Redactado por Karl Marx y Friedrich Engels en Londres en marzo de 1850 y difundido ese mismo año como circular entre los miembros de la Liga de los Comunistas. Lo publicó por primera vez Friedrich Engels en 1885, como apéndice de la nueva edición de Revelaciones sobre el proceso de los comunistas en Colonia, de Karl Marx (Hottingen-Zúrich). Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 7 (Berlín, 1960, pp. 244-254), cotejado con la versión del Marxists' Internet Archive, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras, salvo la de Engels. Texto original en alemán.
El Comité Central a la Liga1
¡Hermanos!
En los dos años revolucionarios de 1848 y 1849 la Liga ha dado buena prueba de sí en un doble sentido: en primer lugar, porque sus miembros intervinieron enérgicamente en el movimiento en todas partes y estuvieron en primera línea en la prensa, en las barricadas y en los campos de batalla, en las filas de la única clase decididamente revolucionaria, el proletariado. La Liga ha dado prueba de sí, además, porque su concepción del movimiento, tal como estaba expuesta en las circulares de los congresos y del Comité Central de 1847 y en el Manifiesto comunista, ha resultado ser la única acertada; porque las expectativas formuladas en aquellos documentos se han cumplido por completo, y porque la concepción de la situación social actual que antes la Liga solo propagaba en secreto está ahora en boca de los pueblos y se predica públicamente en las plazas. Al mismo tiempo, la sólida organización que antes tenía la Liga se aflojó considerablemente. Una gran parte de los miembros, que participaban directamente en el movimiento revolucionario, creyó que había pasado la época de las sociedades secretas y que bastaba con la acción pública. Los distintos círculos y comunas dejaron que se relajaran y se adormecieran poco a poco sus relaciones con el Comité Central.2 Así, mientras el partido demócrata, el partido de la pequeña burguesía, se organizaba cada vez más en Alemania, el partido obrero perdía su único punto de apoyo firme, se mantenía organizado a lo sumo en algunas localidades para fines locales y caía así, en el movimiento general, por completo bajo el dominio y la dirección de los demócratas pequeñoburgueses. Hay que poner fin a esta situación; hay que restablecer la independencia de los obreros. El Comité Central comprendió esta necesidad y por eso, ya en el invierno de 1848 a 1849, envió a Alemania a un emisario, Joseph Moll, para reorganizar la Liga. La misión de Moll quedó, sin embargo, sin efecto duradero, en parte porque los obreros alemanes no tenían todavía experiencia suficiente, en parte porque la interrumpió la insurrección del pasado mes de mayo.3 El propio Moll empuñó el mosquete, ingresó en el ejército de Baden y el Palatinado y cayó el 29 de junio en el combate del Murg. La Liga perdió en él a uno de sus miembros más antiguos, más activos y más seguros, que había participado en todos los congresos y comités centrales y que ya antes había realizado con gran éxito una serie de viajes como emisario.4 Tras la derrota de los partidos revolucionarios de Alemania y de Francia en julio de 1849, casi todos los miembros del Comité Central han vuelto a reunirse en Londres, se han completado con nuevas fuerzas revolucionarias y han emprendido con renovado celo la reorganización de la Liga.
La reorganización solo puede hacerse por medio de un emisario, y el Comité Central considera de la mayor importancia que el emisario parta precisamente en este momento, cuando es inminente una nueva revolución y cuando, por tanto, el partido obrero tiene que presentarse lo más organizado, lo más unánime y lo más independiente posible, si no quiere que la burguesía vuelva a explotarlo y a llevarlo a remolque como en 1848.
