Escrito en inglés por Karl Marx a finales de abril o comienzos de mayo de 1860 y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 5948, del 17 de mayo de 1860. Traducimos del original inglés, según la transcripción del Tribune en el Marxists Internet Archive (Revolution's Newsstand), cotejada con la versión alemana de la MEW (tomo 15, pp. 43-45), que da la fecha y la autoría, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.

En toda la historia del género humano, ninguna tierra y ningún pueblo han sufrido tan terriblemente la esclavitud, las conquistas y las opresiones extranjeras, y ninguno ha luchado tan irreprimiblemente por su emancipación, como Sicilia y los sicilianos. Casi desde los tiempos en que Polifemo se paseaba en torno al Etna, o en que Ceres enseñó a los sículos el cultivo del grano, hasta nuestros días, Sicilia ha sido el teatro de invasiones y guerras ininterrumpidas y de una resistencia inquebrantable. Los sicilianos son una mezcla de casi todas las razas del sur y del norte: primero, de los aborígenes sicanos con fenicios, cartagineses, griegos y esclavos de todas las regiones bajo el cielo, llevados a la isla por el tráfico o por la guerra; y después, de árabes, normandos e italianos. En todas estas transformaciones y modificaciones, los sicilianos han combatido, y combaten todavía, por su libertad.

Hace más de treinta siglos, los aborígenes de Sicilia resistieron como mejor pudieron a las armas superiores y a la pericia militar de los invasores cartagineses y griegos. Se les hizo tributarios, pero ni los unos ni los otros los sometieron nunca del todo. Durante mucho tiempo Sicilia fue el campo de batalla de griegos y cartagineses; su pueblo quedó arruinado y en parte esclavizado; sus ciudades, habitadas por cartagineses y griegos, eran los puntos centrales desde los que la opresión y la esclavitud irradiaban por el interior de la isla. Sin embargo, aquellos primeros sicilianos no desaprovecharon nunca una ocasión de golpear por la libertad, o al menos de vengarse todo lo posible de sus amos cartagineses y de Siracusa. Los romanos sometieron por fin a cartagineses y siracusanos y vendieron como esclavos a cuantos pudieron. En una ocasión se vendieron así 30.000 habitantes de Panormo, la actual Palermo. Los romanos explotaron Sicilia con innumerables cuadrillas de esclavos, para alimentar con el trigo siciliano a los pobres proletarios de la Ciudad Eterna. Con ese fin no solo esclavizaron a los habitantes de la isla, sino que importaron esclavos de todos sus demás dominios. Las terribles crueldades de los procónsules, pretores y prefectos romanos son conocidas por cualquiera que esté mínimamente familiarizado con la historia de Roma o con la oratoria de Cicerón.1 En ningún otro sitio, quizá, celebró la crueldad romana tales saturnales. Los pobres hombres libres y pequeños campesinos, si no podían pagar el tributo aplastante que se les exigía, eran vendidos sin piedad como esclavos, ellos mismos o sus hijos, por los recaudadores.

Pero tanto bajo el siracusano Dionisio2 como bajo la dominación romana estallaron en Sicilia las más terribles insurrecciones de esclavos,3 en las que a menudo hicieron causa común el pueblo nativo y los esclavos importados. Durante la descomposición del Imperio romano, Sicilia recibió la visita de diversos invasores. Luego los moros se apoderaron de ella por un tiempo; pero los sicilianos, y sobre todo la gente genuina del interior, resistieron siempre, con mayor o menor éxito, y paso a paso conservaron o conquistaron diversas pequeñas franquicias. Apenas había empezado el alba a extenderse sobre las tinieblas medievales cuando los sicilianos se presentaron armados ya, no solo con diversas libertades municipales, sino con rudimentos de un gobierno constitucional como no existía entonces en ninguna otra parte. Antes que ninguna otra nación europea, los sicilianos regularon por votación los ingresos de sus gobiernos y de sus soberanos. Así, el suelo siciliano ha resultado siempre mortal para opresores e invasores, y las Vísperas sicilianas4 quedan inmortales en la historia. Cuando la casa de Aragón puso a los sicilianos en dependencia de España, supieron conservar más o menos intactas sus inmunidades políticas; y lo hicieron igualmente bajo los Habsburgo y bajo los Borbones. Cuando la Revolución francesa y Napoleón expulsaron de Nápoles a la tiránica familia reinante, los sicilianos —incitados y seducidos por las promesas y garantías inglesas— acogieron a los fugitivos y, en sus luchas contra Napoleón, los sostuvieron con su sangre y con su dinero.5 Todo el mundo conoce la traición posterior de los Borbones y los subterfugios o las desvergonzadas negativas con que Inglaterra ha intentado e intenta todavía barnizar su propio pérfido abandono de los sicilianos y de sus libertades a la tierna merced de los Borbones.

