Escrito por Karl Marx a finales de octubre de 1861 y publicado en el diario vienés Die Presse, núm. 306, del 7 de noviembre de 1861. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 339-347), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. La MEW indica que el texto está traducido del inglés, pero da como fuente el publicado en Die Presse; damos ese texto alemán como original, como los demás artículos de Marx para este diario. Se corrigen algunas erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
«¡Déjalo correr, no es digno de tu cólera!» Este consejo de Leporello a la amante abandonada de don Juan1 es el que la sabiduría política inglesa grita una y otra vez al Norte de los Estados Unidos, todavía hace poco por boca de lord John Russell2. Si el Norte deja correr al Sur, se libra de toda complicidad con la esclavitud, de su pecado original histórico, y crea la base de un desarrollo nuevo y superior.
En efecto, si el Norte y el Sur formaran dos países independientes, como por ejemplo Inglaterra y Hannover, su separación no sería más difícil de lo que fue la separación de Inglaterra y Hannover3. Pero «el Sur» no es ni un territorio separado geográficamente del Norte de forma clara ni una unidad moral. No es en absoluto un país, sino un grito de guerra.
El consejo de un divorcio amistoso presupone que la Confederación del Sur, aunque tomó la ofensiva en la guerra civil, la hace al menos con fines defensivos. Se cree que para el partido esclavista solo se trata de reunir los territorios de su dominio hasta ahora en un grupo de estados independiente y sustraerlos a la soberanía de la Unión. Nada más falso. «El Sur necesita todo su territorio. Lo quiere y tiene que tenerlo.» Con este grito de guerra invadieron los secesionistas Kentucky. Por «todo su territorio» entienden ante todo todos los llamados estados fronterizos (border states): Delaware, Maryland, Virginia, Carolina del Norte, Kentucky, Tennessee, Misuri y Arkansas. Reclaman además todo el territorio situado al sur de la línea que va desde el ángulo noroeste de Misuri hasta el océano Pacífico. Lo que los esclavistas llaman «el Sur» abarca, pues, más de tres cuartas partes del territorio que ha tenido hasta ahora la Unión. Una gran parte del territorio así reclamado está todavía en posesión de la Unión y habría que arrebatárselo primero. Pero ninguno de los llamados estados fronterizos, ni siquiera los que están en posesión de la Confederación, fue nunca un verdadero estado esclavista. Forman más bien la zona de los Estados Unidos en la que el sistema de la esclavitud y el sistema del trabajo libre coexisten y luchan por el dominio, el verdadero campo de batalla entre el Sur y el Norte, entre la esclavitud y la libertad. La guerra de la Confederación del Sur no es, pues, una guerra defensiva, sino una guerra de conquista, una guerra de conquista para extender y perpetuar la esclavitud.
La cadena montañosa que empieza en Alabama y llega por el norte hasta el río Hudson, una especie de columna vertebral de los Estados Unidos, corta en tres pedazos el llamado Sur. La región montañosa formada por los montes Alleghany con sus dos cadenas paralelas, la Cumberland Range al oeste y las Blue Mountains al este, separa como una cuña las llanuras de la costa occidental del océano Atlántico de las llanuras de los valles meridionales del Misisipi. Las dos llanuras separadas por la región montañosa, con sus inmensos arrozales pantanosos y sus extensísimas plantaciones de algodón, son el área propiamente dicha de la esclavitud. La larga cuña de tierras altas que penetra hasta el corazón de la esclavitud, con su atmósfera correspondientemente libre, su clima saludable y un suelo rico en carbón, sal, piedra caliza, mineral de hierro, oro, en suma, en todas las materias primas necesarias para el desarrollo industrial más variado, es ya hoy en su mayor parte tierra libre. Por su constitución física, el suelo solo puede cultivarse aquí con éxito por pequeños campesinos parcelarios libres. El sistema esclavista vegeta aquí de forma esporádica y nunca echó raíces. En la mayor parte de los llamados estados fronterizos, los habitantes de estas tierras altas forman el núcleo de la población libre, que toma partido por el Norte aunque solo sea en interés de su propia conservación.
