Escrito en inglés por Friedrich Engels a comienzos de abril de 1853 y publicado sin firma como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 3748, del 21 de abril de 1853. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 9 (Berlín, 1960, pp. 31-35), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto en alemán.

Hemos visto cómo los estadistas de Europa, con su terca estupidez, su rutina anquilosada y su pereza intelectual heredada, retroceden ante el mero intento de responder a esta pregunta. Aberdeen y Palmerston, Metternich y Guizot,1 por no hablar de sus sucesores republicanos y constitucionales de los años 1848 a 1852, cuyos nombres nunca llegarán a la posteridad, todos ellos desesperan de resolver esta cuestión. Pero, pese a todas las notas diplomáticas, intrigas y maquinaciones de Inglaterra y de Francia, Rusia avanza paso a paso, despacio pero sin descanso, hacia Constantinopla.

Y aunque todos los partidos de todos los países de Europa son bien conscientes del hecho de este avance continuo, ningún estadista oficial ha sabido explicarlo todavía. Ven el efecto de ese hecho, ven incluso su última consecuencia, pero la causa les queda oculta, aunque nada es más fácil de explicar.

El gran resorte que acelera el avance de Rusia hacia Constantinopla no es otro que el mismo medio que debería impedirlo: la teoría hueca, nunca llevada a la práctica, del mantenimiento del statu quo.

¿En qué consiste ese statu quo? Para los súbditos cristianos de la Puerta no significa otra cosa que la perpetuación de su opresión por Turquía. Y mientras estén subyugados por el dominio turco, verán en el jefe de la Iglesia ortodoxa griega, el soberano de sesenta millones de cristianos griegos, a su protector y libertador natural, sea lo que sea en otros aspectos. Así ocurre que el mismo sistema diplomático inventado para evitar las usurpaciones rusas obliga a diez millones de cristianos griegos de la Turquía europea a dirigirse a Rusia en busca de protección y ayuda.

Veamos los hechos históricos. Ya antes de Catalina II, Rusia no desperdició ocasión de crearse en Moldavia y Valaquia una situación favorable. Esto se consiguió por fin en el tratado de Adrianópolis (1829)2 hasta tal punto que hoy esos principados están más sometidos a Rusia que a Turquía. Cuando en 1804 estalló la revolución en Serbia, Rusia tomó enseguida bajo su protección a los rayas sublevados y, tras apoyarlos en dos guerras, les aseguró en dos tratados la autonomía en los asuntos de administración interior. ¿Quién decidió la lucha en la insurrección de los griegos? No fueron las conspiraciones y revueltas de Alí Bajá de Janina,3 ni la batalla de Navarino, ni el ejército francés de Morea, ni las conferencias y protocolos de Londres, sino Diébich, que cruzó los Balcanes con el ejército ruso y entró en el valle del Maritsa. ¡Y mientras Rusia se dedicaba con todo descaro a despedazar Turquía, los diplomáticos occidentales no se cansaban de seguir garantizando el mantenimiento del sagrado statu quo y la inviolabilidad del Imperio otomano!

Mientras esa tradición del mantenimiento a toda costa del statu quo y de la independencia de Turquía en su estado actual siga siendo el hilo conductor de la diplomacia occidental, nueve décimas partes de la población de la Turquía europea verán en Rusia su único apoyo, su libertador, su mesías.

Supongamos por un momento que la península grecoeslava se hubiera liberado del dominio turco y que existiera allí un gobierno más conforme a las necesidades del pueblo: ¿cómo quedaría entonces la posición de Rusia? Es de todos sabido que en cada Estado del territorio turco que ha sabido hacerse total o parcialmente independiente ha surgido enseguida un fuerte partido antirruso. Y si eso ocurre ya en un tiempo en que los vasallos ven en Rusia su único refugio frente a la opresión turca, ¿qué no habrá que esperar cuando haya desaparecido el miedo a esa opresión?

