Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 23 de julio de 1860 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 6018, del 8 de agosto de 1860. El original inglés no está disponible en una edición libre; traducimos de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 89-92), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Se corrigen algunas erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, 23 de julio de 1860

Según un telegrama recibido hoy de Palermo, el inminente ataque del coronel Medici1 contra Milazzo ha llevado al rey de Nápoles2 a ordenar la evacuación completa de Sicilia por el ejército napolitano y su retirada a sus territorios continentales. Aunque este telegrama necesita todavía confirmación, la causa de Garibaldi parece avanzar sin duda alguna, pese a la enfermedad que sufren sus tropas y a las intrigas diplomáticas que acosan a su gobierno.

La ruptura abierta de Garibaldi con el partido de Cavour, es decir, la expulsión de Sicilia del notorio intrigante La Farina3 y de los signori Griscelli y Totti, corsos de nacimiento y agentes de la policía bonapartista de oficio, ha dado pie en la prensa europea a los comentarios más contradictorios. Una carta personal de Garibaldi a un amigo de Londres, que se me ha transmitido con permiso para exponer en la Tribune su contenido principal, no dejará ninguna duda sobre el verdadero estado de las cosas. La carta de Garibaldi lleva una fecha anterior a su orden del día 7 de este mes, por la que los tres conspiradores mencionados fueron alejados de la isla sin más contemplaciones; pero explica por completo las cuestiones en litigio entre el general y el ministro, entre el dictador popular y el gran visir dinástico; en una palabra, entre Garibaldi y Cavour. Este último, en connivencia secreta con Luis Bonaparte, al que Garibaldi tacha de «cet homme faux» (ese hombre falso), previendo la necesidad de «cruzar un buen día los aceros» con él; Cavour, decíamos, había decidido anexionarse pieza a pieza las partes del territorio italiano que la espada de Garibaldi fuera ganando o que los levantamientos populares liberaran de su antigua dependencia. Este proceso de anexión a Piamonte pieza a pieza había de ir acompañado de un proceso simultáneo de «compensación» para el Segundo Imperio. Así como Saboya y Niza tuvieron que pagarse por la Lombardía y los ducados4, Cerdeña y Génova habrán de pagarse por Sicilia; cada nuevo acto separado de anexión trae consigo una nueva transacción diplomática separada con el protector de Piamonte. Un segundo desmembramiento en favor de Francia, aparte de la violación de la integridad y la independencia de Italia que supondría, ahogaría en el acto los movimientos patrióticos de Nápoles y de Roma. Se extiende la convicción de que Italia tiene que hacerse cada vez más pequeña para unificarse bajo la hegemonía piamontesa y para que Bonaparte pueda mantener en Nápoles y en Roma gobiernos separados, independientes de nombre pero en realidad vasallos de Francia. Por eso Garibaldi consideraba tarea principal eliminar el pretexto para una intervención diplomática de Francia; pero, a su juicio, eso solo podía conseguirse conservando el carácter puramente popular del movimiento y quitándole toda mera apariencia de vínculo con planes de engrandecimiento dinástico. Una vez liberadas Sicilia, Nápoles y Roma, habría llegado el momento de incorporarlas al reino de Víctor Manuel, con tal de que este se comprometiera a mantenerlas y defenderlas no solo contra Austria, el enemigo de frente, sino también contra Francia, el enemigo por la espalda. Garibaldi, que quizá confía demasiado en la buena voluntad del gobierno inglés y en los apuros de Luis Bonaparte, supone que, mientras no anexione ningún territorio a Piamonte y se apoye exclusivamente en las armas italianas para liberar Italia, Luis Bonaparte no se atreverá a intervenir violando abiertamente el principio con el que empezó la cruzada italiana. Sea como fuere, una cosa es segura: el plan de Garibaldi, tenga éxito o no, es el único que en las circunstancias actuales tiene probabilidades de liberar Italia no solo de sus viejos tiranos y de su fragmentación, sino también de las garras del nuevo protectorado francés. Desbaratar ese plan era el encargo especial con que Cavour había enviado a Sicilia a La Farina, secundado por los dos hermanos corsos.

