Escrito por Karl Marx en Londres el 20 de octubre de 1861 y publicado en el diario vienés Die Presse, núm. 293, del 25 de octubre de 1861. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 329-338), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Se corrigen algunas erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, 20 de octubre de 1861

Desde hace meses la prensa londinense que marca la pauta, semanarios y diarios, repite la misma letanía sobre la guerra civil americana. Mientras insulta a los estados libres del Norte, se defiende con ansiedad de la sospecha de simpatizar con los estados esclavistas del Sur. Escribe, de hecho, continuamente dos artículos: uno en el que ataca al Norte y otro en el que se disculpa por sus ataques al Norte. Qui s'excuse s'accuse1.

Las razones exculpatorias vienen a ser, en lo esencial, estas: la guerra entre el Norte y el Sur es una guerra de aranceles. La guerra, además, no tiene principios, no toca la cuestión de la esclavitud y gira en realidad en torno a apetencias nordistas de soberanía. Y por último, aun cuando el derecho esté de parte del Norte, ¿no es un intento vano querer sojuzgar por la fuerza a 8 millones de anglosajones? ¿No libraría una separación del Sur al Norte de toda relación con la esclavitud de los negros y no le aseguraría, con sus 20 millones de habitantes y su inmenso territorio, un desarrollo superior, apenas soñado hasta ahora? ¿No debería por tanto el Norte saludar la secesión como un acontecimiento feliz, en lugar de querer aplastarla con una guerra civil sangrienta e inútil?

Vamos a examinar punto por punto el alegato de la prensa inglesa. La guerra entre el Norte y el Sur, dice la primera excusa, es una mera guerra de aranceles, una guerra entre el sistema proteccionista y el sistema librecambista, e Inglaterra está, naturalmente, del lado del librecambio. ¿Debe el esclavista disfrutar íntegramente de los frutos del trabajo esclavo o debe dejarse estafar una parte por los proteccionistas del Norte? Esa es la cuestión de que se trata en esta guerra. Al Times le estaba reservado este brillante descubrimiento. The Economist, The Examiner, la Saturday Review y tutti quanti desarrollaron el tema. Es característico de este descubrimiento que no se hiciera en Charleston, sino en Londres. En América, naturalmente, todo el mundo sabía que de 1846 a 1861 había regido un arancel librecambista y que el representante Morrill no hizo aprobar en el Congreso su arancel proteccionista hasta después de estallar la rebelión2. La secesión, por tanto, no se produjo porque el arancel Morrill se hubiera aprobado en el Congreso; a lo sumo, el arancel Morrill se aprobó en el Congreso porque se había producido la secesión. Cuando Carolina del Sur tuvo en 1832 su primer ataque de secesión, le sirvió de pretexto, desde luego, el arancel proteccionista de 1828, pero solo de pretexto, como se sabe por una declaración del general Jackson3. Esta vez, sin embargo, el viejo pretexto no se ha repetido en realidad. En el congreso secesionista de Montgomery4 se evitó tocar en absoluto la cuestión arancelaria, porque el cultivo del azúcar de Luisiana, uno de los estados del Sur más influyentes, descansa por completo en la protección arancelaria.

Pero, sigue alegando la prensa londinense, la guerra de los Estados Unidos no es más que una guerra para mantener la Unión por la fuerza. Los yanquis no pueden resignarse a borrar quince estrellas de su bandera5. Quieren hacer una figura colosal en la escena mundial. ¡Sí, otra cosa sería si la guerra se hiciera para abolir la esclavitud! Pero la cuestión de la esclavitud, como declara categóricamente, entre otros, la Saturday Review, no tiene absolutamente nada que ver con esta guerra.

