Escrito en inglés por Friedrich Engels hacia el 18 de enero de 1860 y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 5863, del 8 de febrero de 1860. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 13 (Berlín, 1961, pp. 552-559), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW; la fecha añadida lo distingue del artículo del mismo título del 17 de marzo de 1860. Se corrigen algunas erratas de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

La campaña de Marruecos ha empezado por fin de verdad y, con este comienzo, se esfuman todos los colores románticos con que la prensa española y el entusiasmo popular español habían engalanado a O'Donnell, que desciende ahora a la categoría de general mediano aceptable; en lugar de la caballería de Castilla y León tenemos ahora a los húsares de la Princesa, y en vez de las hojas de Toledo hacen el trabajo los cañones rayados y las granadas cilindro-cónicas.

Hacia el 20 de diciembre, los españoles empezaron a construir una carretera practicable para la artillería y los carros que había de llevar, a través del terreno montuoso, hasta el campamento situado al sur de Ceuta. Los moros no intentaron destruir la carretera; unas veces atacaban al general Prim, cuya división cubría a las brigadas de trabajadores, otras veces al campamento, pero siempre sin éxito. Ninguno de estos encuentros pasó de las proporciones de una escaramuza de avanzadas, y en el más serio de ellos, el 27 de diciembre, las pérdidas españolas no pasaron de seis muertos y 30 heridos. Antes de terminar el año quedó acabada la carretera, de solo dos millas de largo; pero una nueva irrupción de tormentas y lluvias impidió que el ejército se pusiera en marcha. Entretanto, como si hubiera que anunciar a los moros el inminente avance del ejército, una escuadra española compuesta de un navío de línea de vela, tres fragatas de hélice y tres vapores de ruedas, con un total de 246 cañones, se dirigió a la desembocadura del río de Tetuán y bombardeó el 29 de diciembre los fuertes situados en la boca del río. En unas tres horas los fuertes quedaron reducidos al silencio y las fortificaciones de tierra destruidas; y no hay que perder de vista que eran los mismos fuertes que los franceses habían bombardeado alrededor de un mes antes con un despliegue de fuerzas muy inferior.1

Como el 29 había llegado el buen tiempo, el ejército español empezó por fin a moverse el 1 de enero. El primer cuerpo, con dos divisiones, a las órdenes de Echagüe, que había sido el primero en desembarcar en África, se quedó en las posiciones ante Ceuta. Si en las primeras semanas había sufrido mucho por las enfermedades, ahora estaba bastante bien aclimatado y, con los refuerzos recibidos entretanto, contaba con 10.000 hombres, es decir, bastantes más que el segundo o el tercer cuerpo. Estos dos cuerpos, el segundo al mando de Zavala y el tercero al de Ros de Olano,2 junto con la división de reserva de Prim, en total de 21.000 a 22.000 hombres, se pusieron en marcha el primer día del año nuevo. Cada hombre llevaba raciones para seis días, y se cargó un millón de raciones, es decir, las provisiones del ejército para un mes, en barcos de transporte para llevarlas con el ejército. Se cruzó el terreno elevado al sur de Ceuta, con Prim al mando de la vanguardia, apoyado por Zavala, mientras Ros de Olano cerraba la marcha. La nueva carretera desembocaba en el Mediterráneo a unas dos millas del campamento. Allí se extiende una amplia llanura semicircular cuya cuerda la forma el mar y cuyo contorno es un terreno quebrado que se eleva poco a poco hasta montañas escarpadas. En cuanto la división de Prim se hubo alejado un poco del campamento, empezó el tiroteo. La infantería ligera española hizo retroceder sin esfuerzo a los moros hasta la llanura y de allí a las colinas y los matorrales junto a su línea de marcha. Fue aquí donde, por algún malentendido, se lanzó a la carga a dos débiles escuadrones de húsares de la Princesa, que la ejecutaron con tanto brío que atravesaron las líneas de los moros y llegaron hasta su campamento; pero como por todas partes se metían en terreno quebrado y en ningún lugar encontraban en suelo practicable caballería o infantería a la que cargar, tuvieron que dar media vuelta con pérdidas en la tropa y la pérdida de siete oficiales, es decir, casi todos los que tenían. Hasta entonces, el combate lo habían llevado principalmente la infantería en orden abierto y algunas baterías de artillería de montaña, apoyadas aquí y allá por el efecto, más moral que real, del fuego de algunas cañoneras y vapores. Parece que O'Donnell se proponía detenerse en la llanura sin ocupar todavía de modo permanente la loma que cierra esa llanura por el sur. Pero, para asegurar su posición durante la noche, ordenó a Prim que desalojara a los tiradores moros de la ladera norte de la loma y que se reuniera luego con él al caer la noche. Pero Prim, el general más combativo del ejército español, se enzarzó en un combate serio que terminó con la toma de toda la cresta de la loma, aunque no sin grandes pérdidas. Su vanguardia acampó en la loma y levantó obras de campaña en su línea de frente. Ese día las pérdidas españolas ascendieron a 73 muertos y 481 heridos.

