Escrito en inglés por Friedrich Engels a mediados de abril de 1861 y publicado en The Volunteer Journal, for Lancashire and Cheshire, núm. 33, del 20 de abril de 1861. El original inglés no está disponible en una edición libre; traducimos de la versión alemana de la MEW: Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 270-274), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Se corrigen algunas erratas de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
En nuestro penúltimo número llamamos especialmente la atención de los voluntarios sobre las observaciones del coronel McMurdo1 acerca de la instrucción de compañía.2 Volvemos ahora sobre el asunto, porque creemos que ya es hora de que todo fusilero del país reconozca plenamente su importancia.
Hace poco tuvimos ocasión de asistir a la instrucción de batallón de un cuerpo de voluntarios que, en conjunto, está claramente por encima de la media de las tropas de este distrito en efectivos en relación con su plantilla, en asistencia a la instrucción, en el sentido del deber de sus oficiales y, en consecuencia, en eficacia general. Con gran sorpresa por nuestra parte, encontramos muy pocos progresos respecto de lo que habíamos visto hacer a ese cuerpo hacía unos seis meses. Los ejercicios de batallón estaban un poco mejor que al final de la temporada pasada, pero el manejo del arma y el ejercicio de fuego3 se hacían con bastante descuido. Hasta al echar el arma al hombro parecía que cada soldado obraba sin saber que tenía que moverse de acuerdo con unos 400 hombres a su derecha, a su izquierda y detrás de él. Al preparar y al presentar armas, cada fusil parecía poner su orgullo en llegar a la posición correcta independientemente de sus vecinos; y un desprecio tácito del un-dos o del un-dos-tres con que se marca la ejecución de cada voz de mando parecía estar a la orden del día.
En un rincón del patio del cuartel en que se ejercitaban los voluntarios vimos formar para la instrucción a un grupo de un regimiento de línea a las órdenes de un sargento. Suponemos que era el grupo de un batallón que, por torpe en la instrucción, había sido destinado a un ejercicio suplementario. ¡Qué diferencia! Los hombres estaban como estatuas; ni un miembro se movía antes de la voz de mando, y entonces solo se movían los miembros que tenían que ejecutarla. El resto del cuerpo permanecía completamente quieto. En cuanto la voz de mando les llegaba al oído, todos los brazos se movían a la vez; cada uno de los tiempos en que estaba dividida la ejecución de la orden era muy preciso y lo ejecutaban todos los hombres en el mismo instante. El grupo entero se movía, en efecto, como un solo hombre. Esos señores a quienes tanto les gusta jactarse de que los voluntarios conocen su oficio tan bien como las tropas de línea harían bien en estudiar un poco a las tropas de línea; pronto verían que entre los mejores voluntarios y el regimiento de línea peor instruido sigue habiendo una diferencia enorme.
Pero, se dirá, ¿de qué les sirve a los voluntarios tal perfección en la instrucción? Esa perfección no tienen por qué alcanzarla, no se puede esperar de ellos ni la van a necesitar. Sin duda es muy cierto. El mero intento de hacer que los voluntarios compitieran con la instrucción exacta de la línea sería la ruina del movimiento. Pero a los voluntarios hay que instruirlos, y hay que instruirlos lo bastante para que las operaciones corrientes y simultáneas se les vuelvan completamente mecánicas y naturales, y para que sus pasos y movimientos puedan ejecutarlos todos a la vez, siempre y con cierto grado de porte militar. En todos estos puntos, las tropas de línea seguirán siendo el modelo en que los voluntarios han de fijarse, y la instrucción de compañía será el único medio por el que puede lograrse la eficacia necesaria.
