Escrito en inglés por Karl Marx en Berlín el 13 de junio de 1860 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 5986, del 30 de junio de 1860. El original inglés no está disponible en una edición libre; traducimos de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 65-69), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Se corrigen algunas erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Berlín, 13 de junio de 1860

Esta noche el príncipe regente1 partirá hacia Baden-Baden, donde los días 16 y 17 de este mes ha de celebrarse una especie de congreso entre Luis Napoleón y un consejo de testas coronadas alemanas. El séquito del príncipe regente lo forman el jefe del gabinete militar, general von Manteuffel; el general von Alvensleben; el teniente coronel von Schimmelmann; el chef d'escadron von Loë; el mariscal de corte conde von Pückler; el consejero áulico secreto von Illaire; el secretario del regente, señor Borkmann, y el jefe del gabinete, el príncipe de Hohenzollern-Sigmaringen2, miembro de la familia real. Recordarán ustedes que, con motivo de la carta privada del príncipe regente al príncipe consorte de Inglaterra3, interceptada en Londres y puesta desde allí en conocimiento de Luis Napoleón, este insistió en una entrevista personal con el príncipe regente como el mejor medio de disipar los malentendidos que, al parecer, habían surgido entre Francia y Prusia. Poco después, cuando el príncipe regente visitó las ciudades de Saarbrücken y Tréveris, situadas en la frontera francesa, Napoleón volvió a dar a entender su deseo de aprovechar la ocasión para encontrarse con el príncipe. Pero la propuesta fue rechazada. Entretanto se extendió el rumor de que el príncipe regente pensaba pasar un mes en Baden-Baden, y al rey Max de Baviera se le metió en la cabeza proponer al regente, en aquel balneario, una especie de congreso con los príncipes de la Alemania del Sur, que querían llegar a un entendimiento amistoso con Prusia y, con ese mismo encuentro, presentar un frente unido contra Napoleón. El príncipe regente acogió en seguida el plan, al que se adhirieron también el gran duque de Baden, el rey de Wurtemberg y el gran duque de Hesse-Darmstadt; y he aquí que un buen día el embajador de Francia en Berlín comunicó oficialmente al ministro prusiano de Asuntos Exteriores, señor von Schleinitz, que su augusto amo consideraba de gran utilidad, tanto para Francia como para Alemania, una entrevista amistosa en Baden-Baden con el actual jefe del Estado prusiano, a fin de disipar la desconfianza de la que Francia parecía ser víctima inocente. El ministro prusiano respondió que también sobre Prusia pesaban sospechas injustas, que probablemente no se disiparían con una entrevista de ese tipo, y que además ya estaba convocada una conferencia confidencial de príncipes alemanes; a lo que el enviado francés, tras recibir nuevas instrucciones de París, replicó que Luis Napoleón tendría mucho gusto en ver reunido el mayor número posible de príncipes alemanes y que, además, tenía que hacer personalmente una declaración importante que no admitía más demora. En este punto cedió la resistencia de los Hohenzollern. Un despacho de Viena expresó en seguida a Berlín el desagrado austriaco por el encuentro proyectado, pero las demás cortes alemanas quedaron más o menos tranquilizadas por una circular del ministro prusiano de Asuntos Exteriores. A raíz de esa circular, esta mañana ha llegado inesperadamente a Berlín el rey de Hannover, que ha declarado espontáneamente su disposición a acompañar al príncipe regente a Baden-Baden, y este ha invitado entonces por telégrafo también al rey de Sajonia a la conferencia. Apenas hace falta decir que los duques de Coburgo-Gotha y de Nassau seguirán a toda prisa.