Examinemos en detalle el territorio en disputa.
Delaware, el más nororiental de los estados fronterizos, está de hecho y moralmente en posesión de la Unión. Todos los intentos de los secesionistas de formar siquiera una fracción de partido favorable a ellos han fracasado, desde el comienzo de la guerra, ante la unanimidad de la población. El elemento esclavista de este estado se venía extinguiendo desde hacía tiempo. Solo de 1850 a 1860 el número de esclavos se redujo a la mitad, de modo que Delaware, sobre una población total de 112.218 habitantes, cuenta hoy solo 1.798 esclavos. Sin embargo, la Confederación del Sur reclama Delaware, y este sería de hecho militarmente insostenible para el Norte en cuanto el Sur se hubiera apoderado de Maryland.
En la propia Maryland se produce el conflicto entre tierras altas y llanura que acabamos de mencionar. Sobre una población total de 687.034 habitantes hay aquí 87.188 esclavos. Que la inmensa mayoría del pueblo está con la Unión lo han demostrado de nuevo de forma contundente las recientes elecciones generales al Congreso de Washington. El ejército de 30.000 soldados de la Unión que ocupa ahora Maryland no solo ha de servir de reserva al ejército del Potomac, sino sobre todo para tener a raya a los propietarios de esclavos rebeldes del interior del país. Aquí se da, en efecto, un fenómeno parecido al de otros estados fronterizos, donde la gran masa del pueblo está con el Norte y un partido esclavista numéricamente insignificante con el Sur. Lo que le falta en número lo suple el partido esclavista con los medios de poder que le han asegurado la larga posesión de todos los cargos del Estado, la dedicación hereditaria a la intriga política y la concentración de grandes fortunas en pocas manos.
Virginia es ahora el gran campamento donde el ejército principal de la secesión y el ejército principal de la Unión se hacen frente. En las tierras altas del noroeste de Virginia la masa de esclavos asciende a 15.000, mientras que la población libre, veinte veces mayor, está formada en su mayoría por campesinos independientes. La llanura oriental de Virginia cuenta, en cambio, casi medio millón de esclavos; la cría de negros y su venta a los estados del Sur son su principal fuente de ingresos. En cuanto los cabecillas de la llanura, mediante intrigas en la legislatura del estado en Richmond, impusieron la ordenanza de secesión y abrieron a toda prisa las puertas de Virginia al ejército del Sur, el noroeste de Virginia se separó de la secesión, formó un nuevo estado4 y defiende ahora, bajo la bandera de la Unión y con las armas en la mano, su territorio contra los invasores del Sur.
Tennessee, con 1.109.847 habitantes, de ellos 275.784 esclavos, está en manos de la Confederación del Sur, que ha sometido todo el país a la ley marcial y a un sistema de proscripciones que recuerda los tiempos de los triunviratos romanos. Cuando, en el invierno de 1861, los esclavistas propusieron una convención popular general que votara sobre la secesión o la no secesión, la mayoría popular rechazó toda convención para cortar de raíz cualquier pretexto al movimiento secesionista. Más tarde, cuando Tennessee había sido ya arrollado militarmente por la Confederación del Sur y sometido a un sistema de terror, todavía se declaró por la Unión en las elecciones más de un tercio de los votantes. El verdadero centro de la resistencia contra el partido esclavista lo forma aquí, como en la mayoría de los estados fronterizos, la región montañosa, el Tennessee oriental. El 17 de junio de 1861 se reunió en Greeneville una convención popular general del Tennessee oriental, que se declaró por la Unión, envió al Senado de Washington al antiguo gobernador del estado, Andrew Johnson5, uno de los unionistas más ardientes, y publicó una declaration of grievances, una relación de agravios, que pone al descubierto todos los medios de fraude, intriga y terror con que Tennessee había sido «sacado por votación» de la Unión. Desde entonces los secesionistas tienen sujeto por la fuerza de las armas al Tennessee oriental.
