Escrito en inglés por Friedrich Engels entre finales de octubre de 1860 y mediados de enero de 1861 y publicado como serie de ocho artículos en The Volunteer Journal, for Lancashire and Cheshire (núm. 9, del 3 de noviembre de 1860, a núm. 20, del 19 de enero de 1861); reimpreso en 1861 en el folleto Essays Addressed to Volunteers. El original inglés no está disponible en una edición libre; traducimos de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 195-226), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Bajo cada artículo damos el número y la fecha de la revista. Las notas de Engels se indican; las demás son nuestras. Texto original en alemán.
I
The Volunteer Journal, for Lancashire and Cheshire, núm. 9, 3 de noviembre de 1860.
El fusil rayado es un invento alemán que se hizo a finales del siglo XV. Los primeros fusiles rayados se fabricaron, por lo visto, solo para facilitar la carga de un arma con una bala que ajustaba casi exactamente. Por eso las estrías eran rectas, sin ninguna espiral, y servían únicamente para reducir el rozamiento de la bala en el cañón. La bala misma se envolvía en un trocito engrasado de paño de lana o de lino (el calepino) y así se empujaba hacia abajo sin gran dificultad. Estas carabinas, por primitivas que fueran, debieron de dar resultados mucho mejores que las armas de ánima lisa de aquel tiempo, cuyas balas tenían un diámetro bastante menor que el calibre.
Más tarde, la naturaleza del arma cambió por completo al darse a las estrías un giro en espiral, que convertía el ánima del cañón en una especie de tuerca. La bala, que por el calepino muy ajustado tenía que seguir las estrías y, por tanto, también la espiral, conservaba así un giro helicoidal durante toda su trayectoria. Pronto se vio que este procedimiento, que hace girar a la bala, aumentaba enormemente el alcance y la precisión del arma, y así las estrías en espiral desplazaron muy deprisa a las rectas.
Este fue el modelo de fusil rayado de uso general durante más de doscientos años. Si se prescinde de los disparadores de pelo y de unas alzas mejor trabajadas, apenas se mejoró hasta 1828. Esta carabina era muy superior al mosquete de ánima lisa en precisión, pero no tanto en alcance; más allá de 300 a 500 yardas no se podía confiar en ella. Además, era relativamente difícil de cargar: empujar la bala hacia abajo era una operación muy larga; la pólvora y la bala envuelta en el calepino tenían que introducirse en el cañón cada una por separado, y no se podía disparar más de un tiro por minuto. Estos inconvenientes hacían la carabina impropia para la mayor parte del ejército, sobre todo en una época como el siglo XVIII, en la que todas las batallas se decidían por el fuego rápido de las líneas desplegadas. Con esa táctica, el viejo mosquete de ánima lisa, con todas sus evidentes deficiencias, seguía siendo con mucho el arma preferible. Así vemos que la carabina siguió siendo el arma favorita del cazador al rececho y del cazador de rebecos, y que solo excepcionalmente se armaron con ella algunos batallones de tiradores selectos, y solo en los ejércitos que podían reclutarlos entre la población con un número suficiente de cazadores ejercitados.
Las guerras de las revoluciones americana y francesa provocaron un gran cambio en la táctica. Desde entonces se empleó el orden abierto en todo encuentro. El empleo de tiradores junto con las líneas o las columnas pasó a ser el rasgo propiamente característico del combate moderno. Las fuerzas principales se retienen la mayor parte del día; están en reserva o se maniobra con ellas para concentrarlas sobre el punto débil del enemigo. Solo se emplean en los momentos decisivos; pero entretanto los tiradores y su apoyo inmediato están en combate continuo. Ellos gastan la mayor parte de las municiones, y los blancos a los que disparan rara vez son mayores que el frente de una compañía. En la mayoría de los casos tienen que tirar contra adversarios aislados, bien cubiertos por objetos que los protegen. El efecto de su fuego es, sin embargo, de la mayor importancia, porque con él se prepara todo ataque y con él se recibe primero todo ataque enemigo. De los tiradores se espera que debiliten la capacidad de resistencia de los destacamentos que ocupan las granjas o las aldeas y que quiten el filo al ataque de una línea que avanza. Con la vieja Brown Bess1 no podía cumplirse con eficacia ninguna de estas tareas. Quien haya estado alguna vez bajo el fuego de tiradores armados con mosquetes de ánima lisa no puede haber sentido sino el mayor desprecio por su efecto a distancias medias. Pero tampoco el viejo modelo de fusil rayado servía para la mayoría de los tiradores. Para que la bala pudiera empujarse con más facilidad tenía que ser corto, tan corto que era una empuñadura pobre para una bayoneta. Por eso a los tiradores solo se les empleaba en posiciones en las que estuvieran a salvo de una carga a la bayoneta o de la caballería.
En estas circunstancias se planteó la siguiente tarea urgente: inventar un arma de fuego que uniera el alcance y la precisión de la carabina a la rapidez y la facilidad de carga y a la longitud de cañón del mosquete de ánima lisa; un arma, pues, que fuera a la vez carabina y arma para el combate cuerpo a cuerpo y que pudiera ponerse en manos de todo infante.
Vemos, pues, que fue precisamente la introducción del combate en orden abierto en la táctica moderna la que hizo surgir la exigencia de un arma de guerra así perfeccionada. Siempre que en el siglo XIX surge la necesidad de algo, y esa necesidad está justificada por las circunstancias dadas, se satisface con toda seguridad. En este caso así ocurrió. Casi todas las mejoras introducidas en las armas de fuego portátiles desde 1828 sirvieron a este fin.
Pero, antes de intentar dar una visión de conjunto de las mejoras que produjeron cambios tan grandes y numerosos en las armas de fuego rayadas al abandonar el viejo sistema de empujar la bala cañón abajo, permítasenos echar una ojeada a los intentos de mejorar el fusil rayado conservando el viejo método de carga.
La carabina de ánima oval, conocida en Inglaterra como fusil Lancaster, estuvo en uso en el continente durante más de cuarenta años. Se menciona en un libro militar alemán impreso en 1818. El coronel Berner, de Brunswick, la mejoró e hizo armar con ella en 1832 a toda la infantería de ese ducado. El ánima era solo ligeramente oval, y la bala oval se empujaba a la manera antigua. Esta bala oval, sin embargo, solo debía emplearse en el fuego de tiradores. Para el fuego por descargas se daban a los soldados balas redondas de menor calibre, que bajaban por el cañón con la misma facilidad que cualquier bala de mosquete. Pero las deficiencias de este sistema son evidentes. Solo es notable porque fue el primer intento de armar con fusiles rayados a toda la infantería de un ejército.
En Suiza, un ingeniero civil y oficial de tiradores, el señor Wild, mejoró considerablemente la carabina. Su bala era, en proporción al calibre, más pequeña de lo habitual y estaba hecha de modo que solo podía pasar por las estrías con el calepino; un disco en la baqueta impedía que esta penetrara demasiado en el cañón y empujara la bala tan contra la carga que aplastara la pólvora. Se redujo el giro de las estrías y se aumentó la carga. El fusil de Wild dio muy buenos resultados, con un alcance de más de 500 yardas y una trayectoria muy tendida; además, permitía hacer más de cien disparos sin ensuciarse. Se adoptó en Suiza, en Wurtemberg y en Baden; pero hoy está, naturalmente, anticuado y superado.
La carabina más moderna y mejor de las construidas según el principio de la carga forzada es el nuevo fusil reglamentario de los tiradores selectos suizos. Para esta arma se adoptó el principio americano de un calibre muy pequeño. El calibre no pasa de 10,5 mm, o 0,42 pulgadas. El cañón solo tiene 28 pulgadas de largo y ocho estrías poco profundas (una vuelta cada treinta y cuatro pulgadas). La baqueta lleva el disco introducido por Wild. El proyectil es cilindro-ojival y muy largo. Se empuja con ayuda de un calepino engrasado. La carga es relativamente fuerte y consiste en una pólvora de grano muy grueso. Esta arma ha mostrado los efectos más asombrosos, y en las pruebas de distintos fusiles que hizo hace poco el Gobierno holandés se comprobó que ninguno la igualaba en alcance, precisión y trayectoria tendida. En efecto, a una distancia de 600 yardas el punto más alto de la trayectoria está solo a ocho pies y seis pulgadas, de modo que a esa distancia toda la trayectoria de la bala es peligrosa para la caballería, y las últimas 100 yardas de ella lo son incluso para la infantería. Dicho de otro modo, un error de 100 yardas al calcular una distancia de 600 no impediría que la bala alcanzara un objeto de seis pies de altura. Es un resultado con el que se supera con mucho a cualquier otro fusil rayado; los mejores de ellos necesitan una elevación que lleva los puntos más altos de la trayectoria, a 600 yardas, a entre 13 y 20 pies y reduce el espacio peligroso de 60 a 25 yardas. Esta trayectoria extraordinariamente tendida se debe al pequeño calibre del arma, que permite un proyectil muy alargado, en forma de saeta, y una carga relativamente fuerte. Con un calibre pequeño, el fusil puede ser muy resistente sin resultar pesado, el proyectil puede ser largo sin ser pesado y la carga puede ser relativamente fuerte sin producir un retroceso excesivo. Es seguro que la carga más fuerte no tiene nada que ver con los excelentes resultados de tiro del fusil. En realidad es el único inconveniente de esta arma e impide que se emplee de manera general en la infantería. Por eso los suizos la han reservado a sus compañías de tiradores selectos, en cuyas manos dará sin duda resultados extraordinariamente buenos.