Pero ¿no estallaría una guerra mundial si desapareciera la influencia turca en el Bósforo, si se liberaran las distintas nacionalidades y confesiones de la península balcánica, si se abrieran de par en par las puertas a las maquinaciones y atentados, a los deseos e intereses contrapuestos de todas las grandes potencias de Europa? Eso se pregunta la diplomacia de la cobardía y la rutina.

¡No hay que esperar, naturalmente, que los Clarendon, los Palmerston, los Aberdeen y demás ministros de Asuntos Exteriores europeos sean capaces de semejante hazaña! Solo pensarlo los hace estremecerse. Pero quien, al estudiar la historia, ha aprendido a admirar el eterno cambio de los destinos humanos, en el que nada es constante sino la inconstancia ni nada inmutable sino el cambio; quien ha seguido la marcha férrea de la historia, cuyas ruedas pasan sin compasión sobre las ruinas de grandes imperios aplastando sin piedad a generaciones enteras; quien, en una palabra, tiene los ojos abiertos para ver que ningún llamamiento demagógico ni ninguna proclama sediciosa pueden obrar de modo tan revolucionario como los simples hechos desnudos de la historia humana; quien es capaz de captar el enorme carácter revolucionario de nuestra época, en la que el vapor y el viento, la electricidad y la imprenta, la artillería y los yacimientos de oro, aliados entre sí, producen en un año más cambios y revoluciones que antes todo un siglo, ese no retrocederá ciertamente ante esta cuestión histórica porque su verdadera solución pudiera traer consigo una guerra europea.

No, la diplomacia y el gobierno en el sentido tradicional nunca resolverán esta dificultad. La solución del problema turco queda reservada, como la de tantos otros problemas, a la revolución europea. Y no es ninguna presunción incluir en el ámbito de este gran movimiento una cuestión que a primera vista parece ajena a él. Desde 1789 los mojones de la revolución no han dejado de avanzar. Los últimos se llamaron Varsovia, Debrecen y Bucarest; los puestos avanzados de la próxima revolución tienen que ser San Petersburgo y Constantinopla. Esos son los dos puntos más vulnerables por donde hay que atacar al coloso contrarrevolucionario ruso.

Sería un juego ocioso de la fantasía querer trazar un plan preciso del reparto de la Turquía europea. Podrían imaginarse por lo menos veinte proyectos así, cada uno tan plausible como el otro. Pero no queremos ocuparnos de proyectos fantásticos y ociosos, sino tratar de sacar conclusiones generales de hechos indiscutibles. Y, vista desde este punto, la cuestión tiene dos caras.

En primer lugar, es un hecho innegable que la península a la que se llama sin más Turquía europea es la herencia natural de la raza eslava del sur. De sus doce millones de habitantes, siete millones pertenecen a esta raza. Desde hace mil doscientos años está en posesión del suelo. Aparte de una población escasa que, aunque de origen eslavo, ha adoptado la lengua griega, sus competidores son bárbaros turcos o arnautas que hace tiempo que se han revelado como adversarios obstinados de todo progreso. En cambio, los eslavos del sur son, en el interior del país, los únicos portadores de la civilización. No son todavía una nación, pero tienen ya en Serbia un núcleo nacional vigoroso y relativamente ilustrado. Los serbios tienen una historia propia y una literatura propia. Su actual autonomía interior la deben a once años de valerosa lucha contra un enemigo muy superior en número. En los últimos veinte años han progresado rápidamente en cultura y en civilización general. Los cristianos de Bulgaria, Tracia, Macedonia y Bosnia ven en Serbia el centro en torno al cual se agruparán todos en las luchas que se avecinan por su independencia nacional. En pocas palabras, puede afirmarse que, cuanto más se han consolidado Serbia y la nacionalidad serbia, tanto más ha quedado relegada a segundo plano la influencia directa de Rusia sobre los eslavos de Turquía; porque Serbia, para poder afirmar su posición propia de Estado cristiano, ha tenido que tomar de la Europa occidental sus instituciones políticas, sus escuelas, su ciencia y la organización de su industria. Así se explica también la anomalía de que Serbia, pese al protectorado ruso, sea desde su emancipación una monarquía constitucional.