Condiciones parecidas a las del oeste de Virginia y el este de Tennessee se dan en el norte de Alabama, el noroeste de Georgia y el norte de Carolina del Norte. Más al oeste, en el estado fronterizo de Misuri, con 1.173.317 habitantes y 114.965 esclavos, estos últimos concentrados sobre todo en la zona noroeste del estado, la convención popular de agosto de 1861 decidió en favor de la Unión. Jackson6, gobernador del estado e instrumento del partido esclavista, se sublevó contra la legislatura de Misuri, fue proscrito y se puso entonces a la cabeza de las hordas armadas que invadieron Misuri desde Texas, Arkansas y Tennessee para hacerlo hincar la rodilla ante la Confederación y cortar con la espada su vínculo con la Unión. Misuri es en este momento, después de Virginia, el principal teatro de la guerra civil.
Nuevo México, que no es un estado sino un mero territorio, al que bajo la presidencia de Buchanan se importaron 25 esclavos para mandarle después desde Washington una constitución esclavista, no deseaba al Sur, como el propio Sur admite. Pero el Sur desea Nuevo México y, en consecuencia, escupió desde Texas al otro lado de la frontera una banda armada de aventureros. Contra estos libertadores Nuevo México ha implorado la protección del Gobierno de la Unión.
Se habrá observado que insistimos especialmente en la proporción numérica entre esclavos y libres en cada uno de los estados fronterizos. Esta proporción es, en efecto, decisiva. Es el termómetro con el que hay que medir el fuego vital del sistema esclavista. El alma de todo el movimiento secesionista es Carolina del Sur. Cuenta 402.541 esclavos frente a 301.271 libres. En segundo lugar viene Misisipi, que ha dado a la Confederación del Sur su dictador, Jefferson Davis. Cuenta 436.696 esclavos frente a 354.699 libres. En tercer lugar viene Alabama, con 435.132 esclavos frente a 539.164 libres.
El último de los estados fronterizos en disputa que nos queda por mencionar es Kentucky. Su historia reciente es especialmente característica de la política de la Confederación del Sur. Kentucky cuenta 225.490 esclavos sobre 1.135.713 habitantes. En tres elecciones populares generales sucesivas, en el invierno de 1861, cuando se eligió un congreso de los estados fronterizos; en junio de 1861, cuando se celebraron las elecciones al Congreso de Washington, y por último en agosto de 1861, en las elecciones a la legislatura del estado de Kentucky, una mayoría cada vez mayor se pronunció por la Unión. En cambio, Magoffin7, el gobernador de Kentucky, y todos los dignatarios del estado son partidarios fanáticos del partido esclavista, lo mismo que Breckinridge, representante de Kentucky en el Senado de Washington, vicepresidente de los Estados Unidos bajo Buchanan y candidato del partido esclavista en la elección presidencial de 1860. Demasiado débil para ganar Kentucky para la secesión, la influencia del partido esclavista fue lo bastante fuerte para conseguir, al estallar la guerra, que se declarara neutral. La Confederación reconoció la neutralidad mientras le sirvió para sus fines, mientras estuvo ocupada en aplastar la resistencia del Tennessee oriental. Apenas alcanzado este fin, llamó a culatazos a las puertas de Kentucky al grito de: «El Sur necesita todo su territorio. ¡Lo quiere y tiene que tenerlo!»
Desde el suroeste y el sureste sus cuerpos de filibusteros irrumpieron a la vez en el estado «neutral». Kentucky despertó del sueño de la neutralidad; su legislatura tomó abiertamente partido por la Unión, rodeó al gobernador traidor de un comité de salvación pública, llamó al pueblo a las armas, proscribió a Breckinridge y ordenó a los secesionistas evacuar inmediatamente el territorio invadido. Esta fue la señal de la guerra. Un ejército de la Confederación del Sur avanza hacia Louisville, mientras voluntarios de Illinois, Indiana y Ohio acuden en tropel a salvar a Kentucky de los misioneros armados de la esclavitud.
