Escrito en inglés por Friedrich Engels a finales de enero o comienzos de febrero de 1860 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 5873, del 20 de febrero de 1860, como editorial. El original inglés no está disponible en una edición libre; traducimos de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 18-22), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Se corrigen erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Más aún que la guerra de Crimea, la guerra de Italia de 1859 confirmó el hecho de que la organización militar francesa es la mejor de Europa. De todos los ejércitos europeos, exceptuado el francés, el austriaco tenía sin duda el nivel más alto y, sin embargo, en la breve campaña de 1859 ese ejército, en su conjunto, no pudo ganar una sola batalla, aunque sus soldados se cubrieron de gloria. Aun teniendo muy en cuenta el mal mando, la falta de un mando unificado y la inepta intromisión del emperador, los oficiales de los regimientos y los soldados austriacos daban en conjunto la impresión de que la falta de éxito se debía en parte a una organización menos adaptada a las exigencias de una guerra de verdad que la de sus adversarios. Y si el ejército austriaco —reorganizado por completo hace solo unos años— ha resultado insuficiente, ¿qué cabía esperar de otros ejércitos cuya organización era aún más antigua?

No hay por qué asombrarse de que los franceses fueran superiores en este aspecto. Ninguna nación, sean cuales sean sus aptitudes militares, puede sostener veinticinco años de guerra irregular en una escala tan enorme como la de Argelia sin desarrollar en alto grado la eficacia de sus tropas. Mientras Inglaterra y Rusia hacían sus guerras en la India y en el Cáucaso sobre todo con tropas destinadas a ello, la mayor parte del ejército francés había pasado por la escuela argelina. Francia aprovechó a fondo esa escuela, cara en hombres y en dinero, pero muy eficaz y rica en valiosas experiencias militares. Después vino la guerra de Crimea, otra escuela a mayor escala, que contribuyó a aumentar la confianza del soldado en sí mismo. Se vio que las experiencias que había adquirido en las campañas contra tribus nómadas y tropas irregulares eran igual de útiles y aplicables en la lucha contra tropas regulares.

Que en tales circunstancias una nación dotada de un talento especial para el oficio de las armas haya llevado su organización militar a una perfección que supera todo lo alcanzado por sus vecinos —un hecho sin duda demostrado en Magenta y Solferino— causó, no obstante, asombro, sobre todo en Alemania. Los pedantes militares de este país estaban tan seguros de su imaginaria superioridad sobre los franceses, frívolos, inconstantes, indisciplinados e inmorales, que el golpe los dejó consternados. Por otro lado, empezaron enseguida a hacerse oír los círculos más jóvenes e inteligentes del ejército austriaco y de otros ejércitos alemanes, que siempre habían sido adversarios del ordenancismo.1 Los oficiales austriacos, recién salidos de Magenta, fueron los primeros en decir toda la verdad, a saber, que los franceses no llevan mochila en la batalla, que no tienen corbatines, ni cuellos rígidos, ni levitas o pantalones ceñidos; que visten pantalones anchos y un capote holgado, con el cuello vuelto hacia abajo, que deja el cuello y el pecho del todo libres; que se cubren la cabeza con un ligero quepis y llevan los cartuchos en los bolsillos del pantalón. Donde los austriacos llegan agotados y sin aliento, los franceses aparecen frescos, cantando y dispuestos a cualquier esfuerzo físico. Así lo contaban las cartas de los oficiales austriacos recién llegados del campo de batalla, y los oficiales prusianos, bávaros y otros les daban la razón. Había ocurrido algo espantoso: unos soldados se habían atrevido de verdad a hacer frente al enemigo sin todo el engorroso equipo que constituye casi toda la gloriosa pompa y aparato de la guerra y que en conjunto equivale a una camisa de fuerza; y, pese a la falta de esa camisa de fuerza, habían vencido en todos los campos de batalla. Este hecho tenía tal importancia que ni siquiera los gobiernos alemanes podían cerrar los ojos ante él.

