Escrito en inglés por Friedrich Engels entre septiembre y hacia el 10 de octubre de 1859 y publicado sin firma en The New American Cyclopaedia, tomo IX (Nueva York, D. Appleton and Company, 1860), págs. 512-523. Traducido del texto de la enciclopedia, cotejado con la versión alemana de Marx/Engels, Werke, tomo 14 (Berlín, 1961), págs. 340-367, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en inglés

INFANTERÍA, los soldados de a pie de un ejército. Salvo entre las tribus nómadas, la gran masa, si no la totalidad, de todos los ejércitos ha consistido siempre en soldados de a pie. Así, ya en los primeros ejércitos asiáticos, entre los asirios, los babilonios y los persas, la infantería formaba, al menos numéricamente, el grueso. Entre los griegos, al principio, todo el ejército se componía de infantería. Lo poco que sabemos de la composición, la organización y la táctica de la antigua infantería asiática ya se ha expuesto en el artículo Ejército,1 al que remitimos para muchos detalles que sería inútil repetir aquí. En este artículo nos limitaremos solo a los rasgos tácticos más importantes de la historia de esta arma, y por eso empezamos enseguida por los griegos.

I. La infantería griega

Los creadores de la táctica griega fueron los dorios; entre ellos, los espartanos llevaron a la perfección el antiguo orden de batalla dórico. En un principio todas las clases que componían una comunidad doria estaban sujetas al servicio militar: no solo los ciudadanos de pleno derecho, que formaban la aristocracia, sino también los periecos sometidos y hasta los esclavos. Todos formaban en la misma falange, pero cada uno en una posición distinta. Los ciudadanos de pleno derecho tenían que presentarse con armamento pesado, con armas defensivas: casco, coraza y grebas de bronce, un gran escudo de madera forrado de cuero, lo bastante alto para proteger a todo el hombre, y con lanza y espada. Formaban, según su número, la primera fila, o la primera y la segunda, de la falange. Detrás de ellos se colocaban los súbditos y los esclavos, de modo que cada hidalgo espartano tenía a su espalda a sus servidores; estos iban sin la costosa armadura defensiva y confiaban en la protección que les daban las primeras filas y sus escudos; sus armas ofensivas eran hondas, jabalinas, cuchillos, puñales y mazas. Así, la falange dórica formaba una línea profunda, con los hoplitas o infantería pesada delante y los gimnetas o infantería ligera en las filas de atrás. Los hoplitas tenían que arrollar al enemigo con la carga de sus lanzas; una vez metidos en la masa enemiga, sacaban sus espadas cortas y se abrían paso cuerpo a cuerpo, mientras que los gimnetas, que primero habían preparado la carga lanzando piedras y jabalinas por encima de las cabezas de las primeras filas, ayudaban ahora al empuje de los hoplitas rematando a los enemigos heridos que aún forcejeaban. La táctica de semejante cuerpo era, pues, muy sencilla; maniobra táctica apenas la había; el valor, la tenacidad, la fuerza física y la agilidad y destreza individuales de los hombres, sobre todo de los hoplitas, lo decidían todo. Esta unión patriarcal de todas las clases del pueblo en la misma falange desapareció poco después de las guerras médicas, sobre todo por causas políticas; la consecuencia fue que la falange pasó a formarse exclusivamente con hoplitas, y que la infantería ligera, donde siguió existiendo o donde se formó una nueva, combatió por separado como tiradores. En Esparta, los ciudadanos espartanos, junto con los periecos, formaban la falange pesada; los ilotas iban ahora con el bagaje o como escuderos (hypaspistae). Durante un tiempo esta falange bastó para todas las exigencias de la batalla; pero pronto los tiradores de los atenienses, en la guerra del Peloponeso, obligaron a los espartanos a dotarse de tropas de esa clase. No formaron, sin embargo, gimnetas propios, sino que enviaron a los más jóvenes de sus hombres al servicio de tiradores. Cuando, hacia el final de esa guerra, el número de ciudadanos y aun de periecos se había reducido mucho, se vieron obligados a formar falanges de esclavos pesadamente armados, mandadas por ciudadanos. Los atenienses, después de expulsar de la falange a los gimnetas, formados por los ciudadanos más pobres, los servidores y los esclavos, crearon cuerpos especiales de infantería ligera, de gimnetas o psiles, destinados a combatir como tiradores y armados exclusivamente para el combate a distancia: honderos (sphendonetae), arqueros (toxotae) y lanzadores de jabalina (akontistae), llamados estos también peltastas por el pequeño escudo (pelta) que solo ellos llevaban. Esta nueva clase de infantería ligera, reclutada al principio entre los ciudadanos más pobres de Atenas, pasó muy pronto a formarse casi exclusivamente con mercenarios y con los contingentes de los aliados de Atenas. Desde el momento en que se introdujeron estos tiradores, la torpe falange dórica ya no sirvió para actuar sola en la batalla. Su material, además, había ido empeorando sin cesar: en Esparta, por la extinción gradual de la aristocracia guerrera; en las demás ciudades, por la influencia del comercio y de la riqueza, que fue minando el antiguo desprecio de la muerte. Así, la falange, formada por una milicia no muy heroica, perdió la mayor parte de su antigua importancia. Formaba el fondo, la reserva de la línea de batalla, delante de la cual combatían los tiradores o detrás de la cual se retiraban cuando se veían apurados, pero de la que casi nunca se esperaba que llegara ella misma a las manos con el enemigo. Donde la falange se formaba con mercenarios, su carácter no era mucho mejor. Su torpeza la hacía inútil para maniobrar, sobre todo en terreno algo quebrado, y toda su utilidad era la resistencia pasiva. Esto llevó a dos intentos de reforma de Ifícrates, un general de mercenarios. Este condottiero griego cambió las viejas lanzas cortas de los hoplitas (de 8 a 10 pies de largo) por otras bastante más largas, de modo que, con las filas cerradas, las lanzas de 3 o 4 filas sobresalían por delante y podían actuar contra el enemigo; así se reforzó considerablemente el elemento defensivo de la falange. Por otra parte, para crear una fuerza capaz de decidir las batallas con un ataque cerrado y a la vez rápido, armó a sus peltastas con una armadura defensiva ligera y una buena espada, y los adiestró en las evoluciones de la falange. Cuando se les ordenaba cargar, avanzaban a un paso inalcanzable para la falange de hoplitas, lanzaban una descarga de jabalinas a 10 o 20 yardas e irrumpían en las filas enemigas espada en mano. La sencillez de la antigua falange dórica había dado paso así a un orden de batalla mucho más complicado; la acción del general se había convertido en un elemento importante de la victoria; las maniobras tácticas se habían hecho posibles. Epaminondas fue el primero en descubrir el gran principio táctico que hasta hoy decide casi todas las batallas campales: la distribución desigual de las tropas a lo largo del frente, para concentrar el ataque principal en un punto decisivo. Hasta entonces las batallas de los griegos se habían librado en orden paralelo: la fuerza de la primera línea era la misma en todos los puntos; si un ejército era superior en número al que tenía enfrente, o bien formaba en orden de batalla más profundo, o bien desbordaba al otro ejército por ambas alas. Epaminondas, por el contrario, destinaba una de sus alas al ataque y la otra a la defensa; el ala atacante se componía de sus mejores tropas y de la masa de sus hoplitas, formados en una columna profunda y seguidos de infantería ligera y de la caballería. La otra ala era, naturalmente, bastante más débil y se mantenía retrasada, mientras que la atacante rompía al enemigo y la columna, desplegando o girando en línea, lo arrollaba con ayuda de las tropas ligeras y de los jinetes.

