Escrito en inglés por Friedrich Engels a primeros de febrero de 1860 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 5896, del 17 de marzo de 1860. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 13 (Berlín, 1961, pp. 564-569), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW; la fecha añadida lo distingue del artículo del mismo título del 8 de febrero de 1860. Se corrigen algunas erratas de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Ahora que ha terminado el primer acto, y posiblemente también el último, de la guerra española en Marruecos y que han llegado todos los informes oficiales detallados, podemos volver una vez más sobre este asunto.

El 1 de enero, el ejército español dejó las posiciones ante Ceuta para avanzar contra Tetuán, que está a solo 21 millas. Aunque el enemigo nunca atacó ni detuvo seriamente al mariscal O'Donnell, este necesitó nada menos que un mes para poner sus tropas a la vista de esa ciudad. La falta de caminos y la necesaria cautela no son motivos suficientes para esta lentitud de marcha, que no tiene igual, y salta a la vista que el dominio del mar que ejercían los españoles no se aprovechó plenamente. Tampoco puede servir de excusa que hubiera que construir una carretera para los cañones pesados y las provisiones. Ambas cosas habrían podido traerse sobre todo por barco, mientras que el ejército, provisto de víveres para una semana y sin más cañones que la artillería de montaña (llevada a lomo de mula), podía llegar a lo sumo en cinco días a las alturas que dominan Tetuán y esperar allí a la división del general Ríos, a la que entonces, igual que tres semanas más tarde, no se habría podido impedir desembarcar en la desembocadura del Wad el-Jelu.1 La batalla del 4 de febrero habría podido librarse el 6 o el 7 de enero, probablemente en condiciones aún más favorables para los españoles; con ello se habrían salvado varios miles de hombres que se perdieron por las enfermedades, y Tetuán habría podido tomarse hacia el 8 de enero.

Esto parece una afirmación atrevida. O'Donnell ardía sin duda en deseos de llegar a Tetuán tanto como cualquiera de sus soldados; ha dado muestras de valor, prudencia, sangre fría y otras virtudes militares. Si necesitó un mes para estar ante Tetuán, ¿cómo habría podido conseguirlo en una semana? O'Donnell tenía dos maneras de llevar allí sus tropas. Primero, podía apoyarse principalmente en la comunicación por tierra y usar los barcos como mero auxiliar. Eso es lo que hizo. Organizó un transporte regular por tierra para las provisiones y las municiones y llevó con el ejército una considerable artillería de campaña de piezas de doce libras. Su ejército había de ser, en caso de necesidad, completamente independiente de los barcos; los barcos solo debían servir de segunda línea de comunicación con Ceuta, útil, desde luego, pero en modo alguno indispensable. Este plan exigía, naturalmente, organizar un inmenso tren de carros, y este tren hacía necesaria la construcción de una carretera. Así se perdió una semana en construir la carretera desde las posiciones hasta la costa; y casi a cada paso toda la columna —ejército, tren y todo lo demás— se detenía hasta que estaba listo otro trozo de carretera para el avance del día siguiente. De este modo, la duración de la marcha dependía de cuántas millas de carretera pudieran construir de un día para otro los ingenieros españoles; y eso parece haber sido alrededor de media milla diaria. A su vez, los medios necesarios para el transporte de las provisiones exigían un enorme aumento del tren, pues cuanto más tiempo pasaba el ejército en camino, más tenía naturalmente que consumir. Y, sin embargo, el ejército pasó hambre después de que hacia el 18 de enero una tormenta alejara de la costa a los vapores, y eso a la vista de su depósito de Ceuta; un día más de tormenta, y un tercio del ejército habría tenido que volver atrás para buscar víveres para los otros dos tercios. Así fue como el mariscal O'Donnell se las arregló para hacer pasear a 18.000 españoles durante un mes a lo largo de la costa de África a un ritmo de dos tercios de milla por día. Una vez implantado este sistema de abastecimiento del ejército, ningún poder del mundo habría podido acortar sustancialmente la duración de esta marcha sin precedentes; pero ¿no fue ya un error implantarlo?

