Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 3 de agosto de 1860 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 6025, del 16 de agosto de 1860. El original inglés no está disponible en una edición libre; traducimos de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 109-114), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Los pasajes del folleto francés se traducen, como el resto, de la versión alemana de la MEW. Se corrigen algunas erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Londres, 3 de agosto de 1860
Las consideraciones que hice en mi último artículo sobre la conexión secreta entre la matanza de Siria y la alianza ruso-francesa han hallado desde el otro lado del Canal una confirmación inesperada, en forma de un folleto publicado el martes pasado por la editorial del señor Dentu, titulado La Syrie et l'Alliance Russe1 y atribuido a la pluma del señor Edmond About. Como ustedes saben, el señor Dentu es el editor del gobierno francés, que ha publicado todos los folletos semioficiales con que de tiempo en tiempo se iniciaba a Europa en los «estudios» que se estaban haciendo en las Tullerías. El folleto mencionado cobra un interés especial porque su publicación siguió inmediatamente a la carta de amor que el hombre de diciembre dirigió a Persigny2, destinada a hipnotizar a John Bull, y de la que lord John Russell3, en el mismo momento en que se negaba a presentarla al Parlamento, enviaba una copia al Times de Londres. Los extractos siguientes contienen lo esencial de La Syrie et l'Alliance Russe:
«Como en tiempos de las Cruzadas, a la Europa cristiana la conmueven crímenes espantosos cuyo escenario es ahora Siria. 700.000 cristianos están entregados al fanatismo despiadado de dos millones de musulmanes, y el gobierno turco parece declararse cómplice con su inexplicable inactividad. Francia renegaría sin duda de todas sus tradiciones si no hubiera reclamado en seguida el honor de proteger la vida y los bienes de los que en tiempos pasados fueron los soldados de Pedro el Ermitaño y de Felipe Augusto... Ya es hora, pues, de pensar en una salida para una situación que no puede durar más sin conducir a una gran desgracia: el exterminio total de los súbditos cristianos de la Puerta. La expedición de la que tanto habla el gobierno turco es del todo insuficiente para restablecer el orden. Las potencias que tienen correligionarios en Siria y que con razón están inquietas por su seguridad deben estar dispuestas a intervenir por la fuerza. Si vacilaran, no quedaría ya tiempo de proteger a las víctimas; su único deber sería entonces vengar a los mártires.
»Dos naciones están especialmente interesadas en defender la cruz en estas costas lejanas: Francia y Rusia. ¿Cuál sería la consecuencia probable de la unión de sus fuerzas y su resultado para la futura organización de Europa? Este es el asunto que vamos a examinar ahora.
»En ciertos periodos de la historia comprobamos que los pueblos, bajo la presión de ciertas leyes de atracción y aglomeración, forman uniones políticas desconocidas en el pasado. Estamos "asistiendo" precisamente a uno de esos momentos críticos de la vida de la humanidad. La cuestión siria no es más que uno de los nudos de una situación muy complicada. Toda Europa está en un estado de expectación e inquietud; espera una solución de conjunto que pueda dar la base para una paz duradera tanto en Europa como en Oriente. Ahora bien, ese fin solo puede alcanzarse en la medida en que la organización de nuestro continente esté de acuerdo con los deseos y las necesidades de las nacionalidades que se retuercen actualmente bajo el yugo. Tendencias religiosas hostiles, incompatibilidad de temperamentos, lenguas completamente opuestas entre sí mantienen en ciertos Estados europeos movimientos ocultos que impiden que se restablezca la confianza y frenan el progreso de la civilización. La paz, ese concepto supremo de la ambición de todos los gobiernos, solo puede asegurarse de modo duradero cuando hayan desaparecido las causas permanentes de agitación que acabamos de señalar. Quisiéramos, por tanto, llegar a un doble resultado:
»1. Favorecer, allí donde sea posible, la formación de un Estado homogéneo y nacional, cuya tarea sería absorber y concentrar en una unidad poderosa las partes de la población que tienen ideas o inclinaciones comunes.
