Escrito en inglés por Friedrich Engels hacia el 30 de enero de 1860 y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 5874, del 21 de febrero de 1860. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 13 (Berlín, 1961, pp. 560-563), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Se corrigen algunas erratas de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Junto con la terminante seguridad dada por el gobernador de Chambéry de que el rey de Cerdeña nunca ha pensado en ceder Saboya a Francia, recibimos la declaración hecha el 2 del corriente en la Cámara de los Comunes por el ministro de Asuntos Exteriores de Inglaterra de que el proyecto lo rechazó el verano pasado el conde Walewski1 en nombre del emperador de los franceses. Estas declaraciones de lord John Russell se refieren, sin embargo, a una época de hace algunos meses, y lo que entonces aún se desmentía puede convertirse en un hecho en muy poco tiempo. Desde luego, es difícil o casi imposible creer que el movimiento en favor de la anexión a Francia surgido recientemente entre la población de Saboya sea de origen puramente local. Por fuerza lo han atizado agentes franceses y lo ha sancionado, o por lo menos tolerado, el gobierno del rey Víctor Manuel.

En la provincia de Saboya predomina la nacionalidad francesa de forma tan general e inequívoca como en los cantones occidentales de Suiza. La población habla un dialecto del sur de Francia (provenzal o lemosín). Pero la lengua escrita y oficial es en todas partes el francés. Esto, sin embargo, no prueba ni de lejos que los saboyanos deseen ser anexionados por Francia, y para colmo por una Francia bonapartista. Según las observaciones de un oficial alemán que en enero de 1859 hizo un viaje de inspección militar por el país, el partido francés no tiene una influencia digna de mención en ninguna parte, salvo en Chambéry y en las demás ciudades de la Baja Saboya, mientras que la Alta Saboya, la Maurienne y la Tarentaise prefieren mantener el estado de cosas actual, y el Chablais, el Faucigny y el Genevois, los tres distritos del norte, preferirían convertirse en un nuevo cantón de la Confederación Suiza. Pero Saboya, que es enteramente francesa, se inclinará sin duda cada vez más hacia el gran centro de la nacionalidad francesa y acabará uniéndose a él; es solo cuestión de tiempo.

Otra cosa es Niza. La población del condado de Niza habla también un dialecto provenzal, pero aquí la lengua escrita, la educación, el carácter nacional, todo en suma, es italiano. El parentesco entre los patois del norte de Italia y del sur de Francia es tan estrecho que es casi imposible decir dónde termina uno y empieza el otro. También el patois del Piamonte y de Lombardía es enteramente provenzal en su flexión, mientras que el modo en que se forman las palabras a partir del latín es esencialmente italiano. Reclamar Niza en virtud de este patois es imposible; por eso se la exige ahora en virtud de unas supuestas simpatías por Francia, cuya existencia es, sin embargo, más que dudosa. Que Niza, pese a esas simpatías y a su patois, es italiana de pies a cabeza no tiene mejor prueba que el hecho de que ha dado al soldado italiano par excellence, Giuseppe Garibaldi. La idea de hacer de Garibaldi un francés es más que ridícula.

Desde el punto de vista puramente financiero, la cesión de estas dos provincias no debilitaría mucho al Piamonte. Saboya es un país pobre que, si bien da los mejores soldados del ejército sardo, nunca es capaz de cubrir los gastos de su propia administración. Niza no está mucho mejor y, además, no es más que una estrecha franja de tierra. Es evidente que la pérdida no sería grande. Niza, aunque italiana, podría sacrificarse en favor de la unión de la Italia del norte y la del centro; y la pérdida de una provincia extraña como Saboya podría considerarse incluso ventajosa si con ello mejoraran las perspectivas de la unificación de Italia. Pero las cosas cobran un aspecto muy distinto si se consideran desde el punto de vista militar.

De Ginebra a Niza, la frontera actual entre Francia y Cerdeña forma una línea casi recta. Al sur, el mar, y al norte, la Suiza neutral cortan toda comunicación. En este sentido, en caso de guerra entre Italia y Francia, las posiciones de las dos partes parecen equivalentes. Pero tanto Saboya como Niza están al otro lado de la cresta principal de los Alpes, que rodean en un amplio arco el Piamonte propiamente dicho, y ambas están abiertas hacia Francia. Así, mientras que en la frontera entre el Piamonte y Francia cada parte tiene una de las dos vertientes de la cadena alpina, en los tramos norte y sur de la frontera, Italia posee las dos vertientes y domina así por completo los pasos.

