Escrito por Karl Marx en Londres el 3 de noviembre de 1861 y publicado en el diario vienés Die Presse, núm. 308, del 9 de noviembre de 1861. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 357-360), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Se corrigen algunas erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Londres, 3 de noviembre de 1861
En este momento no existe en Inglaterra política general. El interés del país se agota en la crisis financiera, comercial y agrícola francesa, en la crisis industrial británica, en la penuria de algodón y en la cuestión americana.
En los círculos competentes de aquí nadie se engañó ni por un momento: el juego de letras de favor del Banco de Francia con algunas grandes casas de ambos lados del Canal era un paliativo de la clase más débil. Todo lo que podía conseguirse con él, y lo que se ha conseguido, fue una disminución momentánea de la salida de oro hacia Inglaterra. Los repetidos intentos del Banco de Francia de reclutar tropas auxiliares metálicas en San Petersburgo, Hamburgo y Berlín dañan su crédito sin llenar su caja. La subida del tipo de interés de los bonos del Tesoro para mantener su cotización y la necesidad de obtener de Víctor Manuel un aplazamiento de los pagos del nuevo empréstito italiano: ambas cosas se tienen aquí por síntomas inquietantes de la enfermedad financiera francesa. Se sabe además que en este momento dos proyectos se disputan la primacía en las Tullerías. Los bonapartistas de pura sangre, con Persigny y Péreire (el del Crédit mobilier) a la cabeza, quieren someter por completo el Banco de Francia al poder del Gobierno, rebajarlo a mera oficina del Ministerio de Finanzas y utilizar la institución así transformada como fábrica de asignados1.
Se sabe que este principio estuvo originariamente en la base de la organización del Crédit mobilier2. El partido menos aventurero, representado por Fould y otros renegados de la época de Luis Felipe, propone un nuevo empréstito nacional, que según unos ascendería a 400 y según otros a 700 millones de francos. El Times, en un editorial de hoy, refleja sin duda la opinión de la City cuando dice que Francia está completamente paralizada por su crisis económica y privada de su influencia europea. Pero el Times y la City se equivocan. Si el poder de diciembre consigue pasar el invierno sin grandes tormentas interiores, en primavera tocará la trompeta de guerra. La penuria interior no quedaría así curada, pero sí ahogada en ruido.
En una carta anterior señalé que la fiebre del algodón en Liverpool recordaba en las últimas semanas, sin duda alguna, los tiempos más locos de la manía ferroviaria de 1845. Dentistas, cirujanos, abogados, cocineras, viudas, obreros, escribientes y lores, cómicos y clérigos, soldados y sastres, periodistas y caseros, hombres y mujeres, todo el mundo especulaba con algodón. Cantidades muy pequeñas, de una a cuatro balas, se compraban, se vendían y se volvían a vender. Cantidades más considerables se quedaban durante meses en el mismo almacén aunque cambiaran veinte veces de dueño. Quien había comprado algodón a las diez lo vendía a las once con un recargo de medio penique por libra. Así, el mismo algodón pasaba a menudo seis veces de mano en mano en diez horas. Esta semana, sin embargo, se produjo una especie de parón, y además sin ninguna otra razón racional que la de que la libra de algodón (en concreto, el Orleans middling3) había alcanzado la altura de un chelín; porque doce peniques hacen un chelín y son, por tanto, un número redondo. Así que todo el mundo se había propuesto vender en cuanto se alcanzara este máximo. De ahí un súbito aumento de la oferta y, en consecuencia, la reacción. En cuanto el inglés se haya familiarizado con la posibilidad de que una libra de algodón suba por encima de un chelín, el baile de San Vito volverá todavía más loco.