En la actualidad, la opresión política, administrativa y fiscal aplasta a todas las clases del pueblo, y por eso estos agravios ocupan el primer plano. Pero casi todo el suelo sigue en manos de un número relativamente pequeño de grandes terratenientes o barones. En Sicilia se conservan todavía las formas medievales de tenencia de la tierra, salvo que el cultivador no es siervo; dejó de serlo hacia el siglo XI, cuando se convirtió en arrendatario libre. Las condiciones de su tenencia son, sin embargo, por lo general tan opresivas que la inmensa mayoría de los agricultores trabajan exclusivamente en provecho del recaudador y del barón, sin producir apenas nada más allá de los impuestos y las rentas, mientras ellos mismos siguen siendo miserablemente pobres o, al menos, relativamente pobres. Productores del célebre trigo siciliano y de frutas excelentes, ellos viven pobremente de habas todo el año.

Sicilia vuelve ahora a sangrar, e Inglaterra contempla impasible estas nuevas saturnales del infame Borbón6 y de sus no menos infames esbirros, laicos o clérigos, jesuitas o guardias. Los ruidosos declamadores del Parlamento británico llenan el aire con su palabrería vacía sobre Saboya y los peligros de Suiza, pero no tienen una palabra que decir sobre las matanzas en las ciudades sicilianas. Ninguna voz alza el grito de indignación por toda Europa. Ningún soberano y ningún Parlamento proclama fuera de la ley al sanguinario idiota de Nápoles. Solo Luis Napoleón, con este o aquel propósito —no, desde luego, por amor alguno a la libertad, sino para engrandecer a su familia o la influencia francesa—, quizá detenga al carnicero en su obra de destrucción. Inglaterra clamará contra la perfidia y echará fuego y llamas contra la traición y la ambición napoleónicas; pero los napolitanos y los sicilianos saldrán al final ganando, aun bajo un Murat7 o bajo cualquier otro nuevo soberano. Cualquier cambio tiene que ser para mejor.

  1. Alusión a los discursos de Cicerón contra Verres (70 a. C.), propretor de Sicilia acusado de saquear la isla. ↩

  2. Dionisio I (hacia 430-367 a. C.), tirano de Siracusa. ↩

  3. Las dos grandes guerras serviles de Sicilia, de 135-132 y de 104-100 a. C. ↩

  4. Levantamiento de Palermo del 30 de marzo de 1282 contra la dominación de Carlos de Anjou, que acabó con el poder angevino en la isla y la llevó bajo la corona de Aragón. ↩

  5. Fernando IV de Nápoles se refugió en Sicilia en 1798-1799 y de nuevo de 1806 a 1815, bajo la protección de la flota británica; en 1812 la isla obtuvo, con apoyo inglés, una Constitución que el rey abolió en 1816 al unir Nápoles y Sicilia en el Reino de las Dos Sicilias. ↩

  6. Francisco II (1836-1894), rey de las Dos Sicilias desde 1859. ↩

  7. Lucien Murat (1803-1878), hijo de Joachim Murat, rey de Nápoles de 1808 a 1815, y aspirante bonapartista al trono napolitano. ↩