Hay que añadir que todos los caminos que van del Piamonte a Francia a través de los Alpes han quedado completamente abandonados por falta de tráfico, mientras que las carreteras que van por el Mont Cenis del Piamonte a Saboya y por el Col di Tenda del Piamonte a Niza son grandes vías del tráfico europeo y están en excelente estado. La consecuencia es que en todas las guerras entre Francia e Italia, cuando el ataque venía del lado italiano, tanto Niza como Saboya eran una base natural de operaciones para invadir Francia, y cuando atacaba Francia, tenía que conquistar primero estas dos provincias antes de poder invadir la Italia transalpina. Y aunque los italianos no podían sostener ni Niza ni Saboya frente a un ejército superior, la posesión de estos territorios permitía ganar tiempo para concentrar las fuerzas italianas en las llanuras del Piamonte y servía así de protección contra las sorpresas.

Si solo se tratara de renunciar a las ventajas militares que la posesión de Saboya y Niza da a Italia, las dos provincias podrían sacrificarse sin consecuencias graves. Pero los inconvenientes son mucho más importantes. Imaginemos que el Mont Blanc, el Mont Iseran y el Mont Cenis, así como el Col di Tenda, fueran gigantescos pilares de piedra que marcaran la frontera de Francia. La frontera, en lugar de formar como ahora una línea recta, correría entonces en un inmenso arco alrededor del Piamonte. Chambéry, Albertville y Moûtiers, los puntos donde confluyen las carreteras principales, se convertirían en depósitos franceses. Los franceses ocuparían y fortificarían la ladera norte del Mont Cenis, y las avanzadas de las dos naciones se encontrarían frente a frente en su cumbre, a dos jornadas de marcha de Turín. Al sur, Niza sería el centro de los depósitos franceses y las avanzadas estarían en Oneglia, a cuatro jornadas de marcha de Génova. Así, los franceses estarían, aun en tiempo de paz, a las mismas puertas de las dos ciudades más grandes del noroeste de Italia y, como su territorio rodearía el Piamonte casi por tres lados, podrían hacer imposible la concentración de un ejército italiano en la llanura alta del Po. Todo intento de concentrar las fuerzas italianas al oeste de Alessandria quedaría expuesto a un ataque antes de completarse; en otras palabras, una derrota seguiría a otra. El centro de la defensa del Piamonte se trasladaría así de inmediato de Turín a Alessandria; es decir, el Piamonte propiamente dicho sería incapaz de defenderse en serio y quedaría a merced de los franceses. Esto es lo que Luis Napoleón llama una «Italia libre y agradecida, que solo deberá su independencia a Francia».

En el norte, lo que para Italia significa una amenaza permanente sería un golpe mortal para Suiza. Si Saboya se hiciera francesa, toda la Suiza occidental, desde Basilea hasta el Gran San Bernardo, quedaría rodeada de territorio francés y, en caso de guerra, no podría sostenerse ni un día. Esto es tan evidente que el Congreso de Viena decidió neutralizar el norte de Saboya, igual que Suiza, y conceder a Suiza, en caso de guerra, el derecho a ocupar y defender este territorio.2 Cerdeña, un mísero Estado de cuatro millones de habitantes, no podía objetar nada a semejante arreglo; pero ¿podría o querría Francia admitir que una parte de su territorio quedara de este modo en dependencia militar de otro Estado, y además más pequeño? ¿Podría Suiza, en caso de guerra, atreverse a intentar ocupar una provincia francesa y ponerla bajo control militar? Seguramente no. Y entonces, cuando a Francia le pluguiera, toda la Suiza francesa, el Jura bernés, Neuchâtel, Vaud, Ginebra y tanto de Friburgo y del Valais como se juzgara conveniente podrían anexionarse con la misma facilidad y comodidad que Saboya y Niza; y, hasta entonces, Suiza estaría tan sometida al control y a la influencia de Francia como si fuera un mero satélite. En cuanto a la neutralidad suiza, al estallar una guerra se acabaría en ese mismo instante. Donde una potencia grande y belicosa está en todo momento en condiciones de aplastar a su vecino neutral, no puede haber neutralidad.

Este plan de anexión de Saboya y Niza, de apariencia tan inocente, no busca otra cosa que establecer la hegemonía francesa en Italia y en Suiza y hacer de Francia el señor absoluto de los Alpes. Una vez dado este pequeño paso, ¿cuánto tardaremos en presenciar el intento de hacer de Francia el señor absoluto también en el Rin?

  1. Alexandre Walewski (1810-1868), hijo natural de Napoleón I, ministro de Asuntos Exteriores de Francia de 1855 a enero de 1860. Por el tratado de Turín del 24 de marzo de 1860, Cerdeña cedió Saboya y Niza a Francia a cambio de su consentimiento a la anexión de la Italia central. ↩

  2. El Congreso de Viena (1815) y el tratado de París del mismo año incluyeron en la neutralidad suiza el Chablais, el Faucigny y el norte de Saboya. ↩