En el próximo artículo mostraremos cómo el fusil rayado se convirtió en un arma apta para ponerse en manos de todo infante.
II
The Volunteer Journal, for Lancashire and Cheshire, núm. 11, 17 de noviembre de 1860.
Delvigne, un oficial francés2, fue el primero que intentó hacer del fusil rayado un arma apropiada para toda la infantería. Comprendió que para ello la bala tenía que deslizarse en el cañón con la misma facilidad, o casi, que la de un arma de ánima lisa, y estar hecha de modo que luego cambiara de forma para penetrar en las estrías.
Para conseguirlo construyó ya en 1828 un fusil rayado con una recámara en el tornillo de culata. Es decir, el extremo del interior del cañón junto al tornillo de culata, donde se aloja la pólvora, recibió un diámetro bastante menor que el resto del cañón. Esta recámara se tomó de los obuses y morteros, que siempre se habían construido así. Pero, mientras que en la artillería solo servía para mantener bien juntas las pequeñas cargas destinadas a morteros y obuses, en el fusil de Delvigne cumplía un fin esencialmente distinto. Una vez vertida la pólvora en la recámara, se dejaba rodar detrás la bala, que era más pequeña que el calibre. Al llegar al borde de la recámara no podía seguir y quedaba detenida. Pero bastaban unos cuantos golpes enérgicos de la baqueta para hacer entrar el plomo blando de la bala en las estrías y aumentar su diámetro de modo que quedara firmemente ajustada en el cañón.
El mayor inconveniente de este sistema era que la bala perdía su forma redonda y quedaba algo aplastada. Por ello tendía a perder el giro lateral que le imprimían las estrías, lo que perjudicaba notablemente la precisión. Para remediarlo, Delvigne inventó el proyectil alargado (cilíndrico), y, aunque los experimentos con esta clase de proyectiles no tuvieron al principio mucho éxito en Francia, dieron muy buenos resultados en Bélgica, Austria y Cerdeña, donde el fusil de Delvigne, con distintas mejoras, se dio a los batallones de cazadores en lugar de la vieja carabina. Aunque hoy el fusil rayado de Delvigne está superado casi en todas partes, sus mejoras contienen los dos principios importantes de los que han tenido que partir todos los inventores posteriores: primero, que en las armas de avancarga el proyectil tiene que deslizarse con cierta holgura para permitir una carga fácil, y que, para penetrar en las estrías, tiene que asentarse con fuerza, cambiando así su forma exterior; segundo, que los proyectiles alargados son los únicos apropiados para los fusiles modernos. Delvigne puso enseguida la cuestión sobre su verdadera base y merece plenamente el nombre de padre del fusil moderno.
El proyectil alargado ofrece numerosas ventajas sobre la bala redonda, siempre que conserve el giro lateral (en torno a su eje longitudinal), cosa que consigue satisfactoriamente casi todo fusil rayado moderno. El proyectil alargado opone a la resistencia de la atmósfera, en proporción a su peso, una superficie mucho menor que la bala redonda. Su punta puede tener una forma que reduzca esa resistencia al mínimo. Como un dardo o una flecha, lo sostiene hasta cierto punto el aire que tiene debajo. En consecuencia, pierde mucho menos su velocidad inicial por la resistencia del aire y, por tanto, alcanzará una distancia dada con una trayectoria mucho más baja (es decir, con una trayectoria mucho más peligrosa para el adversario) que cualquier proyectil redondo del mismo diámetro.
Otra ventaja es que el proyectil alargado ofrece una superficie de contacto con la pared del cañón decididamente mayor que el proyectil redondo. Por eso puede tomar las estrías mucho mejor y permite tanto un paso más corto como una menor profundidad de las estrías. Ambas circunstancias facilitan la limpieza del arma y permiten a la vez el empleo de cargas completas sin aumentar el retroceso del fusil.
Y, por último, como el peso del proyectil alargado es mucho mayor que el de la bala redonda, resulta que el calibre, es decir, el diámetro del ánima del fusil, puede reducirse considerablemente y aun así se puede disparar un proyectil del mismo peso que la vieja bala redonda. Si se toma, pues, como peso normal el del viejo mosquete de ánima lisa y el de su bala, un fusil rayado para proyectiles alargados del mismo peso puede reforzarse, en relación con el viejo mosquete, en la medida en que se reduzca el calibre, y aun así no superará el peso del viejo mosquete. Como el fusil es más fuerte, resiste tanto mejor la carga; tiene menos retroceso, y, en consecuencia, el calibre menor permite cargas relativamente más fuertes, con lo que se asegura una mayor velocidad inicial y una trayectoria correspondientemente más baja.
La mejora siguiente la hizo otro oficial francés, el coronel Thouvenin3. Vio con claridad el inconveniente de que, al recalcar el proyectil en las estrías, lo sujetara un reborde circular que rodea el borde del proyectil. Suprimió por eso los bordes de la recámara, taladrando de nuevo, como antes, todo el cañón de manera uniforme con un diámetro único. En el centro del tornillo de culata que cierra el cañón fijó un vástago o espiga de hierro, corto y fuerte, que sobresalía dentro del cañón y alrededor del cual debía caer la pólvora. La punta aplanada de esta espiga debía sostener el proyectil mientras la baqueta lo recalcaba en las estrías. Las ventajas de este sistema eran considerables. La dilatación del proyectil por los golpes de la baqueta era mucho más regular que en el fusil de Delvigne. El arma permitía una holgura mayor, lo que facilitaba la carga. Los resultados obtenidos con ella fueron tan satisfactorios que ya antes de 1846 se armó a los chasseurs à pied franceses con fusiles de Thouvenin. Siguieron los zuavos y el resto de la infantería ligera de África, y, cuando se vio que los viejos mosquetes de ánima lisa podían transformarse en fusiles de Thouvenin con poco gasto, se modificaron del mismo modo todas las carabinas de la artillería de a pie francesa. Los tiradores prusianos se armaron con el fusil de Thouvenin en 1847, los bávaros en 1848, y la mayoría de los Estados menores del norte de Alemania siguieron el ejemplo. En algunos casos se dotó incluso a partes de la infantería de línea de esta excelente arma. En todos estos fusiles se advierte, pese a todas las variaciones de calibre, etc., cierta aproximación a un sistema uniforme. El número de estrías se ha reducido (casi siempre a 4), y el rayado suele ser de tres cuartos de vuelta a una vuelta completa en toda la longitud del cañón.
El fusil de Thouvenin tenía, sin embargo, también sus inconvenientes. La fuerza necesaria para meter a golpes repetidos el plomo del proyectil en las estrías era incompatible con la longitud de cañón que siempre ha de tener el fusil ordinario de la infantería de línea para ser una empuñadura eficaz de la bayoneta. Además, a los tiradores les resultaba muy difícil hacer esa fuerza arrastrándose o de rodillas. La resistencia que el proyectil, metido en las estrías hasta justo delante de la pólvora, opone a la fuerza explosiva aumenta el retroceso y limita así el fusil a una carga relativamente pequeña. Por último, la espiga sigue siendo siempre una complicación molesta del arma; dificulta mucho la limpieza justo a su alrededor y se estropea con facilidad.
El principio de comprimir el proyectil con los golpes de la baqueta dio con el sistema de Delvigne, en las circunstancias de entonces, resultados muy satisfactorios, y todavía mejores con el sistema de Thouvenin. Sin embargo, el fusil rayado no pudo hacer valer su superioridad sobre el viejo mosquete de ánima lisa como arma general de la infantería. Antes de poder producir un fusil rayado apropiado para todo soldado hubo que recurrir a otros principios. De ello hablaremos en uno de los próximos números.
III
The Volunteer Journal, for Lancashire and Cheshire, núm. 14, 8 de diciembre de 1860.
Delvigne, cuyo fusil rayado describimos en el artículo anterior, juzgó conveniente vaciar sus proyectiles alargados por la base para reducir su peso aproximadamente al de la vieja bala redonda. Aunque muy pronto descubrió que este proyectil hueco no era compatible con el sistema de dilatar el proyectil a golpes mecánicos, sus experimentos bastaron para demostrarle que el gas que desprende la inflamación penetra en el hueco del proyectil y tiende a dilatar las paredes de ese hueco. Con ello se consigue que el proyectil se ajuste exactamente al cañón y tome así las estrías.
