Escrito en inglés por Friedrich Engels a comienzos de agosto de 1860 (fechado en el periódico: Londres, 8 de agosto de 1860) y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 6031, del 23 de agosto de 1860. El original inglés no está disponible en una edición libre; traducimos de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 120-123), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Se corrigen algunas erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Londres, 8 de agosto de 1860
La crisis del sur de Italia está cerca. Si hemos de creer a los periódicos franceses y sardos, 1.500 garibaldinos han desembarcado en la costa de Calabria, y se espera a Garibaldi de un momento a otro. Pero aun si esta noticia es prematura, está fuera de duda que Garibaldi habrá trasladado el teatro de la guerra a la Italia continental antes de mediados de agosto.
Para entender los movimientos de los napolitanos hay que tener en cuenta que en su ejército actúan dos corrientes opuestas: el partido liberal moderado, oficialmente en el poder y representado por el ministerio, y la camarilla absolutista, a la que pertenecen la mayoría de los jefes del ejército. A las órdenes del ministerio se oponen las órdenes secretas de la corte y las intrigas de los generales. De ahí los movimientos contradictorios y los partes contradictorios. Hoy oímos que todas las tropas reales van a abandonar Sicilia; mañana las encontramos preparando una nueva base de operaciones en Milazzo. Este estado de cosas es propio de todas las revoluciones a medias. El año 1848 dio pruebas de ello en toda Europa.
Mientras el ministerio proponía evacuar la isla, Bosco1, que en la caterva de viejas que llevan charreteras de general napolitano parece ser el único hombre resuelto, intentó convertir tranquilamente el rincón nordeste de la isla en un baluarte desde el que se habría podido intentar la reconquista de la isla, y con ese fin marchó sobre Milazzo con una fuerza escogida de los mejores soldados que había en Mesina. Allí Bosco tropezó inesperadamente con los garibaldinos de la brigada Medici. Pero no se atrevió a un ataque serio. Entretanto, Garibaldi fue informado y llevó refuerzos. Entonces el jefe de los insurrectos atacó a su vez a los realistas y, tras un combate tenaz de unas 12 horas, los derrotó por completo. Las fuerzas eran bastante iguales por ambas partes, pero la posición ocupada por los napolitanos era muy fuerte. Sin embargo, ni la posición ni los soldados pudieron resistir el empuje de los insurrectos, que llevaron a los napolitanos derechos a través de la ciudad hasta la ciudadela. Allí no les quedó otro remedio que capitular, y Garibaldi les permitió embarcarse, pero sin armas. Tras esta victoria marchó en seguida sobre Mesina, donde el general napolitano consintió en entregar los fuertes exteriores de la ciudad a condición de que no se le molestara en la ciudadela. Esta ciudadela, que no puede albergar más que unos pocos miles de hombres, nunca será un obstáculo serio para Garibaldi en sus operaciones ofensivas. Por eso hizo muy bien en ahorrar a la ciudad un bombardeo que habría sido inevitable en caso de ataque. Tal como están las cosas, esta serie de capitulaciones en Palermo, Milazzo y Mesina tiene que contribuir más a destruir la confianza de las tropas reales en sí mismas y en sus jefes que el doble de victorias. Se ha convertido en algo natural que los napolitanos capitulen siempre ante Garibaldi.