El progreso logrado por Ifícrates y Epaminondas se desarrolló todavía más cuando Macedonia tomó la dirección de la raza helénica y la llevó contra Persia. Las largas lanzas de los hoplitas aparecen todavía más alargadas en la sarisa macedonia. Los peltastas de Ifícrates reaparecen en forma mejorada en los hipaspistas de Alejandro. Por último, la economía de fuerzas que Epaminondas había aplicado al orden de batalla la extendió Alejandro a una combinación de las diversas armas como Grecia, con su insignificante caballería, nunca habría podido producir. La infantería de Alejandro se componía de la falange de hoplitas, que formaba la fuerza defensiva del orden de batalla; de la infantería ligera de tiradores, que trababa combate con el enemigo a lo largo de todo el frente y contribuía también a explotar la victoria, y de los hipaspistas, a los que pertenecía su propia guardia y que, aunque ligeramente equipados, seguían siendo capaces de maniobrar con regularidad en falange y formaban esa clase de infantería intermedia que se adapta más o menos tanto al orden cerrado como al abierto. Aun así, ni Grecia ni Macedonia habían producido una infantería móvil en la que se pudiera confiar frente a una falange sólida. Aquí Alejandro hizo entrar en juego a su caballería. El ala atacante la formaba la masa de su caballería pesada, escogida entre la nobleza macedonia, y con ella actuaban los hipaspistas: seguían la carga de los jinetes, se precipitaban en la brecha abierta por ellos, aseguraban el éxito obtenido y se establecían en medio de la posición enemiga. Después de conquistar el centro del Imperio persa, Alejandro empleó a sus hoplitas sobre todo como guarnición de las ciudades conquistadas. Pronto desaparecieron del ejército que, con sus marchas audaces y rápidas, sometió a las tribus de Asia hasta el Indo y el Yaxartes. Ese ejército se componía sobre todo de caballería, hipaspistas e infantería ligera; la falange, que no habría podido seguir tales marchas, se volvió al mismo tiempo superflua por la naturaleza del enemigo que había que vencer. Bajo los sucesores de Alejandro, su infantería, al igual que su caballería y su táctica, se deterioró completa y rápidamente. Las dos alas del orden de batalla se formaban exclusivamente con caballería, y el centro con infantería; pero se confiaba tan poco en esta que se la cubría con elefantes. En Asia el elemento asiático predominante se impuso pronto e hizo casi inservibles los ejércitos de los seléucidas; en Europa, la infantería macedonia y griega recobró cierta solidez, pero con ella volvió la antigua táctica exclusiva de falange. Las tropas ligeras y la caballería nunca se recuperaron, mientras se malgastaban mucho esfuerzo e ingenio en vanos intentos de dar a la falange esa movilidad que por su naturaleza misma nunca podía alcanzar, hasta que finalmente la legión romana acabó con todo el sistema.

La organización táctica y las maniobras de la falange eran bastante sencillas. Como solía tener 16 hombres de fondo (con Alejandro), una línea de 16 hileras formaba un cuadrado completo, y este, el syntagma, formaba la unidad de evolución; 16 syntagmas, o 256 hileras, formaban una falangarquía de 4.096 hombres, 4 de las cuales formaban a su vez la falange completa. La falangarquía, en orden de batalla, formaba en línea de 16 de fondo; pasaba al orden de marcha con un giro a derecha o a izquierda o girando por syntagmas, formando en cada caso una columna cerrada de 16 de frente. En línea, el fondo podía aumentarse y el frente reducirse doblando las hileras, colocándose las hileras pares detrás de las impares; y el movimiento contrario se hacía doblando las filas, con lo que el fondo se reducía de 16 a 8 hombres por hilera. La contramarcha por hileras se empleaba cuando el enemigo aparecía de pronto a retaguardia de la falange; la inversión que esto causaba (pues cada hilera quedaba en un lugar equivocado dentro de su sección o syntagma) se corregía a veces con una contramarcha por filas en cada sección. Añádase el manejo de la lanza, y habremos enumerado los distintos elementos de la instrucción de los antiguos hoplitas. Ni que decir tiene que las tropas más ligeras, aunque no estaban propiamente destinadas a combatir en orden cerrado, se ejercitaban también en los movimientos de la falange.

II. La infantería romana

La palabra latina legio se empleó al principio para designar la totalidad de los hombres escogidos para el servicio de campaña, y era así sinónimo de ejército. Más tarde, cuando la extensión del territorio romano y el poder de los enemigos de la república exigieron ejércitos mayores, estos se dividieron en varias legiones, cada una de las cuales tenía una fuerza parecida a la del primitivo ejército romano. Hasta la época de Mario, toda legión se componía de infantería y de caballería, esta última con una fuerza de alrededor de 1/10 de la primera. En un principio la infantería de la legión romana parece haber estado organizada de modo parecido a la antigua falange dórica, combatiendo en una línea profunda, con los patricios y los ciudadanos más ricos, pesadamente armados, en las primeras filas, y los plebeyos más pobres y más ligeramente armados detrás de ellos. Pero hacia la época de las guerras samnitas la legión empezó a sufrir un cambio de organización que pronto la puso en perfecto contraste con la falange griega, y del que, una vez alcanzado su pleno desarrollo en las guerras púnicas, Polibio nos da una relación completa. La legión, de las que solían levarse 4 para cada campaña, se componía ahora de 4 clases de infantería: velites, hastati, principes y triarii; los primeros, sacados de los reclutas, eran infantería ligera; los triarii, de los veteranos, eran la reserva del ejército; las otras dos clases, que formaban el cuerpo principal de combate o infantería de línea, componían el resto del ejército, y se distinguían en que los principes se escogían entre los hombres que, después de los triarii, más años de servicio tenían. Los velites llevaban como armadura defensiva gorros de cuero y escudos redondos ligeros, y portaban espadas y cierto número de jabalinas ligeras; las otras 3 clases tenían cascos de bronce, corazas de cuero cubiertas de placas de bronce y grebas de bronce. Los hastati y los principes, además de una espada corta, llevaban dos pila o jabalinas, una ligera y otra muy pesada; esta última era el arma de ataque específica de la infantería romana. Era de madera gruesa y pesada, con una larga punta de hierro, pesaba en total por lo menos 10 libras y, con la punta, medía casi 7 pies. Solo podía lanzarse a distancias muy cortas, digamos 8 o 12 yardas, pero por su peso su efecto era terrible contra las ligeras armaduras defensivas de aquella época. Los triarii, además de la espada, llevaban lanzas en lugar de pila. Cada legión tenía 1.200 hastati, divididos en 10 manipuli o compañías de 120 hombres cada una; el mismo número de principes, divididos de igual modo; 600 triarii, en 10 manipuli de 60, y 1.200 velites, 40 de los cuales estaban agregados a cada uno de los 30 manipuli y formaban las últimas filas si no se los empleaba de otro modo. Los hastati formaban la primera línea; cada manipulus se desplegaba en línea, probablemente a 6 de fondo, con un intervalo respecto del manipulus siguiente igual a su frente, que, como el espacio asignado a cada hombre en una fila era de 6 pies, medía unos 120 pies, y la línea entera, 2.400 pies. Detrás de ellos, en segunda línea, se colocaban los 10 manipuli de los principes, cubriendo los intervalos de los manipuli de la primera línea, y detrás de los principes los triarii, cada línea a una distancia adecuada de la que tenía delante. Los velites combatían como tiradores delante del frente y en los flancos. Doblando las hileras, el orden de ambas podía reducirse a la mitad de su frente original, o sea, a 1.200 pies. Todo este orden de batalla estaba calculado para el ataque. Capaz, por lo pequeño de las unidades tácticas y por la gran libertad que así se aseguraba a todos sus movimientos, de combatir en casi cualquier clase de terreno, era inmensamente superior a la falange griega, que exigía una llanura y que su propia torpeza había reducido muy pronto a una mera formación defensiva. La legión avanzaba; a 8 o 12 yardas, los hastati, probablemente doblando sus filas para la ocasión, lanzaban sus pesados pila contra la falange, cuyas lanzas aún no alcanzaban a los romanos, y, rota así la formación cerrada de los falangitas, se precipitaban sobre ellos espada en mano. Si un solo manipulus se desordenaba, el efecto no se transmitía a las compañías vecinas; si el combate se prolongaba sin decisión inmediata, los principes avanzaban a los intervalos, lanzaban sus pila e irrumpían en el enemigo con la espada, dando así a los hastati ocasión de desenredarse y rehacerse detrás de los triarii. En caso extremo avanzaban estos últimos, bien para decidir finalmente la victoria, bien para asegurar una retirada ordenada. Los velites, junto con la caballería, hacían el servicio de avanzadas, trababan el combate con el enemigo al principio de la batalla combatiendo como tiradores y se encargaban de la persecución. El pilum ligero de los hastati y de los principes parece haberse usado sobre todo en las posiciones defensivas, para sembrar el desorden en las filas de un enemigo que avanzaba antes de que estuviera lo bastante cerca para el pilum pesado. Las marchas hacia el frente empezaban por cualquiera de las dos alas, con el primer manipulus de hastati en cabeza, seguido respectivamente del primero de principes y del de triarii, luego los 3 segundos manipuli en el mismo orden, y así sucesivamente; las marchas de flanco se hacían en 3 columnas, formando cada una de las 3 clases de infantería una columna; el bagaje iba del lado más alejado del enemigo. Si este aparecía por el lado por donde marchaban los triarii, el ejército se detenía y daba frente al enemigo, y los principes y los hastati pasaban por los intervalos de los manipuli de los triarii y ocupaban sus puestos.

