Escrito por Karl Marx en Londres el 7 de noviembre de 1861 y publicado en el diario vienés Die Presse, núm. 311, del 12 de noviembre de 1861. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 361-365), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Se añade la fecha de publicación al título para distinguirlo del artículo del mismo nombre del New-York Daily Tribune del 23 de noviembre de 1861. Se corrigen algunas erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, 7 de noviembre de 1861

El Times publica hoy, en su conocida manera abigarrada y caleidoscópica, de un humor afectado, un editorial sobre la incursión del Gobierno francés en el valle de Dappes1 y sobre la protesta de Suiza contra esta violación de su territorio. El oráculo de Printing House Square recuerda cómo, en la época de la lucha más encarnizada entre los fabricantes y los terratenientes ingleses2, se enseñaba a niños pequeños empleados en las fábricas a echar alfileres en las piezas más delicadas de la maquinaria para perturbar así el movimiento de todo el gigantesco autómata. La maquinaria es Europa, el niño pequeño es Suiza, y el alfiler que echa en el autómata que funciona tranquilamente es... ¡la incursión de Luis Bonaparte en su territorio, o más bien sus gritos por esa incursión! Así el alfiler se convierte de repente en el grito por el pinchazo, y el símil en una bufonada contra el lector, que esperaba un símil. El Times se divierte además con su propio descubrimiento de que el valle de Dappes consiste en una sola aldea llamada Cressonnières. Termina su breve artículo con una contradicción completa con su comienzo. ¿Por qué, exclama, armar tanto ruido por esta bagatela suiza infinitamente pequeña, si la próxima primavera Europa estará en llamas por todas partes? No se olvide que poco antes Europa era un autómata en toda regla. Todo el artículo parece puro disparate, y sin embargo tiene su sentido. Es una declaración de que Palmerston ha dado a su aliado del otro lado del Canal carte blanche en el asunto suizo. La explicación de esta declaración se encuentra en la escueta noticia del Moniteur3 de que Inglaterra, Francia y España concluyeron el 31 de octubre un convenio para una intervención en México conjunta. Tan lejos como queda el cantón de Vaud de Veracruz, tan cerca están el artículo del Times sobre el valle de Dappes y la noticia del Moniteur sobre México.

Es creíble que Luis Bonaparte contara una intervención en México entre las muchas posibilidades que tiene siempre a mano para distraer al pueblo francés. Es seguro que España, a la que se le han subido a la cabeza sus baratos éxitos en Marruecos y Santo Domingo4, sueña con una restauración en México. Pero es cierto que el proyecto de Francia no estaba todavía maduro y que ambas, Francia y España, se resistían a una cruzada contra México bajo mando supremo inglés.

El 24 de septiembre el Moniteur privado de Palmerston, el Morning Post, dio los detalles de un tratado que Inglaterra, Francia y España habrían convenido para una intervención conjunta en México. Un día después, La Patrie5 negó la existencia de cualquier tratado de ese tipo. El 27 de septiembre el Times desmintió a La Patrie sin nombrarla. Según el artículo del Times, lord Russell había comunicado al Gobierno francés la decisión inglesa de intervenir, a lo que el señor Thouvenel6 había respondido que el emperador de los franceses había llegado a una decisión parecida. Ahora le tocaba a España. El Gobierno español declaró en un órgano semioficial que se proponía una intervención en México, pero de ningún modo una intervención al lado de Inglaterra. Llovían los desmentidos. El Times había anunciado categóricamente que «el presidente de la Unión americana había dado su pleno consentimiento a la expedición proyectada». Apenas llegó esta noticia al otro lado del océano Atlántico, todos los órganos del Gobierno americano la tacharon de mentira, pues el presidente Lincoln iba con México, no contra México. De todo esto resulta que el plan de la intervención en su forma actual nació en el gabinete de St. James.