Ya en 1848, hermanos, os dijimos que los burgueses liberales alemanes llegarían pronto al poder y volverían inmediatamente contra los obreros el poder recién conquistado. Habéis visto cómo se ha cumplido. En efecto, fueron los burgueses quienes, tras el movimiento de marzo de 1848, tomaron inmediatamente posesión del poder del Estado y utilizaron ese poder para devolver en el acto a los obreros, sus aliados en la lucha, a su anterior situación de oprimidos. Aunque la burguesía no pudo lograrlo sin aliarse con el partido feudal, apartado en marzo, y sin acabar incluso por devolver el poder a ese partido feudal y absolutista, se ha asegurado sin embargo unas condiciones que, a la larga, gracias a los apuros financieros del gobierno, pondrían el poder en sus manos y garantizarían todos sus intereses, si fuera posible que el movimiento revolucionario desembocara ya desde ahora en el llamado desarrollo pacífico. Para asegurar su dominio, la burguesía ni siquiera necesitaría hacerse odiosa con medidas de fuerza contra el pueblo, porque todas esas medidas de fuerza ya las ha ejecutado la contrarrevolución feudal. Pero el desarrollo no seguirá ese curso pacífico. Al contrario, la revolución que lo acelerará está muy próxima, ya la provoque un levantamiento independiente del proletariado francés o la invasión de la Santa Alianza contra la Babel revolucionaria.5
Y el papel que los burgueses liberales alemanes desempeñaron en 1848 frente al pueblo, ese papel tan traidor, lo asumirán en la revolución que se avecina los pequeñoburgueses demócratas, que hoy ocupan en la oposición la misma posición que los burgueses liberales antes de 1848. Este partido, el demócrata, mucho más peligroso para los obreros que el antiguo partido liberal, se compone de tres elementos:
I. De las fracciones más avanzadas de la gran burguesía, que persiguen como objetivo el derrocamiento inmediato y completo del feudalismo y del absolutismo. Esta fracción está representada por los antiguos conciliadores de Berlín, por los partidarios de la negativa a pagar impuestos.6
II. De los pequeñoburgueses demócratas constitucionales, cuyo objetivo principal durante el movimiento anterior fue el establecimiento de un Estado federal más o menos democrático, tal como lo pretendían sus representantes, la izquierda de la Asamblea de Fráncfort y más tarde el Parlamento de Stuttgart, y ellos mismos en la campaña por la Constitución del Imperio.7
III. De los pequeñoburgueses republicanos, cuyo ideal es una república federal alemana al estilo de Suiza y que ahora se llaman rojos y socialdemócratas porque abrigan el piadoso deseo de abolir la presión del gran capital sobre el pequeño, del gran burgués sobre el pequeñoburgués.8 Los representantes de esta fracción fueron los miembros de los congresos y comités demócratas, los dirigentes de las asociaciones demócratas, los redactores de los periódicos demócratas.
Todas estas fracciones se llaman ahora, después de su derrota, republicanas o rojas, del mismo modo que en Francia los pequeñoburgueses republicanos se llaman ahora socialistas. Allí donde, como en Wurtemberg, Baviera, etc., todavía encuentran ocasión de perseguir sus fines por la vía constitucional, aprovechan la ocasión para conservar sus viejas frases y demostrar con los hechos que no han cambiado en lo más mínimo. Por lo demás, se entiende que el cambio de nombre de este partido no cambia lo más mínimo su actitud frente a los obreros, sino que solo demuestra que ahora tiene que hacer frente a la burguesía unida con el absolutismo y apoyarse en el proletariado.
El partido demócrata pequeñoburgués es muy poderoso en Alemania; no solo abarca a la gran mayoría de los habitantes burgueses de las ciudades, a los pequeños comerciantes industriales y a los maestros artesanos, sino que arrastra tras de sí a los campesinos y al proletariado rural, mientras este no haya encontrado todavía un apoyo en el proletariado independiente de las ciudades.
La relación del partido obrero revolucionario con la democracia pequeñoburguesa es la siguiente: marcha con ella contra la fracción cuyo derrocamiento persigue; se le enfrenta en todo aquello con lo que esta quiera afianzarse en su propio provecho.
Los pequeñoburgueses demócratas, muy lejos de querer transformar toda la sociedad en beneficio de los proletarios revolucionarios, aspiran a un cambio de la situación social que les haga la sociedad existente lo más soportable y cómoda posible. Por eso exigen ante todo la reducción de los gastos del Estado mediante la limitación de la burocracia y el traslado de la carga fiscal principal a los grandes terratenientes y a los burgueses. Exigen además la supresión de la presión del gran capital sobre el pequeño mediante instituciones públicas de crédito y leyes contra la usura, lo que les permitiría, a ellos y a los campesinos, obtener anticipos en condiciones favorables del Estado en lugar de los capitalistas; y exigen asimismo la implantación de las relaciones burguesas de propiedad en el campo mediante la supresión completa del feudalismo. Para llevar a cabo todo esto necesitan una constitución democrática del Estado, ya sea constitucional o republicana, que les dé la mayoría a ellos y a sus aliados, los campesinos, y una constitución municipal democrática que ponga en sus manos el control directo de la propiedad municipal y una serie de funciones que hoy ejercen los burócratas.