Este descubrimiento lo recogió en 1849 el entonces capitán Minié4. Suprimió definitivamente la espiga o apoyo del fondo del cañón y devolvió al fusil la sencillez que tenía antes de Delvigne y Thouvenin. Para ello confió exclusivamente en el efecto dilatador de la inflamación sobre el hueco de su proyectil. Este proyectil era cilindro-ojival, con dos acanaladuras anulares alrededor de la parte cilíndrica5, y estaba vaciado en forma cónica desde la base. Un culote de hierro en forma de taza (culot) cerraba el hueco y la fuerza de la inflamación lo empujaba dentro de él, con lo que el plomo se dilataba eficazmente. El proyectil tenía holgura suficiente para recorrer el cañón con facilidad, aun envuelto en el cartucho de papel engrasado.
Aquí tenemos, pues, por fin, un fusil rayado y un proyectil desarrollados según principios que permiten poner esta arma en manos de todo soldado de a pie. La nueva arma se carga con la misma facilidad que el mosquete de ánima lisa y tiene un efecto muy superior al del viejo fusil rayado, al que iguala en precisión, pero supera con mucho en alcance. El fusil de proyectil de expansión es sin duda, de todas las armas de avancarga, la mejor tanto para el uso general como para los tiradores selectos, y precisamente a esta circunstancia debe su gran éxito, su adopción en tantos ejércitos y también los muchos intentos de mejorar la forma del proyectil o las estrías del fusil. El proyectil Minié solo necesita ser un poco más pesado que la vieja bala redonda del mismo calibre, porque es hueco. Como el proyectil descansa suelto sobre la pólvora y solo se dilata poco a poco mientras recorre el cañón, el retroceso es mucho menor que en el viejo fusil o en los fusiles de Delvigne o de Thouvenin, en los que el proyectil está encajado a presión en el cañón y solo lo suelta la fuerza plena de la inflamación. Por eso con el fusil Minié puede emplearse una carga relativamente fuerte. Las estrías tienen que ser muy poco profundas, lo que facilita la limpieza del cañón. La longitud del eje correspondiente a una vuelta completa de las estrías tiene que ser bastante grande, con lo que se reduce el número de vueltas del proyectil y, por tanto, el rozamiento con el aire (que se produce en cada rotación), y así se conserva mejor la velocidad inicial. La base hueca del proyectil desplaza además su centro de gravedad hacia delante, y todas estas circunstancias juntas dan una trayectoria relativamente baja.
Pero la adopción general del fusil Minié se debió todavía a otra causa: que con un procedimiento muy sencillo todos los viejos mosquetes de ánima lisa podían transformarse en fusiles rayados aptos para los proyectiles Minié. Cuando la guerra de Crimea hizo deseable armar enseguida con fusiles rayados a toda la infantería en Prusia, y no se habían fabricado los fusiles de aguja necesarios, se rayaron 300.000 viejos mosquetes y en menos de un año quedaron aptos para la munición Minié.
El Gobierno francés fue el primero que armó algunos batallones con fusiles Minié. Pero las estrías eran progresivas, es decir, más profundas junto al tornillo de culata que en la boca, de modo que el plomo que había entrado en las estrías cerca de la culata volvía a comprimirse, mientras avanzaba por el cañón, por las estrías cada vez menos profundas, al tiempo que seguía actuando la fuerza expansiva de los gases de la pólvora. Esto producía un rozamiento tan grande que muy a menudo la parte maciza del proyectil se arrancaba y salía despedida del cañón, mientras la base hueca quedaba firmemente encajada en las estrías. Este defecto y otros hicieron que el Gobierno renunciara a seguir intentando introducir el fusil Minié.
Ya en 1851 se fabricaron en Inglaterra 28.000 fusiles de este tipo, parecidos a los que se habían probado en Francia. El proyectil era ligeramente cónico, con punta ojival, un cono hueco redondo y sin acanaladuras, porque se tenía la intención de prensar los proyectiles. Los resultados fueron muy poco satisfactorios —sobre todo por la forma del proyectil— hasta que en 1852 se hicieron nuevos experimentos de los que salieron finalmente el fusil Enfield y sus proyectiles, de los que volveremos a hablar más adelante. El fusil Enfield no es más que una variedad del fusil Minié. Desde 1854 ha desplazado definitivamente todos los mosquetes de ánima lisa del ejército británico.
En Bélgica se adoptó el fusil Minié, con ligeras modificaciones, desde 1854 para los tiradores y recientemente también para la infantería de línea.
En España los tiradores recibieron el fusil Minié en 1853, y por la misma época se dotó también de él a la infantería de línea.
En Prusia se repartió provisionalmente el fusil Minié a la infantería de línea en 1855-1856, como se ha dicho más arriba. Desde entonces lo ha desplazado por completo el fusil de aguja.
En los Estados alemanes menores también se adoptó, con muy pocas excepciones, el fusil Minié.
El fusil Prélat6, destinado en Suiza a armar a toda la infantería salvo a los tiradores selectos, no es más que una variante del fusil Minié.
Y en Rusia, por último, el Gobierno está ahora mismo sustituyendo los viejos mosquetes de ánima lisa por fusiles Minié de un modelo muy bueno.
En casi todos estos países, el número, la profundidad y el paso de las estrías, así como la forma del proyectil, sufrieron diversas modificaciones menores. La descripción de las más importantes será el contenido de nuestro próximo artículo.
IV
The Volunteer Journal, for Lancashire and Cheshire, núm. 15, 15 de diciembre de 1860.
Recapitulemos una vez más el principio del fusil Minié: un fusil rayado de estrías poco profundas se carga con un proyectil alargado cuyo diámetro es solo lo justo menor que el calibre para que se deslice fácilmente hacia abajo. Este proyectil está vaciado por la base, es decir, por el extremo que descansa sobre la pólvora. Al disparar, el gas que desprende la inflamación penetra en ese hueco y, con su presión sobre las paredes, relativamente delgadas, dilata el plomo de modo que se ajuste al ánima y pueda entrar en las estrías. El proyectil tiene que seguir forzosamente el giro de esas estrías y conserva la rotación lateral característica de todos los proyectiles de fusil. Este es el principio, la base común a todos los diversos fusiles que disparan proyectiles de expansión. Pero en la ejecución los distintos inventores introdujeron un sinfín de modificaciones.
Minié empleaba el culote. Este culote era un pequeño trozo redondo de chapa de hierro en forma de taza que se introducía en la boca del hueco del proyectil. Los gases de la pólvora debían empujarlo más adentro de la cavidad y ayudar así a la expansión del proyectil y asegurarla. Pero pronto se vio que este culote en forma de taza tenía grandes inconvenientes. Muy a menudo se separaba del proyectil al salir por la boca y, en su trayectoria irregular, hería a soldados de la propia tropa que disparaba situados algo más adelante y a un lado. A veces el culote se torcía mientras se hundía en el plomo y causaba así una expansión irregular, con lo que el proyectil se desviaba de la línea de mira. Como se había comprobado que la dilatación del proyectil podía lograrse también sin culote, se hicieron experimentos para dar con la mejor forma de un proyectil de expansión sin culote. El capitán prusiano Neindorff parece haber sido el primero que propuso un proyectil así (1852). El hueco de este proyectil es cilíndrico, pero se ensancha hacia la base en forma de embudo. Este proyectil dio muy buenos resultados de alcance y precisión, pero pronto se vio que el culote servía también para otra cosa además de la expansión. Protegía las paredes delgadas del proyectil hueco de abollarse durante el transporte y con el trato rudo. Los proyectiles de Neindorff, en cambio, se deformaban durante el transporte y daban entonces resultados muy malos. Por eso en la mayoría de los ejércitos alemanes se conservó el culote de hierro hueco. Pero se le dio una forma larga y puntiaguda, como de pan de azúcar, y entonces respondió bastante bien a lo que se esperaba de él: nunca se volcaba y casi nunca se separaba de la bala de plomo. El proyectil Enfield tiene, como se sabe, un tapón macizo de madera.
En algunos Estados, sin embargo, se continuaron los experimentos con proyectiles sin culote, y tales proyectiles se adoptaron en el ejército; así ocurrió en Bélgica, Francia, Suiza y Baviera. El objetivo principal de todos estos ensayos era dar al hueco del proyectil una forma que lo protegiera de abollarse y que, sin embargo, permitiera su expansión. Por eso a ese hueco se le dio forma de campana (Timmerhans, en Bélgica), de prisma triangular (Nessler, en Francia), con una división en cruz (Plönnies, en Darmstadt), etc. Pero parece casi imposible reunir estos dos elementos —solidez y dilatabilidad— en ninguna clase de proyectil de expansión sin culote. Hasta ahora, el que mejor parece cumplir los requisitos es el nuevo proyectil bávaro (del comandante Podewils), que tiene un hueco cilíndrico muy poco profundo con un reborde lateral muy fuerte.