Tomemos el manejo del arma y el ejercicio de fuego. No es solo cuestión de buen aspecto que, a una voz de mando dada, todos los fusiles del batallón se muevan a la vez y según el reglamento. Hemos de suponer que todos los cuerpos de voluntarios están ya tan adelantados que los hombres pueden hacer estos ejercicios sin herirse unos a otros ni chocar los fusiles entre sí. Pero, además, la ejecución descuidada de los distintos movimientos tiene sin duda un gran efecto moral sobre el batallón que hace la instrucción. ¿Por qué iba cada soldado a escuchar con especial atención la voz de mando, si sabe que a su izquierda y a su derecha se cometen errores y que los fusiles siguen subiendo y bajando inseguros mucho después de que él haya ejecutado la orden? ¿Qué confianza puede tener ante el enemigo un soldado del ala izquierda en sus compañeros del ala derecha si no sabe que cargarán, prepararán y apuntarán con él a la voz de mando y que estarán tan pronto como él listos para volver a cargar? Además, cualquier soldado experimentado dirá que la ejecución de esta acción simultánea, la certeza de que a la voz del oficial responden esos dos o tres ruidos precisos y acompasados que muestran que cada soldado obra en el mismo instante que sus compañeros, tiene una influencia moral muy grande sobre el batallón. Hace sentir a los hombres que son de verdad un solo cuerpo, que están por entero en manos de quien los manda y que este puede emplear su fuerza con la mayor eficacia a la menor señal.
Tomemos también los movimientos de cuerpos de tropas grandes o pequeños. Si cada hombre no está tan afianzado en la instrucción que todo movimiento que se le pueda exigir4 lo ejecuta casi mecánicamente a la orden dada, un batallón no se moverá nunca con regularidad. Un soldado que primero tiene que rebuscar en la memoria o en el entendimiento para averiguar qué acción le pide la voz de mando dada hará al batallón más daño que provecho. Lo mismo vale para el hombre que, por costumbre o por cualquier otro motivo, tiende a suponer que a ciertos pasos tienen que seguir necesariamente otros. A menudo recibirá una orden muy distinta de la que espera, y entonces lo más probable es que cometa una pifia. Estos defectos solo pueden eliminarse con la instrucción de compañía constante. Así, el oficial al mando puede llevar en un cuarto de hora a la pequeña unidad a sus órdenes por tantos movimientos y formaciones distintos, y cambiar el orden de unos a otros hasta tal punto, que los hombres, sin barruntar nunca lo que vendrá después, aprenden muy pronto a estar atentos y a seguir la voz de mando de forma del todo mecánica. En un batallón, todos los movimientos son por fuerza mucho más lentos y, en cierta medida, instructivos para los oficiales, pero menos para los soldados. Es un hecho reconocido que soldados perfectos en la instrucción de compañía aprenderán por completo, con buenos oficiales, los movimientos de batallón en muy poco tiempo. Cuanto más mueva a los soldados en la compañía un instructor competente y cuidadoso, más seguros estarán después en el batallón. No hace falta subrayar lo importante que es una regularidad perfecta en un batallón; una descarga puede hacerse de forma bastante desigual y surtir efecto con todo. Pero un batallón que se desordena al formar el cuadro, al desplegarse, al hacer la conversión en columna, etc., estará siempre perdido sin remedio frente a un adversario activo e inteligente.
Luego está el importante asunto de las distancias. Es un hecho innegable que ningún oficial ni soldado de voluntarios tiene ojo para las distancias. Al marchar en columnas abiertas o en columnas a cuarto de distancia, al desplegarse, cualquier instrucción de batallón muestra lo difícil que les resulta a los oficiales guardar la distancia correcta. Al volver a formar la columna desde el cuadro, los hombres de las secciones del centro pierden casi siempre la distancia. Avanzan demasiado o demasiado poco, y en consecuencia la conversión se hace con mucha irregularidad. Los oficiales solo pueden aprender a guardar las distancias en el batallón, aunque los ejercicios de compañía por subdivisiones y secciones ayudan a mejorarlo; pero los soldados, para aprender a formar la columna desde el cuadro (movimiento de la mayor importancia ante el enemigo), tienen que ejercitarse en las compañías.