No menos enigmáticas y contradictorias que las declaraciones sobre el origen del convenio fueron las declaraciones sobre sus fines. Uno de los órganos de Palmerston, el Morning Post, proclamó que México no era un Estado organizado con un gobierno establecido, sino una simple guarida de bandidos. Como tal había que tratarlo. La expedición tenía un solo fin: satisfacer a los acreedores del Estado mexicano en Inglaterra, Francia y España. Con este objeto, las fuerzas coaligadas ocuparían los principales puertos de México, cobrarían los derechos de importación y exportación de su costa y retendrían esta «garantía material» hasta que se hubieran satisfecho todas las deudas reclamadas.

El otro órgano de Palmerston, el Times, declaró en cambio que una larga experiencia había hecho a Inglaterra «de acero frente a los saqueos del México en bancarrota». No se trataba de los intereses privados de los acreedores, sino que «esperan que la mera presencia de una escuadra combinada en el golfo de México y la ocupación de algunos puertos bastarán para incitar al Gobierno mexicano a nuevos esfuerzos por mantener la paz interior y para obligar a los descontentos a una oposición más constitucional que la del bandidaje».

Según esto, la expedición se haría, pues, en apoyo del Gobierno oficial de México. Pero al mismo tiempo el Times insinúa que «la capital, México, es lo bastante sana, si fuera necesario avanzar tan lejos».

El medio más original para afianzar un gobierno consiste sin duda en secuestrar por la fuerza sus ingresos y sus territorios. Por otro lado, la mera ocupación de los puertos y el cobro de los derechos de aduana en ellos no harían más que inducir al Gobierno mexicano a establecer una línea de aduanas situada más hacia el interior. Los derechos de importación sobre las mercancías extranjeras y los de exportación sobre las americanas se duplicarían así, y la intervención satisfaría de hecho las reclamaciones de los acreedores europeos esquilmando el comercio euro-mexicano. El Gobierno mexicano solo puede llegar a ser solvente consolidándose en el interior, y solo puede consolidarse en el interior mientras se respete su independencia hacia fuera.

Si los supuestos fines de la expedición se contradicen así, todavía se contradicen más los supuestos medios para esos supuestos fines. Los propios órganos del Gobierno inglés admiten que, si una u otra cosa fuera alcanzable con una intervención unilateral de Francia, de Inglaterra o de España, todo se vuelve inalcanzable con la intervención conjunta de esos Estados.

Recuérdese que el partido liberal de México, bajo Juárez7, presidente oficial de la República, tiene ahora la supremacía en casi todos los puntos; que el partido católico, bajo el general Márquez8, ha sufrido derrota tras derrota, y que la chusma de bandidos organizada por él ha sido rechazada a las sierras de Querétaro y depende de la alianza con el cacique indio de aquellos parajes, Mejía9. La última esperanza del partido católico era la intervención española.

«El único punto», dice el Times, «en el que puede haber posiblemente desacuerdo entre nosotros y nuestros aliados se refiere al gobierno de la República. Inglaterra desea dejarlo en manos del partido liberal, mientras que de Francia y España se sospecha que tienen debilidad por el régimen eclesiástico recientemente derrocado. Sería extraño que Francia se erigiera a la vez, en el nuevo y en el viejo mundo, en protectora de curas y bandidos. Así como en Italia los partidarios de Francisco II se equipan en Roma para su obra de hacer ingobernable Nápoles10, así en México los caminos reales, y hasta las calles de la capital, están infestados de bandidos a los que el partido de la Iglesia declara abiertamente sus amigos.»

¡Y precisamente por eso Inglaterra afianza el gobierno liberal emprendiendo con Francia y España una cruzada contra él, y trata de ahogar la anarquía aportando de Europa nuevas tropas aliadas al partido eclesiástico, que está en las últimas!

Las costas de México, pestilentes como son salvo durante los breves meses de invierno, solo pueden conservarse conquistando el propio país. Pero un tercer órgano del Gobierno inglés, The Economist, declara imposible la conquista de México.