En los países en que se rayaron los viejos mosquetes de ánima lisa para proyectiles Minié, el gran calibre del viejo mosquete se impuso, naturalmente. Pero allí donde se introdujeron en el ejército fusiles completamente nuevos, el calibre se redujo considerablemente por los motivos que expusimos en un artículo anterior. El fusil Enfield inglés tiene un calibre de 14,68 milímetros; el fusil del sur de Alemania (adoptado en Wurtemberg, Baviera, Baden y Hesse-Darmstadt), de 13,9 mm. Solo los franceses conservaron para los fusiles de su Guardia el calibre de sus mosquetes de ánima lisa (17,80 mm).
El fusil Enfield es un muy buen ejemplo del sistema de expansión. Su calibre es lo bastante pequeño para admitir un proyectil de doble longitud que su diámetro y, sin embargo, no más pesado que la vieja bala redonda de mosquete. Está muy bien trabajado y es superior a casi todos los fusiles con que están armadas las tropas del continente europeo. El proyectil tiene muy buenas proporciones. Al tapón de madera se le objeta que puede hincharse y aumentar así el diámetro del proyectil, o encogerse y entonces caerse; pero estas objeciones nos parecen ociosas. Si la hinchazón del tapón trajera inconvenientes, se habría descubierto hace mucho, y, en caso de que se encoja, la forma del cartucho impide que se caiga. Los éxitos obtenidos con el fusil Enfield lo ponen a la altura de los mejores fusiles de expansión europeos.
Las objeciones al fusil Enfield como fusil de proyectiles de expansión son las siguientes: que el calibre debería ser todavía menor, con lo que, a igual peso, se obtendría tanto un proyectil más largo como un cañón más fuerte; que cinco estrías han resultado mejores que tres; que el cañón del fusil Enfield largo es demasiado delicado, al menos en la boca, para servir de empuñadura a la bayoneta; que el proyectil tiene que soportar un rozamiento enorme en el cañón, porque no tiene acanaladuras anulares, y corre así el peligro de que la parte maciza se arranque mientras la parte hueca anular queda encajada en las estrías.
Cambiar el calibre es un asunto muy importante, y será muy difícil dar más solidez al extremo de la boca del cañón sin ese cambio. Esta nos parece la objeción más seria. Todas las demás, en cambio, carecen de importancia; el número de estrías y la forma del proyectil pueden cambiarse en cualquier momento sin dificultad. Pero, aun tal como está, el fusil Enfield ha demostrado ser un arma de guerra muy útil.
Hasta aquí solo hemos comparado el fusil Enfield con los fusiles que emplean proyectiles de expansión. La comparación con fusiles basados en otros principios tenemos que dejarla para una ocasión posterior, cuando hayamos examinado las diversas construcciones de otro tipo que están hoy en uso.
V
The Volunteer Journal, for Lancashire and Cheshire, núm. 17, 29 de diciembre de 1860.
En 1852, un fabricante inglés de armas, el señor Wilkinson, y un oficial de artillería austriaco, el capitán Lorenz7, inventaron a la vez, pero cada uno por su cuenta, un nuevo método para aumentar, con la fuerza de la inflamación, el diámetro de un proyectil alargado que entra holgado, de modo que quedara firmemente ajustado en el cañón y siguiera las estrías. Este método consistía en comprimir el proyectil a lo largo mediante la inflamación, en lugar de dilatarlo.
Tomemos una pelota blanda, o elástica, pongámosla sobre una mesa y hagámosla saltar con un golpe ligero de la mano. El primer efecto del golpe, antes incluso de mover la pelota, será un cambio de su forma. Por ligera que sea, la presión de la pelota opone resistencia suficiente para que se aplaste por el lado que recibe el golpe. Se comprime en una dirección y, en consecuencia, tiene que dilatarse en otra, igual que se dilata cuando la aplastamos del todo. Como actúa el golpe sobre la pelota elástica, tiene que actuar la inflamación de la pólvora sobre el proyectil de compresión de Lorenz y Wilkinson. El peso, la vis inertiae8 del proyectil, se convierte en el medio para que, con su resistencia a la fuerza explosiva, el proyectil se comprima a lo largo y se ensanche así por los lados. El proyectil que sale del cañón es más corto y más grueso que el que se introdujo en él.
Para ofrecer resistencia suficiente, condición para comprimirse lo bastante como para seguir las estrías, un proyectil alargado de plomo macizo tendría que ser muy pesado; dicho de otro modo, muy largo en proporción a su grosor. Aun con un calibre pequeño, un proyectil así sería demasiado pesado para la guerra: la tropa iría sobrecargada de munición si llevara consigo el número habitual de proyectiles. Para remediarlo se hacen dos acanaladuras anulares muy profundas en la parte cilíndrica del proyectil. Tómese un proyectil Enfield, quítesele el tapón, llénese el hueco con plomo fundido y, una vez frío, háganse esas dos acanaladuras, muy juntas, en el extremo romo de la parte cilíndrica del proyectil, de modo que las tres partes del proyectil queden unidas, por así decirlo, por un eje común de plomo macizo. El proyectil constará entonces de dos conos truncados muy aplanados, vueltos hacia delante, y de la punta maciza y pesada, todas las partes firmemente unidas entre sí. Este proyectil actúa como proyectil de compresión. La resistencia a la inflamación la ofrece la parte delantera pesada, la punta del proyectil. La cabeza del cono trasero es empujada por la fuerza de los gases de la pólvora contra la base del cono que tiene delante, igual que la cabeza de este contra el extremo posterior de la punta. Así, el proyectil, acortado y comprimido a lo largo, gana tanto en contorno que se ajusta con firmeza a todos los lados del interior del cañón y toma las estrías.
De aquí se desprende que la punta maciza es la parte principal del proyectil de compresión. Cuanto más largo y pesado es el proyectil, más resistencia opone y más segura es, en consecuencia, la acción compresora de la inflamación. Mientras el fusil tenga un calibre pequeño, o mejor dicho, menor que el del Enfield, se podrán emplear proyectiles de compresión que no pesen más que los de expansión. Pero con el calibre crece la superficie de la base del proyectil o, dicho de otro modo, la superficie expuesta a la acción inmediata de la pólvora. Por eso, con calibres grandes, los proyectiles de compresión serían siempre demasiado pesados para poder emplearlos. De lo contrario, la fuerza de la inflamación, venciendo la resistencia del proyectil, lo lanzaría fuera del cañón antes de que se hubiera comprimido bien. Por eso los mosquetes de ánima lisa de gran calibre pueden transformarse en fusiles para proyectiles de expansión, pero nunca para proyectiles de compresión.
Con calibres pequeños y estrías poco profundas, el sistema de compresión da excelentes resultados. La posición adelantada del centro de gravedad favorece extraordinariamente una trayectoria tendida. El proyectil de compresión tiene todas las ventajas del sistema de expansión en cuanto a la facilidad y la rapidez de carga y lo pequeño del retroceso. La bala es maciza y soporta bastante bien el transporte y el trato rudo. Su forma permite prensar el proyectil en lugar de fundirlo. El único inconveniente es que el sistema de compresión exige una holgura muy pequeña, de no más de 0,01 pulgadas, y una gran uniformidad del calibre de los cañones y de los proyectiles, porque evidentemente la compresión no aumenta la superficie del proyectil ni de lejos tanto como la expansión, y por eso, con una holgura mayor o con cañones viejos, es muy dudoso que el proyectil se comprima lo bastante para tomar las estrías. Pero esta holgura pequeña no es una objeción importante, porque muchos fusiles de proyectiles de expansión no tienen una holgura mayor (también el Enfield, por ejemplo, tiene solo 0,01 pulgadas), y hoy no es difícil fabricar tanto cañones como proyectiles de dimensiones muy exactas y uniformes.
El ejército austriaco ha adoptado el proyectil de compresión para toda la infantería. El calibre es pequeño: 13,9 mm, o 0,546 pulgadas (0,031 menos que el del fusil Enfield). El cañón tiene cuatro estrías muy poco profundas (un número par de estrías, aunque decididamente desaconsejable para los fusiles de expansión, ha resultado mejor que uno impar para los de compresión) con una vuelta cada seis pies y seis pulgadas aproximadamente (casi la misma que en el fusil Enfield). El proyectil pesa unos 480 granos9 (50 granos menos que el Enfield), y la carga es 1/6 del peso del proyectil (en el fusil Enfield, cerca de ⅛). Esta arma pasó su prueba en la campaña de Italia de 1859, y el gran número de soldados franceses, sobre todo oficiales, que abatió atestigua su excelente calidad. El fusil tiene una trayectoria bastante más baja que el Enfield, lo que se debe a su carga relativamente más fuerte, al calibre menor, que permite un proyectil más largo, y quizá al efecto de las dos acanaladuras anulares.