Así, para espanto de los viejos militarotes de polaina, la reforma del ejército se convirtió en Alemania en la consigna del día. Se expusieron teorías muy revolucionarias en materia militar, no solo impunemente, sino que incluso los gobiernos las tomaron en consideración. El primer punto fue, naturalmente, el equipo del soldado, que había constituido la diferencia más visible entre los dos ejércitos en el campo de batalla. La discusión sobre este asunto fue tan interminable como diversos son los gustos. Se derrochó muchísimo ingenio en la indumentaria militar. Gorras, cascos, chacós, sombreros, levitas, blusas, capotes, cuellos, bocamangas, pantalones, polainas y botas se discutieron con una vivacidad y una locuacidad como si la suerte de la jornada de Solferino hubiera dependido solo de tales cosas. Los austriacos fueron los más extravagantes en sus modas militares. De una copia casi exacta del modelo francés (salvo el color) pasaron por todas las fases intermedias hasta la blusa y el sombrero gacho. Imagínese al rígido, conservador y sobrio soldado austriaco imperial y real con la coqueta indumentaria de los cazadores franceses o, peor aún, con la blusa y el sombrero de fieltro de los cuerpos francos revolucionarios alemanes de 1848. Si se hubiera tomado en serio uno de estos extremos, no habría podido haber mayor sátira del sistema militar austriaco. Como de costumbre, el asunto se ha llevado más a la charla que a buen término; el viejo espíritu militar de polaina ha recuperado parte del terreno perdido, y a lo sumo en Austria se harán algunos cambios menores del uniforme, mientras que en los demás ejércitos alemanes apenas es probable ninguna innovación, salvo que el casco prusiano, ese invento mimado del romántico Federico Guillermo IV, parece condenado a bajar a la tumba antes que su inventor.2

Luego vino la gran cuestión de la mochila. Que los franceses entraran en combate sin la mochila fue una imprudencia que solo su suerte y el calor de la estación pueden justificar. Pero si llegara a convertirse para ellos en costumbre, el primer cambio a un tiempo frío o lluvioso los castigaría duramente. En efecto, la adopción general de este método no significaría nada menos que, en cada batalla, el ejército derrotado perdería no solo su artillería, sus banderas y sus víveres, sino también todo el equipaje individual de su infantería. En consecuencia, unos cuantos vivaques bajo la lluvia acabarían por completo con la infantería, que no contaría más que con la ropa que cada soldado lleva puesta. La manera correcta de plantear la cuestión parece ser, sin embargo, cómo reducir al mínimo el equipaje individual del soldado: un punto importante que podría resolverse fácilmente de modo satisfactorio con solo considerar las piezas que lo componen desde el punto de vista de su utilidad real en una batalla. Pero la discusión en Alemania no ha resuelto esta cuestión.

Además de la cuestión del vestuario y de la mochila, también es un asunto muy debatido la organización de las distintas subdivisiones de los ejércitos: de cuántos hombres debe constar una compañía, cuántas compañías deben formar un batallón, cuántos batallones un regimiento, cuántos regimientos una brigada, cuántas brigadas una división, y así sucesivamente. He aquí otro punto sobre el que pueden decirse montones de disparates con la cara más seria e importante del mundo. En todo ejército, el sistema de la táctica elemental limita la fuerza y el número de las compañías y los batallones a ciertos márgenes. La fuerza de las brigadas y divisiones depende, en su mínimo y su máximo, de la fuerza habitual en los ejércitos vecinos, para evitar en lo posible la desigualdad entre las unidades tácticas mayores en caso de conflicto. Querer resolver tales problemas no a partir de las condiciones reales que dan las propias circunstancias, sino recurriendo temerariamente a las causas últimas, es puro disparate, muy propio quizá de filósofos alemanes, pero inadmisible para gente práctica. El aumento del número de regimientos austriacos de infantería de línea de 63 a 80, con un número reducido de batallones, les dará tan poca seguridad de tener «más suerte la próxima vez» como el ensanchar los pantalones y el bajar los cuellos.