Cuando, después de la segunda guerra púnica, las continuas guerras y las extensas conquistas de los romanos, junto con importantes cambios sociales en Roma y en Italia en general, hicieron casi impracticable la obligación general del servicio militar, los ejércitos romanos empezaron a componerse poco a poco de reclutas voluntarios de las clases más pobres, con lo que se formaron soldados de profesión en lugar de la vieja milicia que comprendía a todos los ciudadanos. El ejército cambió así por completo de carácter, y como se deterioraron los elementos de que se componía, una nueva organización se hizo cada vez más necesaria. Mario la llevó a cabo. La caballería romana dejó de existir. La poca caballería que quedó se componía de mercenarios bárbaros o de contingentes aliados. Se suprimió la distinción de las 4 clases de infantería. Los velites fueron sustituidos por contingentes aliados o por bárbaros, y el resto de la legión se formó con una sola y misma clase de infantería de línea, armada como los hastati o los principes, pero sin el pilum ligero. El manipulus fue sustituido como unidad táctica por la cohorte, un cuerpo de 360 hombres por término medio, formado en un principio por la fusión de 3 manipuli en uno, de modo que la legión quedó dividida en 10 cohortes, que solían disponerse en 3 líneas (de 4, 3 y 3 cohortes respectivamente). La cohorte formaba a 10 de fondo, con 3 a 4 pies de frente para cada hilera, de modo que la extensión total del frente de la legión se redujo mucho (a unos 1.000 pies). Así no solo se simplificaron mucho los movimientos tácticos, sino que la influencia del jefe de la legión se hizo mucho más inmediata y poderosa. El armamento y el equipo de cada soldado se aligeraron, pero, en cambio, se le obligó a llevar la mayor parte de su bagaje en horquillas de madera que Mario inventó con ese fin (muli Mariani);2 con ello se redujeron considerablemente los impedimentos del ejército. Por otro lado, la concentración de 3 manipuli en una cohorte no podía menos de reducir la facilidad de maniobra en terreno quebrado; la supresión del pilum ligero reducía la capacidad defensiva, y la abolición de los velites, no siempre sustituidos del todo por auxiliares o mercenarios extranjeros, o por los antesignani (hombres escogidos por César dentro de la legión para el servicio de infantería ligera, pero a los que dejó sin armas para el combate a distancia), disminuía las posibilidades de sostener un combate sin dejar de eludir una decisión. El ataque rápido y resuelto pasó a ser la única forma de combate adecuada a estas legiones. Aun así, la infantería romana siguió componiéndose de romanos, o al menos de italianos, y a pesar de la decadencia del imperio bajo los césares conservó su antigua fama mientras el carácter nacional se mantuvo intacto. Pero cuando la ciudadanía romana dejó de ser condición necesaria para entrar en una legión, el ejército perdió pronto su categoría. Ya en tiempos de Trajano los bárbaros, en parte de las provincias romanas, en parte de países no conquistados, formaban la fuerza principal de las legiones, y desde ese momento se perdió el carácter de la infantería romana. Se abandonó la armadura pesada; el pilum fue sustituido por la lanza; la legión, organizada en cohortes, volvió a fundirse en una falange pesada, y como una repugnancia general a llegar a las manos era una característica de la infantería de este periodo, el arco y la jabalina se usaron ahora no solo para combatir como tiradores, sino también en el orden cerrado de la infantería de línea.

III. La infantería de la Edad Media

La decadencia de la infantería romana tuvo su continuación en la de los soldados de a pie bizantinos. Se mantenía todavía una especie de leva forzosa, pero sin otro resultado que formar la hez misma del ejército. Los auxiliares bárbaros y los mercenarios componían su parte mejor, pero ni siquiera estos valían gran cosa. La organización jerárquica y administrativa de las tropas se perfeccionó hasta un estado casi ideal de burocracia, pero con el mismo resultado que vemos hoy en Rusia: una organización perfecta del desfalco y del fraude a costa del Estado, con ejércitos que costaban sumas enormes y que en parte solo existían sobre el papel. El contacto con la caballería irregular de Oriente redujo cada vez más la importancia y la calidad de la infantería. Los arqueros a caballo se convirtieron en el arma favorita; la mayor parte de la infantería, si no toda, se equipó también con el arco, además de la lanza y la espada. Así, el combate a distancia se puso de moda, y la lucha cuerpo a cuerpo se tuvo por anticuada. Se consideraba a la infantería tan desechable que se la mantenía a propósito lejos del campo de batalla y se la empleaba sobre todo en el servicio de guarnición; la mayoría de las batallas de Belisario las libró exclusivamente la caballería, y cuando la infantería tomaba parte en ellas, era seguro que salía huyendo. Su táctica se basaba por completo en el principio de evitar el combate cuerpo a cuerpo y de cansar al enemigo. Si lo consiguió contra los godos, que no tenían ningún arma arrojadiza, eligiendo terrenos quebrados en los que su falange no podía actuar, fue derrotado por los francos, cuya infantería conservaba algo del viejo modo romano de combatir, y por los persas, cuya caballería era sin duda superior a la suya.