Al dominio y al rápido crecimiento del capital se le opondrá además, en parte, la limitación del derecho de herencia y, en parte, el traspaso al Estado del mayor número posible de obras. En cuanto a los obreros, lo que está claro ante todo es que deben seguir siendo asalariados como hasta ahora; solo que los pequeñoburgueses demócratas desean para los obreros un salario mejor y una existencia más segura, y esperan conseguirlo mediante el empleo parcial por parte del Estado y mediante medidas de beneficencia; en una palabra, esperan sobornar a los obreros con limosnas más o menos disimuladas y quebrar su fuerza revolucionaria haciéndoles momentáneamente soportable su situación. Las reivindicaciones de la democracia pequeñoburguesa aquí resumidas no las defienden a la vez todas sus fracciones, y en su conjunto solo muy pocos de sus miembros las tienen presentes como objetivo determinado. Cuanto más lejos van algunas personas o fracciones de ella, tanto más harán suyas estas reivindicaciones, y los pocos que ven en lo anterior su propio programa creerían haber planteado con ello lo máximo que se puede exigir a la revolución. Pero estas reivindicaciones no pueden satisfacer en modo alguno al partido del proletariado. Mientras que los pequeñoburgueses demócratas quieren poner fin a la revolución lo antes posible y realizando a lo sumo las aspiraciones mencionadas, nuestro interés y nuestra tarea consisten en hacer la revolución permanente, hasta que todas las clases más o menos poseedoras hayan sido desplazadas del poder, el proletariado haya conquistado el poder del Estado y la asociación de los proletarios, no solo en un país, sino en todos los países dominantes del mundo entero, haya avanzado tanto que haya cesado la competencia entre los proletarios de esos países y que al menos las fuerzas productivas decisivas estén concentradas en manos de los proletarios. Para nosotros no puede tratarse de modificar la propiedad privada, sino solo de aniquilarla; no de disimular los antagonismos de clase, sino de abolir las clases; no de mejorar la sociedad existente, sino de fundar una nueva. No cabe duda de que, en el curso ulterior de la revolución, la democracia pequeñoburguesa obtendrá por un momento la influencia predominante en Alemania. La cuestión es, pues, cuál será la posición del proletariado, y en particular de la Liga, frente a ella:
1. mientras duren las circunstancias actuales, en que los demócratas pequeñoburgueses también están oprimidos;
2. en la próxima lucha revolucionaria, que les dará la preponderancia;
3. después de esa lucha, durante el tiempo de su preponderancia sobre las clases derrocadas y sobre el proletariado.
