Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 11 de enero de 1853 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 3677, del 28 de enero de 1853. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de la MEW (Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 8, Berlín, 1960, pp. 484-489), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto en alemán.
Londres, martes 11 de enero de 1853
«Hemos llegado al comienzo del reino milenario político, en el que ya no habrá en la tierra discordias de partido y solo el talento, la experiencia, la laboriosidad y el patriotismo darán derecho a ocupar un cargo. Tenemos ahora un ministerio que parece seguro de contar con el aplauso y el apoyo de todas las tendencias. Sus principios reclaman el asentimiento y el respaldo generales.»
Con estas palabras saludó The Times, en el primer arrebato de su entusiasmo, al ministerio Aberdeen.1 Se podría deducir de ello que Inglaterra iba a verse agraciada en adelante con un ministerio compuesto exclusivamente de fuerzas nuevas, jóvenes y prometedoras. El mundo se asombrará no poco, por tanto, al enterarse de que la nueva era de la historia de Gran Bretaña va a ser inaugurada por una colección de octogenarios bastante gastados y achacosos. Aberdeen, un octogenario; Lansdowne tiene un pie en la tumba;2 Palmerston y Russell se acercan a ella a paso rápido. Graham, el burócrata, ha servido desde finales del siglo pasado casi bajo todos los gobiernos;3 otros miembros del gabinete habían muerto ya dos veces de decrepitud y agotamiento y ahora solo han sido devueltos a una vida artificial. En suma, una docena de centenarios forma el núcleo, y quizá el corresponsal de The Times ha calculado el nuevo milenio por una simple suma.
En este reino milenario, se nos promete, no solo desaparecerán todas las discordias de partido, sino incluso los partidos mismos. ¿Lo cree de verdad The Times? Porque ciertas fracciones de la aristocracia han disfrutado hasta ahora del privilegio de darse el barniz de partidos nacionales o parlamentarios, y ahora han comprendido que la farsa tiene que acabar; porque, en virtud de esa convicción y a consecuencia de duras experiencias recientes, esas camarillas aristocráticas quieren abandonar sus pequeñas escaramuzas y unirse en una masa compacta para defender sus privilegios comunes, ¿habrán de dejar de existir por ello, desde este momento, todos los partidos? ¿O no es precisamente el hecho de que se forme semejante «coalición» el indicio más seguro de que ha llegado el momento en que las clases esenciales de la sociedad moderna, que entretanto han crecido de hecho y sin embargo están en parte sin representación, la burguesía industrial y la clase obrera, se disponen a reclamar para sí la posición de únicos partidos políticos legítimos de la nación?
Bajo el gobierno de lord Derby, los tories renegaron de una vez para siempre de su viejo proteccionismo y se declararon partidarios del librecambio.4 Cuando lord Derby anunció la dimisión de su gabinete, dijo:
«Milores, recuerdo, y también ustedes, milores, recordarán, que el noble lord» (Aberdeen) «declaró ante esta Cámara en más de una ocasión que, aparte de la cuestión del librecambio, no había ninguna en la que discrepara en modo alguno del actual gobierno.»
Y lord Aberdeen, al confirmar esta afirmación, fue todavía más lejos:
«Se sentía de acuerdo con el noble lord» (Derby) «en combatir los excesos de la democracia; solo que, por más que lo intentaba, no conseguía descubrir su existencia.»
Por ambas partes se admite que ya no hay diferencia entre peelitas y tories.5 Pero no basta con eso. Respecto a la política exterior, lord Aberdeen observa:
«Aunque en la práctica se hayan producido pequeñas divergencias, en principio la política exterior del país ha sido siempre la misma desde hace treinta años.»
Toda la disputa entre Aberdeen y Palmerston que duró de 1830 a 1850, en la que el primero reclamaba la alianza con las potencias del Norte y el segundo la entente cordiale con Francia, en la que uno estaba a favor y el otro en contra de Luis Felipe, uno en contra y el otro a favor de la intervención; todas sus riñas y discrepancias, e incluso su reciente indignación común por la «vergonzosa» dirección de los asuntos exteriores por lord Malmesbury,6 todo eso no ha sido, según confiesan, más que pura farsa. Y sin embargo, ¿qué ha cambiado más a fondo en las circunstancias políticas de Inglaterra que su política exterior? Hasta 1830, alianza con las potencias del Norte; después de 1830, alianza con Francia (la Cuádruple Alianza);7 después de 1848, completo aislamiento de Inglaterra respecto de todo el continente.
Después de que lord Derby nos asegurara primero que no hay diferencias entre tories y peelitas, lord Aberdeen nos asegura además que tampoco peelitas y whigs, conservadores y liberales, se distinguen entre sí. Opina:
«Que el país está cansado de esas distinciones, que no tienen sentido y que no influyen en los principios de los verdaderos políticos. Un gobierno que no sea conservador es imposible, pero no es menos cierto que solo cabe un gobierno liberal.»
«Esos términos no tienen un significado demasiado preciso. El país está cansado de esas distinciones, que no tienen sentido.»