Si Tetuán hubiera sido una ciudad del interior, a veintiuna millas de la costa y no a cuatro, sin duda no habría habido otra opción. Los franceses tropezaron con las mismas dificultades en sus expediciones al interior de Argelia y las vencieron de la misma manera, aunque con mayor energía y rapidez. A los ingleses se les ahorró este trabajo en la India y en Afganistán, porque en esos países encontraban con relativa facilidad bestias de carga y forraje para ellas; tenían artillería ligera, que no necesitaba buenos caminos, porque las campañas se hacían solo en la estación seca, en la que los ejércitos pueden marchar a campo traviesa. Estaba reservado a los españoles y al mariscal O'Donnell hacer marchar un ejército durante todo un mes a lo largo de la costa y recorrer en ese tiempo la enorme distancia de veintiuna millas.

De ello se ve que en el ejército español tanto la organización como las ideas están bastante anticuadas. Con una flota de vapores y transportes de vela constantemente a la vista, esta marcha era completamente ridícula, y los hombres que se quedaron en el camino por el cólera y la disentería son víctimas del prejuicio y de la incapacidad. La carretera que construyeron los ingenieros no era una comunicación segura con Ceuta, pues no pertenecía a los españoles en ninguna parte, salvo allí donde estaban acampados en ese momento. Detrás de ellos, los moros podían inutilizarla cualquier día. Para escoltar un mensaje o un convoy hasta Ceuta hacía falta una división de 5.000 hombres por lo menos. Durante toda la marcha, la comunicación con esa plaza la mantuvieron solo los vapores. Y, con todo, las provisiones que llevaba consigo el ejército eran tan insuficientes que a los veinte días el ejército se moría de hambre y solo pudieron salvarlo las reservas de la flota. ¿Para qué se construyó entonces la carretera? ¿Para la artillería? Los españoles debían saber muy bien que los moros no tenían artillería de campaña y que sus propios cañones rayados de montaña eran superiores a todo lo que el adversario pudiera oponerles. ¿Para qué arrastrar entonces toda esa artillería, si podía llevarse en pocas horas por mar de Ceuta a San Martín (en la desembocadura del Wad el-Jelu o río de Tetuán)? Para estar preparado ante cualquier eventualidad, habría bastado con que acompañara al ejército una sola batería de campaña, y muy torpe tendría que ser el ejército español si no fuera capaz de llevarla a razón de cinco millas por día por cualquier terreno.

Los españoles disponían de tonelaje suficiente para transportar de una vez por lo menos una división, como lo demostró el desembarco de la división de Ríos en San Martín. Si el ataque lo hubieran llevado a cabo tropas inglesas o francesas, esta división habría desembarcado sin duda en San Martín desde el principio, después de hacer antes algunas demostraciones desde Ceuta para atraer allí a los moros. Una división así, de 5.000 hombres, atrincherada tras simples parapetos como los que pueden levantarse en una sola noche, habría podido esperar sin miedo el ataque de cualquier número de moros. Además, con buen tiempo habría podido desembarcarse cada día una división más y concentrar así el ejército ante Tetuán en seis u ocho días. Podemos dudar, sin embargo, de que O'Donnell hubiera visto con agrado exponer a un ataque a una de sus divisiones, aislada quizá durante tres o cuatro días; sus tropas eran jóvenes y aún inexpertas en la guerra. No se le puede censurar por no haber procedido así.

Pero sin duda habría podido hacer lo siguiente. Llevando cada hombre provisiones para una semana, habría podido salir de Ceuta con todos sus cañones de montaña, quizá una batería de campaña y tantas provisiones como pudiera transportar a lomo de sus mulas y caballos, y llegar a Tetuán lo más rápidamente posible. Teniendo en cuenta todas las dificultades, ocho millas por día es sin duda bien poco. Pero digamos cinco; eso daría cuatro jornadas de marcha. Contemos dos días para combates, aunque habrían de ser victorias bien flacas si no hicieran ganar cinco millas de terreno. Eso daría seis días en total, incluidos todos los retrasos que cause el tiempo, pues un ejército sin tren puede recorrer cuatro o cinco millas diarias casi con cualquier tiempo. De este modo, el ejército habría llegado a la llanura de Tetuán antes de haber consumido las provisiones que llevaba; para un caso de necesidad estaban los barcos dispuestos a traer víveres frescos durante la marcha, como efectivamente ocurrió. Marruecos no es peor país que Argelia en cuanto a terreno o clima, y los franceses han hecho allí mucho más en pleno invierno y también en lo más hondo de las montañas, y eso sin vapores que los apoyaran y abastecieran. Una vez alcanzadas las alturas del monte Negrón y tomado el paso hacia Tetuán, la comunicación con la flota en la rada de San Martín quedaba asegurada y el mar podía servir de base de operaciones. Así, con un poco de audacia, el tiempo durante el cual el ejército no tenía otra base de operaciones que él mismo se habría reducido de un mes a una semana, y el plan más audaz habría sido por eso también el más seguro; pues cuanto más temibles fueran los moros, más peligroso se volvía el lento avance de O'Donnell. Y si el ejército hubiera sido derrotado camino de Tetuán, habría podido retirarse con mucha más facilidad sin bagajes ni artillería de campaña.