Ante todo hay que recordar que la guerra no partió del Norte, sino del Sur. El Norte está a la defensiva. Durante meses había contemplado tranquilamente cómo los secesionistas se apropiaban de fuertes, arsenales, astilleros, aduanas, cajas públicas, barcos y depósitos de armas de la Unión, insultaban su bandera y hacían prisioneros a destacamentos de sus tropas. Los secesionistas decidieron por fin obligar al Gobierno de la Unión, con un acto de guerra ruidoso, a salir de su actitud pasiva, y solo por esta razón procedieron al bombardeo de Fort Sumter, junto a Charleston. El 11 de abril (de 1861) su general Beauregard se había enterado, en una entrevista con el mayor Anderson6, comandante de Fort Sumter, de que el fuerte solo tenía víveres para tres días más y de que, por tanto, pasado ese plazo tendría que entregarse pacíficamente. Para adelantarse a esa entrega pacífica, los secesionistas abrieron el bombardeo a primera hora de la mañana siguiente (12 de abril), y en pocas horas la plaza cayó. Apenas se había telegrafiado la noticia a Montgomery, sede del congreso secesionista, cuando el ministro de la Guerra, Walker, declaró públicamente en nombre de la nueva Confederación: «Nadie puede decir dónde terminará la guerra que hoy ha empezado.» Al mismo tiempo profetizó «que la bandera de la Confederación del Sur ondeará antes del primero de mayo en la cúpula del viejo Capitolio de Washington y quizá dentro de poco también en el Faneuil Hall de Boston»7. Solo entonces vino la proclama en que Lincoln llamó a 75.000 hombres para proteger la Unión. El bombardeo de Fort Sumter cortó la única salida constitucional posible, a saber, apelar a una convención general del pueblo americano, como Lincoln había propuesto en su discurso de investidura. A Lincoln solo le quedaba elegir entre huir de Washington, evacuar Maryland y Delaware y abandonar Kentucky, Misuri y Virginia, o responder a la guerra con la guerra.

A la pregunta por el principio de la guerra civil americana responde la consigna de combate con que el Sur rompió la paz. Stephens, vicepresidente de la Confederación del Sur, declaró en el congreso secesionista que lo que distinguía esencialmente la Constitución recién urdida en Montgomery de la Constitución de los Washington y los Jefferson era que ahora, por primera vez, se reconocía la esclavitud como una institución buena en sí misma y como el fundamento de todo el edificio del Estado, mientras que los padres de la revolución, hombres presos de los prejuicios del siglo XVIII, habían tratado la esclavitud como un mal importado de Inglaterra que había que eliminar con el tiempo8. Otro matador del Sur, el señor Spratt9, exclamó: «Se trata para nosotros de fundar una gran república esclavista (a great slave republic).» Así pues, si el Norte desenvainó la espada aunque fuera solo en defensa de la Unión, ¿no había declarado ya el Sur que la continuidad de la esclavitud no era ya compatible con la continuidad de la Unión?

Así como el bombardeo de Fort Sumter dio la señal para abrir la guerra, la victoria electoral del Partido Republicano del Norte, la elección de Lincoln como presidente, había dado la señal de la secesión. El 6 de noviembre de 1860 fue elegido Lincoln. El 8 de noviembre de 1860 se telegrafió desde Carolina del Sur: «La secesión se considera aquí cosa hecha»; el 10 de noviembre la legislatura de Georgia se ocupó de planes de secesión, y el 13 de noviembre se convocó una sesión especial de la legislatura de Misisipi para estudiar la secesión. Pero la elección de Lincoln no fue a su vez más que el resultado de una escisión en el campo demócrata. Durante la campaña electoral los demócratas del Norte concentraron sus votos en Douglas10 y los demócratas del Sur en Breckinridge11, y a esta dispersión de los votos demócratas debió el Partido Republicano la victoria. ¿De dónde venía, por un lado, la preponderancia del Partido Republicano en el Norte? ¿De dónde, por otro, la discordia dentro del Partido Demócrata, cuyos miembros del Norte y del Sur habían actuado en común desde hacía más de medio siglo?

