Escrito en inglés por Karl Marx (correspondencia fechada en Berlín el 23 de octubre de 1860) y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 6097, del 8 de noviembre de 1860. El original inglés no está disponible en una edición libre; traducimos de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 191-194), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Berlín, 23 de octubre de 1860
El enojo y el miedo que sienten nuestros liberales por la participación del príncipe regente en el congreso de Varsovia1 se desahogan —como siempre que sufre un auténtico liberal prusiano— en injurias ofensivas contra Austria y su nueva Constitución. Sobre todo, nunca se le perdonará a Francisco José haber privado a estos señores de su mejor consuelo y del tema constante de su verbosa santurronería, a saber, la oposición entre la Prusia «constitucional» y la Austria «absolutista». La Patente austriaca2 está expuesta, naturalmente, no solo a sutilezas, sino también a reparos serios de toda clase. Las circunstancias en que se otorgó el regalo y la mano que lo otorgó le dan más bien el carácter de un subterfugio que de una verdadera concesión. Ya una vez, el 4 de marzo de 1849, Francisco José promulgó el proyecto de una Constitución, solo para revocarla al año siguiente3, una vez que la fortuna de las armas se había decidido a su favor. Pero, al fin y al cabo, en la crónica de la historia no hay ningún ejemplo de que los príncipes hayan restringido jamás por propia iniciativa sus privilegios y cedido a las exigencias del pueblo si no es bajo una fuerte presión exterior. No hay ningún ejemplo de que hayan cumplido su palabra cuando podían atreverse a romper impunemente sus juramentos y promesas. La vieja Constitución húngara no se ha restablecido en toda su integridad, pues los dos derechos más importantes de la Dieta de Pest, el de decidir la obtención de dinero y la leva de tropas, se han transferido al Consejo del Imperio (Reichsrat) de Viena, destinado a formar la asamblea del Imperio entero. Este se ve dotado de atribuciones que pueden convertirse en una fuente constante de disputas entre él y las distintas dietas nacionales y provinciales. De las constituciones de las provincias germano-eslavas, limitadas a los contornos más generales e imprecisos, se puede hacer todo o nada. El mayor defecto que los magiares han encontrado en la Patente es la separación de Croacia, Serbia y Transilvania respecto de Hungría y la concesión de dietas propias a estas provincias. Pero, si se recuerdan los acontecimientos de 1848-1849, se puede dudar con razón de que los croatas, eslavones, serbios y valacos estén dispuestos a compartir la queja y a respaldar con su apoyo a los húngaros. Los estadistas de Viena parecen haber dado en este caso un golpe hábil con el principio de las nacionalidades y lo aprovechan en su favor.
Pero la asamblea común de todo el Imperio, que bajo el nombre de Consejo del Imperio tiene su sede en Viena y se compone de delegados nombrados por las distintas dietas de Galitzia, Hungría, Transilvania, Croacia, Serbia, el Véneto y las provincias alemanas que están fuera del ámbito de la Confederación Germánica, ¿no cortará esta asamblea los lazos que existían hasta ahora entre la Austria alemana y la Confederación Germánica? Esa es la gran cuestión que ahora machaca el liberalismo oficial prusiano, al que nunca le faltarán argumentos para su idea favorita, la de excluir a la Austria alemana de la Confederación Germánica. Pero todo el razonamiento parte del falso supuesto de tomar demasiado al pie de la letra la Patente de Francisco José. Mientras que por parte de la casa reinante austriaca hay que ver en ella un plan astuto, a los distintos pueblos oprimidos por la dominación de los Habsburgo les da un asidero valioso para decidir su propio destino y reabrir la era de las revoluciones. Entretanto, la Constitución austriaca habrá contribuido mucho a humillar el orgullo farisaico de los seudoliberales prusianos y a privar a la dinastía de los Hohenzollern de la única ventaja de que podía jactarse sobre sus rivales, a saber, haber mantenido los viejos intereses de la burocracia y del ejército bajo la forma más respetable del constitucionalismo. Para dar una idea del estado real de esta tan alabada Prusia «regenerada», será necesario volver sobre los cambios introducidos hace poco en la organización del ejército prusiano. Recuérdese que la Cámara de Diputados prusiana —a la que le faltaba valor, por un lado, para desafiar a la opinión pública y sancionar sin disimulo las propuestas del Gobierno sobre la reorganización del ejército y, por otro, para oponer una resistencia decidida a las inclinaciones ordenancistas del príncipe regente— recurrió a la salida habitual de la debilidad, un término medio que no es ni carne ni pescado. Se negó a aprobar el plan del Gobierno para la reorganización del ejército, pero puso a su disposición 9.500.000 táleros para poner el ejército en condiciones de hacer frente a los peligros que cabía esperar del exterior4. En otras palabras, los diputados prusianos concedieron los fondos que el Gobierno necesitaba para llevar a cabo sus planes, pero los concedieron con pretextos engañosos. Apenas se había suspendido el Parlamento prusiano cuando el Ministerio, violando abiertamente las condiciones en que se había concedido el crédito, empezó sin más a introducir en la organización del ejército los cambios que pretendía el príncipe regente y que habían rechazado los llamados representantes del pueblo. Durante las vacaciones parlamentarias, el ejército permanente se ha duplicado, ampliándolo de 40 a 72 regimientos de línea y 9 de la Guardia. Los gastos anuales corrientes del presupuesto militar se han aumentado así en un 100 por ciento por la voluntad suprema del príncipe regente, con desprecio manifiesto no solo de la voluntad del pueblo, sino también de los votos de sus seudorrepresentantes. Pero no se crea que el príncipe de Hohenzollern o alguno de sus colegas se exponen a correr la suerte de Strafford5. Habrá algunos murmullos, algunos defenderán con ardor la lealtad dinástica y la confianza ilimitada en el Gabinete, y eso será todo. Si se considera ahora que incluso la vieja organización del ejército, establecida conforme a la situación de una población puramente agrícola, se había convertido en un estorbo insoportable para los recursos y la actividad productiva de un pueblo que está en vías de desarrollo industrial, será fácil comprender cómo el ejército, cuya fuerza se ha duplicado ahora, tiene que aplastar las mejores energías de las masas y agotar los recursos de la riqueza nacional. El ejército prusiano puede jactarse ahora de ser, en proporción a la población y a los recursos nacionales, el mayor de Europa.
