Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 8 de noviembre de 1861 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 6440, del 23 de noviembre de 1861. Traducido del original inglés según la transcripción del texto del Tribune hecha por Tony Brown en el Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejada con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 366-373), por la Escuela de marxismo, 2026. Se añade la fecha de publicación al título para distinguirlo del artículo del mismo nombre de Die Presse del 12 de noviembre de 1861. Se corrigen algunas erratas de la transcripción. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.
Londres, 8 de noviembre de 1861
La proyectada intervención de Inglaterra, Francia y España en México es, a mi juicio, una de las empresas más monstruosas que jamás se hayan registrado en los anales de la historia internacional. Es una maquinación de auténtica factura palmerstoniana, que deja atónitos a los no iniciados por una insensatez de propósito y una imbecilidad de los medios empleados que parecen del todo incompatibles con la conocida capacidad del viejo intrigante.
Es probable que, entre los muchos hierros que Luis Bonaparte, para entretener al público francés, se ve obligado a tener siempre en el fuego, figurara una expedición mexicana. Es seguro que España, cuya cabeza, nunca demasiado firme, han trastornado del todo sus recientes y baratos éxitos en Marruecos y Santo Domingo1, sueña con una restauración en México. Pero, con todo, es cierto que el plan francés estaba lejos de haber madurado y que tanto Francia como España se resistieron con fuerza a una expedición conjunta a México bajo dirección inglesa.
El 24 de septiembre el Moniteur privado de Palmerston, el Morning Post de Londres, anunció por primera vez con detalle el plan de la intervención conjunta, según los términos de un tratado recién concluido, decía, entre Inglaterra, Francia y España. Apenas había cruzado el Canal esta noticia, el Gobierno francés, por medio de las columnas de La Patrie de París, la desmintió de plano. El 27 de septiembre el Times de Londres, órgano nacional de Palmerston, rompió por primera vez su silencio sobre el plan en un editorial que contradecía a La Patrie, pero sin citarla. El Times afirmaba incluso que el conde Russell había comunicado al Gobierno francés la resolución adoptada por Inglaterra de intervenir en México, y que el señor de Thouvenel había respondido que el emperador de los franceses había llegado a una conclusión parecida. Ahora le tocaba el turno a España. Un periódico semioficial de Madrid, al tiempo que afirmaba la intención de España de inmiscuirse en México, rechazaba la idea de una intervención conjunta con Inglaterra. Los démentis no se habían agotado aún. El Times había asegurado categóricamente que «el presidente americano había dado su pleno asentimiento a la expedición». Todos los periódicos americanos que se ocuparon del artículo del Times han desmentido hace tiempo su afirmación.
Es, por tanto, seguro, y hasta el Times lo ha admitido expresamente, que la intervención conjunta en su forma actual es de factura inglesa, es decir, palmerstoniana. España fue intimidada para que se adhiriera por la presión de Francia; y a Francia se la ganó con concesiones en el terreno de la política europea. A este respecto es una coincidencia significativa que el Times del 6 de noviembre, en el mismo número en que anuncia la conclusión en Londres de un convenio para la intervención conjunta en México, publique a la vez un editorial que desdeña y trata con exquisito desprecio la protesta de Suiza contra la reciente invasión de su territorio, a saber, el valle de Dappes2, por una fuerza militar francesa. A cambio de su participación en la expedición mexicana, Luis Bonaparte ha obtenido carte blanche para sus proyectados atropellos contra Suiza y quizá contra otras partes del continente europeo. Las negociaciones entre Inglaterra y Francia sobre estos puntos han durado todos los meses de septiembre y octubre.
No hay en Inglaterra nadie que desee una intervención en México, salvo los tenedores de bonos mexicanos, que, sin embargo, nunca pudieron jactarse del menor ascendiente sobre el espíritu de la nación. De ahí la dificultad de dar a conocer al público el plan palmerstoniano. El mejor medio a mano era desconcertar al elefante británico con noticias contradictorias, procedentes del mismo laboratorio, compuestas de los mismos ingredientes, pero en dosis variables administradas al animal.
El Morning Post, en su número del 24 de septiembre, anunció que no habría «ninguna guerra territorial contra México», que el único punto en litigio eran las reclamaciones monetarias contra el Tesoro mexicano; que «sería imposible tratar con México como con un gobierno organizado y establecido» y que, en consecuencia, «los principales puertos mexicanos serían ocupados temporalmente y secuestrados sus ingresos de aduanas».