Los invasores germanos del Imperio romano consistían al principio en su mayor parte en infantería y combatían en una especie de falange dórica, con los jefes y los hombres más ricos en las primeras filas y los demás detrás. Sus armas eran la espada y la lanza. Los francos, sin embargo, llevaban cortas hachas de combate de doble filo, que arrojaban, como el pilum romano, contra la masa enemiga justo antes de cargar espada en mano. Ellos y los sajones conservaron durante algún tiempo una infantería buena y respetada; pero poco a poco los conquistadores germanos pasaron en todas partes al servicio de caballería y dejaron el oficio de soldado de a pie a los provinciales romanos conquistados; así, el servicio de infantería cayó en desprecio como cosa de esclavos y siervos, y la condición del soldado de a pie decayó forzosamente en proporción. A fines del siglo X la caballería era en toda Europa la única arma que realmente decidía las batallas; la infantería, aunque mucho más numerosa que la caballería en todos los ejércitos, no era más que una chusma mal armada, casi sin intento alguno de organización. Al soldado de a pie ni siquiera se le consideraba soldado; la palabra miles se hizo sinónimo de jinete. La única posibilidad de mantener una infantería respetable estaba en las ciudades, sobre todo en Italia y en Flandes. Tenían una milicia propia, que necesariamente se formaba de infantería; y como su servicio para proteger las ciudades, en medio de las interminables querellas de los nobles de los alrededores, era permanente, pronto se vio que convenía tener una fuerza de mercenarios a sueldo en lugar de una milicia compuesta de ciudadanos, y esta última se reservó para las ocasiones extraordinarias. Aun así, no vemos que los contingentes de las ciudades mostraran una superioridad marcada sobre la chusma de peones que reunían los nobles y que en la batalla siempre se dejaba guardando el bagaje. Esto vale, al menos, para el periodo clásico de la caballería. En la caballería de aquellos tiempos, cada caballero se presentaba armado de pies a cabeza, cubierto todo él de armadura y montado en un caballo armado de igual modo. Lo acompañaba un escudero con armas algo más ligeras y varios hombres más a caballo, sin armadura y armados de arcos. En orden de batalla, estas fuerzas se disponían según un principio parecido al de la antigua falange dórica: los caballeros pesadamente armados en la primera fila, los escuderos en la segunda y los arqueros a caballo detrás de ellos. Estos últimos, por la naturaleza de su arma, se emplearon pronto en el combate desmontado, que pasó a ser cada vez más su regla, de modo que sus caballos servían sobre todo para desplazarse y no para cargar. Los arqueros ingleses, armados con el arco largo, mientras que los de la Europa meridional llevaban la ballesta, destacaron especialmente en este modo de combatir a pie, y muy probablemente fue esta circunstancia la que llevó pronto a extender en este servicio el combate desmontado. Sin duda, en sus largas campañas en Francia, los caballos de los caballeros pesadamente armados quedaban pronto rendidos e inútiles para otra cosa que el transporte. En ese apuro era natural que los gendarmes peor montados echaran pie a tierra y formaran una falange de lanzas, completada con la mejor parte de los peones (sobre todo los galeses), mientras que aquellos cuyos caballos seguían en condiciones de cargar formaban ahora la verdadera caballería de combate. Esta disposición parecía muy apropiada para las batallas defensivas, y en ella se basaron todas las batallas del Príncipe Negro,3 y, como es sabido, con un éxito completo. El nuevo modo de combatir lo adoptaron pronto los franceses y otras naciones, y puede considerarse casi el sistema normal de los siglos XIV y XV. Así, al cabo de 1.700 años, volvemos casi a la táctica de Alejandro, con la única diferencia de que con Alejandro la caballería era un arma recién introducida que debía reforzar las menguantes capacidades de la infantería pesada, mientras que aquí la infantería pesada, formada por jinetes desmontados, era la prueba viva de que la caballería estaba en decadencia y de que había amanecido un nuevo día para la infantería.

IV. El renacimiento de la infantería

De las ciudades flamencas, el primer distrito manufacturero del mundo en aquel tiempo, y de las montañas suizas surgieron las primeras tropas que, tras siglos de decadencia, volvieron a merecer el nombre de infantería. La caballería francesa sucumbió ante los tejedores y bataneros, los orfebres y curtidores de las ciudades belgas tanto como la nobleza borgoñona y austriaca ante los campesinos y vaqueros de Suiza. Las buenas posiciones defensivas y un armamento ligero hicieron la mayor parte, ayudados, en el caso de los flamencos, por numerosas armas de fuego y, en el de los suizos, por un país casi impracticable para los caballeros pesadamente armados de la época. Los suizos llevaban sobre todo alabardas cortas, que podían usarse tanto de punta como de corte y no eran demasiado largas para la lucha cuerpo a cuerpo; más tarde tuvieron también picas, ballestas y armas de fuego; pero en una de sus batallas más célebres, la de Laupen (1339), no tenían más armas para el combate a distancia que piedras. De los combates defensivos en sus montañas inaccesibles pasaron pronto a las batallas ofensivas en el llano, y con ellas a una táctica más regular. Combatían en una falange profunda; la armadura defensiva era ligera y en general se limitaba a las primeras filas y a las hileras de los flancos, mientras que el centro se llenaba de hombres sin armadura; pero la falange suiza formaba siempre en 3 cuerpos distintos, una vanguardia, un cuerpo principal y una retaguardia, con lo que se aseguraba mayor movilidad y la posibilidad de disposiciones tácticas variadas. Pronto se hicieron expertos en aprovechar los accidentes del terreno, lo que, junto con la mejora de las armas de fuego, los protegía contra la acometida de la caballería, mientras que contra la infantería armada de lanzas largas idearon diversos medios de abrirse paso por algún sitio a través del bosque de lanzas, tras lo cual sus cortas y pesadas alabardas les daban una ventaja inmensa, incluso contra hombres metidos en armaduras. Muy pronto aprendieron, sobre todo con ayuda de la artillería y de las armas de fuego portátiles, a resistir en cuadros o en cuerpos en forma de cruz las cargas de la caballería, y en cuanto una infantería volvió a ser capaz de eso, los días de la caballería feudal estuvieron contados. Hacia mediados del siglo XV la lucha de las ciudades contra la nobleza feudal la habían asumido en todas partes los príncipes de las grandes monarquías que entonces se consolidaban, y en consecuencia estos habían empezado a formar ejércitos de mercenarios, tanto para someter a los nobles como para perseguir fines independientes de política exterior. Además de los suizos, los alemanes, y poco después la mayoría de las demás naciones europeas, empezaron a proporcionar grandes contingentes de mercenarios, reclutados por enganche voluntario y que vendían sus servicios al mejor postor sin consideración alguna de nacionalidad. Estas bandas se organizaron tácticamente con el mismo principio que los suizos: iban armadas sobre todo de picas y combatían en grandes batallones cuadrados, con tantos hombres de fondo como había en la primera fila. Pero tenían que combatir en circunstancias distintas de las de los suizos que defendían sus montañas: tenían que atacar además de resistir en posiciones defensivas; tenían que enfrentarse al enemigo en las llanuras de Italia y de Francia tanto como en las colinas, y muy pronto se encontraron cara a cara con las armas portátiles, que ahora mejoraban rápidamente. Estas circunstancias causaron algunas desviaciones de la vieja táctica suiza, distintas según las distintas nacionalidades; pero los rasgos principales, la formación en 3 columnas profundas que figuraban de nombre, si no siempre en la realidad, como vanguardia, cuerpo principal y retaguardia o reserva, siguieron siendo comunes a todas. Los suizos conservaron su superioridad hasta la batalla de Pavía, después de la cual los lansquenetes alemanes, que ya desde hacía algún tiempo eran casi, si no del todo, iguales a ellos, pasaron por la primera infantería de Europa. Los franceses, cuya infantería nunca había valido nada hasta entonces, se esforzaron mucho en este periodo por formar un cuerpo nacional de soldados de a pie útil, pero solo lo consiguieron con los naturales de dos provincias, los picardos y los gascones. La infantería italiana de este periodo nunca contó para nada. Los españoles, en cambio, entre quienes Gonzalo de Córdoba introdujo por primera vez la táctica y el armamento suizos durante las guerras con los moros de Granada, ganaron muy pronto una considerable reputación y, después de mediados del siglo XVI, empezaron a pasar por la mejor infantería de Europa. Mientras los italianos, y tras ellos los franceses y los alemanes, alargaron la pica de 10 a 18 pies, ellos4 conservaron lanzas más cortas y manejables, y su agilidad los hacía muy temibles con la espada y la daga en la lucha cuerpo a cuerpo. Esta reputación la mantuvieron en la Europa occidental (al menos en Francia, Italia y los Países Bajos) hasta finales del siglo XVII.