Sajonia, Hannover y uno o dos pequeños Estados alemanes han adoptado también para su infantería ligera fusiles rayados que disparan proyectiles de compresión construidos según el principio de Lorenz.
En Suiza, además del fusil de tiradores selectos ya mencionado, se ha adoptado un fusil del mismo calibre (10,51 mm, o 0,413 pulgadas, 0,164 menos que el fusil Enfield) para proyectiles de compresión. Este fusil lo emplean las compañías ligeras de los batallones de infantería. El proyectil es de modelo Lorenz, y los resultados de este fusil en cuanto a trayectoria baja, alcance y precisión solo quedan por detrás de los del fusil suizo de tiradores selectos antes mencionado, cuyo proyectil, empujado a la manera antigua, tiene la trayectoria más baja de todos los fusiles conocidos. A 500 yardas, el proyectil suizo de compresión, disparado con este fusil, da un espacio peligroso de 130 yardas10. Hasta ahora, sin duda, el sistema de compresión ha dado mejores resultados que el de expansión, puesto que ha conseguido claramente la trayectoria más baja hasta la fecha. Tampoco puede dudarse de que esto no se debe al sistema mismo, sino a otras causas, entre las que la más importante es el calibre pequeño. Con un calibre igual de pequeño, el proyectil de expansión tiene que dar una trayectoria tan baja como su rival, hasta ahora más afortunado. Eso se verá pronto. Los fusiles de los cuatro Estados del suroeste de Alemania (Baviera, etc.) tienen el mismo calibre que los de Austria, de modo que en caso de necesidad pueden usar munición austriaca y viceversa. Pero, a la vez que el mismo calibre, estos Estados han adoptado los proyectiles de expansión, y las tablas de tiro de ambas clases de proyectiles permitirán, por tanto, una comprobación bastante exacta de sus méritos respectivos. Si, como esperamos, el proyectil de expansión da entonces resultados tan buenos como su rival, le corresponderá la preferencia, porque, primero, puede tomar las estrías con más seguridad en todas las circunstancias; segundo, a igualdad de calibre, puede hacerse más ligero que el proyectil de compresión, y tercero, porque el ensanchamiento del calibre que se produce en todos los cañones de fusil con el uso prolongado afecta menos al proyectil de expansión.
VI
The Volunteer Journal, for Lancashire and Cheshire, núm. 18, 5 de enero de 1861.
Todos los fusiles rayados que hemos descrito hasta ahora eran de avancarga. Pero en tiempos pasados hubo un gran número de armas de fuego diferentes que se cargaban por detrás. En los cañones, la retrocarga precedió a la avancarga, y en la mayoría de los viejos arsenales habrá fusiles y pistolas de doscientos a trescientos años de antigüedad con un cierre móvil en el que podía introducirse la carga sin empujarla con una baqueta por el cañón. La gran dificultad fue siempre unir el cierre móvil al cañón de modo que pudiera quitarse y volver a ponerse con facilidad y que la sujeción fuera lo bastante sólida para resistir la inflamación. Con los medios mecánicos insuficientes de aquel tiempo no era de extrañar que no pudiera conseguirse lo uno con lo otro. O las piezas que unían el cierre al cañón carecían de solidez y duración, o la operación de quitarlo y ponerlo era terriblemente lenta. No es de extrañar que estas armas se abandonaran, que las de avancarga cumplieran su cometido con más rapidez y que la baqueta reinara sin restricciones.
Cuando en tiempos más recientes los militares y los fabricantes de armas se esforzaron por construir un arma de fuego que uniera la carga fácil y rápida del viejo mosquete al alcance y la precisión de la carabina, era natural que la retrocarga volviera a llamar la atención. Con un sistema adecuado de sujeción del cierre se superaban todas las dificultades. El proyectil, de diámetro algo mayor que el calibre, podía introducirse entonces junto con la carga en la parte trasera del cañón. Impulsado por la inflamación, se abriría paso a la fuerza por el ánima, llenaría las estrías con su plomo sobrante, tomaría las estrías y excluiría toda posibilidad de holgura. La única dificultad estaba en el modo de sujetar el cierre. Pero lo que era imposible en los siglos XVI y XVII no tiene por qué abandonarse hoy como algo sin esperanza.
Una vez superadas estas dificultades, las grandes ventajas del arma de retrocarga son evidentes. El tiempo necesario para cargar es considerablemente más corto. No hace falta sacar la baqueta, darle la vuelta ni volver a meterla. Un movimiento abre el cierre, otro pone el cartucho en su sitio y un tercero vuelve a cerrar el cierre. Un fuego rápido de los tiradores o una sucesión rápida de descargas, tan importantes en muchas situaciones decisivas, quedan asegurados así en una medida que ninguna arma de avancarga puede alcanzar.
En todas las armas de avancarga la carga se hace difícil en cuanto el soldado se arrodilla en las escaramuzas o se tiende detrás de un objeto que lo protege. Si se queda detrás de su abrigo, no puede sostener el fusil en posición vertical, y buena parte de la carga, al bajar, se quedará pegada a las paredes del cañón. Si sostiene el fusil derecho hacia arriba, se ve obligado a exponerse. Con un arma de retrocarga, el soldado puede cargar en cualquier posición sin perder de vista al enemigo, porque puede cargar sin mirar el fusil. En la línea puede cargar mientras avanza, puede disparar descarga tras descarga mientras avanza y aun así llegará siempre al enemigo con el fusil cargado. El proyectil puede ser de la construcción más sencilla, enteramente macizo, y nunca estará sujeto a los azares que hacen que tanto los proyectiles de compresión como los de expansión no tomen las estrías o que se presenten otros fenómenos indeseables. La limpieza del arma se facilita extraordinariamente. La recámara, o el lugar donde están la pólvora y el proyectil, es decir, la parte que siempre se ensucia más, queda aquí completamente al descubierto, y el cañón o tubo, abierto también por los dos extremos, puede revisarse fácilmente y limpiarse a la perfección. Como las piezas del extremo trasero del cañón tienen que ser necesariamente muy pesadas, porque de otro modo no resistirían la inflamación, acercan el centro de gravedad del fusil al hombro y facilitan así una puntería segura.
Hemos visto que la única dificultad está en encontrar un cierre seguro. Sin duda esa dificultad está hoy completamente superada. El número de armas de retrocarga presentadas en los últimos veinte años es asombroso, y al menos algunas de ellas satisfacen todas las exigencias razonables tanto en eficacia y solidez del mecanismo de retrocarga como en la facilidad y rapidez con que se cierra y se abre el cierre. Como armas de guerra, sin embargo, solo hay hoy en uso tres sistemas distintos.
El primero es el arma que usa ahora la infantería en Suecia y Noruega. El mecanismo de retrocarga parece bastante manejable y sólido. La carga se inflama con un pistón. El martillo y la chimenea están ambos en la parte inferior de la recámara. No hemos podido conseguir ningún detalle sobre la experiencia hecha con esta arma.
El segundo es el revólver. El revólver es, como la carabina, un invento alemán muy antiguo. Hace siglos se fabricaban armas cortas de varios cañones con un mecanismo giratorio que, después de cada disparo, llevaba un cañón nuevo a la posición necesaria para que la llave actuara sobre la carga. El coronel Colt, en América11, recogió de nuevo esta idea. Separó las recámaras de los cañones, de modo que bastaba un solo cañón para todas las recámaras giratorias; con ello hizo del arma un arma de retrocarga. Como la mayoría de nuestros lectores habrán tenido ya en las manos alguna de estas pistolas Colt, no será necesario describirla. Además, la complicada naturaleza del mecanismo haría imposible cualquier descripción detallada sin dibujos. Esta arma se dispara mediante pistones, y la bala redonda, algo mayor que el calibre del cañón, toma las estrías al pasar a presión por él. Desde que se popularizó el invento de Colt se ha inventado un gran número de pequeñas armas de tambor; pero solo Deane y Adams12 las han simplificado de verdad y las han mejorado como arma de guerra. Con todo, la cosa es sumamente complicada y, para fines de guerra, solo es aplicable a las armas cortas. Pero, con algunas mejoras, este revólver llegará a ser una necesidad para toda caballería y para los marineros en el abordaje. También es mucho más adecuado para la artillería que cualquier carabina. El efecto de este revólver a quemarropa es terrible, y no solo se ha armado con él a la caballería americana, sino también a las marinas de guerra británica, americana, francesa y rusa.
El fusil sueco, igual que el revólver, se dispara desde fuera con pistones de percusión ordinarios. El tercer tipo de arma de retrocarga, el tan comentado fusil de aguja prusiano, prescinde por completo de ello: la carga se inflama desde dentro.