El Times del 27 de septiembre declaró, por el contrario, que «frente a la falta de honradez, el repudio de las deudas, el saqueo legal e irremediable de nuestros compatriotas por la insolvencia de una comunidad en bancarrota, la larga paciencia nos había hecho de acero», y que, por tanto, «el robo privado de los tenedores de bonos ingleses» no estaba, como decía el Post, en el fondo de la intervención. Aunque observaba, en passant, que «la ciudad de México es lo bastante sana, si fuera necesario penetrar tan lejos», el Times esperaba, sin embargo, que «la mera presencia de una escuadra combinada en el Golfo y la ocupación de algunos puertos empujarán al Gobierno mexicano a nuevos esfuerzos por mantener la paz y convencerán a los descontentos de que deben limitarse a alguna forma de oposición más constitucional que el bandidaje».
Si, pues, según el Post, la expedición había de emprenderse porque «no existe gobierno en México», según el Times solo pretendía animar y apoyar al gobierno mexicano existente. ¡Pues claro! El medio más peregrino que jamás se haya ideado para consolidar un gobierno consiste en apoderarse de su territorio y secuestrar sus ingresos.
Una vez que el Times y el Morning Post hubieron dado la consigna, John Bull fue entregado a los oráculos ministeriales menores, que lo trabajaron sistemáticamente en el mismo estilo contradictorio durante cuatro semanas, hasta que la opinión pública quedó por fin suficientemente adiestrada en la idea de una intervención conjunta en México, aunque se la mantuviera deliberadamente en la ignorancia del fin y el propósito de esa intervención. Por fin las negociaciones con Francia llegaron a su término; el Moniteur anunció que el convenio entre las tres potencias intervinientes se había concluido el 31 de octubre; y el Journal des Débats, uno de cuyos copropietarios ha sido nombrado para el mando de uno de los barcos de la escuadra francesa, informó al mundo de que no se pretendía ninguna conquista territorial permanente; de que se tomarían Veracruz y otros puntos de la costa, y se había acordado avanzar hasta la capital si las autoridades constituidas de México no accedían a las exigencias de la intervención; y de que, además, había que importar a la República un gobierno fuerte.
El Times, que desde su primer anuncio del 27 de septiembre parecía haber olvidado la existencia misma de México, tuvo que dar de nuevo un paso al frente. Todo el que ignore su relación con Palmerston y la introducción original en sus columnas del plan de este tendría motivos para considerar el editorial de hoy del Times como la sátira más mordaz y despiadada de toda la aventura. Empieza afirmando que «la expedición es muy notable» [más adelante dice curiosa].
«Tres Estados se unen para obligar a un cuarto a portarse bien, no tanto por vía de guerra como por intervención autoritaria en favor del orden.»
¡Intervención autoritaria en favor del orden! Es literalmente la jerga de la Santa Alianza, y suena de veras muy notable en boca de Inglaterra, que se gloría del principio de no intervención. ¿Y por qué se sustituye «la vía de la guerra, y de la declaración de guerra, y todos los demás preceptos del derecho internacional» por «una intervención autoritaria en favor del orden»? Porque, dice el Times, «no existe gobierno en México». ¿Y cuál es el fin declarado de la expedición? «Dirigir exigencias a las autoridades constituidas de México.»
Los únicos agravios de que se quejan las potencias intervinientes, las únicas causas que podrían dar a su proceder hostil la más leve sombra de justificación, se resumen fácilmente. Son las reclamaciones monetarias de los tenedores de bonos y una serie de atropellos personales que se dice que se han cometido contra súbditos de Inglaterra, Francia y España. Esas eran también las razones de la intervención tal como las presentó originalmente el Morning Post, y tal como lord John Russell las refrendó oficialmente hace algún tiempo en una entrevista con algunos representantes de los tenedores de bonos mexicanos en Inglaterra. El Times de hoy dice:
«Inglaterra, Francia y España han concertado una expedición para obligar a México al cumplimiento de sus compromisos concretos y para dar protección a los súbditos de las respectivas coronas.»
Pero en el curso de su artículo el Times da media vuelta y exclama:
«Sin duda conseguiremos obtener al menos un reconocimiento de nuestras reclamaciones pecuniarias; de hecho, una sola fragata británica podría haber obtenido esa satisfacción en cualquier momento. Podemos confiar también en que los más escandalosos de los atropellos cometidos se expiarán con reparaciones más inmediatas y sustanciales; pero está claro que, si solo se trataba de conseguir esto, no necesitábamos haber recurrido a extremos como los que ahora se proponen.»