El desprecio de los suizos por la armadura defensiva, basado en tradiciones de otros tiempos, no lo compartían los piqueros del siglo XVI. En cuanto se formó una infantería europea en la que los distintos ejércitos se iban igualando cada vez más en cualidades militares, el sistema de forrar la falange con unos pocos hombres cubiertos de petos y cascos resultó insuficiente. Si los suizos habían encontrado impenetrable una falange así, ya no era el caso cuando esta se enfrentaba a otra falange del todo igual a ella. Aquí cierta cantidad de armadura defensiva cobró alguna importancia; mientras no estorbara demasiado la movilidad de las tropas, era una ventaja decidida. Los españoles, además, nunca habían participado de ese desprecio por los petos, y empezaron a ser respetados. En consecuencia, petos, cascos, quijotes, brazales y guanteletes volvieron a formar parte del equipo reglamentario de todo piquero. A ello se añadía una espada, más corta entre los alemanes y más larga entre los suizos, y de vez en cuando una daga.

V. La infantería de los siglos XVI y XVII

El arco largo había desaparecido desde hacía algún tiempo del continente europeo, salvo en Turquía; la ballesta hizo su última aparición entre los gascones franceses en el primer cuarto del siglo XVI. En todas partes la sustituyó el mosquete de mecha, que, en distintos grados de perfección, o más bien de imperfección, pasó a ser la segunda arma de la infantería. Las armas de mecha del siglo XVII, máquinas pesadas y mal construidas, eran de calibre muy grueso para asegurar, además del alcance, al menos alguna precisión y la fuerza necesaria para atravesar el peto de un piquero. La forma generalmente adoptada hacia 1530 fue la del mosquete pesado disparado desde una horquilla, pues un hombre no habría podido apuntar sin ese apoyo. Los mosqueteros llevaban espada, pero ninguna armadura defensiva, y se empleaban como tiradores o en una especie de orden abierto, para defender posiciones o preparar la carga de los piqueros en el ataque a ellas. Pronto fueron muy numerosos en proporción a los piqueros: en las batallas de Francisco I en Italia eran muy inferiores en número a los piqueros, pero treinta años después eran por lo menos tantos como ellos. Este aumento del número de mosqueteros obligó a inventar algún método táctico para encajarlos con regularidad en el orden de batalla. Esto se hizo en el sistema táctico llamado ordenanza húngara, inventado por las tropas imperiales en sus guerras contra los turcos en Hungría. Los mosqueteros, incapaces de defenderse cuerpo a cuerpo, se colocaban siempre de modo que pudieran retirarse detrás de los piqueros. Así, unas veces se situaban en una u otra ala, otras en las 4 esquinas de las alas; muy a menudo todo el cuadro o columna de piqueros estaba rodeado por una fila de mosqueteros, que encontraban protección bajo las picas de los hombres que tenían detrás. Por último, el plan de colocar a los mosqueteros en los flancos de los piqueros se impuso en el nuevo sistema táctico que introdujeron los holandeses en su guerra de independencia. Este sistema se distingue sobre todo por la subdivisión de las 3 grandes falanges en que se formaba todo ejército según la táctica suiza y la húngara. Cada una de ellas formaba en 3 líneas, la del medio subdividida a su vez en un ala derecha y otra izquierda, separadas por una distancia igual por lo menos al frente de la primera línea. Como todo el ejército estaba organizado en medios regimientos, que llamaremos batallones, cada batallón tenía sus piqueros en el centro y sus mosqueteros en los flancos. La vanguardia de un ejército, compuesta de 3 regimientos, formaba así: dos medios regimientos en línea contigua en primera línea; detrás de cada una de sus alas, otro medio regimiento; más atrás, y cubriendo la primera línea, los dos medios regimientos restantes, también en línea contigua. El cuerpo principal y la retaguardia podían colocarse en el flanco o detrás de la vanguardia, pero formaban según el mismo plan. Aquí tenemos en cierta medida una vuelta a la vieja formación romana en 3 líneas y en pequeños cuerpos distintos. Los imperiales, y con ellos los españoles, habían visto la necesidad de dividir sus grandes ejércitos en más de las 3 masas ya mencionadas; pero sus batallones o unidades tácticas eran mucho mayores que los holandeses, combatían en columna o en cuadro en lugar de en línea, y no tuvieron una formación regular para el orden de batalla hasta que, durante la guerra de independencia holandesa, los españoles empezaron a formarlos en lo que se conoce como brigada española. Cuatro de estos grandes batallones, cada uno compuesto a menudo de varios regimientos, formados en cuadro, rodeados de una o dos filas de mosqueteros y con mangas de mosqueteros en las esquinas, se disponían a intervalos adecuados en las 4 esquinas de un cuadrado, con una esquina vuelta hacia el enemigo. Si el ejército era demasiado grande para caber en una brigada, se podían formar dos, y así surgían 3 líneas, con 2 batallones en la primera, 4 (a veces solo 3) en la segunda y 2 en la tercera. Como en el sistema holandés, encontramos aquí el intento de volver al viejo sistema romano de 3 líneas.

En el curso del siglo XVI se produjo otro gran cambio: la caballería pesada de los caballeros se disolvió y fue sustituida por una caballería mercenaria, armada de modo parecido a nuestros coraceros modernos, con coraza, casco, espada y pistolas. Esta caballería, muy superior en movilidad a la anterior, se hizo así más temible también para la infantería; aun así, los piqueros de la época nunca le tuvieron miedo. Con este cambio la caballería se convirtió en un arma uniforme y entró en una proporción mucho mayor en la composición de los ejércitos, sobre todo en el periodo que ahora hemos de examinar, la guerra de los Treinta Años. En esta época el sistema del servicio mercenario era universal en Europa; se había formado una clase de hombres que vivían de la guerra y por la guerra, y aunque la táctica hubiera podido ganar con ello, el carácter de los hombres, tanto el material que componía los ejércitos como su moral, había sufrido sin duda. La Europa central estaba invadida por condottieri de toda laya, que tomaban las querellas religiosas y políticas como pretexto para saquear y devastar todo el país. El carácter del soldado individual había entrado en esa degradación que no dejó de crecer hasta que la Revolución francesa barrió definitivamente ese sistema de servicio mercenario. Los imperiales disponían sus batallas según el sistema de la brigada española, con 4 o más brigadas en línea, formando así 3 líneas. Los suecos, con Gustavo Adolfo, formaban en brigadas suecas, cada una compuesta de 3 batallones, uno delante y dos un poco más atrás, cada uno desplegado en línea, con las picas en el centro y los mosqueteros en las alas. Estaban dispuestos de tal modo (pues ambas armas estaban representadas en igual número) que, formando una línea contigua, cualquiera de ellas podía cubrir a la otra. Si se daba la orden de formar una línea contigua de mosqueteros, las dos mangas de esta arma del batallón del centro o de cabeza cubrían a sus propias picas adelantándose a ellas, mientras que las de los otros dos batallones avanzaban, cada una por su flanco, hasta alinearse con la primera. Si se temía un ataque de caballería, todos los mosqueteros se retiraban detrás de los piqueros, mientras que las dos alas de estos avanzaban hasta alinearse con el centro y formaban así una línea contigua de picas. El orden de batalla se formaba con dos líneas de estas brigadas, que componían el centro del ejército, mientras la numerosa caballería se situaba en las dos alas, entremezclada con pequeños cuerpos de mosqueteros. Lo característico de este sistema sueco es que los piqueros, que en el siglo XVI habían sido la gran arma ofensiva, habían perdido ahora toda capacidad de ataque. Se habían convertido en un mero medio de defensa, y su oficio era resguardar a los mosqueteros de una carga de caballería; era esta última arma, a su vez, la que tenía que hacer todo el trabajo de ataque. Así, la infantería había perdido terreno y la caballería lo había recuperado. Pero entonces Gustavo Adolfo puso fin al fuego, que se había convertido en el modo de combatir favorito de la caballería, y ordenó a sus jinetes cargar siempre a galope tendido y sable en mano; y desde entonces hasta que se volvió a combatir en terreno quebrado, toda caballería que se atuvo a esta táctica pudo jactarse de grandes éxitos sobre la infantería. No puede haber condena mayor de la infantería mercenaria de los siglos XVII y XVIII que esa; y, sin embargo, fue, a todos los efectos de la batalla, la infantería más disciplinada de todos los tiempos. El resultado general de la guerra de los Treinta Años para la táctica europea fue que desaparecieron tanto la brigada sueca como la española, y que los ejércitos pasaron a disponerse en dos líneas, con la caballería en las alas y la infantería en el centro. La artillería se colocaba delante del frente o en los intervalos de las otras armas. A veces se conservaba una reserva de caballería, o de caballería e infantería. La infantería se desplegaba en línea a 6 de fondo; los mosquetes se habían aligerado tanto que se podía prescindir de la horquilla, y en todas partes se habían adoptado los cartuchos y las cartucheras. La mezcla de mosqueteros y piqueros en los mismos batallones de infantería dio entonces lugar a los movimientos tácticos más complicados, fundados todos en la necesidad de formar lo que se llamaba batallones defensivos, o lo que nosotros llamaríamos cuadros contra la caballería. Aun en un simple cuadro no era cosa fácil separar desde el centro las 6 filas de piqueros de modo que rodearan por completo y por todos lados a los mosqueteros, que, naturalmente, estaban indefensos contra la caballería; ¡pero qué no sería formar del mismo modo el batallón en cruz, en octógono o en otras figuras caprichosas! Así ocurrió que el sistema de instrucción de este periodo fue el más complicado que se haya visto, y nadie que no fuera soldado de por vida tenía la menor posibilidad de alcanzar en él siquiera la destreza más común. Al mismo tiempo, es evidente que, ante el enemigo, todos estos intentos de formar un cuerpo capaz de resistir a la caballería eran perfectamente inútiles; cualquier caballería decente habría estado en medio de semejante batallón antes de que se hubiera podido ejecutar una cuarta parte de los movimientos.

