Escrito en inglés por Friedrich Engels hacia el 24 de julio de 1860 y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 6020, del 10 de agosto de 1860. El original inglés no está disponible en una edición libre; traducimos de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 93-97), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

El plan para la defensa nacional de Inglaterra que acaba de presentarse al Parlamento prevé limitar todos los gastos a fortificar los arsenales navales y algunas obras menores, apenas suficientes para proteger los puertos más importantes del país contra ataques por sorpresa de pequeñas escuadras enemigas, y a levantar en Dover y en Portland fuertes grandes y sólidos que aseguren fondeaderos protegidos a las flotas y a los buques destacados. Todo el dinero ha de invertirse en la periferia del país, en la línea de costa accesible a una flota enemiga; y como es imposible defender la costa en toda su longitud, se eligen algunos puntos importantes, sobre todo los arsenales y astilleros de la marina. El interior del país quedará enteramente a merced de sus propios recursos.

Ahora que Inglaterra admite por fin que sus murallas de madera, sus barcos, ya no la protegen y que para la defensa nacional necesita medios para obras de fortificación, es razonable que proteja primero de un ataque sus arsenales navales, la cuna de su flota. Nadie dudará de que Portsmouth, Plymouth, Pembroke, Sheerness y Woolwich (o cualquier otro lugar) deberían hacerse lo bastante fuertes para rechazar todo ataque por mar y resistir durante cierto tiempo un sitio en regla por tierra. Pero es completamente ridículo llamar sistema de defensa nacional a la precaución contra semejante peligro. De hecho, para elevar el plan a esa dignidad parece necesario hacerlo mucho más complicado y costoso de lo que exige la mera protección de los arsenales.

Un país como Francia o España, expuesto a una invasión por su frontera terrestre exactamente igual que a ataques por mar y a desembarcos enemigos en su costa, se ve obligado a convertir sus bases navales en plazas fuertes de primer orden. Tolón, Cartagena, Génova, incluso Cherburgo, pueden verse expuestas a un ataque combinado como el que destruyó los arsenales y astilleros de Sebastopol. Por eso necesitan un frente de tierra muy fuerte con fuertes destacados que mantengan los astilleros fuera del alcance de un bombardeo. Pero eso no vale para Inglaterra. Aun suponiendo que una derrota naval pusiera en duda por un momento la superioridad marítima de Inglaterra, un ejército de invasión desembarcado en suelo británico no podría contar nunca con comunicaciones abiertas y tendría, por tanto, que actuar con rapidez y decisión. Ese ejército de invasión no estaría en condiciones de llevar a cabo un sitio en regla; y aunque lo estuviera, a nadie se le ocurriría esperar que el invasor marchara hasta Portsmouth, se instalara allí tranquilamente y consumiera sus recursos en un sitio interminable, en vez de marchar derecho sobre Londres, mientras su superioridad moral y material está en su punto más alto, y buscar en el acto una decisión en la línea principal. Si se llega a que puedan desembarcar con seguridad en Inglaterra tropas y material suficientes para atacar Londres y sitiar al mismo tiempo Portsmouth, entonces Inglaterra está al borde del derrumbe y ningún fuerte de tierra en torno a Portsmouth podrá salvarla. Lo que vale para Portsmouth vale también para los demás arsenales navales. Que los frentes de mar se fortifiquen tanto como sea posible; en los frentes de tierra sobra todo lo que vaya más allá de mantener al enemigo lo bastante lejos para proteger los astilleros de un bombardeo y asegurarlos contra un sitio en regla de quince días. Pero si hemos de juzgar por el presupuesto y por algunos planos de las defensas previstas para Portsmouth aparecidos en el Times de Londres, se hace un gran derroche de ladrillo y mortero, de fosos y parapetos, de dinero y, en caso de guerra, también de hombres. El cuerpo de ingenieros parece regodearse literalmente en esta exuberancia de proyectos de fortificación, que hasta ahora habían sido para él un placer prohibido. A Inglaterra la amenaza una vegetación de fuertes y baterías que brotan de la tierra tan deprisa como las setas y crecen tan exuberantes como las enredaderas de una selva tropical. El gobierno parece empeñado en que por el dinero se vea también algo, pero esa será la única ventaja de todas estas espléndidas construcciones.

Mientras los arsenales no estén asegurados contra un coup de main1, podrán hacerse incursiones con el simple fin de destruir uno de ellos y retirarse luego. Así, los arsenales sirven, por decirlo así, de válvulas de seguridad para Londres. Pero en cuanto queden protegidos contra un ataque del grueso de las fuerzas e incluso contra un ataque en regla durante quince días —y eso es evidentemente necesario—, a una invasión no le queda más objetivo que Londres. Todos los rincones sin importancia están protegidos; las incursiones limitadas no prometen éxito; una invasión tiene la posibilidad de aniquilar a Inglaterra o de ser aniquilada ella misma. Así, por el mero hecho de que los arsenales estén fortificados, Londres corre peligro. Eso obliga a la fuerza invasora a concentrar en el acto todas sus fuerzas en un ataque contra Londres. Londres, según nos comunica lord Palmerston, ha de defenderse en una batalla campal. Supongamos que sea así; cuanto más fuerte sea entonces el ejército, más seguro estará Londres. Pero ¿de dónde ha de salir ese ejército fuerte si Portsmouth, Plymouth, Chatham y Sheerness, y quizá Pembroke, se convierten en plazas fuertes de primer orden del tamaño de Cherburgo, Génova, Coblenza o Colonia, que exigen guarniciones de 15.000 a 20.000 hombres para su defensa? Cuanto más se refuerzan los arsenales, pues, más se debilitan Londres y otras regiones. Y a eso se le llama defensa nacional.