Los intentos de la Confederación de incorporarse, por ejemplo, Misuri y Kentucky contra la voluntad de esos estados demuestran la vaciedad del pretexto de que lucha por los derechos de los estados contra las usurpaciones de la Unión. A los estados que cuenta como parte del «Sur» les reconoce, desde luego, el derecho a separarse de la Unión, pero de ningún modo el derecho a permanecer en ella.
Los propios estados esclavistas en sentido estricto, por mucho que la guerra hacia fuera, la dictadura militar dentro y la esclavitud en todas partes les den por el momento una apariencia de armonía, no carecen sin embargo de elementos reacios. Un ejemplo contundente es Texas, con 180.388 esclavos sobre 601.039 habitantes. La ley de 1845, por la que Texas entró como estado esclavista en las filas de los Estados Unidos, le autorizaba a formar con su territorio no uno sino cinco estados. Con ello el Sur habría ganado diez votos nuevos en el Senado americano en lugar de dos, y aumentar su número de votos en el Senado era uno de los objetivos principales de su política de entonces. Sin embargo, de 1845 a 1860 los esclavistas no consideraron factible partir Texas, donde la población alemana desempeña un gran papel, ni siquiera en dos estados sin conceder en el segundo la supremacía al partido del trabajo libre sobre el partido de la esclavitud. Esta es la mejor prueba de lo fuerte que es en el propio Texas la oposición a la oligarquía esclavista.
Georgia es el mayor y más poblado de los estados esclavistas. Sobre una masa de 1.057.327 habitantes cuenta 462.230 esclavos, es decir, casi la mitad de la población. Sin embargo, el partido esclavista no ha conseguido hasta ahora que la constitución impuesta al Sur en Montgomery fuera sancionada en Georgia por votación popular general.
En la convención del estado de Luisiana, que se reunió el 21 de marzo de 1861 en Nueva Orleans, declaró Roselius8, el veterano de la política del estado:
«La Constitución de Montgomery no es una constitución, sino una conspiración. No inaugura un gobierno popular, sino una oligarquía odiosa e ilimitada. Al pueblo no se le permitió intervenir en esta ocasión. La convención de Montgomery ha cavado la tumba de la libertad política, y ahora se nos convoca para asistir a su entierro.»
La oligarquía de los 300.000 esclavistas no utilizó, en efecto, el congreso de Montgomery solo para proclamar la separación del Sur respecto del Norte. Lo explotó a la vez para trastocar la constitución interna de los estados esclavistas, para someter por completo a la parte de la población blanca que, bajo la protección de la constitución democrática de la Unión, aún había conservado cierta independencia. Ya entre 1856 y 1860 los portavoces políticos, juristas, moralistas y teólogos del partido esclavista no habían tratado tanto de demostrar que la esclavitud de los negros estuviera justificada cuanto que el color era indiferente para el caso y que la clase trabajadora estaba hecha en todas partes para la esclavitud. Se ve, pues, que la guerra de la Confederación del Sur es, en el sentido propio de la palabra, una guerra de conquista para extender y perpetuar la esclavitud. La mayor parte de los estados fronterizos y de los territorios sigue en posesión de la Unión, por la que han tomado partido primero con las urnas y después con las armas. Pero la Confederación los cuenta como parte del «Sur» y trata de arrebatárselos a la Unión. En los estados fronterizos que la Confederación ha ocupado de momento, mantiene a raya con la ley marcial a la región montañosa, relativamente libre. Dentro de los propios estados esclavistas en sentido estricto, sustituye la democracia que existía hasta ahora por la oligarquía ilimitada de 300.000 esclavistas.
