. El convenio de Balta Liman, del 1 de mayo de 1849, estipula expresamente:

«1. Que la ocupación de esas provincias, si llegara a producirse, solo podrá hacerse conjuntamente por tropas rusas y turcas;

  1. Que el único motivo que pueda justificarla serán acontecimientos graves en los Principados.»

Ahora bien, como en esos Principados no ha ocurrido absolutamente nada y como Rusia, además, no tiene intención de ocuparlos junto con los turcos, sino precisamente contra ellos, The Times opina que Turquía debería soportar primero en silencio la ocupación de los Principados por Rusia sola y entrar después en negociaciones con ella. Pero si Turquía no conservara la necesaria calma y considerara la ocupación como un casus belli, The Times concluye que Inglaterra y Francia no están obligadas a hacer lo mismo; y si Inglaterra y Francia lo hicieran de todos modos, The Times les recomienda que lo hagan con buenos modales y en ningún caso como potencias beligerantes contra Rusia, sino solo como aliadas defensivas de Turquía.

No puedo estigmatizar mejor esta actitud cobarde y retorcida de The Times que citando el siguiente pasaje de su artículo de fondo de hoy. Es una increíble mezcla de todas las contradicciones, subterfugios, falsos pretextos, temores y cobardías de la política de lord Aberdeen:

«Antes de llegar a los extremos, la Puerta puede, si lo considera oportuno, protestar contra la ocupación de los Principados y negociar todavía con el apoyo de todas las potencias de Europa. Corresponderá al gobierno turco, de acuerdo con los embajadores de las cuatro potencias, determinar este punto trascendental y, en especial, decidir si el estado de hostilidades es tal que deban abrirse los Dardanelos a los buques de guerra extranjeros conforme al convenio de 1841.1 Si esa cuestión se decide afirmativamente y se ordena a las flotas entrar en los Estrechos, quedará por ver si vamos allí como potencias mediadoras o como beligerantes; pues, suponiendo que Turquía y Rusia estén en guerra y que se admita a los buques de guerra extranjeros en virtud del casus foederis2 (!), estos no adquieren necesariamente un carácter beligerante, y tienen un interés mucho mayor en mantener el de potencias mediadoras, tanto más cuanto que no se los envía a hacer la guerra, sino a impedirla. Semejante medida no nos convierte necesariamente en partes principales de la contienda.»

Todos los artículos de fondo de The Times han sido inútiles. Ningún otro periódico siguió sus pasos, ninguno mordió el anzuelo, y hasta los periódicos ministeriales, el Morning Chronicle, el Morning Post, el Globe y el Observer, adoptan un punto de vista completamente distinto y encuentran un fuerte eco al otro lado del Canal, donde solo la legitimista Assemblée nationale pretende no ver un casus belli en la ocupación de los Principados del Danubio.

Así pues, la discordia en el campo del ministerio de coalición la ha revelado al público la ruidosa discordia de sus órganos. Palmerston instó al gabinete a considerar la ocupación de Moldavia y Valaquia como una declaración de guerra, y lo apoyaron los whigs y los miembros seudorradicales del ministerio de coalición. Lord Aberdeen, que solo había dado su consentimiento a la acción conjunta de las flotas francesa e inglesa porque contaba con que Rusia no actuaría en los Dardanelos, sino solo en las provincias danubianas, era ahora el burlado. La existencia del ministerio volvió a estar en juego. Cuando, ante las apremiantes instancias de lord Aberdeen, Palmerston se disponía ya a dar su asentimiento a la ocupación ilegal de los Principados por Rusia, llegó de repente un despacho de París que anunciaba la intención de Bonaparte de considerar ese mismo acto como un casus belli. La confusión ha llegado ahora a su punto culminante.

Si esta exposición es exacta, y por lo que sabemos del pasado de lord Aberdeen no hay por qué dudarlo, queda al descubierto todo el misterio de la tragicomedia ruso-turca que ha ocupado a Europa durante meses. Comprendemos de pronto por qué lord Aberdeen no quería retirar de Malta la flota inglesa. Comprendemos por qué se reprendió al coronel Rose3 por su enérgica actuación en Constantinopla, comprendemos la insolente conducta del príncipe Ménshikov y la heroica firmeza del zar, que, viendo en las demostraciones bélicas de Inglaterra una mera farsa, se habría alegrado de que la ocupación incontestada de Moldavia y Valaquia le permitiera no solo retirarse de la escena como «dueño de la situación», sino además celebrar sus grandes maniobras anuales a costa de los súbditos del sultán. Si a pesar de todo estalla la guerra, creemos que será solo porque Rusia ha ido demasiado lejos para poder retirarse sin menoscabo de su honor; y, sobre todo, creemos que solo se ha sentido tan desmesuradamente valiente porque ha contado todo el tiempo con la connivencia de Inglaterra.