»2. Esforzarse por llevar a cabo este principio sin recurrir a las armas.
»A primera vista, Francia y Rusia parecen haber realizado el ideal de las monarquías. Aunque las separan 400 leguas, estas dos potencias han alcanzado por caminos muy distintos esa unidad que es la única capaz de crear imperios duraderos, y no simples fronteras efímeras que la fortuna de la guerra puede cambiar en cualquier momento... Los zares, que durante los últimos 135 años han meditado sobre el testamento de Pedro el Grande4, no han dejado de echar miradas codiciosas a la Turquía europea... ¿Debe Francia seguir protestando contra las pretensiones de los zares sobre el imperio en descomposición del sultán? No lo creemos. Si Rusia nos ofreciera su colaboración para recuperar la frontera del Rin, nos parece que un reino no sería un precio demasiado alto por su alianza. Gracias a semejante unión, Francia podría recobrar sus verdaderas fronteras, tal como las trazó hace dieciocho siglos el geógrafo Estrabón».
(Sigue luego una cita de Estrabón en la que se enumeran las ventajas de la Galia como sede de un imperio poderoso).
«Se comprende fácilmente que Francia quisiera aspirar a restablecer esta obra divina» (supongo que las fronteras de la Galia) «que durante tantos siglos ha sido contrariada por el fraude humano, y eso está tan en la naturaleza de las cosas que Alemania, en una época en que no pensábamos en ningún engrandecimiento territorial, estaba sin embargo sujeta a accesos periódicos de malestar y, como prueba de su hostilidad, nos lanzó a la cara la canción patriótica de Becker5... Sabemos que no somos los únicos que tenemos planes de engrandecimiento. Pues bien, si Rusia mira a Constantinopla del mismo modo que nosotros miramos al Rin, ¿no se pueden aprovechar estas pretensiones análogas e imponer a Europa la aceptación de una combinación que adjudicara Turquía a Rusia y diera a Francia esa frontera del Rin que Napoleón I consideraba en 1814 condición sine qua non de su existencia como soberano?
»En Europa viven solo dos millones de turcos, mientras que hay trece millones de griegos, cuya cabeza espiritual es el zar... La insurrección griega, que duró nueve años, no fue más que el preludio del movimiento al que la matanza de Siria puede dar la señal para estallar. Los cristianos griegos no esperan más que una orden de su jefe en San Petersburgo o de su patriarca en Constantinopla para alzarse contra los infieles; y hay pocos políticos de visión que no prevean una solución de la cuestión de Oriente en un sentido favorable a Rusia, y en un tiempo no muy lejano. No es de extrañar, por tanto, que los rusos estén dispuestos, a la llamada de sus correligionarios y alentados por las profecías de Stalezanew, a cruzar en cualquier momento el Prut.
»Si echamos una mirada a nuestras fronteras, las consideraciones que justifican nuestros propósitos parecen tan importantes como las que impulsan a Rusia. Dejemos a un lado todos los recuerdos históricos y todos los motivos geográficos y examinemos una por una las provincias encerradas por el Rin, para estudiar las razones que exigen su anexión.
»Vamos primero a Bélgica. Es verdaderamente difícil poner en duda la acertada semejanza que ha llevado a algunos historiadores a llamar a los belgas los franceses del norte. De hecho, las clases cultas de todo el país no usan otra lengua que la francesa, y el dialecto flamenco solo lo entienden las clases bajas de la población en unas pocas comarcas. Además, Bélgica es enteramente adicta al catolicismo y debe su independencia a Francia, su hermana por origen, idioma y religión. No queremos recordar el hecho de que Bélgica, conquistada por nuestros ejércitos en 1795, formó hasta 1814 nueve departamentos franceses. Sin embargo, parece que nuestro yugo no era demasiado pesado, pues en 1831, cuando Bélgica no logró que las grandes potencias le permitieran unirse a Francia, ofreció por acuerdo de ambas Cámaras la corona belga al duque de Nemours, hijo del rey de los franceses. La negativa de este la llevó a ofrecer luego la corona al duque de Sajonia-Coburgo, el actual Leopoldo I; pero el precedente al que nos referimos nos parece sumamente significativo y lleva a suponer que Bélgica, si se la consultara, no sería menos generosa que Saboya y demostraría de nuevo la fuerza de atracción del prestigio que le inspira la grandeza de Francia. La oposición de algunos miembros de las clases altas quedaría muy pronto ahogada por el aplauso del pueblo.