La posición ganada ese día se conoce con el nombre de los Castillejos, que procede de dos edificios blancos, uno en la ladera baja cerca de la llanura y el otro en la loma que Prim había tomado por la tarde. Sin embargo, el nombre oficial de este campamento parece ser el de Campamento de la Condesa. Ese mismo día los moros habían intentado una insignificante maniobra de distracción contra el campamento ante Ceuta, atacando tanto el reducto del extremo derecho como el espacio entre los dos reductos del extremo izquierdo. Pero los rechazaron sin esfuerzo la infantería de Echagüe y el fuego de la artillería.

El ejército de operaciones permaneció tres días en el campamento de la Condesa. Llegaron al campamento la artillería de campaña y una batería de cohetes, así como el resto de la caballería (toda la brigada de caballería consta de ocho escuadrones de húsares, cuatro escuadrones de coraceros sin coraza y cuatro escuadrones de lanceros, en total 1.200 hombres). Solo el tren de sitio (en el que había una batería de piezas rayadas de 12 libras) seguía muy atrás. El 3, O'Donnell hizo un reconocimiento en dirección al monte Negrón,3 la siguiente cadena montañosa hacia el sur. El tiempo siguió bueno, caluroso a mediodía y con fortísimo rocío por la noche. El cólera seguía haciendo estragos en algunas divisiones, y algunos cuerpos habían sufrido terriblemente por las enfermedades. Los dos batallones de ingenieros, por ejemplo, que habían sido especialmente castigados, habían quedado reducidos de 135 a 90 hombres por compañía.

Hasta aquí tenemos informes detallados; para lo que sigue solo disponemos de telegramas escasos y no del todo concordantes. El 5 avanzó el ejército. El 6 acampó «al norte del valle del Negrón, tras cruzar los pasos sin resistencia». Es muy incierto si esto significa que se había cruzado la cresta del monte Negrón y que el ejército acampó en su ladera sur. El 9, el ejército habría estado a una milla de Tetuán y habría rechazado un ataque de los moros. El 13 se tomaron todas las posiciones de Cabo Negro, se obtuvo una victoria completa y el ejército estaba ante Tetuán; en cuanto se hubiera traído la artillería, empezaría el ataque a la ciudad. El 14, la división del general Ríos, que se había concentrado en Málaga, desembarcó con diez batallones en la desembocadura del río de Tetuán y ocupó los fuertes que la flota había destruido quince días antes. El 6,4 según se informa, el ejército se disponía a cruzar el río y atacar Tetuán.

Para explicarlo, queremos señalar que entre Ceuta y Tetuán hay que cruzar cuatro cadenas montañosas distintas. La primera está justo al sur del campamento y da a la llanura de los Castillejos; la segunda cierra esa llanura por el sur. Estas dos las tomaron los españoles el día 1. Más al sur todavía, y perpendicular a la costa mediterránea, corre el monte Negrón y, paralela a esta cadena, aún más al sur, viene otra cadena más alta que termina en la costa en el Cabo Negro; al sur de ella corre el río de Tetuán. Los moros, que el día 1 se habían pegado a los flancos del ejército invasor, cambiaron luego de táctica; se fueron más al sur e intentaron cerrar de frente el camino de Tetuán. Se esperaba que la lucha decisiva por la posesión de este camino estallara en los pasos de la última cadena, la de Cabo Negro, y eso parece haber ocurrido el 13.

