Escrito en inglés por Karl Marx (correspondencia fechada en Berlín el 28 de mayo de 1860) y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 5972, del 14 de junio de 1860. El original inglés no está disponible en una edición libre; traducimos de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 55-59), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW, que pone entre corchetes su primera parte. Se corrigen erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Berlín, 28 de mayo de 1860
Aquí, como en toda Europa, las hazañas de Garibaldi en Sicilia son, naturalmente, el tema dominante de conversación. Pues bien, ya saben ustedes que el telégrafo no se había puesto nunca en marcha de modo tan desvergonzado como en el caso presente, tanto desde Nápoles como desde Génova o Turín. Nunca cayeron sobre Europa las langostas en tal cantidad como ahora los canards [bulos] eléctricos. Parece, pues, que vale la pena resumir en pocas palabras las opiniones que se tienen aquí, en los círculos militares más competentes, sobre los asuntos de Sicilia. En primer lugar, como es sabido, la insurrección duró un mes entero antes de la aparición de Garibaldi; pero, por extraordinariamente significativo que sea este hecho, puede sobrestimarse, como ha mostrado el Constitutionnel de París.1 Las fuerzas militares de que disponía Nápoles en Sicilia antes de que se enviara allí al general Lanza2 con tropas de refresco apenas sumaban 20.000 hombres, de los que la mayor parte, con mucho, tenía que concentrarse en las fortalezas de Palermo y Mesina, de modo que el cuerpo volante disponible para perseguir a los insurrectos podía, desde luego, jactarse de varios choques afortunados, dispersar al adversario en determinados puntos e inquietarlo en distintas direcciones, pero por fuerza tenía que resultar del todo insuficiente para sofocar por completo el levantamiento. En este momento parecen estar reunidos en Palermo unos 30.000 hombres de tropas napolitanas, de los que dos tercios ocupan la fortaleza, mientras que un tercio ha acampado fuera de su recinto. Se dice que 15.000 napolitanos ocupan Mesina. Ahora bien, según las últimas noticias, Garibaldi no había avanzado más allá de Monreale. Es verdad que este lugar está en las montañas que dominan Palermo por el lado de tierra, pero para aprovechar las posibilidades que ofrece esa posición a Garibaldi le falta hasta ahora el requisito más importante, a saber, artillería de sitio. Las posibilidades inmediatas de Garibaldi, cuyo ejército cuenta unos 12.000 hombres, dependerán por consiguiente de dos circunstancias importantes: de la rápida extensión de la insurrección por toda la isla y de la actitud de los soldados napolitanos en Palermo. Si estos vacilan y riñen con los mercenarios extranjeros que hay entre ellos, los medios de defensa de Lanza pueden deshacérsele entre las manos. Si la insurrección desarrolla mucha fuerza vital, el ejército de Garibaldi crecerá hasta alcanzar dimensiones amenazadoras. Si Garibaldi llegara a entrar en Palermo, tomará todo lo que tiene por delante, salvo Mesina, donde la difícil tarea empieza de nuevo. Recordarán ustedes que en 1848-1849 los napolitanos lo habían perdido todo salvo Mesina, que servía de tête-de-pont [cabeza de puente] entre Sicilia y Nápoles; entonces Mesina bastó para reconquistar toda la isla. La caída de Palermo y el dominio militar de toda la isla, salvo Mesina, por los patriotas tendría, sin embargo, esta vez una importancia más decisiva que en 1848-1849, por el cambio de las circunstancias políticas. Si Garibaldi somete Palermo, el «rey de Italia» lo apoyará oficialmente. Si fracasa, su incursión será desautorizada como aventura privada. Hay algo así como un patetismo irónico en las palabras de Garibaldi a Víctor Manuel, en las que comunica al rey que va a conquistar para él una nueva provincia y que espera que el rey no la vuelva a vender como Niza, la ciudad natal de Garibaldi.3
El primer lugar entre los temas de la política prusiana lo ocupa naturalmente, en la opinión pública, la carta privada del príncipe de Prusia al príncipe consorte de Inglaterra.4 El príncipe de La Tour d'Auvergne, embajador de Luis Bonaparte en la corte de Berlín, no solo tuvo la desfachatez de entregar al señor von Schleinitz, ministro prusiano de Asuntos Exteriores, una copia de esa carta, sino que llegó a pedir explicaciones sobre algunos pasajes de ella que se referían al carácter y a los planes del gran saltimbanque [saltimbanqui] de París. Este suceso recuerda un incidente parecido ocurrido poco antes de la ratificación del tratado de Hunkiar-Iskelesi en 1833.5 El gran visir, que había transmitido por entonces a la embajada británica en Constantinopla una copia del tratado secreto redactado por el conde Orlov,6 quedó muy consternado cuando, al día siguiente, para su no muy grata sorpresa, el conde Orlov le devolvió esa misma copia con el malicioso consejo de buscarse en adelante confidentes mejores. En Berlín todo el mundo está convencido de que con la carta del príncipe regente, enviada por correo vía Ostende y no vía Calais, se entretuvo el servicio de correos inglés, donde a todas luces se emplea a un numeroso personal en husmear en las cartas sospechosas, práctica que se lleva tan lejos que, en tiempos del gabinete de coalición, el conde de Aberdeen7 confesó que no se atrevía a confiar al correo sus propias cartas a sus amigos de Londres. Se sospecha que lord Palmerston, que tiene así en su poder una copia de la carta del príncipe regente, hizo llegar a manos del embajador francés en Londres una copia de ella, por malquerencia hacia el príncipe Alberto y en interés de la alianza anglo-franco-rusa. En todo caso, el camino de la proyectada y tan comentada alianza anglo-prusiana es todo menos llano.