El último informe mensual oficial del Board of Trade sobre las exportaciones e importaciones británicas no ha aclarado en absoluto el sombrío estado de ánimo. El cuadro de exportación abarca el periodo de nueve meses de enero a septiembre de 1861. Muestra, en comparación con el mismo periodo de 1860, un déficit de unos 8 millones de libras esterlinas. De ellos, solo a las exportaciones a los Estados Unidos corresponden 5.671.730 libras, mientras que el resto se reparte entre la Norteamérica británica, la India Oriental, Australia, Turquía y Alemania. Solo Italia muestra un aumento. Así, por ejemplo, la exportación de artículos británicos de algodón a Cerdeña, Toscana, Nápoles y Sicilia ha subido de 756.892 libras esterlinas en el año 1860 a 1.204.287 libras en el año 1861; la de hilados británicos de algodón, de 348.158 a 538.373 libras; la exportación de hierro, de 120.867 a 160.912 libras, etc. Estas cifras no carecen de peso en la balanza de la simpatía británica por la libertad italiana.
Mientras el comercio de exportación de Gran Bretaña ha bajado así en casi 8 millones de libras esterlinas, su comercio de importación ha subido en una proporción todavía mayor, circunstancia que no facilita en absoluto el equilibrio de la balanza. Este crecimiento de las importaciones procede sobre todo del aumento de la importación de trigo. Mientras que en los ocho primeros meses de 1860 el valor del trigo importado no pasó de 6.796.131 libras esterlinas, durante el mismo periodo de este año asciende a 13.431.487 libras.
El fenómeno más notable que revela el cuadro de importación es el rápido aumento de las importaciones francesas, que alcanzan ya casi 18 millones de libras esterlinas (anuales), mientras que la exportación inglesa a Francia no es mucho más importante que, pongamos por caso, la exportación a Holanda. Los políticos del continente han pasado por alto hasta ahora este fenómeno, enteramente nuevo en la historia moderna del comercio. Demuestra que la dependencia económica de Francia respecto de Inglaterra es quizá seis veces mayor que la dependencia económica de Inglaterra respecto de Francia, siempre que no se consideren solo las cifras de los cuadros ingleses de exportación e importación, sino que se comparen también con los cuadros franceses de exportación e importación. Resulta entonces que Inglaterra se ha convertido ahora en el principal mercado de exportación de Francia, mientras que Francia sigue siendo un mercado de exportación del todo secundario para Inglaterra. De ahí, pese a todo el chovinismo y a todas las fanfarronadas sobre Waterloo, el temeroso recelo ante un conflicto con la «pérfida Albión».
Por último, de los últimos cuadros ingleses de exportación e importación se desprende todavía un hecho importante. Mientras la exportación inglesa a los Estados Unidos bajó más de un 25 por ciento en los nueve primeros meses de este año en comparación con el mismo periodo de 1860, solo el puerto de Nueva York ha aumentado en 6 millones de libras esterlinas su exportación a Inglaterra durante los ocho primeros meses de este año. La exportación de oro americano a Inglaterra casi había cesado durante este periodo, mientras que ahora, al revés, desde hace semanas fluye oro de Inglaterra a Nueva York. Son, en efecto, las malas cosechas de Inglaterra y Francia las que cubren el déficit norteamericano, mientras que el arancel Morrill4 y la economía inseparable de una guerra civil han diezmado al mismo tiempo el consumo de manufacturas inglesas y francesas en Norteamérica. ¡Y compárense ahora estos hechos estadísticos con las jeremiadas del Times sobre la ruina financiera de Norteamérica!
Papel moneda de la Revolución francesa (1790-1796), emitido con la garantía de los bienes nacionales y depreciado hasta perder casi todo su valor. ↩
Banco de crédito por acciones fundado en 1852 por los hermanos Émile e Isaac Péreire, muy ligado al régimen bonapartista. ↩
Algodón de Nueva Orleans de calidad media (middling), la calidad de referencia en las cotizaciones de Liverpool. ↩
Arancel proteccionista aprobado por el Congreso de los Estados Unidos en marzo de 1861. ↩