Escrito en inglés por Friedrich Engels a finales de julio de 1860 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 6021, del 11 de agosto de 1860. El original inglés no está disponible en una edición libre; traducimos de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 103-108), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

El informe de la Comisión Británica de Defensa Nacional, publicado hace poco en Londres, afirma que, si el emperador de los franceses tuviera la intención de lanzar un ejército enemigo contra Inglaterra, a «todos los buques disponibles de la Marina Real» les sería imposible impedirle desembarcar en cualquier punto de las 2.147 millas de costa de Inglaterra y Gales, por no hablar de la costa de Irlanda. Como, además, se ha reconocido en diversas ocasiones, antes y después de la aparición del famoso folleto de Joinville1, que un desembarco de 100.000 franceses o más, bien dirigido, podría llevarse a cabo en las Islas Británicas, el único punto importante que hay que considerar es de qué capacidad de resistencia dispone Gran Bretaña para oponerla a semejante invasión.

Por orden de la Cámara de los Comunes se presentó en mayo pasado un informe sobre la fuerza de las tropas de tierra británicas. Mostraba lo siguiente: fuerza total de los regimientos, 144.148; fuerza efectiva al 1 de mayo, en total, 133.952; milicia movilizada, 19.333. Cuando se dieron a conocer estas cifras, se alzó en todas partes de los tres reinos un clamor casi unánime sobre la manera en que se habían gastado los 75.000.000 de dólares votados para el ejército, ya que un análisis de los 144.148 hombres que se presentaban como material útil de las tropas de línea «revelaba el hecho alarmante de que apenas podrían reunirse en un lugar dado 30.000 hombres de infantería para fines ofensivos o defensivos».

El señor Sidney Herbert y sus amigos de la Horse Guards celebraron en el acto una consulta, y el Times de Londres se esforzó por calmar la inquietud de la población. Escribió:

«Aprovechamos la ocasión para examinar las cifras en que se basan estos datos y explicamos detalladamente la situación del momento».

El Times de Londres intenta

«mostrar que, si con el término "tropas" se quería designar solo a la infantería de línea, el estado de cosas se había expuesto con bastante exactitud; pero que en realidad las fuerzas en la metrópoli incluían fuertes divisiones de otras armas, de modo que su fuerza total no es ni mucho menos tan pequeña como podría suponerse».

El resultado tanto de este nerviosismo del público como de la consulta de la Horse Guards fue un cuadro estadístico completamente nuevo, que cifraba las fuerzas militares de Gran Bretaña en la metrópoli en 323.259 hombres, o sea, 179.111 más que la estadística publicada dos meses antes. La discrepancia no necesita mucha explicación. Las primeras cifras se publicaron con la intención de mostrar cuántos hombres estarían listos para el empleo inmediato en circunstancias favorables y con una estimación razonable; las segundas, para averiguar el número total de hombres y mozos inscritos en las listas de los regimientos, que por eso participan de los 75.000.000 de dólares, además de 227.179 voluntarios y milicianos, de los que 200.000 largos no existen como soldados. Luego se enumeran todavía 33.302 hombres pertenecientes a los «depósitos». Para que no se nos reprochen prejuicios al describir qué clase de «depósitos» son esos, citamos como autoridad al Times de Londres:

«Las tropas de los depósitos no pertenecen en realidad a los efectivos de la metrópoli, sino a los del exterior. Son partes de los batallones que sirven fuera del país, y no es de extrañar que resulten relativamente ineficaces para el servicio en la metrópoli».

En suma, son un cuerpo de tropas ineficaz compuesto por reclutas con no más de tres meses de servicio, que se embarcan cada trimestre, o más a menudo si se reclaman, para los regimientos del exterior, y por viejos inválidos a los que se deja en casa por no aptos para el servicio, «de modo que el cuerpo, en parte por los soldados ya licenciables y en parte por los todavía no instruidos, nunca está en el estado de un batallón regular».