En la segunda mitad del siglo XVII el número de piqueros se redujo mucho en proporción al de mosqueteros, pues desde el momento en que aquellos habían perdido todo poder de ataque, los mosqueteros eran la parte realmente activa de la infantería. Además, se vio que la caballería turca, la más temible de la época, rompía muy a menudo los cuadros de piqueros, mientras que con igual frecuencia la rechazaba el fuego bien apuntado de una línea de mosqueteros. En consecuencia, los imperiales suprimieron todas las picas en su ejército de Hungría y las sustituyeron a veces por caballos de frisa, que se montaban en el campo de batalla y cuyas cuchillas llevaban los mosqueteros como parte de su equipo reglamentario. También en otros países se dieron casos de ejércitos enviados a campaña sin un solo piquero, en los que los mosqueteros confiaban en su fuego y en la ayuda de su propia caballería cuando los amenazaba una carga de jinetes. Aun así, hacían falta dos inventos para acabar del todo con la pica: la bayoneta, inventada en Francia hacia 1640 y mejorada en 1699 hasta convertirse en el arma manejable que hoy se usa, y la llave de chispa, inventada hacia 1670.5 La primera, aunque sin duda un sustituto imperfecto de la pica, permitía al mosquetero darse a sí mismo, en cierta medida, la protección que hasta entonces se suponía que encontraba en los piqueros; la segunda, al simplificar la carga, le permitía compensar con creces, gracias al fuego rápido, las imperfecciones de la bayoneta.

VI. La infantería del siglo XVIII

Con la desaparición de la pica, toda armadura defensiva desapareció del equipo de la infantería, y esta arma pasó a componerse de una sola clase de soldados, armados de fusil de chispa y bayoneta. Este cambio se consumó en los primeros años de la guerra de Sucesión española, que coincidieron con los primeros años del siglo XVIII. Al mismo tiempo encontramos ahora en todas partes ejércitos permanentes de considerable tamaño, reclutados en lo posible por enganche voluntario, unido al rapto, pero en caso necesario también por conscripción forzosa. Estos ejércitos se organizaban ya regularmente en batallones de 500 a 700 hombres como unidades tácticas, subdivididos para fines especiales en compañías; varios batallones formaban un regimiento. Así, la organización de la infantería empezó a tomar una forma más estable y asentada. Como el manejo del fusil de chispa exigía mucho menos espacio que el del viejo mosquete de mecha, se suprimió el antiguo orden abierto y las hileras se cerraron unas contra otras, para tener el mayor número posible de tiradores en el mismo espacio. Por la misma razón, los intervalos entre los distintos batallones en la línea de batalla se redujeron al mínimo, de modo que todo el frente formaba una sola línea rígida e ininterrumpida, con la infantería, en dos líneas, en el centro y la caballería en las alas. El fuego, que antes se hacía por filas, retirándose cada fila a retaguardia para cargar después de haber disparado, se hacía ahora por secciones o compañías, disparando a la vez las 3 primeras filas de cada sección a la voz de mando. Así cada batallón podía mantener un fuego ininterrumpido contra el enemigo que tenía delante. Cada batallón tenía su puesto fijo en esta larga línea, y la disposición que asignaba a cada uno su puesto se llamaba orden de batalla. La gran dificultad estaba ahora en organizar el orden de marcha del ejército de modo que pudiera pasar siempre con facilidad del orden de marcha al de combate, llegando cada parte de la línea de inmediato y con rapidez a su puesto. Los campamentos al alcance del enemigo se disponían con la misma mira. Así, el arte de hacer marchar y acampar a los ejércitos progresó mucho en esta época; aun así, la rigidez y la pesadez del orden de batalla eran un pesado lastre para todos los movimientos de un ejército. Al mismo tiempo, su formalismo y la imposibilidad de mover semejante línea en terrenos que no fueran las llanuras más lisas restringían todavía más la elección del terreno para las batallas; pero mientras ambos bandos llevaban las mismas trabas, esto no era una desventaja para ninguno. Desde Malplaquet hasta el estallido de la Revolución francesa, un camino, un pueblo o un corral eran tabú para la infantería; hasta una zanja o un seto se consideraba casi un estorbo por quienes tenían que defenderlos. La infantería prusiana es la infantería clásica del siglo XVIII. La formó principalmente el príncipe Leopoldo de Dessau. Durante la guerra de Sucesión española la línea de infantería se había reducido de 6 a 4 de fondo. Leopoldo suprimió la cuarta fila y formó a los prusianos a 3 de fondo. Introdujo también la baqueta de hierro, que permitía a sus tropas cargar y disparar 5 veces por minuto, mientras que otras tropas apenas disparaban 3 veces. Al mismo tiempo se les adiestraba para hacer fuego avanzando; pero como tenían que pararse para disparar, y había que mantener la alineación de toda la larga línea, el paso era lento: lo que se llama el paso de la oca. El fuego empezaba a 200 yardas del enemigo; la línea avanzaba al paso de la oca, acortando el paso y redoblando el fuego a medida que se acercaba al enemigo, hasta que este cedía o quedaba tan quebrantado que una carga de caballería desde las alas y un avance a la bayoneta de la infantería lo desalojaban de su posición. El ejército se disponía siempre en dos líneas, pero como apenas había intervalos en la primera, a la segunda le resultaba muy difícil acudir en ayuda de la primera cuando hacía falta. Tales eran el ejército y la táctica que Federico II de Prusia encontró a su disposición al subir al trono. Parecía haber muy pocas posibilidades de que un hombre de genio mejorara este sistema si no rompía con él, y eso Federico, en su situación y con el material que tenía como soldados, no podía hacerlo. Aun así, se las arregló para organizar su modo de ataque y su ejército de manera que, con los recursos de un reino menor de lo que es hoy Cerdeña y con una escasa ayuda pecuniaria de Inglaterra, pudo hacer la guerra contra casi toda Europa. El misterio se explica fácilmente. Hasta entonces las batallas del siglo XVIII habían sido batallas paralelas: ambos ejércitos desplegados en líneas paralelas, luchando en una pelea llana, limpia y a pie firme, sin estratagemas ni artificios; la única ventaja que le cabía al más fuerte era que sus alas desbordaban las del adversario. Federico aplicó al orden de batalla lineal el sistema de ataque oblicuo inventado por Epaminondas. Elegía un ala del enemigo para el primer ataque y lanzaba contra ella una de sus alas, desbordando la del enemigo, y parte de su centro, manteniendo al mismo tiempo retrasado el resto de su ejército. Así no solo tenía la ventaja de envolver al enemigo, sino también la de aplastar con fuerzas superiores a las tropas expuestas a su ataque. Las demás tropas del enemigo no podían acudir en ayuda de las atacadas, pues no solo estaban atadas a sus puestos en la línea, sino que, en cuanto el ataque contra un ala resultaba victorioso, el resto del ejército entraba en línea y atacaba de frente el centro enemigo, mientras el ala que había atacado primero caía sobre su flanco después de haber acabado con el ala. Este era, en efecto, el único método imaginable por el que, manteniendo el sistema de líneas, se podía llevar una fuerza superior contra una parte cualquiera de la línea de batalla enemiga. Todo dependía, pues, de la formación del ala atacante, y en la medida en que lo permitía la rigidez del orden de batalla, Federico siempre la reforzaba. Muy a menudo colocaba delante de la primera línea de infantería del ala atacante una línea avanzada formada por sus granaderos o tropas escogidas, para asegurar en lo posible el éxito en el primer choque. El segundo medio que empleó Federico para mejorar su ejército fue la reorganización de su caballería. Las enseñanzas de Gustavo Adolfo se habían olvidado; la caballería, en lugar de confiar en el sable y en el ímpetu de la carga, había vuelto, salvo raras excepciones, a combatir con la pistola y la carabina. Las guerras de principios del siglo XVIII no habían sido, pues, ricas en cargas de caballería afortunadas; la caballería prusiana, sobre todo, estaba descuidada. Pero Federico volvió al viejo plan de cargar sable en mano y a galope tendido, y formó una caballería sin igual en la historia; a esta caballería debió una parte muy grande de sus éxitos. Cuando su ejército se convirtió en el modelo de Europa, Federico, para cegar a los militares de otras naciones, empezó a complicar hasta un grado asombroso el sistema de evoluciones tácticas, todas ellas inútiles para la guerra real y destinadas solo a ocultar la sencillez de los medios que le habían dado la victoria. Lo consiguió tan bien que nadie quedó más cegado que sus propios subordinados, que creyeron de verdad que estos complicados métodos de formar en línea eran la esencia real de su táctica; y así Federico, además de sentar las bases de esa pedantería y de ese rigorismo cuartelero que han distinguido desde entonces a los prusianos, los preparó de hecho para la vergüenza sin igual de Jena y Auerstädt.