A este respecto da en el clavo el siguiente pasaje del último artículo de «Un inglés»4 sobre el ministerio de coalición:

«La coalición se tambalea con cada brisa que sopla de los Dardanelos. Los temores del buen Aberdeen y la miserable incompetencia de Clarendon han animado a Rusia y han provocado la crisis.»

Las últimas noticias de Turquía son las siguientes: el embajador turco en París ha recibido por telégrafo, vía Semlin, un despacho de Constantinopla que le informa de que la Puerta ha rechazado el último ultimátum de Rusia, apoyándose en el memorándum enviado a las grandes potencias. El Sémaphore de Marsella informa de que en Esmirna se ha recibido la noticia de que los rusos han apresado dos barcos mercantes turcos en el mar Negro; pero que, por otra parte, las tribus caucásicas han abierto una campaña general contra los rusos en la que Shamil5 ha obtenido una brillante victoria y ha capturado nada menos que 23 cañones.

El señor Gladstone ha dado a conocer ahora sus propuestas modificadas sobre el impuesto de los anuncios. Para asegurarse el apoyo de The Times, había propuesto suprimir el impuesto sobre los suplementos de los periódicos que solo contienen anuncios. Intimidado por la opinión pública, propone ahora dejar libres de impuestos todos los suplementos sencillos y gravar todos los dobles con medio penique. Imagínese la furia de The Times, que con esta propuesta modificada solo ganará 20.000 libras en lugar de 40.000 y tendrá además que ver cómo se abre de par en par el mercado a sus competidores. Este periódico tan consecuente, que defiende a ultranza los impuestos sobre el saber6 y, con ellos, el impuesto sobre los anuncios, se opone ahora a cualquier impuesto sobre los suplementos de los periódicos. Pero The Times puede consolarse. Si el ministerio, una vez sacada adelante la mayor parte del presupuesto, ya no siente la necesidad de halagar a The Times, los de Manchester, en cuanto se hayan asegurado su parte del presupuesto, ya no considerarán necesario a este ministerio. Eso es precisamente lo que teme el ministerio, y ese temor explica que el debate presupuestario se extienda a toda la legislatura. Es característico de la justicia compensatoria del señor Gladstone que, mientras rebaja el impuesto sobre los anuncios de los periódicos de 1 chelín y 6 peniques a 1 chelín y 3 peniques, proponga gravar con 6 peniques cada uno los anuncios de novedades que figuran al final de la mayoría de los libros y revistas.

Esta noche la Cámara de los Comunes se ocupará de dos casos de soborno. Durante la presente legislatura se han reunido 47 comisiones para investigar las presiones sobre los electores, de las que 4 siguen en funciones; 43 han concluido sus investigaciones y han hallado que la mayoría de los diputados a los que se retiró el escaño eran culpables de soborno. Para mostrar en qué estima tiene la opinión pública a este Parlamento, retoño de la corrupción y padre de coaliciones, basta citar las siguientes palabras del Morning Herald de hoy:

«Si la falta de un propósito claro y, más aún, el ataque vacilante e indeciso son síntomas de imbecilidad, hay que reconocer que el Parlamento actual, este niño de seis meses, ha entrado ya en su segunda infancia. Ya le falta el aliento y se descompone en pequeños grupitos de camarillas sin valor y sin objeto.»

Karl Marx

  1. El convenio de Londres de 13 de julio de 1841 sobre los Estrechos, que cerraba el Bósforo y los Dardanelos a los buques de guerra extranjeros mientras Turquía estuviera en paz. ↩

  2. Caso previsto en un tratado de alianza que obliga a los aliados a intervenir. ↩

  3. Hugh Rose (1801-1885), encargado de negocios británico en Constantinopla en 1853, que en ausencia del embajador pidió que la flota británica acudiera a los Dardanelos. ↩

  4. Seudónimo del publicista A. Richards, autor de una serie de cartas sobre el ministerio de coalición. ↩

  5. Shamil (1797-1871), jefe de la resistencia de los montañeses del Cáucaso contra Rusia. ↩

  6. Los impuestos que gravaban la prensa: el timbre de los periódicos, el impuesto sobre los anuncios y el impuesto sobre el papel. ↩