Eso en cuanto a los depósitos. Ahora, los voluntarios y la milicia. Basta repetir que actualmente al menos 200.000 hombres existen solo sobre el papel. El señor Maguire2 demostró hace poco en el Parlamento que casi todos los regimientos de milicia tienen en las listas de la Horse Guards de 200 a 300 hombres más de los que jamás podrían reunirse en un desfile. El señor Sidney Herbert hizo una confesión parecida. De los regimientos de milicia irlandeses, cuyos miembros se ven obligados por la opresión y la pobreza a presentarse con más puntualidad que sus vecinos ingleses, muchos que se estimaban ahora en 800 hombres —el regimiento de Waterford, por ejemplo— tienen solo 400. Si la fuerza de la milicia y los voluntarios de Inglaterra se estima en 138.560, eso debería corresponder a lo que un estadístico imparcial está en condiciones de establecer.

El ejército regular en la metrópoli tiene, según el reciente informe del Ministerio de la Guerra, una fuerza de 68.778 hombres. En ella se incluyen la Caballería de la Guardia Real (1.317), los Ingenieros Reales (2.089), el cuerpo de sanidad del ejército, compuesto de inválidos licenciados, el tren y otras tropas en parte no aptas para el combate. Para eludir esta cuestión litigiosa, supondremos que están disponibles los 68.000 hombres en su totalidad. Eso daría, si toda la milicia y todos los voluntarios estuvieran movilizados y en armas, una fuerza total de 206.560 hombres. Añadamos incluso la policía irlandesa a esta cuenta, con lo que sube a unos 237.000 hombres. La fuerza nominal del ejército regular y de la milicia movilizada se da en este momento como de 100.000, unos 16.000 hombres más que las cifras reales; pero tomemos las cifras tal como se dan. Admitamos que en los tres días siguientes al desembarco francés pudieran reunirse 15.000 voluntarios en un punto dado; Inglaterra tendría entonces a su disposición un ejército de 115.000 hombres. Hay que tener en cuenta que de ellos 25.000 no tienen experiencia en el manejo de las armas. Ahora bien, todos los arsenales navales, parques y plazas fuertes de los distritos exigirían guarniciones adicionales, porque en los puertos nunca hay en tierra más de 8.000 soldados de infantería de marina. Irlanda exigirá un ejército, aunque no se dé gran importancia a la influencia de la «Petición Nacional»3 en el logro de una actitud amistosa hacia los soldados de Mac-Mahon4. Ni los voluntarios ni toda la milicia bastarían para mantener el orden en la Isla Verde ante la perspectiva de un combate. Las autoridades de Su Majestad tendrían que destinar a ese país, además de la policía, al menos 10.000 regulares y 25.000 irregulares. Eso sumaría en total unos 55.000 hombres y dejaría solo 80.000 soldados para Inglaterra y Gales con los que proteger los parques, las armerías y los arsenales navales. Es ocioso suponer que para esta importante tarea bastarían menos de 20.000 hombres de tropas útiles, aun concediendo que los hombres licenciables o inexpertos de los depósitos sean capaces de sostenerse. Así, a los 100.000 franceses, zuavos, etcétera, de Napoleón se opondrían 60.000 casacas rojas, de los que apenas más de 45.000 pertenecerían a las tropas de línea. El resultado probable de un choque entre las dos fuerzas así enfrentadas apenas deja lugar a dudas.

Se objetará que Francia no podría equipar 100.000 hombres y enviarlos al otro lado del Canal sin que se supiera. Puede ser; pero Inglaterra no sabría adónde iba a dirigirse el golpe. Naturalmente, temería por la seguridad de sus posesiones en la costa del Mediterráneo e intentaría reforzar allí sus guarniciones, no fuera que con el pretexto de un ataque a Londres se ocultaran otras intenciones sobre Malta y Gibraltar. Inglaterra enviaría a esos lugares, con algunos buques de la flota del Canal, 20.000 o 30.000 soldados, y no serían «voluntarios», de modo que a estos últimos les tocaría en lo esencial la tarea de resistir al enemigo en la metrópoli. Algunos autores eminentes declaran que incluso la toma de Londres por asalto sería a fin de cuentas menos perjudicial para Inglaterra que su expulsión de Malta y Gibraltar.