Pero mientras las modas militares y las especulaciones abstrusas sobre la fuerza normal y la composición de una brigada acaparan la atención, los grandes defectos y debilidades del sistema militar alemán pasan inadvertidos. En efecto, ¿qué hemos de pensar de unos oficiales que discuten con la mayor excitación el corte de unos pantalones o de un cuello y que se resignan tranquilamente a que en el ejército de la Confederación Germánica haya más de veinte calibres distintos en la artillería de campaña y diferencias casi incontables en los calibres de las armas portátiles? La ocasión de unificar los calibres en toda Alemania con la introducción de los fusiles rayados no solo se desaprovechó culpablemente, sino que con ello la situación no hizo sino empeorar. Vale la pena examinar un momento de cerca esta confusión de calibres. Austria, Baviera, Wurtemberg, Baden y Hesse-Darmstadt tienen un calibre de 0,53 pulgadas. Con el sentido común práctico que los alemanes del sur han demostrado en muchas ocasiones, han establecido, con una reforma importante, un calibre único para cinco cuerpos del ejército federal. Prusia tiene dos calibres: un llamado Zündnadelgewehr [fusil de aguja]3 de unas 0,60 pulgadas, y el viejo mosquete de ánima lisa, rayado hace poco según el principio de Minié,4 de unas 0,68. Este último, sin embargo, lo desplazará muy pronto el primero. El noveno cuerpo de ejército tiene tres calibres rayados distintos y dos o tres calibres lisos diferentes; el décimo tiene al menos diez, y la división de reserva tiene casi tantos calibres como batallones.5 Imagínese ahora un ejército tan abigarrado en acción durante una batalla. ¿Cómo va a ser posible que la munición que corresponde a cada contingente esté siempre a mano cuando se necesita? Y si no lo está, ese contingente queda inerme y sin valor. Aparte de Austria, los alemanes del sur y los prusianos, por esta sola circunstancia ningún contingente puede ser de verdadera utilidad en una lucha prolongada. Lo mismo vale para la artillería. En lugar de fijar enseguida un calibre único que equivaliera al menos al viejo cañón de seis libras y que con el tiempo pudiera convertirse en el calibre universal de los cañones de campaña rayados, los prusianos, los austriacos y los bávaros funden ahora cañones rayados con total independencia unos de otros, lo que solo servirá para aumentar las diferencias de calibre que ya existen. Un ejército en el que se dan defectos tan fundamentales debería emplear mejor su tiempo que en disputar sobre cuellos y pantalones y sobre la fuerza normal de las brigadas y los batallones.

No puede haber progreso militar en Alemania mientras en las altas esferas se rinda culto a la idea de que los ejércitos están para los desfiles y no para la batalla. Esa pedantería —reprimida un tiempo por Austerlitz, Wagram y Jena y por el entusiasmo de las masas de 1813 a 1815— volvió muy pronto a levantar cabeza y reinó sin restricciones hasta 1848; y, al menos en Prusia, parece haber alcanzado su apogeo en los últimos diez años. Si Prusia se hubiera visto envuelta en la guerra de Italia, Pélissier6 habría logrado sin duda infligir al ejército prusiano un nuevo Jena, y solo las fortalezas del Rin habrían podido salvarlo. A ese estado se ha llevado al ejército que, en cuanto a sus soldados, no es inferior a ningún otro del mundo. En un conflicto futuro entre los franceses y los alemanes podemos esperar razonablemente ver reproducidos los contornos de Magenta y Solferino.

  1. En el texto, Martinetismus (en inglés, martinetism), de Jean Martinet (muerto en 1672), inspector de la infantería de Luis XIV, cuyo nombre pasó a designar al oficial obsesionado por la disciplina formal y la instrucción de parada. ↩

  2. Federico Guillermo IV (1795-1861), rey de Prusia desde 1840, incapacitado por enfermedad mental desde 1858 (regencia de su hermano Guillermo). El casco de punta (Pickelhaube) se introdujo en el ejército prusiano en 1842. ↩

  3. El fusil de retrocarga de Dreyse, adoptado por el ejército prusiano a partir de 1841. En el Tribune la palabra aparecía en alemán y en inglés. ↩

  4. Claude-Étienne Minié (1804-1879), oficial francés, inventor de la bala cilindro-ojival expansiva que permitió generalizar el fusil rayado de avancarga. ↩

  5. El ejército federal de la Confederación Germánica constaba de diez cuerpos más una división de reserva: los tres primeros austriacos, los tres siguientes prusianos, el séptimo bávaro; el octavo (Wurtemberg, Baden, Hesse-Darmstadt), el noveno y el décimo los formaban los contingentes de los Estados medianos y pequeños, y la división de reserva los de los Estados más pequeños. ↩

  6. Aimable Pélissier (1794-1864), mariscal de Francia, comandante en Crimea; en 1859 mandaba el ejército de observación del Rin. ↩