Si renunciara a sus planes de conquista, la Confederación del Sur renunciaría a su viabilidad y al fin de la secesión. La secesión se produjo precisamente porque, dentro de la Unión, ya no parecía alcanzable la transformación de los estados fronterizos y de los territorios en estados esclavistas. Por otra parte, con un abandono pacífico del territorio en disputa a la Confederación del Sur, el Norte entregaría a la república esclavista más de las tres cuartas partes del territorio total de los Estados Unidos. El Norte perdería por completo el golfo de México y el océano Atlántico, con excepción de la estrecha franja que va de la bahía de Penobscot a la bahía de Delaware, y se cortaría a sí mismo el acceso al océano Pacífico. Misuri, Kansas, Nuevo México, Arkansas y Texas arrastrarían tras de sí a California. Los grandes estados agrícolas de la cuenca situada entre las Montañas Rocosas y los Alleghany, en los valles del Misisipi, el Misuri y el Ohio, incapaces de arrancar las desembocaduras del Misisipi de manos de la fuerte y hostil república esclavista del Sur, se verían obligados por sus intereses económicos a separarse del Norte y unirse a la Confederación del Sur. Estos estados del noroeste, a su vez, arrastrarían al mismo torbellino de la secesión a todos los estados del Norte situados más al este, con excepción quizá de los estados de Nueva Inglaterra.
No se produciría así, en realidad, una disolución de la Unión, sino una reorganización de ella, una reorganización sobre la base de la esclavitud, bajo el control reconocido de la oligarquía esclavista. El plan de semejante reorganización lo proclamaron abiertamente los principales oradores del Sur en el congreso de Montgomery, y explica el artículo de la nueva constitución que deja abierta a todo estado de la antigua Unión la adhesión a la nueva Confederación. El sistema esclavista apestaría a toda la Unión. En los estados del Norte, donde la esclavitud de los negros es prácticamente impracticable, la clase obrera blanca se vería rebajada poco a poco al nivel de los ilotas. Ello respondería plenamente al principio, proclamado a los cuatro vientos, de que solo ciertas razas son capaces de libertad y de que, así como en el Sur el trabajo propiamente dicho es el destino del negro, en el Norte lo es del alemán y del irlandés o de sus descendientes inmediatos.
La lucha actual entre el Sur y el Norte no es, pues, sino una lucha entre dos sistemas sociales, el sistema de la esclavitud y el sistema del trabajo libre. La lucha ha estallado porque ambos sistemas no pueden seguir conviviendo pacíficamente en el continente norteamericano. Solo puede terminar con la victoria de uno u otro sistema.
Si los estados fronterizos, los territorios en disputa en los que ambos sistemas han luchado hasta ahora por el dominio, son una espina clavada en la carne del Sur, por otro lado no se puede desconocer que en el curso de la guerra han sido hasta ahora la principal debilidad del Norte. Una parte de los esclavistas de estos distritos fingía lealtad al Norte por orden de los conspiradores del Sur; otra parte encontraba realmente conforme con sus intereses reales y con sus ideas tradicionales ir con la Unión. Ambas han paralizado por igual al Norte. El temor a no tener de buen humor a los esclavistas «leales» de los estados fronterizos, el miedo a echarlos en brazos de la secesión, en una palabra, la tierna consideración hacia los intereses, los prejuicios y las susceptibilidades de estos aliados equívocos, ha golpeado al Gobierno de la Unión desde el comienzo de la guerra con una debilidad incurable, lo ha empujado a medidas a medias, lo ha obligado a disimular hipócritamente el principio de la guerra y a respetar el punto más vulnerable del adversario, la raíz del mal: la propia esclavitud.
Si Lincoln revocó hace poco, pusilánime, la proclama de Frémont en Misuri sobre la emancipación de los negros pertenecientes a los rebeldes9, fue solo por consideración a la ruidosa protesta de los esclavistas «leales» de Kentucky. Pero ya se ha producido un punto de inflexión. Con Kentucky, el último estado fronterizo se ha visto empujado a las filas de los campos de batalla entre el Sur y el Norte. Con la guerra real por los estados fronterizos en los propios estados fronterizos, su ganancia o su pérdida queda sustraída a la esfera de las negociaciones diplomáticas y parlamentarias. Una parte de los esclavistas arrojará la máscara de la lealtad; la otra se conformará con la perspectiva de una indemnización en dinero como la que Gran Bretaña dio a los plantadores de las Indias Occidentales10. Los propios acontecimientos empujan a proclamar la consigna decisiva: la emancipación de los esclavos.