Hay que atender todavía a otro punto, y es el porte militar de los soldados. No nos referimos solo a la postura erguida, orgullosa y sin embargo desenvuelta de cada hombre sobre las armas, sino también a la rapidez de la acción conjunta en los movimientos de compañía y de batallón, tan necesaria para un cuerpo de tropas como lo es para un batallón el manejo del arma a pie firme. Los voluntarios parecen quedar muy satisfechos si consiguen de algún modo llegar más o menos a su sitio en el tiempo prescrito, por lo general con unos segundos de retraso. Sin duda esto es lo principal, y en el primer año de existencia de un cuerpo de voluntarios cualquiera se daría por plenamente satisfecho con ello. Pero para la ejecución de cada movimiento hay una forma determinada y fija, prescrita en el reglamento, y esa forma debe ser aquella por la que el fin perseguido puede alcanzarse en el menor tiempo, con el mayor provecho para todos los que intervienen y, por tanto, con el máximo de orden. De ahí se sigue que toda desviación de la forma prescrita va necesariamente unida a cierto grado de desorden y de falta de regularidad, lo que no solo da al observador una impresión de descuido, sino que acarrea además cierta pérdida de tiempo y lleva a los soldados a pensar que cumplir el reglamento es una pura tontería. Basta que alguien observe cómo una tropa de voluntarios avanza en línea de a dos desde el centro, cómo forma una compañía o hace cualquier otro cambio de formación, y verá a qué hábitos descuidados estamos llegando. Pero esos defectos, que pueden darse en un viejo regimiento de línea que tiene la buena base de una instrucción sólida y que luego ha de volver a pasar por el mismo ejercicio para quitarse su porte descuidado, son mucho más peligrosos en una tropa de voluntarios, a la que le falta por completo esa base sólida de la instrucción de detalle. Su conducta descuidada, que hay que tolerar al principio porque los soldados tienen que pasar deprisa por todos los ejercicios elementales, crecerá y se multiplicará si no se combate con regularidad y constancia mediante una instrucción de compañía estricta. Será imposible desterrar del todo esos hábitos, pero en todo caso se puede y se debe frenarlos lo bastante para que no ganen terreno. El porte individual de los soldados, creemos, irá mejorando poco a poco, aunque dudamos mucho de que desaparezca jamás ese curioso balanceo de la línea al marcar el paso que se observa en todos los ejercicios de voluntarios. Nos referimos a cierta costumbre de mover el tronco al marcar el paso, que hasta donde hemos visto parece común a todos los voluntarios. El pie derecho no se levanta hasta que sube el hombro derecho y baja el izquierdo. Con el pie izquierdo sube el hombro izquierdo, y así toda la línea ondula de un lado a otro como un trigal maduro bajo un suave céfiro, pero apenas se parece a un cuerpo de tropas de soldados firmes, preparado para hacer frente al enemigo.
Creemos haber dicho bastante para llamar la atención sobre este asunto. Todo voluntario a quien le importe el movimiento estará de acuerdo con nosotros en que la instrucción de compañía regular y cuidadosa es necesaria, porque, repitámoslo, los cuerpos de voluntarios han sido muy descuidados en su instrucción elemental, y hace falta mucha atención y no poco trabajo para remediar de algún modo esta deficiencia.
William Montagu Scott McMurdo (1819-1894), coronel británico, inspector general de los voluntarios desde 1860. ↩
Véase «Brighton y Wimbledon», publicado en el núm. 31 del mismo semanario, el 6 de abril de 1861, con la alocución de McMurdo a los voluntarios en Wimbledon. ↩
En el reglamento británico de la época, manual and platoon exercise: el manejo del arma y el ejercicio de carga y fuego. La versión alemana de la MEW traduce Gewehrgriffe und die Bildung der Pelotons («la formación de los pelotones»), y más abajo die Griffübungen und die Pelotons. ↩
La versión alemana dice gefördert («favorecido»), sin duda errata por gefordert («exigido»), que es lo que traducimos. ↩