Desde ese momento el dictador de Sicilia pudo pensar en un desembarco en el continente. Su flota de vapores probablemente no es todavía lo bastante grande para permitirle intentar un desembarco más al norte, en algún punto a seis u ocho jornadas de marcha de Nápoles, por ejemplo en el golfo de Policastro. Por eso parece haber decidido cruzar el estrecho por su parte más angosta, es decir, por el punto extremo nordeste de la isla, al norte de Mesina. Se dice que ha concentrado en ese punto unas 1.000 embarcaciones, con toda probabilidad la mayoría faluchos de pesca o de cabotaje, como los que se usan en aquellas costas. Si el desembarco de los 1.500 hombres de Sacchi2 sale bien, formarán la vanguardia de Garibaldi. El punto no es muy favorable para marchar sobre Nápoles, ya que está en una de las partes del continente más alejadas de la capital. Pero si su flota de vapores no puede transportar de una vez 10.000 hombres, no le queda otra elección, y tiene al menos la ventaja de que los calabreses se le unirán en seguida. Si, en cambio, puede apiñar unas decenas de miles de hombres en sus vapores y contar con la neutralidad de la marina real (que parece resuelta a no combatir contra italianos), entonces puede desembarcar todavía algunos hombres en Calabria como finta e ir él mismo con el grueso al golfo de Policastro o incluso al de Salerno.
La fuerza de que dispone actualmente Garibaldi se compone de 5 brigadas de infantería regular, cada una de 4 batallones; de 10 batallones de Cacciatori dell'Etna; de 2 batallones de Cacciatori delle Alpi, la flor de su ejército; de un batallón extranjero (ahora italiano) al mando del coronel Dunne, un inglés; de un batallón de ingenieros; de un regimiento y un escuadrón de caballería y de cuatro batallones de artillería de campaña: en total 34 batallones, 4 escuadrones y 32 cañones, unos 25.000 hombres, de los que probablemente más de la mitad son italianos del norte y los demás de otras regiones de Italia. Casi toda la fuerza puede emplearse en la invasión de Nápoles, ya que las nuevas formaciones que se están organizando bastarán pronto para vigilar la ciudadela de Mesina y proteger Palermo y las demás ciudades contra ataques por sorpresa. Aun así, esta fuerza parece muy pequeña comparada con la que tiene sobre el papel el gobierno napolitano.
El ejército napolitano se compone de tres regimientos de la guardia, quince regimientos de línea y cuatro regimientos extranjeros de 2 batallones cada uno, o sea, 44 batallones en total; de 13 batallones de cazadores, nueve regimientos de caballería y dos de artillería; en total, 57 batallones y 45 escuadrones en pie de paz. Incluidos los 9.000 gendarmes, también organizados por completo militarmente, este ejército cuenta en pie de paz 90.000 hombres; pero en los dos últimos años se ha elevado a pie de guerra completo. Se han organizado terceros batallones de los regimientos, los escuadrones de reserva han pasado al servicio activo, las tropas de guarnición se han completado, y este ejército cuenta ahora sobre el papel más de 150.000 hombres.
¡Pero qué ejército! A los ojos de un ordenancista tiene buena presencia exterior, pero carece de vida, de espíritu, de patriotismo y de lealtad. No tiene tradiciones militares nacionales. Cuando los napolitanos han combatido como tales, siempre han sido vencidos. Si acaso participaron en alguna victoria, fue solo con Napoleón. No es un ejército nacional; es un ejército decididamente realista. Se formó y se organizó con el fin expreso y exclusivo de tener sujeto al pueblo. Pero ni siquiera para eso parece servir. Hay en él una multitud de elementos antirrealistas que ahora salen a la luz por todas partes. Sobre todo los sargentos y los cabos son liberales casi sin excepción. Regimientos enteros gritan «Viva Garibaldi!». Ningún ejército sufrió nunca tal ignominia como el napolitano de Calatafimi a Palermo, y si las tropas extranjeras y algunos napolitanos combatieron bien en Milazzo, no hay que olvidar que esos soldados escogidos son solo una pequeña minoría del ejército.
Así pues, es casi seguro que, si Garibaldi desembarca con una fuerza suficiente para lograr algunos éxitos en el continente, ninguna concentración de masas napolitanas será capaz de hacerle frente con alguna perspectiva de éxito; y podemos esperar recibir pronto la noticia de que prosigue su marcha triunfal de Scilla a Nápoles con 15.000 hombres contra una fuerza diez veces superior.