1. En el momento actual, en que los pequeñoburgueses demócratas están oprimidos en todas partes, predican al proletariado en general la unión y la reconciliación, le tienden la mano y aspiran a constituir un gran partido de oposición que abarque todos los matices del partido demócrata; es decir, aspiran a envolver a los obreros en una organización de partido en la que predominen las frases socialdemócratas generales, tras las que se esconden sus intereses particulares, y en la que, por mor de la santa paz, no puedan plantearse las reivindicaciones determinadas del proletariado. Semejante unión redundaría exclusivamente en su provecho y por completo en perjuicio del proletariado. El proletariado perdería toda su posición independiente, conquistada con tanto esfuerzo, y volvería a rebajarse a la condición de apéndice de la democracia burguesa oficial. Por tanto, hay que rechazar esta unión de la manera más resuelta. En lugar de rebajarse una vez más a servir de coro que aplaude a los demócratas burgueses, los obreros, y ante todo la Liga, tienen que esforzarse por crear, junto a los demócratas oficiales, una organización independiente, secreta y pública, del partido obrero, y por hacer de cada comuna el centro y el núcleo de asociaciones obreras en las que se discutan la posición y los intereses del proletariado con independencia de las influencias burguesas. Lo poco que les importa en serio a los demócratas burgueses una alianza en la que los proletarios estén a su lado con igual poder y con iguales derechos lo demuestran, por ejemplo, los demócratas de Breslau, que en su órgano, la Neue Oder-Zeitung, persiguen con la mayor saña a los obreros organizados de manera independiente, a los que tildan de socialistas.9 En caso de lucha contra un adversario común no hace falta ninguna unión especial. En cuanto hay que combatir directamente a un adversario así, los intereses de ambos partidos coinciden por el momento y, como hasta ahora, también en el futuro esa alianza, calculada solo para ese momento, se establecerá por sí sola. Se entiende que en los sangrientos conflictos que se avecinan, como en todos los anteriores, serán sobre todo los obreros quienes tendrán que conquistar la victoria con su valor, su decisión y su espíritu de sacrificio. Como hasta ahora, también en esta lucha la masa de los pequeñoburgueses se mostrará vacilante, indecisa e inactiva todo el tiempo que pueda, para luego, en cuanto la victoria esté decidida, apropiársela, invitar a los obreros a mantener la calma y a volver a su trabajo, impedir los llamados excesos y excluir al proletariado de los frutos de la victoria. No está en poder de los obreros impedir esto a los demócratas pequeñoburgueses, pero sí está en su poder dificultarles que se impongan frente al proletariado armado y dictarles condiciones tales que el dominio de los demócratas burgueses lleve desde el principio en sí el germen de su caída y que su posterior desplazamiento por el dominio del proletariado resulte considerablemente más fácil. Durante el conflicto e inmediatamente después de la lucha, los obreros tienen que oponerse ante todo, en la medida de lo posible, al apaciguamiento burgués y obligar a los demócratas a llevar a la práctica sus actuales frases terroristas. Tienen que procurar que la efervescencia revolucionaria inmediata no sea reprimida de nuevo justo después de la victoria. Al contrario, tienen que mantenerla todo el tiempo posible. Lejos de oponerse a los llamados excesos, a los ejemplos de venganza popular contra individuos odiados o contra edificios públicos a los que solo se asocian recuerdos odiosos, hay que no solo tolerar esos ejemplos, sino tomar en las propias manos su dirección. Durante la lucha y después de ella, los obreros tienen que plantear en cada ocasión, junto a las reivindicaciones de los demócratas burgueses, sus propias reivindicaciones. Tienen que exigir garantías para los obreros en cuanto los ciudadanos demócratas se dispongan a tomar el gobierno en sus manos. Tienen que arrancar esas garantías por la fuerza si es necesario y, en general, procurar que los nuevos gobernantes se comprometan a todas las concesiones y promesas posibles, que es el medio más seguro de comprometerlos. Tienen que contener en general, por todos los medios y en la mayor medida posible, la embriaguez de la victoria y el entusiasmo por la nueva situación que siguen a toda lucha callejera victoriosa, mediante una apreciación tranquila y fría de las circunstancias y una desconfianza abierta hacia el nuevo gobierno. Junto a los nuevos gobiernos oficiales tienen que establecer al mismo tiempo sus propios gobiernos obreros revolucionarios, ya sea en forma de juntas municipales o de consejos municipales, ya sea mediante clubes o comités obreros, de modo que los gobiernos democráticos burgueses no solo pierdan enseguida el respaldo de los obreros, sino que se vean desde el primer momento vigilados y amenazados por autoridades tras las cuales está toda la masa de los obreros. En una palabra: desde el primer momento de la victoria, la desconfianza ya no tiene que dirigirse contra el partido reaccionario vencido, sino contra los aliados de hasta entonces, contra el partido que quiere explotar en exclusiva la victoria común.