«Si se le quiere imponer», dice este periódico, «un príncipe británico con un ejército inglés, se provoca la furia más salvaje de los Estados Unidos. Los celos de Francia harían imposible semejante conquista, y la propuesta sería rechazada casi por unanimidad por un Parlamento inglés tan pronto como se le presentara. Inglaterra, por su parte, no puede confiar a Francia el gobierno de México. De España ni hablar.»

Toda la expedición es, pues, una mistificación, cuya clave da La Patrie con estas palabras:

«El convenio reconoce la necesidad de establecer en México un gobierno fuerte que pueda mantener allí la tranquilidad y el orden.»

Se trata simplemente de aplicar a los Estados de América, por medio de una nueva Santa Alianza, el principio por el que la Santa Alianza se creía llamada a intervenir en los asuntos de gobierno interiores de los países de Europa. El primer plan de este tipo lo trazó Chateaubriand11 para los Borbones de España y de Francia en la época de la Restauración. Fracasó ante Canning12 y ante Monroe, presidente de los Estados Unidos, que declaró proscrita toda injerencia europea en los asuntos interiores de los Estados americanos. Desde entonces la Unión americana ha sostenido siempre la doctrina Monroe13 como ley internacional. Pero la actual guerra civil creó la situación adecuada para asegurar a las monarquías europeas un precedente de intervención sobre el que se pueda seguir construyendo más adelante. Este es el verdadero fin de la intervención anglo-franco-española. Su resultado inmediato solo puede ser, y solo debe ser, la restauración de la anarquía que está precisamente extinguiéndose en México.

Prescindiendo de cualquier punto de vista general del derecho de gentes, el acontecimiento tiene para Europa la gran importancia de que Inglaterra ha comprado con concesiones en el terreno de la política continental el séquito de Luis Bonaparte en la expedición mexicana.

  1. El valle de Dappes, en el Jura, disputado desde 1815 entre Francia y el cantón suizo de Vaud; a finales de octubre de 1861 entraron en él tropas francesas. El litigio se resolvió por un tratado en 1862. ↩

  2. La lucha por la abolición de las leyes de cereales, entre la Liga contra las leyes de cereales de Cobden y Bright y los terratenientes, que terminó en 1846. ↩

  3. Le Moniteur universel, diario oficial del Gobierno francés. ↩

  4. La guerra de África contra Marruecos (1859-1860) y la reincorporación de Santo Domingo a la corona española (1861). ↩

  5. Diario bonapartista de París. ↩

  6. Édouard Thouvenel (1818-1866), ministro de Asuntos Exteriores de Francia de 1860 a 1862. ↩

  7. Benito Juárez (1806-1872), presidente de México desde 1858. En enero de 1861 entró en la capital tras vencer a los conservadores en la guerra de Reforma; en julio de 1861 su gobierno suspendió por dos años el pago de la deuda exterior, lo que sirvió de pretexto a la intervención. ↩

  8. Leonardo Márquez (1820-1913), general conservador que siguió combatiendo al gobierno liberal después de la guerra de Reforma. ↩

  9. Tomás Mejía (1820-1867), general conservador de origen otomí, que dominaba la Sierra Gorda de Querétaro. ↩

  10. Francisco II, último rey de las Dos Sicilias, destronado en 1860-1861, residía en Roma bajo la protección del papa, y desde allí se apoyaba el bandolerismo legitimista en el antiguo reino de Nápoles. ↩

  11. François-René de Chateaubriand (1768-1848), escritor y ministro francés de Asuntos Exteriores (1822-1824), promotor de la intervención francesa en España de 1823 y de proyectos de restaurar monarquías borbónicas en la América española. ↩

  12. George Canning (1770-1827), ministro británico de Asuntos Exteriores, que reconoció la independencia de las repúblicas hispanoamericanas. ↩

  13. Formulada por el presidente James Monroe (1758-1831) en su mensaje al Congreso de diciembre de 1823. ↩