En todo caso, una sola batalla perdida decidiría la suerte de Londres, y si se tiene en cuenta la enorme centralización comercial del país y la paralización a la que la ocupación de Londres condenaría toda la maquinaria industrial y comercial de Inglaterra, no cabe duda de que esa sola batalla decidiría la suerte de todo el reino. ¡Y así, mientras se prevé gastar doce millones en asegurar los arsenales, el corazón mismo del país ha de quedar sin protección y depender del resultado de una batalla!

De nada sirve encubrir el asunto. Que se fortifiquen en todo caso los arsenales de manera razonable, lo que puede hacerse con menos de la mitad del dinero que ahora se pretende derrochar en ello; pero, si se quiere una defensa nacional, que se ponga uno en seguida a fortificar Londres. De nada sirve decir con Palmerston que eso es imposible. Es la misma cantinela que se oía cuando se trataba de fortificar París. La superficie encerrada por el recinto continuo de París no es mucho menor que la ocupada por Londres; la línea de fuertes que rodea París tiene una extensión de 27 millas, y un círculo trazado en torno a Londres a seis millas de Charing Cross daría una circunferencia de 37 millas. Ese círculo podría muy bien representar la distancia media de los fuertes al centro, y diez millas más no harán demasiado larga la línea si un sistema adecuado de ferrocarriles radiales y de circunvalación facilita el movimiento rápido de las reservas. Está muy claro que Londres no puede defenderse sin preparación, como se propone en el Cornhill Magazine, donde se dice que bastarían 6 grandes fuertes; el número de fuertes tiene que ser de 20 por lo menos; pero, por otra parte, no hace falta fortificar Londres al estilo pedante de París, porque nunca tendrá que resistir un sitio. Lo único que se requiere es la defensa contra un coup de main, contra las fuerzas que un ejército de invasión pueda lanzar contra Londres en los 14 días siguientes al desembarco. El recinto continuo puede suprimirse; en su lugar, los pueblos y grupos de casas de las afueras pueden prestar muy buenos servicios si el plan de defensa se elabora cuidadosamente de antemano.

Con Londres así fortificado y los arsenales reforzados en sus frentes de mar y protegidos en sus frentes de tierra contra un ataque violento e irregular, e incluso contra un sitio débil, Inglaterra puede desafiar cualquier invasión, y todo ello puede conseguirse con unos 15 millones de libras esterlinas. Los arsenales no necesitarían en total más de 70.0002 soldados regulares y 15.000 voluntarios, mientras que todo el resto de las tropas de línea, de la milicia y de los voluntarios —digamos 80.000 hombres de línea y de milicia y 100.000 voluntarios— podría defender el campo atrincherado en torno a Londres o aceptar una batalla ante sus puertas, y todo el país al norte de Londres tendría la posibilidad de organizar nuevos cuerpos de voluntarios y depósitos para las tropas de línea y la milicia. El enemigo se vería obligado en todo caso a actuar; aunque quisiera, no podría eludir el gran campo atrincherado de Londres, y no le quedaría más elección que atacar y ser batido, o esperar y agravar así cada día las dificultades de su posición.

En cambio, el plan de defensa nacional del gobierno lleva a que las guarniciones —si las fuerzas de Inglaterra constaran de 90.000 hombres de tropas de línea y milicia y 115.000 voluntarios— exigirían al menos 25.000 soldados regulares y 35.000 voluntarios, de modo que para la defensa de Londres quedarían 65.000 hombres de tropas regulares y 80.000 voluntarios, mientras que 35.000 hombres, que el día de la batalla podrían hacer muchísima falta, estarían sentados tranquilos y sin amenaza tras muros de piedra que nadie pensaba atacar. Pero el ejército no solo quedaría debilitado en 35.000 hombres; se vería también privado de una posición fortificada de la que no se le podría desalojar sino mediante un sitio en regla; tendría que exponer a 80.000 voluntarios inexpertos y mal mandados a un combate en campo abierto y lucharía así en circunstancias mucho más desfavorables que el ejército dispuesto como se ha expuesto más arriba.

  1. Golpe de mano. ↩

  2. Así en la MEW. Por las cifras que siguen (90.000 hombres de línea y milicia, de los que 80.000 quedarían para Londres), debería decir probablemente 10.000. ↩