Así pues, una reunión de príncipes alemanes que en principio había de ser una manifestación contra Francia se ha convertido en una especie de lever4 que Luis Napoleón celebra en suelo alemán y al que acuden en tropel los reyes, grandes duques y demás pequeños potentados de la Confederación Germánica. Por parte del príncipe regente, parece contrición por el pecado de haber expresado sus sospechas acerca de los planes agresivos del usurpador francés; y por parte de la ralea de príncipes menores, una precaución tomada para que su más poderoso confrère no los venda al enemigo común. Como es sabido, la reina Victoria y el rey de Cerdeña dieron el primer ejemplo de humillación de testas coronadas ante el Quasimodo de la revolución francesa. La entrevista personal del zar con el hombre de diciembre en Stuttgart en 18575 no pudo sorprender más que a los políticos de café, que se habían dejado engañar por la exagerada coquetería de la corte de San Petersburgo con los principios de la legitimidad. El encuentro del Habsburgo con su vencedor en Villafranca, después de la batalla de Solferino6, fue un asunto de negocios y no una cuestión de cortesía. El príncipe regente, con los satélites menores que revolotean a su alrededor, no tiene que discutir una alianza, como Victoria y Víctor Manuel, ni una conspiración, como el zar Alejandro II, ni una derrota, como Francisco José; pero, dejando a un lado los motivos, puede acogerse al precedente general sentado por tan grandes modelos. En todo caso, al aceptar la propuesta de Napoleón ha dañado seriamente su falsa popularidad, tanto más cuanto que este, hace solo unas semanas, tuvo la desvergüenza de dar a entender a los grandes duques de Hesse-Darmstadt y de Baden, por medio de un mensaje de su ministro de Asuntos Exteriores, el señor de Thouvenel, que en adelante habrían de firmar sus cartas al emperador de los franceses con las palabras «Votre frère et serviteur»7. Esa era exactamente la fórmula que Napoleón I había ideado para los príncipes alemanes que formaban parte de la Confederación del Rin, de la que era protector, y a la que pertenecían Baden y Hesse-Darmstadt junto con Wurtemberg, Baviera y otros principados alemanes. Para impedir que Luis Bonaparte llevara al señor de Thouvenel a encontrarse con los ofendidísimos monarcas de Baden y de Hesse-Darmstadt, el príncipe regente y sus aliados coronados se han negado unánimemente a ir acompañados por sus respectivos ministros de Asuntos Exteriores; pero ¿creen de verdad estos señores que la afrenta se la hizo el criado y no su amo?

En cuanto a la «declaración importante» que el salvador holandés de la sociedad8 quiere hacer a las testas coronadas de Alemania, hay todos los motivos para suponer que Luis Bonaparte imitará los métodos de Metternich en los sucesivos congresos de Viena, Aquisgrán, Troppau, Laibach y Verona9 y hará cuanto pueda por convencer al príncipe regente de que existe una vasta conspiración de revolucionarios que ponen todo su empeño en provocar un choque entre Francia y Alemania para instaurar la república roja en París y una república centralista en Alemania. Desde hace quince días, todos los órganos bonapartistas de Suiza, Bélgica y Alemania hierven de artículos llenos de tales oscuras alusiones; y un agente bonapartista secreto en Ginebra —un conocido naturalista alemán10— ha anunciado ya triunfalmente que las autoridades competentes pondrán muy pronto fin a los ataques antibonapartistas de la prensa alemana.

Mientras al príncipe regente y a sus dii minorum gentium11 alemanes se les ha de convencer así de la necesidad de agruparse en torno al salvador mayor de la sociedad, al pueblo prusiano se le quiere influir en sentido contrario con el nuevo folleto del señor About, La Prusse en 186012. Aunque hasta ahora se ha retenido el folleto, algunos ejemplares han llegado ya por casualidad a Berlín, y en otro artículo he dado a conocer a ustedes los pasajes más importantes de este nuevo manifiesto de las Tullerías. La población prusiana, dice el oráculo del Sena, tiene que elegir entre el feudalismo de Austria y el principio democrático del Imperio francés. Solo con ayuda de este último puede el pueblo alemán esperar realizar la tan ansiada unidad, a condición, naturalmente, de dar a su poderoso vecino algunas garantías materiales. Tras esbozar de modo muy superficial los defectos del actual gobierno prusiano, el autor del folleto se pone a familiarizar a los prusianos con la verdadera naturaleza del «principio democrático» tan característico del Segundo Imperio francés, que, dicho en pocas palabras, consiste en elegir a su jefe por medio de lo que en la Galia moderna se llama «sufragio universal». Es cierto que el señor About apenas se atreve a negar que en Francia toda clase de libertad ha sido secuestrada en provecho del aventurero holandés, pero ahora resulta que ese secuestro se debe al sufragio universal. De este modo habría que erigir en Alemania, con ayuda de Francia y sobre la misma base democrática, un imperio teutón bajo la dirección de un Hohenzollern. El procedimiento es muy sencillo. Prusia no tiene más que ceder a Francia una parte de sus posesiones «legítimas» y, al mismo tiempo, apropiarse, invocando el sufragio universal, de las posesiones de los príncipes menores, y quedará transformada al instante de Estado feudal en Estado democrático. Hay que reconocer que este nuevo principio democrático descubierto por Luis Napoleón y sus sicofantes no es ninguna novedad, sino que, por el contrario, florece desde hace dos siglos en la santa Rusia. La familia Románov subió al trono por sufragio universal13. Desde entonces reina la democracia del Niemen al Amur. Quizá los profetas del nuevo «principio democrático» objeten que los Románov fueron elegidos libremente, que al llamamiento al pueblo no lo había precedido un coup d'état y que, cuando subieron al trono, no hubo un estado de sitio general que impidiera que las urnas se mantuvieran dentro de los límites necesarios del principio democrático. Como Luis Bonaparte no consigue convertirse en un príncipe «legítimo», lo mejor que puede hacer es convertir a sus hermanos príncipes de Italia y de Alemania en príncipes «democráticos» según el modelo del pequeño Imperio. Los emperadores romanos, naturalmente, no eran soberanos «democráticos» como es debido, pues el progreso actual exige injertar el principio de la monarquía hereditaria en el principio del «sufragio universal». Así, cuando alguien se ha apoderado de un trono de una u otra manera y ha encubierto su usurpación con la farsa de la elección universal, su dinastía ha de tenerse para siempre por la encarnación viva de la voluntad general del pueblo (la volonté générale de Rousseau).