Bajo la presidencia de Buchanan12, el dominio que el Sur había ido usurpando sobre la Unión gracias a su alianza con los demócratas del Norte alcanzó su punto culminante. El último Congreso continental de 1787 y el primer Congreso constitucional de 1789-1790 habían excluido por ley la esclavitud de todos los territorios de la República situados al noroeste del Ohio13. (Como es sabido, se llaman territorios las colonias situadas dentro de los propios Estados Unidos que todavía no han alcanzado la cifra de población que la Constitución exige para formar estados independientes.) El llamado Compromiso de Misuri (1820), por el que Misuri entró como estado esclavista en las filas de los Estados Unidos, excluyó la esclavitud de todo el territorio restante al norte de los 36° 30' de latitud y al oeste del Misuri. Con este compromiso se adelantó varios grados de longitud el dominio de la esclavitud, mientras que, por otro lado, parecía trazarse a su propaganda futura una línea fronteriza geográfica bien determinada. Esta barrera geográfica fue derribada a su vez en 1854 por la llamada ley de Kansas-Nebraska, cuyo autor fue St. A. Douglas, entonces jefe de los demócratas del Norte. La ley, que se aprobó en ambas cámaras del Congreso, abolió el Compromiso de Misuri, puso la esclavitud y la libertad en pie de igualdad, ordenó al Gobierno de la Unión tratarlas a ambas con la misma indiferencia y dejó a la soberanía popular, es decir, a la mayoría de los colonos, la decisión de si debía o no introducirse la esclavitud en un territorio. Así, por primera vez en la historia de los Estados Unidos, quedaba eliminado todo límite geográfico y legal a la expansión de la esclavitud en los territorios. Con esta nueva legislación, el territorio hasta entonces libre de Nuevo México, un territorio cinco veces mayor que el estado de Nueva York, se convirtió en territorio esclavista, y el área de la esclavitud se prolongó desde la frontera de la República mexicana hasta los 38° de latitud norte. En 1859 Nuevo México recibió un código de esclavos que rivaliza en barbarie con los códigos de Texas y Alabama. Sin embargo, como demuestra el censo de 1860, Nuevo México, con unos 100.000 habitantes, no cuenta todavía ni medio centenar de esclavos. Al Sur le había bastado, pues, con enviar al otro lado de la frontera a unos cuantos aventureros con unos pocos esclavos y luego, con ayuda del Gobierno central de Washington y de sus funcionarios y proveedores en Nuevo México, reunir a toque de tambor una representación popular de pacotilla que impuso al territorio la esclavitud y con ella el dominio de los esclavistas.

Este cómodo método, sin embargo, resultó inaplicable en otros territorios. El Sur dio entonces un paso más y apeló del Congreso al Tribunal Supremo de los Estados Unidos. Este tribunal, que cuenta nueve jueces, cinco de ellos del Sur, era desde hacía tiempo el instrumento más dócil de los esclavistas. En 1857, en el famoso caso Dred Scott14, decidió que todo ciudadano americano tenía derecho a llevar consigo a cualquier territorio cualquier propiedad reconocida por la Constitución. La Constitución reconocía a los esclavos como propiedad y obligaba al Gobierno de la Unión a proteger esa propiedad. Por consiguiente, en los territorios los esclavos podían ser obligados a trabajar por sus propietarios sobre la base de la Constitución, y cada esclavista tenía así derecho a introducir la esclavitud en territorios hasta entonces libres contra la voluntad de la mayoría de los colonos. A las legislaturas territoriales se les negó el derecho a excluir la esclavitud, y al Congreso y al Gobierno de la Unión se les impuso el deber de proteger a los pioneros del sistema esclavista.

Si el Compromiso de Misuri de 1820 había ensanchado la línea fronteriza geográfica de la esclavitud en los territorios, y la ley de Kansas-Nebraska de 1854 había borrado toda línea fronteriza geográfica y puesto en su lugar una barrera política, la voluntad de la mayoría de los colonos, el Tribunal Supremo de los Estados Unidos, con su sentencia de 1857, derribó también esa barrera política y convirtió todos los territorios de la República, presentes y futuros, de viveros de estados libres en viveros de la esclavitud.

Al mismo tiempo, bajo el Gobierno de Buchanan, la ley endurecida de 1850 sobre la entrega de esclavos fugitivos15 se aplicó sin miramientos en los estados del Norte. Hacer de cazadores de esclavos para los esclavistas del Sur parecía la vocación constitucional del Norte. Por otro lado, para frenar en lo posible la colonización de los territorios por colonos libres, el partido esclavista hizo fracasar todas las llamadas medidas de free soil, es decir, las medidas que debían asegurar gratuitamente a los colonos una determinada extensión de tierras públicas sin cultivar.