El avance de O'Donnell desde el monte Negrón, que cruzó casi sin resistencia, estuvo enteramente a tono con su lentitud anterior. De nuevo se levantaron y fortificaron reductos, como si tuviera enfrente un ejército perfectamente organizado. Así se perdió una semana, aunque ante semejante adversario habrían bastado simples parapetos; como no había ningún peligro de que lo atacara una artillería que igualara siquiera a seis de sus cañones de montaña, uno o dos días habrían debido bastar para levantar un campamento así. El 4 atacó por fin el campamento atrincherado de sus adversarios. Los españoles parecen haberse portado muy valientemente en esta acción; la calidad de las disposiciones tácticas no podemos juzgarla, porque los pocos corresponsales en el campamento español, en aras de la pintura de color de rosa y del entusiasmo exagerado, no cuentan nada de los áridos detalles militares. Así, el corresponsal del Times de Londres opina: ¿de qué sirve que les describa un trozo de paisaje que tendrían que ver para juzgar su naturaleza? Los moros fueron completamente derrotados, y al día siguiente se rindió Tetuán.

Con esto termina el primer acto de la campaña y, si el emperador de Marruecos no es demasiado obstinado, muy probablemente también toda la guerra. Pero las dificultades con que han tropezado hasta ahora los españoles —dificultades agravadas por su sistema de hacer la guerra— muestran que, si Marruecos resiste, España tendrá que cascar una nuez muy dura. No es la resistencia efectiva de las tropas irregulares moras, que nunca vencerán a tropas disciplinadas mientras estas se mantengan unidas y puedan alimentarse; es la naturaleza inculta del país, la imposibilidad de conquistar otra cosa que las ciudades y de abastecerse de ellas; es la necesidad de desperdigar el ejército en gran número de pequeñas posiciones, que al final no bastarán para mantener una comunicación regular entre las ciudades conquistadas y que no podrán abastecerse si no se emplea la mayor parte de las fuerzas en escoltar los convoyes de víveres a través de un país sin caminos y de enjambres de tiradores moros que reaparecen sin cesar. Es bien sabido lo que supuso para los franceses, durante los primeros cinco o seis años de sus conquistas africanas, abastecer de víveres aunque solo fuera Blida y Medea, por no hablar de puntos más alejados de la costa.2 Con el rápido desgaste de los ejércitos europeos en este clima, seis o doce meses de una guerra así no son ninguna broma para un país como España.

Si la guerra continúa, el siguiente objetivo será naturalmente Tánger. El camino de Tetuán a Tánger pasa por un puerto de montaña y luego baja por el valle de un río. Todo transcurre tierra adentro: no hay vapores que puedan traer provisiones, y no hay caminos. La distancia es de unas 26 millas. ¿Cuánto tardará el mariscal O'Donnell en recorrer esa distancia, y cuántos hombres tendrá que dejar en Tetuán? Se dice que ha afirmado que hacen falta 20.000 hombres para conservarla; pero eso es a todas luces muy exagerado. Con 10.000 hombres en la ciudad y una brigada aparte en un campamento atrincherado junto a San Martín, la plaza debería estar suficientemente asegurada; una fuerza así sería siempre lo bastante fuerte para rechazar cualquier ataque de los moros. Tánger podría tomarse bombardeándola desde el mar, y la guarnición podría traerse también por mar. Lo mismo vale para Larache, Salé y Mogador. Pero si los españoles se proponían proceder de este modo, ¿para qué la larga marcha a Tetuán? Una cosa es segura: los españoles tienen que aprender todavía mucho del arte de la guerra antes de poder obligar a Marruecos a hacer la paz, si Marruecos resiste un año.

  1. Nombre árabe del río de Tetuán, que los españoles llaman río Martín. ↩

  2. Los franceses, que desembarcaron en Argel en 1830, no consiguieron asentarse de forma duradera en Blida y Medea, en el Atlas, hasta 1839-1840. ↩