En otro artículo me propongo dar una visión de conjunto del estado de las complicaciones en Schleswig-Holstein, que dan a la conferencia de Baden-Baden su importancia actual. Por ahora me limitaré a mencionar que el 10 de junio tuvo lugar un encuentro entre el rey de Suecia y el de Dinamarca en el castillo de Kronborg. Quince días antes, el ministro sueco de Asuntos Exteriores había enviado a su colega danés una nota en la que decía que sería muy de desear que en el séquito del rey de Dinamarca no figurara ninguna persona cuyo encuentro pudiera indignar a Su Majestad sueca. En otras palabras, se invitaba al rey de Dinamarca a apartar de su compañía a su esposa, la condesa Danner, ci-devant Mademoiselle Rasmussen14. En consecuencia, el rey de Dinamarca juzgó oportuno dejarla en casa.

  1. Guillermo, príncipe de Prusia (1797-1888), regente desde 1858 por la enfermedad de su hermano Federico Guillermo IV; rey desde 1861 (Guillermo I) y emperador alemán desde 1871. ↩

  2. Karl Anton von Hohenzollern-Sigmaringen (1811-1885), presidente del gobierno prusiano de la «Nueva Era» (1858-1862). ↩

  3. Alberto de Sajonia-Coburgo-Gotha (1819-1861), esposo de la reina Victoria. ↩

  4. Recepción matinal del soberano, a la manera de la corte de Luis XIV. ↩

  5. Napoleón III y Alejandro II se entrevistaron en Stuttgart en septiembre de 1857. «El hombre de diciembre»: Luis Bonaparte, autor del golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851. ↩

  6. Tras la derrota austriaca de Solferino (24 de junio de 1859), Francisco José y Napoleón III firmaron en Villafranca, el 11 de julio de 1859, los preliminares de paz. ↩

  7. «Vuestro hermano y servidor». ↩

  8. Alusión al rumor de que el verdadero padre de Luis Bonaparte no era Luis Bonaparte, rey de Holanda, sino un holandés, el almirante Verhuell. ↩

  9. Congresos de la Santa Alianza: Viena (1814-1815), Aquisgrán (1818), Troppau (1820), Laibach (1821) y Verona (1822). ↩

  10. Carl Vogt (1817-1895), naturalista, profesor en Ginebra, contra el que Marx acababa de escribir El señor Vogt. ↩

  11. «Dioses de las familias menores»: aquí, príncipes de segunda fila. ↩

  12. Edmond About (1828-1885), escritor francés al servicio de la propaganda bonapartista; su folleto La Prusse en 1860 («Prusia en 1860») se publicó en París en 1860. ↩

  13. Miguel Románov fue elegido zar en 1613 por un Zemski Sobor (asamblea de los estamentos). ↩

  14. Louise Rasmussen (1815-1874), antigua bailarina y modista, esposa morganática de Federico VII de Dinamarca, que la hizo condesa Danner. Ci-devant: «antes». ↩