Los tres partidos de la aristocracia, tories, peelitas y whigs, están, pues, de acuerdo en que no tienen rasgos que realmente los distingan. Y coinciden además en otra cosa. Disraeli había declarado que estaba dispuesto a llevar a la práctica el principio del librecambio. Lord Aberdeen dice:
«El gran objetivo de los actuales ministros de Su Majestad y el gran rasgo característico de su gobierno será el mantenimiento y la prudente extensión del librecambio. Esa es la misión que se les ha encomendado muy especialmente.»
En una palabra, toda la aristocracia está de acuerdo en que hay que gobernar en provecho y en interés de la burguesía; pero al mismo tiempo está decidida a no dejar que la burguesía tome las riendas en sus propias manos. Y con este fin se funde todo lo que la vieja oligarquía posee de talento, influencia y autoridad, en un último esfuerzo, en un ministerio cuya tarea consiste en mantener a la burguesía alejada el mayor tiempo posible del disfrute directo del dominio sobre la nación. La aristocracia coaligada de Inglaterra se propone proceder con la burguesía según el mismo principio que Napoleón aplicaba al pueblo: «Tout pour le peuple, rien par le peuple» («Todo para el pueblo, nada por el pueblo»).
Ernest Jones observa al respecto en The People's Paper:8
«Ciertamente se quiere encubrir en cierta medida la intención manifiesta de excluir a la burguesía, y ellos» (los ministros) «esperan lograrlo del modo más fácil concediendo determinados puestos subalternos y sin influencia a liberales aristocráticos como sir William Molesworth, Bernal Osborne y otros.9 Pero que no crean que este liberalismo de los petimetres de Mayfair10 satisface a los severos caballeros de la escuela de Manchester. Esos van a por todo, es decir, a por el negocio. Quieren libras, chelines y peniques, quieren puestos y cargos, quieren los gigantescos ingresos del mayor imperio del mundo, que con todos sus recursos debe estar sometido única y exclusivamente a su interés de clase.»
En efecto, basta una mirada al Daily News, al Advertiser y en especial al Manchester Times, el órgano particular de Bright,11 para convencer a cualquiera de que los hombres de la escuela de Manchester, con el apoyo que han prometido provisionalmente al gobierno de coalición, solo se proponen seguir la misma política que whigs y peelitas habían adoptado frente al reciente gabinete Derby: es decir, quieren concederles a los ministros una prueba leal. Lo que puede significar semejante «prueba leal», Disraeli ha tenido ocasión de averiguarlo hace bien poco.
Como para la derrota del gabinete tory había sido decisiva la «brigada irlandesa»,12 el nuevo ministerio de coalición ha considerado, naturalmente, necesario dar pasos para asegurarse la ayuda de esa fracción en el Parlamento. El negociador de la brigada, el señor Sadleir, picó enseguida con el cebo del puesto de lord del Tesoro. Al señor Keogh se le ofreció el cargo de procurador general de Irlanda, y el señor Monsell obtiene un empleo en la Intendencia de Artillería.13 «Comprando a estos tres», opina el Morning Herald, «se cree haber ganado a la brigada.» Sin embargo, está por ver que estos tres comprados basten para asegurar la adhesión de toda la brigada. Y ya leemos en el irlandés Freeman's Journal:
«Ha llegado ahora el momento crítico en la lucha por la libertad religiosa y los derechos de los arrendatarios. El éxito o el fracaso de estos esfuerzos ya no depende de ministro alguno, sino de la fracción irlandesa. El ministerio Derby fue derribado por 19 votos. Si diez hombres se hubieran pasado al otro lado, la cosa habría salido de otro modo. Cuando así están las cosas entre los partidos, los diputados irlandeses son omnipotentes.»
Al final de mi última carta expresé la opinión de que no había otra alternativa que un gobierno tory o una reforma parlamentaria. A sus lectores les interesará conocer la opinión de lord Aberdeen sobre la misma cuestión. Dice:
«La mejora de la situación del pueblo no podía excluir una mejora del sistema representativo» (¡sic!), «pues lo ocurrido en las últimas elecciones había sido sin duda de tal índole que nadie podía haberle tomado especial cariño a ese sistema.»
Y en las elecciones que se hicieron necesarias al aceptar sus cargos,14 los colegas de lord Aberdeen declararon unánimemente que eran necesarias reformas del sistema representativo. Eso sí, daban a entender cada vez a su auditorio que tales reformas «debían ser moderadas y razonables, y llevarse a cabo no precipitadamente, sino de forma bien meditada y prudente». Así pues, cuanto más se muestra y se reconoce lo podrido que está el actual sistema representativo, tanto más deseable es que no se cambie ni deprisa ni a fondo.