Las disposiciones tácticas de estos combates no parecen especialmente gloriosas para ninguna de las dos partes. De los moros solo podemos esperar una guerra irregular, llevada con la valentía y la astucia de los semisalvajes. Pero incluso en eso parecen fallar. No muestran, por lo visto, el fanatismo que los cabileños de las montañas costeras de Argelia y del Rif opusieron a los franceses; el largo e inútil tiroteo ante los reductos de Ceuta parece haber quebrantado el entusiasmo y la energía iniciales de la mayoría de las tribus. Tampoco en sus disposiciones estratégicas están a la altura del ejemplo de los argelinos. Después del primer día abandonan su plan original de hostigar los flancos y la retaguardia de la columna en marcha y de cortar o amenazar sus comunicaciones con Ceuta; en lugar de ello, se esfuerzan denodadamente por adelantarse a los españoles y cerrarles de frente el camino de Tetuán. Con ello provocan justo lo que deberían evitar: una batalla campal. Quizá aprendan todavía que, con los hombres de que disponen y en un país como el suyo, la guerra de guerrillas es el medio más adecuado para desgastar a un enemigo que, por superior que sea en disciplina y armamento, se ve entorpecido en todos sus movimientos por enormes impedimenta que ellos desconocen y que no es cosa fácil mover en un país sin caminos e inhóspito.

Los españoles han seguido como empezaron. Después de estar dos meses ociosos ante Ceuta, han marchado veintiuna millas en dieciséis días, es decir, ¡cinco millas cada cuatro días! Aun teniendo en cuenta, como es debido, el mal estado de los caminos, es un grado de lentitud sin precedentes en la guerra moderna. Los generales españoles parecen haber perdido por completo la capacidad de dirigir grandes cuerpos de tropas, de preparar operaciones de gran alcance, de conducir en marcha un ejército que apenas iguala en fuerza a uno de los cuerpos de ejército franceses de la última campaña de Italia. ¿Cómo, si no, podrían producirse tales demoras? El 2 de enero O'Donnell tenía en los Castillejos toda su artillería, salvo el tren de sitio; aun así esperó otros dos días y no avanzó hasta el 5. La marcha de la columna misma parece bastante bien organizada, pero con marchas tan cortas difícilmente podría ser de otro modo. Bajo el fuego, los españoles parecen combatir con ese desprecio del enemigo que infaliblemente engendran una disciplina superior y una serie de combates afortunados; pero queda por ver si esta confianza en la victoria se mantiene cuando el clima y las fatigas de una campaña que con seguridad degenerará en una agotadora guerra de guerrillas hayan mermado al ejército tanto moral como físicamente. Sobre la dirección poco podemos decir hasta ahora, porque los detalles de todos los encuentros, salvo el primero, son todavía incompletos. Pero este primer combate revela dos errores llamativos: la carga de la caballería y el avance del general Prim más allá de las órdenes recibidas. Si estas cosas resultaran ser rasgos característicos del ejército español, será en su propio perjuicio.

La defensa de Tetuán será probablemente corta, pero tenaz. Las fortificaciones son sin duda malas, pero detrás de los parapetos de tierra los moros son soldados excelentes, como se vio en Constantina y en muchas otras ciudades argelinas. El próximo correo puede traernos la noticia de que la ciudad ha sido tomada. En ese caso podemos esperar una pausa en la campaña, pues los españoles necesitarán tiempo para mejorar el camino entre Tetuán y Ceuta, hacer de Tetuán una segunda base de operaciones y traer refuerzos. Después, el siguiente paso se dará en dirección a Larache o a Tánger.

  1. En noviembre de 1859, en un conflicto paralelo de Francia con Marruecos, una escuadra francesa había bombardeado la costa marroquí. ↩

  2. Antonio Ros de Olano (1808-1886), general y escritor español, jefe del tercer cuerpo del ejército de África. ↩

  3. Engels escribe Monte Negro; en las fuentes españolas, monte Negrón. ↩

  4. Así en el texto alemán de la MEW; por el orden de las noticias, probablemente el 16. ↩