El fusil de aguja lo inventó un civil, el señor Dreyse, de Sömmerda, en Prusia13. Después de idear primero el método de disparar un arma de fuego mediante una aguja que penetra de golpe en la masa fulminante contenida en el cartucho, completó su invento ya en 1835 construyendo un arma de retrocarga provista de este mecanismo de percusión por aguja. El Gobierno prusiano compró enseguida el secreto y lo guardó con éxito hasta que se hizo público en 1848. Entretanto decidió armar con esta arma a toda su infantería en caso de guerra y siguió fabricando fusiles de aguja. Hoy están armadas con él toda la infantería de línea y la mayor parte de la Landwehr14, y toda la caballería ligera está recibiendo carabinas de aguja de retrocarga.
Del mecanismo de retrocarga solo diremos que parece el más sencillo, manejable y duradero de todos los que se han propuesto hasta ahora. Tras años de pruebas puede decirse ya que el único defecto observado es que no aguanta tanta munición como el tornillo de culata fijo del arma de avancarga. Pero es un defecto que parece inevitable en las armas de retrocarga, y la necesidad de renovar algunas piezas del cierre algo antes que en los fusiles antiguos no puede menoscabar en nada las grandes ventajas de esta arma.
El cartucho contiene la bala, la pólvora y la mezcla fulminante y se introduce sin abrir en la recámara, que es algo mayor que el cañón rayado. Un simple movimiento de la mano cierra el cierre y a la vez arma el fusil. No hay, sin embargo, ningún martillo por fuera. Detrás de la carga, en un cilindro de hierro hueco, hay una aguja de acero fuerte y puntiaguda que mueve un muelle en espiral. Armar el arma consiste simplemente en tirar hacia atrás de ese muelle, comprimirlo y retenerlo. Al apretar el gatillo se suelta el muelle, que salta en el acto hacia delante, golpea el cartucho e inflama instantáneamente la mezcla fulminante, con lo que se dispara la carga. Así, cargar y disparar con esta arma consiste solo en cinco movimientos: abrir el cierre, meter el cartucho, cerrar el cierre, encarar el arma y disparar. No es de extrañar que con un arma así puedan hacerse cinco disparos bien apuntados en un minuto.
Los proyectiles que se usaron al principio en los fusiles de aguja tenían una forma muy desfavorable y daban, en consecuencia, una trayectoria muy alta. Este defecto se ha corregido hace poco con buen resultado. El proyectil es ahora mucho más largo y tiene la forma de una bellota a la que se ha quitado la cúpula. Tiene un diámetro bastante menor que el cañón. Su parte trasera va encajada en una especie de cúpula de un material blando, para darle el grosor necesario. Esta cúpula queda adherida a la bala mientras está en el cañón, penetra en las estrías y da así al proyectil el giro lateral, al tiempo que reduce considerablemente el rozamiento en el cañón y elimina, sin embargo, toda holgura. El arma ha mejorado tanto con ello que la misma alza que antes servía para 600 pasos (500 yardas) puede emplearse ahora para 900 pasos (750 yardas), con lo que la trayectoria resulta decididamente más tendida.
Está muy lejos de la verdad afirmar que el fusil de aguja tiene una construcción muy complicada. El mecanismo de retrocarga y la llave de aguja no solo constan de muchas menos piezas, sino que estas son además mucho más fuertes que las que forman una llave de percusión ordinaria, a la que, sin embargo, nadie consideraría demasiado complicada para la guerra o para un trato rudo. Además, mientras que desmontar una llave de percusión ordinaria es una tarea que exige bastante tiempo y toda clase de herramientas, una llave de aguja puede desmontarse y montarse en un tiempo increíblemente corto y sin más herramientas que los diez dedos del soldado. La única pieza que se rompe con facilidad es la aguja misma. Pero cada soldado lleva una aguja de repuesto que puede colocar enseguida en la llave sin necesidad de desmontarla, incluso durante un combate. Sabemos también que el señor Dreyse ha hecho casi imposible la rotura de la aguja con una mejora de la llave que hace que la aguja vuelva a su posición de reposo protegida en cuanto ha cumplido su función de inflamar la carga.
La trayectoria del fusil de aguja prusiano actual será aproximadamente la misma que la del fusil Enfield; su calibre es un poco mayor que el del Enfield. Si se reduce el calibre al del fusil austriaco o, mejor aún, al del fusil suizo de tiradores selectos, igualará sin duda a cualquiera de estas armas en alcance, precisión y trayectoria tendida, conservando sus otras enormes ventajas. El mecanismo de retrocarga podría incluso hacerse mucho más fuerte de lo que es ahora, y el centro de gravedad del arma se acercaría todavía más al hombro del soldado que apunta.
La introducción en un ejército de un arma de semejante rapidez de fuego provocará forzosamente muchas especulaciones sobre los cambios que traerá a la táctica, sobre todo entre gente tan aficionada a especular como los alemanes del norte. No tienen fin las controversias sobre la supuesta revolución en la táctica que el fusil de aguja debía provocar. La mayoría de la opinión militar de Prusia llegó finalmente a la conclusión de que contra un batallón que dispara descargas en rápida sucesión con fusiles de aguja no puede emprenderse ningún ataque y que, por tanto, la bayoneta estaba acabada. Si esa idea ridícula hubiera prevalecido, el fusil de aguja habría traído a los prusianos más de una grave derrota. Por suerte, la guerra de Italia mostró a todos los que tenían ojos para ver que el fuego de las armas modernas no es necesariamente tan peligroso para un batallón que ataca con ánimo combativo, y el príncipe Federico Carlos de Prusia15 aprovechó la ocasión para recordar a sus compañeros que la defensa pasiva, por bien armado que se esté, tiene siempre asegurada la derrota. La corriente de las opiniones militares ha cambiado. Se empieza a reconocer de nuevo que son los hombres y no los fusiles los que tienen que ganar las batallas, y, si esta nueva arma provoca de verdad un cambio en la táctica, será (donde el terreno lo permita) la vuelta a un empleo mayor de la línea desplegada e incluso al ataque en línea, que, aunque Federico el Grande ganó con él la mayoría de sus batallas, casi ha caído en el olvido en la infantería prusiana.
VII
The Volunteer Journal, for Lancashire and Cheshire, núm. 19, 12 de enero de 1861.
Tras pasar revista a los distintos sistemas en que se basan los diversos fusiles que se usan hoy en los ejércitos europeos, no podemos dejar nuestro tema sin decir unas palabras sobre un fusil que, aunque no se ha adoptado en ningún ejército, goza de una popularidad bien merecida por su asombrosa precisión a grandes distancias. Nos referimos, naturalmente, al fusil Whitworth16.
Si no nos equivocamos, el señor Whitworth puede reclamar la invención de dos principios en la construcción de su arma: el ánima hexagonal y el ajuste mecánico del proyectil al ánima. Esta tiene, en vez de un perfil redondo, un perfil hexagonal en toda su longitud y un paso o giro helicoidal muy fuerte, como muestra la superficie del proyectil hexagonal. El proyectil, de un metal duro, llena muy bien el interior del cañón y no cambia de forma con la inflamación, porque, gracias a sus seis aristas, sigue con infalible seguridad el giro de las estrías. Para evitar la holgura y engrasar el interior del cañón se pone entre la pólvora y la carga una torta o disco de una pasta grasa. La grasa se funde con el calor de la inflamación y corre detrás del proyectil hacia la boca.
Pero, a pesar de los excelentes resultados que sin discusión ha obtenido el señor Whitworth con su fusil, creemos que este principio es inferior tanto al principio de expansión como al de compresión y al de la retrocarga con un proyectil de diámetro mayor que el calibre. Es decir, creemos que tanto un fusil de proyectiles de expansión como uno de compresión, o uno construido según el sistema del fusil de aguja prusiano, serían superiores a un fusil Whitworth si la fabricación fuera igual de buena, el calibre igual de pequeño y todas las demás circunstancias iguales. El ajuste del señor Whitworth, obtenido por medios mecánicos, por perfecto que sea, no puede ser tan estrecho como el que se obtiene por el cambio de forma del proyectil durante y después de la inflamación. En sus fusiles de proyectiles duros hay siempre lo que en un fusil hay que evitar a toda costa, a saber, holgura y, en consecuencia, escape de gases. Ni siquiera la grasa que se funde puede remediarlo por completo, sobre todo en un fusil cuyo calibre se ha agrandado algo por el uso prolongado. En tal caso hay un límite muy preciso para todo ajuste obtenido por medios mecánicos: el ajuste tiene que ser lo bastante holgado para que la bala, aun después de un par de docenas de disparos, pase fácil y rápidamente. La consecuencia es que estos proyectiles hexagonales ajustan holgadamente, y, aunque no conocemos exactamente la magnitud de la holgura, por el hecho de que sin grasa y envueltos en un trozo de papel caen hacia abajo con toda facilidad, es probable que la holgura no sea mucho menor (si es que lo es) que la del proyectil Enfield, que es de la centésima parte de una pulgada. Al inventar su fusil, el señor Whitworth parece haberse guiado sobre todo por dos ideas fundamentales: primero, eliminar toda posibilidad de que las estrías se emplomen, y segundo, eliminar todos los azares que pueden impedir que un proyectil cilíndrico tome las estrías, por impedir la expansión o la compresión, haciendo que ánima y proyectil se correspondan de antemano. Las estrías pueden obstruirse con las partículas de plomo que desprende la bala en todos los fusiles de proyectiles de plomo blando. Los azares que impiden que una bala tome bien las estrías pueden darse tanto en los fusiles de compresión como en los de expansión, pero no en las armas de retrocarga según el principio prusiano. Ninguna de estas deficiencias es, sin embargo, tan grande que no pueda superarse y que, para evitarla, haya que sacrificar el principio más importante de la fabricación de fusiles rayados, a saber, que la bala tome las estrías sin dejar holgura.