Además de la infantería de línea que hemos descrito hasta aquí, y que siempre combatía en filas cerradas, había cierta clase de infantería ligera, pero esta no aparecía en las grandes batallas. Su tarea era la guerra de partidas; para ella los croatas austriacos eran admirablemente aptos, mientras que para cualquier otro fin no servían. Sobre el modelo de estos semisalvajes de la frontera militar contra Turquía formaron su infantería ligera los demás Estados europeos. Pero el combate de tiradores en las grandes batallas, tal como lo practicaba la infantería ligera de la Antigüedad y de la Edad Media, e incluso hasta el siglo XVII, había desaparecido por completo. Solo los prusianos, y tras ellos los austriacos, formaron uno o dos batallones de cazadores, compuestos de guardas de caza y guardas forestales, todos tiradores certeros, que en la batalla se repartían por todo el frente y disparaban contra los oficiales; pero eran tan pocos que apenas contaban. La resurrección del combate de tiradores es fruto de la guerra de independencia norteamericana. Mientras que a los soldados de los ejércitos europeos, mantenidos juntos por la coacción y el trato severo, no se les podía confiar el combate en orden abierto, en América tuvieron que vérselas con una población que, sin la instrucción regular de los soldados de línea, tenía buenos tiradores y conocía bien el rifle. La naturaleza del terreno la favorecía; en vez de intentar maniobras de las que al principio era incapaz, cayó sin darse cuenta en el combate de tiradores. Así, el combate de Lexington y Concord marca una época en la historia de la infantería.