Es sabido que un soberano Hohenzollern, cuando habla de sí mismo o cuando su Gabinete y sus funcionarios hablan de él, lleva el nombre de «señor de la guerra» (Kriegsherr). Ahora bien, esto no significa, naturalmente, que los reyes y regentes prusianos dominen la fortuna de las armas. Lo muestran mejor su gran preocupación por mantener la paz y su conocido afán de recibir una paliza en campo abierto. Por este título de «señor de la guerra», tan cuidado y mimado por los soberanos Hohenzollern, se entiende casi por sí mismo que el verdadero sostén de su poder regio no hay que buscarlo en el pueblo, sino en una parte del pueblo que, separada de la masa y contrapuesta a ella, se distingue por ciertos galones y entorchados, se educa en la obediencia incondicional y se adiestra como mero instrumento de la dinastía, que la considera su propiedad y se sirve de ella a su capricho. Por eso un rey prusiano preferiría abdicar antes que permitir a su ejército jurar la Constitución. Por eso un soberano Hohenzollern, que solo es rey de su pueblo en la medida en que es «señor de la guerra» o, dicho de otro modo, propietario del ejército, tiene que estar ante todo encaprichado con él, mimarlo, adularlo y alimentarlo con bocados cada vez mayores de la riqueza nacional. Este gran objetivo se ha alcanzado con la nueva organización militar. El número de oficiales se ha duplicado, y el rápido ascenso a los grados superiores en los ejércitos francés, austriaco y ruso, en el que los oficiales prusianos habían puesto los ojos con ansia y envidia, se les ha asegurado sin exponer la vida al menor riesgo.
Por eso reina precisamente ahora, no entre los soldados rasos, pero sí entre los oficiales del ejército prusiano, un entusiasmo enorme por el príncipe regente y sus ministros «liberales». Al mismo tiempo, los cazadores de zorros aristocráticos6, que refunfuñaban por las frases liberales del nuevo régimen, se han apaciguado del todo con la nueva ocasión que se les ofrece de colgar a sus hijos menores de la bolsa del país. Pero todo esto tiene también, desde el punto de vista dinástico, un inconveniente. Prusia ha concentrado ahora todas sus fuerzas disponibles en un único ejército permanente. Una vez derrotado este ejército, no habrá reservas a las que recurrir.
Entrevista del zar Alejandro II con el emperador Francisco José de Austria y el príncipe regente Guillermo de Prusia en Varsovia, del 22 al 26 de octubre de 1860. ↩
El «Diploma de Octubre» del 20 de octubre de 1860, con el que Francisco José, tras la derrota de 1859, restableció en parte las dietas provinciales y la Constitución húngara y amplió el Consejo del Imperio (Reichsrat), reservándose la Corona las decisiones esenciales. ↩
La Constitución otorgada del 4 de marzo de 1849 nunca llegó a aplicarse; quedó derogada por la Patente de Nochevieja del 31 de diciembre de 1851. ↩
En mayo de 1860 la Cámara de Diputados prusiana, en lugar de aprobar la ley de reorganización del ejército presentada por el Gobierno, concedió un crédito provisional de unos nueve millones y medio de táleros para mantener el ejército en pie de guerra; el Gobierno lo empleó para crear los nuevos regimientos. De ahí salió el conflicto constitucional prusiano de 1861-1866. ↩
Thomas Wentworth, conde de Strafford (1593-1641), ministro de Carlos I de Inglaterra, que el Parlamento Largo hizo condenar y ejecutar por haber gobernado contra los derechos del Parlamento. ↩
Es decir, los junkers, la nobleza terrateniente prusiana. ↩