Al afirmarlo nos apoyamos en una autoridad excelente, el propio señor Whitworth. Sabemos que el señor Whitworth ha abandonado su principio del ajuste obtenido por medios mecánicos en lo que toca a su fusil, y es seguro que hoy la mayoría de la gente no dispara con su fusil un proyectil hexagonal duro y macizo, sino un proyectil cilíndrico de plomo blando. Este proyectil está vaciado por la base, como el proyectil Enfield, pero no tiene tapón. Es muy largo (el de 480 granos de peso tiene tres veces su diámetro, el de 530 granos, tres veces y media), y toma las estrías por efecto de la inflamación. Aquí, pues, se abandona por completo el principio del señor Whitworth, el del ajuste obtenido por medios mecánicos, en favor del principio de la expansión, y el fusil Whitworth se convierte en una subespecie del género Minié, exactamente como ha ocurrido con el fusil Enfield. Queda el ánima hexagonal y hasta qué punto sirve para un fusil de expansión.
El ánima hexagonal tiene, naturalmente, seis estrías, y hemos visto que un número par de estrías ha resultado menos bueno que uno impar para los proyectiles de expansión, porque no es deseable que dos estrías queden diametralmente opuestas. Ahora bien, en la mayoría de los fusiles de expansión las estrías son muy poco profundas; en el fusil Enfield, por ejemplo, apenas se ven. En el hexágono, la diferencia entre el diámetro del círculo interior (que corresponde aproximadamente al calibre) y el del círculo exterior (trazado por los seis vértices) es de unos dos treceavos, o algo menos de la sexta parte del primer diámetro; dicho de otro modo, el plomo tiene que dilatarse casi en 1/6 de su diámetro antes de poder adaptarse bien a los vértices del ánima hexagonal. De ello resultaría que el ánima hexagonal, aunque sumamente apropiada para el sistema del ajuste mecánico, es la menos útil para el proyectil de expansión.
Sin embargo, da buen resultado, como muestran los resultados de casi todos los concursos de tiro. ¿Cómo es posible, si el señor Whitworth ha abandonado lo esencial de su principio y aplica ahora un principio para el que su fusil no está preparado?
Hay que mencionar ante todo la excelente fabricación. Es sabido que el señor Whitworth no tiene rival en cuanto a precisión en los detalles más minuciosos, incluso micrométricos. Como sus máquinas herramienta, sus fusiles son modelos perfectos en la ejecución de los detalles. ¡Mírese la boca de sus fusiles y la de cualquier otra fabricación! No hay comparación posible, y para fusiles que tiran hasta 1.000 yardas eso es una ventaja enorme.
Segundo, y principalmente: el calibre del fusil Whitworth es de 0,451 pulgadas en su diámetro menor (lo que hemos llamado el círculo interior). El fusil Enfield tiene 0,577, y el fusil suizo de tiradores selectos, que hemos mencionado varias veces como el de trayectoria más baja conocida, 0,413 pulgadas. Considérese ahora la diferencia en la forma del proyectil. El proyectil de expansión Whitworth de 530 granos es 3/8 de pulgada más largo que el proyectil Enfield del mismo peso: el primero tiene unas tres veces y media su propio diámetro; el segundo, apenas el doble. Es evidente que un proyectil del mismo peso y con la misma carga atravesará mejor el aire, es decir, tendrá una trayectoria más baja, si es delgado y largo que si es corto y grueso. Por eso la carga del fusil Enfield es de 68 granos de pólvora; para el fusil Whitworth se emplean cargas de 60, 70 y 80 granos. Pero hemos oído decir a buenos tiradores que usan constantemente este fusil que hacen falta 80 granos para que el proyectil se dilate bien y dé buenos resultados a grandes distancias. Tenemos, pues, para el fusil Whitworth una carga que es una sexta parte entera más fuerte que la del fusil Enfield, y esa carga debería actuar mejor (aun con igual peso), porque se inflama en un espacio más reducido y actúa sobre una superficie del proyectil mucho menor.
Aquí tenemos, pues, otro ejemplo de la enorme ventaja del calibre pequeño, que trae consigo un proyectil largo, delgado, en forma de saeta. Aquel de mis lectores que haya seguido con atención el examen de los méritos de los distintos fusiles rayados habrá llegado hace tiempo a la conclusión de que la forma del proyectil es mucho más importante que el sistema según el cual están construidos el proyectil o el fusil, y de que, para llegar a la forma de proyectil que mejor pueden transportar los soldados, hay que tener un calibre pequeño. Es una lección que nos da de nuevo el fusil Whitworth.
Podemos aprender también de él que, con un calibre pequeño, la punta larga y pesada del proyectil ofrece resistencia suficiente para que la cola hueca se dilate con seguridad y sin ayuda de culote. El proyectil Whitworth solo tiene un pequeño hueco en la base y ningún culote; tiene que dilatarse por lo menos tres veces más que cualquier otro proyectil de expansión y, sin embargo, toma las estrías de manera del todo satisfactoria con 80 granos de pólvora (que el fusil soporta sin gran retroceso).
Dudamos mucho de que el fusil del señor Whitworth llegue nunca a ser un arma de guerra; creemos más bien que el ánima hexagonal desaparecerá pronto por completo. Si hay voluntarios que, convencidos en la práctica de la superior capacidad de tiro del fusil Whitworth en comparación con el fusil Enfield actual, han propuesto que se les arme con el primero, han ido sin duda decididamente demasiado lejos. Consideramos de todo punto improcedente comparar las dos clases de armas. El fusil Whitworth es un arma de lujo, cuya fabricación cuesta por lo menos el doble que la del fusil Enfield. En su estado actual es un arma demasiado delicada para ponerla en manos de cualquier soldado. Y si, por ejemplo, sustituyéramos el delicado punto de mira de la boca por uno apto para un trato rudo, la precisión a grandes distancias disminuiría considerablemente. Para armar con el fusil Whitworth tanto al ejército como a los voluntarios habría que hacer una de dos cosas: o el calibre de las armas portátiles reglamentarias seguiría como está ahora, y entonces un fusil Whitworth con el calibre del actual fusil Enfield daría resultados mucho peores que el actual fusil Whitworth; o habría que reducir el calibre, digamos, al del actual fusil Whitworth. Entonces es probable que un fusil Enfield de ese calibre menor, si se gastara en su fabricación tanto como en la de un fusil Whitworth, diera resultados igual de buenos o incluso mejores.
VIII
The Volunteer Journal, for Lancashire and Cheshire, núm. 20, 19 de enero de 1861.
Terminamos con un breve repaso de los diferentes sistemas de fusil rayado hoy en uso y de los principios que podemos considerar establecidos para esta arma.
Los distintos sistemas de fusil rayado son los siguientes:
El sistema de carga forzada: el proyectil, muy ajustado, y el calepino se empujan hacia abajo a fuerza de golpes enérgicos de la baqueta. Es el modo más antiguo de conseguir que un proyectil tome las estrías. Hoy se ha abandonado casi en todas partes para las armas de guerra. La excepción más importante y notable es el nuevo fusil suizo de tiradores selectos, que tiene un calibre muy pequeño y un proyectil largo en forma de saeta y que logra la trayectoria más baja de todos los fusiles hoy en uso. No está pensado como arma para la masa de la infantería, sino solo para unidades escogidas, y exige una carga cuidadosa para lograr los resultados extraordinariamente favorables que lo distinguen de todos los demás fusiles que hoy conocemos.
El sistema de recalcar el proyectil holgado contra un obstáculo en el fondo del cierre (sea el borde de una recámara más estrecha —Delvigne— o una espiga colocada en el centro de la recámara —Thouvenin—) y empujarlo así a las estrías. Este procedimiento, preferido en general durante algún tiempo, lo están desplazando ahora más o menos los sistemas siguientes. Obsérvese a la vez que este sistema exige un calibre bastante grande, porque si no la recámara resulta demasiado estrecha.