»Antes de desembocar en el mar, el Rin se divide en tres brazos, dos de los cuales corren en dirección bastante septentrional: el IJssel, que desemboca en el Zuiderzee, y el Waal, afluente del Mosa. Si Francia tuviera que trazar otra vez sus fronteras, ¿no podría tomar la línea del Rin propiamente dicho en lugar de la del Waal o del IJssel, para cortar así lo menos posible de la Holanda meridional? Sin duda alguna procedería así. Además, Holanda precisamente no se ve afectada por la necesaria rectificación de nuestras fronteras que toma por base la línea del Rin. Bélgica con sus fronteras actuales bastaría para satisfacer la necesidad de expansión que la opinión pública ha proclamado últimamente con tanta fuerza. Por otra parte, la línea del Escalda fue la frontera reconocida a Francia en 1801 por la paz de Lunéville».
Sigue a esto un breve pasaje en el que con argumentos parecidos se demuestra la necesidad de anexionar el gran ducado de Luxemburgo, «que bajo el Imperio formaba el Département des Forêts». El autor del folleto pasa luego a mostrar la necesidad de anexionar la Prusia renana:
«Una vez Bélgica y Luxemburgo en nuestro poder, nuestra tarea no ha terminado todavía... Para completar nuestras fronteras tenemos que tomar no menos de dos tercios de la Prusia renana, toda la provincia renana de Baviera y cerca de un tercio del gran ducado de Hesse. Todos estos territorios formaban bajo el Imperio los departamentos del Roer y Rin, del Mosela y Sarre, del Monte Trueno y el gran ducado de Berg. En 1815 se repartieron entre varios dueños para hacernos más difícil recuperarlos. Es notable que estas provincias, incorporadas a la monarquía francesa, solo estuvieron unos pocos años en relación directa con nosotros y que, sin embargo, nuestra presencia pasajera dejó en ellas las huellas más duraderas. Qué simpatía sale al encuentro del viajero francés en esas comarcas lo dejamos gustosamente al juicio de quienes han viajado por allí. En los últimos 45 años no ha habido de guarnición ni un solo soldado francés en esas ciudades de las orillas del Rin y, sin embargo, es maravilloso ver qué acogida tan conmovedora encuentra allí nuestro uniforme. Católicos como nosotros, son también franceses como nosotros. ¿No tenía nuestro emperador Carlomagno su corte en Aquisgrán?... Limítrofes de Francia, las provincias renanas deben pasar a ser dependencias políticas de Francia, como son sus dependencias naturales».
El autor se vuelve luego de nuevo hacia Rusia y, después de mostrar que la guerra de Crimea no es obstáculo para la alianza entre Rusia y Francia, pues entonces aún no habían llegado a un acuerdo, hace la siguiente comunicación sobre el derecho de Francia a la gratitud de Rusia:
«No hay que olvidar que Francia no se prestó a los planes de Inglaterra en el Báltico. No sabemos si un ataque contra Kronstadt habría tenido éxito en todo caso; pero tenemos motivos para creer que no se emprendió gracias a la oposición de Francia».
Tras una digresión sobre la campaña de Italia, el autor no duda de que Prusia se adherirá finalmente a la alianza franco-rusa:
«Pero para ganar al gabinete de Berlín para nuestra política hay que sustraerlo a la influencia de Inglaterra. ¿Cómo puede lograrse? Procurando que Prusia deje de ser nuestra vecina en el Rin y prometiendo apoyar sus legítimas aspiraciones a la hegemonía en Alemania. El canje de estas provincias renanas lleva a Baviera y a Prusia a resarcirse a costa de Austria. La alianza con Inglaterra solo puede asegurar a Prusia el statu quo; la alianza con Francia le abre un horizonte ilimitado.