En la política exterior de los Estados Unidos, como en la interior, el interés de los esclavistas servía de estrella polar. Buchanan, de hecho, se había ganado la dignidad presidencial con el manifiesto de Ostende16, en el que se proclamaba como gran tarea de la política nacional la adquisición de Cuba, ya fuera por compra, ya por la fuerza de las armas. Bajo su Gobierno, el norte de México estaba ya repartido entre especuladores de tierras americanos que esperaban impacientes la señal para lanzarse sobre Chihuahua, Coahuila y Sonora. Las incesantes expediciones piratas de los filibusteros contra los estados de Centroamérica17 se dirigían igualmente desde la Casa Blanca de Washington. En la más estrecha relación con esta política exterior, cuyo fin manifiesto era la conquista de nuevos territorios para la expansión de la esclavitud y del dominio de los esclavistas, estaba la reapertura de la trata de esclavos, apoyada en secreto por el Gobierno de la Unión. El propio St. A. Douglas declaró en el Senado americano, el 20 de agosto de 1859, que durante el último año se habían introducido desde África más negros que nunca antes en un solo año, incluso en la época en que la trata era todavía legal. El número de esclavos importados el último año se había elevado a 15.000.

La propaganda armada de la esclavitud hacia el exterior era el objetivo confesado de la política nacional, y la Unión se había convertido de hecho en esclava de los 300.000 esclavistas que dominan el Sur. A este resultado había conducido una serie de compromisos que el Sur debía a su alianza con los demócratas del Norte. En esa misma alianza habían fracasado hasta entonces todos los intentos, repetidos periódicamente desde 1817, de resistir a las usurpaciones siempre crecientes de los esclavistas. Por fin llegó un punto de inflexión.

En efecto, apenas se había aprobado la ley de Kansas-Nebraska, que borraba la línea fronteriza geográfica de la esclavitud y sometía su introducción en nuevos territorios a la voluntad de la mayoría de los colonos, cuando emisarios armados de los esclavistas, chusma fronteriza de Misuri y Arkansas, con el cuchillo bowie en una mano y el revólver en la otra, se lanzaron sobre Kansas e intentaron expulsar a sus colonos, con las atrocidades más inauditas, del territorio que habían colonizado. Estas correrías de rapiña contaban con el apoyo del Gobierno central de Washington. De ahí una reacción tremenda. En todo el Norte, pero sobre todo en el Noroeste, se formó una organización de ayuda para apoyar a Kansas con hombres, armas y dinero. De esta organización de ayuda nació el Partido Republicano, que debe, por tanto, su origen a la lucha por Kansas. Fracasado el intento de convertir Kansas en territorio esclavista por la fuerza de las armas, el Sur trató de alcanzar el mismo resultado por la vía de las intrigas políticas. El Gobierno de Buchanan, en particular, empleó todas sus fuerzas para meter a Kansas a la fuerza, con una constitución esclavista impuesta, en las filas de los Estados Unidos como estado esclavista. De ahí una nueva lucha, librada esta vez principalmente en el Congreso de Washington. El mismo St. A. Douglas, jefe de los demócratas del Norte, salió entonces (1857-1858) a la palestra contra el Gobierno y contra sus aliados del Sur, porque la imposición de una constitución esclavista contradecía el principio de la soberanía de los colonos implantado en la ley de Nebraska de 1854. Douglas, senador por Illinois, un estado del Noroeste, habría perdido naturalmente toda su influencia si hubiera reconocido al Sur el derecho a robar, con las armas o con actas del Congreso, territorios colonizados por el Norte. Así como la lucha por Kansas dio vida al Partido Republicano, provocó al mismo tiempo la primera escisión dentro del propio Partido Demócrata.

El Partido Republicano presentó su primer programa en la elección presidencial de 1856. Aunque su candidato, John Frémont, no ganó, el enorme número de votos que obtuvo demostró en todo caso el rápido crecimiento del partido, sobre todo en el Noroeste. En su segunda convención nacional para la elección presidencial (17 de mayo de 1860), los republicanos repitieron su programa de 1856, solo enriquecido con algunos añadidos. Su contenido principal era este: no se concederá a la esclavitud ni un palmo más de territorio nuevo. La política filibustera en el exterior debe cesar. Se condena la reapertura de la trata de esclavos. Por último, deben dictarse leyes de free soil para fomentar la colonización libre.