VII. La infantería de la Revolución francesa y del siglo XIX

Cuando la coalición europea invadió la Francia revolucionaria, los franceses se encontraron en una situación parecida a la de los norteamericanos poco antes, salvo que no tenían las mismas ventajas del terreno. Para combatir a los numerosos ejércitos que invadían el país o amenazaban con invadirlo según el viejo principio de la línea, habrían necesitado hombres bien instruidos, y estos escaseaban, mientras que abundaban los voluntarios sin instrucción. En la medida en que hubo tiempo, se les ejercitó en las evoluciones elementales de la táctica lineal; pero en cuanto entraban en fuego, los batallones desplegados en línea se disolvían, sin darse cuenta, en espesos enjambres de tiradores que buscaban protección contra el fuego en todos los accidentes del terreno, mientras que la segunda línea formaba una especie de reserva que muy a menudo se veía envuelta en la lucha desde el comienzo mismo del combate. Los ejércitos franceses, además, estaban organizados de manera muy distinta de los que se les oponían. No formaban una línea inflexible y monótona de batallones, sino divisiones de ejército, cada una compuesta de artillería, caballería e infantería. Se redescubrió de golpe el gran hecho de que no importa que un batallón combata en su puesto «correcto» del orden de batalla, con tal de que entre en línea cuando se le ordena y combata bien. Como el Gobierno francés era pobre, se suprimieron las tiendas y el inmenso bagaje del siglo XVIII; se inventó el vivac, y las comodidades de los oficiales, que en los demás ejércitos formaban gran parte de los impedimentos, se redujeron a lo que podían llevar a la espalda. El ejército, en lugar de alimentarse desde almacenes, tenía que vivir de requisas en el país que atravesaba. Así, los franceses alcanzaron una movilidad y una facilidad para formar en orden de batalla del todo desconocidas para sus enemigos. Si eran derrotados, estaban en pocas horas fuera del alcance de la persecución; si avanzaban, podían aparecer en puntos inesperados, en los flancos del enemigo, antes de que este se diera cuenta. Esta movilidad, y los celos entre los jefes de la coalición, les dieron respiro para instruir a sus voluntarios y elaborar el nuevo sistema táctico que estaba naciendo entre ellos. Desde el año 1795 vemos que este nuevo sistema toma la forma definida de una combinación de tiradores y columnas cerradas. La formación en línea se añadió más tarde, no ya para todo un ejército como hasta entonces, sino solo para batallones sueltos, que desplegaban en línea siempre que parecía exigirlo la ocasión. Es evidente que esta última maniobra, que requiere una instrucción más firme, fue la última que recuperaron las bandas irregulares de la Revolución francesa. Tres batallones formaban una media brigada, 6 una brigada; 2 o 3 brigadas de infantería, una división, a la que se agregaban 2 baterías de artillería y algo de caballería; varias de estas divisiones formaban un ejército. Cuando una división encontraba al enemigo, los tiradores de su vanguardia se establecían en una posición defensiva, y la vanguardia formaba su reserva hasta que llegaba la división. Las brigadas formaban entonces en dos líneas y una reserva, pero cada batallón en columna y sin intervalos fijos; para proteger los huecos del orden de batalla estaban la caballería y la reserva. La línea de batalla ya no tenía por qué ser recta e ininterrumpida; podía doblarse en todas direcciones según lo exigiera el terreno, pues ya no se buscaban llanuras desnudas para las batallas; al contrario, los franceses preferían el terreno quebrado, y sus tiradores, formando una cadena delante de toda la línea de batalla, se metían en cada pueblo, corral o soto del que pudieran apoderarse. Si los batallones de la primera línea desplegaban, por lo general todos se convertían pronto en tiradores; los de la segunda línea permanecían siempre en columna y solían cargar en esta formación, con gran éxito, contra las delgadas líneas del enemigo. Así, la formación táctica de un ejército francés para la batalla llegó poco a poco a consistir en dos líneas, cada una de batallones en columna cerrada, colocados al tresbolillo, con tiradores delante del frente y una reserva compacta a retaguardia. En esta fase de desarrollo encontró Napoleón la táctica de la Revolución francesa. En cuanto su ascenso al poder político se lo permitió, empezó a desarrollar más aún el sistema. Concentró su ejército en el campamento de Boulogne y le dio allí un curso regular de instrucción. Lo ejercitó especialmente en la formación de masas de reserva compactas en un espacio pequeño y en el despliegue rápido de estas masas para entrar en línea. Reunió 2 o 3 divisiones en un cuerpo de ejército para simplificar el mando. Inventó y llevó a su mayor perfección el nuevo orden de marcha, que consiste en repartir las tropas por una extensión de terreno tan grande que puedan vivir de los recursos que contiene, manteniéndolas sin embargo tan unidas que puedan reunirse en cualquier punto dado antes de que el enemigo pueda aplastar a la parte atacada. A partir de la campaña de 1809, Napoleón empezó a inventar nuevas formaciones tácticas, como las columnas profundas de brigadas y divisiones enteras, que fracasaron rotundamente y nunca volvieron a emplearse. Después de 1813 este nuevo sistema francés pasó a ser propiedad común de todas las naciones del continente europeo. El viejo sistema de línea y el sistema del reclutamiento de mercenarios se habían abandonado a la vez. En todas partes se reconoció la obligación de todo ciudadano de prestar servicio militar, y en todas partes se introdujo la nueva táctica. En Prusia y en Suiza todo el mundo tenía que servir de hecho; en los demás Estados se introdujo una conscripción en la que los jóvenes sorteaban quién había de servir; en todas partes se introdujeron sistemas de reserva, enviando a casa una parte de los hombres una vez instruidos, para tener en caso de guerra un gran número de hombres instruidos a disposición, con poco gasto en la paz.

Desde entonces se han producido varios cambios en el armamento y la organización de la infantería, debidos en parte al progreso de la fabricación de armas portátiles y en parte al choque de la infantería francesa con los árabes de Argelia. Los alemanes, siempre aficionados al rifle, habían aumentado sus batallones de cazadores; los franceses, empujados por la necesidad de tener en Argelia un arma de mayor alcance, formaron por fin en 1840 un batallón de cazadores armados con un rifle mejorado de gran precisión y alcance. Estos hombres, adiestrados para hacer todas sus evoluciones, y aun marchas largas, a una especie de trote (pas gymnastique), demostraron pronto tal eficacia que se formaron nuevos batallones. De este modo se creó una nueva infantería ligera, no ya con tiradores de caza y guardas, sino con los hombres más fuertes y ágiles; se combinaron la precisión del tiro y el largo alcance con la agilidad y la resistencia, y se formó una fuerza que, hasta donde llegaba, era sin duda superior a cualquier otra infantería existente. Al mismo tiempo, el pas gymnastique se introdujo en la infantería de línea, y lo que hasta Napoleón habría considerado el colmo de la locura, correr, se practica hoy en todos los ejércitos como parte esencial de la instrucción de la infantería. El éxito del nuevo rifle de los cazadores franceses (Delvigne-Pontcharra)6 produjo pronto nuevas mejoras. Se introdujo la bala cónica para las armas rayadas. Minié, Lorenz y Wilkinson inventaron nuevos medios de hacer que la bala bajara fácilmente por el ánima y, sin embargo, se expandiera una vez en el fondo, de modo que su plomo llenara las estrías y le diera así la rotación lateral y la fuerza de las que depende el efecto del rifle; por otra parte, Dreyse inventó el fusil de aguja, que se carga por la recámara y no requiere cebo aparte. Todos estos rifles podían hacer blanco a 1.000 yardas y se cargaban con la misma facilidad que un mosquete corriente de ánima lisa. Surgió entonces la idea de armar con estos rifles a toda la infantería. Inglaterra fue la primera en llevarla a cabo; la siguió Prusia, que había preparado este paso mucho antes; luego Austria y los Estados alemanes menores, y por último Francia. Rusia y los Estados italianos y escandinavos siguen rezagados. Este nuevo armamento ha cambiado por completo el aspecto de la guerra, pero no del modo que esperaban los teóricos de la táctica, y por una razón matemática muy sencilla. Se puede demostrar fácilmente, trazando la trayectoria de estas balas, que un error de 20 o 30 yardas al estimar la distancia del blanco destruye toda posibilidad de acertar más allá de 300 o 350 yardas. Ahora bien, mientras que en el campo de tiro las distancias se conocen, en el campo de batalla no se conocen y cambian a cada momento. Una infantería apostada en una posición defensiva que haya tenido tiempo de medir a pasos las distancias de los objetos más visibles delante del frente tendrá, pues, una ventaja inmensa, entre 1.000 y 300 yardas, sobre una fuerza atacante. Esto solo puede evitarse avanzando rápidamente y sin disparar, a trote largo, hasta unas 300 yardas, donde el fuego de ambos bandos será igual de eficaz. A esa distancia el fuego entre dos líneas de tiradores bien apostadas será tan mortífero, y tantas balas alcanzarán a los piquetes y a las reservas, que una infantería con arrojo no podrá hacer nada mejor que aprovechar la primera ocasión para lanzarse sobre el enemigo, soltando una descarga a 40 o 50 yardas. Estas reglas, demostradas primero teóricamente por el comandante prusiano Trotha, las han puesto a prueba en la práctica los franceses en su reciente guerra contra los austriacos, y con éxito. Formarán parte, por tanto, de la táctica moderna de la infantería, sobre todo si resultan de igual efecto frente a un arma de carga tan rápida como el fusil de aguja prusiano. El armamento de toda la infantería con un mismo rifle tenderá a suprimir las distinciones, que aún existen, entre infantería ligera y de línea, formando una infantería apta para cualquier servicio. En esto consistirá evidentemente la próxima mejora de esta arma.

  1. Se refiere al artículo «Army» de Engels, publicado en el tomo II de la enciclopedia (1858). ↩

  2. Las «mulas de Mario», apodo de los legionarios cargados con su equipo. ↩

  3. Eduardo de Woodstock (1330-1376), el Príncipe Negro, vencedor de los franceses en Poitiers (1356). ↩

  4. Los españoles. ↩

  5. Así en la enciclopedia; la Werke da «hacia 1650». ↩

  6. La enciclopedia escribe «Delvigne-Pontchara». Henri-Gustave Delvigne (1799-1876) y Pontcharra, oficiales franceses que perfeccionaron la carabina de cazadores adoptada en 1840-1842. ↩