Algunas manifestaciones de los últimos tiempos muestran cómo hasta los demócratas y diplomáticos más empedernidos del Norte se sienten atraídos hacia este punto. El general Cass11, ministro de la Guerra con Buchanan y hasta ahora uno de los aliados más fervientes del Sur, declara en una carta abierta que la emancipación de los esclavos es la conditio sine qua non de la salvación de la Unión. El doctor Brownson12, portavoz del partido católico del Norte y, según su propia confesión, el adversario más enérgico del movimiento emancipador de 1836 a 1860, publica en el último número de su Review, el de octubre, un artículo a favor de la abolición.
«Si combatimos la abolición», dice entre otras cosas, «mientras creímos que por ella se amenazaba la Unión, ahora, desde que nos hemos convencido de que una prolongación de la esclavitud es incompatible con la conservación de la Unión o de nuestra nación como república libre, tenemos que oponernos con tanta mayor decisión a la continuidad de la esclavitud.»
Por último, el World13, órgano neoyorquino de los diplomáticos del gabinete de Washington, termina uno de sus últimos artículos tronantes contra los abolicionistas con estas palabras:
«El día en que se decida que tiene que perecer o la esclavitud o la Unión, ese día quedará dictada la sentencia de muerte de la esclavitud. Si el Norte no puede vencer sin emancipación, vencerá con emancipación.»
Leporello, criado de don Juan en el Don Giovanni de Mozart, a doña Elvira. ↩
Lord John Russell (1792-1878), ministro de Asuntos Exteriores británico de 1859 a 1865, elevado a la dignidad de conde Russell en julio de 1861. En sus discursos de aquel otoño presentó la guerra como una lucha del Norte por el imperio y del Sur por la independencia. ↩
Gran Bretaña y Hannover estuvieron unidos bajo el mismo rey de 1714 a 1837; la unión personal terminó cuando subió al trono británico la reina Victoria, a la que la ley sálica de Hannover excluía de la sucesión. ↩
Las convenciones unionistas de Wheeling (junio-agosto de 1861) formaron un gobierno leal de Virginia y prepararon la creación del estado de Virginia Occidental, admitido en la Unión en 1863. ↩
Andrew Johnson (1808-1875), senador por Tennessee, el único senador de un estado secesionista que siguió fiel a la Unión; más tarde vicepresidente con Lincoln y presidente de 1865 a 1869. ↩
Claiborne F. Jackson (1806-1862), gobernador secesionista de Misuri. ↩
Beriah Magoffin (1815-1885), gobernador de Kentucky de 1859 a 1862. ↩
Christian Roselius (1803-1873), jurista de Nueva Orleans de origen alemán, adversario de la secesión. ↩
El 30 de agosto de 1861 el general John C. Frémont, comandante en Misuri, declaró la ley marcial y libres a los esclavos de los rebeldes del estado; Lincoln le ordenó en septiembre ajustar la proclama a la ley de confiscación del Congreso, que no los emancipaba. ↩
La ley de abolición de la esclavitud de 1833 concedió a los propietarios de esclavos de las colonias británicas una indemnización de veinte millones de libras esterlinas. ↩
Lewis Cass (1782-1866), jefe demócrata de Míchigan. Con Buchanan fue en realidad secretario de Estado (1857-1860); secretario de Guerra lo había sido con Jackson. ↩
Orestes A. Brownson (1803-1876), publicista convertido al catolicismo, editor de la Brownson's Quarterly Review. ↩
The World, diario de Nueva York fundado en 1860. ↩