2. Pero para poder hacer frente con energía y en tono amenazador a ese partido, cuya traición a los obreros empezará desde la primera hora de la victoria, los obreros tienen que estar armados y organizados. Hay que imponer de inmediato el armamento de todo el proletariado con fusiles, carabinas, cañones y municiones, y hay que oponerse al restablecimiento de la antigua milicia cívica, dirigida contra los obreros.10 Allí donde esto último no pueda imponerse, los obreros tienen que intentar organizarse de manera independiente como guardia proletaria, con jefes elegidos por ellos mismos y con un estado mayor propio elegido por ellos mismos, y ponerse a las órdenes no del poder del Estado, sino de los consejos municipales revolucionarios impuestos por los obreros. Allí donde haya obreros empleados por cuenta del Estado, tienen que imponer su armamento y su organización en un cuerpo especial con jefes elegidos por ellos mismos o como parte de la guardia proletaria. Las armas y las municiones no deben entregarse bajo ningún pretexto; todo intento de desarme debe frustrarse, si es necesario, por la fuerza. Aniquilar la influencia de los demócratas burgueses sobre los obreros, organizar de inmediato a los obreros de manera independiente y armada, e imponer las condiciones más gravosas y comprometedoras posibles al dominio momentáneo e inevitable de la democracia burguesa: estos son los puntos principales que el proletariado, y por tanto la Liga, tiene que tener presentes durante y después de la insurrección que se avecina.
3. En cuanto los nuevos gobiernos se hayan consolidado en cierta medida, empezará en el acto su lucha contra los obreros. Para poder hacer frente entonces con fuerza a los pequeñoburgueses demócratas es necesario ante todo que los obreros estén organizados y centralizados de manera independiente en clubes. El Comité Central, en cuanto le sea mínimamente posible tras el derrocamiento de los gobiernos existentes, se trasladará a Alemania, convocará de inmediato un congreso y le someterá las propuestas necesarias para la centralización de los clubes obreros bajo una dirección establecida en el centro principal del movimiento. La rápida organización de al menos una unión provincial de los clubes obreros es uno de los puntos más importantes para el fortalecimiento y el desarrollo del partido obrero; la consecuencia inmediata del derrocamiento de los gobiernos existentes será la elección de una representación nacional. Aquí el proletariado tiene que procurar:
I. que no se excluya a ningún grupo de obreros con ningún pretexto mediante triquiñuelas de las autoridades locales o de los comisarios del gobierno;
II. que en todas partes se presenten, junto a los candidatos demócratas burgueses, candidatos obreros que, en la medida de lo posible, sean miembros de la Liga, y cuya elección hay que impulsar por todos los medios posibles. Incluso allí donde no haya ninguna perspectiva de que salgan elegidos, los obreros tienen que presentar sus propios candidatos para conservar su independencia, contar sus fuerzas y dar a conocer públicamente su posición revolucionaria y los puntos de vista de su partido. No deben dejarse sobornar en esto por las frases de los demócratas, como, por ejemplo, que así se divide el partido demócrata y se da a la reacción la posibilidad de vencer. Todas esas frases tienen en el fondo un único fin: engañar al proletariado. Los progresos que el partido proletario tiene que hacer con una actuación independiente de este tipo son infinitamente más importantes que el perjuicio que pueda causar la presencia de unos cuantos reaccionarios en la asamblea representativa. Si la democracia actúa desde el principio de manera decidida y terrorista contra la reacción, la influencia de esta en las elecciones quedará aniquilada de antemano.
El primer punto en el que los demócratas burgueses entrarán en conflicto con los obreros será la abolición del feudalismo; como en la primera Revolución francesa, los pequeñoburgueses querrán entregar las tierras feudales a los campesinos como propiedad libre, es decir, querrán dejar subsistir el proletariado rural y formar una clase campesina pequeñoburguesa que recorra el mismo ciclo de empobrecimiento y endeudamiento en que todavía se encuentra hoy el campesino francés.