Por muchos lazos que tiendan entre rusos y eslavos del sur el parentesco de sangre y la religión común, sus intereses divergirán decididamente desde el día en que estos últimos se liberen. Lo explican las exigencias del comercio que se derivan de la situación geográfica de ambos países. Rusia, un país compacto de tierra adentro, produce hoy sobre todo productos agrícolas, y quizá más adelante también productos industriales. La península grecoeslava tiene una extensión relativamente pequeña, pero sus extensas costas las bañan tres mares, uno de los cuales domina; hoy es principalmente un país comercial de tráfico de tránsito, aunque posee también excelentes recursos para desarrollar una producción propia. La economía de Rusia tiende al monopolio; la de los eslavos del sur, a la ampliación del mercado. Además, son competidores en Asia central; pero mientras que Rusia tiene allí el más vivo interés en colocar exclusivamente sus propios productos, los eslavos del sur tienen ya hoy el más vivo interés en introducir en los mercados de Oriente los productos de la Europa occidental. ¿Cómo sería posible, entonces, que estas dos naciones se entendieran? Los eslavos del sur de Turquía y los griegos tienen de hecho, ya hoy, muchos más intereses comunes con la Europa occidental que con Rusia. Y en cuanto las líneas de ferrocarril que van de Ostende, El Havre y Hamburgo a Budapest se prolonguen hasta Belgrado y Constantinopla (como se proyecta ahora), la influencia de la civilización y del comercio occidentales en el sudeste de Europa se hará duradera.

Por otra parte, los eslavos de Turquía sufren de manera especialmente dura el yugo de una clase mahometana de ocupantes militares a la que tienen que mantener. Esa ocupación militar reúne en sí todas las funciones públicas, tanto militares como civiles y judiciales. Pero ¿qué es el sistema de gobierno ruso, allí donde no está entreverado con instituciones feudales, sino una ocupación militar en la que las autoridades civiles y la jerarquía judicial están organizadas con criterios militares y en la que el pueblo tiene que pagarlo todo? Quien crea que semejante sistema puede seducir a los eslavos del sur, que estudie la historia de Serbia desde 1804: Karađorđe, el fundador de la independencia serbia, fue abandonado por el pueblo, y Mijaíl Obrenović, que restableció la independencia, fue expulsado del país ignominiosamente,4 porque habían intentado implantar el sistema autocrático ruso con su séquito de corrupción, burocracia semimilitar y explotación a lo bajá.

He aquí, pues, la solución sencilla y definitiva de la cuestión. La historia y los hechos de nuestro tiempo señalan por igual la necesidad de erigir en Europa, sobre las ruinas del imperio musulmán, un Estado cristiano libre e independiente. El próximo avance revolucionario puede provocar ya el conflicto, madurado desde hace mucho, entre el absolutismo ruso y la democracia europea. Inglaterra tiene que tomar parte en ese conflicto, sea cual sea el gobierno que esté al timón. Inglaterra nunca podrá consentir que Rusia se apodere de Constantinopla. Tiene que hacer causa común con los enemigos del zar y favorecer la formación de un imperio eslavo independiente en lugar de la Sublime Puerta, decrépita y podrida.

  1. Klemens von Metternich (1773-1859), canciller de Austria hasta 1848; François Guizot (1787-1874), ministro de Asuntos Exteriores y jefe del gobierno de Luis Felipe hasta 1848. ↩

  2. La paz de Adrianópolis puso fin a la guerra ruso-turca de 1828-1829. ↩

  3. Alí Bajá de Janina (1744-1822), bajá de Janina, que se rebeló contra el sultán en 1820. ↩

  4. Mihailo Obrenović (1823-1868), príncipe de Serbia, expulsado en 1842; la autonomía la había conquistado su padre, Miloš Obrenović (1780-1860), jefe de la insurrección de 1815, que tuvo que abdicar en 1839. Karađorđe (Đorđe Petrović, 1768-1817) dirigió la insurrección de 1804. ↩