Pero se alegará que el mero anuncio de un peligro nacional bastaría para levantar a todos los británicos del país, de las colinas Cheviot a Cornualles, y echar al invasor al mar. Es plausible. Pero la experiencia nos enseña que, por fuerte que sea el patriotismo de las masas, el hecho de que por lo general no tengan armas y, si las tuvieran, no sabrían usarlas, reduce considerablemente su valor en combate. Garrotes y horcas pueden ser armas peligrosísimas para los seres humanos de Seven Dials5 o de las provincias, pero sería necio suponer que son invencibles cuando se trata de rechazar a los zuavos. Cabe dudar seriamente, además, de que las clases medias, que forman casi exclusivamente las tropas de voluntarios, estuvieran tan dispuestas a acudir a la llamada a filas con los franceses en su isla natal como lo están cuando se las invita a recibir las felicitaciones de Su Majestad. En todo caso, no es más descabellado admitir la posibilidad de que un ejército de invasión llegue a 150.000 hombres que suponer que puedan reunirse 120.000 voluntarios, cuando una cordial invitación del palacio de Buckingham, tras doce meses de reclutamiento, no consigue juntar más de 18.300.

Como se han expresado algunas dudas sobre las tropas realmente revistadas en Hyde Park, citamos un artículo del Manchester Guardian sobre el desfile del segundo día. El corresponsal particular al que se alude es el señor Tom Taylor, amigo íntimo y de confianza del coronel McMurdo:

«Nuestro corresponsal particular, como recordarán nuestros lectores, cifró el número, según el testimonio oficial del coronel McMurdo, en 18.300, algo menos que la cifra dada en el cálculo de sir John Burgoyne6. Pero la actitud marcial de los voluntarios causó evidentemente en sir John una impresión más fuerte que su mero número».

Al estimar las fuerzas que probablemente podrían reunirse para hacer frente a los invasores, hemos hecho a propósito un cálculo muy generoso en favor de Gran Bretaña. Nuestra estadística del ejército regular da por apto a todo hombre cuyo nombre figure en las listas militares, enfermo o sano. A la milicia y los voluntarios se les ha asignado una fuerza de 115.000 hombres, cifra que los bien informados en la materia pueden tener por exagerada. La reconocida capacidad de los oficiales de tropa franceses, la excelente disciplina de los militares franceses, la superioridad general de la táctica francesa y, por otro lado, la probada estupidez de muchos de los más altos oficiales del ejército inglés, el descuidado abastecimiento de los regulares y de los voluntarios (un regimiento de milicia movilizado tenía en mayo de este año, cinco semanas después de presentarse, 135 hombres descalzos), incluso la reconocida inferioridad del ensemble de un ejército combatiente inglés frente al de uno francés: nada de esto se ha tenido en cuenta, aunque son factores importantísimos al discutir el asunto.

A la vista de estos hechos, parece seguro que si Napoleón desembarcara mañana en un puerto de Inglaterra hábilmente elegido con 150.000 o incluso solo con 100.000 hombres, podría «tomar Londres por asalto» y escapar al «aniquilamiento» que, según afirmaba hace poco un periódico londinense, sería su destino inevitable si pusiera «el pie con intención hostil en suelo anglosajón».

  1. Francisco de Orleans, príncipe de Joinville (1818-1900), hijo de Luis Felipe y almirante francés; su folleto Note sur l'état des forces navales de la France (1844) sostenía que la marina de vapor hacía posible un desembarco en Inglaterra. ↩

  2. John Francis Maguire (1815-1872), diputado irlandés. ↩

  3. Petición reunida en Irlanda en 1860 para que se celebrara un plebiscito sobre la separación de Irlanda de Gran Bretaña. ↩

  4. Patrice de Mac-Mahon (1808-1893), mariscal de Francia, de ascendencia irlandesa, vencedor en Magenta en 1859. ↩

  5. Barrio pobre del centro de Londres. ↩

  6. Sir John Fox Burgoyne (1782-1871), general, inspector general de fortificaciones. ↩