»Una vez concluida lealmente la alianza entre Francia, Rusia y Prusia —y tenemos motivos para esperar que así ocurrirá—, tendrá consecuencias muy naturales... Hemos mostrado más arriba lo que Estrabón dejó escrito hace 1.800 años como indiscutible: que el Rin era la frontera natural de Francia. Quien más tiene que sufrir con esta gran extensión territorial es Prusia. En los últimos 45 años ha tenido el Rin como el dragón que había de guardar el jardín de las Hespérides. Hagamos desaparecer esta causa de enemistad entre Francia y Prusia; dejemos que la orilla izquierda del Rin vuelva a ser francesa; a cambio de sus buenos servicios, Prusia se resarciría a costa de Austria, y esta potencia quedaría castigada por su malicia y su torpeza. Hagamos todo por una paz duradera.
»Consultemos a los habitantes, para que no haya anexiones violentas. Con Rusia en Constantinopla y Francia en el Rin, Austria reducida y Prusia con la hegemonía en Alemania, ¿dónde podrá encontrarse motivo de disturbios y revoluciones en Europa? ¿Se atrevería Inglaterra a luchar sola contra Rusia, Prusia y Francia? No podemos suponer tal cosa. Pero si llegara a ocurrir, si Gran Bretaña se atreviera a cometer semejante imprudencia, podría recibir una dura lección. Gibraltar, Malta y las islas Jónicas garantizan que se estará quieta; son los puntos vulnerables de su armadura. Y aunque haya de quedar reducida a una agitación estéril en su isla y obligada a ser espectadora pasiva de lo que ocurra en el continente, por los cinco o seis mil hombres que mandará a Siria apenas se le permitirá dar su opinión.
»Ha llegado el momento de definir claramente nuestra política. En Siria, Francia debe conquistar pacíficamente la frontera del Rin forjando la alianza con Rusia. Pero debemos cuidar de no dar a Rusia una expansión ilimitada. Las provincias al norte del Bósforo deben bastar a su ambición. Asia Menor debe seguir siendo terreno neutral. Si fuera realmente posible ver un asunto práctico a una luz poética y práctica, diríamos que nuestra elección está hecha; acaba de aparecer un hombre que parece ser la encarnación de la idea que quisiéramos ver representada en Siria: Abd el-Kader6. Como musulmán es lo bastante ortodoxo para apaciguar a la población mahometana; es lo bastante civilizado para hacer justicia por igual a todos; está unido a Francia por lazos de gratitud; protegería a los cristianos y sometería a las tribus rebeldes, siempre dispuestas a perturbar la tranquilidad de Asia Menor. Hacer a Abd el-Kader emir de Siria sería una recompensa generosa a los servicios de nuestro prisionero».
«Siria y la alianza rusa» (París, Dentu, 1860). ↩
Carta de Napoleón III a su embajador en Londres, Victor Fialin, conde (luego duque) de Persigny (1808-1872), fechada el 25 de julio de 1860, en la que protestaba de sus intenciones pacíficas hacia Inglaterra. ↩
John Russell (1792-1878), ministro de Asuntos Exteriores en el gobierno de Palmerston (1859-1865). ↩
Supuesto testamento político de Pedro I con un plan de expansión rusa, falsificación difundida en Francia desde comienzos del siglo XIX. ↩
«Sie sollen ihn nicht haben, den freien deutschen Rhein» («No lo tendrán, el libre Rin alemán»), poema de Nikolaus Becker (1809-1845) escrito en 1840, durante la crisis del Rin. ↩
Abd el-Kader (1808-1883), emir que dirigió la resistencia argelina contra la conquista francesa; prisionero en Francia de 1847 a 1852, vivía desde 1855 en Damasco, donde en julio de 1860 protegió a miles de cristianos durante las matanzas. ↩