Hace unos meses, cuando lord John Russell descubrió una buena mañana que Inglaterra tenía que salir en busca de nuevas alianzas, y cuando la noticia fue acogida con mucho entusiasmo pueril en los círculos oficiales de Berlín, apareció de repente, en forma de documento parlamentario inglés, un despacho de lord Bloomfield8 al Ministerio de Asuntos Exteriores de Downing Street que reproducía una conversación privada que había mantenido durante la última guerra de Italia con el señor von Schleinitz y que comprometía tristemente la honradez de la política exterior prusiana. Lord John reconoció en su momento haber cometido una indiscreción inaudita, pero el primer golpe contra la nueva alianza estaba dado. El segundo golpe es el extravío de la carta del príncipe regente.
Habrán observado ustedes que el príncipe, en su discurso de la Corona,9 habla muy enfáticamente de la defensa de los derechos establecidos por los tratados y del frente unido que Alemania está dispuesta a oponer a toda violación de la independencia y la integridad de la patria común. La desagradable impresión que la amenaza manifiesta había dejado en la Bolsa de París la ha atenuado la revista rusa Le Nord,10 que, en un tono de irónica y condescendiente bonhomie [campechanía], despoja el discurso del príncipe de toda significación seria, recuerda frases parecidas que pronunció durante la guerra de Italia y caracteriza por último todo el pasaje como mera concesión al sentir del pueblo. En cuanto al resto del discurso del príncipe, no es en realidad más que una enumeración de fracasos legislativos. Los únicos proyectos importantes debatidos por las cámaras —la proyectada ley de matrimonio y las leyes sobre la administración municipal y sobre la reforma de la contribución territorial, de la que la nobleza sigue exenta en la mayor parte del reino— han fracasado todos. Además, el príncipe se queja de que sus medidas favoritas sobre la reforma del ejército no hayan recibido aún la sanción legislativa.
Aunque el gobierno se ha mostrado incapaz de sacar adelante su proyecto de reforma del ejército incluso con la actual Cámara de Diputados, cuya gran mayoría la forman partidarios del partido del gobierno, ha obtenido por fin un crédito extraordinario de nueve millones y medio de táleros para gastos militares, mientras que, al mismo tiempo —según me informan cartas de las provincias—, los cambios proyectados en la organización del ejército se introducen calladamente en la práctica, de modo que a las cámaras, cuando vuelvan a reunirse, no les quedará otra alternativa que sancionar lo que para entonces se habrá convertido en un fait accompli [hecho consumado]. El meollo de la reforma proyectada del ejército lo explica la Baltische Monatsschrift, una revista ruso-alemana que aparece en Riga y se imprime con permiso del gobernador general ruso de Livonia, Estonia y Curlandia.