El punto decisivo de este programa era que no se concedería a la esclavitud ni un palmo de terreno nuevo, sino que quedaría confinada para siempre dentro de los límites de los estados en que ya existía legalmente. La esclavitud iba a quedar así formalmente internada; pero la expansión continua del territorio y la propagación continua de la esclavitud más allá de sus viejos límites es una ley vital para los estados esclavistas de la Unión.

El cultivo de los artículos de exportación del Sur, algodón, tabaco, azúcar, etc., con trabajo esclavo solo es rentable mientras se lleva a cabo con grandes cuadrillas de esclavos, en escala masiva y sobre vastas extensiones de un suelo naturalmente fértil que solo exija trabajo simple. El cultivo intensivo, que depende menos de la fertilidad del suelo que de las inversiones de capital, de la inteligencia y de la energía del trabajo, contradice la naturaleza de la esclavitud. De ahí la rápida transformación de estados como Maryland y Virginia, que antes empleaban esclavos para producir artículos de exportación, en estados que crían esclavos para exportarlos a su vez a los territorios más meridionales. Incluso en Carolina del Sur, donde los esclavos forman cuatro séptimos de la población, el cultivo del algodón está desde hace años casi completamente estancado a causa del agotamiento del suelo. Más aún, Carolina del Sur se ha convertido ya en parte, por la fuerza de las circunstancias, en un estado criador de esclavos, pues vende cada año esclavos por valor de cuatro millones de dólares a los estados del extremo sur y del suroeste. En cuanto se llega a este punto, se hace necesaria la adquisición de nuevos territorios, para que una parte de los esclavistas ocupe con sus esclavos nuevas tierras fértiles y para que a la parte que se queda se le cree un nuevo mercado para la cría de esclavos, es decir, para la venta de esclavos. Así, por ejemplo, no cabe duda de que sin la incorporación de Luisiana, Misuri y Arkansas a los Estados Unidos18 la esclavitud se habría extinguido hace tiempo en Virginia y Maryland. Uno de los portavoces del Sur, el senador Toombs19, formuló de manera contundente, en el congreso secesionista de Montgomery, la ley económica que impone la ampliación constante del territorio de la esclavitud:

«Si no se produce un gran aumento del territorio esclavista», dijo, «dentro de quince años habrá que permitir que los esclavos huyan de los blancos, o los blancos tendrán que huir de los esclavos.»

La representación de cada estado en la Cámara de Representantes del Congreso depende, como es sabido, del número de habitantes de su población respectiva. Como la población de los estados libres crece incomparablemente más deprisa que la de los estados esclavistas, el número de representantes del Norte tenía que superar muy pronto al de los del Sur. La verdadera sede del poder político del Sur se traslada, por tanto, cada vez más al Senado americano, donde cada estado, tenga una población grande o pequeña, está representado por dos senadores. Para afirmar su influencia en el Senado, y a través del Senado su hegemonía sobre los Estados Unidos, el Sur necesitaba, pues, una formación continua de nuevos estados esclavistas. Pero esto solo era posible mediante la conquista de países extranjeros, como en el caso de Texas, o mediante la transformación de los territorios pertenecientes a los Estados Unidos, primero en territorios esclavistas y después en estados esclavistas, como en el caso de Misuri, Arkansas, etc. John Calhoun20, al que los esclavistas admiran como su estadista por excelencia, declaró ya el 19 de febrero de 1847 en el Senado que solo el Senado ponía en manos del Sur un equilibrio de poder, que la extensión del territorio esclavista era necesaria para mantener ese equilibrio entre el Sur y el Norte en el Senado, y que los intentos del Sur de crear por la fuerza nuevos estados esclavistas estaban, por tanto, justificados.