Los obreros tienen que oponerse a este plan en interés del proletariado rural y en su propio interés. Tienen que exigir que la propiedad feudal confiscada siga siendo propiedad del Estado y se destine a colonias obreras que cultive el proletariado rural asociado con todas las ventajas de la gran agricultura, con lo que el principio de la propiedad común obtendrá enseguida una base firme en medio de las vacilantes relaciones burguesas de propiedad. Así como los demócratas se alían con los campesinos, los obreros tienen que aliarse con el proletariado rural. Además, los demócratas trabajarán o bien directamente por la república federal o bien, si no pueden evitar la república una e indivisible, intentarán al menos paralizar el gobierno central mediante la mayor autonomía e independencia posibles de los municipios y las provincias. Frente a este plan, los obreros no solo tienen que trabajar por la república alemana una e indivisible, sino, dentro de ella, por la más decidida centralización del poder en manos del poder del Estado. No deben dejarse confundir por la palabrería democrática sobre la libertad de los municipios, el autogobierno, etc. En un país como Alemania, donde quedan por eliminar tantos restos de la Edad Media, donde hay que quebrar tanta terquedad local y provincial, no se puede tolerar en ningún caso que cada aldea, cada ciudad, cada provincia ponga un nuevo obstáculo en el camino de la actividad revolucionaria, que solo puede partir con toda su fuerza del centro. No se puede tolerar que se renueve la situación actual, en la que los alemanes tienen que pelear por separado en cada ciudad y en cada provincia por un mismo progreso. Y menos aún se puede tolerar que una forma de propiedad que todavía está por detrás de la propiedad privada moderna y que en todas partes acaba necesariamente disolviéndose en ella, la propiedad municipal, con las disputas entre municipios pobres y ricos que de ella se derivan, así como la vecindad municipal, que existe junto a la ciudadanía del Estado con sus triquiñuelas contra los obreros, se eternicen mediante una supuesta constitución municipal libre.11 Como en Francia en 1793, la tarea del partido verdaderamente revolucionario en la Alemania de hoy es llevar a cabo la centralización más estricta.12
Hemos visto cómo los demócratas llegarán al poder en el próximo movimiento y cómo se verán obligados a proponer medidas más o menos socialistas. Se preguntará qué medidas deben proponer los obreros frente a ellas. Naturalmente, al comienzo del movimiento los obreros no pueden proponer todavía medidas directamente comunistas. Pero pueden:
1. obligar a los demócratas a intervenir en el mayor número posible de aspectos del orden social existente, a perturbar su marcha regular y a comprometerse ellos mismos, así como a concentrar en manos del Estado la mayor cantidad posible de fuerzas productivas, medios de transporte, fábricas, ferrocarriles, etc.
2. Tienen que llevar al extremo las propuestas de los demócratas, que en todo caso no se presentarán como revolucionarias, sino como meramente reformistas, y convertirlas en ataques directos contra la propiedad privada. Así, por ejemplo, si los pequeñoburgueses proponen comprar los ferrocarriles y las fábricas, los obreros tienen que exigir que el Estado confisque esos ferrocarriles y fábricas, como propiedad de reaccionarios, lisa y llanamente y sin indemnización. Si los demócratas proponen el impuesto proporcional, los obreros exigen el progresivo; si los propios demócratas proponen un impuesto progresivo moderado, los obreros insisten en un impuesto cuyos tipos suban tan deprisa que el gran capital se hunda con él; si los demócratas piden la regulación de la deuda pública, los obreros piden la bancarrota del Estado. Las reivindicaciones de los obreros tendrán, pues, que ajustarse en todas partes a las concesiones y medidas de los demócratas.
Si los obreros alemanes no pueden llegar al poder y a la realización de sus intereses de clase sin pasar por completo por un desarrollo revolucionario bastante largo, esta vez tienen al menos la certeza de que el primer acto de este drama revolucionario que se avecina coincidirá con la victoria directa de su propia clase en Francia y se acelerará mucho por ello.