«La reforma prusiana del ejército —escribe esta publicación—, iniciada inmediatamente después de la paz de Villafranca, difícilmente puede servir a otro fin que emancipar al gobierno de la apelación directa a toda la población, apelación que con el sistema militar vigente hasta ahora se hacía inevitable siempre que el gobierno consideraba necesario respaldar su política con demostraciones bélicas. Con las agrupaciones políticas actuales de Europa, un Estado como Prusia, que todavía tiene que luchar por su pleno reconocimiento como gran potencia, no puede suspender toda su vida de paz en cada caso en que juzgue necesario emplear su poder militar, ni garantizar en cada caso a la nación llamada a las armas que se llegará de verdad a combatir. En el sistema de la Landwehr hay una cierta contradicción democrática con el principio monárquico. La doble movilización de 1850 y 1859, en un tiempo relativamente corto, a la que nunca siguió una acción bélica, sino solo la desmovilización, pareció menoscabar incluso la autoridad de la política exterior del Estado ante gran parte de la población prusiana. Precisamente de las circunstancias que acompañaron a ambas movilizaciones parece haber sacado la opinión popular la conclusión de que el gobierno, en todo empleo del poder militar, está sujeto a la conformidad del público. Hasta las explicaciones oficiales sobre la conducta de Prusia ante las complicaciones italianas contienen la confesión de que la movilización de la Landwehr tropezó con obstáculos inesperados.»
De ello concluye la publicación ruso-alemana que Prusia debería deshacerse del sistema de la Landwehr en su forma actual, pero a la vez insinúa con una sonrisa irónica que «semejante cambio de una de las instituciones más populares, precisamente en este momento en que Prusia se da aires de estar en el terreno del liberalismo», es una operación muy delicada. Permítanme observar aquí que esta Baltische Monatsschrift, que aparece en Riga bajo tutela zarista, es en cierta medida la contrapartida del Straßburger Correspondent, que se publica en Estrasburgo bajo influencia bonapartista. Ambos escaramucean en las fronteras alemanas, el uno por el este y el otro por el oeste. A los corresponsales del uno se los puede considerar cosacos literarios; a los del otro, zuavos literarios. Ambos fingen una gran preocupación por Alemania y rebosan de sabios consejos para el país cuya lengua materna, después de todo, se dignan utilizar. Ambos se esfuerzan por preparar a la patria para grandes cambios futuros, y ambos huelen a la entente cordiale [entente cordial] que une justamente ahora el cesarismo de París con el zarismo de San Petersburgo. Pero aquí se acaba el parecido. Aunque el periódico de Estrasburgo exhale ese aroma particular de falsa dignidad melodramática característico de la literatura bohemia del Segundo Imperio francés, está escrito en el estilo campechano propio de la Alemania del sur. Apela al sentido común y desde luego no tiene pretensiones de categoría literaria. La revista de Riga, en cambio, se pavonea con una mesura didáctica y una profundidad metafísica que huelen a las tradiciones de la Universidad de Königsberg. Con todo, considero necias manifestaciones de una incapacidad pueril los arrebatos de cólera patriótica con que la prensa alemana ataca tanto a la Monatsschrift como al Correspondent, y sobre todo a este último.
Periódico parisino, órgano oficioso del gobierno de Napoleón III. ↩
Ferdinando Lanza (1785-1865), general napolitano, comandante en jefe en Sicilia desde mayo de 1860; capituló en Palermo el 6 de junio. ↩
Garibaldi desembarcó en Marsala el 11 de mayo de 1860 con los Mil. Niza, su ciudad natal, había sido cedida a Francia, junto con Saboya, por el tratado de Turín del 24 de marzo de 1860, a cambio del apoyo francés al Piamonte. ↩
Carta del príncipe regente Guillermo de Prusia (1797-1888) al príncipe Alberto (1819-1861), esposo de la reina Victoria, con juicios sobre la política de Napoleón III. Henri de La Tour d'Auvergne-Lauraguais (1823-1871), embajador de Francia en Berlín. ↩
Tratado de alianza defensiva entre Rusia y el Imperio otomano firmado en Hunkiar-Iskelesi (Hünkâr İskelesi), cerca de Constantinopla, el 8 de julio de 1833; un artículo secreto obligaba a la Puerta a cerrar los Dardanelos a los buques de guerra extranjeros a petición de Rusia. ↩
Alexéi Fiódorovich Orlov (1786-1861), diplomático ruso, negociador del tratado. ↩
George Hamilton-Gordon, conde de Aberdeen (1784-1860), primer ministro del gabinete de coalición de whigs y peelitas de 1852 a 1855. ↩
John Arthur Douglas Bloomfield (1802-1879), embajador británico en Berlín de 1851 a 1860. ↩
Discurso del príncipe regente al clausurar la sesión del Landtag prusiano, en mayo de 1860. ↩
Periódico de Bruselas, órgano oficioso del gobierno ruso. ↩