Por último, el número de los verdaderos esclavistas en el Sur de la Unión no pasa de 300.000, una estrecha oligarquía frente a la que están muchos millones de los llamados «blancos pobres» (poor whites), cuya masa crecía constantemente por la concentración de la propiedad de la tierra y cuya situación solo puede compararse con la de los plebeyos romanos en los tiempos de la extrema decadencia de Roma. Solo mediante la adquisición, y la perspectiva de adquisición, de nuevos territorios, así como mediante las expediciones filibusteras, se consigue conciliar el interés de esos «blancos pobres» con el de los esclavistas, dar a su inquieto afán de acción una dirección inofensiva y amansarlos con la perspectiva de llegar a ser algún día ellos mismos esclavistas.

Confinar la esclavitud dentro de su viejo terreno tenía, por tanto, que conducir, por ley económica, a su extinción gradual; destruir en lo político la hegemonía que los estados esclavistas ejercían a través del Senado; y, por último, exponer a la oligarquía esclavista, dentro de sus propios estados, a peligros amenazadores por parte de los «blancos pobres». Con el principio de que toda nueva extensión de los territorios esclavistas debía prohibirse por ley, los republicanos atacaban, pues, de raíz el dominio de los esclavistas. La victoria electoral republicana tenía que empujar, por tanto, a la lucha abierta entre el Norte y el Sur. Pero esta victoria electoral estaba a su vez condicionada, como ya se ha dicho, por la escisión en el campo demócrata.

La lucha de Kansas había provocado ya una escisión entre el partido esclavista y sus aliados, los demócratas del Norte. La misma disputa estalló de nuevo ahora, en la elección presidencial de 1860, en una forma más general. Los demócratas del Norte, con Douglas como candidato, hacían depender la introducción de la esclavitud en los territorios de la voluntad de la mayoría de los colonos. El partido esclavista, con Breckinridge como candidato, sostenía que la Constitución de los Estados Unidos, como había declarado también el Tribunal Supremo, traía legalmente consigo la esclavitud; que la esclavitud era ya, en sí y por sí, legal en todos los territorios y no necesitaba ninguna naturalización especial. Mientras los republicanos prohibían, pues, todo aumento de los territorios esclavistas, el partido del Sur reclamaba todos los territorios de la República como dominios garantizados por la ley. Lo que habían intentado, por ejemplo, con Kansas, imponer la esclavitud a un territorio por medio del Gobierno central y contra la voluntad de los propios colonos, lo erigían ahora en ley para todos los territorios de la Unión. Semejante concesión estaba fuera del alcance de los jefes demócratas y solo habría provocado la deserción de su ejército al campo republicano. Por otra parte, la «soberanía de los colonos» de Douglas no podía satisfacer al partido esclavista. Lo que quería imponer tenía que imponerse en los cuatro años siguientes, bajo el nuevo presidente; solo podía imponerse con los medios del Gobierno central y no admitía más demora. A los esclavistas no se les escapaba que se había formado un nuevo poder, el Noroeste, cuya población, casi duplicada de 1850 a 1860, igualaba ya aproximadamente a la población blanca de los estados esclavistas; un poder que ni por tradición, ni por temperamento, ni por modo de vida estaba inclinado a dejarse arrastrar de compromiso en compromiso a la manera de los viejos estados del Noreste. La Unión solo tenía valor para el Sur en la medida en que le entregaba el poder federal como medio para llevar a cabo la política esclavista. Si no, más valía romper ahora que asistir cuatro años más al desarrollo del Partido Republicano y al auge del Noroeste y empezar la lucha en condiciones más desfavorables. ¡El partido esclavista jugó, pues, el todo por el todo! Cuando los demócratas del Norte se negaron a seguir haciendo el papel de los «blancos pobres» del Sur, el Sur, dispersando los votos, dio la victoria a Lincoln y luego tomó esa victoria como pretexto para sacar la espada de la vaina.

Todo el movimiento descansaba y descansa, como se ve, en la cuestión de la esclavitud. No en el sentido de si había que emancipar directamente o no a los esclavos dentro de los estados esclavistas existentes, sino en el de si los 20 millones de hombres libres del Norte debían seguir sometiéndose a una oligarquía de 300.000 esclavistas; de si los inmensos territorios de la República debían convertirse en viveros de estados libres o de la esclavitud; y, por último, de si la política nacional de la Unión debía tomar como divisa la propaganda armada de la esclavitud por México, Centroamérica y Sudamérica.