El Times confiesa, pues, con todas las letras que las razones dadas originalmente para la expedición son pretextos sin fondo; que para obtener reparación no hacía falta nada parecido al procedimiento actual, y que, en realidad, el «reconocimiento de las reclamaciones monetarias y la protección de los súbditos europeos» no tienen nada que ver con la actual intervención conjunta en México. ¿Cuál es, entonces, su verdadero fin y propósito?
Antes de seguir al Times en sus explicaciones ulteriores, anotaremos en passant algunas otras «curiosidades» que se ha guardado mucho de tocar. En primer lugar, es una verdadera «curiosidad» ver a España, ¡a España, entre todos los países!, hacerse cruzada de la santidad de las deudas exteriores. El Courrier du Dimanche del domingo pasado ya insta al Gobierno francés a aprovechar la ocasión y obligar a España «al cumplimiento, eternamente aplazado, de sus antiguos compromisos con los tenedores de bonos franceses».
La segunda «curiosidad», todavía mayor, es que el mismísimo Palmerston que, según la reciente declaración de lord John Russell, se dispone a invadir México para obligar a su Gobierno a pagar a los tenedores de bonos ingleses, ha sacrificado él mismo, voluntariamente y a pesar del Gobierno mexicano, los derechos que los tratados daban a Inglaterra y la garantía hipotecada por México a sus acreedores británicos.
Por el tratado concluido con Inglaterra en 1826, México se obligó a no permitir el establecimiento de la esclavitud en ninguno de los territorios que formaban entonces su imperio. Por otra cláusula del mismo tratado, ofreció a Inglaterra, como garantía de los préstamos obtenidos de capitalistas británicos, la hipoteca de 45.000.000 de acres de tierras públicas en Texas. Fue Palmerston quien, diez o doce años después, intervino como mediador en favor de Texas contra México. En el tratado que concluyó entonces con Texas sacrificó no solo la causa antiesclavista, sino también la hipoteca sobre las tierras públicas, despojando así a los tenedores de bonos ingleses de su garantía. El Gobierno mexicano protestó entonces, pero entretanto, más tarde, el secretario John C. Calhoun pudo permitirse la broma de informar al gabinete de St. James de que su deseo «de ver abolida la esclavitud en Texas» se realizaría mejor anexionando Texas a los Estados Unidos3. Los tenedores de bonos ingleses perdieron, de hecho, todo derecho frente a México por el sacrificio voluntario, por parte de Palmerston, de la hipoteca que les aseguraba el tratado de 1826.
Pero ya que el Times de Londres confiesa que la intervención actual no tiene nada que ver ni con reclamaciones monetarias ni con atropellos personales, ¿cuál es entonces, por todos los santos, su fin real o pretendido?
«Una intervención autoritaria en favor del orden.»
Al planear Inglaterra, Francia y España una nueva Santa Alianza y haberse constituido en un areópago armado para restablecer el orden en todo el mundo, «México», dice el Times, «debe ser rescatado de la anarquía y puesto en el camino del autogobierno y de la paz. Un gobierno fuerte y estable debe establecerse» allí por los invasores, y ese gobierno ha de sacarse de «algún partido mexicano».
Ahora bien, ¿se imagina alguien que Palmerston y su portavoz, el Times, consideran realmente la intervención conjunta como un medio para el fin declarado, a saber, la extinción de la anarquía y el establecimiento en México de un gobierno fuerte y estable? Lejos de abrigar semejante creencia quimérica, el Times dice expresamente en su primer editorial del 27 de septiembre:
«El único punto en el que posiblemente puede haber una diferencia entre nosotros y nuestros aliados se refiere al gobierno de la República. Inglaterra se contentará con verlo permanecer en manos del partido liberal que está ahora en el poder, mientras que de Francia y España se sospecha que tienen debilidad por el régimen eclesiástico recientemente derrocado... Sería en verdad extraño que Francia, tanto en el viejo como en el nuevo mundo, se convirtiera en protectora de curas y bandidos.»
En su editorial de hoy el Times sigue razonando en la misma línea y resume sus escrúpulos en esta frase:
«Es difícil suponer que las potencias intervinientes puedan coincidir todas en la preferencia absoluta por uno de los dos partidos en que se divide México, e igualmente difícil imaginar que pueda hallarse un compromiso viable entre enemigos tan decididos.»