Pero son ellos mismos quienes más tienen que hacer por su victoria final: tomar conciencia de sus intereses de clase, ocupar cuanto antes su posición independiente de partido y no dejarse apartar ni un instante, por las frases hipócritas de los pequeñoburgueses demócratas, de la organización independiente del partido del proletariado. Su grito de guerra tiene que ser: la revolución en permanencia.13
Londres, marzo de 1850
Zentralbehörde («autoridad central») era el nombre del órgano dirigente de la Liga de los Comunistas (Bund der Kommunisten), que tenía su sede en Londres; lo traducimos por «Comité Central». ↩
La Liga se organizaba en comunas (Gemeinden), grupos de base de tres a veinte miembros, agrupadas en círculos (Kreise) bajo una dirección de círculo, por encima de las cuales estaban el Comité Central y el congreso. En este texto «comuna» designa esas unidades de la Liga, y «municipio» o «municipal» la administración local. ↩
La insurrección de mayo de 1849 en Sajonia, Renania, Baden y el Palatinado, en defensa de la Constitución del Imperio aprobada por la Asamblea de Fráncfort. Las tropas prusianas y sajonas la aplastaron entre mayo y julio de 1849. ↩
Joseph Moll (1813-1849), relojero de Colonia, uno de los dirigentes de la Liga de los Justos y después de la Liga de los Comunistas. Cayó en el combate del río Murg, en Baden, durante la campaña de 1849, en la que también combatió Engels. ↩
La Santa Alianza, pacto de las monarquías de Rusia, Austria y Prusia firmado en 1815 contra los movimientos revolucionarios. La «Babel revolucionaria» es París. ↩
Los «conciliadores» (Vereinbarer) eran los diputados de la Asamblea Nacional prusiana de 1848, convocada para «acordar» (vereinbaren) una constitución con la Corona. En noviembre de 1848, cuando el gobierno la trasladó fuera de Berlín y luego la disolvió, su mayoría llamó a no pagar los impuestos. ↩
La Asamblea Nacional de Fráncfort (1848-1849), primer parlamento de toda Alemania. Sus restos, sobre todo la izquierda, se trasladaron a Stuttgart en junio de 1849 (el llamado Parlamento residual), donde fueron dispersados por las tropas de Wurtemberg. La campaña por la Constitución del Imperio es el movimiento de mayo-julio de 1849 citado en la nota 3. ↩
En Francia, los «demócratas socialistas» eran la coalición de republicanos pequeñoburgueses y socialistas formada en 1849 en torno a Ledru-Rollin, la llamada Montaña. ↩
La Neue Oder-Zeitung («Nuevo Periódico del Óder»), diario demócrata de Breslau (hoy Wrocław), en Silesia, publicado desde 1849. ↩
Bürgerwehr: las milicias cívicas armadas creadas en las ciudades alemanas en 1848, compuestas sobre todo por burgueses y empleadas contra los obreros. ↩
Gemeindebürgerrecht: el derecho de vecindad, que daba acceso a los bienes y prestaciones del municipio y que los municipios podían negar a los forasteros pobres, en particular a los obreros. ↩
(Nota de Engels a la edición de 1885.) Hay que recordar hoy que este pasaje se basa en un malentendido. Entonces se daba por sentado, gracias a los falsificadores bonapartistas y liberales de la historia, que la máquina administrativa centralizada francesa había sido introducida por la gran Revolución y manejada sobre todo por la Convención como arma indispensable y decisiva para vencer a la reacción realista y federalista y al enemigo exterior. Pero hoy es un hecho conocido que, durante toda la Revolución, hasta el 18 de brumario, toda la administración de los departamentos, distritos y municipios estuvo formada por autoridades elegidas por los propios administrados, que se movían con plena libertad dentro de las leyes generales del Estado; que este autogobierno provincial y local, semejante al norteamericano, fue precisamente la palanca más poderosa de la revolución, y hasta tal punto que Napoleón, inmediatamente después de su golpe de Estado del 18 de brumario, se apresuró a sustituirlo por el régimen de prefectos que todavía existe y que fue, por tanto, desde el principio un puro instrumento de la reacción. Pero así como el autogobierno local y provincial no contradice la centralización política y nacional, tampoco está necesariamente ligado a ese egoísmo cantonal o municipal de miras estrechas que tan repugnante nos resulta en Suiza y que en 1849 todos los republicanos federalistas del sur de Alemania querían convertir en la norma en Alemania. ↩
«Die Revolution in Permanenz», literalmente «la revolución en permanencia». Recoge lo dicho antes en el texto: «hacer la revolución permanente» (die Revolution permanent zu machen) hasta la conquista del poder por el proletariado. Por las mismas fechas, en Las luchas de clases en Francia, Marx define el socialismo revolucionario como «la declaración de la permanencia de la revolución» y como la dictadura de clase del proletariado. De esta fórmula toma su nombre la teoría de la revolución permanente. ↩