En otro artículo examinaremos la afirmación de la prensa londinense de que el Norte debería aprobar la secesión como la solución más favorable y la única posible del conflicto21.

  1. «Quien se excusa se acusa.» ↩

  2. El arancel proteccionista que lleva el nombre del representante por Vermont Justin S. Morrill fue aprobado por el Senado en febrero de 1861, cuando ya se habían retirado los senadores de los estados secesionistas, y firmado por el presidente Buchanan el 2 de marzo de 1861. Desde el arancel Walker de 1846 regían derechos moderados. ↩

  3. En noviembre de 1832 Carolina del Sur declaró nulos en su territorio los aranceles federales de 1828 y 1832 («crisis de la anulación»). El presidente Andrew Jackson (1767-1845) escribió en 1833 que el arancel no había sido más que un pretexto y que el próximo pretexto sería la cuestión de los negros o de la esclavitud. ↩

  4. Los delegados de los estados secesionistas, reunidos en Montgomery (Alabama) en febrero de 1861, fundaron los Estados Confederados de América, adoptaron una constitución y eligieron presidente a Jefferson Davis. ↩

  5. Los quince estados esclavistas de la Unión. ↩

  6. Pierre Gustave Toutant de Beauregard (1818-1893), general confederado; Robert Anderson (1805-1871), comandante de la guarnición federal de Fort Sumter. ↩

  7. Leroy Pope Walker (1817-1884), primer secretario de Guerra de la Confederación. El Faneuil Hall, lugar de reunión de los patriotas de Boston en vísperas de la guerra de independencia, era un símbolo de la libertad americana. ↩

  8. Alexander H. Stephens (1812-1883) expuso estas ideas en el llamado «discurso de la piedra angular» (Savannah, 21 de marzo de 1861). ↩

  9. Leonidas W. Spratt, publicista de Carolina del Sur, partidario de reabrir la trata de esclavos africanos. ↩

  10. Stephen A. Douglas (1813-1861), senador por Illinois, jefe de los demócratas del Norte y candidato presidencial en 1860. ↩

  11. John C. Breckinridge (1821-1875), vicepresidente con Buchanan y candidato de los demócratas del Sur en 1860; en otoño de 1861 se pasó a la Confederación. ↩

  12. James Buchanan (1791-1868), presidente demócrata de los Estados Unidos de 1857 a 1861. ↩

  13. La Ordenanza del Noroeste, aprobada por el Congreso de la Confederación en 1787 y confirmada por el primer Congreso federal en 1789. ↩

  14. Dred Scott, esclavo que había vivido con su amo en territorio libre, reclamó ante los tribunales su libertad. El Tribunal Supremo, presidido por Roger B. Taney, sentenció en 1857 que los negros no eran ciudadanos y que el Congreso no tenía poder para prohibir la esclavitud en los territorios. ↩

  15. La ley de esclavos fugitivos de 1850, parte del llamado Compromiso de 1850, obligaba a las autoridades y a los ciudadanos de los estados libres a colaborar en la captura y devolución de los esclavos huidos. ↩

  16. Documento redactado en octubre de 1854 en Ostende por los representantes diplomáticos de los Estados Unidos en Madrid, París y Londres (Soulé, Mason y Buchanan): si España se negaba a vender Cuba, los Estados Unidos estarían justificados para arrebatársela. ↩

  17. Sobre todo las de William Walker, que se hizo presidente de Nicaragua (1856-1857) y fue fusilado en Honduras en 1860. ↩

  18. Por la compra de la Luisiana a Francia en 1803. ↩

  19. Robert Toombs (1810-1885), senador por Georgia y primer secretario de Estado de la Confederación. ↩

  20. John C. Calhoun (1782-1850), senador por Carolina del Sur, teórico de los derechos de los estados y de la esclavitud como «bien positivo». ↩

  21. Marx retoma el tema en «La guerra civil en los Estados Unidos», publicado en Die Presse el 7 de noviembre de 1861. ↩