Palmerston y el Times saben, pues, perfectamente que «existe un gobierno en México», que «el partido liberal», ostensiblemente favorecido por Inglaterra, «está ahora en el poder», que «el régimen eclesiástico ha sido derrocado»; que la intervención española era la última y desesperada esperanza de los curas y los bandidos, y, por último, que la anarquía mexicana se estaba extinguiendo. Saben, pues, que la intervención conjunta, sin otro fin confesado que rescatar a México de la anarquía, producirá justamente el efecto contrario: debilitar al Gobierno constitucional, fortalecer al partido clerical con un aporte de bayonetas francesas y españolas, reavivar las brasas de la guerra civil y, en lugar de extinguir la anarquía, devolverla a su pleno florecimiento.
La conclusión que el propio Times saca de estas premisas es verdaderamente «notable» y «curiosa».
Aunque, dice, «estas consideraciones puedan inducirnos a esperar con alguna inquietud los resultados de la expedición, no van en contra de la conveniencia de la expedición misma».
No va, por tanto, en contra de la conveniencia de la expedición misma que la expedición vaya en contra de su único propósito ostensible. No va en contra de los medios que estos frustren su propio fin declarado.
La mayor «curiosidad» señalada por el Times, sin embargo, me la he guardado todavía in petto.
«Si», dice, «el presidente Lincoln aceptara la invitación, prevista en el convenio, a participar en las próximas operaciones, el carácter de la obra sería todavía más curioso.»
Sería en verdad la mayor «curiosidad» de todas que los Estados Unidos, que viven en amistad con México, se asociaran con los traficantes de orden europeos y, participando en sus actos, sancionaran la injerencia de un areópago armado europeo en los asuntos interiores de los Estados americanos. El primer plan de semejante trasplante de la Santa Alianza al otro lado del Atlántico lo trazó, en la época de la Restauración, Chateaubriand4 para los Borbones de Francia y de España. El intento fracasó ante un ministro inglés, el señor Canning, y un presidente americano, el señor Monroe5. La actual convulsión de los Estados Unidos le pareció a Palmerston un momento oportuno para retomar el viejo proyecto en una forma modificada. Como los Estados Unidos, por ahora, no deben permitir que ninguna complicación exterior interfiera en su guerra por la Unión, lo único que pueden hacer es protestar. Sus mejores amigos en Europa esperan que protesten y que así, ante los ojos del mundo, repudien firmemente toda complicidad en uno de los planes más infames.
Esta expedición militar de Palmerston, que se llevará a cabo mediante una coalición con otras dos potencias europeas, se emprende durante la prórroga del Parlamento, sin su sanción y contra la voluntad del Parlamento británico. La primera guerra extraparlamentaria de Palmerston fue la guerra de Afganistán, suavizada y justificada con la presentación de documentos falsificados6. Otra guerra de esa clase fue su guerra de Persia de 1856-18577. La defendió entonces alegando que «el principio de la sanción previa de la Cámara no se aplicaba a las guerras asiáticas». Parece que tampoco se aplica a las guerras americanas. Con el control sobre las guerras exteriores, el Parlamento perderá todo control sobre el erario nacional, y el gobierno parlamentario se convertirá en una mera farsa.
La guerra de África contra Marruecos (1859-1860) y la reincorporación de Santo Domingo a la corona española (1861). ↩
Valle del Jura disputado desde 1815 entre Francia y el cantón suizo de Vaud; a finales de octubre de 1861 entraron en él tropas francesas. ↩
Texas se separó de México en 1836 y fue anexionada por los Estados Unidos en 1845. John C. Calhoun (1782-1850), secretario de Estado en 1844-1845, respondió así a las declaraciones británicas a favor de la abolición de la esclavitud en Texas. ↩
François-René de Chateaubriand (1768-1848), escritor y ministro francés de Asuntos Exteriores (1822-1824), promotor de la intervención francesa en España de 1823. ↩
La doctrina Monroe, formulada por el presidente James Monroe (1758-1831) en su mensaje al Congreso de diciembre de 1823, declaró inadmisible toda nueva colonización o intervención europea en el continente americano; George Canning (1770-1827), ministro británico de Asuntos Exteriores, se había opuesto también a los planes de la Santa Alianza sobre la América española. Marx trata el mismo asunto en «La intervención en México, 12 de noviembre», escrito para Die Presse. ↩
En 1839 el Gobierno presentó al Parlamento, mutilados, los despachos de su enviado en Kabul, Alexander Burnes, para justificar la primera guerra anglo-afgana (1838-1842). ↩
La guerra anglo-persa de 1856-1857, por el control de Herat. ↩