Con ocasión de la última reelección de los ministros se ensayó por primera vez un nuevo invento que permite a los políticos salvar en público sus principios en cualquier circunstancia, estén en el cargo o fuera de él. Este invento consiste en manejar el concepto de «cuestión abierta» de un modo nunca visto hasta ahora. Osborne y Villiers15 se habían comprometido antes a defender el voto secreto. Ahora declaran que el voto secreto es una cuestión abierta. Molesworth había prometido reformas coloniales: cuestión abierta. Keogh, Sadleir y otros habían defendido el derecho de los arrendatarios: cuestión abierta. En una palabra, todos los puntos que hasta ahora, en su calidad de miembros del Parlamento, habían tratado siempre como ya decididos se vuelven para ellos dudosos ahora que son ministros.
Para terminar, debo mencionar todavía otra curiosidad que resulta de la coalición de peelitas, whigs, radicales e irlandeses. Cada una de sus notabilidades ha sido sacada justamente del ramo para el que, según se decía, solo él tenía talento o preparación, y ha sido colocada en un puesto para el que es asombrosamente poco apto. Palmerston, el célebre ministro de Asuntos Exteriores, ha sido llamado al Ministerio del Interior, del que se ha retirado a Russell, aunque había envejecido en ese puesto, para confiarle los asuntos exteriores. Gladstone, el Escobar del puseyismo,16 pasa a ser ministro de Hacienda. Molesworth, que adquirió cierta fama como imitador o partidario de la disparatada teoría de la colonización sistemática del señor Wakefield,17 queda a cargo de las obras públicas. Sir Charles Wood, que como ministro de Hacienda gozaba del privilegio de tropezar ora con un déficit, ora con un superávit, pasa a presidente de la Junta de Control de los asuntos de la India.18 Monsell, que apenas sabe distinguir una escopeta de un rifle, ha sido nombrado secretario de la Intendencia de Artillería. La única personalidad que ha ido a parar al puesto adecuado es aquel sir James Graham que, como primer lord del Almirantazgo, ya se había ganado en ocasiones anteriores mucho prestigio introduciendo la carcoma en la marina británica.
Karl Marx
George Hamilton-Gordon, conde de Aberdeen (1784-1860), jefe de los peelitas, formó en diciembre de 1852 un gobierno de coalición de peelitas, whigs y radicales tras la caída del gabinete tory de lord Derby; duró hasta 1855. ↩
Henry Petty-Fitzmaurice, marqués de Lansdowne (1780-1863), político whig, ministro sin cartera en el gabinete Aberdeen. ↩
Sir James Graham (1792-1861), primer lord del Almirantazgo en los gabinetes de Grey (1830-1834) y de Aberdeen; ministro del Interior con Peel (1841-1846). ↩
Edward Stanley, conde de Derby (1799-1869), jefe de los tories, primer ministro de febrero a diciembre de 1852. Su ministro de Hacienda, Disraeli, renunció a restablecer los aranceles sobre el grano. ↩
Peelitas: los conservadores que siguieron a Robert Peel cuando en 1846 hizo abolir las leyes cerealistas y se separaron de los tories proteccionistas. ↩
James Howard Harris, conde de Malmesbury (1807-1889), ministro tory de Asuntos Exteriores en el gabinete Derby de 1852. ↩
La Cuádruple Alianza de 1834 entre Gran Bretaña, Francia, España y Portugal. ↩
Ernest Jones (1819-1869), dirigente cartista, amigo de Marx y Engels; The People's Paper era el semanario cartista que dirigía en Londres desde 1852. ↩
Sir William Molesworth (1810-1855), radical, primer comisario de Obras Públicas en el gabinete Aberdeen; Ralph Bernal Osborne (1808-1882), liberal, secretario del Almirantazgo en el mismo gabinete. ↩
Barrio aristocrático de Londres. ↩
John Bright (1811-1889), fabricante de Rochdale, con Cobden jefe de la escuela de Manchester, la corriente librecambista de la burguesía industrial. ↩
Nombre que se daba al grupo de diputados irlandeses en la Cámara de los Comunes. ↩
John Sadleir (1813-1856), banquero irlandés; William Keogh (1817-1878), abogado; William Monsell (1812-1894): los tres diputados de la brigada irlandesa que aceptaron cargos en el gobierno Aberdeen. ↩
Hasta 1926, un diputado de los Comunes nombrado para un cargo ministerial tenía que presentarse de nuevo a la elección. ↩
Charles Pelham Villiers (1802-1898), librecambista, auditor general del ejército en el gabinete Aberdeen. ↩
Antonio Escobar y Mendoza (1589-1669), jesuita español cuyo nombre se convirtió, por las Provinciales de Pascal, en sinónimo de casuista hipócrita. El puseyismo era la corriente anglocatólica de la Iglesia anglicana encabezada por el teólogo de Oxford Edward Pusey; Gladstone simpatizaba con ella. ↩
Edward Gibbon Wakefield (1796-1862), economista y colonizador, defensor de una colonización «sistemática» mediante la venta de tierras coloniales a precio alto. ↩
Sir Charles Wood (1800-1885), whig, ministro de Hacienda de 1846 a 1852. La Junta de Control (Board of Control) supervisaba desde Londres a la Compañía de las Indias Orientales. ↩