El sistema de expansión: el proyectil largo y holgado está vaciado por la base; el gas producido por la inflamación penetra en el hueco y lo hincha, por así decirlo, lo suficiente para que la bala se ajuste al ánima y tome las estrías. Este sistema es hoy el preferido en general y todavía puede mejorarse mucho. Así lo muestran los excelentes resultados recientes que ha obtenido el señor Whitworth con su fusil desde que adoptó el principio de la expansión.
El sistema de compresión, en el que se consigue el mismo resultado con acanaladuras redondas y profundas hechas en los proyectiles. La fuerza de la inflamación hace que el proyectil, que opone resistencia con su pesada parte delantera, se comprima a lo largo y reciba así el aumento de diámetro necesario. Este método, aunque evidentemente menos seguro que el principio de expansión, ha dado excelentes resultados con calibres pequeños, como se ha demostrado en Austria y Suiza. Sin embargo, el proyectil de compresión disparado con el fusil suizo de tiradores selectos antes mencionado no da resultados tan buenos como el proyectil ajustado con calepino disparado con la misma arma.
El sistema de retrocarga: tiene sobre todos los demás sistemas de fusil ventajas especiales en el modo de cargar y de disparar. Ofrece a la vez la mayor seguridad de que el proyectil tome las estrías, porque la recámara y el proyectil pueden ser algo mayores que el resto del ánima, y así el proyectil no puede llegar a la boca sin ser forzado en las estrías. Este sistema parece de verdad destinado a desplazar poco a poco a todos los demás.
No contamos aquí el sistema del ajuste mecánico del señor Whitworth, porque se ha abandonado, al menos en lo que se refiere a las armas portátiles, que son las únicas de que nos ocupamos ahora.
Si se valoran los distintos sistemas por sus méritos reales, tenemos que poner en primer lugar el fusil de aguja, después el sistema de expansión y luego el de compresión. Los dos primeros sistemas pueden considerarse superados. Pues, aunque en Suiza la carga forzada ha dado hasta ahora mejores resultados que el fusil de compresión del mismo calibre, no debemos en modo alguno atribuir esos resultados al sistema sin un examen muy a fondo. Aparte de eso, es seguro que el proyectil con calepino del fusil suizo de tiradores selectos no es apropiado para la masa de la infantería.
Hemos visto a la vez que, desde la introducción del proyectil largo, el sistema según el cual están construidos el fusil o el proyectil solo tiene una importancia secundaria para conseguir un gran alcance, una trayectoria baja y precisión en el vuelo. Mientras los proyectiles fueron redondos, el sistema de rayado tenía más importancia, porque todos los proyectiles chocaban con la resistencia del aire en condiciones casi iguales, y la influencia de un paso más rápido de las estrías, de estrías más profundas o más numerosas, etc., era relativamente mucho mayor que ahora. Pero con el proyectil largo entra en escena un elemento nuevo. El proyectil puede ser más largo o más corto dentro de límites bastante amplios, y surge entonces la cuestión de cuál es la forma de proyectil más ventajosa. En teoría está claro que la misma cantidad de plomo, disparada con la misma velocidad inicial, conservará mejor esa velocidad con una forma larga y delgada que con una corta y gruesa, siempre que se mantenga la rotación lateral que el fusil da al proyectil, para impedir que dé vueltas de campana. La resistencia del aire es la fuerza retardadora; reduce poco a poco la velocidad original que la pólvora ha dado al proyectil y da así a la gravedad, que actúa cada vez más, una influencia mayor sobre el proyectil, por así decirlo. La velocidad inicial depende de la carga y, hasta cierto punto, de la construcción del arma; podemos, pues, considerarla fija. La gravedad también es fija y tiene una magnitud determinada; así que solo queda como variable la forma del proyectil, para que este atraviese el aire con la menor resistencia. Para reducir la resistencia del aire, como se ha dicho, un proyectil largo y delgado es mucho más apropiado que uno corto y grueso del mismo peso.
Ahora bien, el peso máximo de un proyectil para fines militares tiene también una magnitud determinada. Un soldado tiene que poder llevar, además de sus armas y su equipo, por lo menos 60 proyectiles. Para obtener el proyectil de mejor forma con un peso de plomo dado (digamos 530 granos), hay que alargarlo y reducir su grosor. Dicho de otro modo, hay que reducir el calibre del fusil rayado. Hasta cierto punto eso será posible sin excepción. Considérense los 530 granos del proyectil Enfield y el mismo peso del proyectil Whitworth. Una sola mirada explica por qué este último tiene una trayectoria tanto más baja (es decir, conserva mucho mejor su velocidad inicial) y por qué alcanzará con facilidad un blanco a 1.000 yardas de distancia, mientras que a esa distancia no puede confiarse en el proyectil Enfield. Y, sin embargo, ambos son proyectiles de expansión, y la construcción general del fusil Whitworth no es ciertamente la más apropiada para el proyectil de expansión. Considérese el fusil suizo de tiradores selectos, que con un calibre todavía menor que el del fusil Whitworth logra resultados todavía mejores y mantiene una trayectoria todavía más baja, tanto si el proyectil se empuja con calepino como si se introduce suelto y se comprime por la inflamación. O tómese el fusil de aguja prusiano. Al reducir el diámetro y alargar el proyectil, que entonces se conduce por el ánima ancha mediante un botón o taco, el proyectil vuela ahora 900 yardas con la misma alza que antes marcaba 600. Iremos, pues, bastante sobre seguro si consideramos un hecho establecido que la eficacia de los fusiles, con independencia del sistema según el cual estén construidos, está en general en razón inversa del diámetro de su ánima. Cuanto menor el calibre, mejor el fusil, y viceversa.
Con estas observaciones dejamos un tema que a muchos de nuestros lectores les habrá parecido bastante árido. Es, sin embargo, de gran importancia. Ningún soldado inteligente debería ignorar los principios según los cuales está construida su arma o según los cuales ha de funcionar. Lo que aquí hemos intentado exponer es lo que tienen que saber los suboficiales de la mayoría de los ejércitos del continente, ¡y con toda seguridad la mayoría de los voluntarios, la «inteligencia del país», debería saber de sus armas de fuego tanto como ellos!
Nombre popular del mosquete de chispa de ánima lisa reglamentario en el ejército británico desde comienzos del siglo XVIII hasta la década de 1840. ↩
Henri-Gustave Delvigne (1799-1876), oficial de infantería francés e inventor de armas. ↩
Louis-Étienne de Thouvenin (1791-1882), oficial de artillería francés, inventor de la carabina de espiga (carabine à tige). ↩
Claude-Étienne Minié (1804-1879), oficial francés; su proyectil de expansión, presentado en 1849, dio nombre a toda una generación de fusiles rayados de avancarga. ↩
(Nota de Engels.) Estas acanaladuras (cannelures) las había inventado Tamisier, otro oficial francés. Además de reducir el peso del proyectil y el rozamiento en el cañón, permitían al proyectil, como las plumas de una flecha, mantener el equilibrio en el aire y alargar así la trayectoria. ↩
Se trata del sistema Prélaz-Burnand, con el que Suiza transformó desde 1859 sus fusiles de infantería. ↩
Henry Wilkinson, armero de Londres, y Joseph Lorenz, oficial de artillería austriaco, autor del fusil reglamentario austriaco de 1854. ↩
En latín en el original: «fuerza de inercia». ↩
El grano (grain), la menor unidad de peso inglesa, equivale a unos 0,065 gramos; 480 granos son, pues, unos 31 gramos. ↩
(Nota de Engels.) Por espacio peligroso se entiende aquí la parte del vuelo de un proyectil que no está más alta que la estatura de un hombre, digamos 6 pies; es decir, en este caso un proyectil dirigido al pie de un blanco de 6 pies de alto situado a 500 yardas alcanza a todo objeto de 6 pies de alto que esté en cualquier punto de la línea de mira entre 370 y 500 yardas del tirador. Dicho de otro modo, con el alza puesta a 500 yardas puede cometerse un error de 130 yardas al calcular la distancia del objeto, y aun así el objeto será alcanzado si se ha tomado bien la línea de mira. ↩
Samuel Colt (1814-1862), fabricante de armas estadounidense; patentó su revólver en 1835-1836. ↩
Robert Adams patentó en 1851 un revólver de doble acción que fabricaba en Londres la firma Deane, Adams & Deane. ↩
Johann Nikolaus von Dreyse (1787-1867), armero de Sömmerda (Turingia prusiana). El fusil de aguja se adoptó en el ejército prusiano en 1841. ↩
La Landwehr era en Prusia la reserva del ejército, formada por los hombres que habían cumplido el servicio activo. ↩
El príncipe Federico Carlos de Prusia (1828-1885), sobrino del rey Guillermo I, había publicado en 1860 un escrito anónimo sobre el modo de combatir contra los franceses (Eine militärische Denkschrift). ↩
Joseph Whitworth (1803-1887), ingeniero y fabricante de máquinas herramienta de Manchester; desde 1854 hizo ensayos de fusiles para el Gobierno británico. ↩