La Farina nació en Sicilia, donde en 1848 se distinguió entre los revolucionarios más por su odio al partido republicano y sus intrigas con los doctrinarios piamonteses que por una energía real o por hazañas sobresalientes. Tras el fracaso de la revolución siciliana, y durante su estancia en Turín, publicó una voluminosa historia de Italia en la que hizo cuanto pudo por glorificar a la dinastía de Saboya y denigrar a Mazzini. Entregado en cuerpo y alma a Cavour, impregnó de espíritu bonapartista la Sociedad Nacional para la Unidad de Italia5 y, una vez convertido en su presidente, la utilizó como instrumento no para fomentar, sino para estorbar todo intento de acción nacional independiente. Cuando empezó a correr el primer rumor sobre la expedición que Garibaldi proyectaba a Sicilia, La Farina, muy en consonancia con su actuación anterior, ridiculizó y denigró la mera idea de semejante expedición. Cuando, a pesar de todo, se tomaron medidas inmediatas para preparar la audaz empresa, La Farina movilizó todos los recursos de la Sociedad Nacional para impedirla. Cuando, pese a su oposición, no logró desalentar al general y a sus soldados, y la expedición partió por fin, La Farina, con mueca cínica, hizo los vaticinios más funestos y tuvo la osadía de profetizar el fracaso inmediato y completo de la empresa. Pero en cuanto Garibaldi conquistó Palermo y se proclamó dictador, La Farina corrió a unirse a él, con poderes de Víctor Manuel, o mejor dicho de Cavour, para asumir el mando de la isla en nombre del rey en cuanto se hubiera votado la anexión. Recibido al principio por Garibaldi con la mayor cortesía, pese a su mala actuación, como él mismo reconoce, La Farina empezó en seguida a darse aires de amo, a intrigar contra el ministerio Crispi6, a conspirar con los agentes de la policía francesa, a reunir en torno suyo a los liberales aristocráticos, que ardían en deseos de terminar la revolución con una votación a favor de la anexión separada, y a proponer, en lugar de las medidas necesarias para expulsar de Sicilia a los napolitanos, planes para echar de la administración pública a los partidarios de Mazzini y a otras personas de las que su amo y señor Cavour no se fiaba.

Crispi, cuyo ministerio fue lo primero que las intrigas de La Farina se propusieron socavar, había vivido largo tiempo exiliado en Londres, donde se contaba entre los amigos de Mazzini. Se había fijado como meta la liberación de Sicilia, a la que dedicaba todas sus fuerzas. Con gran peligro personal fue a Sicilia en la primavera de 1859 con nombre y título valacos, visitó allí todas las ciudades importantes y preparó una insurrección para el mes de octubre. Los acontecimientos del otoño retrasaron el levantamiento, primero hasta noviembre y luego hasta este año. Entretanto, Crispi se dirigió a Garibaldi, que se negó a encender un levantamiento, pero prometió apoyarlo una vez que hubiera estallado y se hubiera consolidado lo bastante para mostrar el verdadero sentir de los sicilianos. Junto con su esposa, la única mujer de la empresa, Crispi acompañó a Garibaldi durante la expedición y tomó parte en todos los combates, mientras su mujer dirigía la atención de los enfermos y heridos; a este hombre, pues, quería el signor La Farina tirar primero por la borda, con la secreta esperanza, naturalmente, de derribar después al dictador. Por consideración a Víctor Manuel y bajo la fuerte presión de los liberales aristocráticos, Garibaldi consintió, aunque protestando, en formar un nuevo ministerio y destituir a Crispi, al que, sin embargo, conservó como consejero personal y amigo. Pero apenas había hecho Garibaldi este sacrificio, se dio cuenta de que solo se había insistido en la destitución del ministerio Crispi para endosarle un gabinete que en todo, salvo en el nombre, no era su gabinete, sino el de La Farina o de Cavour, y que, alentado por la presencia de La Farina y contando con la protección de Cavour, en muy poco tiempo contrarrestaría todo su plan de liberación y emplearía en todo el país toda su influencia contra el intruso niceno, como ya se llamaba a Garibaldi7. En consecuencia, al expulsar a La Farina y a los hermanos corsos, aceptar la dimisión del ministerio designado por La Farina y nombrar un ministerio patriótico, del que podemos citar al signor Mario, Garibaldi salvó tanto su propia causa como la de Sicilia y la de Italia.

  1. Giacomo Medici (1817-1882), uno de los jefes garibaldinos; la batalla de Milazzo se libró el 20 de julio de 1860. ↩

  2. Francisco II (1836-1894), rey de las Dos Sicilias de 1859 a 1861. ↩

  3. Giuseppe La Farina (1815-1863), escritor y político siciliano, partidario de Cavour. ↩

  4. Por el tratado de Turín (marzo de 1860), Piamonte cedió Saboya y Niza a Francia a cambio de la anexión de la Toscana, Parma, Módena y la Romaña, tras haber obtenido la Lombardía en la paz de Zúrich (1859). ↩

  5. La Società Nazionale Italiana, fundada en 1857 por Manin, Pallavicino y La Farina, que agrupaba a los partidarios de la unificación bajo la casa de Saboya. ↩

  6. Francesco Crispi (1818-1901), revolucionario siciliano, organizador de la expedición de los Mil, secretario de Estado del gobierno dictatorial de Garibaldi en Sicilia; más tarde presidente del gobierno italiano. ↩

  7. Garibaldi había nacido en Niza. ↩